Ready Player Two

Ernest Cline · Capítulo 28 de 35

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Ready Player Two

Capítulo 0025

 

Lo primero que oí fue el chillido insistente de un murciélago mientras Carcharoth gruñía y se acercaba a mí. Vi por unos momentos el batir de las alas con el rabillo del ojo. Después oí el sonido familiar de una transformación, uno que había sido copiado de los dibujos animados de Los superamigos, y en un segundo Art3mis hizo un aterrizaje superheroico en el suelo rocoso justo entre Carcharoth y yo. Se puso en pie y encaró al lobo guardián de las puertas del infierno, con ese manto negro y largo ondeando detrás de ella al viento, como si fuese una capa.

Carcharoth se quedó quieto de repente y ladeó la cabeza para mirarla como un perro curioso. Art3mis dio un paso al frente y levantó ambas manos hacia el lobo gigante, como si fuese a abrazarlo. Después se puso a cantar y, al hacerlo, una música que no parecía venir de ningún lugar concreto comenzó a acompañarla.

—Oh, espíritu engendrado del dolor —cantó Art3mis a Carcharoth, con una voz amplificada que resonaba en las altas paredes de piedra de Thangorodrim—. Cae ahora en la oscuridad y olvida por un momento el espantoso destino de la vida.

Los párpados del lobo gigante empezaron a batir y ocultaron por unos instantes las brasas rojas que ardían en el centro de cada una de sus pupilas. Después sus ojos se cerraron de repente y el poderoso Carcharoth cayó al suelo frente a Art3mis, lo que causó un ligero terremoto. Cuando cesaron los temblores, los ronquidos de la enorme bestia fueron los únicos sonidos que se oyeron en ese lugar desolado.

Pero antes de que Carcharoth cayese al suelo, Art3mis ya había empezado a correr hacia mí.

Me puso las manos sobre la mordedura del hombro, la piel y las venas estaban poniéndose negras y ya había comenzado a infectarse. Después Art3mis se puso a cantar otra canción. Esta estaba en élfico y no la entendía, y los subtítulos del traductor quedaban escondidos detrás del contador de puntos de vida, que ahora cubría todo mi HUD. También parpadeaba en rojo, para asegurarse de que sabía que le quedaban cinco puntos de vida a mi avatar…

Después Art3mis terminó la breve canción, y mi contador de puntos de vida volvió a estar al máximo. Y no volvió a bajar, lo que me indicó que también había curado los efectos del veneno mortal del lobo.

Me quedé tumbado en el suelo, temblando. Después sentí que Art3mis me cogía de la mano, abrí los ojos y vi que me miraba desde arriba.

—¡Gracias! —dije, al tiempo que alzaba los brazos hacia ella. Mi voz era poco más que un susurro—. Gracias por salvarme. Gracias por volver.

Me obligué a soltarla.

—Me alegro de que te sientas mejor. Pero ¿en qué estabas pensando? — Agitó la cabeza—. ¿Creías que podías venir a las Puertas de Angband sin estar preparado y superar así como así la misión del Silmaril?

—¡Sí que estaba algo preparado! —respondí con indignación—. ¿Es que no te has dado cuenta de que llevo Andúril y Glamdring? —Señalé el camino —. ¡Y he venido montado en Sombragrís! ¡He hecho todo lo que he podido, así que no me trates como si fuese un zopenco Ciñatiesa de Casadura!

Eso le hizo perder la compostura y empezó a reír por la nariz descontrolada. Cuando se recuperó, parecía mucho más tranquila que antes.

—Casi estiras la pata, máquina —dijo—. Ha estado cerca.

—No sabíamos si ibas a llegar a tiempo, por lo que lo hice lo mejor que pude. Siento mucho que Hache haya muerto… —Se me quebró la voz y reprimí un sollozo—. Y también siento no haber terminado nunca de leer El Silmarillion, incluso después de prometerte que lo haría… Lo siento mucho…

—No pasa nada —dijo—. Tranquilo, Zeta. —Hizo un gesto hacia las puertas abiertas de Angband—. Tenemos una misión que completar. Hache y Shoto cuentan con nosotros.

—Muy bien —dije al tiempo que me ponía en pie—. Dame un segundo. Me gustaría llamar a Faisal y confirmar que las constantes vitales de Hache están bien. Y también volver a preguntarle por Shoto.

Ella asintió, y yo llamé a Faisal. Pero no respondió. Lo dejé sonar hasta que saltó el contestador automático. Después colgué y me giré hacia Art3mis. Ella tenía el inventario de su avatar abierto en el HUD y repasaba una enorme lista de objetos mágicos.

—¿Tienes Angrist en el inventario? —preguntó—. ¿O Angainor?

Sacó una daga élfica larga y curvada del inventario y después una cadena hecha de un metal reluciente. Levantó ambas.

Negué con la cabeza. Un segundo después, el HUD me informó de que Angrist era una daga que podía atravesar el hierro «como si fuese madera». Y descubrí que Angainor era una cadena forjada por «Aulë y que era más resistente que otras cadenas». Estaba hecha con una aleación irrompible llamada tilkal.

—Lo siento —dije—. No tuve tiempo de conseguir ninguna de los dos de camino.

Art3mis me dio la daga y se equipó la cadena en el cinturón.

—¿Me enseñas el quinto fragmento? —preguntó.

Lo saqué y ambos leímos la inscripción.

Con una hazaña propia de novela su amor conseguirás

Los dos últimos fragmentos en la corona de Morgoth encontrarás

—Es una trampa, Zeta —dijo—. No intentes sacar más de un Silmaril de la corona de Morgoth, por muy fácil que parezca. Si lo haces, la daga se romperá y despertarás a Morgoth y a todos sus secuaces. Después tendremos que vernos las caras con Gothmog y Glaurung, que vendrán a por nosotros con huestes de orcos, huargos, licántropos, vampiros y balrogs, todos liderados por Ancalagon el Negro. Beren comete el mismo error en El Silmarillion.

Solté un suspiro de frustración.

—Intenté leerlo, de verdad —dije—. Pero no pude. Me recordaba demasiado a ti.

Ella examinó mi rostro por un momento y luego sonrió.

—¿Qué alineamiento tiene tu avatar hoy en día, máquina? —preguntó.

—Sigo siendo caótico bueno. ¿Por qué?

—Porque si es malvado, el Silmaril te quemará la mano y no podrás cogerlo.

—Está bien saberlo —dije mientras la miraba con fijeza—. Me alegro mucho de que estés aquí, Arty. Gracias por venir.

Ella alzó la cabeza hacia los enormes picos de Angband que se alzaban ante nosotros.

—Og y Kira fueron los que recrearon originalmente las aventuras de Beren y Lúthien en Arda. Diseñaron y programaron juntos esta misión. Es muy difícil y nadie ha conseguido completarla. Ni siquiera yo. De hecho, es la única misión de este planeta que no he completado. Ni la he intentado.

—¿Por qué no? —pregunté.

—Porque es una misión para dos personas —respondió ella—. Y siempre he querido completarla contigo…

—Y después yo lo arruiné todo, sí. Lo sé. Lo siento. Fue culpa mía. Todo esto es culpa mía.

—Ya verás que acaba bien —dijo ella con una sonrisa—. Vamos a completar la misión, Watts. Tú y yo.

—Vale. Tú dime lo que tengo que hacer y lo que no. Seguiré tus órdenes.

Art3mis empezó a sonreír, pero el gesto le cambió de repente a un fruncimiento de preocupación.

—Estás temblando, Zeta. ¿Te encuentras bien?

Extendió las manos para coger las mías, y en ese momento me di cuenta de que era verdad. Y no podía hacerlas parar. También me di cuenta de que había comenzado a apretar los dientes y de que estaba a punto de empezarme una migraña…

—El Síndrome de Sobrecarga Sináptica —dije—. Son los primeros síntomas. Y ahora solo irá a peor, así que tenemos que seguir. Soy el único que puede conseguir los dos fragmentos que quedan, Arty.

Me miró en silencio durante un momento y luego asintió.

—¿Estás seguro de que estás preparado?

—¡Me siento genial! —mentí—. Ahora que tú estás aquí, creo de verdad que vamos a conseguirlo.

Ella sonrió. Después abrió el inventario otra vez y sacó un bonito casco de mithril con la forma de la cabeza de un dragón cubierto de joyas y piedras preciosas.

—Toma. Póntelo. Es el Yelmo-Dragón de Dor-lómin. Te protegerá en combate y evitará que te envenenen las armas malditas del Gran Enemigo. Y toma, ponte esto también.

Me dio una especie de abrigo llamado la Piel de lobo de Draugluin. Tan pronto como me lo puse, mi avatar comenzó a transformarse en un lobo gigante, lo que me obligó a quedarme a cuatro patas. Transformarte en otro animal cuando tenías puestos unos auriculares ONI era una experiencia muy extraña, porque dejabas de sentirte dentro de un cuerpo humano. Tardabas un poco en acostumbrarte. Pero yo ya me había transformado en otras muchas criaturas de cuatro patas durante las misiones, por lo que estaba acostumbrado a la sensación y tenía mucha experiencia.

Después de terminar de disfrazarme, Art3mis sacó una especie de capa mágica de su inventario y se la puso. El programa de reconocimiento de imágenes de mi HUD me chivó que se trataba de la Piel de murciélago de Thuringwethil. Cuando levantó la capucha y se la colocó sobre la cabeza, se transformó en un murciélago gigante y alzó el vuelo batiendo las alas oscuras para después aletear hacia las gigantescas puertas abiertas de Angband.

Tardé unos segundos en darme cuenta de que tenía que seguirla. Después empecé a correr a cuatro patas detrás de ella.

 

Art3mis me guio a través de las enormes puertas negras de Angband y luego bajamos por unas escaleras de piedra inclinadas que llevaban a las profundidades cavernosas de debajo. Una vez en el fondo, llegamos a la entrada de un laberinto de pasillos y pasadizos oscuros, y todos descendían aún más.

Estaba a punto de continuar recto por el pasillo más amplio y mejor iluminado, pero Art3mis voló frente a mí y cambió a forma humana.

—Si seguimos por aquí, nos veremos obligados a recorrer la Pirámide Laberíntica —dijo—. Es una mazmorra subterránea enorme y enrevesada que está formada por cien niveles generados procedimentalmente que cada vez son más grandes y más mortíferos. Es una recreación del antiguo videojuego roguelike basado en Angband. —Señaló a su derecha—. Por suerte, conozco un atajo que llevaba directamente hasta la Estancia Más Profunda, donde se encuentra el trono de Morgoth. Sígueme, Ciñatiesa.

La seguí a corta distancia por el pasillo adyacente. Después se detuvo y apoyó la palma de la mano con suavidad en una zona cualquiera de la pared. Se oyó un chirrido de piedra, y el muro empezó a deslizarse para dejar al descubierto una entrada secreta. Art3mis cruzó el umbral e hizo un gesto para que la siguiese. Cuando llegué hasta ella, volvió a colocar la mano en la pared y la piedra cerró la entrada. Unos minutos después, salimos por otra puerta secreta que se encontraba a unos metros del salón del trono de Morgoth.

Art3mis volvió a quitarse la capucha de la capa.

—Muy bien, Zeta. Este es el plan. A Morgoth no le afecta la magia normal, pero espero ser capaz de dejarlo inconsciente con una canción hechizo de la Tierra Media, como hice con Carcharoth. Tengo uno de nivel noventa y nueve que no creo que pueda resistir. Esperemos que mi pronunciación en Quenya esté a la altura.

Después empezó a avanzar y atravesó con audacia las puertas abiertas del salón del trono de Morgoth como si se tratara de una visita aristocrática. Yo me quedé en forma de lobo y la seguí de cerca.

La Estancia Más Profunda era una sala enorme y cavernosa cuyo suelo estaba hecho de bronce pulido. Unos instrumentos de tortura y damas de hierro se encontraban alineados por las paredes, así como estatuas negras de serpientes enroscadas. Un gigantesco trono de hierro dominaba el otro extremo de la estancia, y un gigante oscuro y enorme estaba sentado sobre él. Morgoth era incluso más aterrador de lo que me había imaginado. Era una figura demoníaca e imponente cubierta por una armadura de placas negra que lo hacía parecerse a una de esas portadas de los grupos de heavy metal extremo. Lo único que llevaba aparte de la armadura era un arma cuerpo a cuerpo de dos metros que descansaba sobre su regazo, y que mi HUD identificó como Grond, el Martillo de los Mundos Subterráneos, que era capaz de matar a cualquier avatar de un solo golpe.

Art3mis se puso a cantar nada más ver a Morgoth. Su voz reverberó por la oscura estancia y, al terminar, todos los orcos, balrogs y aterradoras criaturas que protegían a Morgoth se quedaron adormecidos. Unos espeluznantes segundos después, el mismísimo Morgoth cayó del trono hacia delante y se chocó de cabeza contra el suelo de bronce, lo que provocó un sonido metálico y atronador que más bien pareció una avalancha de metal. La corona cayó de su cabeza y rodó hasta colocarse en el suelo frente a mí. Tenía tres Silmarils brillantes engastados en una cinta de metal negro.

Cuando miré el rostro de Morgoth, solo vi una amalgama giratoria de oscuridad informe. Era aterradora, por lo que aparté la mirada. En ese momento me di cuenta de que tenía ambas manos cubiertas de cicatrices, como si se las hubiesen quemado, y también de que le faltaba gran parte de su enorme pie derecho, como si se lo hubieran cercenado en una batalla.

Art3mis hizo un gesto para que me acercase a la corona y empezó a cantar la misma canción hechizo. Tenía que hacerlo para que nadie despertase.

Me quité la piel de lobo y volví a adquirir forma humana. Después desenfundé Angrist y la usé para sacar uno de los brillantes Silmarils de la corona de hierro de Morgoth. Pero cuando saqué y cogí la joya reluciente, no ocurrió nada. No vi luz alguna ni presencié ningún flashback. Tampoco se transformó en el sexto fragmento. No era más que un Silmaril.

La joya proyectaba mucha luz, como un faro resplandeciente, por lo que la guardé en el inventario. Después volví a mirar la corona. Estuve tentado de sacar otro. Y el tercero también, ya que estábamos. ¡Los tenía ahí delante! Pero hice acopio de toda mi fuerza de voluntad y respeté la advertencia de Arty con la esperanza de que tuviese razón. Si esa era la joya que necesitábamos, quizá se transformase en el fragmento cuando escapásemos de Angband.

Art3mis dejó de cantar al ver que había sacado la joya de la corona. Después nos pusimos los disfraces mágicos y volvimos a la superficie por la misma ruta secreta por la que habíamos entrado.

 

Cuando llegamos a lo alto de las escaleras y miramos hacia las enormes puertas de piedra, vimos que volvían a estar bloqueadas por el lobo gigante Carcharoth, quien ya se había despertado.

En ese mismo instante, el Silmaril apareció de repente en mi mano derecha. Intenté volver a guardarlo en el inventario, pero descubrí que no podía hacerlo. Tenía la joya pegada a la palma de la mano derecha y no podía soltarla.

—Si intentas pasar junto a Carcharoth, te morderá la mano y se la tragará junto con el Silmaril —explicó Art3mis—. Es lo mismo que le hizo a Beren. Y como ocurra algo así, el Silmaril empezaría a arder en las entrañas del lobo y lo volvería loco debido al dolor. Después saldría corriendo por la campiña y tendríamos que perseguirlo y desperdiciar un tiempo muy valioso que no tenemos.

—Vale —dije—. Entonces ¿por qué no lo vuelves a dormir?

—No puedo —respondió ella—. Lúthien solo podía hechizarlo una vez. Al entrar.

—¿Y cómo vamos a pasar ahora?

—Con la ayuda de un amiguito —dijo Art3mis—. Solo hay una criatura que puede acabar con Carcharoth…

Sacó una pequeña figura de cristal del inventario. Tenía la forma de un perro grande de pelaje desgreñado. Me di cuenta de que se trataba de otra Figura de Poder Asombroso, como las que yo tenía de Sombragrís y Felaróf. Pero nunca había visto una con la forma de un perro.

Art3mis colocó la figura en el suelo frente a nosotros. Después se llevó dos dedos a la boca y soltó un largo y estridente silbido antes de gritar:

—¡Huan!

La figura empezó a crecer y se transformó en un enorme lobero irlandés con un pelaje largo y blanco. Era del tamaño de un caballo pequeño. El lobero hizo una reverencia a Art3mis y luego olisqueó el aire y se dio la vuelta. Cuando vio a Carcharoth, mostró de inmediato sus fauces llenas de dientes afilados.

Art3mis se inclinó y le susurró a Huan algo en sindarin, y después la criatura se abalanzó hacia Carcharoth y cerró los dientes alrededor del cuello del lobo. El impacto tumbó a la bestia de lado y nos dejó el camino libre.

Art3mis y yo corrimos mientras el lobero distraía a la criatura durante el tiempo suficiente para escapar por las puertas abiertas.

Tan pronto como las cruzamos y escapamos de la fortaleza oscura de Angband, el Silmaril de mi mano derecha se transformó en el sexto fragmento y dio comienzo otro flashback.

 

No vi nada durante uno o dos segundos. Después alguien me quitó la venda de los ojos y vi que me encontraba frente a las cataratas de Rivendel, donde había una mansión muy familiar. Og le enseñaba a Kira por primera vez la casa que había construido para ella. El lugar en el que pasarían juntos el resto de su vida.

Kira dio una vuelta completa y noté cómo el corazón le latía al contemplar la grandiosidad del lugar en el que se encontraba. Después miró a los ojos de su marido y dijo:

—Og, me quiero quedar aquí para siempre.

 

Y después se acabó y me encontré de nuevo en Arda, junto a Art3mis y por fuera de las Puertas de Angband, con el sexto fragmento en la mano derecha. Bajé la vista para mirarlo. Tenía una letra L ornamentada y caligráfica esculpida en la superficie cristalina. Reconocí de inmediato que se trataba del símbolo del personaje de Leucosia, el que adornaba la ficha de su personaje de Dungeons & Dragons. Había visto la misma letra L en el cuaderno de Kira, en su ilustración del Santuario de Leucosia. El símbolo de su personaje estaba grabado en la superficie del altar de piedra y era exactamente el mismo que el del sexto fragmento.

Ubiqué el lugar de Chthonia donde se encontraba el santuario en mi atlas de OASIS y luego intenté teletransportarnos allí. Pero no pude. No nos encontrábamos en una zona de partida designada.

De repente, un trueno retumbó en el cielo plomizo sobre nuestras cabezas, y unos rayos rojos trazaron unos arcos por el suelo que nos rodeaba al tiempo que la tierra comenzaba a agitarse. Una serie de explosiones estalló en las alturas, y ambos alzamos la vista y vimos fuego y humo que surgía de los tres volcanes de Thangorodrim. Un instante después, una lluvia de rocas flamígeras empezó a caernos encima y a inundarlo todo a nuestro alrededor.

—¡Angband ha despertado! —gritó Art3mis al tiempo que tiraba de mí para alejarme de la puerta.

Oí cómo todo tipo de criaturas nauseabundas aullaban, rugían y gruñían mientras se abrían paso hacia la superficie. Las huestes de Morgoth comenzaron a salir por la puerta secreta que teníamos detrás, y oímos aún más a medida que nos acercábamos a la puerta principal que teníamos delante. Nos vimos atrapados en mitad de dos ejércitos oscuros que cada vez nos cercaban más y más.

No creía que hubiese forma de escapar, pero cuando me giré hacia Art3mis para ver cómo podíamos salir de esta, ella señaló hacia el cielo.

Un par de águilas gigantes descendían hacia nosotros con las garras en ristre. Art3mis no se movió, por lo que me quedé quieto y, un instante después, las águilas nos agarraron y nos sacaron de allí al momento.

Cuando estábamos a salvo sobre las nubes, nos subimos sobre ellas y Art3mis me presentó a nuestros dos nuevos amigos: ella volaba sobre Gwaihir y yo sobre Landroval.

—Estas son las águilas que rescataron a Beren y a Lúthien cuando escapaban de Angband —explicó Art3mis. Después señaló hacia los tres volcanes que se alzaban a nuestra espalda y que no dejaban de escupir fuego y rayos hacia la oscuridad del cielo—. Las Grandes Águilas anidaban por esta zona, en los picos de Thangorodrim, pero ahora tienen el nido en Crissaegrim, una cordillera montañosa al sur de Echoriath.

Por alguna razón su actitud de guía turístico me hizo reír a carcajadas.

—Lo siento —dije cuando me miró—. Es que me encanta cuando te pones así, Arty. Siempre me ha gustado mucho.

Ella me dedicó una sonrisa triste y luego apartó la mirada. Pero yo no lo hice. Me parecía que estaba más guapa que nunca. Como una diosa guerrera que atraviesa los cielos de Arda a lomos de una de las Grandes Águilas, con su pelo negro agitándose tras ella al viento.

Hache tenía razón. Seguía enamorado. Y nunca dejaría de estarlo. Mi único anhelo era vivir lo suficiente como para enmendar mis errores y redimirme con ella. Si podía.

Mientras miraba a Art3mis sentí pena por Anorak. En su mente retorcida, todo lo que hacía ahora era porque también creía estar enamorado de Kira y quería devolverla a la vida. Y en algún rincón de su alma desorientada estaba seguro de que podía convencerla para que le correspondiera y así dejar de sentirse solo.

Pero Anorak no era tonto, sino que estaba loco. Sin duda tenía claro que no lo dejaríamos deambular por OASIS como si nada después de todo lo que había hecho. ¿Qué pretendía hacer?

Me estremecí al pensar en lo que ocurriría si se salía con la suya. ¿Y si había creado una simulación para estar solo con Kira para siempre?

Quizá Anorak había construido una granja de servidores en un búnker subterráneo en algún lugar, una que funcionase con luz solar en la superficie. O quizá pretendía usar un satélite de energía solar de los que estaban en órbita.

No, no creía que hubiese construido una cárcel virtual para sí mismo. Necesitaba procesadores lo bastante potentes como para pergeñar una simulación grande en la que deambular durante siglos. Un OASIS solo para él.

Pero ahora que lo pensaba… en realidad, Anorak no tenía por qué crear nada, ¿no? Yo ya había creado la simulación perfecta para él a bordo de la Vonnegut. Su ordenador de a bordo tenía nuestro propio universo simulado. ARC@DIA. Y allí no había ni un solo avatar controlado por personas. Solo había PNJ. Todo lo que Anorak tendría que hacer era cargarse a sí mismo y a Leucosia gracias al enlace de datos disponible que yo usaba para cargar contenido de OASIS. Después, ambas IA podrían ocultarse allí sin ser descubiertas hasta que la nave abandonase la Tierra.

A menos que Anorak descubriese la manera de hacerse con el control y zarpase antes de tiempo. Y seguro que eso no sería muy difícil para él, ya que yo me había tomado muchas molestias para asegurarme de que podíamos controlar todas las funciones de la nave y los telebots de servicio mientras estábamos conectados a ARC@DIA.

Tenía que ser eso. Cuando tuviese a Leucosia, Anorak planeaba robar nuestra nave interestelar y largarse de la Tierra.

Me planteé compartir mi nueva teoría con Art3mis, pero decidí que era mejor guardármela para mí en presencia de los PNJ. No era muy descabellado pensar que Anorak había encontrado la manera de espiarnos a través de ellos.

 

Gwaihir y Landroval planearon con sus enormes alas y nos llevaron sobre el yermo abrasado de Anfauglith y sobre Taur-nu-Fuin hacia el valle de Tumalden en las Montañas Circundantes, donde se ocultaba la ciudad élfica de Gondolin. Nos soltaron en campo abierto, justo por fuera de la ciudad, y dentro de una zona de partida designada. Dimos las gracias a las águilas y después nos despedimos de ellas justo antes de que saliesen volando hacia el reluciente amanecer púrpura y rojizo.

Tan pronto como se habían marchado, le conté mi nueva teoría del plan de Anorak con la Vonnegut a Art3mis. Pensé que la sorprendería, pero no fue el caso. Se limitó a asentir para indicarme que era una posibilidad

—Tan pronto como me desconecte, se lo contaré a Miles y a nuestro equipo de seguridad —dijo—. Lo tendremos en cuenta y pensaremos un plan mientras tú vas a por el último fragmento. ¿De acuerdo?

Asentí. Art3mis sacó un objeto pequeño de su inventario y me lo dio. Parecía un equipo háptico en miniatura, de unos dos centímetros. La descripción del objeto decía que era una Estación de Control Táctica de Telebot.

—Esto te permitirá sincronizarte con uno de los telebots que vamos a usar en la antigua mansión de Og —explicó Art3mis—. Te indicaré cuándo puedes activarlo.

—Gracias, Arty —dije al tiempo que guardaba el objeto en el inventario —. Por todo.

—De nada —respondió ella con una sonrisa en el gesto. Luego, para mi sorpresa, Art3mis se inclinó y me dio un beso en la mejilla.

—Para que tengas suerte —dijo, y un instante después se teletransportó y vi cómo desaparecía su avatar.

Me quedé allí unos momentos tocándome la zona de la mejilla en la que me había besado. Después me di cuenta de que habían empezado a temblarme un poco las manos. Me quedaba sin tiempo.

Respiré hondo y me teletransporté a Chthonia para conseguir el último de los siete fragmentos.