Ready Player Two

Ernest Cline · Capítulo 25 de 35

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Ready Player Two

Capítulo 0022

 

 

Hache terminó de guiarme por el proceso elaborado que debíamos llevar a cabo para comprar la boina color frambuesa. (Primero tuve que preguntarle al señor McGee, el propietario, si tenía trabajo para mí. Después Hache me dijo que me colocase detrás del mostrador e hiciese «prácticamente nada» hasta que el señor McGee me repitiese varias veces que no le gustaba la gente como yo porque tenía «mucha parsimonia». Se me hizo eterno).

Cuando nos marchamos de la tienda, Hache me obligó a poner la boina color frambuesa en la cabeza de mi avatar.

—Tía, como hagas todo esto para burlarte de mí, te vas a enterar —dije.

—¡Lo que comparto aquí contigo es información muy importante y que me ha costado mucho conseguir, pedazo de capullo desagradecido! —dijo al tiempo que me colocaba la boina con una inclinación muy elegante y después asentía, satisfecha.

Avanzamos unas manzanas más por la avenida Washington y vimos un precioso Chevrolet Corvette de 1958 que relucía debajo de las farolas. El coche estaba aparcado en perpendicular por alguna razón, con la parte delantera apuntando hacia el tráfico y la trasera hacia el bordillo, en lugar de estar en paralelo, como el resto de los coches de la calle. Era un descapotable rojo y blanco con la capota bajada y las llaves puestas en el contacto.

—Conduces tú, Zeta —dijo Hache—. El pequeño Corvette rojo no arranca a menos que lleves puesta la boina color frambuesa.

Salté detrás del volante, y Hache en el asiento del copiloto, lo que obligó a Shoto a colocarse detrás. El motor del coche rugió cuando lo encendí, y después aceleré para alejarlo de la acera y me interné en el tráfico. Casi todos los demás coches que había por la carretera eran deportivos o limusinas.

—Entra a la autopista por esa salida —dijo Hache, que señaló frente a nosotros—. Por la interestatal 394 oeste. Síguela hasta salir de la ciudad. Lo más rápido que puedas.

Hice lo que me ordenaba y cogí la salida, momento en el que aceleré al máximo y llegamos a más de ciento sesenta kilómetros por hora. Avanzamos a toda velocidad hacia el oeste, y Hache cambió la canción de la radio para poner Little Red Corvette. La canción volvió a reproducirse desde el principio cuando terminó, ya que al parecer era la única que podía sintonizarse. Después de repetirse varias veces, todos empezamos a cantar el estribillo al mismo tiempo, hasta que Hache la apago de repente con gesto de indignación.

—Un momento —dijo mientras se daba la vuelta para dirigirse a Shoto—. ¿Me traicionan mis oídos o acabo de oírte decir «living correct»?

Shoto asintió.

—Sí, ¿por qué? —dijo—. ¿Es lo que dice la letra, no?

—No —dijo ella—. No es lo que dice la letra, Shoto. El título de la canción es Little Red Corvette. Siempre lo ha sido.

Shoto frunció el ceño.

—¿En serio? —dijo él. Después se encogió de hombros—. Vaya. Eso cambia por completo el significado de la canción.

—Shoto, tío… —comento Hache—. ¿Es que no te has dado cuenta de que estás sentado en un Corvette pequeño y rojo ahora mismo? ¿Y tampoco de que esa es la única canción que suena en la radio?

—Vamos a oírla otra vez —dijo Shoto—. Te prometo que «living correct» también encaja bien. ¡De verdad!

Hache miró el cielo con gesto expectante.

—No me puedo creer que la tontería que acabas de decir no fuese suficiente para que te cayera un rayo encima —murmuró.

Hache siguió indicándome por dónde llevar el coche hasta que llegamos a Siete Esquinas, una zona ubicada en un cruce iluminado por neones en el que confluían tres calles: las avenidas Washington, Cedar y Decimonovena, todas pavimentadas con ladrillos rojos en lugar de asfalto.

A pesar del nombre del lugar, solo conté cuatro esquinas. Había garitos de música en cada una de ellas, todos con un enorme y estilizado cartel de neón con el nombre del local. En una esquina había uno llamado Clinton’s House. Frente a ese había otro con un neón azul hielo que rezaba MELODY COOL, que se encontraba en un edificio de piedra gris con vidrieras que lo hacían parecerse más a una iglesia que a un club. Al otro lado de la calle, en otra de las esquinas, había uno que se llamaba Glam Slam, con un neón enorme del planeta Marte que rodeaba la entrada principal.

Cuando llegamos a otro pequeño club con cartel de neón que se llamaba Baby Doe Bar, Hache me dijo que aparcase el coche. Nos bajamos todos al mismo tiempo.

—Vale. Os cuento cómo va —explicó Hache—. Los avatares pueden venir aquí y hacer una audición para cualquiera de las bandas locales que tocan en estos garitos. Si la pasamos, nos dejarán unirnos a la banda y lucharán con nosotros cuando entremos en la arena. ¿Lo habéis entendido?

Shoto señaló un panfleto que había clavado en un poste cercano y que anunciaba las audiciones para una banda llamada Dez Dickerson y los Modernaires. La fotografía del anuncio mostraba al cantante (supuse que Dez) con una bandana de la bandera japonesa.

—¿Y estos tíos? —preguntó Shoto—. Tienen pinta de ser la caña.

Hache puso los ojos en blanco.

—Claro, es una idea fantástica, Shoto —dijo ella—. ¿Quién va a estar mejor equipado que Dez Dickerson y los Modernaires para una batalla sónica con los mejores músicos de la historia? ¡Seguro que ponemos a Prince contra las cuerdas! —Hache señaló otro local de la calle—. ¡Mejor aún! ¿Por qué no vamos por ahí y pedimos una audición a Apollonia 6?

—¡Vale! —dijo Shoto con tono animado—. Si tienen seis integrantes y nos unimos nosotros tres, ¡seríamos nueve! ¡Más que los Siete!

Abrí la portada de un álbum de Apollonia 6 en una ventana de navegador y la giré hacia Shoto. En ella se veían tres mujeres jóvenes en ropa interior rodeadas por una niebla y posando frente a unos obeliscos. Una de ellas tenía un osito de peluche enorme amarrado en las medias de rejilla.

—Creo que Apollonia 6 solo tenía tres integrantes —dije—. A menos que cuentes el osito de peluche.

Nos giramos hacia Hache para que nos lo confirmara, pero ella ya había empezado a alejarse de nuestro lado, sin dejar de agitar la cabeza a causa de nuestra ignorancia. Shoto y yo corrimos detrás…

Y después nos chocamos con ella. Hache se detuvo de repente frente a nosotros después de dar unos pocos pasos. Vimos la razón en cuanto nos recuperamos del golpe. El avatar de armadura negra de Nolan Sorrento se encontraba justo delante de nosotros y nos bloqueaba el paso.

Era el tipo que había matado a mi tía y al resto de los vecinos para intentar matarme a mí. Ahí, en medio de la calle. Libre.

—¡Bu! —gritó para asustarnos a los tres. Después rio con ganas. Parecía muy feliz de vernos, algo que me resultó muy inquietante—. ¡Vaya! — continuó al terminar—. ¡Miraos, chicos! ¡El equipo A vuelve a la acción! Como en los viejos tiempos…

Dio un amenazador paso al frente, pero no nos echamos atrás.

—¿Nunca os cansáis de deambular por las ruinas de la nostalgia de generaciones pasadas? —Extendió los brazos—. Mirad a vuestro alrededor. OASIS no es más que un cementerio enorme habitado por los fantasmas de los iconos culturales de otra época. El santuario con el que un anciano loco pretendía rendir homenaje a cosas inútiles.

—¿Qué haces aquí, Sorrento? —pregunté—. Estamos muy ocupados.

—Anorak me envió para ver cómo os iba —respondió él—. Estáis perdiendo muchísimo tiempo en este planeta y vuestra amiga Art3mis parece haberos abandonado. —Sonrió—. Sospecho que es normal. Al fin y al cabo, si fracasáis aquí moriréis y ella se quedará con la empresa…

Fingí lo mejor que pude que lo que acababa de decir me había afectado. Si Anorak y él pensaban que Samantha nos la había jugado, no se preocuparían por lo que estaba haciendo en realidad.

—Sea como fuere —continuó Sorrento—. Anorak está muy preocupado, por lo que me ha enviado para recordaros que vigila todo lo que hacéis. Se acaba el tiempo. Y la fecha de entrega no es negociable. —Me sonrió y añadió—: Centraos o acabaréis criando malvas.

Y justo después su avatar desapareció al teletransportarse.

Todos nos quedamos mirando el lugar en el que se encontraba hacía un momento. Después seguimos avanzando sin mediar palabra.

Hache nos llevó al siguiente cruce y pasamos junto a una copia del Moulin Rouge, que estaba al lado de un lugar llamado Ambulance Bar. Frente a nosotros y mezclado entre los garitos musicales vimos unos recreativos llamados Coin Castle. Por lo poco que fui capaz de apreciar a través de las ventanas delanteras, el interior estaba lleno de muebles de recreativas y máquinas de pinball púrpura. Esperaba que Hache se dirigiese hacia allí, pero pasó por delante de la entrada y siguió corriendo hasta que llegamos a un club grande que se encontraba en la esquina siguiente. El cartel de neón que tenía sobre la entrada rezaba PANDEMONIUM en letras refulgentes de color naranja. Había un reloj enorme colocado encima con las palabras LA HORA en mayúscula sobre él. Me resultó muy raro, como poner LA FECHA encima de un calendario.

Hache nos guio hasta la entrada principal del club. Estaba protegido por el mismo grandullón barbudo con chaleco de cebra que habíamos visto antes protegiendo a Prince en el teatro chino. El hombre se colocó frente a la puerta principal para bloquearnos el paso, y después cruzó los brazos sobre ese pecho enorme que parecía el tronco de un árbol.

—¿Qué pasa, grandullón? —saludó Hache, como si el PNJ fuese un viejo amigo.

El grandullón se bajó las gafas de sol hasta la nariz y fulminó a Hache con la mirada.

—¿Cuál es la contraseña? —preguntó con voz sorprendentemente amable.

Hache hizo bocina con la mano en su oreja derecha y la giró hacia él.

—¿Qué has dicho?

El grandullón asintió y nos dedicó a todos una sonrisa amistosa antes de apartarse. Shoto y yo intercambiamos miradas de confusión antes de seguir a Hache al interior.

Sentí como si nos internásemos en la zona más de moda del noveno círculo del infierno de Dante. Las luces eran de tonalidades rojas y había llamas por todas partes: velas encendidas en todas las mesas, antorchas en las paredes y barandillas, y muchas chimeneas en los pisos superiores e inferiores. Pero allí no hacía calor, y estaba lleno de PNJ felices y parlanchines, gente guapa ataviada con colores chillones que bebían, fumaban, bailaban e intentaban seducirse entre ellos.

—Caballeros, recordad por favor que hace falta tiempo para parar la revolución —dijo Hache al tiempo que señalaba hacia el escenario vacío del local, que se encontraba en el interior de un anillo de fuego. Después dijo—: ¡Los perros viajan en jaurías de siete!

El escenario estaba vacío a excepción de una batería enorme. El bombo tenía un símbolo muy familiar, un número 7 grande algo descentrado dentro de un círculo mayor, con otro círculo mucho más pequeño que orbitaba a su alrededor, como un electrón…

Saqué el cuarto fragmento y eché otro vistazo. El símbolo del bombo era igual al octavo y último de los grabados en la superficie, el que se encontraba después de la V.

 

—¡Hache! —grité—. ¡Es el mismo símbolo!

Ella asintió.

—Es el logo de una banda llamada los 7te Originales —dijo—. Pero se cambiaron el nombre a ese símbolo en un momento dado de su carrera, por la misma razón por la que Prince se cambió el suyo. Movidas contractuales. Aún se los conoce por su nombre original…

La multitud que nos rodeaba estalló en aplausos a nuestro alrededor, por lo que dejamos de oír a Hache. Echamos un vistazo y vimos a siete hombres que corrían al escenario en fila de a uno. Los siete iban vestidos con trajes muy elegantes. Cuatro llevaban instrumentos. Y uno un espejo muy grande.

Me resultaban familiares, pero no los reconocí en ese momento. El DJ del club, que también me resultaba muy familiar, empezó a hablar por los altavoces para presentarlos.

—Damas y caballeros —dijo—. Den, por favor, la bienvenida a… los siete miembros originales de una de las mejores bandas del mundo… ¡Morris Day y los Time!

En ese momento me di cuenta de por qué los conocía: por el cameo que hacían en Jay y Bob el Silencioso contraatacan. Y el DJ que acababa de presentarlos era un PNJ de Jason Mewes, copiado y pegado del View Askewniverse del Sector Dieciséis.

El cantante, Morris Day, esperó un momento a que el público se tranquilizase y después cogió el micrófono.

—¡Bienvenidos a Pandemonium! —gritó—. Hoy va a ser una gran noche. ¡Tendremos audiciones! Nos gustaría completar nuestras filas con algunos bailarines para nuestra próxima gira, por lo que todo aquel que crea que tiene lo que hay que tener, ¡que demuestre ahora que sabe mover ese esqueleto!

—Muy bien —dijo Hache—. ¡Preparaos! Vamos a intentar no cagarla, ¿vale?

—¿No cagar el qué? —pregunté—. ¿No nos vas a decir lo que tenemos que hacer? ¿Hache?

Hache negó con la cabeza y comenzó a bailar hacia atrás, alejándose. Después me dedicó una amplia sonrisa mientras el grupo se disponía a tocar The Bird, uno de sus éxitos de 1984.

—¿Preparados? —preguntó Morris desde el escenario—. ¡Muy bien! Todo el que quiera participar, que cuente hasta diez y se meta en la pista de baile. ¡Diez! ¡Nueve! ¡Ocho! ¡Siete…!

Hache siguió bailando hacia atrás en dirección a la pista de baile y sin dejar de indicarnos que la siguiésemos. Un segundo después, Morris Day soltó un «¡Guau!» atronador y empezó la canción.

En ese momento empecé a ver como unas flechas direccionales caían desde la parte alta de mi HUD, y eran las mismas que se iluminaban en el suelo justo debajo de mis pies, como si fuese una partida a tamaño real de Dance Dance Revolution. Shoto también las vio, y ambos soltamos un grito de júbilo.

—¡DDR! —aullamos al mismo tiempo mientras bailábamos al ritmo de las flechas.

Hache se unió a nosotros y los tres nos movimos al ritmo de las flechas con una sincronización perfecta.

Conseguimos mantenernos así hasta el final de la canción.

Cuando terminó. Morris nos llamó para que subiésemos al escenario y anunció que habíamos pasado la audición con matrícula de honor.

—Venga, decid: «juro lealtad a los Time» —gritó Morris—. ¿Podéis decirlo?

Todos levantamos la mano derecha y juramos lealtad. Después, Hache se inclinó hacia Morris y le susurró algo al oído, algo parecido a «el niño». Dijera lo que dijese, la expresión de Morris cambió y salió del escenario a toda prisa sin dejar de indicarle a sus compañeros que lo siguieran. También a nosotros tres.

—¡Ha funcionado! —dijo Hache—. ¡Han aceptado luchar con nosotros! ¡Vamos!

 

Volvimos al pequeño Corvette rojo y aceleramos en dirección sur por la calle Alphabet. Morris Day y los Time nos siguieron en el autobús de la banda, que tenía el logo de los 7te Originales pintado en uno de los costados.

Cuando nos encontrábamos a unos kilómetros fuera de los límites de la ciudad, el paisaje a nuestro alrededor cambió bruscamente y la carretera nos llevó a un desierto que parecía extenderse por el horizonte en todas direcciones.

Unos relámpagos púrpura alargados y punzantes descendían de los cielos cada pocos segundos y golpeaban la arena, lo que la quemaba y la fundía para crear extrañas formaciones con forma de columna de fulgurita púrpura que moteaban el árido paisaje como si de centinelas se tratara.

Poco después, una pirámide solitaria se alzó en la distancia frente a nosotros, a un lado de la carretera, como si fuese una extraña atracción.

Cuando llegamos hasta ella, Hache me dijo que parase el coche e hizo señas al autobús de detrás para que hiciese lo propio. Nos indicó a todos que esperásemos mientras ella entraba para coger algo, y vi desde dentro del Corvette como corría por la arena estéril hacia una de las esquinas de la pirámide, en la que no daba la impresión de haber entrada alguna. Usé el HUD para ampliar la imagen al máximo y vi que Hache pasaba los dedos por la superficie de una de las enormes piedras que conformaban la base de la pirámide. Después se inclinó hacia delante, sopló la arena de una zona concreta de la piedra y dejó al descubierto varias hileras de jeroglíficos. Empezó a pulsarlos en un orden específico, como si fuesen botones. Oí un rechinar cuando una enorme piedra de la base se deslizó a un lado y se abrió una entrada secreta. Hache la atravesó.

Un minuto después, volvió a salir con una sonrisa enorme en el rostro. Cuando volvió a subir al coche a mi lado, vi que llevaba tres cadenas de oro con sendos colgantes dorados con forma de elementos diferentes del símbolo de Prince. El primero de los colgantes era un círculo dorado que Hache me dio a mí. El segundo era un cuerno dorado, que le dio a Shoto. Y el último era un símbolo andrógino dorado que se puso al cuello.

—Vale —dijo después de soltar un gran suspiro—. Ahora también tenemos las tres cadenas de oro. Creo que ya no podemos prepararnos más. — Señaló hacia la carretera que teníamos delante—. ¡La música nos espera, compadres!

Volví a llevar el Corvette hasta la carretera, seguido del autobús, y pisé a fondo para abalanzarnos hacia el horizonte sombrío y púrpura que teníamos delante.

Un momento después, el desierto quedó atrás y nos encontramos en un paisaje violeta y místico, con cordilleras montañosas púrpura en la distancia y un cielo oscuro del mismo color sobre nosotros, con nubes de tormenta también moradas y relámpagos malva que hendían los cielos y chisporroteaban entre ellas. Le puse la capota al Corvette justo a tiempo, ya que empezaron a caer unas gotas muy gordas de lluvia púrpura que rebotaron sobre el techo del coche y el asfalto con un extraño ritmo sincopado.

Me llamó la atención un resplandor que se iluminaba en un extremo de la carretera y, a medida que nos acercábamos, descubrí que se trataba de una estructura de algún tipo que se alzaba como una fortaleza enorme o un templo. Cuando estábamos más cerca me percaté de que tenía siete capiteles que se alzaban hacia el cielo violeta y en la punta de cada uno de ellos se distinguía una estructura con forma de cúpula parecida a un bombón Hershey’s Kiss. Seis de los capiteles estaban envueltos en luces azul neón, pero el último era mucho más grande y parecía estar coronado por un chhatri dorado.

La carretera terminó en un aparcamiento con la forma del símbolo de Prince y una superficie espejada que parecía de obsidiana. Alzamos la vista a la enorme estructura, y el autobús de la banda aparcó detrás de nosotros, momento en el que Morris Day y el resto de los 7te Originales se bajaron de él. Ninguno habló. Se quedaron allí de pie y a la espera, como si nada. Jerome se acercó a Morris y fingió quitarle el polvo de los hombros.

El resto de los miembros de los Time tenían gesto funesto en el rostro, como si estuviesen preparados para la guerra.

Hache nos llevó a las puertas enjoyadas del templo, que parecían estar hechas de oro. Estaban abiertas, como si nos desafiaran a entrar. Detrás de ellas había un patio amplio y enorme que se extendía hasta las escaleras que llevaban al templo. Alrededor del patio y del templo adyacente, el paisaje estaba formado por un prado de flores púrpura que parecía extenderse en todas direcciones hasta el infinito.

Eché un vistazo a través de las puertas abiertas y vi varias siluetas con forma de gato que deambulaban por el perímetro. Puede que fuesen leones o panteras. Fueran lo que fuesen, se detuvieron de repente y se nos quedaron mirando con relucientes ojos violeta.

—Esta es la arena, entonces —comentó Shoto.

Hache asintió y extendió los brazos.

—Dream if you can, a courtyard —canturreó—. An ocean of violets in bloom…

Shoto sonrió y se crujió los nudillos.

—Muy bien —dijo—. Vamos allá.

Dio unos pasos al frente hacia la entrada del templo, pero Hache lo agarró y tiró de él hacia atrás.

—Todavía no —dijo ella—. La fiesta empezará nada más cruzar la puerta. Vamos a equiparnos primero.

Abrió su inventario y sacó la Cloud Guitar de Prince que había conseguido en la Primera Avenida. Le dio la vuelta y vimos que había un hueco con la forma del símbolo de Prince en la parte de atrás, el mismo que habíamos encontrado en la nave. Hache sacó la célula de energía del inventario y la introdujo. Encajó a la perfección, como una batería. Después volvió a darle la vuelta a la guitarra y pulsó un botón con la misma forma que había justo debajo del puente. Oí un ligero zumbido armónico que incrementó de volumen a medida que las cuerdas, los trastes y las pastillas empezaban a brillar y a chisporrotear con energía púrpura.

—Mencionaste que estabas yendo a clase de guitarra —dijo Hache—. Para aprender a tocar una de verdad, ¿no?

—Sí —dije sin dejar de mirar el instrumento que tenía entre las manos—. ¿Por qué?

—¿Se te da bien?

Me encogí de hombros y cerré las manos, porque tenía miedo de ponerme a temblar.

—Bueno… No soy Yngwie Malmsteen, pero aún estoy aprendiendo — respondió.

—Pues se acabaron las clases, Yngwie —dijo Hache al tiempo que me tendía la guitarra—. Ha llegado la hora de la verdad.

La cogí con cuidado con ambas manos mientras bajaba un poco la cabeza en un gesto de respeto, el mismo que le había dedicado a Shoto cuando me dio la espada de su hermano fallecido.

—La Cloud Guitar es un artefacto de Más allá —explicó Hache—. Sus ataques sónicos más poderosos solo se pueden activar si el portador sabe tocar la guitarra de verdad y rasguea algunas progresiones de acordes. No tiene nada que ver con esa tontería tipo Guitar Hero que tocaste en Megadon. Aquí hay que hacerlo de verdad.

—Muy bien —dije mientras se la quitaba de las manos—. Gracias, Hache.

—Abre la descripción del objeto —dijo ella—. Ahora, antes de que entremos. Tendrás que memorizar todas las frases y acordes de quintas que hacen las veces de ataques especiales. Es una de las pocas armas que afectan a las siete iteraciones del Púrpura, pero la guitarra se sobrecalentará y explotará después de que la uses para acabar con uno de los Prince. Dedícate a acabar primero con todos los secuaces que puedas antes de ir a por uno de los Siete. ¿Entendido?

—¿Prince también tiene secuaces? —preguntó Shoto—. ¿Quiénes son?

—Los grupos que lo acompañaban —comentó Hache—. Hay decenas de encarnaciones PNJ de Prince diferentes en este planeta, una para cada una de las fases de su carrera artística. Dependiendo de a cuáles nos enfrentemos, tendrán grupo o no. Proto-Prince, por ejemplo, va solo porque él tocaba todos los instrumentos de sus dos primeros discos. Pero si aparece Graffiti Bridge Prince irá acompañado por New Power Generation. Y ya te digo yo que nos darán una buena tunda funk, compadre. El más peligroso es Third-Eye Prince, porque no solo lanza ráfagas sonoras de iluminación espiritual por el tercer ojo, sino que también va acompañado por 3RDEYEGIRL. Si nos enfrentamos a Purple Rain Prince y viene acompañado por The Revolution, será mejor que nos vayamos despidiendo, porque son imbatibles, sobre todo cuando juegan en casa, como es el caso.

—Pero tenemos a los Time de nuestra parte —dije mientras miraba a nuestros secuaces—. Parecen tipos duros.

—Lo son —aseguró Hache—. Prince formó la banda, pero eran tan buenos que evolucionaron y llegaron a escapar a su control. Pero no van a sacarnos las castañas del fuego, Zeta. Si tenemos suerte, puede que nos ayuden a acabar con Graffiti Bridge Prince y New Power Generation. Quizá puede que hasta con Proto-Prince. Pero el resto… —Negó con la cabeza—. El resto son cosa nuestra. No hay tutía. Será un milagro si conseguimos salir vivos del enfrentamiento. Y no me estoy poniendo negativa, solo intento prepararos para la realidad.

—Genial —dije al tiempo que le daba una palmadita en la espalda—. Me encanta la manera que tienes de avivar nuestra confianza. Gracias, Hache.

Ella se giró para mirar a Shoto.

—¿Y tú qué, Living Correct? —dijo—. ¿Sabes tocar algún instrumento? Alguno que no sea la zambomba, quiero decir.

Shoto frunció el ceño y negó con la cabeza. Hache suspiró. Después abrió el inventario, sacó una pandereta y se la lanzó. Shoto la cogió en el aire con una mano.

—Hazlo lo mejor que puedas —dijo.

—¿Y tú qué instrumento tocas, Hache? —preguntó Shoto con indignación.

—No os preocupéis por mí —dijo ella—. Yo sé cantar. —Me miró—. ¿Estás listo, Zeta?

Asentí y levanté un pulgar. Ella me devolvió el gesto, respiró hondo y nos guio hacia el interior a través de las puertas abiertas de la arena, con los siete miembros originales de Morris Day y los Time a la zaga.