Ready Player Two

Ernest Cline · Capítulo 21 de 35

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Ready Player Two

Capítulo 0018

 

Art3mis y yo nos reunimos con Shoto y Hache, quienes parecían tener ganas de continuar con la misión a pesar de estar algo más inquietos. Nos materializamos en el planeta Halcydonia, en mi casa del árbol Libertad, que se encontraba en las profundidades del Bosque de la Amistad en Lejanía, el lugar al que se teletransportaba automáticamente cualquiera que volviese al planeta. Los niños de OASIS menores de trece años conseguían una casa del árbol Libertad si completaban las tres misiones educativas que había repartidas por todo el planeta. Cuando conseguías la casa, esta te pertenecía durante el resto de tu vida y nadie podía entrar en ella sin tu permiso. No era más que un pequeño espacio virtual, pero también era el primero que podía considerar como propio, y el único hasta que descubrí mi guarida en las Torres.

Cuando Kira y Og fundaron Halcydonia Interactive y crearon este planeta, programaron las casas del árbol Libertad para dar a los niños de todo el mundo un hogar virtual libre y feliz dentro de OASIS en el que siempre pudiesen refugiarse, rodeados por una infinidad de amigos peludos y profesores que eran animales antropomórficos y siempre estaban contentos de verlos. Eran ellos los que los enseñaban a leer, a escribir, a deletrear y a hacer cuentas, todo mientras los ayudaban con el ejercicio físico y los educaban para que fuesen amables con el prójimo.

Ponerme el visor de OASIS y teletransportarme al reino mágico de Halcydonia era una de las cosas que me había mantenido cuerdo y hecho que mi vida en las Torres de Portland Avenue fuese más llevadera. Y había ayudado también a millones de niños de todo el mundo.

Si tenías menos de trece años, contabas con la posibilidad de teletransportarte gratis a Halcydonia desde Incipio o desde cualquier terminal de transporte público en cualquier lugar de OASIS. Y cuando llegabas al lugar, todas las misiones y los juegos educativos también eran gratis. Nunca me daban ganas de irme y, durante unos años, pasé muchísimo tiempo en ese lugar. Fue durante los últimos años de la vida de mi madre, cuando habían empezado a hacerle mella la depresión y la adicción que terminarían por matarla.

En esa época, la caravana pequeña y sucia de las Torres se había convertido en un lugar horrible en el que vivir, por lo que cada vez pasaba más tiempo en mi casa del árbol de Halcydonia y, a veces, cuando ella terminaba de trabajar se conectaba conmigo allí para que yo le contase lo que había hecho ese día, le enseñase los dibujos que había pintado o le presentase a uno de mis nuevos amigos virtuales con forma de animal.

El interior de la casa del árbol Libertad era una estancia grande y circular con ventanas por toda la pared exterior, lo que nos daba una vista panorámica del bosque que la rodeaba, un lugar lleno de millones y millones de árboles idénticos con una casa exactamente igual en cada uno de ellos. El frondoso bosque de casas del árbol parecía extenderse hasta el infinito en todas direcciones.

Al igual que el resto de las casas, la mía tenía un enorme tronco en el centro, con una escalera en espiral que llegaba hasta el suelo. Había decorado el interior para que se pareciese a la casa de la familia de Chewbacca en Kashyyyk del Especial navideño de la Guerra de las Galaxias. Hache se dio cuenta unos segundos después de llegar y rio entre dientes, después soltó un estruendoso gruñido wookiee de reconocimiento. No me reí porque estaba demasiado ocupado intentando no sumirme en un ataque de melancolía mientras echaba un buen vistazo a la habitación.

Había un enorme mueble con televisión integrada en un rincón de la estancia, colocado justo delante de un sofá azul aún más grande. La televisión reproducía la lista de los programas favoritos del Wade de once años. En aquel momento, se apreciaba en ella un teleñeco verde con ropa de presentador y, unos segundos después, reconocí que se trataba de Gary Gnu, el presentador de The Gary Gnu Show. Tenía el pelo naranja y también una perilla del mismo color, y pronunciaba una frase que había oído cientos de veces mientras crecía en este mismo lugar: «¡Que no haya noticias es buena noticia para Gary Gnu!».

Si pasabas por los canales de la enorme televisión de la casa del árbol encontrabas programas sacados de una gigantesca biblioteca de contenido educativo infantil de finales del siglo XX. Cosas como 3, 2, 1 Contact, The Big Comfy Couch, Captain Kangaroo, The Electric Company, The Great Space Coaster, Mister Rogers’ Neighborhood, Pee-wee’s Playhouse, Romper Room, Reading Rainbow, Barrio Sésamo, Zoobilee Zoo y muchas más. Kira y Og habían usado sus grandes fortunas para comprar los derechos de esas series olvidadas y luego las habían subido todas a una biblioteca de Halcydonia, donde futuras generaciones de niños podían seguir disfrutando y aprendiendo de ellas durante toda la eternidad.

Pero los Morrow no se detuvieron ahí. También recrearon los escenarios de todos esos programas educativos en OASIS, y los personajes como PNJ. Después los desperdigaron por la superficie de Halcydonia y los mezclaron con las misiones educativas y los minijuegos que ellos habían creado. Esa era una de las muchas razones por las que Halcydonia era un lugar tan mágico para pasar el tiempo cuando yo no era más que un niño solitario de las Torres. Mientras paseaba por ese escenario mágico (en el que no había anuncios ni microtransacciones), podía encontrarme con Elmo de Barrio Sésamo o hablar con Chairy de Peewee’s Playhouse. Después quizá hasta me invitaban a jugar al parchís en una mesa de pícnic cercana. Eran cosas que podían llegar a pasar en Halcydonia y, para un niño como yo, no solo había sido escapismo. Sobreviví gracias a ese tipo de cosas, gracias a que tenía un lugar en el que divertirme y del que formar parte, algo que ansiaba con todo mi corazón.

Siempre había considerado a los Morrow como mis dos primeros profesores, pero ahora me di cuenta de que también habían hecho las veces de padres para mí. Esa era la razón por la que me emocioné tanto al conocer a Og en persona y convertirme en su amigo, y también la razón por la que me quedé tan mal cuando me dio la espalda. Ahora sabía que no le había dejado elección.

Las paredes de mi casa del árbol estaban cubiertas de antiguos dibujos e ilustraciones que mi madre y yo habíamos creado juntos. Había muchos magos y caballeros. También las Tortugas Ninja. Y los Transformers. Así como algunos selfies enmarcados de nuestros avatares posando juntos y que nos habíamos hecho en esa habitación. Y a unos metros, sobre una estantería, también vi una fotografía real de los dos que nos habíamos sacado en la caravana unos meses antes de que muriese. Era una en la que poníamos caras raras y posábamos para la cámara.

Me había olvidado de que la foto estaba allí, y volver a verla por primera vez en una década fue como si se me abriese de repente una antigua herida, allí delante de mis amigos.

Art3mis también vio la foto y se percató de mi reacción, por lo que se acercó de inmediato y la colocó bocabajo en el mueble. Después se acercó a mí y me dio un reconfortante apretón en el hombro.

—¿Quieres estar solo? —preguntó—. Podríamos esperarte fuera.

—Deberíais saber algo, chicos —dije—. La última vez que visité este planeta tuve un ataque de ansiedad. Esa es la razón por la que no he vuelto en tanto tiempo.

Todos se quedaron mirándome para comprobar si era broma y vieron que no era el caso.

—Tenía once años —continué—. Y mi madre acababa de morir de una sobredosis hacía unos días. Volví a Halcydonia porque había pasado mucho tiempo con ella en este lugar. Pensé que serviría para hacerme sentir mejor, pero no fue así. Solo sirvió para complicar las cosas aún más.

—Lo siento mucho, Zeta —dijo Art3mis—, pero ahora no estás solo. Te acompañan tus amigos. Y vamos a quedarnos contigo todo el tiempo que pases aquí. ¿Vale?

Asentí. Después me mordí el labio inferior para que dejara de temblar.

Shoto apoyó la mano en mi hombro. Después Hache hizo lo mismo y dijo:

—Estamos contigo, Zeta.

—Gracias, chicos —dije cuando me vi capaz de hablar. Después saqué el tercer fragmento y señalé el escudo de armas de la reina Calculomelot, la monarca del reino de Calculomelot, que era un pequeño continente que se encontraba hacia el sur, donde se hallaban la mayoría de las misiones relacionadas con las matemáticas.

Abrí un mapa del planeta y lo hice visible para que lo viesen los demás. Se parecía al mapa de Dora la Exploradora, pero lo silencié al momento, antes de que comenzase a cantar.

—Estamos aquí —dije al tiempo que señalaba el Bosque de la Amistad—. La reina vive en el castillo Cálculo, que está al sur, detrás de la cordillera Masmás y al otro lado del mar Balancín. En este planeta no está permitida la teletransportación y tardaríamos horas en llegar a pie, pero conozco un atajo. La salida está por allí.

Señalé la escalera en espiral que había dentro del tronco en el centro de la estancia. Shoto corrió hacia allí y empezó a bajar seguido de Hache, quien tuvo que detenerse y encoger su avatar a la mitad de tamaño para caber por el hueco. Mientras lo hacía, yo cogí mi pequeña mochila del Club de Aventureros de Halcydonia del lugar en el que estaba colgada en la pared. Esas mochilas no se podían añadir al inventario de tu avatar, y los objetos del interior solo servían en este planeta, por lo que todo el mundo las dejaba en taquillas o en su casa del árbol Libertad, como yo.

La mochila idéntica de mi madre colgaba junto a la mía. Intenté evitar mirarla, pero terminé por rendirme. Vi hasta la palabra que tenía bordada en la solapa, con letras cursivas e hilo rosado: «Mamá».

Activé el programa de supresión de emociones en el HUD para que Art3mis no viese que había empezado a sollozar. Conseguí seguir como si nada y me puse la mochila a la espalda. Al hacerlo, se agrandó al instante para adecuarse a mi cuerpo de veintiún años. Me di la vuelta para seguir a los demás por la escalera, pero Art3mis se había quedado allí y me bloqueaba el paso. El programa de supresión de emociones estaba activado y no había manera alguna de que supiese que estaba llorando, pero lo supo. Intenté rodearla, pero ella se negó a dejarme pasar. Era igual que el momento en el que nos habíamos conocido.

Abrió los brazos de par en par y me estrechó entre ellos, algo que creí que nunca volvería a hacer y que había terminado por aceptar. Me abrazó con fuerza hasta que conseguí controlar los sollozos.

Samantha lo sabía todo sobre mi madre, y también le había contado el momento en el que la había encontrado muerta debido a una sobredosis en el sillón cuando tenía once años. Creo que fue heroína mezclada con algo más. Esa era la razón por la que evité todas las grabaciones del ONI realizadas por heroinómanos durante el primer año de la ONI-net. Después me pudo la curiosidad y me metí de lleno a buscar material de los adictos. Quería experimentar lo mismo que mi madre, de primera mano. Para descubrir exactamente el colocón que quería conseguir ella cuando se había metido la sobredosis sin querer. Siempre había dado por hecho que debía ser una sensación genial si mi madre había arriesgado su vida para conseguirla. Drogarte a través de una grabación del ONI no era lo mismo que chutártelo en la sangre. La sensación era igual, pero no causaba los mismos daños a largo plazo ni los síntomas físicos de la adicción. Y también evitaba el peligro de muerte accidental. Esa era la razón por la que las grabaciones de ONI me permitieron experimentar lo mismo que había sentido mi madre sin destruirme el cerebro y el cuerpo en el proceso. Aunque lo cierto es que no descubrí nada muy esclarecedor.

Me enjugué las lágrimas y respiré hondo varias veces hasta que volví a recuperar la compostura. Después dediqué a Art3mis una sonrisa forzada y levanté el dedo pulgar para indicarle que ya estaba bien. Ella asintió y me cogió de la mano para después guiarme al piso inferior por la escalera en espiral. Cuando llegamos abajo, abrí la pesada puerta de madera y salimos juntos al exterior, al Bosque de la Amistad, donde nos esperaban Hache y Shoto. Los dos se encontraban uno al lado del otro, iluminados por los haces de luz que traspasaban las copas de los árboles y que dejaban a la vista pequeños insectos y motas de polvo que flotaban alrededor.

Pensé que Art3mis me soltaría la mano antes de que nos vieran Hache y Shoto, pero no lo hizo. Dejó que nos vieran. Y ellos hicieron como si no hubiesen visto nada raro.

Señalé un sendero que se abría hacia el sur, a través del frondoso bosque de casas del árbol que se extendía a nuestro alrededor.

—La cordillera Masmás está por ahí —dije—. Seguidme de cerca y en fila. Pisad solo donde pise yo. No os paréis a hablar con el avatar de nadie ni con ningún PNJ. Tampoco toquéis nada e intentad no mirar nada durante más de uno o dos segundos. Podríais activar algún minijuego educativo o misión secundaria que estaríais obligados a completar, lo que nos obligaría a seguir y dejaros atrás. No tenemos tiempo para detenernos a jugar a Las pistas de Blue. ¿Entendido?

Todos asintieron, y los cuatro empezamos a avanzar por el sendero a toda velocidad.

 

Cuando llegamos a la linde del bosque Libertad, entramos en el campo de Holden, una llanura con una plantación de centeno que se encontraba al borde de los acantilados de Salinger, un lugar en el que había completado varias misiones de lectura a lo largo de varios cursos. También había jugado a toda una variedad de juegos con otros niños de todo el mundo, niños que no había conocido ni conocería jamás en el mundo real, con nombres de usuario que seguro habían cambiado hacía mucho tiempo.

Art3mis apoyó una mano en mi hombro y me sacó del ensimismamiento.

—Tenemos que seguir —dijo.

Los guie a través del borde del campo de centeno hasta que llegamos a un estrecho camino pavimentado que serpenteaba hacia el norte, a través de una campiña ondulante y hacia las montañas Masmás, que se apreciaban en la distancia. El lugar parecía más vibrante y realista de lo que lo recordaba, pero después me di cuenta de que se debía a que esa era la primera vez que lo experimentaba con unos auriculares ONI.

Oí gritos de júbilo y alcé la vista. Vi a unos niños que volaban en deletreacópteros. Yo tenía uno en mi inventario, pero solo servía para una persona y esa persona tenía que pasarse el viaje deletreando palabras para mantenerse en el aire. Teníamos que encontrar otro medio de transporte.

Seguimos el camino hasta que llegamos a una pequeña granja con un granero rojo en la parte de atrás. Había una carretilla de madera junto al camino, con un rastrillo apoyado en ella. Guie a Hache, Shoto y Art3mis hasta la carretilla y me coloqué en un lugar específico. Después empecé a cantar hacia los cielos con todas mis fuerzas.

—It’s the Great Space Coaster! —grité—. Get on board! On the Great Space Coaster! We’ll explore!

Empezó a sonar una música de acompañamiento mientras lo hacía. Art3mis rio y asintió al reconocer la melodía, después se puso a cantar conmigo. Abrí la letra en una ventana del navegador para que Hache y Shoto se uniesen.

Mientras cantábamos, un coche volador amarillo descendió de las alturas hasta colocarse bajo nosotros y hacernos caer en sus asientos tapizados de cuero.

—¡Bienvenidos a bordo! —dije al tiempo que colocaba las manos sobre la palanca de vuelo—. ¡Transporte gratuito hasta el castillo Cálculo! Abróchense los cinturones o se caerán.

Viré el vehículo hacia las montañas Masmás en el horizonte y pisé a fondo el acelerador. Seguí a toda máquina hasta que las teníamos debajo. Pasamos sobre el punto de inicio de la misión legendaria basada en Pioneros de Oregón. Un momento después, volamos sobre el vecindario del señor Rogers. Después seguimos hacia el sur y recorrimos la costa del mar Balancín para sobrevolar la isla Gullah Gullah unos minutos después.

Cuando señalé la isla a Hache, ella me dedicó una amplia sonrisa mientras empezaba a contar lo mucho que le gustaba ese programa cuando era niña. Yo también sonreí. No me había dado cuenta de lo que mucho que echaba de menos el lugar. ¿Por qué había pasado tanto tiempo evitándolo? Me sentía muy bien por haber vuelto, a pesar de las circunstancias.

Cuando cruzamos sobre la cordillera, hice bajar el vehículo hasta el exterior de la puerta dorada frontal de la ciudad Halcydonia. Era la única entrada, y estaba protegida por el centinela Resta, un gigante de piedra estoico que solo abría las puertas después de que resolvieras una serie problemas en los que había que hacer restas. Lo hice, y el gigante me dedicó un cabeceo solemne antes de dejarme entrar en la ciudad. Hache, Shoto y Art3mis repitieron la jugada. Cuando estábamos todos al otro lado de la puerta, empecé a correr y guie a mis amigos a través del serpenteante laberinto de calles de la ciudad.

Atravesamos una secundaria adoquinada y vi algo extraño y del todo fuera de lugar: un llamativo Buick Roadmaster descapotable de 1949 color crema que reconocí de inmediato como el coche que aparecía en Rain Man. Dentro se encontraba un joven Tom Cruise, o su personaje de la película: Charlie Babbitt. Estaba ahí sentado detrás del volante, tocándolo con la mano derecha como si tamborilease al ritmo de una canción. Pero no se oía música alguna, y el ritmo era un tanto extraño. Era regular como un metrónomo, pero cada par de golpes se detenía antes de continuar. Era un patrón que me recordó al de una escena de Star Trek V: La última frontera. Tardé unos segundos en darme cuenta, pero después llegué a la conclusión de que se trataba de un mensaje en código morse.

Abrí el programa de traducción Mandarax y lo usé para traducirlo, pero descubrí que lo único que hacía era deletrear la palabra «morse».

Nunca había visto a un PNJ de Tom Cruise en Halcydonia. Las películas recomendadas para mayores estaban prohibidas en el planeta. ¿A qué venía esto?

Menos de un minuto después, vi otro personaje que estaba fuera de lugar: Raymond «Rain Man» Babbitt, el personaje de Dustin Hoffman de la misma película. Tenía la mirada perdida y se balanceaba hacia delante y atrás despacio mientras cambiaba el peso del cuerpo de un pie a otro. Me di cuenta al instante de que sus movimientos conformaban un patrón, balanceos cortos mezclados con otros más largos que también podían considerarse un mensaje en código morse. Según el Mandarax, el repiqueteo de sus pies conformaba la misma palabra que su hermano en el volante: «morse».

No tenía tiempo para darle muchas vueltas, porque acabábamos de llegar al castillo Cálculo que se encontraba en el centro de la ciudad. Ascendimos por los ornamentados escalones de mármol que tenían operaciones matemáticas y ecuaciones talladas en ellos y atravesamos la grandiosa entrada para dirigirnos luego al salón del trono de la reina Calculomelot.

Normalmente no nos hubiese recibido con tan poca antelación, pero ya la conocía de antes, cuando me regaló el Ábaco Plateado de Calculomelot por completar todas las misiones matemáticas del planeta antes de cumplir veinte años. Le presenté el ábaco al maestro de armas, quien se inclinó y se apartó para dejarnos pasar a mis amigos y a mí.

Recorrimos la alargada alfombra de seda que llevaba hasta la reina, quien me saludó desde el trono. Llevaba una corona de oro ornamentada con una gran joya con la forma del signo de la suma y una túnica adornada con operaciones y ecuaciones, hilo rojo que destacaba en la tela dorada. El escudo de armas de la familia, que era el mismo que estaba grabado en el tercer fragmento, colgaba en la pared detrás de ella.

Leía un libro de cuentos enormes a un grupo de animales bebé reunidos a sus pies, pero cuando vio que me acercaba lo cerró y les dijo que se marcharan.

Cuando llegué al trono, me arrodillé frente a ella e incliné la cabeza. Después hice un gesto a Hache, Shoto y Art3mis para que hiciesen lo mismo.

—¡Levanta, Parzival! —gritó la reina Calculomelot—. ¡Noble súbdito y querido amigo! Cuánto me alegro de volver a verte después de tantos años. ¿Qué te ha traído de vuelta a mi reino?

Me puse en pie y luego saqué el tercer fragmento para mostrarle el escudo de armas grabado en él.

—Se me ha encomendado la misión de encontrar los siete fragmentos del alma de la sirena —respondí—. Y creo que uno de ellos podría estar oculto en vuestro reino. ¿Podríais ayudarme a encontrarlo, majestad?

Abrió los ojos de par en par a causa de la sorpresa. Parecía encantada.

—¡Claro que puedo, mi niño! —respondió—. Me encargaron salvaguardar el fragmento hace mucho tiempo. Siempre me he preguntado si aparecería alguien para reclamarlo. Tenías que ser tú. Pero antes de dártelo, tendrás que conseguir las cincuenta medallitas al meritito de Halcydonia.

Oí cómo todos mis amigos resoplaban detrás de mí. Eché la vista atrás para mirarlos.

—Madre mía —dijo Hache—. ¡Cincuenta! ¿Cuánto vamos a tardar?

—Tranquilos —dije—. He pasado años en este planeta coleccionando las medallas. Con ayuda de mi madre, claro…

Abrí el inventario de mi avatar y rebusqué hasta encontrar mi antiguo fajín de medallitas al meritito de Halcydonia. Después se lo acerqué a la reina con ambas manos.

Cogió el fajín y revisó con los dedos arrugados las hileras de parches bordados con iconos y símbolos diferentes. Los contó uno a uno y, cuando llegó hasta cincuenta, sonrió y asintió para sí. Después chasqueó los dedos y surgió de sus manos un haz de luz cegador.

Cuando recuperé la visión vi que el fajín había desaparecido de las manos de la reina. Ahora sostenía el cuarto fragmento, que relució a la cegadora luz del sol que se proyectaba en el salón del trono a través de los miles de vidrieras policromadas que conformaban el techo abovedado. (Cada una de esas vidrieras rendían homenaje a un profesor y habían sido colocadas allí por uno de sus estudiantes).

La reina Calculomelot giró el fragmento para que reflejase los diferentes colores de los haces de luz, y el salón del trono se convirtió en un enorme caleidoscopio durante unos segundos. Después lo bajó y me lo tendió.

Me arrodillé frente a ella, extendí las manos y cogí el fragmento que me ofrecía, con cuidado de no mirarla a la cara. (Si lo hacía, había muchas posibilidades de que me encargase una misión matemática obligatoria en la que tendría que rescatar a uno de sus parientes reales, su marido normalmente, el despistado rey Calculomelot, quien no dejaba de ser secuestrado por el malvado mago Multiplikatar, que siempre lo abandonaba en las mazmorras de las Divisiones Largas que se encontraban bajo el pico Transportador, cima de la cordillera Masmás). Rodeé el fragmento con los dedos y volví a prepararme para lo que sabía que estaba a punto de ocurrir, el tributo que tenía que pagar por mi sino…

 

Entré corriendo (o Kira entró corriendo, mejor dicho) en una oficina abarrotada en la que Og estaba sentado en su mesa y trabajaba muy concentrado con el ordenador. Se giró hacia ella, y Kira le enseñó un cuaderno. Vi que había dibujado el logo de Halcydonia Interactive.

Era otro momento sobre el que había oído hablar a Ogden Morrow en las entrevistas y también leído en su biografía. Kira acababa de diseñar el logo en un acceso de inspiración en su despacho del Departamento de Arte de GSS, que se encontraba en los pisos inferiores, y luego había corrido hasta allí para enseñárselo a Og.

Og miró el cuaderno y pegó un grito:

—¡Es perfecto!

Y se levantó para darle un abrazo a Kira.

 

Después volví a encontrarme en el salón del trono de la reina Calculomelot en Halcydonia, con el cuarto fragmento entre las manos. No tuve que girarlo siquiera para ver la pista que había grabada en él en esta ocasión, porque resultó que la tenía frente a mí cuando lo levanté para observarlo.

Era un símbolo conformado por una combinación de otros. Se parecía a los símbolos de género de Marte y Venus alineados y colocados el uno sobre el otro, como si se estuviesen enrollando. También tenía lo que parecía un número siete al revés coronado por una espiral. Todas esas formas juntas creaban una imagen que era reconocible al instante para cualquier estudiante de la cultura popular de finales del siglo XX, o para cualquier aficionado a la música rock o funk:

 

Al verlo, no me lo creí y empecé a reír entre dientes. Después cerré los ojos y negué con la cabeza, preparándome para el quebradero de cabeza sin precedentes que estaba a punto de darme Hache en unos segundos.

Hice una reverencia y le di las gracias a la reina, después me retiré hasta bajar de la tarima. Cuando me di la vuelta en el escalón más alto, vi que Art3mis, Hache y Shoto analizaban mi rostro ansiosos por intentar descifrar mi expresión. Art3mis tenía cruzados y en alto todos los dedos de la mano.

—¿Y bien? —preguntó Hache.

Bajé la cabeza con gesto abatido y les mostré el fragmento para que viesen el símbolo que tenía grabado. Después cerré los ojos y empecé a contar hasta tres en silencio. Casi no llego ni a uno…

—¡Por Dios, por favor! —dijo Hache—. ¡No puede ser! ¡Increíble! — Empezó a hacer un baile funky mientras se dirigía hacia mí y después continuó haciéndolo a mi alrededor—. ¡Es el símbolo del amor! ¡El impronunciable! ¡Es Prince!

—¿Quién? —preguntó Shoto.

—¡Prince, tío! —dijo Hache—. ¿No sabes eso del «artista antes conocido como Prince»? ¡El príncipe del funk! ¡El sumo sacerdote del pop! Su regia malignidad. ¡El Púrpura!

—Ah, sí —dijo Shoto—. El tipo ese que se cambió el nombre a un glifo custodio en los noventa, ¿no?

Hache lo amenazó con el dedo y luego le dedicó una amplia sonrisa.

—Tenemos mucha suerte, compadres —dijo sin dejar de bailar—. Mi padre me dejó su colección completa de discos y cintas de Prince cuando se mudó. Crecí viéndolas y oyéndolas. Es probable que sepa más de la obra artística de Prince que cualquier otro ser humano de la historia.

—Lo sé —dije—. ¿Tienes idea de la cantidad de veces que has intentado que vea Purple Rain contigo?

Hache dejó de bailar y me señaló con un dedo acusador.

—¿Y tú recuerdas todas las veces que la has visto conmigo? Porque no lo has hecho nunca. Niente. Ni una vez. Y ambos sabemos por qué, ¿verdad? Era porque Prince siempre conseguía que te sintieses inseguro con tu sexualidad y te incomodaba, ¿verdad?

El viejo Wade lo hubiese negado, pero como ya he comentado, el ONI había ampliado mis puntos de vista. Al menos lo suficiente para reconocer lo que le había ocurrido a mi yo adolescente en ese caso.

—Bueno. Tienes razón y es posible que eso sea un poco verdad —dije con una sonrisa en los labios—. Cada vez que veía viejos episodios de Friday Night Videos y ponían When Doves Cry, apartaba la vista cuando él salía de la bañera. Siempre. —Me llevé la mano derecha a la altura del corazón—. Acepta mis más sinceras disculpas, por favor. Hache, lo siento por no haberme permitido apreciar al verdadero genio que es Prince.

Hache cerró los ojos, levantó la palma de la mano hacia el cielo como una cantante de góspel y gritó:

—¡Aleluya, hermanos!

—¿Y adónde tenemos que ir? —preguntó Shoto—. Supongo que habrá un planeta Prince por alguna parte.

Hache frunció el ceño.

—Pues claro que sí, imbécil —dijo—. Hay un planeta entero de OASIS dedicado a Prince, su vida, su obra y su música. Pero no se llama planeta Prince. Su nombre es ese símbolo impronunciable. El mismo que hay en ese fragmento. Podemos referirnos a él por su apodo: «Más allá». Empezó siendo un santuario creado poco después de la muerte del Púrpura durante la primera época en la que OASIS estuvo online. Kira Morrow era una de las fans que ayudó a crearla.

Hache abrió el holograma tridimensional de Más allá. No era una esfera, como la mayor parte del resto de los planetas de OASIS. Tenía exactamente la forma del símbolo grabado en el cuarto fragmento, eso a lo que Hache se había referido como «el símbolo del amor».

—Está en el Sector Siete, justo entre Beyoncé, Madonna y Springsteen, en el cúmulo superestrella —explicó Hache—. La superficie de Más allá está cubierta por una recreación estilizada del centro de Minneapolis a finales de la década de los ochenta, así como por ubicaciones de otras películas y vídeos musicales de Prince. Se puede entrar en simulaciones de todos los conciertos que dio durante su carrera. Es un lugar muy grande… Es fácil perderse y empezar a deambular en círculos. Y ni siquiera sabemos dónde comenzar a buscar el fragmento…

—Con suerte el que acabamos de conseguir nos dará otra pista cuando lleguemos allí —dije.

Hache asintió.

—¿A qué esperamos? —dijo luego—. ¿Listos para irnos de farra?

Asentí y me giré para despedirme de la reina Calculomelot, que había vuelto a ponerse a leer a los bebés animales. Me devolvió el saludo y, en ese momento, se me ocurrió preguntarle si había visto a Ogden Morrow antes por allí. Pero después recordé que Og solo había recuperado los primeros tres fragmentos antes de decidirse a abandonar. Algo que, ahora que pensaba al respecto, me resultaba muy raro. Og era uno de los creadores de Halcydonia, por lo que aquel debería haber sido el fragmento más fácil de conseguir para él. También era un lugar muy adecuado para esconder pistas sobre el lugar en el que lo tenían retenido, ya que tenía permisos de administrador en todo el planeta y control total de los PNJ. Podía cambiar cualquier cosa que se le ocurriese…

Y entonces me di cuenta. Quizá Og sí que había dejado pistas para mí. De hecho, ya las había visto: los PNJ de Tom Cruise y Dustin Hoffman, que no estaban permitidos por ser contenido para adultos. Pero ¿qué narices intentaba decirme con eso? ¿Y con el récord de Ninja Princess? Tenía que descubrir por qué había…

En ese momento apareció un icono de alerta parpadeante en el HUD de los cuatro. Extendí la mano para tocar el mío.

—Faisal nos acaba de enviar un mensaje de texto grupal —dije—. Dice que necesita hablar con nosotros ahora mismo. Quiere que regresemos a la sala de conferencias de Gregarious, para que Anorak no pueda oírnos.

—Lo siento, Hache —dijo Art3mis al tiempo que le ponía una mano en el hombro—. Parece que vamos a tener que hacer una parada rápida en boxes antes de ir a Más allá.

—No pasa nada —dijo ella—. ¡Pero más le vale a Faisal que sea rápida!

—Sí —dijo Shoto—. Y será mejor que esta vez tenga buenas noticias.

Antes de que pudiese decir lo poco probable que era algo así, Hache usó el anillo de administrador para teletransportarnos directamente a la sala de conferencias de Gregarious.

Como era de esperar, nada más sentarnos en los asientos Faisal nos dijo que tenía «noticias terribles» que comunicarnos. Y tan pronto como empezó a decirlas me quedó muy claro que «terribles» no era un adjetivo lo bastante malo y que «apocalipsis total» habría sido una manera más adecuada de describirlas.