Ready Player Two

Ernest Cline · Capítulo 11 de 35

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Capítulo 0008

 

 

Me desperté con el agradable graznido electrónico del teléfono analógico y clásico que tenía junto a la cama. Era un Anova Electronics Communications Center Model 7000, fabricado en 1982, el mismo teléfono plateado, brillante y retrofuturista que el mejor amigo de Ferris Bueller, Cameron Frye, tenía junto a la cama.

When Cameron was in Egypt’s land, let my Cameron go…

Cuando me despertaba el teléfono, era mala señal. Max estaba programado para desviar las llamadas si yo estaba durmiendo, a menos que Samantha, Hache, Shoto, Og o Faisal llamasen con el nivel de prioridad fijado en emergencia. Si no dormía al menos ocho horas al día, mi rutina diaria de ONI se iría al traste. Faisal lo sabía.

Después me di cuenta: el nombre de mi avatar había aparecido en el antiguo Marcador de Halliday la noche anterior con un fragmento azul junto a él. Era el bombazo informativo del día en los canales de noticias de todo el mundo, sin duda. Y el departamento de relaciones públicas de GSS seguro que estaría a rebosar de preguntas para mí.

Me arrastré fuera de la cama y entorné los ojos mientras las cortinas envolventes de la habitación se abrían solas. Cuando recuperé la visión, carraspeé y cogí la llamada de Faisal en la pantalla de pared. Parecía preocupado, lo que significaba que yo también tenía que preocuparme.

—¿Cómo va eso, Faisal? —murmuré—. Buenos días.

—Buenos días, señor —dijo. La imagen estaba temblorosa porque sostenía el teléfono mientras corría por un pasillo de GSS. Se estabilizó cuando llegó a un ascensor—. Siento haberlo despertado, pero quería…

—Hablar conmigo sobre el fragmento que encontré ayer, sí —dije—. Y tengo que hacer una declaración pública y todo eso, ya… ¿Podría ser en unas horas?

—No, señor —dijo Faisal—. Lo llamaba para asegurarme de que había visto las noticias. Sobre el señor Morrow.

Sentí que el estómago me daba un vuelco. Og tenía más de setenta años, pero parecía tener buena salud la última vez que lo había visto en una entrevista, aunque eso había sido hacía meses. ¿Se había puesto enfermo? ¿Tenido un accidente? ¿Había esperado demasiado tiempo para intentar arreglar las cosas con él y era ya demasiado tarde?

—Ha desaparecido —dijo Faisal—. Lo más seguro es que se trate de un secuestro. La policía aún no está segura. La noticia está en todos los canales.

Max abrió los canales de noticias más importantes en la pantalla de pared junto a la ventana del vídeo de Faisal. Mi descubrimiento no era lo más importante del día. Las fotos y los vídeos de Og se sucedían frente a mí, acompañados de titulares como: MORROW, COCREADOR DE OASIS, DESAPARECE VARIAS HORAS DESPUÉS DE QUE PARZIVAL ENCUENTRE EL PRIMER FRAGMENTO.

—Dios —murmuré—. ¿Cuándo ha ocurrido?

—Anoche —respondió Faisal—. El sistema de seguridad, las cámaras de vigilancia y los robots de la casa del señor Morrow estaban desactivados a las siete en punto hora del Pacífico. Se desconectaron sin más. Cuando el personal llegó a la casa por la mañana, el señor Morrow ya no se encontraba en ella. No dejó nota alguna y tampoco hay nada que indique se trata de un allanamiento. Uno de sus telebots ha desaparecido, y también su jet privado. Los transpondedores están desactivados. Y el teléfono del señor Morrow también se encuentra apagado. —Se encogió de hombros—. La policía cree que debe de haber tomado la decisión de desaparecer por algún motivo.

—Pero acabas de decir que puede tratarse de un secuestro, ¿no?

—Un intruso habría tenido que piratear el sistema de seguridad de la casa —dijo Faisal—. Y también los robots centinela. Y el sistema de seguridad del jet. ¿Quién podría hacer algo así?

Asentí. Yo tenía el mismo sistema Odinware que Og. Y los mismos robots centinela eran los que vigilaban mis tierras en esos momentos. Era la mejor tecnología de seguridad para el hogar del mercado, o al menos la más cara.

—Pero ¿por qué querría Og desaparecer? ¿Para ir adónde? Ya vive en mitad de la nada, aislado de todo.

Faisal se encogió de hombros.

—Nos preguntábamos si quizá… si quizá esté relacionado con su descubrimiento de anoche —dijo—. Felicidades, por cierto.

—Gracias —dije, pero en lugar de sentir orgullo sentí vergüenza.

Og me había pedido que abandonase la búsqueda de los siete fragmentos hacía años. Pero se había negado a decirme por qué o a darme pista alguna sobre el acertijo, lo que solo había servido para que me diesen más ganas de resolverlo por mi cuenta.

¿Cómo había reaccionado la noche anterior, cuando el fragmento azul había aparecido junto a mi nombre?

—¿Se ha puesto en contacto con usted el señor Morrow? —preguntó Faisal—. ¿O viceversa?

—No —dije al tiempo que agitaba la cabeza—. Og y yo no hablamos desde hace más de dos años.

«Porque no dejaba de atormentarlo para pedirle información sobre su esposa fallecida».

—Ya veo —dijo Faisal después de un silencio incómodo—. Bueno, pues creo que debería pensar en pasarse por la oficina hoy, señor. Los de relaciones públicas creen que debería hacer unas declaraciones tan pronto como sea posible, antes de que las teorías de la conspiración empiecen a ganar adeptos. No dejan de llegarnos solicitudes de entrevistas para usted. Y hay cientos de reporteros acampados en el recibidor del edificio.

—Olvídate de la prensa, Faisal —dije—. Solo quiero descubrir qué le ha pasado a Og.

—Ya hemos ordenado a nuestra empresa de seguridad que lo encuentre, señor —dijo Faisal—. Y también estamos revisando las redes biométricas. Si su rostro, su voz, sus retinas o sus huellas se escanean en cualquier lugar del mundo, lo sabremos de inmediato.

—¿Has revisado el registro de su cuenta de OASIS?

Asintió.

—Su última desconexión se produjo poco después de las cinco de la madrugada de anoche.

—¿Aún tenemos al equipo de seguridad de GSS en las tierras de Og?

—Sí —respondió—. Y un telebot, por si quiere echar un vistazo.

—Estaría genial —dije—. ¿Puedes enviarme el código de acceso?

—Ya mismo, señor.

 

Me vestí y corrí hacia mi despacho. Después subí a mi equipo háptico convencional, me puse el visor y un par de guantes. Cuando me conecté a OASIS, usé el código de acceso remoto que me acababa de dar Faisal para hacerme con el control de un telebot que se encontraba en la mansión de Og en Oregón, a más de tres mil kilómetros de distancia.

Cuando me conecté al bot, vi la maravillosa casa de Og a través de las cámaras que tenía integradas en la cabeza. A juzgar por el ángulo, me encontraba frente al pequeño hangar para jets, en el extremo de la pista de aterrizaje privada que había construido en un valle ubicado entre algunos de los picos más altos de las montañas Wallowa, en la parte oriental de Oregón.

En la distancia, detrás de la pista, vi la inclinada escalera de piedra que llevaba a la mansión de varios pisos, construida sobre una serie de llanuras excavadas en la base de la cordillera montañosa. Desde el exterior lucía como una réplica perfecta de Rivendel en las películas de El hobbit y El señor de los anillos de Peter Jackson. Atisbé varias cataratas en la distancia, cayendo de las cimas tras la enorme casa y las tierras.

A pesar del momento y de que había pasado una semana de mi vida en aquel lugar, la belleza y la grandiosidad del paisaje me sobrecogieron. Og había movido montañas y alterado el curso de los ríos para convertir en realidad el ficticio valle de Imladris en aquel lugar aislado. Mantuvo en secreto cuánto le había costado, pero las estimaciones decían que se había gastado cerca de dos mil millones de dólares. Un precio superior al del palacio de Buckingham. Al verlo ahora a través de los ojos del telebot, me pareció dinero bien gastado.

Desconecté el telebot de GSS del muelle de carga, integrado en la parte trasera de un transporte de seguridad blindado de la empresa. Dos agentes de seguridad que se encontraban cerca me saludaron, y yo hice lo propio. Después le di la vuelta y lo piloté a lo largo de la escalera serpenteante que subía hasta la casa.

Al terminar las escaleras, un sendero de piedra me guio por el lugar hasta alcanzar la entrada principal: unas enormes puertas de madera ornamentadas con runas élficas talladas. Se abrieron cuando me acerqué, pero me sentí como un intruso a pesar de todo. No estaba seguro de que me hubiesen dejado entrar de haber ido sin avisar unos días antes, cuando Og seguía en casa.

Eché un vistazo rápido por el recibidor. Og tenía cuatro telebots, todos modelos nuevos Okagami TB-6000, con chasis azul metálico reluciente y embellecedores cromados. Tres de ellos seguían en el muelle de carga cerca de la entrada principal, pero el cuarto había desaparecido la noche anterior junto con su propietario. Habían desconectado los transpondedores al mismo tiempo que los sistemas de seguridad.

Seguí avanzando a través del recibidor para llegar hasta la parte principal de la casa. Llevaba más de tres años sin pisar el lugar, pero me daba la impresión de que nada había cambiado. Las paredes estaban cubiertas por tapices gigantes e ilustraciones de fantasía, y gárgolas de piedra y armaduras antiguas se alineaban a lo largo de los pasillos panelados de madera oscura.

Eché un vistazo por el despacho de Og, después por la biblioteca y luego por su gigantesca sala de cine. No vi nada raro, pero tampoco lo esperaba. Ni la policía ni el equipo de seguridad de GSS habían encontrado indicios de que hubiese ocurrido un allanamiento o un forcejeo. Según los registros, Og había desactivado los sistemas de seguridad y las cámaras de vigilancia a las siete de la tarde del día anterior. Todo lo que había ocurrido después era un misterio.

Me puse mi gorra imaginaria de los Detroit Lions y cambié el chip mental al modo detective, propio de la serie Magnum.

¿Y si alguien había descubierto la manera de piratear el sistema de seguridad de Og y lo había desactivado por control remoto?

¿Y si el pirata informático se había apropiado del telebot perdido para obligar a Og a subir al jet privado y luego había pirateado el piloto automático también?

Los telebot se habían usado para perpetrar todo tipo de crímenes, pero siempre pillaban a los delincuentes porque para usarlos era necesario conectarse a la cuenta de OASIS. También se suponía que piratear un telebot era imposible debido a los sistemas de seguridad integrados con los que contaba.

Pero si habían secuestrado a Og en contra de su voluntad, ¿por qué no se había activado ninguna alarma? ¿Por qué no había rastro de forcejeos por la casa? Og tenía más de setenta años, pero aún podía plantarle cara a cualquiera.

A menos que el secuestrador lo hubiese atado y amordazado. O drogado. O dejado inconsciente con un golpe en la cabeza. Pero a su edad eso podría matarlo…

Dejé de imaginarme a Og siendo golpeado y empecé a mover el telebot otra vez. Deambulé por los pasillos sin rumbo y sin estar seguro de qué buscaba, hasta que me encontré delante de la puerta cerrada de una de las habitaciones de invitados. Era en la que se había quedado Samantha durante la semana que habíamos pasado todos allí. También era la habitación en la que habíamos hecho el amor por primera vez. (Y por segunda, por tercera y por cuarta).

Contemplé la puerta a través de las cámaras del telebot y alcé la mano mecánica hasta el pomo.

Quizá hubiese perdido la oportunidad de arreglar las cosas con Og, pero no era demasiado tarde para arreglarlas con ella. Mientras ambos siguiésemos vivos, siempre tendría la oportunidad de hacer las paces.

Piloté el telebot a través del laberinto de estancias y pasillos mientras me dirigía al salón recreativo personal de Og, una habitación enorme y enmoquetada que contenía la amplia colección de máquinas recreativas clásicas que había heredado después de la muerte de Halliday. Todas estaban apagadas y tenían las pantallas en negro.

Salí de allí y continué el circuito por la casa. Era como visitar un museo dedicado a la vida de Og y Kira. Las paredes estaban cubiertas de fotografías, algunas en las que salían abrazándose; y otras en las que salía solo ella (y que sin duda había sacado Og por la manera en la que Kira le sonreía a la cámara) y que se habían tomado en lugares exóticos de todo el mundo. Eran instantáneas de un romance maravilloso propio de un cuento de hadas, uno que había terminado en tragedia.

También había vitrinas llenas de premios, medallas y otros honores que habían entregado a los Morrow a lo largo de los años, por sus obras de caridad y sus contribuciones al campo de la educación interactiva. Pero no había fotos de niños. Og y Kira habían pasado la última mitad de sus vidas creando juegos educativos gratuitos para los niños desfavorecidos, pero ellos nunca habían tenido un hijo. Según la autobiografía de Og, era lo único de lo que ambos se arrepentían.

Volví a salir de la casa y seguí el sendero de piedra que atravesaba el jardín podado a la perfección mientras contemplaba la impresionante vista de la cordillera montañosa nevada que rodeaba las tierras.

El camino me llevó hasta la entrada de un laberinto de setos, el mismo en el que había conocido a Samantha en persona por primera vez. Pero no entré. En lugar de eso, me abrí paso hasta la verja del pequeño jardín en el que estaba enterrada Kira Morrow. Miré la tumba y pensé en L0hengrin y en la pista que había descubierto al visitar la recreación de ese lugar en la TTierra, algo que a mí nunca se me habría ocurrido.

El pequeño jardín que rodeaba la tumba de Kira estaba lleno de flores de todos los colores del arcoíris. Cogí una al azar, una rosa amarilla, y la coloqué en la base de la tumba. Después pasé el dedo índice del telebot por las letras de la inscripción grabada en la superficie de mármol pulido: AMADA ESPOSA, HIJA Y AMIGA.

Miré el espacio adyacente reservado para la tumba de Og y volví a desear no haber perdido para siempre la oportunidad de arreglar las cosas con él.

Cuando completé el circuito de los cuidados alrededores de la casa de Og, me dirigí al aparcamiento privado y al pequeño hangar que había en el extremo. No había mucho que ver en el lugar: solo un espacio vacío en el sitio reservado para el jet privado.

Al igual que los sistemas de seguridad de la casa y los robots de telepresencia, el ordenador de a bordo del jet era casi imposible de piratear, lo que indicaba que Og se había marchado por su cuenta o, de alguna manera, alguien había conseguido desactivar el transpondedor y piratear el sistema de piloto automático sin hacer sonar ninguna alarma.

Mientras pensaba en la hipotética alarma que no había sonado, me interrumpió una que sí había empezado a sonar de verdad: la de seguridad de mi casa.

Desconecté el enlace con el telebot y lo dejé que volviese solo al muelle de carga del transporte de GSS. Salí del equipo háptico y empezó a sonar el teléfono. Era Miles Gendell, jefe del equipo de seguridad de GSS. Halliday y Morrow habían contratado a Miles durante los primeros años de la empresa porque era un ex boina verde que también tenía cierto parecido con un joven Arnold Schwarzenegger. Había trabajado en la empresa durante más de un cuarto de siglo, y ahora parecía un anciano Arnold después de su época de gobernador.

Acepté la llamada y Miles apareció en la pantalla de la pared. Tenía una expresión funesta.

—Tenemos un problema, señor Watts —dijo—. Nolan Sorrento ha escapado de prisión.

Me quedé de piedra al instante.

Sorrento se encontraba en el corredor de la muerte del Souther Ohio Correctional Colony, una prisión de máxima seguridad ubicada en Chillicothe (Ohio) a exactamente noventa coma cuatro kilómetros del lugar en el que me encontraba ahora.

—¿Hay razones para creer que se dirige hacia aquí? —pregunté al tiempo que me acercaba a una ventana para echar un vistazo—. ¿Lo ha visto alguien?

Miles negó con la cabeza.

—No, señor —dijo—. Pero yo no me preocuparía. Es muy poco probable que venga aquí para intentar atacarle. Estoy seguro de que tendrá en cuenta la seguridad del lugar.

—Sí. La misma seguridad que tenía Ogden Morrow. —Volví a mirar por la ventana—. ¿Qué coño ha pasado, Miles?

—Alguien pirateó el sistema de seguridad de la prisión y liberó a Sorrento. Volvieron a cerrarlo por completo después de que saliese —explicó Miles—. Los guardias y todo el personal de la prisión estaban atrapados dentro con los reclusos, sin teléfono ni acceso a internet. Los servicios de emergencia entraron en la prisión por la fuerza y pusieron orden antes de ver siquiera los vídeos de seguridad, lo que le dio a Sorrento casi una hora de ventaja.

Empezaba a entrar en pánico.

—El escape de Sorrento tiene que estar relacionado con la desaparición de Og de alguna manera —dije, con la voz más calmada que pude—. No puede ser una coincidencia.

Miles se encogió de hombros.

—No hay pruebas que lo corroboren, señor.

No dije nada. Tenía la cabeza a cien por hora. Sorrento era uno de los criminales más famosos e infames del mundo, pero se había pasado los últimos tres años pudriéndose en una celda y ya no tenía poder, dinero o influencia. ¿Quién lo estaba ayudando? ¿Y por qué?

—Tenemos los alrededores de la casa acordonados, señor —continuó Miles—. Puede relajarse. Estaremos alerta y lo notificaremos desde que veamos algo extraño. ¿De acuerdo?

—Sí, muy bien —dije, intentando sonar tranquilo—. Gracias, Miles.

Me desconecté de la llamada y abrí media docena de ventanas de canales de noticias. Sin duda ya estarían enterados, y el escape de Sorrento habría empezado a aparecer en los titulares por todas partes. Vi como el alcaide, un tipo que no parecía tener ni idea de nada y que se llamaba Norton, le contaba a un reportero que Nolan Sorrento había sido un prisionero modelo hasta antes de la fuga a plena luz del día y grabada por todas las cámaras de seguridad de la prisión.

En los vídeos de seguridad resultaba obvio que Sorrento nunca habría sido capaz de escapar sin ayuda del exterior. Alguien había tenido que infiltrarse en los firewalls de la red interna de la prisión para hacerse con el control de los sistemas de seguridad automatizados. Después, el misterioso cómplice había tenido que abrir todas las puertas cerradas entre Sorrento y la salida, lo que le había permitido salir sin problema. Y para rematar, había abierto todas las celdas de la prisión para liberar a los reclusos y crear un caos total.

Al parecer, el hacker había intentado borrar los vídeos de seguridad, pero por suerte también se guardaba una copia en un servidor remoto, por lo que la policía había sido capaz de recuperarlos. En los vídeos se apreciaba a Sorrento saliendo de la celda tan tranquilo unos segundos después de que se abriese por arte de magia. Cada vez que se topaba con una puerta o reja cerrada, la abría con un gesto de la mano delante de la cerradura, como si fuese el director de una orquesta que solo él era capaz de oír. A medida que las atravesaba, las puertas y las rejas se cerraban detrás de él para que nadie lo siguiese.

Unos minutos después, Sorrento salía por la puerta principal de la prisión con una sonrisa de oreja a oreja. Mientras la puerta se cerraba, se giró hacia la cámara de seguridad más cercana, hizo una reverencia y se subió a un coche automático que lo esperaba en el exterior. La matrícula era la misma que la de un coche robado de un concesionario cercano esa misma mañana.

Mientras veía el vídeo me pregunté cómo Sorrento había conseguido coordinar los detalles del plan de fuga con un cómplice en el exterior. Según los registros de la prisión, las únicas visitas que había tenido durante su reclusión fueron las de sus abogados. Y tampoco hizo ni recibió ninguna llamada personal. Por lo que si había conspirado con alguien, lo más probable era que lo hubiese hecho a través de OASIS.

Gracias a los esfuerzos humanitarios conjuntos de GSS y Amnistía Internacional, todos los reclusos de Estados Unidos tenían permitido conectarse durante una hora a OASIS, siempre vigilados y con medidas muy restrictivas. Y solo podían hacerlo con un visor y un equipo háptico convencional, no con los auriculares ONI. Y como Sorrento había entrado en prisión antes del lanzamiento de la nueva tecnología, había pasado los últimos tres años leyendo sobre ella en las noticias sin poder experimentarla.

Abrí la cuenta de OASIS de Sorrento para comprobar los registros de actividad, pero estaban todos vacíos. Alguien los había borrado de nuestros servidores, algo que era imposible. Ni siquiera los administradores con mayores permisos de seguridad podían borrar los registros de actividad de los usuarios. Es que no podía hacerlo ni yo.

—Pero ¿qué coño? —susurré. No había otra reacción posible.

Envié un mensaje de texto a Faisal para pedirle que investigara al respecto. Unos segundos después de pulsar el botón de enviar, apareció un mensaje de alerta en mi teléfono en el que se me informaba de que se había producido un cambio en el Marcador de Halliday. Lo abrí y vi que mi avatar seguía allí con el icono del fragmento azul al lado, pero justo debajo del mío había aparecido otro nombre acompañado de otro fragmento: el Gran y Poderoso Og. Eso solo podía significar una cosa: Ogden Morrow también acababa de encontrar el primer fragmento.

Miré el Marcador con incredulidad. Og nunca se había interesado por reunir los siete fragmentos. Todo lo contrario. Actuaba como si no quisiese que los encontrase nadie. De hecho, cuando yo había rechazado abandonar la búsqueda de los fragmentos, se había enfadado tanto conmigo que había dejado de hablarme. ¿Por qué había empezado a buscarlos de repente? ¿Estaba decidido a restaurar el alma de la sirena por su cuenta antes que yo?

¿Y cómo había sido capaz de coger el primer fragmento? Según el acertijo, solo yo, el heredero de Halliday, podía hacerlo…

«Tributos mi heredero pagará por su sino».

Aunque, técnicamente, Og también era el heredero de Halliday. El creador de OASIS le había legado su colección entera de recreativas clásicas a Morrow, y todo lo demás al ganador de la competición.

Me quedé en el despacho mirando el nombre de Og en el Marcador, paralizado. Og sabía más sobre Kira que cualquiera, incluyendo a Halliday. Encontrar los seis fragmentos restantes iba a ser pan comido para él. Pero ¿por qué lo hacía? ¿Y cómo se relacionaba todo eso con la fuga de Sorrento?

Intenté abrir la cuenta de OASIS de Og, pero lo único que vi de ella fue el nombre de su avatar. Y en los registros de acceso solo figuraba la hora de conexión y la de desconexión. Nada más. Lo mismo que con la cuenta de Halliday. Los movimientos de sus avatares dentro de la simulación no podían ser rastreados ni registrados, y nadie de GSS podía borrar o desactivar sus cuentas. Al crear OASIS, Halliday y Morrow se habían asegurado de que ambos tendrían acceso ilimitado y de que nadie podría monitorizarlos.

Me quedé allí sentado unos minutos más contemplando el perfil vacío de la cuenta de Og como un tonto, momento en el que recibí otra alerta del Marcador en el teléfono. Un segundo icono azul acababa de aparecer junto al nombre de Og, que ahora se encontraba por encima del mío. El Gran y Poderoso Og acababa de relegarme al segundo puesto.

Eso me sacó de mi ensimismamiento. Miré la hora y me aseguré de que había pasado el tiempo suficiente como para volver a conectarme de forma segura. Después corrí hacía el ataúd de inmersión y subí a él. La cabina se cerró tan pronto como me dejé caer en la silla reclinable acolchada. Encendí los sistemas sin dejar de murmurar por lo bajo que aún no era demasiado tarde, que todavía tenía tiempo. Si me daba prisa y conseguía localizar el segundo fragmento lo más pronto posible, quizá aún tendría la posibilidad de seguirle el ritmo a Og…

No quería competir contra él, pero mi curiosidad por los fragmentos y por la naturaleza del alma de la sirena no había hecho más que incrementarse. Además, aquella era una buena oportunidad de descubrir qué era lo que le había pasado a Og. Si conseguía encontrar el tercer fragmento antes que él, podría quedarme en el lugar donde se ocultaba y esperar allí a que apareciese el avatar de Og.

Me puse los auriculares ONI y cerré los ojos para iniciar la secuencia de conexión. Un breve mensaje brilló en el HUD para informarme de que se había descargado e instalado una nueva actualización del firmware de los auriculares. Terminó el proceso de conexión, y apareció en la esquina de la pantalla un reloj que indicaba el tiempo que me quedaba para alcanzar el límite de doce horas diario del ONI. Cuando mi avatar terminó de materializarse en el centro de mando de Falco, quedaban once horas, cincuenta y siete minutos y treinta y tres segundos.

Antes de que pudiese volver a sacar el primer fragmento, recibí un mensaje de texto de Faisal en el que me informaba de que se había programado una reunión de emergencia de los copropietarios de GSS para tratar «un problema muy serio de estabilidad del sistema».

Solté un suspiro de frustración y me teletransporté a la recepción del último piso de la Torre Gregarious sin dejar de preguntarme cómo podía seguir torciéndose el día.

Y no tardé en descubrir la respuesta…