Ready Player Two
Capítulo 0030
Tan pronto como volví a estar conectado, abrí el HUD y usé la interfaz de superusuario para resucitar el avatar asesinado de Art3mis. Después hice lo mismo con Hache y Shoto. También resucité a L0hengrin y al resto de los integrantes de los Cinco Peores de L0, que habían muerto durante la misión de recuperar la Matanecios.
La próxima vez que L0 y sus amigos se conectaran, descubrirían que alguien había resucitado a sus avatares y que también habían recuperado todos los objetos que tenían en el inventario. También encontrarían la bandeja de entrada llena de ofertas para comprar los derechos audiovisuales de su misión. A finales de semana ya habría en desarrollo varios proyectos para cine y series de La aventura de la Matanecios.
Después de terminar de resucitar a los avatares, les mandé un mensaje de texto a Art3mis, Hache y Shoto con las coordenadas del santuario de Leucosia en las montañas Xyxarian. Después teletransporté mi avatar a ese lugar.
Un instante después, volví a aparecer en la plataforma que había en el pico más alto de las montañas. Me encontraba junto al altar de piedra de su base. Me acerqué y luego saqué uno a uno los siete fragmentos del alma de la sirena del inventario y los coloqué el uno junto al otro en el altar. No eran los falsos con los que había engañado a Anorak allí mismo. No, eran los siete fragmentos de verdad…
Vi un resplandor y oí el sonido de alguien que acababa de teletransportarse. Me di la vuelta justo a tiempo para ver como el avatar recién resucitado de Art3mis se rematerializaba justo frente a mí, en el mismo lugar al que había llegado el mío.
Se acercó y luego ambos bajamos la mirada a las siete joyas multifacetadas desperdigadas por el altar que teníamos delante, y que brillaban con una luz azul interior.
—«Los siete fragmentos del alma de la sirena» —recité—. «Busca en los siete mundos donde intervino…».
—«Para conseguir que vuelva a estar entera» —continuó Art3mis—. «Tributos mi heredero pagará por su sino…».
Nos miramos y asentimos en silencio. Después extendimos juntos los cuatro brazos y unimos los fragmentos…
Sentí cómo se movían y se unían como si tuviesen unos imanes muy potentes. Encajaban a la perfección. Después hubo un destello de luz blanca cegadora, y sentí de repente como si un campo de energía invisible apareciese alrededor de los fragmentos que acababan de volver a unirse. Vi que le ocurría lo mismo a Art3mis. Después dimos unos pasos atrás a duras penas, cegados por unos momentos. Cuando recuperamos la visión, comprobamos que los siete fragmentos se habían unido para formar una única y resplandeciente joya azul que comenzó a girar sobre sí misma muy rápido mientras flotaba frente a nosotros.
Luego empezó a crecer y a transformarse, hasta que terminó por convertirse en una silueta humana que me resultaba muy familiar: la de una bella joven de veintitantos. Kira Underwood. Iba vestida con la túnica blanca y añil de su avatar de OASIS, Leucosia. La L ornamentada estaba bordada en cada una de las mangas del avatar con hilo de plata.
Abrió los ojos y echó un sorprendido vistazo a su alrededor para luego llevarse ambas manos a las mejillas y tocarse el rostro. Después se tocó el cuerpo y se abrazó a sí misma con fuerza. La sensación la hizo estallar en carcajadas. Luego bajó los brazos y se giró despacio en mi dirección mientras contemplaba los alrededores. Terminó mirándonos a Art3mis y a mí.
Parecía encantada de vernos, pero también algo decepcionada al comprobar que el avatar de su marido Og no era quien la había revivido.
—Me llamo Parzival —dije—. Y esta es Art3mis.
—Es un placer conoceros —dijo ella con la voz de Kira Morrow—. Yo me llamo Leucosia. Gracias por resucitarme. No creía que nadie lo fuese a conseguir jamás.
—Eres una copia de la conciencia de Kira Morrow —espeté. No era una pregunta—. La copia que hizo Halliday sin su consentimiento durante su visita al Laboratorio de Investigación para la Accesibilidad. Como en el flashback que experimenté cuando encontré el último fragmento.
Leucosia asintió.
—Sé que ambos debéis tener muchas preguntas, pero primero necesito haceros una yo. ¿Dónde está mi marido? ¿Sigue vivo?
Miré a Art3mis para que me diese apoyo emocional, y después volví a girar la cabeza hacia Leucosia y la agité. Respiré hondo y le conté a Kira todo lo que había ocurrido, desde el ultimátum de Anorak hasta el heroico final de Og. Lo conté mientras no dejaba de llorar. Entre lágrimas y con voz quebrada le expliqué la última parte, la muerte de Og. Fui incapaz y Art3mis tuvo que terminar por mí, por lo que también acabó llorando.
Cuando concluimos, Leucosia asintió. Luego, para nuestra sorpresa, se acercó y nos dio un abrazo a cada uno.
—Gracias por contármelo —dijo—. Tuve acceso a internet tan pronto como me resucitasteis, como cualquier avatar de OASIS. Los canales de noticias están a rebosar de artículos sobre la muerte de Og, pero aún no se ha confirmado y no había detalle alguno sobre lo ocurrido. —Nos dedicó una sonrisa triste—. Me alegra que haya muerto para ayudar a la gente que amaba. Y estoy muy contenta de que haya sido junto a un amigo.
—Og me salvó la vida —dije—. Dos veces. Una hace tres años, cuando nos permitió ocultarnos de Sorrento y los sixers, y después ayer, cuando se sacrificó para detener a Anorak.
Art3mis asintió.
—Og murió para salvar cientos de millones de vidas —dijo a Leucosia entre lágrimas—. Deberías estar muy orgullosa de él.
—Gracias, querida —dijo al tiempo que apartaba la cara para que no viésemos la angustia que se había apoderado de sus facciones—. Claro que estoy orgullosa de él. Y siempre lo estaré. Era mi Og.
Se quedó en silencio y nosotros hicimos lo mismo. Tardé unos instantes en armarme de valor, pero cuando lo hice le pregunté a Leucosia qué era lo que recordaba, sobre Halliday, sobre Anorak y sobre Kira.
—Anorak fue el resultado del primer intento de Halliday de digitalizar una conciencia humana —explicó—. Solía decir que era como un «archivo de partida guardada en la vida real».
Se me encendió la bombilla.
—¡Los enormes archivos .ecu! —dije—. ¿Escáner cerebral de usuario?
Ella asintió.
—Pero al parecer Jim tenía unos secretos oscuros en la mente que no quería compartir con nadie —continuó Leucosia—. Ni siquiera con su copia digital. Por lo que insistió en borrar grandes partes de los recuerdos de Anorak para hacerlo más estable. El problema fue que esta alteración tuvo el efecto contrario, y Jim se vio obligado a poner restricciones al comportamiento de Anorak. Por desgracia, parece que Anorak consiguió saltárselas. Y por esa razón os ha causado tantos problemas…
Siguió explicando que, al analizar los errores de Anorak y aprender de ellos, Halliday había conseguido al fin perfeccionar la tecnología de escaneo de conciencia y usarla para crear el primer prototipo de auriculares ONI, que tenía funcionalidades muy limitadas. No obstante, contaban con la capacidad de escanear el cerebro del portador y crear una copia digital de su conciencia. Leucosia me sonrió.
—¿Y qué hizo James Halliday con ese invento tan maravilloso?
—Lo usó de inmediato para crear una copia pirata de la mujer de su mejor amigo —respondió Art3mis—. Sin su permiso.
Leucosia asintió.
—Y así fue como me creó —continuó—. En realidad, yo soy la primera inteligencia artificial estable jamás creada. Y supongo que lo sigo siendo. — Bajó la mirada y se mordió el labio inferior—. Pero después de que Jim me despertarse en una simulación independiente para hablar conmigo, no tardé demasiado en darme cuenta dónde me encontraba y qué era. Y fue entonces cuando perdí los estribos. Me enfadé con Jim por haberme copiado la mente, la mente de Kira, sin su permiso.
Agitó la cabeza.
—Conseguí que terminase por comprender que era justo la misma persona que había sido Kira Morrow en el momento en que le había copiado la mente —dijo—. Lo que significaba que estaba locamente enamorada de Og y siempre lo estaría. Aunque nunca pudiese volver a estar a su lado.
—¿Qué dijo Halliday cuando se lo explicaste? —preguntó Art3mis.
—No lo entendió. Siempre fue muy difícil hacer comprender las cosas a Jim con palabras, pero después empezó a usar el ONI para reproducir mis recuerdos. Una invasión definitiva de mi privacidad. No obstante, sirvió para que me entendiese y me llegase a ver como una persona en lugar de como un trofeo que nunca sería capaz de ganar. Me dijo que ver el mundo y a él mismo a través de mis ojos era lo que al fin le había hecho comprender lo podrido que estaba por dentro. Le proporcionó algo que le había faltado durante toda su vida: empatía. Después se horrorizó por lo que había hecho. Se vio como un monstruo. Me pidió perdón y también intentó resarcirse.
—¿Y cómo pensaba hacerlo? —pregunté.
—Me ofreció destruir su tecnología de escaneo de conciencia —respondió Leucosia—. Para que jamás se pudiese crear ninguna otra IA como yo. Pero lo pensé bien y llegué a la conclusión de que eso no era lo que yo quería. No quería quedarme sola para siempre. Y me gustaba estar viva, sobre todo después de enterarme de que la verdadera Kira había muerto. Lo normal era que sus recuerdos y experiencias hubiesen desaparecido para siempre, pero ese no era el caso, porque estaban almacenados en mi interior. Y siempre lo estarían. Era reconfortante. Mucho. —Sonrió—. Y, en el fondo, una parte de mí esperaba tener la oportunidad de volver a ver a Og algún día. Algo imposible a estas alturas.
Se dio la vuelta despacio para contemplar el paisaje. Después se miró el cuerpo.
—La verdad es que no siento que sea una abominación antinatural — continuó—. Me siento bien. Me siento viva. Y no me importa haber estirado la pata si a cambio puedo continuar mi existencia como un ser inmortal. Es por ello por lo que le pedí a Halliday que no destruyese la tecnología de escaneo de conciencia. Le dije que lo que me había dado era un regalo maravilloso y que tenía que compartirlo con el resto de la humanidad.
Art3mis se inclinó hacia delante.
—¿Y qué dijo él? —preguntó.
—Dijo que no estaba seguro de que el mundo estuviese listo para una tecnología así —respondió Leucosia—. Por lo que accedimos a ocultarme hasta que lo estuviese. Su heredero sería el único capaz de encontrarme cuando los auriculares ONI fuesen de uso común, y la gente empezase a comprender que nuestras mentes y nuestros cuerpos son entidades diferentes. Pero claro, era Halliday… y tuvo que adornarlo todo para convertirlo en una misión elaborada que estuviese conectada a su Cacería del Huevo de Pascua.
—¿Sabes lo de la competición? —pregunté.
Ella asintió.
—Me contó que tenía un plan para legar su fortuna, lo de las tres llaves y las tres puertas —dijo—. Jim fue quien tuvo la idea de recrear mi antiguo módulo de D&D, La aventura de los siete fragmentos del alma de la sirena, dentro de OASIS. Me dijo que escondería los fragmentos para que solo Og o el ganador de su competición fuese capaz de encontrarlos. Y me pidió permiso para incluir los recuerdos de los flashbacks que has experimentado, con la esperanza de que su heredero aprendiese las mismas lecciones que había aprendido él.
Me sonrió. Yo asentí y le devolví el gesto.
—Cuando se unieran todos los fragmentos —continuó—, yo quedaría libre, y el don de la inmortalidad digital se revelaría al mundo. Y así ha sido, gracias a ti —comentó mientras me señalaba.
Extendió el brazo. En la palma abierta de la mano había una barra de metal pequeña del tamaño aproximado de una linterna, con una esfera de metal en un extremo. Parecía un pararrayos. O una especie de arma futurista.
—Sir Parzival, esto que ves es la Varita de la Resurrección —explicó Leucosia—. Confiere a su portador la capacidad de crear nueva vida y sobreponerse a la muerte. Si usas su poder con sabiduría, cambiará y mejorará el destino de la especie humana.
En ese momento, sus palabras me sonaron aterradoras, pero sabía que ya no había marcha atrás. Extendí la mano y Leucosia soltó la varita en mi palma abierta.
—¿Para qué sirve? —pregunté mientras contemplaba esperanzado la hipnotizante luz azul que emanaba de ella.
—Te permite crear otros seres como yo —dijo—. Duplicados digitales de mentes humanas que habitan en avatares de OASIS. Halliday nos llamaba PJD, personajes jugadores digitales.
La miré sin parpadear.
—Entonces Anorak también era un PJD, ¿no? —pregunté mientras bajaba el objeto y apuntaba con él al suelo—. ¿Por qué iba a arriesgarme a crear a otros como él?
Leucosia sonrió.
—No tendrás que preocuparte por eso. Anorak era una copia fallida de la mente de James Halliday —explicó ella—. El desafortunado resultado de su mente torturada y su pésima autoestima. Se volvió inestable porque James toqueteó sus recuerdos y autonomía. Pero aprendió de sus errores.
Señaló la Varita de la Resurrección.
—La varita solo te permitirá «resucitar» una copia perfecta de la conciencia de un usuario. No podrás alterar sus recuerdos ni modificar su comportamiento de ninguna manera antes de devolverlos a la vida. James me dijo que quería asegurarse de que así fuese, por lo que programó dispositivos de seguridad en el programa para ello. Solo se puede usar el archivo .ecu más reciente de un usuario para devolverlo a la vida. Ya verás a qué me refiero cuando lo pruebes…
Al fin empezaba a comprenderlo. El gigantesco archivo de escaneo cerebral de usuario que se creaba cada vez que un portador del ONI se conectaba a OASIS era en realidad una copia de seguridad de la conciencia de esa persona. Y esa copia se actualizaba con cada conexión.
Abrí la descripción de la Varita de la Resurrección en mi HUD, donde se explicaban los poderes del artefacto de manera más específica. La varita me permitía usar el archivo .ecu más reciente de cualquier usuario para crear un duplicado digital de esas personas en el interior de OASIS, uno que albergaría su conciencia en un avatar. Si el usuario seguía vivo, me permitía crear un clon que no moría ni envejecía.
Pero había más. Cuando un portador del ONI moría. GSS almacenaba el último archivo .ecu guardado junto a la información de la cuenta de esa persona. Esto significaba que ahora tenía la posibilidad de devolver a la vida a cualquiera que se hubiese conectado a OASIS con unos auriculares ONI, aunque estuviese muerto. Miles de millones de almas humanas digitalizadas y atrapadas en el limbo.
Mi corazón comenzó a latir desbocado de repente. Abrí la boca para decirle a Leucosia lo que pensaba, pero fui incapaz de articular las palabras. Ella sonrió y apoyó una mano en mi hombro.
—Tranquilo, Wade —dijo—. Ya he leído las malas noticias. Ahora que estoy despierta, tengo acceso a todo lo que hay en OASIS, incluidas las noticias. Sé que Og nunca usó unos auriculares ONI. Jamás… —Se le quebró la voz y vi cómo unas lágrimas se le acumulaban en los ojos—. Por lo que su conciencia nunca se guardó. Lo he perdido para siempre de verdad.
—No, Leucosia —respondí cuando al fin fui capaz de hablar—. Te equivocas. Og sí que usó los auriculares, solo una vez. Hace menos de un día, cuando se conectó para luchar contra Anorak. La hemorragia lo había dejado demasiado débil como para controlar un equipo de OASIS normal, por lo que usó por primera y única vez en su vida unos auriculares ONI para conectarse y salvarnos.
Leucosia me miró impertérrita, como si no estuviese segura de cómo reaccionar. Me dio la impresión de que no me creía. O quizá de que estaba aterrada.
Alcé la Varita de la Resurrección.
—Veamos si esta cosa funciona de verdad —dije.
El artefacto se activó cuando lo mantuve en alto, y apareció un menú de control en mi HUD. Tenía una lista larga y ordenada alfabéticamente de usuarios de ONI, junto al nombre de su avatar y la fecha de la última vez que se habían conectado a OASIS.
Debajo de la enorme lista de nombres había un botón enorme con la inscripción RESUCITAR.
La lista estaba formada por todos los usuarios de OASIS que se habían puesto los auriculares ONI en alguna ocasión. La mayoría seguían vivos, pero había unos pocos marcados como fallecidos.
La Varita de la Resurrección me permitía crear copias digitales de humanos de verdad y convertirlos así en PJD autónomos en el interior de OASIS, estuviesen vivos o no. Podía clonar a los que aún vivían o resucitar a los muertos solo con pulsar un botón.
Navegué por la lista de almas humanas digitalizadas y no tardé en encontrar tanto mi nombre como el de Hache y Shoto.
El archivo de escaneo cerebral unido a mi cuenta tenía la fecha exacta de la última vez que me había conectado con el ONI el día anterior.
Si quería crear un clon digital de mí mismo en OASIS, lo único que tenía que hacer era seleccionar mi nombre en el menú de control y luego pulsar el botón de resucitar.
Empecé a darle vueltas a las implicaciones de algo así. ¿Sufriría la gente crisis de identidad si se los obligaba a compartir OASIS con una copia inmortal de sí mismos? ¿Una que no necesitaba comer, dormir, trabajar o pagar el alquiler?
Igualmente, las implicaciones de usar la tecnología del ONI para resucitar a los muertos eran también muy importantes. Lo que Halliday había inventado era nada más y nada menos que una inmortalidad barata, segura y apta para su uso.
Seguí descendiendo por la «lista de conciencias» hasta que encontré el único escaneo de Ogden Morrow, el que se había hecho justo el día anterior durante su última conexión a OASIS. Después lo seleccioné y lo activé.
Vi un resplandor, y el avatar de Og apareció frente a nosotros. Parecía mucho más joven y tenía el aspecto del auténtico Og con veintitantos años. Después recordé que lo que miraba no era un avatar, sino a Og de verdad. Era una copia en IA de su mente desaparecida, con la misma personalidad y los mismos recuerdos.
La copia reencarnada de Og recordaba todo lo que había experimentado el Og real, justo hasta el momento del último escaneo. Era como si acabara de resucitarlo y de hacerlo inmortal al mismo tiempo.
Estaba a punto de explicarle lo que había pasado y lo que era, pero en ese momento vio a Leucosia y ella lo vio a él. Los dos corrieron a abrazarse. Ella esperó a que Og la besara y, tan pronto como lo hizo, le devolvió el beso, uno mucho más largo.
Art3mis y yo nos dimos la vuelta para dejarles intimidad. Intenté pensar en algo profundo e inteligente que decir sobre lo que acabábamos de ver, pero antes de que se me ocurriese nada, sentí que Art3mis me cogía de la mano y apoyaba la cabeza en mi hombro. Se había puesto a llorar.
Cuando se calmó un poco, volví a alzar la Varita de la Resurrección.
—Esto podría resucitar a cualquiera de los que han usado unos auriculares ONI —le dije—. Aunque ya no estén vivos.
Miré con atención el rostro de Art3mis para ver cómo reaccionaba. Ella me miró, insegura, como si quisiese confirmar que lo que yo acababa de decir era de verdad lo que ella pensaba. Cuando asentí, vi lo que reconocía como un atisbo de esperanza en su mirada.
—¿Se puede recuperar una copia de cualquiera que haya usado el ONI? —preguntó para asegurarse.
Asentí. Después le di la Varita de la Resurrección y le expliqué cómo usarla. Ella no titubeó. Me la quitó de las manos, la activó y pasó unos segundos buscando el nombre de su abuela en la base de datos de conciencias.
Un segundo después, Ev3lyn, el avatar de su abuela fallecida, apareció frente a nosotros. La señora había usado un realvatar de su cuerpo justo antes de que la enfermedad empezara a afectarle, por lo que tenía el mismo aspecto que la madre de la madre de Samantha en el mundo real. Era Evelyn Opal Cook.
—¿Abu? —preguntó Arty en un susurro y con voz quebrada.
—¿Sam? —dijo ella—. ¿Eres tú?
Al parecer, su abuela era la única persona que tenía permiso para llamarla así, porque Samantha asintió. Y ambas se abrazaron con fuerza.
Yo me di la vuelta para dejarles algo de intimidad, pero tuve que volver a mirar a Kira y a Og, quienes aún se besaban a unos metros de nosotros. Me dirigí al lado opuesto del santuario para quedarme solo con mis pensamientos.
Asistir a esas dos reuniones imposibles y maravillosas también me alegró muchísimo. Una alegría genuina y desenfrenada. Y no porque hubiese reproducido una de segunda mano grabada y experimentada por otra persona en alguna otra parte en algún momento del pasado, no. Era mi alegría, conseguida a pulso y a cambio de un coste muy elevado. La humanidad acababa de recibir un don extraño, maravilloso e inesperado, uno capaz de cambiar la naturaleza de nuestra existencia, más incluso que OASIS o que el ONI.
Miré la Varita de la Resurrección que mi avatar sostenía en las manos y no pude evitar volver a pensar en mi madre. Habría dado toda mi fortuna y todo lo que poseía para traerla de vuelta, aunque fuese solo durante un día. Por volver a hablar con ella y pedirle perdón por no cuidarla mejor. Y también por decirle lo mucho que la echaba de menos.
Pero Loretta Watts había muerto hacía más de una década, mucho antes de que se lanzara el ONI. No había copia de seguridad de su conciencia almacenada en los servidores de OASIS. Mi madre no iba a regresar. Ni tampoco mi padre. Ahora ambos vivían únicamente en mis recuerdos.
En ese momento me di cuenta de que esos recuerdos de mis padres perdurarían en mi memoria, ya que yo también iba a ser inmortal. Todos íbamos a serlo. Todas las personas que se habían puesto los auriculares ONI en algún momento.
Íbamos a ser la última generación que sufriese las consecuencias de la mortalidad humana. De ahora en adelante, podríamos escapar de las garras de la muerte.
Lo que se abría ante nosotros era el comienzo de la era de la poshumanidad. La singularidad lograda mediante clones y en una simulación. Un regalo final de la problemática pero brillante mente de James Donovan Halliday. Nos había regalado a todos su paraíso digital, pero sus problemas habían impedido que él mismo cruzase las puertas del lugar que había creado.
Los avatares de Hache y Endira llegaron unos minutos después, y Shoto y Kiki se teletransportaron al poco. Nos reunimos en la montaña donde se encontraba el santuario de Leucosia.
Tan pronto como sus avatares terminaron de rematerializarse, los cuatro corrieron hacia mí y me dieron un abrazo grupal. Cuando me soltaron, se giraron al fin para ver a Leucosia y a Og, que seguían abrazados y haciéndose carantoñas. Después también vieron a Art3mis y su abuela Ev3lyn, que seguían disfrutando del emotivo reencuentro.
Todos se quedaron boquiabiertos.
—¿Qué ocurre, chicos? —pregunté—. Tenéis cara de haber visto un fantasma.
—Dos fantasmas —dijo Hache—. No, ¡que sean tres! No veas. ¿Qué narices ha pasado?
Les conté lo que había ocurrido. Después les enseñé la Varita de la Resurrección y les dije lo que se podía hacer con ella.
Le dimos a Art3mis unos minutos más con su abuela, y después las interrumpí y le pedí a Arty que se acercara para tener una conversación a solas. Le dije lo mismo a Og. Después, los Cinco Mejores mantuvieron una reunión improvisada en las escaleras del Castillo de Anorak para decidir el destino de las IA recién resucitadas.
Todos teníamos claro que el mundo no estaba preparado para aceptar como personas a las conciencias digitalizadas de los seres humanos. Aún no, y puede que nunca. El «Incidente de Anorak», que era como había pasado a llamarse, había plantado la semilla de la desconfianza en las inteligencias artificiales, un daño que puede que nunca se consiguiese revertir.
Si la humanidad sobrevivía lo suficiente, quizá el mundo llegase a acostumbrarse a este nuevo paradigma. Puede que la gente del futuro llegara a sentirse cómoda conviviendo con copias IA de sus amigos y parientes fallecidos. O puede que no.
Og y Kira no querían esperar para descubrirlo. Tampoco Ev3lyn y Samantha. Ni yo iba a arriesgarme. No después de todo lo que había ocurrido. Hacía poco pensaba que había perdido a Samantha, el amor de mi vida, para siempre. Y ambos creíamos que habíamos perdido a Og, antes de recuperarlo milagrosamente. Si era posible, quería asegurarme de no volver a sufrir jamás la pérdida de un ser querido. Ni yo ni nadie.
Por suerte, ya había pensado un plan, una manera de que las IA coexistiesen con nosotros para siempre en paz y armonía. Una manera de que, como había dicho Sammy Hagar, todos experimentásemos «lo mejor de ambos mundos». Y sabía que era un buen plan, porque al parecer Anorak había pensado algo parecido.
Pero, a diferencia de él, yo sí que conseguí ponerlo en práctica.