Ready Player Two
Capítulo 0021
Cuando mi avatar se rematerializó y se me estabilizó la vista, descubrí que me encontraba de pie en medio de un alargado túnel de hormigón de unos cuarenta y cinco metros de largo con un techo curvado que formaba un semicírculo sobre el suelo. Cada centímetro del techo y buena parte de ese suelo estaban cubiertos de pintadas, y todas rendían tributo a Prince Roger Nelson. Sus admiradores las habían garabateado durante las últimas tres décadas. Había extractos de las letras de sus canciones, pares de iniciales grabadas en el interior de corazones atravesados por una flecha y miles de mensajes de amor y devoción, todo dedicado al Artista y a su trabajo. Frases como «Gracias, Prince», «Te queremos, Prince» o «Te echamos de menos, Prince» se repetían una y otra vez en diferentes colores y caligrafías. También vi varios retratos de Prince pintados en las paredes del túnel, con la fecha de su nacimiento y de su muerte (7 de junio de 1958 y 21 de abril de 2016). Y miles de dibujos hechos a mano de su símbolo impronunciable.
Me obligué a dejar de mirar los grafitis e intenté centrarme. Detrás de mí, uno de los extremos del túnel terminaba en un semicírculo resplandeciente de luz blanca y cegadora. En el otro, la boca del túnel se abría a un semicírculo de un verde bosque brillante, y un poco más lejos había una valla metálica de tres metros.
Intenté no evidenciar mi completa ignorancia sobre Prince y su música, por lo que abrí su discografía, filmografía y biografía, así como una cronología de su carrera, todo en ventanas semitransparentes por mi HUD. Así podía tenerlo todo a mano siempre que lo necesitase. El sistema de reconocimiento de imágenes también me proporcionaba información constante sobre lo que me rodeaba, información que se abría en pequeñas ventanas a mi alrededor, como si estuviese en el programa Pop-Up Video de VH1.
Al mirar la discografía, descubrí que había sacado un disco y una película llamados Graffiti Bridge, por lo que para que diese la impresión de que sabía algo sobre el lugar me giré hacia Shoto y dije:
—Es el famoso túnel lleno de pintadas que inspiró el disco y la película de Prince…
—No, no lo es, Zeta —dijo Hache al tiempo que me ponía la mano en el hombro y empezaba a corregirme—. Ese se encontraba en un barrio de Minneapolis llamado Eden Prairie. Lo tiraron abajo en 1991, pero hay muchas réplicas por aquí, repartidas por todo el planeta. Y esta no es una de ellas. Esto es una recreación del túnel que había cerca de la casa de Prince. —Echó un vistazo alrededor y sonrió—. Vengo siempre el día de su cumpleaños, por lo que fue el último lugar del planeta en el que estuve. También es una de las ubicaciones de llegada designadas de Más allá.
Estuve a punto de decirle algo, pero Hache ya había comenzado a correr hacia el extremo verde del túnel.
—¡Vamos! —gritó por encima del hombro—. ¡Por aquí!
Shoto y yo salimos disparados detrás de ella.
Cuando franqueamos la boca del túnel, descubrí que en realidad se trataba de unas alcantarillas que cruzaban por debajo de un puente de cuatro carriles sobre el lecho de un río que se había secado. El nombre BULL CREEK ROAD estaba grabado sobre la entrada del túnel.
Seguimos a Hache cuando viró con brusquedad a la derecha por un sendero de gravilla muy transitado. El camino rodeaba la valla metálica negra que teníamos a la izquierda y que parecía cubrir el perímetro de la zona boscosa que había al otro lado. La valla tenía pegadas en ella algunas notas manuscritas, así como flores y lazos púrpura. Parecía haber cada vez más a medida que avanzábamos junto a ella.
Alcé la vista y luego giré la cabeza a mi alrededor para contemplar el horizonte de lado a lado. Era difícil averiguar la hora del día, ya que el cielo tenía una gran cantidad de tonalidades violáceas diferentes y luminosas nubes de tormenta que lo surcaban a toda velocidad.
Los árboles que había al otro lado de la valla empezaron a escasear y vimos que detrás de ellos había un edificio blanco y circular, parecido a un torreón de marfil que se alzaba sobre una verde y enorme pradera. Detrás de la estructura había un edificio mucho más grande y también blanco que parecía haber sido erigido con ladrillos con forma de cubo de un mármol níveo y pulido. Unos focos lo iluminaban y lo bañaban en una luz reluciente y sobrenatural.
El programa de reconocimiento de imágenes de mi HUD me informó de que nos acercábamos a la entrada de Paisley Park, la famosa casa y recinto de inspiración creativa de Prince. Llegamos a la cancela frontal de la propiedad poco después. Estaba hecha de hierro forjado y pintada de un cromo púrpura.
Hache se acercó a la cancela y agarró uno de los barrotes con la mano derecha. La acción activó el primero de los giradiscos, y comenzó a sonar una melodía de órgano a nuestro alrededor. El programa de identificación de canciones que tenía activado en el HUD la reconoció de inmediato. Era el principio de una canción llamada Let’s Go Crazy y parecía surgir desde las alturas, como si el mismísimo cielo fuera un altavoz gigante. Un segundo después oíamos la voz del Púrpura atronando sobre nosotros como si fuese Dios todopoderoso. Recitó la parte pronunciada por Prince al principio de la canción:
Dearly beloved, we are gathered here today to get through this thing called «life»…
But I’m here to tell you, there’s something else—the Afterworld!
Tan pronto como terminó la frase se oyó un trueno que me estremeció de arriba abajo y, un segundo después, unos arcos relampagueantes y púrpura comenzaron a extenderse por los cielos. Después las nubes violetas se abrieron por un momento y dejaron al descubierto una luna con forma de cereza (con tallo y todo) que se alzaba en el cielo oriental.
Me di la vuelta para mirar en dirección contraria y descubrí que también veía el sol, allí colgado e inerte sobre el cielo occidental. Me pregunté por qué se habría diseñado así Más allá, y justo en ese momento Prince siguió hablando y explicó que se trata de «un mundo de felicidad infinita en el que siempre se veía el sol, fuese de día o de noche».
La canción continuó, y las puertas de Paisley Park empezaron a abrirse frente a nosotros. Hache se giró hacia mí cuando lo hicieron del todo.
—Muy bien —dijo—. La apertura de las puertas activa todas las misiones del lugar, y como estamos en el mismo clan ahora también deberían estar disponibles para vosotros. Venga, vamos a echarle otro vistazo al cuarto fragmento.
Lo saqué del inventario y lo levanté. El símbolo de Prince seguía grabado en la superficie, pero mientras lo mirábamos aparecieron siete más al lado, y también una letra V mayúscula.
Al principio pensé que la letra V era el numeral romano para el número cinco, ya que el siguiente era el quinto fragmento, pero después de ver el tamaño y el lugar en el que se encontraba respecto a los ocho símbolos llegué a la conclusión de que también podía tratarse de una abreviatura de la palabra «versus».
Los primeros siete símbolos a la izquierda de la V parecían variaciones del símbolo de Prince, pero el octavo y último era muy diferente. No lo reconocí. Se parecía a un número siete mal colocado dentro del diagrama circular de la órbita de un electrón. O quizá fuese la esfera de un viejo reloj analógico y el número siete representase las manecillas, que marcaban las 8:35.
Hache abrió los ojos de par en par nada más ver la hilera de extraños símbolos que habían aparecido en el fragmento.
—Esto no es una misión normal, Zeta —dijo mientras alzaba la vista para mirarme—. ¡Es una puta misión suicida!
Un instante después de que Hache soltase el improperio, oímos un zumbido estruendoso y vimos cómo de repente aparecía flotando junto a ella un enorme vaso vacío con la inscripción «Tarro de las palabrotas de Spud».
Hache frunció el ceño, soltó un suspiro de irritación y tiró una moneda de oro en el tarro, que desapareció poco después. Decidí no hacer preguntas. En vez de eso, señalé la hilera de símbolos del fragmento.
—Hache —dije—. ¿Sabes lo que significan todos estos símbolos?
Ella asintió y respiró hondo.
—Creo que indican que para conseguir el quinto fragmento vamos a tener que enfrentarnos a los Siete —dijo mientras señalaba los siete símbolos a la izquierda—. Para lo que tendremos que unir fuerzas con los 7te Originales.
Shoto y yo intercambiamos una mirada de confusión. Hache continuó.
—Los Siete son un equipo de encarnaciones PNJ diferentes del Púrpura que lo representan en momentos diferentes de su carrera. Todos tienen poderes divinos.
—¿Has luchado con alguno de ellos antes? —preguntó Shoto con inocencia.
—¡Claro que no! —respondió Hache, ofendida sin duda por la pregunta —. Atacar a cualquier encarnación de su regia malignidad en Más allá es tener ganas de buscar problemas. Enfrentarse a los siete a la vez es un suicidio directamente. ¿Visitarías el monte Olimpo o irías a Asgard para enfrentarte a todos los dioses? Solo los que no son admiradores o los turistas de bajo nivel intentan enfrentarse a los Siete, y todos acaban eliminados como respuesta a su insolencia y arrogancia.
—Sí —dije yo—. Pero seguro que eso es porque no eran auténticos fans de Prince. Tú sí que lo eres. Lo sabes todo sobre él, y también sobre este planeta. Venga ya, Hache. —Señalé los símbolos del fragmento—. Si quisiésemos enfrentarnos a los Siete, ¿dónde los encontraríamos?
Hache titubeó antes de responder. Después suspiró y señaló hacia el horizonte meridional.
—Hay un templo en el desierto, a unos once kilómetros al sur de la ciudad —dijo—. El Templo de los Siete. En el centro del patio hay una arena y, cuando entras en ella, el lugar invoca a los Siete y los transporta allí para enfrentarse a ti desde cualquier lugar de Más allá en el que se encuentren en ese momento.
Hache empezó a correr de nuevo, atravesó las puertas abiertas de Paisley Park y volvió a indicarnos que la siguiéramos.
—¿Por qué vamos a entrar ahí? —grité detrás de ella—. ¿No acabas de decir que la arena está en el desierto que hay fuera de la ciudad?
—Aún no podemos ir a la arena —respondió—. Primero necesitamos armas. Y potenciadores. En cantidad…
—Ya llevo muchas armas en mi inventario —dijo Shoto—. Y tú también. Podemos prestarle a Parzival cualquier cosa que necesite.
Hache negó con la cabeza.
—Las armas convencionales no funcionan contra su regia malignidad — dijo Hache—. Con ninguna de sus siete encarnaciones. Hay que usar armas de percusión, musicales o sónicas, son las únicas que afectan a los Siete y a sus secuaces. Todos están armados con armas sónicas mortíferas, y algunos cuentan con poderosos artefactos que pueden llegar a hacer tanto daño como para matar a tu avatar de un solo ataque. Por eso necesitamos equiparnos antes de enfrentarnos a ellos, ¿vale? ¡Y más os vale que confiéis en mí, chicos! Tengo bastante claro que no tenemos ni un segundo que perder.
—¡Claro que confiamos en ti, Hache! —respondí—. Guíanos.
Y nos guio hasta la entrada principal de Paisley Park. Tan pronto como llegamos, Hache abrió una de las puertas de cristal y nos indicó que entrásemos. Oímos que el principio de la animada canción Paisley Park surgía del interior.
—Primero tenemos que entrar aquí —dijo—. Y habló en plural, pero tú eres quien tiene que hacerlo. Esta es tu misión. Yo te guiaré paso a paso, eso sí. No te preocupes. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —dije al tiempo que echaba un vistazo reticente al interior.
Un instante después, sentí cómo Hache le daba una patada en el culo a mi avatar para obligarme a cruzar la puerta y entrar en Paisley Park.
Cuando llegamos al recibidor, Hache empezó a guiarnos con insistencia por el laberíntico interior del edificio. Shoto nos seguía de cerca mientras corríamos de un lado a otro por los pasillos de mármol y atravesábamos las ornamentadas puertas de madera tallada del lugar, muchas de ellas marcadas con una luna o una estrella.
Hache nos llevó a través de estancias enmoquetadas con terciopelo púrpura y, de vez en cuando, se paraba para decirme que tocase algún objeto (o prenda de ropa interior) para abrir una puerta secreta que nos llevaba a otra de esas habitaciones. Seguí sus instrucciones al pie de la letra y conseguí cinco pedazos ocultos de una célula de energía con la forma del símbolo de Prince, que según Hache necesitábamos para reparar una nave espacial que estaba aparcada en la azotea. Por suerte, ella parecía saber a la perfección dónde se encontraban cada una de las cinco partes y cómo conseguirlas.
Corrimos desde la sala de las velas al club de música pasando por la alcoba y la sala de vídeo virtual, todo mientras sonaba en bucle infinito una canción llamada Interactive. Hache nos explicó que se trataba de una canción que Prince había escrito en exclusiva para un juego tipo Myst con ese título. En el juego, los jugadores tenían que conseguir las cinco partes del símbolo de Prince por todo Paisley Park. Lo que hacíamos en esos momentos era una recreación de esa aventura.
Después de conseguir las primeras cuatro partes, Hache nos guio a Shoto y a mí a través de otro pasillo enmoquetado hasta que llegamos a una habitación amplia y diáfana llena de piezas de museo. El lugar estaba a rebosar de atuendos y objetos de Prince que se exhibían dentro de vitrinas de cristal. Hache pasó a la carrera junto a ellas y se dirigió al otro extremo de la estancia sin detenerse a mirar nada. Shoto y yo hicimos lo propio, detrás de ella en fila de a uno, para asegurarnos de que solo pisábamos por donde acababa de pasar.
Hache abrió la puerta que había al otro lado cuando llegamos a ella, pero en ese momento vi que algo llamaba su atención: había una motocicleta púrpura rodeada de postes con sogas de terciopelo aparcada en uno de los rincones de la habitación. Toqué un icono del HUD para ampliar la imagen en la placa que se encontraba en la pared de detrás, que indicaba que la motocicleta era la Hondamatic de 1981 que Prince había usado en la película Purple Rain.
—¡Un momento! —gritó Hache por encima del hombro mientras corría hacia ella y saltaba por encima de las sogas de terciopelo. Pensé que iba a montarla y robarla de esa especie de museo, pero en lugar de ello sacó una navaja enorme y aserrada tipo Rambo del inventario y le pinchó las ruedas. Después la clavó en un agujero grande que había junto al tanque de gasolina. Cuando volvió con nosotros cerca de la salida, vi que unas lágrimas brillaban en sus ojos justo antes de que se las enjugase con el dorso de la mano.
—He tenido que inutilizar la Hondamatic para que el Prince de Purple Rain no pueda usarla en la arena cuando nos enfrentemos a él. Y creo que eso nos salvará el culo, ya que no podrá usarla para atropellar a Morris. ¡Esa moto es su talón de Aquiles!
—¿Morris? ¿Quién es Morris? —preguntamos Shoto y yo al mismo tiempo mientras caminábamos detrás de ella.
Hache murmuró la respuesta, pero estaba demasiado lejos y avanzaba muy rápido, por lo que no entendimos nada. Nos sacó del museo y recorrimos más pasillos hasta llegar a otra puerta. Al otro lado había una escalera de caracol suspendida en un vacío infinito y plagado de cuerpos celestes. Ascendía a través de campos de estrellas, galaxias y nebulosas. Seguimos a Hache mientras subía por ella hasta que llegamos a una puerta que tenía un cartel que rezaba ESTUDIO. En el interior, atravesamos una serie de salas de control paneladas con madera y llenas de enormes mesas de mezcla y equipo de grabación hasta que llegamos al estudio de grabación principal. Hache pasó de lado junto a un piano y después se dirigió hasta un cuadro con dos mujeres que colgaba en la pared, y que apartó para dejar al descubierto una caja fuerte que había detrás. Introdujo la combinación de memoria y la abrió. En el interior se encontraba la quinta y última parte de la célula de energía con forma del símbolo de Prince.
Juntamos las cinco partes y la célula empezó a brillar.
Hache volvió a llevarnos a esa escalera de caracol surrealista y subimos hasta arriba del todo, donde había una estancia enorme y abovedada. Tal y como había prometido, vimos una nave espacial púrpura y grande aparcada en el centro del lugar. Tenía la forma de un dedal gigantesco, con media docena de cápsulas soldadas por el exterior. Hache pulsó un botón que había en el exterior y se abrió una escotilla en lo que hasta ese momento me había parecido un casco perfectamente liso. Los tres entramos en la angosta cabina púrpura y tapizada de terciopelo, y Hache señaló un hueco con la forma del símbolo de Prince que había en el panel de control frente a nosotros. Coloqué la célula de energía, el panel se iluminó y oímos cómo todo se encendía bajo nuestros pies. En ese instante, el techo abovedado que teníamos encima empezó a abrirse como si fuese una naranja a la que le empiezan a arrancar gajos y dejó al descubierto un cielo nocturno y estrellado lleno de nubes púrpura y onduladas.
Hache levantó el pulgar para indicarme que todo había salido a pedir de boca, y después agarró el timón de dirección forrado de terciopelo y nos propulsó hacia los cielos. Dio varias vueltas sobre Paisley Park y después giró hacia el este, donde el skyline de Minneapolis se extendía por el horizonte.
Hache abrió un mapa de Más allá en la pantalla de navegación. El planeta no era un globo, pero rotaba como si lo fuese. Nos encontrábamos en un símbolo de Prince suspendido de una cadena invisible que rotaba en el espacio virtual. La mayor parte de la superficie estaba cubierta por una versión reducida e irreal de la Minneapolis (Minnesota) de mediados de los años ochenta, aunque las calles y las ubicaciones eran de Los Ángeles, París y otros lugares del mundo. El mapa dividía la ciudad en diferentes barrios, como Big City, Erotic City, Crystal City, Beatown y Updown. Hache nos llevó directos al centro y aterrizó la nave en mitad de un cruce muy transitado, frente a un lugar llamado hotel Huntington.
Abrió la esclusa exterior y, antes de que nos diese tiempo a salir, sacó la célula de energía del hueco y se la guardó en el inventario, lo que apagó por completo la nave.
En el exterior, la calle estaba llena de PNJ peatones y motoristas, muchos insultándonos y tocándonos la bocina porque acabábamos de dejar un ovni en medio de la calle. Hache los ignoró y se dirigió al edificio grande y negro parecido a una fortaleza que había en la otra esquina. Un cartel curvado sobre la entrada principal rezaba PRIMERA AVENIDA en mayúsculas.
Hache entró sin mediar palabra, y abrí una cámara en primera persona de su avatar en mi HUD para ver lo que había en el interior. Atravesaba una pista de baile llena de cientos de PNJ de toda raza, credo o clase social. Había adultos y adolescentes que movían el esqueleto codo con codo. Después todo se emborronó y no vi nada. Sí que oí los disparos rápidos de un fusil de plasma, y unos segundos después Hache salió del lugar con una guitarra blanca del todo con acabados y clavijas dorados, así como un símbolo de Prince pintado en la tapa, justo encima de las pastillas doradas. Era uno de los instrumentos musicales más bonitos que había visto en mi vida.
—¡Ka-ching! —dijo Hache mientras lo sostenía con gesto triunfal sobre la cabeza unos instantes antes de guardárselo en el inventario de su avatar—. ¡Dispara ondas sónicas que son casi tan poderosas como los ataques especiales del Púrpura! Ahora solo necesitamos alguna que otra cosa más y ya estaremos listos para ir a la arena. —Empezó a correr de nuevo, sin dejar de indicarnos que la siguiésemos—. ¡Vamos! Tenemos una audición.
Hache nos llevó por la calle Siete, que parecía un túnel de neón muy iluminado. Después de recorrer varias manzanas, giró a la izquierda en la avenida Hennepin. Seguimos por allí unas manzanas más y luego continuó zigzagueando hacia el este, a través de un laberinto de calles numeradas y callejones oscuros llenos de botellas rotas, escaleras de incendios desvencijadas y tantos barriles en llamas generados al azar que hasta Donkey Kong se habría puesto celoso.
Hache recorría un camino muy específico, como si estuviese introduciendo la combinación de una caja fuerte. Nos llevó por la calle Cinco Sur, giró a la izquierda en la Segunda Avenida Sur, a la derecha en la calle Cuatro Sur, luego a la izquierda en la Tercera Avenida Sur y después otra vez a la derecha en la calle Tres Sur.
Mientras recorríamos el laberinto, miré por las calles secundarias hasta que al fin vi algo que reconocía, seguro que porque no estaba relacionado directamente con Prince. En un callejón se encontraban los personajes y la decoración de Break Street y Ghetto Blaster, dos videojuegos de hip-hop muy antiguos a los que había jugado de pequeño en el emulador de Commodore 64 de mi viejo portátil. Alguien los había convertido en minimisiones fotorrealistas para luego colocarlos en los callejones de Más allá. Le pregunté a Hache si sabía qué hacía eso ahí, pero ella se limitó a sonreír y a encogerse de hombros.
—Nadie lo sabe —dijo—. Al parecer es un huevo de pascua muy extraño que dejó uno de los diseñadores originales de este planeta.
—¿Crees que podría haber sido cosa de Kira? —pregunté.
Ella se encogió de hombros.
—¿Quién sabe?
Hache giró con brusquedad a la derecha y nos llevó por otro callejón, pero este parecía más oscuro y ominoso que el resto, y ella debió pensar lo mismo, porque sacó un detonador térmico y lo activó.
Después levantó la mano para que nos detuviéramos y señaló un grupo de PNJ pandilleros que salían de las sombras frente a nosotros. Todos llevaban enormes crucifijos dorados alrededor del cuello. Los nombres flotaban sobre sus cabezas en mi HUD, y vi que eran diez y que la banda se llamaba los Discípulos. Llevaban ametralladoras y nos dispararon sin mediar palabra. Shoto y yo nos resguardamos detrás de unos barriles con fuego, pero Hache se quedó al descubierto y dejó que las balas le rebotasen contra el escudo. Después lanzó el detonador térmico hacia ellos como si nada. Vi un resplandor, y los diez Discípulos quedaron incinerados a la vez con la explosión.
Hache continuó avanzando mientras agitaba las manos frente a ella para despejar el aire del polvillo que habían dejado los Discípulos después del estallido.
Salimos por el otro extremo de la callejuela, y Hache recuperó el ritmo. Shoto y yo tuvimos que acelerar para seguirla mientras iba de aquí para allá, caminaba de lado y atravesaba la multitud y el paisaje irreal que nos rodeaba. Parecía una mezcla de todas las cubiertas de los discos y videoclips de Prince. Las calles estaban llenas de locales de música de todo tipo y tamaño.
Hache hizo las veces de guía turística experta y nos explicó que todos los locales que había allí en Más allá eran en realidad una réplica de un local, una sala de conciertos o un estadio en el que Prince había actuado en alguna ocasión, y que uno podía entrar en cualquiera, sentarse junto a un público lleno de PNJ ataviados con atuendos de la época correspondiente y ver una recreación del concierto o los conciertos que Prince había dado en ese lugar. Eran simulaciones detalladas e inmersivas que se habían extrapolado de fotografías y grabaciones en vídeo o audio.
Nos comentó que las mejores eran una en la que Prince había tocado en mitad de una tormenta en Miami durante la XLI Super Bowl y el concierto de Año Nuevo que había dado en 1998, donde todo el mundo había terminado de fiesta en 1999.
También pasamos junto a una réplica del teatro chino de Mann, lugar en el que se había celebrado la première de Purple Rain el 24 de julio de 1984, un acontecimiento que se reproducía en bucle en el lugar. Vimos a Pee-wee Herman bajarse de un bólido en miniatura a unos cuantos coches de distancia del Prince de la época de Purple Rain, que llegó en una limusina púrpura vestido con un esmoquin brillante y sosteniendo una rosa púrpura con ambas manos en gesto solemne mientras sus guardaespaldas, un tipo enorme de barba gris con el pelo decolorado y un chaleco a rayas de cebra, le abría paso a través de la alfombra roja.
Muy cerca del Mann pasamos por una réplica del Dorothy Chandler Pavillion, donde Hache nos dijo que siempre era 25 de marzo de 1985, fecha en la que se habían entregado los quincuagésimo séptimos premios de la Academia y en los que Prince había subido al escenario (con Wendy de un brazo y Lisa del otro) para recibir su Óscar de manos de Michael Douglas y Kathleen Turner.
Seguimos por la calle y pasamos por un club con un cartel de neón que rezaba SUGAR WALLS. Un PNJ de Sheena Easton deambulaba por la calle frente al lugar y activamos otro giradiscos nada más verla, el de la canción U Got the Look de Prince. Hache y yo nos detuvimos para mirar cómo se ponía a bailar y la acompañamos un rato mientras movíamos el esqueleto y los labios al ritmo y la letra del exitazo de 1987.
—Sabíais que está clarísimo que Prince estaba plagiando esos viejos anuncios de Jordache Jeans cuando escribió esta canción, ¿verdad? —dijo Shoto.
Rio y empezó a mezclar la melodía del anuncio de vaqueros con una mesa de mezclas holográfica que sacó del inventario.
—You’ve got the look! —canturreó—. You’ve got the look. The Jodache look!
Hache no dijo nada. Se apartó unos pasos y me arrastró con ella. Un segundo después, un gigantesco rayo púrpura de electricidad descendió de los cielos, golpeó a Shoto directo en la cabeza y lo tiró redondo al suelo. El rayo parecía haberle causado tantos puntos de daño como para dejar a su avatar al borde de la muerte. Vi que su indicador de vida parpadeaba en rojo durante los segundos que tardó en lanzarse un hechizo de curación.
Hache se acercó y lo ayudó a levantarse del suelo.
—Os lo advertí, ¿no? —dijo—. Os dije que no blasfemarais contra el Púrpura en este lugar. Eso es lo que pasa por no hacerme caso.
Shoto negó con la cabeza, pero no dijo nada. Unos segundos después me di cuenta de que no podía hablar. Además del rayo púrpura, los dioses de Más allá también habían silenciado su avatar como castigo por la blasfemia. Me sentí mal por él. Recibir una descarga así con los auriculares ONI puestos no era moco de pavo, era casi lo mismo que recibir el disparo de un táser.
—¿Recordáis cómo os burlasteis de mí cuando descubristeis que no me gustaba ver pelis de miedo? —preguntó Hache mientras nos señalaba con un dedo acusador—. ¡Pues ahora se han girado las tornas! Así que hacedme caso, pardillos, y tenedlo muy en cuenta. Nada de chistecitos a costa del Artista. De hecho, creo que lo mejor sería que dejarais de hablar. Y tampoco hagáis nada hasta que yo no os lo diga. Mantened la bocaza cerrada y no os separéis de mí. ¿Entendido, Larry? —Miró a Shoto hasta que asintió. Después se giró hacia mí—. ¿Y tú qué opinas, Curly?
—Sí, Moe —dije para terminar la referencia a Los Tres Chiflados—. Te hemos entendido. Ahora guíanos, gran sabia…
Hache me dio un empujón descortés y después se dio la vuelta para seguir avanzando. Doblamos otra esquina y llegamos a la avenida Hennepin, donde pasamos de inmediato frente a una escuela unitaria. Me llamó la atención porque parecía estar muy fuera de lugar, ahí en mitad del abarrotado centro de Minneapolis. A través de una de las ventanas abiertas vi y oí a Prince bailando con toda un aula llena de teleñecos. En la letra se hablaba de desayunar café y estrellas de mar, y uno de los teleñecos que cantaba con él se le parecía mucho.
Estuve a punto de preguntarle a Hache si uno de los Siete Prince a los que teníamos que enfrentarnos era «Prince teleñeco», pero después dejó de parecerme buena idea. Hache no parecía estar de humor para bromas. Tenía el rostro estoico a causa de lo concentrada que estaba mientras nos guiaba por ese paisaje urbano e irreal de Más allá, y no dejaba de examinar los alrededores para evitar cualquier cosa que pudiese retrasarnos.
Pasamos por el museo de arte de Gotham, que reconocí gracias a la película Batman de Tim Burton de 1989, una para la que Prince había compuesto la banda sonora. Información relacionada con Prince que no me hizo falta mirar en mi HUD.
Doblamos otra esquina para llegar a la avenida Washington, que nos llevó a lo largo de la frontera del centro con Erotic City. Frente a nosotros y brillando como el Golden Gate vimos un club con una entrada en forma de vulva. El neón rosado y titilante que había sobre la puerta rezaba A LOVE BIZARRE. Shoto dio unos pasos al frente, como si estuviese hipnotizado, pero Hache lo agarró mientras agitaba la cabeza.
—Eres un hombre casado, Shoto —dijo Hache—. Y ya te digo yo que no tenemos tiempo de entrar ahí…
—¡No quería hacerlo! —respondió él, lo que nos hizo darnos cuenta de que ya no estaba silenciado.
Hache viró la cabeza ciento ochenta grados y dedicó una mirada lujuriosa a un PNJ de Sheila E. que acababa de salir del lugar con un vestido azul muy ceñido. La mujer giró a la derecha y se internó en Erotic City, donde se volvió hacia nosotros y nos indicó que la siguiéramos con un gesto de la mano.
Hache pareció tentada de hacerlo durante unos segundos. Después ignoró lo ocurrido y siguió corriendo. La seguimos a poca distancia y atravesamos una multitud de PNJ que se acercaba a nosotros con atuendos coloridos. Uno de ellos me sorprendió mucho: era una mujer joven y negra que se parecía mucho a Hache la primera vez que la había visto en persona. Cuando le señalé al PNJ, ella sonrió y asintió.
—Es Boni Boyer —dijo—. Tocaba el teclado para Prince y Sheila E. Era la caña y me ayudó mucho. Si una mujer que se me parecía tanto podía acabar tocando con Prince, yo también podía llegar a conseguir grandes cosas.
—Y mírate ahora —dije.
—Sí, ahora corro por mi vida dentro de una simulación digital a la que conecto mi cerebro voluntariamente —dijo ella.
—¡No, tonta! Me refería a que ahora tú también eres una inspiración para mucha gente.
Ella sonrió de oreja a oreja.
—Sé a qué te referías, Zeta —explicó—. Gracias.
Se quedó un momento en silencio. Después dejó de caminar y se giró hacia mí.
—Ahora entiendo todo eso por lo que pasaste en Halcydonia —dijo. Hizo un gesto para abarcar los alrededores—. Los discos y las cintas de Prince que heredé de mi padre cuando se mudó fueron lo único que dejó atrás. Además de a mí, claro. —Se encogió de hombros—. Crecer sabiendo que él había sido admirador de Prince siempre me dio esperanzas de volver a verlo, y también me hizo pensar que no tendría problema con mi sexualidad. O que al menos la aceptaría más de lo que lo hizo mi madre.
Asentí, pero no dije nada. Shoto tampoco.
Después de ganar la competición de Halliday le pregunté a Hache si pensaba en volver a ponerse en contacto con su madre. Ella me había dicho que Marie, su madre, ya había intentado hablar con ella tan pronto como descubrió que su hija lesbiana se había convertido en una de las personas más famosas y ricas del mundo. Al parecer, la situación de Hache había ayudado a la mujer a cambiar de repente sus tendencias homófobas y no tardó en visitarla.
Hache no dejó que su madre entrase en su casa. En lugar de eso, se limitó a extender el pulgar hacia el teléfono de Marie y transferirle un millón de dólares.
Después, y antes de que la mujer tuviese tiempo de agradecérselo, Hache le dijo a su madre las mismas palabras que ella le había dicho en el pasado.
—Tus decisiones hacen que me avergüence de ti. Ahora, márchate. No quiero volver a verte jamás.
Cerró de un portazo en la cara de su madre y les dijo a los guardias de seguridad que nunca la dejaran entrar en su propiedad de nuevo.
—¿Sabes lo peor, Zeta? —preguntó Hache mientras seguíamos caminando por la avenida Washington.
—No, Hache. ¿Qué es lo peor?
—En los últimos años de su vida, cuando se hizo testigo de Jehová, Prince se volvió antigay —explicó—. Creía que Dios no aprobaba la homosexualidad, por lo que él tampoco podía hacerlo. ¿Te lo puedes creer, Zeta? —Agitó la cabeza—. Llevaba siendo un icono y un modelo a seguir para generaciones de niños y adultos que estaban muy confusos con su sexualidad. Daba la impresión de que sus letras hablaban sobre nosotros: «I’m not a woman, I’m not a man. I am something that you’ll never understand».
Empezó a asfixiarse y tuvo que parar durante unos segundos para recuperar la compostura.
—Luego, un día —continuó—, Prince cambia de idea de repente y dice: «No, no. He estado equivocado todo este tiempo. Deberías odiarte a ti misma por ser lesbiana, porque Dios dice que es pecado ser la persona en la que Él te convirtió…».
Agitó la cabeza.
—Es absurdo. ¿Por qué debería importarme que una antigua estrella del rock se haya vuelto religioso?
—Tiene mucho sentido, Hache —dije un momento después—. Primero te rechazó tu madre. Y después Prince, quien para ti era tu figura paterna.
Ella asintió y después sonrió.
—Sí. Pero tú no me rechazaste. Ni siquiera después de haberte engañado durante tantos años.
Yo le devolví la sonrisa.
—Claro que no —respondí—. Te quiero, joder. Eres mi mejor amiga. Eres parte de la familia que he elegido, que es la que importa. ¿O no?
Ella sonrió y volvió a asentir. Estuvo a punto de decir algo, pero después se detuvo de repente en la acera.
—¡Rápido! —dijo al tiempo que señalaba una especie de tienda de segunda mano que estaba en la esquina frente a nosotros—. ¡Tenemos que parar ahí! ¡Deprisa!
El cartel sobre la entrada rezaba BARATIJAS DEL SEÑOR MCGEE. Corrí e intenté abrir la puerta delantera, pero no se movió ni un centímetro.
—¡No, por ahí no! —gritó Hache—. ¡Por detrás!
Shoto y yo la seguimos a la parte de atrás, lo que activó otro giradiscos: Raspberry Beret. Cuando llegamos a la parte de atrás de la tienda, Hache nos esperaba junto a la puerta abierta que tenía colgado un cartel con las palabras SOLO SALIDA.
—Solo se puede entrar en la tienda por la puerta de atrás —nos explicó al tiempo que nos indicaba que entrásemos.
Solté un suspiro de agotamiento y después miré la cuenta atrás del ONI. Solo me quedaba una hora y cuarenta y cuatro minutos.
—¿Esto es absolutamente necesario, Hache? —pregunté.
—¡Sí! —dijo mientras me empujaba al interior—. ¡Vamos, rápido!