Ready Player Two
Nivel 5
Mola usar el ordenador,
pero no dejes que te use a ti…
Hay una guerra en ciernes.
El campo de batalla es la mente,
y la recompensa es el alma.
19 de julio de 1999
0010
A medida que empezaba a remitir el pánico, Hache, Shoto y Faisal empezaron a tocar sin parar los iconos del menú del HUD para enviar mensajes y hacer llamadas telefónicas desesperadas a sus seres queridos.
Aparte de Og, los míos ya estaban en esa habitación, por lo que no mandé mensajes ni llamé a nadie. Estaba demasiado ocupado hiperventilando mientras pensaba «Todo es culpa mía» una y otra vez. Después de cada repetición, cerraba los puños y me golpeaba la frente con ellos. No podía parar. Era algo que me había pasado unas cuantas veces cuando era adolescente, pero hacía años que no tenía un ataque así. Y nunca lo había experimentado mientras estaba conectado a OASIS. Tampoco me había comportado de esa manera delante de Hache, Shoto o Art3mis, algo que me avergonzaba aún más y que hacía que me golpease con más fuerza. Por suerte, no eran mi cabeza ni mi puño de verdad. Todo era una simulación, y los inhibidores de dolor y los protocolos antimasoquistas del ONI consiguieron que lo único que sintiese fuera un ligero malestar cada vez que me golpeaba. Pero no fui capaz de salir de esa espiral de vergüenza, no hasta que sentí un par de pequeñas y fuertes manos que me agarraban por las muñecas para contener mis brazos.
—¿Wade? —oí susurrar a Art3mis—. Para, por favor.
La ternura de su voz, que había sido tan familiar en el pasado, me resultaba ahora del todo ajena. Volver a oírla era como si me clavasen una daga en el corazón.
Alcé la vista y vi a Art3mis agarrándome los brazos con firmeza.
—Cálmate, ¿vale? —dijo—. Todo va a salir bien.
Me soltó las muñecas y me cogió las manos, para luego obligarme a abrir los puños y entrelazar sus dedos con los míos.
—Respira, Wade —dijo. Me dedicó una sonrisa reconfortante y me apretó los dedos—. Estoy aquí contigo. Ven.
Sus palabras consiguieron librar a mi cerebro de ese bucle tóxico en el que se había sumido. Relajé las manos y ella me las soltó. Después colocó las suyas sobre mis hombros y me los apretó con suavidad.
—Ya está —dijo—. ¿Todo bien ahí dentro, Zeta?
—Sí. Gracias —dije al tiempo que apartaba la vista, avergonzado—. Es que… Creo que acabo de tener un ataque de pánico. Pero ya estoy mejor.
—Bien —dijo ella—, porque necesito que te centres. Todos lo necesitamos. ¿Vale?
Asentí y respiré hondo. Después respiré un par de veces más. Cuando me había calmado un poco, abrí el HUD para revisar mis constantes vitales. Todas parecían estar bien. Después decidí comprobar el estado operacional de mi ataúd de inmersión y descubrí que estaba aún más jodido de lo que creía…
Ya no podía desbloquear ni abrir la cabina del AMIT. Ambas funciones habían sido desactivadas, pero aún era capaz de ver mis alrededores y mi cuerpo a través de las cámaras interiores y exteriores del ataúd. Y los sistemas de movilidad, defensa y armamento del AMIT aún funcionaban con normalidad, por lo que seguían bajo mi control. Podía defenderme si era necesario. Lo único que no podía hacer era salir de allí.
Todas las unidades AMIT tenían un Protocolo de Apertura de Emergencia, pero había que apagar los auriculares ONI antes de que pudiese activarse. Y para apagar los auriculares, primero necesitabas desconectarte de OASIS. Y debido a ese «enfermoware» de Anorak, eso era imposible.
Les conté a los demás mi descubrimiento con la voz más calmada que fui capaz. Hache, Shoto y Faisal comprobaron de inmediato sus menús AMIT y descubrieron que tenían exactamente el mismo problema. Todos teníamos modelos diferentes de ataúdes de inmersión, pero disponían de los mismos sistemas de seguridad.
—Chicos —comentó Shoto—. ¿Qué narices vamos a hacer?
Faisal escuchaba con atención varias llamadas de teléfono.
—¡De uno en uno! —gritó a quienes estuviesen al otro lado de la línea.
Después recuperó la compostura.
—Tengo a uno de nuestros jefes de ingeniería al teléfono en estos momentos —anunció—. Y tampoco es capaz de encontrar la manera de desbloquear su ataúd. Según él, el firmware de nuestros AMIT no se ha alterado de ninguna manera, pero no funciona como debería a causa de cambios que se han llevado a cabo en el enfermoware de Anorak. —Faisal levantó las manos en un gesto de impotencia—. No podremos ni hacer una «lobodesconexión» en caso de necesitarla.
«Lobodesconexión» era el término que se usaba cuando los auriculares ONI de alguien tenían un error o se apagaban antes de que se completase la secuencia de desconexión de OASIS y su cerebro despertase sin problema del estado onírico en el que se encontraba. Las lobodesconexiones dejaban al portador en coma permanente nueve de cada diez veces. Pero había gente resistente que conseguía despertar y recuperar sus facultades, igual que había gente que se recuperaba de una apoplejía. Varios de esos supervivientes lo describían como haber estado atrapados en un bucle interminable del último segundo de la simulación que habían vivido antes de perder la conexión. El bucle podía llegar a extenderse durante meses o años. (Pero GSS nunca había permitido que esas noticias llegasen a la prensa).
Las lobodesconexiones eran algo muy poco habitual, ya que todos los auriculares ONI tenían tres ordenadores integrados redundantes y tres baterías de seguridad. Eran baterías pequeñas, pero con la carga al máximo podían mantener los auriculares funcionando y despertar al portador durante la secuencia de desconexión, que se activaba de forma automática cuando los auriculares cambiaban a modo batería.
Cuando fallaban las redundancias, se debía en su mayor parte a un caso de sabotaje por parte de un usuario que quería suicidarse o un miembro de la familia que tenía intención de deshacerse de alguien o quedarse con su parte del seguro de vida. Por eso GSS nunca era responsable de estos problemas, aunque gracias al acuerdo de licencia que los usuarios aceptaban antes de cada conexión, si los auriculares ONI empezaban a hacer estallar como melones las cabezas de la gente sin motivo aparente en un concierto de Gallagher, es muy probable que tampoco se nos declarase responsables. Era muy tranquilizador.
Me dio la impresión de que Hache, Shoto y yo pensamos lo mismo. Si Anorak no nos liberaba antes de llegar al límite de horas del ONI, una lobodesconexión con un diez por ciento de posibilidad de sobrevivir era mejor que no tener ninguna. Pero la IA también nos había arrebatado esa opción. Ni siquiera nos hubiese servido apagar los auriculares. Si no podíamos desconectarnos, las redundancias diseñadas para salvar a los usuarios mantendrían encendidos los auriculares el tiempo suficiente para que superáramos el límite de uso diario del ONI. Cada una de esas baterías tendría tiempo suficiente para cocinarnos bien el cerebro.
El casco blindado de mi ataúd de inmersión táctica estaba diseñado para ser indestructible e inexpugnable. Aunque desactivase todas las defensas y ordenara a un equipo de seguridad con soldadores de plasma que entrasen en mi búnker y empezaran a cortar la cabina, no serían capaces de llegar a mi cuerpo hasta dentro de uno o dos días. Y para entonces ya estaría muerto a causa del Síndrome de Sobrecarga Sináptica. Y Hache, Shoto y Faisal estaban en la misma situación que yo. Así como el resto de los usuarios de ONI con un ataúd de inmersión de OASIS.
Anorak había pensado en todo. Los sistemas de seguridad que usábamos para protegernos estaban ahora en nuestra contra.
Lo de llamarlos «ataúd» había terminado por convertirse en algo terriblemente profético.
—¿Zeta? —llamó Hache—. He visto cómo te echaba humillo la cabeza. ¿Cómo ves la situación?
—Veo que estamos bien jodidos, compadre —dije—. Al menos por el momento…
Hache soltó un gruñido y le dio un puñetazo de frustración a la pared.
—¡Esto es increíble! —dijo ella—. Faisal, ¿cómo coño han dejado los administradores que ocurra algo así? Siempre hemos dicho que tenemos trabajando en la empresa a las mentes más brillantes del mundo, ¿no? ¡Y «la mejor infraestructura de ciberseguridad que ha existido en la historia de la humanidad»! ¿No es así?
—Así es —convino Faisal—, pero ¡nunca esperábamos que fuese a atacarnos una copia en IA de nuestro expresidente fallecido! ¿Cómo narices íbamos a evitar algo así? Es imposible. —Se agarró un mechón de pelo con cada mano, como si estuviese a punto de arrancárselos—. Tiene acceso sin restricciones a nuestra red interna al completo. Todos los sistemas de seguridad estaban preparados para evitar que alguien ajeno a nuestra red la pirateara para entrar. Pero ¡Anorak tiene la llave de la puerta principal!
—Ya da igual —dije—. Dile a los ingenieros que sigan intentando encontrar una solución, ¿vale?
—Eso hacen, señor —dijo con una sonrisa funesta—. Sus vidas dependen de ello.
—Bien —respondí—. Mientras, intentaremos dar a Dixie el Plano lo que quiere, y esperemos que cumpla su promesa de liberarnos.
Miré a Hache y a Shoto, y ambos asintieron en mudo acuerdo. Todos miramos a Art3mis, pero ella parecía estar sumida en sus pensamientos. También parecía ser la única que había recuperado por completo la compostura, quizá porque se trataba de la única persona presente cuyo cerebro no estaba prisionero.
Se acercó a la mesa de la sala de conferencias y se dio la vuelta para dirigirse a todos nosotros. Yo hice un mohín y me preparé para lo peor. Era su momento de gritar: «¡Es que OS LO DIJE, joder!» con todas sus fuerzas. Nos lo había dicho. Muchísimas veces. Y ahora su vida y la de quinientos millones de personas inocentes estaban en peligro. Era culpa nuestra, y tenía todo el derecho a recriminárnoslo.
Pero debería haber supuesto que ese no era su estilo.
—Podemos conseguirlo —dijo mientras nos miraba uno a uno a los ojos —. Anorak no es un genio. Él mismo lo dijo. Solo es igual de listo que James Halliday cuando estaba vivo. —Puso los ojos en blanco—. Y sí, es posible que Halliday haya sido un genio con los ordenadores, pero todos sabemos que era un idiota integral en lo referente a entender a otras personas. Nunca llegó a comprender la conducta humana. Lo que significa que Anorak la comprenderá aún menos, sobre todo si es cierto que Halliday borró algunos de sus recuerdos. Podemos aprovecharnos de eso.
—Pero no nos enfrentamos a Halliday —dijo Hache—. Es Anorak. ¡Se ha leído todo lo que hay en internet! ¡Lo sabe todo sobre todo!
—Sí, claro —convino Shoto con sorna—. Y todos sabemos que no hay información falsa en internet ni nada.
—¡Oye! —dijo Art3mis mientras chasqueaba los dedos en nuestra dirección como si fuese una profesora de colegio enfadada—. No quiero ni oír una palabra negativa más, chicos. ¿Entendido? ¡Somos los Cinco Mejores! Ya derrotamos a Anorak en una ocasión, ¿recordáis? Y si trabajamos juntos, podremos repetir la jugada. ¿Estamos?
Hache y Shoto asintieron en silencio. Pero sus gestos parecían indicar que no estaban muy de acuerdo.
—¿Parzival? —llamó Art3mis, con la mirada fija en mí—. Un poquito de ayuda…
La miré.
—Intentaste advertirnos —dije—. Siento no haberte hecho caso.
—Sentirlo no va a salvar a nadie —dijo ella—. Ni siquiera yo hubiese sido capaz de predecir algo tan chungo. Pero ahora que ha ocurrido, tenemos la responsabilidad de arreglar las cosas. ¿No crees, Zeta?
Respiré hondo.
—Muy bien —dije—. Siento haber perdido los estribos hace un momento. Ya estoy preparado para jugar.
—Bien —dijo Art3mis—, porque necesitamos que tomes una decisión y nos digas qué tenemos que hacer CAGANDO LECHES. —Se tocó la muñeca como si tuviese un reloj invisible—. Como decía Raistlin: «tictac».
—Muy bien —dije—, pero antes de que empecemos a idear el plan, tenemos que asegurarnos de que Anorak no sigue en esta estancia y oye lo que decimos. —Me giré para dirigirme a todos—. Ahora tiene la túnica. Si le confiere las mismas habilidades que me daba a mí, tiene acceso de superusuario sin restricciones a OASIS. También hacía que mi avatar fuese invulnerable e invencible en combate. Y me permitía ir a cualquier parte de la simulación. A cualquier parte. Y ser invisible e indetectable al resto de los avatares, incluso en zonas de anulación tecnológica y mágica. Podía oír las llamadas de teléfono privadas y acceder a las salas de chat privadas también. Igual que Og cuando nos espió en el Sótano de Hache.
Art3mis, Shoto y Hache procesaron la nueva información. Pero Faisal no.
—Puede que tenga una solución —dijo—. Éramos conscientes de los poderes de la túnica desde hace mucho tiempo. Halliday los usaba en ocasiones cuando quería viajar por OASIS sin ser detectado. Como usted, señor Watts. —Me dedicó una mirada de complicidad—. Pero conseguimos aislar el número de identificación de objeto que Halliday asignó a la túnica al crearla. Aún somos incapaces de precisar la ubicación en OASIS, pero sí que podemos detectar su presencia en lugares no demasiado grandes.
Abrió una ventana de navegador delante de su avatar y la giró hacia nosotros. Mostraba un esbozo tridimensional de la sala de reuniones y la posición de cada uno de nuestros avatares indicada con un diagrama azul y reluciente.
—Cuando apareció Anorak, nuestros administradores de OASIS llevaron a cabo de inmediato un escaneo ejecutado por el servidor en esta habitación —explicó Faisal—. Sirve para mostrarnos todas las cosas y personas que hay en el interior, independientemente de que sean visibles o no a los ocupantes del lugar.
Tocó unos cuantos botones y el diagrama empezó a rebobinarse como una grabación de vídeo, lo que hizo que nuestros avatares se moviesen y caminasen al revés alrededor de la mesa de conferencias. Faisal pausó el vídeo unos segundos antes de que desapareciese Anorak. El sistema lo clasificaba como un PNJ, por lo que su avatar aparecía como un diagrama rojo. Faisal volvió a reproducir el vídeo y, cuando Anorak se teletransportó fuera de la sala, el contorno de su avatar también desapareció.
—Como veis, estamos seguros de que se ha teletransportado —dijo Faisal —. Y no dejó tras de sí ningún dispositivo de monitorización o grabación, porque en ese caso también seríamos capaces de detectarlo. —Se giró hacia mí—. Por lo que no hay manera de que Anorak pueda estar oyéndonos en estos momentos. A menos que esa túnica también te dé la capacidad de oír a distancia a otros usuarios, sin importar dónde se encuentren. ¿Se puede hacer algo así con ella?
Negué con la cabeza.
—No —dije—. Para oír al resto de los usuarios, el portador tiene que estar en el mismo lugar de OASIS o conectado a la misma sala de chat.
—Dios —dijo Hache mientras negaba con la cabeza—. Hay que ver lo vulnerable que es nuestra famosa política de privacidad.
—¿Estás seguro de que no hay otra manera de que Anorak pueda espiarnos? —preguntó Shoto a Faisal—. ¿Quizá con otra modificación de ese «enfermoware» suyo?
Faisal esperó a recibir la respuesta de los ingenieros. Luego sonrió y negó con la cabeza.
—Los administradores me dicen que algo así es imposible —comentó Faisal—. No hay manera de intervenir la conexión a OASIS de alguien y filtrar solo los datos de vídeo o de audio. La entrada y la salida de datos sensoriales se transmiten al mismo tiempo. Comentan que no se puede.
—Quizá ellos no puedan, pero si Anorak es una copia de Halliday es muy posible que entienda OASIS mucho mejor que nuestros ingenieros.
—¿Por qué me ha venido a la cabeza esa escena de Heat? —preguntó Art3mis—. Esa en la que Pacino empieza a estar más cerca de descubrir a De Niro y les dice a los suyos: «Suponed que tienen nuestros teléfonos, nuestras direcciones, que nos tienen a nosotros, aquí, ahora mismo, tal como estamos. Todo. Suponedlo todo». —Miró a Hache, Shoto y a mí—. Creo que lo mejor sería que actuásemos así a partir de ahora. Por asegurarnos.
Asentí.
—Si tenemos que decirnos algo entre nosotros que no queremos que sepa Anorak —continuó—, deberíamos hacerlo en esta sala.
—¿Tenemos alguna manera de descubrir dónde ha ido Anorak? — preguntó Shoto.
Faisal cerró la ventana del navegador y negó con la cabeza.
—Cuando Halliday creó a Anorak y lo soltó dentro de la simulación como un PNJ autosuficiente, le dio la capacidad de moverse por OASIS con libertad, sin restricciones y sin poder ser detectado por nuestros administradores, igual que los avatares de Halliday y Morrow.
Me pregunté si la Tablilla de Búsqueda de Fyndoro podría ayudarnos a localizar a Anorak, pero después recordé que ese artefacto solo te daba la capacidad de localizar a otros avatares. No funcionaba con PNJ. Y los administradores acababan de decir que el sistema había clasificado a Anorak como un PNJ. Y no había artefactos que proporcionaran la capacidad de localizar a un PNJ, porque eso desequilibraría todas las misiones de OASIS en las que había que encontrar a uno, que eran casi la mitad.
—Pero por suerte, hemos encontrado una forma de detectar a Anorak cuando se encuentre cerca.
Faisal abrió el inventario y sacó cuatro cadenas de plata de aspecto normal y corriente. Después nos dio una a cada uno.
—Son brazaletes de detección enlazados a la túnica de Anorak —continuó —. Empezarán a brillar en rojo si la túnica se encuentra en un radio de cien metros. Eso debería evitar que Anorak os espíe.
—Genial —dije al tiempo que me ponía el brazalete—. Da las gracias a los ingenieros.
Art3mis también se puso el brazalete, y luego se giró hacia mí.
—Muy bien. Suéltalo ya, Watts. ¿Qué es ese Gran Botón Rojo que mencionó Anorak? ¿Y qué hace exactamente?
Temía que me hiciese esa pregunta, pero en las circunstancias actuales solo podía responder con sinceridad.
—El Gran Botón Rojo es un mecanismo de autodestrucción para OASIS —dije—. Está dentro del Castillo de Anorak, en el estudio, la estancia en la que solo puede entrar el portador de la túnica de Anorak. Si lo pulsas, apagará por completo OASIS y ejecutará un gusano informático que borrará todos los servidores con las copias de seguridad y destruirá la simulación para siempre.
Todos abrieron los ojos de par en par, sorprendidos. Por un segundo, tuve la impresión de que Faisal había estado a punto de desmayarse,
—Hostia puta, Zeta —dijo Hache—. ¿Por qué no nos habías dicho nada?
—Halliday me enseñó el Gran Botón Rojo en secreto y me dijo que era yo el que tenía que decidir si revelar la información a los demás. —Negué con la cabeza—. Francamente, no predije razón alguna para tener que pulsarlo.
Art3mis rio a carcajadas con la última frase.
—Pues no sé yo si te podrías ganar el pan con las predicciones, Nostradamus —comentó.
Asentí.
—Lo sé. Lo sé. Hemos comprobado que no se me da demasiado bien.
—¿Por qué sería el señor Halliday tan imprudente como para haber creado un mecanismo de autodestrucción de OASIS? —preguntó Faisal, que no había dejado de negar con la cabeza a causa de la incredulidad—. Sabía que la desconexión y desaparición de OASIS tendría consecuencias desastrosas por el mundo. Realizamos diversos estudios en los que se desarrollaron varias posibilidades de lo que podría llegar a ocurrir en ese caso. —Se giró hacia mí —. Señor Watts, si usted o cualquier otro pulsa ese botón, alteraría las comunicaciones de todo el mundo, los cuerpos policiales, el transporte, el comercio… El planeta quedaría sumido en el caos.
Shoto asintió.
—La fuerza de seguridad dron al completo quedaría desconectada para siempre —añadió—. Habría retrasos en los envíos y también escasez de comida y medicinas. Habría revueltas. El mercado bursátil quedaría devastado. Los países, en la quiebra. —Negó con la cabeza—. Dios, puede que hasta fuese el fin de la civilización.
—¿Por qué iba Halliday a querer correr un riesgo así? —preguntó Faisal.
—Porque es mejor tener un botón de autodestrucción y no necesitarlo que necesitarlo y no tenerlo —aseguró Art3mis.
Asentí.
—Eso mismo.
—Entonces… ¿esa es la razón por la que Anorak se ha tomado tantas molestias para recuperar la túnica? —preguntó Shoto—. ¿Para evitar que Zeta pulse el botón?
—Si borro OASIS, Anorak también desaparecería —expliqué—. Ahora ya no tiene que preocuparse de eso.
Todos se quedaron en silencio unos momentos. Art3mis empezó a deambular de un lado a otro mientras se mordía la uña de uno de los pulgares con gesto ausente. Era muy probable que Samantha estuviese haciendo lo mismo en su autojet y que sus movimientos exactos quedasen reflejados en los de su avatar.
—Faisal —dijo al tiempo que se giraba hacia él—. ¿Qué pasaría a todos los rehenes del ONI que tiene Anorak si apagásemos OASIS? Si desconectásemos todos los servidores uno a uno.
Shoto interrumpió.
—O si desconectásemos por completo internet, solo durante unos segundos. ¿Despertarían todos?
Faisal se llevó el dedo índice a la oreja derecha para indicar que el equipo de ingenieros que estaba al teléfono le estaba respondiendo. Faisal negó con la cabeza cuando terminaron de hablar.
—No, me temo que no —dijo—. Lo normal es que cuando un usuario de ONI pierde la conexión a internet o a OASIS, el firmware de los auriculares activa la desconexión automática. Pero Anorak ha desactivado dicha capacidad con su «enfermoware», por lo que aunque OASIS se desconecte, los usuarios que tiene como rehén no despertarán. Los técnicos creen que nos quedaríamos todos en un coma permanente inducido por el ONI. A menos que…
—¿A menos que qué, Faisal? —preguntó Shoto.
—A menos que el «enfermoware» también esté programado para lobotomizar a los que intenten escapar desconectándose de OASIS o de internet.
—Hijo de puta —dijo Art3mis—. Si ha hecho algo así, podría matar a todos los rehenes al mismo tiempo solo con pulsar el Gran Botón Rojo, ¿verdad?
—Un momento —dijo—. No creo que Anorak pueda pulsar el Gran Botón Rojo aunque quisiese. Estoy casi seguro de que Halliday diseñó el botón para que solo pudiese ser pulsado por una persona real, no por un PNJ como Anorak. Me parece una apuesta muy segura, atendiendo al resto de las restricciones que Halliday programó en él.
—Quizá esa sea la razón por la que Anorak sacó a Sorrento de prisión — dijo Art3mis—. Para darle su túnica y obligarlo a pulsar el Gran Botón Rojo.
—Sí —dijo Shoto—, pero si Anorak hace eso sería como si se suicidara, ¿no?
—A menos que tenga una copia de seguridad —comentó Faisal—. Una simulación independiente que desconocemos.
—Como ese episodio de La nueva generación con el profesor Moriarty — dijo Shoto.
—¡Una nave en una botella! —dijeron Hache y Art3mis al unísono.
—¿Podéis analizar el firmware de Anorak? —pregunté—. Estaría bien saber qué es lo que ha cambiado.
Faisal negó con la cabeza.
—Es lo que intentan los ingenieros de software ahora mismo, pero Anorak lo ha reescrito por completo con un lenguaje de programación que nunca habíamos visto antes. Ni siquiera saben cómo desensamblar o descompilar el código y, aunque se pudiese, no se ven capaces de comprenderlo.
—¿Y no se podría usar la versión anterior? —preguntó Shoto.
Faisal volvió a negar con la cabeza.
—Ya lo hemos intentado —dijo—, pero para reinstalarlo primero necesitaríamos desconectarnos de OASIS. Los auriculares no pueden estar activos.
—Genial —dije—. Maravilloso. ¡Perfecto!
—Vale —dijo Hache—. Entonces le daremos lo que quiere. Sea lo que sea el alma de la sirena, no puede valer más de quinientos millones de vidas…
—Al parecer Og creía que sí lo valía, porque de no ser así hubiese seguido buscando los fragmentos para Anorak —dijo Art3mis, que se quedó mirándome—. Pero rechazó hacerlo… Algo falla.
Hache negó con la cabeza.
—¡Eso ahora mismo da igual! —gritó—. Tenemos que encontrar el resto de los fragmentos antes de que se agote el tiempo. Ya descubriremos por el camino qué es el alma de la sirena y qué hace. ¡Ahora, vaaaaaamos allá!
Hache hizo un ademán con los brazos para guiarnos a todos hacia la salida, pero Shoto se colocó delante de las puertas y las bloqueó.
—Un momento —dijo—. ¿No vamos a hacer una declaración o algo parecido al resto de los usuarios del ONI a los que tienen de rehén? ¿Para informarlos de la situación?
Faisal agitó la cabeza.
—Creo que eso sería una idea terrible, señor —dijo—. No queremos que el pánico se extienda por todo el mundo ni admitir ninguna responsabilidad por lo ocurrido, al menos no hasta que no nos quede otra elección.
La estancia se quedó en silencio unos momentos.
—Por ahora, podemos decir que el problema ha ocurrido debido a un glitch de poca importancia —continuó Faisal—. Diremos a los usuarios que su incapacidad para desconectarse es temporal y se debe a un error insignificante en el nuevo firmware, y que no están en peligro porque el sistema los desconectará de manera automática cuando alcancen el límite de doce horas de uso del ONI. —Extendió los brazos—. Si lo conseguimos, los clientes nunca sabrán que sus vidas estaban en peligro y ahorraríamos miles de millones en demandas a GSS.
Art3mis suspiró.
—Demandas aparte, estoy de acuerdo con Faisal —dijo Art3mis—. Cuanto más podamos mantenerlo en secreto, más tiempo estarán a salvo los usuarios.
—Genial —dijo Hache al tiempo que daba una palmada—. Iniciativa aprobada.
Les contamos a los usuarios del ONI que el problema con la desconexión se debía a un error trivial con el firmware, pedimos perdón por los problemas temporales que podría causarles y anunciamos que todas las tasas de teletransportación serían gratuitas hasta que se solucionase el problema. También transferimos mil créditos a la cuenta de todos los usuarios del ONI para ayudarlos «a que la situación fuese lo más llevadera posible», todo a cambio de que firmasen un acuerdo digital en el que aceptaban que no nos demandarían por el problema. Faisal nos comentó que solo se trataba de una precaución adicional, porque cada vez que un usuario se conectaba ya estaban aceptando un acuerdo de licencia de usuario final que clasificaba los auriculares como tecnología experimental y libraba a GSS de toda responsabilidad por las heridas que pudiese causar.
Enviamos el mensaje a todos los usuarios de ONI que estuviesen conectados. Faisal también lo escribió en las redes sociales oficiales, y me dio la impresión de que se quedó muy aliviado al terminar.
—De acuerdo —dijo Shoto—. Ahora, manos a la obra.
—Bien —convino Arty al tiempo que se levantaba y se acercaba a un rincón de la sala de conferencias—. Pero vais a tener que empezar a buscar el segundo fragmento sin mí.
Los demás intercambiamos miradas de confusión.
—¿Dónde narices vas? —preguntó Hache.
—Mi jet acaba de reducir la velocidad para el reabastecimiento —explicó Art3mis—. Así que es la hora de las tortas.
Tocó una serie de iconos en el HUD y luego colocó las manos en las caderas, una pose que hizo que por unos instantes se pareciese mucho a Wonder Woman.
—Me niego a dejar que un mediocre aspirante a Gandalf me retenga como prisionera —dijo—. Y tampoco voy a quedarme de brazos cruzados y a no hacer nada mientras Og está prisionero. —Levantó la mano derecha y nos dedicó un saludo a todos—. ¡Tendréis noticias mías!
Después hizo lo que no podía hacer ninguno de nosotros. Se desconectó de OASIS y su avatar desapareció.
Pero unos segundos después, Faisal recibió dos vídeos de Samantha, uno enviado desde su teléfono móvil y el otro del teléfono de a bordo del jet, conectado a las cámaras internas y externas del avión.
Los reprodujo en la pantalla panorámica de la sala de conferencias. Era una imagen temblorosa en la que se veía la cabina del jet privado desde dos ángulos diferentes. Samantha se afanó con el teléfono unos segundos para dejárselo colgando de la parte delantera de la chaqueta y que tuviésemos una cámara desde su punto de vista.
Todos contemplamos asombrados cómo metía ambos brazos en el arnés de un dispensador de paracaídas de emergencia que había integrado en el mamparo y luego se lo abrochaba a la cintura. Las tiras del paracaídas se fijaron de manera automática, y una voz computerizada que había en el arnés anunció que tanto el paracaídas principal como el de seguridad estaban listos para usarse.
Llegados a ese punto, todos habíamos empezado a gritar para que volviese a pensarse lo que estaba a punto de hacer, como si pudiese oírnos. Samantha se apartó del dispensador con el paracaídas a la espalda. Se puso unas gafas de sol y luego se acercó a la salida de emergencia y tiró de la palanca con todas sus fuerzas. Se quedó colgando de ella unos momentos antes de que terminase por abrirse. La puerta se soltó del fuselaje y salió despedida, lo que despresurizó la cabina e hizo que todo lo que había en el interior saliese volando absorbido por el hueco.
Ella incluida.
La transmisión de su móvil se convirtió en un torbellino azul que no dejaba de girar, hasta que se estabilizó y empezó a caer bocarriba. Vimos, por unos momentos, el jet sobre ella y comprobamos que aún seguía conectado al dron de reabastecimiento.
Faisal revisó una a una las cámaras de a bordo del jet y llegó a la que apuntaba hacia abajo y se encontraba en la parte inferior, gracias a la cual vimos una imagen centrada de Samantha justo antes de tirar del cordel. El paracaídas se desenvolvió, se abrió y dejó a la vista el logo de la Fundación Art3mis que tenía impreso en la parte superior, ese en el que la letra T y el 3 unidos parecían una mujer con armadura de perfil que tenía en las manos un arco de cazador futurista.
—¡Hostia puta, Arty! —dijo Hache sin dejar de reír a carcajadas—. ¡No me puedo creer que haya hecho eso! Esa chica tiene tendencias suicidas.
Faisal y Shoto empezaron a aplaudir. Yo me uní a ellos e intenté ignorar el miedo. ¿De verdad echar por tierra los planes de Anorak iba a ser tan sencillo?
En ese momento, la cámara del jet viró a un lado. El avión acababa de cambiar de rumbo. Ahora solo se veía el cielo despejado. El teléfono de Samantha aún estaba enganchado en su pecho, por lo que vimos una imagen en primera persona de sus pies, que parecía estar balanceando arriba y abajo como una niña en una atracción de feria mientras caía despacio con el paracaídas.
Alzó las manos e hizo sendos cortes de manga en dirección al jet. A pesar del viento, oímos cómo gritaba:
—¡Quédate ese avión vacío como rehén, Anorak!
Pero las bajó al momento, seguro que porque, al igual que nosotros, se acababa de dar cuenta de que el jet seguía virando y empezaba a caer en barrena en dirección hacia el paracaídas.
—¡Joder! —grité—. ¡Va a embestirla!
Vimos con impotencia cómo el avión se acercaba a toda velocidad y, cuando estaba a punto de cubrir por completo la imagen de la cámara, el vídeo dio una sacudida porque Samantha acababa de soltarse del paracaídas principal. Quedó en caída libre, y el jet pasó sobre ella sin que ocurriese una desgracia. Ella continuó cayendo durante varios segundos a pesar de que las luces rojas del altímetro ya habían empezado a parpadear.
Al fin, Samantha abrió el paracaídas de reserva, que interrumpió con brusquedad su veloz descenso. Cayó a mucha velocidad y aterrizó en un pequeño parque lleno de árboles que había unos kilómetros al este del centro de la ciudad. Vimos como el paracaídas se rasgaba con las ramas al caer.
Después tocó suelo con una sacudida que hizo que me dolieran todos los huesos del cuerpo, y el vídeo del teléfono se quedó en negro.
—¿Estará bien? —pregunté—. He intentado llamarla, pero no lo coge.
Volví a mirar las cámaras del jet de Samantha, que no había intentado recuperar altura, sino levantado un poco el morro para dirigirse a toda velocidad a tierra, como si fuese un misil.
—Dios mío —dijo Faisal—. ¡Va a chocarse contra la pista de aterrizaje!
Cuando Faisal dejó de gritar, estaba a punto de hacerlo.
Pero justo en ese momento, viró y en lugar de chocar allí lo hizo en una zona de pícnic vacía que se encontraba a unos cientos de metros.
Las cámaras dejaron de emitir después del impacto.
Nos quedamos observando las pantallas vacías en silencio. Después, Faisal tuvo la entereza de mirar las noticias de Columbus y, en menos de un minuto, empezamos a ver cámaras de drones de alta resolución en las que se veía el lugar de la explosión. El jet lleno de combustible había detonado como una bomba. La zona circundante había quedado devastada por la potencia inicial de la explosión. Si Samantha o cualquiera se hubiese encontrado en las cercanías, habrían terminado incinerados.
El problema ahora era el combustible, que se había derramado como un chorro de napalm alrededor. Una docena de incendios cubrían por completo el parque y varios de los edificios de oficinas adyacentes. Desde las alturas, parecía la imagen de una zona de guerra.
Las llamas imposibilitaban saber cuántas personas habían quedado atrapadas en ese repentino infierno. Todos los que estuviesen en el lugar serían poco más que un cadáver calcinado a estas alturas.
Y yo sabía que uno de esos cuerpos chamuscados podía pertenecer a Samantha.