Ready Player Two
Capítulo 0016
El patio delantero parecía una zona de guerra. Los adolescentes se paseaban por el lugar y por la calle, apoyados en antiguos Porches, Ferraris y Trans-Ams, bailando, bebiendo y dándose el lote. En mitad del aparcamiento había un BMW con una bandeja de comida enganchada en la ventana del asiento del copiloto. Un sedán negro cubierto de barro estaba aparcado delante del bemeta y dos adolescentes estaban haciéndolo en el asiento de atrás.
Me acerqué a la entrada delantera y llamé al timbre. Sonó un gong muy estridente, y la puerta empezó a abrirse. Había un hombre asiático muy colocado colgado del picaporte del otro lado. Tardé un segundo en reconocerlo: era Long Duk Dong, el infame personaje interpretado por Gedde Watanabe en Dieciséis velas.
—¡Eh! Pasad, entrad en la fiesta de los mejores troncos —dijo con un acento muy marcado.
Al ver que no respondía, Dong me hizo un gesto para que entrase. Le di las gracias y entré en la casa. Estaba llena de niños ricos y blancos borrachos dándolo todo. Me tropecé con una joven Joan Cusack vestida como la chica con collarín que habíamos visto antes en el autobús. Intentaba beber de una lata de cerveza inclinando todo el cuerpo hacia atrás, pero calculó mal y cayó de espaldas.
Después me dirigí al salón para revisarlo de cabo a rabo, pero casi me aplastan unas pesas que cayeron del techo. Atravesaron el suelo, dejaron un enorme agujero y terminaron en la bodega del sótano, donde rompieron la gran cantidad de botellas de vino que había almacenadas.
Le di un repaso completo a la casa, pero no vi a Ian ni a Max por ningún lado.
Cuando acababa de regresar al salón, recibí un mensaje de texto de Art3mis donde me decía que fuese con ella a la casa de Stubby, al patio trasero.
Salí corriendo a través de un jardín podado a la perfección y me dirigí a la parte de atrás de la casa adyacente, donde los adolescentes borrachos e imprudentes también lo destrozaban todo. En el patio trasero de Stubby, me encontré a Art3mis reteniendo a punta de pistola a dos jóvenes atractivos. Ian y Max de La mujer explosiva. Max estaba interpretado por el actor Robert Rusler, a quien también conocía de su papel como Ron Grady en Pesadilla en Elm Street 2: La venganza de Freddy. Ian estaba interpretado por un jovencísimo Robert Downey Jr.
—Hostia puta —dije—. ¡Es Iron Man! Me había olvidado de que también salía en una película de John Hughes…
—Solo en una —dijo Art3mis—. Un papel secundario en La mujer explosiva. No hay mucha gente que lo sepa, pero Robert Downey Jr. estuvo a punto de interpretar al protagonista de otra de las películas de Hughes. Por eso lo necesitamos.
Art3mis apuntó hacia Max.
—A este podemos dejarlo ir —dijo. Bajó el arma para dejar de apuntar a la cabeza de Max, que se quedó de piedra unos segundos para luego darse la vuelta y salir corriendo a toda prisa por el césped en dirección a la casa de Jake Ryan. No miró atrás.
Art3mis se centró en Ian. Sacó la bolsa de hierba que había conseguido en la taquilla de Bender y la dejó colgando frente a él. La expresión de su rostro cambió de repente, como si estuviese hipnotizado.
—¿Quieres un poco? —preguntó Art3mis.
—¡Claro que sí, señorita! —respondió Ian—. Claro que quiero.
Extendió el brazo para coger la bolsa, pero Art3mis la retiró al momento.
—Te propongo un trato —dijo ella—. Si haces dos cosas muy fáciles por mí, te daré la bolsa.
—Claro —dijo Ian, con un pestañeo—. Lo que digas, muñequita.
—Descubrí este truco mientras jugaba las misiones oficiales de La mujer explosiva —dijo Art3mis—. Las recreaciones de los PNJ de Ian y Max son muy hedonistas y harían casi cualquier cosa a cambio de sexo o drogas. —Se giró hacia él y le dedicó una sonrisa—. ¿No es así, Ian?
Robert Downey Jr. volvió a batir las pestañas y asintió. Art3mis abrió el inventario y sacó los zapatos de hebillas y la corbata de bolo que le había quitado a Duckie en el instituto. Se los ofreció a Ian.
—Primero necesito que te pongas esto —dijo—. Después quiero que vayas a bailar con Andie Walsh en el baile de graduación de esta noche. ¿Vale?
—Vale —dijo Ian.
Cogió los zapatos que le ofrecía Art3mis y se los puso. Después se colocó la corbata de bolo alrededor del cuello. Nada más hacerlo, le cambió la ropa y el peinado. Ya no se parecía a Robert Downey Jr. interpretando a Ian en La mujer explosiva, sino al Robert Downey Jr. de Regreso a la escuela que interpretaba a Derek Lutz. Pero vestía con el mismo traje clásico que llevaba Jon Cryer en el final original de La chica de rosa.
Cuando finalizó la transformación, se activó otro giradiscos. Al principio creí que se trataba de la canción I Want a New Drug de Huey Lewis and the News, pero desde que empezó la letra me di cuenta de que en realidad se trataba de la versión parodia de Weird Al Yankovic: I Want a New Duck.
La canción solo sonó durante cinco o seis segundos, mientras el nuevo Robert Duckey Jr. hacía un bailoteo para enseñarnos su ropa nueva. Se quedó posando cuando terminó la canción y luego dijo:
—Aún sigo siendo y siempre seré… tu Duckie.
Señaló sus zapatos, giró el pie izquierdo a la izquierda, el derecho a la derecha y después los volvió a colocar rectos. Luego alzó la vista para mirarnos. Al ver que no aplaudíamos, frunció el ceño y se olisqueó las axilas antes de preguntar:
—¿Me ha abandonado el desodorante?
Art3mis soltó un gritó victorioso y luego se apresuró a darle una palmadita en la espalda.
—Se suponía que Robert Downey Jr. iba a interpretar a Duckie —explicó —, pero el estudio decidió contratar a Jon Cryer en su lugar. Y cuando se hizo la primera proyección de prueba, nadie del público quería que Duckie y Andie acabasen juntos, por lo que Hughes se vio obligado a escribir un nuevo final, uno en el que Andie termina con el gilipollas rico de Blane.
—¿En serio? No lo sabía. —Negué con la cabeza—. Es impresionante, Arty.
—Gracias, Parzival —dijo ella, orgullosa de sí misma—. Recuerdo leer en una antigua entrevista que Molly Ringwald dijo que creía que el verdadero final de La chica de rosa hubiese funcionado mucho mejor con Robert Downey Jr. como Duckie, que era lo que se pretendía en un principio. Seguro que habrían tenido mucha más química en pantalla.
Recité la inscripción, de memoria esta vez.
—«Cambia al patoso, restaura su final. El primer destino de Andie deberás enmendar». ¿Ese era «el primer destino de Andie» entonces? — pregunté—. ¿Acabar con Robert Downey Jr. interpretando a Duckie? ¿Y la única manera de «enmendar» ese «destino» es «cambiar al patoso»? —Sonreí a Art3mis y negué con la cabeza—. ¡Eres brillante, Art3mis!
La aplaudí y ella hizo una pequeña reverencia. Después cogió a Robert Downey Jr. por el brazo y salió corriendo. Los seguí a la carrera mientras se apresuraban por al jardín de Stubby, y luego llegamos a un Rolls-Royce descapotable que estaba aparcado frente a la casa de Jake Ryan. Art3mis empujó a Duckie en el asiento trasero y después se subió al del conductor. Yo me acomodé junto a ella.
—Oye, ¿no llegaríamos más rápido… en un Ferrari? —pregunté.
Señalé los árboles que se entreveían detrás de la casa de Jake Ryan. Entre ellos se atisbaba una casa aislada y construida sobre pilones. Reconocí que se trataba de la de Cameron Frye, y desde allí vimos el garaje de paredes acristaladas que había en la parte trasera.
—Olvídalo —dijo Art3mis—. El padre de Cameron tiene un sistema de seguridad último modelo. Solo puedes robar ese coche de día, con las llaves y con ayuda de Cameron. Si intentásemos hacerlo ahora, terminaríamos en la prisión de Shermer con el chico de Objetivo: La roca. Escapar de allí sería fácil, pero desperdiciaríamos unos treinta minutos. —Sonrió—. Sí que podríamos robar el mismo Ferrari a Alec Baldwin, en el aparcamiento de la iglesia que está a unas manzanas de aquí —dijo mientras señalaba hacia el sur. Después miró el reloj—. Pero la boda entre los Briggs y los Bainbridge no empieza hasta dentro de una hora. Lo siento, pero me temo que el Rolls-Royce del señor Ryan es nuestra mejor opción ahora mismo.
—Muy bien —murmuré—. Pues iremos en esta tartana marrón.
—Ponte el cinturón, máquina —dijo Art3mis al tiempo que me miraba. Esperó a que lo hiciese y después me dedicó una sonrisa taimada.
—Las cosas se están poniendo interesantes —dijo. Después cambió de marcha y pisó el acelerador a fondo, lo que activó otro giradiscos: Peter Gunn Theme de The Blues Brothers, que siguió sonando mientras el Rolls-Royce aceleraba y nos perdíamos en la noche.
Art3mis conducía a toda leche a través del laberinto de calles de las afueras iluminadas por la luz de la luna, y Robert Downey Jr. y yo nos balanceábamos de un lado a otro en nuestros asientos cada vez que daba una curva cerrada. Por unos minutos me sentí como si estuviésemos en una partida de Grand Theft Auto: Shermer. Después llegamos a una autopista y el viaje se volvió mucho más llevadero. (En la entrada se activó otro giradiscos: Holiday Road de Lindsay Buckingham, que dejó de oírse cuando abandonamos la autopista unas cuantas salidas después).
En algún momento tuvimos que cruzar las vías de tren y entrar en la zona pobre de la ciudad, porque las casas a nuestro alrededor se volvieron pequeñas, cutres y más cercanas las unas a las otras. Mientras recorríamos una de esas calles, vi a Harry Dean Stanton ataviado con su albornoz y sentado en la silla del jardín de su oscurecido patio delantero mientras leía el periódico. Unas casas más adelante, vi a John Bender junto a un garaje abierto y fumando un cigarrillo mientras removía una lata de pintura. Después reparé en la casa de al lado, que parecía del todo abandonada. El jardín estaba descuidado, las ventanas tapiadas y había un cartel de desahucio en la puerta delantera. Luego vi el nombre impreso en el buzón oxidado: D. GRIFFITH.
Se lo señalé a Art3mis, y ella sonrió.
—Hay cinco PNJ diferentes de John Candy deambulando por Shermer — dijo—. ¿Podrías nombrarlos a todos?
—Claro. Del Griffith. Después Chet Ripley, C. D. Marsh y Gus Polinski, el rey de la polka del Medio Oeste. Ah, y también he visto a Buck Russell esta mañana.
Ella sonrió, impresionada.
—No está mal, Watts —dijo—. Veo que no has perdido el toque.
Señaló un restaurante que parecía una cabaña de madera que se encontraba al otro lado de la calle y se llamaba Paul Bunyan’s Cupboard. Tenía dos enormes estatuas de Paul y Babe el buey azul junto a la entrada principal.
—¿Quieres parar a comerte el clásico Ninety-Sixer? —preguntó Art3mis —. Seguro que es mucho más difícil cuando usas un ONI…
Se quedó en silencio de repente al darse cuenta de lo que acababa de decir y vi con el rabillo del ojo cómo hacía un mohín.
—Joder, claro que quiero —dije al tiempo que le daba un codazo en las costillas para indicarle que no me había molestado—. Si tuviésemos tiempo, acabaría con ese Ninety-Sixer ahora mismo. —Bajé la voz—. A lo mejor pensabas que iba a rechazar comerme algo que tuviese la palabra «sixer» en el nombre, pero de eso nada.
Art3mis rio otra vez. Música para mis oídos.
—Cuando acabe todo esto volveremos para zampárnoslo. ¿Vale?
Ella asintió y dijo:
—Tenemos una cita.
Sentí que mi rostro se ponía rojo en diferentes tonalidades.
Seguimos el viaje en coche y de vez en cuando la miraba en el asiento del conductor. La capota estaba quitada y el viento le agitaba el pelo. Estaba guapísima. Y feliz. Y yo seguía locamente enamorado de ella. Era innegable.
En ese momento, se activó de repente otro giradiscos y comenzó a sonar otra canción: More Than a Feeling de Boston. La misma que suena durante un breve flashback de La loca aventura del matrimonio, cuando Jake se enamora de Kristy, su futura esposa, a primera vista.
Nada más empezar la canción, Art3mis miró hacia un lado y me pilló contemplándola. Aparté la vista y fingí que miraba hacia delante, pero en el reflejo del cristal me pareció ver un atisbo de sonrisa en sus labios. Después la oí reír.
—¿Qué te hace tanta gracia? —pregunté.
—Esa canción —respondió ella—. Empieza a sonar cada vez que un avatar mira a otro durante más de cinco segundos y se le acelera el pulso. Es un pequeño Huevo de Pascua que añadieron el año pasado para los usuarios de ONI.
—Genial —murmuré—. Pillado por mis propios sensores biométricos.
Art3mis rio sin dejar de mirar la carretera, y yo me hundí en el asiento e hice como que miraba por la ventana, con la esperanza de que la magia funcionase en ese planeta y así poder volverme invisible.
Llegamos al hotel Shermer unos minutos después. Art3mis hizo rechinar las ruedas del Rolls-Royce del señor Ryan antes de detenerse junto al bordillo, y varios PNJ peatones se apartaron al momento.
Los tres saltamos del coche y corrimos hacia la entrada principal del hotel. Pero Robert Downey Jr. se detuvo avergonzado en la entrada.
—Lo siento —dijo a Art3mis—. No puedo entrar.
—¿Qué? —preguntó ella al tiempo que lo agarraba por las solapas de raso —. ¿Por qué narices no puedes entrar? ¡Lo prometiste! ¡Y ya te he dado toda la hierba de Bender!
—Lo sé —respondió él—. Y me gustaría ayudaros, pero no puedo entrar. Así no. No sabría qué hacer ni qué decir.
—¡No tienes que decir nada! —dijo Art3mis, que lo empujó hacia la entrada—. Limítate a entrar ahí, encuentra a la tía buena pelirroja que lleva un traje rosado horrible y pídele bailar. ¡Nada más! ¡Listo!
El PNJ de Robert Downey Jr. agitó la cabeza y no se movió. Art3mis cabeceó hacia mí y yo lo agarré por la cintura, lo levanté del suelo e intenté meterlo en el hotel, pero fui incapaz. Era como si rebotase contra un campo de fuerza invisible.
Probé varias veces más, pero no conseguí nada. Después el PNJ comenzó a forcejear para que lo soltase.
—¡Lo siento! —gritó—, pero no estoy preparado emocionalmente para esto, para entrar ahí. Mirad cómo voy vestido… ¡Y nunca sé qué decir en este tipo de situaciones sociales!
Art3mis cabeceó otra vez, y lo solté. Se alisó el traje y me miró con gesto indignado. Me dio la impresión de que iba a salir corriendo, pero en lugar de eso se cruzó de brazos y empezó a dar toquecitos en el suelo con el pie, impaciente. Una animación propia de cuando los PNJ se quedaban quietos.
Me giré hacia Art3mis.
—«Cambia al patoso, restaura su final» —recité—. Todo este tiempo hemos pensado que el acertijo indicaba que tenía que cambiar el final de Duckie, pero ¿y si «restaura su final» significa que tenemos que reinterpretar el final que escribió originalmente para La chica de rosa? —Señalé al personaje de Robert Downey Jr.—. ¿Y si tenemos que encontrar una copia del guion original y dársela a este tío?
Art3mis alzó las manos.
—¿Y cómo se supone que vamos a hacer eso?
Sonreí.
—Pues vamos a la casa del escritor —respondí.
Me dedicó una mirada inquisitiva durante unos segundos, y después se le iluminaron los ojos.
—¡Hostia! —gritó—. ¡Seguro que es eso! ¡Eres brillante, Zeta!
Antes de que me diese cuenta de nada, me agarró la cara y me plantó un beso. Ella no llevaba unos auriculares ONI, por lo que sabía que en realidad no lo había sentido. Pero yo sí. Después se giró hacia Robert Downey Jr.
—No te muevas —dijo—. Volveremos.
Después me agarró por el brazo y me arrastró en dirección al coche.