Ready Player Two

Ernest Cline · Capítulo 20 de 35

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Ready Player Two

Capítulo 0017

 

Art3mis conocía un atajo que atravesaba la parte rica del pueblo y, de alguna manera, consiguió recorrerlo de memoria a través de ese laberinto de calles idénticas y oscuras repleto de casas iguales. Tardamos solo unos minutos en llegar, pero el errático viaje en coche activó otro giradiscos: March of the Swivel Heads de English Beat. No creo que pisase el freno hasta que las ruedas chirriaron al detenerse frente al aparcamiento de la familia Johnson.

Tan pronto como nos bajamos, se activó otro giradiscos: Modigliani (Lost in Your Eyes) de Book of Love. Art3mis me miró al oírlo, y compartimos una breve sonrisa de entendimiento. Después nos dimos la vuelta y empezamos a correr hacia la puerta principal. Ella llamó al timbre y, un segundo después, la señora Johnson abrió y nos dedicó un fruncimiento de ceño. Su hija menor se encontraba detrás de ella y nos miraba con el mismo gesto. Las reconocí a ambas gracias a la breve escena que protagonizan en El Club de los Cinco, cuando dejan a Brian, el personaje de Anthony Michael Hall, en el instituto para que cumpla con el castigo y su madre dice: «¡Aprovecha la ocasión para estudiar!». Y su hermana pequeña replica: «¡Eso!». (Otra de las cosas que aprendí leyendo el blog de Arty hacía unos años fue que estaban interpretadas por la madre y hermana de Anthony Michael Hall en la vida real).

—Lo siento —dijo la señora Johnson después de mirarnos unos segundos más—. No aceptamos publicidad —dijo mientras señalaba un cartel de letras doradas que decía lo propio y que estaba clavado a la puerta principal.

—No, no vendemos nada, señora Johnson —dijo Art3mis—. Me llamo Art3mis y este es mi amigo Parzival. Hemos venido porque queremos hablar con su marido sobre un amigo que tenemos en común. Duckie. Philip F. Dale.

La señora Johnson relajó el gesto y le dedicó a Art3mis una enorme sonrisa. Un segundo después, se le deformó el rostro hasta convertirse por completo en una mujer diferente. Ahora teníamos frente a nosotros el PNJ de una mujer esbelta con melena larga y rubia y una sonrisa amistosa y afable. No la reconocí, pero Art3mis lo hizo al momento.

—¡Señora Hughes! —dijo al tiempo que bajaba la mirada e inclinaba la cabeza, como si acabase de ver a una reina. Después me miró de reojo y susurró:

—Es Nancy Hughes. ¡Nunca la había visto antes aquí! ¡Ni siquiera sabía que podía llegar a aparecer!

—John está trabajando en el piso de arriba —dijo Nancy al tiempo que se retiraba para abrir la puerta—. Pero creo que os espera. Entrad, por favor…

Nos indicó que pasáramos al recibidor y después cerró. Busqué a la hermana pequeña de Brian Johnson, pero había desaparecido, igual que su madre. No obstante, sí que vi a dos niños persiguiéndose alrededor de la mesa del salón con dos fusiles Nerf. Me imaginé que serían recreaciones PNJ de los dos hijos de los Hughes, James y John. Verlos me recordó una entrevista a John Hughes en la que mencionaba que el guion de Las locas peripecias de un señor mamá estaba basado en sus experiencias cuidando a sus dos hijos durante un año mientras su esposa Nancy pasaba mucho tiempo en viajes de trabajo.

Los hijos y el matrimonio de Hughes habían inspirado muchos elementos de su obra, y me parecía adecuado que este tributo interactivo a su familia estuviese oculto en Shermer junto al resto de sus creaciones.

Art3mis y yo seguimos echando un vistazo alrededor, maravillados, como patrocinadores de un museo que lo visitan por primera vez. Nancy no tardó en carraspear con educación para llamar nuestra atención. Después señaló la escalera de madera grande y curvada que tenía detrás.

—Está en su despacho, en el piso de arriba al final del pasillo —dijo entre susurros—. Pero aseguraos de llamar a la puerta antes de entrar. Está escribiendo.

—Gracias, señora —respondí también entre susurros.

Hice una seña a Art3mis para que fuese delante y la seguí escaleras arriba. Cuando llegamos, oí el traqueteo de una máquina de escribir que resonaba por el pasillo. Avanzamos con mucho cuidado sobre la tarima y seguimos el ruido hasta una puerta cerrada que había al fondo. El denso aroma del tabaco se colaba hasta el exterior por la parte baja de la puerta, así como la versión instrumental de Please, Please, Please Let me Get What I Want de The Smiths interpretada por Dream Academy.

Cabeceé hacia Art3mis, respiré hondo y después toqué tres veces en la puerta.

Se dejó de oír el traqueteo de la máquina de escribir y alguien se levantó de la silla. Después, unos pasos empezaron a acercarse a la puerta, que se abrió al poco. Ahí estaba, frente a nosotros, en carne y hueso simulados: John Wilden Hughes Jr.

Lucía diferente a como lo había visto unas horas antes cuando recogía el periódico, igual que el resto de los hombres de mediana edad de Shermer. Tenía el pelo más largo y más de punta. Las gafas eran más grandes y redondas, y contaban con una montura diferente. Eso sí, los rasgos redondeados de su rostro y los ojos tristes y sabios eran los mismos. Pero ya no tenía la expresión adusta e impasible de cuando era el señor Johnson. Ahora era el señor Hughes, lleno de energía y entusiasmo, así como de cantidades épicas de nicotina y cafeína, a juzgar por las tazas de café vacías y el cenicero a rebosar que había sobre su escritorio junto a la enorme y verde máquina de escribir IBM Selectric.

Detrás de la mesa y ordenados con esmero en algunos estantes había docenas de pares de zapatos, su famosa colección de calzado que seguiría creciendo a lo largo de toda su vida.

—¡Art3mis! —bramó con voz grave mientras le dedicaba una sonrisa al verla—. ¡Te esperaba!

Después nos sorprendimos al ver que iba a darle un abrazo. Art3mis rio y le devolvió el abrazo a John Hughes, mientras me dedicaba una mirada de «no me puedo creer que esté pasando esto» por encima del hombro. Después el hombre la soltó y se giró hacia mí.

—Y has traído a un amigo —dijo al tiempo que me ofrecía la mano—. Hola. Me llamo John.

—Parzival —dije mientras se la estrechaba. ¡El tipo era fuerte!—. Es un honor conocerlo, señor. Soy un gran admirador de su obra.

—¿De verdad? —dijo al tiempo que se llevaba la mano derecha al pecho a la altura del corazón—. Qué alegría. Es muy amable por tu parte. Pasad, por favor.

Entramos en su despacho, y él cerró la puerta. Después se acercó a unos archivadores que había en un rincón y empezó a rebuscar en los cajones.

—Habéis venido a buscar una copia del guion de La chica de rosa, ¿verdad? —preguntó—. ¿Cuál queréis?

—Su versión favorita —dijo Art3mis—. La que tenía el final original en el que Duckie y Andie bailan juntos.

El hombre le dedicó una gran sonrisa y después siguió buscando por los cajones del archivador.

—Ese era mi final favorito —dijo—, pero al público no le gustó en la prueba y el estudio me obligó a cambiarlo.

Encontró al fin el guion que buscaba y gritó.

—¡Victoria!

Lo levantó sobre la cabeza, y un haz de luz dorado se proyectó desde el techo durante unos segundos y lo bañó a él y a los papeles mientras oíamos unas campanillas angelicales. Después le ofreció el guion a Art3mis, quien lo cogió con ambas manos, momento en el que dejaron de oírse las campanillas y se desvaneció la luz.

—Gracias —dijo Art3mis, que se inclinó un poco—. Muchas gracias.

—¡Un placer! —dijo él—. Si necesitáis cualquier otra cosa, ya sabéis dónde encontrarme.

Nos dio otro apretón de manos a ambos, regresó a su escritorio y se puso a escribir de inmediato, más rápido de lo que había visto hacerlo a nadie en toda mi vida. El traqueteo de las teclas sonaba como los disparos de una ametralladora, y el retorno de carro de la máquina se desplazaba en un suspiro de izquierda a derecha, como una bandolera llena de balas que no dejase de suministrar munición.

Art3mis se giró hacia mí con una amplia y bobalicona sonrisa y levantó el guion para que viese lo que estaba escrito en la cubierta: LA CHICA DE ROSA de John Hughes. QUINTO BORRADOR: 09/05/1985.

—¡Lo conseguimos! —dijo ella.

Asentí y le ofrecí chocarle los cinco. Rio y aceptó la propuesta.

—¡Vamos a por ese fragmento! —comenté.

Art3mis asintió y nos dimos la vuelta para marcharnos, pero cuando llegamos al pomo de la puerta descubrimos algo extraño: un teclado de ordenador negro que colgaba del cable en la parte de atrás de la puerta del despacho de Hughes desde el colgador de ropa que tenía clavado en ella.

—Qué raro —dije al tiempo que cogía el teclado para mirarlo más de cerca.

En ese momento, vimos el nombre de la marca y el número del modelo. No era solo un teclado, era un Memotech MTX512, el ordenador clásico que Gary y Wyatt usaron para crear a Lisa en La mujer explosiva, que tenía la CPU de 8-bits oculta en la propia carcasa (algo revolucionario para la época). Tenía muy mal aspecto y le faltaban algunas de las teclas.

Me di la vuelta para hablar con el PNJ de John Hughes.

—¿Qué hace esto aquí? —pregunté, pero Hughes hizo como si no me oyese y siguió escribiendo. Me giré hacia Art3mis y le di el ordenador.

—Cuando entré antes en casa de Wyatt me di cuenta de que el ordenador no estaba en su dormitorio —dijo—. El accesorio de disco duro de FDX sí que seguía allí, pero el teclado había desaparecido. Lo que parecía indicar que alguien lo cogió y lo trajo aquí…

Me incliné hacia delante para analizarlo con más detenimiento. Cuatro de las teclas habían desaparecido: la R, la A, la I y la K.

En ese momento me di cuenta.

—¡Og! —dije—. Estuvo aquí antes para conseguir el tercer fragmento. Seguro que dejó aquí el ordenador porque sabía que lo encontraríamos.

Señalé el Memotech MTX512.

—En La mujer explosiva, un empollón usaba este ordenador para crear una simulación de la chica de sus sueños —dije—. Quizá Og intente decirnos que Halliday hizo lo mismo. Y esa es la razón por la que han desaparecido justo esas cuatro teclas: La K, la I, la R y la A.

—¡Vaya! —dijo Art3mis—. ¡Kira!

Asentí, y luego se me volvió a encender la bombilla.

—Al parecer Og consiguió dejarnos un mensaje oculto aquí. Es posible que haya hecho lo mismo mientras conseguía recuperar los dos primeros fragmentos —dije—. Debería haberme dado cuenta en Kodama.

Le expliqué a Art3mis lo sospechoso que me había resultado ver el récord de Og en la recreativa de Ninja Princess.

—¿Viste algo más en Kodama? —preguntó Art3mis—. ¿Algo que no encajase?

Pensé durante unos instantes y luego negué con la cabeza.

—No creo —dije—. Tampoco recuerdo ver nada así en Middletown. Pero hay doscientas cincuenta y seis versiones de la ciudad diseminadas por el planeta, y Og podría haber conseguido el fragmento en cualquiera de ellas.

—Es un caso perdido —dijo Art3mis al tiempo que negaba con la cabeza —. No tenemos tiempo de buscar en todas esas versiones. Aún nos quedan cuatro fragmentos que recuperar y unas cinco horas para hacerlo.

—Tienes razón —dije—. No tenemos tiempo, pero creo que conozco a alguien que podría ayudarnos. Un momento. Dame un minuto…

Abrí el HUD y seleccioné el nombre de L0hengrin en mi lista de contactos. Toqué el icono para enviarle un mensaje de texto. Luego cerré los ojos y escribí el mensaje entero sin mirarlo, por si se daba la casualidad de que Anorak estaba espiando mis canales de vídeo.

Querida L0:

Creo que voy a necesitar que me ayudes un poco más.

Quiero que vuelvas a Middletown y encuentres la versión en la que Og obtuvo el primer fragmento. Debería tratarse de la única que esté configurada en 1989 además de la nuestra. Teletranspórtate y compruébalas una a una hasta que la encuentres. Cuando lo hagas, me gustaría que te centrases en buscar algo inusual o que esté fuera de lugar. Algo en la casa de Og o en el dormitorio de Kira. Si lo encuentras, envíame un mensaje de inmediato y yo te haré llegar unas coordenadas para poder reunirnos en un lugar seguro.

Gracias, L0. No puedo decirte nada más por el momento, pero te prometo que es importante.

Tengo una deuda de vida wookiee contigo.

Atentamente,

Zeta

Usé el atajo de teclado para enviar el mensaje sin mirarlo y luego abrí los ojos, cerré el HUD y me di la vuelta para encarar a Art3mis.

—Le he mandado un correo electrónico a una amiga que puede que nos ayude —dije—. Crucemos los dedos.

Art3mis me dedicó una mirada dubitativa y se cruzó de brazos.

—¿Una amiga? ¿Qué amiga?

¿Eso que notaba en su voz eran celos?

—Te lo diré luego —dije mientras abría la puerta del despacho de Hughes y empezaba a correr por el pasillo—. ¡Vamos!

Eché un último vistazo al lugar mientras me disponía a bajar las escaleras. A través de la puerta abierta del despacho, vi por última vez a John Hughes, sentado en su escritorio, encorvado sobre la máquina de escribir y envuelto por una densa nube de humo de cigarrillos, tecleando con rabia en la máquina de escribir como si su vida dependiese de ello.

 

Art3mis condujo de regreso al hotel Shermer, donde el PNJ de Robert Downey Jr. nos esperaba quieto en la entrada principal. Fue ella la que le dio el guion que habíamos conseguido gracias a John Hughes. El PNJ lo abrió por las últimas páginas y las examinó en cuestión de segundos. Después, tan pronto como había terminado de leer el diálogo, el documento desapareció de repente entre chispas doradas y relucientes.

—¡Ahora sí! —dijo Duckie mientras se ponía las gafas de sol—. Vamos allá.

Corrió al interior del hotel. Lo seguimos a través del recibidor y por el entresuelo adornado con baldosas de mármol hasta que llegamos al salón principal donde se celebraba el baile de graduación. Andie Walsh esperaba de pie sola con su traje rosa improvisado, mordiéndose el labio inferior y echando un vistazo a su alrededor con nerviosismo. Cuando vio que Robert Downey Jr. se acercaba a ella con el atuendo de Duckie, abrió los ojos sorprendida y comenzó a sonar la melodía a piano de la partitura de Michael Gore para la película. Después Andie corrió hacia Duckie sin pensárselo dos veces. Él también empezó a correr y, cuando estaban uno al lado del otro, ella saltó hacia sus brazos abiertos. Duckie la levantó y le dio algunas vueltas en volandas antes de volver a dejarla en el suelo. Luego, ambos dieron un paso atrás para admirar la ropa que llevaban puesta e intercambiaron unas palabras que no entendimos porque estábamos demasiado lejos. Andie terminó por coger a Duckie del brazo y se dirigieron juntos hacia la entrada del salón. Art3mis y yo los seguimos al interior.

Era idéntico al del final original de La chica de rosa. Había una pista de baile enorme en el centro de la estancia en la que cientos de adolescentes ricos de Shermer vestidos con esmóquines retro y trajes de graduación de colores pastel bailaban al ritmo de If You Leave de Orchestral Manoeuvres in the Dark. Dos DJ con el mismo traje de botones del hotel destacaban en el escenario, rodeados por sintetizadores y mesas de mezclas. Una enorme fotografía en blanco y negro de un director y su orquesta cubría la pared que tenían detrás. Las mesas circulares estaban dispuestas a ambos lados de la pista, y volví a ver a Steph McKee, sentado en una de ellas con un esmoquin y gesto de aburrimiento. Después, él vio quién acababa de entrar en el salón y se puso en pie al momento.

Todas las cabezas de la estancia se giraron hacia ellos mientras Andie y Duckie se dirigían despacio hacia la pista de baile. Las parejas que estaban en la pista también los vieron, momento en el que dejaron de bailar y se quedaron mirándolos. Unos segundos después, los DJ detuvieron la música. Todos los que se encontraban en el salón se habían puesto a contemplar a Andie y a Duckie, con desprecio clasista en la mirada.

Vimos desde la distancia cómo Blane McDonough salió de entre la multitud silenciosa y se dirigía hacia ellos. Le dijo algo a Andie, pero la respuesta de ella fue negar con la cabeza. Blane le ofreció la mano a Duckie y, después de pensárselo unos segundos, Duckie se la estrechó. Blane se dio la vuelta y se marchó para perderse entre la multitud.

—¡Toma ya! —gritó Art3mis—. ¡El primer destino de Andie ya está enmendado!

Seguimos mirando y vimos cómo Andie cogía la mano de Duckie y los dos caminaban entre ese mar de rostros silenciosos, con gesto orgulloso y desafiante. Cuando llegaron al centro de la pista de baile, los DJ volvieron a encender la música y pincharon otra canción: Heroes de David Bowie.

Duckie rodeó a Andie entre sus brazos y los dos empezaron a bailar y dar vueltas juntos hasta que se unieron en un único torbellino rosado y emborronado, que luego desapareció en un centelleo rosáceo con efecto neón.

Cuando recuperé la vista después de que me encandilara el resplandor, vi que el tercer fragmento flotaba en mitad de la pista de baile, justo en el lugar donde los dos amantes desafortunados habían desaparecido un segundo antes.

Art3mis corrió a cogerlo, pero sus manos lo atravesaron. Rio y se dio la vuelta para mirarme. Hizo un gesto con el dedo índice para que me acercase y me dirigí hasta el centro de la pista de baile.

—«Tributos mi heredero pagará por su sino» —recité mientras extendía la mano y rodeaba el fragmento con los dedos.

Igual que había pasado antes, el fragmento activó otro flashback.

 

Volvía a ser Kira, pero en esta ocasión me encontraba en su dormitorio de la infancia de la pequeña casita de campo que su madre tenía en las afueras de Londres. Había visto fotografías de Kira hechas en esa misma habitación para enviárselas a Og en Estados Unidos durante el último año de instituto, que pasaron separados.

Tenía dos maletas abiertas frente a mí llenas de ropa amontonada, cuadernos y cajas de disquetes. Kira alzó la vista y vio a un Ogden Morrow de dieciocho años de pie en el umbral de la puerta, bloqueándolo con su esbelta figura. Detrás de él atisbé a un calvo bajito con camiseta harapienta que gritaba algo con un cerrado acento londinense. Tenía que ser Graham, el padrastro borracho de Kira, quien sin duda estaba enfadado y solo mantenía las distancias gracias al bate de críquet que Og aferraba con ambas manos y sostenía con un gesto amenazador propio de Zombies Party.

Era otro de los momentos que Og había descrito en su autobiografía. Algo que había ocurrido en abril de 1990, después de que Kira le dijese a su familia que pensaba mudarse a Estados Unidos ese verano para ayudar a Og y a Halliday a fundar Gregarious Games en lugar de ir a la universidad como ellos querían. Al oírlo, el padrastro violento se había enfadado mucho y le había dado una torta. (Aún sentía un leve dolor en el ojo del cuerpo en el que me encontraba en ese momento). Kira había llamado a Og para contárselo, y él había cogido el primer vuelo a Londres para ir a buscarla y ayudarla a mudarse. Y lo que experimentaba ahora era el recuerdo de Kira de ese rescate. Solo unos segundos…

Og miró por encima del hombro, centró la mirada en mí (o en Kira) y me dedicó una sonrisa afable para asegurarle que todo iba a ir bien, que estaba a salvo y que él la protegería. En ese momento, también sentí una reacción física muy intensa a la mirada y la sonrisa de Og, lo que me indicó lo mucho que Kira lo amaba. La sonrisa de Samantha provocaba en mí el mismo efecto, uno que a mí me resultaba devastador.

 

El flashback terminó en un abrir y cerrar de ojos. Volvía a estar en la pista de baile con Art3mis. Bajé la vista y vi que sostenía el tercer fragmento en la mano derecha.

Me di la vuelta para leer la pista, pero en lugar de palabras había una imagen grabada. Era un escudo ornamentado con estilizados símbolos matemáticos correspondientes a la suma, la resta, la multiplicación y la división. Reconocí de inmediato que se trataba del escudo de armas de la reina Calculomelot, monarca del reino de Calculomelot del planeta Halcydonia.

Sentí que el optimismo se apoderaba de mí de inmediato, seguido de un pánico sobrecogedor. Por una parte, era un golpe de suerte tremenda, ya que había pasado gran parte de mi infancia en Halcydonia y tenía un conocimiento enciclopédico del lugar. Pero por otra, no había pisado el planeta en más de diez años. Y había jurado no volver al lugar después de mi última visita.