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Capítulo 0002
Después de dos docenas de largos en mi piscina olímpica climatizada, que gracias a mis gafas de natación de realidad aumentada estaba llena de peces tropicales y hasta de una manada de delfines amistosos para hacerme compañía, me encontraba en mi vestidor rodeado de trajes a medida y ropa de marca que nunca me había puesto y probablemente ni lo haría. Llevaba lo mismo todos los días para no tener que gastar energía ninguna en decidir qué ponerme. Saqué la idea del personaje de Jeff Goldblum en La mosca, y él se había inspirado en Albert Einstein.
Era muy disciplinado con el ejercicio físico diario, hasta los días en los que me sentía muy mal. Hacer ejercicio durante al menos dos horas al día era una necesidad absoluta para mí, ya que solía pasar más de once horas conectado a OASIS con los auriculares ONI y después dormía durante ocho horas. Tenía que hacer al menos dos horas de ejercicio intenso para compensar el tiempo que pasaba sin moverme.
Al igual que comer y dormir, el ejercicio era otra de esas cosas que la gente estaba obligada a hacer en la vida real. Ninguno de los estímulos de actividad física que se experimentaban con el ONI tenía efectos en la realidad, no mejoraban la circulación ni incrementaban el tono muscular.
Terminé de atarme las Air Jordan y salí al balcón, donde me esperaba mi desayuno habitual. Cuando me senté a la mesa, uno de mis robots sirvientes humanoides, Belvedere, trajo la tortilla francesa y las croquetas de patata para luego servirme un vaso de zumo de naranja recién exprimido. Después se retiró a una esquina y permaneció en el lugar como una estatua, a la espera de que le solicitase cualquier otra cosa.
Belvedere estaba programado para no hablar a menos que se le hablase, porque su voz sintetizada me ponía de los nervios por mucho que alterase su tono y su inflexión. Es probable que se debiera a que había visto demasiadas películas sobre revoluciones robóticas.
No existía ninguna posibilidad de que mis robots sirvientes se alzasen contra mí, claro. Al igual que la mayoría de las inteligencias artificiales con las que todo el mundo interactuaba a diario, Belvedere y sus compañeros sirvientes eran IA de primer nivel, que se consideraban «extremadamente simples». Las IA de primer nivel se usaban para los robots sirvientes, coches de conducción automática y aviones automatizados. Todos los PNJ de OASIS también eran IA de primer nivel.
Las IA de segundo nivel se usaban en su mayor parte para uso militar y científico, y la mayoría de los gobiernos del mundo les habían puesto muchas restricciones. Podían crear recuerdos a corto plazo y tener más independencia para aprender, pero aún no tenían autonomía ni ningún tipo de identidad o conciencia.
Las IA de tercer nivel eran las mejores, claro. Eran del todo independientes y tenían consciencia de sí mismas, aquellas de las que nos advertían muchas películas de ciencia ficción. A Crom doy gracias por que ese nivel de inteligencia artificial aún era teórico, pero según los mejores ingenieros de GSS no quedaba mucho tiempo para que eso dejara de ser así. La carrera para crear una verdadera inteligencia artificial se podía comparar con la de la bomba atómica. Eran muchos los países, incluyendo el mío, que trabajaban para crear una inteligencia artificial del todo consciente e igual o más inteligente que el ser humano medio. Algunos de ellos ya lo habían conseguido y ahora solo quedaba esperar a ver quién era el primero que empezaba a usarla, seguramente en un ejército de drones aéreos o en telebots de batalla que decían «Roger, Roger» entre ellos mientras ametrallaban a poblaciones civiles. Eso si no nos tirábamos una bomba atómica encima antes.
Comí en silencio durante unos minutos mientras contemplaba el cielo. Cuando terminé la comida, me volví a poner las gafas de RA y las usé para conectarme a la cuenta de OASIS. Después usé un código de acceso remoto muy encriptado para tomar el control de un telebot, un robot de telepresencia humanoide que se encontraba en órbita alta sobre la Tierra a bordo de la Vonnegut. Cuando se estableció la conexión con el robot, las gafas de RA me permitieron «ver» a través de sus ojos, unas cámaras estereoscópicas que llevaba en la cabeza. Desconecté el telebot del puesto de carga, que estaba anclado en el mamparo de la bodega delantera de la nave, en la parte anillada del vehículo, la que rotaba constantemente para generar fuerza centrípeta y crear gravedad artificial.
Piloté el telebot hasta la portilla de observación que había en el casco y luego esperé unos segundos hasta que la rotación del anillo me permitiese ver el azul circular de la Tierra. La Vonnegut pasaba en esos momentos sobre América del Norte, y a través de un hueco entre las nubes vi el contorno del lago Erie y la densidad urbana de Columbus justo debajo. Estabilicé y amplié la imagen hasta que obtuve una vista satélite de mi casa y del patio en el que estaba sentado en esos momentos. Por unos instantes, me vi a través de los ojos del robot de telepresencia a bordo de una nave estelar que orbitaba la Tierra.
Cuando la rotación volvió a ocultar el planeta, aparté el telebot de la ventana y lo usé para hacer un recorrido rápido por la nave. Había docenas de telebots que flotaban por todas las secciones, controlados por técnicos e ingenieros que se encontraban en la Tierra. Hacían pruebas de diagnóstico al escudo de radiación experimental que habíamos colocado en el compartimento de reserva de embriones criogenizados. Después de verlos trabajar un rato, piloté mi telebot hasta el Centro de Control de Red para comprobar los servidores de respaldo de ARC@DIA y el enlace de subida de OASIS que usábamos desde la Tierra para mantener actualizados varios de los planetas en nuestra simulación. Todo parecía funcionar sin problema. Aún teníamos mucho espacio de almacenamiento disponible para futuras actualizaciones de contenido de ARC@DIA en los sistemas de la Vonnegut. La potencia de procesamiento solo nos permitía tener un máximo de cien usuarios simultáneos en ARC@DIA, pero era mucho más de lo que necesitábamos.
Pasé varios minutos pilotando el telebot por los silenciosos pasillos de la nave antes de volver a dejarlo en el puesto de carga. Después me desconecté y, en ese instante, volví a estar en la Tierra sentado en el patio.
Acababa de viajar al espacio y volver en un abrir y cerrar de ojos, y solo había conseguido entretenerme durante quince minutos.
Intenté llamar a Hache y a Shoto para comprobar si alguno quería ponerse al día conmigo antes de la reunión de copropietarios, pero ninguno cogió la llamada, como era habitual. Me quité las gafas y las tiré en la mesa frente a mí con un suspiro. Llegué a la conclusión de que Hache seguramente seguía dormida y de que Shoto estaba ocupado con el trabajo. Podría comprobar el estado de sus cuentas para confirmarlo, pero había aprendido de la peor manera que si tus amigos te estaban evitando a conciencia, no querías ni necesitabas enterarte.
Seguí desayunando en silencio mientras oía el silbar del viento entre los árboles y contemplaba con mirada perdida la bandada de drones de seguridad que volaba para patrullar el perímetro de mis tierras. Esos momentos eran los únicos del día que solía pasar al aire libre, y eran los que me proporcionaban mi dosis diaria de luz solar. En el fondo, aún compartía la opinión de Halliday de que «salir al exterior está muy sobrevalorado».
Me volví a poner las gafas de realidad virtual y repasé los correos electrónicos que me habían llegado a la bandeja durante la noche. Después pasé algún tiempo actualizando la cola de reproducción de la ONI-net con algunas simus y grabas de la lista de «más descargados». Lo hacía todas las mañanas pese a que ya hubiese miles y miles de horas de experiencias en mi cola, más de las que podría experimentar jamás aunque viviese cien años. Por eso no dejaba de actualizar y recolocar los vídeos de la lista, para asegurarme de que lo mejor siempre estaba primero.
Cuando se lanzó la ONI-net, algunos empleados de GSS se habían preocupado porque su popularidad podía hacer que el resto de OASIS se convirtiese en un pueblo fantasma, ya que seguro habría mucha gente con las experiencias en lugar de explorando el lugar para experimentarlas por su cuenta. Pero OASIS continuó creciendo al mismo tiempo que la ONI-net, y la mayoría de los usuarios dividían su tiempo de manera equitativa entre ambos. Quizá era porque tanto el entretenimiento pasivo como el activo formaban parte de la naturaleza humana por igual.
Como de costumbre, busqué en la ONI-net vídeos recientes etiquetados con el nombre Art3mis o Samantha Cook. Cada vez que alguien subía uno en el que aparecía ella, lo descargaba. Aunque no fuese más que uno corto en el que se la veía firmando un autógrafo para alguien, me daba la oportunidad de experimentar la sensación de estar junto a ella durante unos pocos segundos.
Sabía lo patético que era algo así, y eso me hacía sentir más patético aún.
Pero juro que había vídeos más retorcidos y depravados que podría haberme dedicado a ver. El más descargado de la sección de material no apropiado de la ONI-net era una orgía de cincuenta personas grabada al mismo tiempo por los cincuenta participantes, lo que le permitía al usuario saltar de un cuerpo a otro a voluntad, como si fuese una especie de demonio hedonista. Ciberacosar a mi exnovia en las grabaciones de sus apariciones públicas era un pasatiempo soporífero en comparación.
No quiero que se malinterprete. La ONI-net no era solo una manera de practicar sexo o consumir drogas sin remordimiento ni riesgo alguno, también era una herramienta increíblemente potente para promover la empatía y la comprensión. Los artistas, los políticos, los famosos y los activistas usaban este nuevo medio de comunicación para conectar con un público global, y obtenían resultados muy significativos. La Fundación Art3mis también había empezado a subir vídeos .oni, grabaciones del día a día hechas por personas pobres y explotadas de todo el mundo, vídeos que estaban diseñados para que otros experimentasen los aprietos por los que tenían que pasar. Era una manera brillante y efectiva de usar la tecnología del ONI, pero también me parecía hipócrita que Samantha usase los auriculares para sus propósitos después de lo en contra que había estado de su lanzamiento. Cuando se lo dije en una de nuestras reuniones, ella me dejó muy claro que lo que yo pensara le importaba tres pares de tentáculos de rathtar.
Me comí el último pedazo de tortilla fría y tiré la servilleta sobre el plato. Belvedere se activó al instante y empezó a limpiar la mesa. Los servomotores de sus extremidades robóticas chirriaron con cada uno de sus escasos y precisos movimientos.
¿Y ahora qué?
Podía dirigirme a mi sala de música y ponerme con mi lección diaria de guitarra. Una de mis nuevas aficiones era aprender a tocar la guitarra en la vida real, lo que había resultado ser muy diferente (y mucho más complicado) que machacar las cuerdas simuladas de una en OASIS. Por suerte, tenía el mejor profesor de guitarra imaginable, un holograma con licencia del gran Edward Van Halen, más o menos de la época del 1984. También era un buen supervisor, y gracias a su tutelaje había empezado a mejorar muchísimo.
También podía ir a clase de baile de Bollywood. Había empezado a practicar para la boda de Hache y Endira que iba a celebrarse en unos meses. Sabía que Samantha iba a acudir y albergaba la estúpida fantasía de que quizá podía volver a enamorarse de mí si me veía dándolo todo en la pista de baile.
Apareció un mensaje en la pantalla de las gafas de RA para recordarme que tenía una cita con el psicólogo esa misma mañana. Siempre pedía las citas antes de las reuniones de los copropietarios de GSS, para ayudarme a estar tranquilo, a no tener una actitud beligerante y, con suerte, evitar así discusiones innecesarias con Samantha. A veces funcionaba y todo.
Seleccioné el icono del programa psicológico del visor de mis gafas de RA y mi psicólogo virtual apareció en la silla vacía que estaba al otro lado de la mesa. La primera vez que instalabas el programa, se te permitía elegir la apariencia y la personalidad del psicólogo entre miles de opciones, desde Freud hasta Frasier. Yo elegí Sean Maguire, el personaje de Robin Williams en El indomable Will Hunting. Su comportamiento cercano, su sonrisa agradable y su acento falso de Boston hacían que en las sesiones tuviese la impresión de estar hablando con un viejo amigo, aunque él solo decía cosas como «Claro, sigue» y «¿Cómo te hace sentir eso, Wade?».
También tenía la posibilidad de cambiar la ubicación donde iba a producirse la sesión. La que venía por defecto era su despacho en el centro de estudios superiores donde daba clase, el mismo lugar en el que se desarrollaban la mayoría de sus sesiones con Will Hunting durante la película. También se podía elegir uno de los muchos bares de Southie, como el Timmy’s Tap o el L Street Tavern. Pero esa mañana quería cambiar un poco de aires, por lo que elegí un banco en el lago del Boston Public Garden y, un momento después, me encontraba sentado allí junto a Sean mirando los cisnes.
Empezó a preguntarme si seguía teniendo pesadillas con la muerte de mi tía Alice. Le mentí y le dije que no, porque no tenía ganas de volver a hablar del tema.
Pasó a hablar sobre mi «adicción» a las redes sociales (tal y como la consideraba él) y me preguntó cómo creía que iba mi recuperación. Un mes antes había cerrado de forma irreversible todas mis cuentas en redes sociales. No iba a poder usarlas durante todo un año. Le dije a Sean que aún tenía algún que otro síntoma de abstinencia, pero que estaban empezando a remitir.
La adicción a la multicronología estaba presente desde mi nacimiento, pero se había vuelto algo más común desde el lanzamiento del ONI. La mayoría de las primeras plataformas de redes sociales como Facebook, YouTube y Twitter habían migrado a OASIS poco después de su lanzamiento, y todos coexistían hoy en día en tu multicronología, la unificación de las cronologías de todas las redes sociales en tu cuenta de usuario. Permitía a los miles de millones de usuarios de OASIS de todo el mundo compartir mensajes, memes, archivos, fotos, canciones, vídeos, cotilleos de famosos, pornografía e insultos mezquinos, tal y como la gente había hecho en internet durante el último medio siglo. Nunca se me habían dado bien las situaciones sociales de ningún tipo, por lo que había evitado los medios de comunicación por completo durante la mayor parte de mi vida. Y debería haber seguido haciéndolo cuando me convertí en una figura pública.
Llegué a la conclusión de que no me sentía nada cómodo estando siempre en el candelero. No era más que un niño rarito al que se le daban bien los videojuegos y memorizar cuestiones de cultura general. No estaba preparado ni mental ni emocionalmente para que la atención del todo el mundo se centrara en mí.
En un momento dado, podía haber millones de personas publicando gilipolleces dirigidas a mí o sobre mí en algún lugar de la red. Era lo que había ocurrido desde el día en el que había encontrado la Llave de Cobre, pero los haters habían empezado a darme más caña desde que había ganado el concurso.
En retrospectiva, se podía decir que tenía sentido. El instante en el que heredé la fortuna de Halliday, dejé de ser el chico desamparado de las Torres que libraba una pelea heroica contra los sixers y me convertí en otro capullo milmillonario que vivía una vida tranquila en su torre de marfil. Nada de lo que mis amigos y yo hicimos para intentar ayudar a la humanidad pareció marcar diferencia alguna.
Mis detractores en las redes sociales empezaron a llamarme «Parzival el Trepa», mientras que los menos ocurrentes se limitaron a usar el antiguo apodo que usaba I-r0K para dirigirse a mí: «Pesebre».
Las cosas se pusieron complicadas de verdad cuando una antigua banda de música llamada Guateque Tapioca lanzó una canción llamada Sixer Chupapollas, que usaba un efecto de sonido alterado con autotune y sacado de la emisión que yo había hecho durante la Batalla del Castillo de Anorak al declarar al mundo entero que: «Si logro encontrar el Huevo de Pascua de Halliday, me comprometo a repartir las ganancias a partes iguales con Art3mis, Hache y Shoto… Y si miento, que siempre me consideren un desalmado y un sixer chupapollas».
La canción se hizo viral al instante. Fue el único single exitoso de Guateque Tapioca. Subieron a la ONI-net un vídeo musical que consiguió más de mil millones de descargas antes de que lo retirara. Después demandé a la banda por difamación y dejé en bancarrota a cada uno de sus miembros, lo que hizo que la gente me odiase aún más.
Samantha, Hache y Shoto también recibieron su parte de acoso online, claro, pero ellos se lo tomaron con filosofía. Consiguieron de alguna manera disfrutar de la adoración de sus miles de millones de fans mientras ignoraban la ira de sus detractores más ruidosos. Al parecer, yo no tenía la madurez emocional necesaria para hacer lo mismo que ellos.
Sí, sabía que la opinión de los haters no debía importarme lo más mínimo y no tenía efecto alguno en nuestras vidas a menos que dejásemos que lo tuviera. Y yo lo hice, por desgracia.
Y la parte racional de mi cerebro sabía que la mayoría de la gente que nos troleaba en internet exageraba debido a lo anodinas que eran sus propias y miserables vidas. ¿Cómo culparlos? La realidad era muy miserable para la gran mayoría de la población mundial. Debería haberme compadecido de las tristes y patéticas almas que no tenían nada mejor que hacer con su tiempo que airear sus frustraciones atacándome a mí y a mis amigos.
En lugar de eso, entré en una vorágine de odio matatrols de mucho cuidado. En varias vorágines, de hecho.
Las capacidades de superusuario que había heredado de Halliday me permitían obviar la estricta política de anonimato de OASIS, por lo que cuando un imbécil insidioso que usaba el apodo «Hater de Pesebre» escribía algo malo sobre mí en la multicronología, abría el perfil privado de su cuenta, rastreaba la ubicación de su avatar dentro de OASIS y esperaba a que entrase en una zona PvP. Luego, antes de que ese «Hater de Pesebre» supiera lo que estaba pasando, hacía invisible mi avatar, me teletransportaba junto a él y lo eliminaba de un plumazo con el hechizo Dedo de la Muerte de nivel noventa y nueve. Ahora que mi avatar llevaba la túnica de Anorak, era omnipotente e invulnerable al mismo tiempo, por lo que nadie podía hacer nada de nada para detenerme.
Me cargué a cientos y cientos de trols de esta manera. Si alguien soltaba gilipolleces sobre mí, lo rastreaba y acababa con su avatar. Si alguien escribía algo odioso sobre Art3mis o su fundación, lo rastreaba y acababa con su avatar. Si alguien subía un meme racista sobre Hache o un vídeo atacando el trabajo de Shoto, lo rastreaba y acababa con su avatar. Normalmente, después de hacer la pregunta retórica pertinente: «¿Quién manda en Negociudad?».
La gente empezó a acusarme de ser el avatar irrastreable, indetectable y ultrapoderoso que estaba detrás de las muertes de esos avatares, y el resultado fue una reacción muy negativa de los medios online llamada el «Parzivalgate», que destruyó mi imagen pública. Gracias a la túnica, no había prueba alguna contra mí, y yo lo negué todo, claro, pero tuve que admitir que habían planteado muy bien el caso. Es que a ver, un puñado de avatares habían sido asesinados por otro todopoderoso e indetectable y lo único que tenían en común era que echaban pestes de la única persona capaz de tener un avatar todopoderoso e indetectable
Cientos de millones de usuarios de OASIS firmaron digitalmente una petición para interponerme sanciones oficiales. También se realizaron unas pocas decenas de demandas colectivas contra mí. Al final, nada de eso llevó a nada. Era un multimilmillonario con recursos ilimitados, tenía a mi disposición a los mejores abogados del mundo y no había pruebas fehacientes de los hechos. Pero no pude hacer nada contra la rabia que generó hacia mí la situación.
Hache terminó quedando conmigo para darme una buena charla. Me recordó lo afortunado (y poderoso) que era ahora, aunque por dentro siguiese sintiéndome como ese chico desamparado de las Torres. Me dijo que tenía que comportarme como un adulto y pasar del tema.
«Tienes que sembrar una actitud de gratitud, Zeta».
Acepté el consejo a regañadientes y empecé a ir al psicólogo. Podría haberme permitido uno real, claro, pero me resultaba más fácil hablar sobre mis pensamientos íntimos con un programa de ordenador que con otra persona. Un psicólogo virtual no te juzgaba ni compartía tus secretos con su pareja para echarse unas risas. Nunca repetiría a nadie nada de lo que yo le iba a decir, y ese era el único psicólogo en el que me podía permitir confiar.
Después de varias sesiones con Sean, me di cuenta de que lo mejor que podía hacer para mejorar mi salud mental era abandonar todas las redes sociales. Y lo hice. Y sé que tomé la decisión adecuada. Empecé a sentir menos ira y mi orgullo herido comenzó a sanar.
Conseguí alejarme de mi adicción lo suficiente como para darme cuenta de lo siguiente: los seres humanos no están hechos para formar parte de una red social mundial integrada por miles de millones de personas. La evolución nos diseñó para ser cazadores-recolectores con la capacidad mental de interactuar y socializar con el resto de los miembros de nuestra tribu, una formada por unos pocos cientos de personas como mucho. Interactuar con miles o incluso millones de otras personas a diario era demasiado para nuestras molleras de simio. Esa era la razón por la que las redes sociales habían empezado a volver loca a la población mundial desde su aparición a principios de siglo.
Estaba empezando a preguntarme si la invención de una red social mundial era en realidad ese «gran filtro» que en teoría provocaba que todas las civilizaciones tecnológicamente avanzadas se extinguieran. Es posible que cada vez que una especie inteligente avanzase lo bastante como para inventar una red global y desarrollara una especie de red social, acabara tan llena de odio por el prójimo que sus individuos terminasen matándose entre ellos en un período de cuatro o cinco décadas.
Solo el tiempo lo diría.
Algo que nunca había compartido con mi psicólogo (ni con nadie) era el consuelo que me proporcionaba saber que tenía acceso al Gran Botón Rojo.
Aunque tampoco es que lo fuese a pulsar. Había leído informes sobre los peores acontecimientos que podían provocar algo así y también había visto las simulaciones de desastres creadas por los centros de estudio, en las que se predecía qué ocurriría si se desconectaba OASIS. Nunca era algo agradable. La opinión general era que si OASIS dejaba de funcionar durante más de unos días, la civilización humana también lo haría.
Era algo que se había vuelto mucho más posible aún después de nuestra fusión con IOI, ya que todos los procedimientos que mantenían activo internet ahora dependían de OASIS de una u otra manera. Así como la gran mayoría de los sistemas de seguridad y de defensa del mundo, a nivel nacional, estatal, local e incluso hogareño. Si se desconectaba OASIS, lo más probable era que internet sufriese un desplome catastrófico de toda su infraestructura poco tiempo después, y que nuestra ya precaria civilización humana fuera a la zaga. Esa era la razón por la que GSS tenía tantos servidores con copias de seguridad en instalaciones por todo el globo.
Nadie sabía que el creador de OASIS había equipado la simulación con un botón de autodestrucción, y que solo yo tenía acceso a él.
Nadie sabía que el destino de todo el mundo estaba literalmente en mis manos. Menos yo. Y quería que eso siguiese siendo así.
Después de terminar la sesión con mi psicólogo virtual, bajé al piso inferior y comencé el largo viaje hacia mi despacho, que se encontraba en el extremo más alejado del ala este de la mansión. Era la misma estancia gigantesca y con paneles de roble que había hecho las veces de despacho de Halliday cuando él vivía allí. También era la habitación en la que Halliday había diseñado y programado la elaborada Cacería del Huevo de Pascua. Hasta había incluido una recreación de ese despacho en el desafío final de la Cacería.
Para mí, la estancia era Tierra Santa. Pasé tres años y gasté millones de dólares recreando la enorme colección de consolas, ordenadores personales y videojuegos clásicos que Halliday había exhibido en ese lugar. El despacho tenía más de cien mesas de cristal dispuestas en un patrón con forma de huevo. En cada una de las mesas había un ordenador o una videoconsola clásica y estanterías de varios pisos con una colección de periféricos, controladores, programas y juegos. Cada colección estaba meticulosamente ordenada y expuesta, como la exhibición de un museo.
En un rincón de la habitación también había un equipo de inmersión convencional de OASIS cogiendo polvo. Ahora solo lo usaba para las emergencias, cuando necesitaba acceder a OASIS después de haber superado el límite diario de doce horas del ONI. Me resultaba difícil de creer que hace unos años estuviese muy satisfecho por acceder a OASIS con el visor y el equipo háptico. Cuando te acostumbrabas a los auriculares ONI, el hardware antiguo hacía que todo tuviese un aspecto y produjera sensaciones muy falsas, incluso con el mejor equipo háptico que el dinero podía comprar.
Mi nuevo prototipo de AMIT (Ataúd Móvil de Inmersión Táctica) se encontraba en una plataforma elevada en el centro de la habitación.
El AMIT era una ampliación lógica de la idea de la plataforma de inmersión estándar, un ataúd blindado que protegía a tu cuerpo durmiente mientras tu mente deambulaba por OASIS. Pero la protección de mi nuevo dispositivo no solo granjeaba una protección pasiva. El AMIT formaba parte de la nueva línea de SuperAtaúdes de inmersión táctica de OASIS y se parecía más a un robot muy armado que a un ataúd. Era un vehículo de escape blindado y todoterreno que contaba con ocho patas retráctiles para recorrer cualquier terreno y un par de ametralladoras y lanzagranadas integrados en su chasis blindado, eso sin mencionar la cabina también blindada de metacrilato para el ocupante.
Hasta la agencia de marketing había creado un eslogan perfecto para el producto: «Si vas a usar la fuerza letal para defenderte, ¡será mejor que tengas dónde caerte muerto!».
Cuando estaba despierto, controlaba el AMIT usando el panel de control que se encontraba dentro de la cabina. Cuando estaba conectado a OASIS con unos auriculares ONI, lo hacía desde dentro de la simulación a través de mi avatar. Por lo que si atacaban mi cuerpo mientras estaba conectado, no necesitaba desconectarme para defenderme. Y también podía insultar a mis atacantes a través de los atronadores altavoces que había colocado en el exoesqueleto blindado.
El AMIT era una exageración si tenía en cuenta el pequeño ejército de guardias de seguridad y drones defensivos que protegían mi casa, pero los juguetes último modelo como ese eran una de las ventajas de mi puesto en GSS, y tenía que admitir que tener algo así me hacía sentir mucho menos nervioso cada vez que tenía que abandonar mi cuerpo durante doce horas cada día.
La mayoría de los usuarios del ONI no podían permitirse un ataúd de inmersión estándar, y mucho menos un vehículo blindado de combate. Algunos decidían encerrarse en una habitación o un armario antes de entrar en ese sueño provocado por el ONI. Otros le pedían a alguien que vigilase su cuerpo inerte mientras su mente se encontraba temporalmente desconectada de él.
Como bien le gustaba recordar a Art3mis, la mayoría de los usuarios no tomaban precauciones cuando usaban los auriculares ONI. Y muchos de ellos pagaron el precio por no hacerlo. Una nueva oleada de ladrones, violadores, asesinos en serie y traficantes de órganos se dedicó a dar caza a los usuarios de ONI que no protegían sus cuerpos mientras sus mentes se iban de vacaciones. Pero a lo largo de los últimos años, habían abierto por todo el mundo miles de hoteles cápsula «BodyLocker», lugares donde uno podía alquilar habitaciones cápsula por unos pocos créditos al día. Era el alquiler más barato que se podía llegar a imaginar. No fueron capaces de construirlos a tiempo para suplir la demanda.
Para aumentar la seguridad, GSS también había empezado a vender auriculares ONI de lujo que contaban con cámara con detección de movimiento que podía monitorizarse desde el interior de OASIS. Los ataúdes de inmersión también estaban equipados con cámaras interiores y exteriores que permitían a sus ocupantes vigilar su cuerpo físico y sus alrededores desde dentro de OASIS, así como con detectores de movimiento que los alertaban si alguien se acercaba demasiado a su cuerpo en la virreal.
Me dirigí al baño privado del despacho y me quedé allí hasta vaciar todo lo posible la vejiga y los intestinos. Era algo que había empezado a formar parte del ritual de conexión de todos los usuarios de ONI, sobre todo de los que querían permanecer conectados durante doce horas seguidas sin mancharse la ropa. Cuando salí del baño, subí al AMIT y me acomodé en la silla reclinable flotante de espuma de viscogel. Las cintas de sujeción acolchadas rodearon mis brazos, piernas y cintura para evitar que me cayese. A lo largo de mi conexión, la silla rotaría mi cuerpo y movería mis extremidades de manera periódica para activar la circulación y evitar la atrofia muscular. También se podían usar trajes especiales que estimulaban los músculos con electrodos, pero me irritaban la piel y no me los ponía nunca.
Pulsé el botón para cerrar la cabina del AMIT. Después apreté otro botón para activar la plataforma de elevación circular en la que se encontraba. Sonreí y me preparé para la caída, momentos antes de que la plataforma empezase a descender a toda velocidad por el hueco del ascensor. Las luces que había en las paredes de titanio reforzado pasaron a mi alrededor como un borrón.
El ascensor había sido diseñado para que, si mirabas directo hacia arriba durante el descenso, recrease a la perfección el ascensor Pepsi de alto secreto protegido por B. B. King en Espías como nosotros. Tanto el ascensor como el búnker al que llevaba habían sido construidos por Halliday desde que se había mudado a la casa, para tener un lugar en el que aislarse en caso de la Tercera Guerra Mundial, que aún tenía la posibilidad de estallar en cualquier momento, como los últimos cien años. En la actualidad, yo lo usaba para mis conexiones diarias de doce horas con el ONI, contento de que estuviese lo bastante protegido y lo bastante profundo como para sobrevivir en caso de que lanzaran misiles contra la casa o de que un déspota pirado con tendencias suicidas consiguiese superar la red defensiva, la red redundante que GSS mantenía por toda la ciudad de Columbus para evitar ataques terroristas en los servidores de OASIS y la más redundante aún: unas instalaciones de misiles antibalísticos que rodeaban mi casa.
Todo el mundo conocía mi dirección, por lo que no creía que algo así fuese ser un paranoico, sino tomar las precauciones adecuadas.
Cuando se abrieron las puertas blindadas del ascensor, usé los controles de cabina del AMIT para controlar las patas de araña y avanzar hacia el muelle del búnker, que no era más que una estancia enorme y vacía de hormigón con luces enclavadas en el techo. El ascensor se encontraba en un extremo, y en el otro había un par de enormes puertas blindadas que llevaban a un refugio antiaéreo de tecnología punta con todo tipo de suministros para sobrevivir.
Me encantaba bajar a este sitio, aunque nunca lo había admitido. A unos tres kilómetros bajo tierra en ese búnker de hormigón blindado, me sentía como si estuviese en mi propia batcueva. (Sabía que Bruce Wayne nunca habría sido capaz de construir su casoplón para luchar contra el mal por su cuenta, en secreto y solo con la ayuda de su mayordomo geriátrico para colocar las cañerías y verter el hormigón).
Bajé el AMIT al suelo de hormigón, retraje las patas y lo dispuse en modo defensivo estándar. Después saqué los auriculares ONI que había en un hueco sobre mi cabeza y me los puse. Cuando los encendí, las bandas sensitivas de titanio se colocaron de inmediato alrededor de mi cabeza y se fijaron a la perfección para que los auriculares no se moviesen ni agitasen ni un micrómetro. Si llegaba a pasar algo así en mitad de una sesión de ONI… sería terrible.
Pulsé el botón para cerrar la cabina blindada del AMIT y la oí bajar con ese siseo neumático antes de quedarme encerrado en la espaciosa carlinga. Después carraspeé y dije:
—Iniciar secuencia de conexión.
Sentí un hormigueo familiar por el cuero cabelludo cuando los auriculares empezaron a escanearme el cerebro y verificaron mi identidad. Después, una voz femenina me indicó que dijese la frase contraseña, que recité con cuidado de pronunciar bien cada sílaba. La había cambiado hacía poco por la misma que usé durante los últimos días de la Cacería de Halliday, un verso de la canción de 1987 Don’t Let’s Start de They Might be Giants: No one in the world gets what they want and that is beautiful…
La secuencia de conexión finalizó después de que el sistema diera por válida la frase contraseña y yo aceptase el aviso de seguridad. Me oí soltar un suspiro de alivio mientras la realidad empezaba a alejarse y OASIS se materializaba a mi alrededor.