Revelación

C. J. Sansom · Capítulo 14 de 48

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Revelación

Capítulo 14

 

F uimos de inmediato al palacio de Lambeth, cabalgando tan rápido por el sendero lateral de la ribera del Támesis que llamábamos la atención de todos los transeúntes. Cuando llegamos a palacio, pregunté al instante por el secretario de Cranmer. No tardó en presentarse Morice, un hombre pálido vestido con túnica negra que nos miró con expresión dubitativa. Le dije quién era y le dije que traía noticias urgentes; él se retiró a toda prisa, dejándonos a ambos en el gran salón. Regresó al cabo de unos minutos y nos susurró que el arzobispo había enviado un mensajero a Whitehall para avisar a los demás involucrados. Luego nos acompañó a una confortable salita, donde aguardamos a que llegaran.

—Una cosa —le dije antes de que se retirara—: ¿podríais, por favor, procurarme un ejemplar en inglés del Nuevo Testamento?

—Haré que os traigan uno. —Nos miró extrañado, y sonrió antes de retirarse con una inclinación de la cabeza.

—¿Estáis seguro de vuestra idea? —preguntó Barak cuando se hubo cerrado la puerta—. Parece muy fantasiosa. No sé qué opinarán al respecto Cranmer y los demás.

—Ya has visto. En mi opinión, habla por sí mismo.

—Pero se refiere a miles de personas asesinadas por cada copa de la ira, no a un hombre por vez.

—Creo que se trata de un simbolismo perverso y diabólico… —Callé cuando se presentó un sirviente con un ejemplar de la Biblia. Apoyé el libro en la mesa, lo abrí y volví a buscar el texto correspondiente al Libro de las Revelaciones, todo bajo la atenta mirada de Barak. Era plenamente consciente de que si había leído mal o interpretado incorrectamente algo, el trato que recibiría por parte de los hombres que acudían procedentes de Whitehall sería muy desagradable.

—Este libro no tiene sentido —dijo Barak—. Cuenta la misma historia de modos distintos; son diferentes versiones del fin del mundo, con ángeles, copas y guerras. No hay…

—¿Narración? Lo sé. Es el único libro del Nuevo Testamento que resulta tan enigmático.

—Pero es un texto muy poderoso, de los que cuesta quitarse de la cabeza. —Leyó —: «Y el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos. Y no tienen reposo de día ni de noche los que adoran a la Bestia y su imagen». ¿La Bestia es el diablo?

—Sí, aunque hay quienes afirman que es la Iglesia de Roma. Existen tantas formas de interpretar las revelaciones como intérpretes, pues cada uno afirma que su manera de descifrar el texto es la única correcta. Y la mayoría son fanáticos incultos. Este libro está causando muchos males en el mundo.

—Conocéis bien la Biblia —dijo Barak, mirándome con curiosidad.

—El Libro de las Revelaciones no mucho, pero la Biblia, sí. —Sonreí con cierta tristeza—. Pasé buena parte de mi juventud apoyando la Reforma.

—¿Dijisteis que Erasmo y Lutero pusieron en duda que el Libro de las Revelaciones fuese auténtico?

—En tiempos hubo muchos evangelios, muchos más que los cuatro que tenemos ahora en la Biblia, e innumerables Apocalipsis, predicciones de cómo sería el fin del mundo. Pero los antiguos estudiosos que decidieron cuáles eran los auténticos textos cristianos inspirados directamente por Dios rechazaron todos los Apocalipsis, a excepción de este, sobre todo porque atribuyeron su autoría a san Juan. Sin embargo, Erasmo y Lutero lo cuestionaron, por lo distinto que era del resto del Nuevo Testamento, tanto por su violencia como por su crueldad, y también porque representa a Jesús como un juez terrible, alguien que «tiene las llaves de la muerte y el infierno».

—Pues ahora están en manos de otra persona —dijo Barak. Lanzó un bufido y negó con la cabeza.

Nunca había topado con nada parecido a aquel horror, y se sentía conmocionado. Yo también. Sin embargo, debía actuar cuanto antes, poner al corriente a Cranmer y a los demás, concentrarme en eso.

Ambos dimos un respingo cuando la puerta se abrió y asomó el secretario de Cranmer.

—Su gracia os recibirá ahora, maese Shardlake —dijo tras inclinarse—. Pero solo a vos; vuestro ayudante tendrá que esperaros aquí.

 

Cranmer se hallaba sentado tras el escritorio. Lord Hertford, Thomas Seymour y el forense Harsnet estaban de pie a su lado. Thomas Seymour vestía jubón de seda roja, con las mangas acuchilladas para mostrar el forro amarillo; su hermano había escogido uno más discreto, de color pardo. Todos los presentes me observaban muy serios, expectantes.

—¿Qué habéis descubierto, Matthew? —preguntó el arzobispo.

Llené de aire los pulmones y dije:

—Milord, creo saber por qué mi amigo y el doctor Gurney fueron asesinados. Y también una tercera persona a la que asesinaron en diciembre.

Cranmer se inclinó sobre el escritorio.

—¿Una tercera persona? —preguntó horrorizado.

—Sí, y si estoy en lo cierto, habrá cuatro asesinatos más.

Lord Hertford frunció el entrecejo y me miró fijamente a los ojos.

—Vamos, hombre, escupid lo que hayáis venido a contarnos —dijo sir Thomas.

Referí de la forma más concisa posible lo que había averiguado acerca de la muerte de Tupholme, y cómo el modo en que lo habían matado me había llevado a establecer aquella relación con el Libro de las Revelaciones. Todos me escucharon en silencio. Miré de reojo la biblioteca de Cranmer.

—Si comprobáis el capítulo dieciséis del Libro de las Revelaciones, milord…

—Conozco de memoria el Nuevo Testamento, Matthew —me interrumpió con brusquedad.

Thomas Seymour soltó una risotada, tan estruendosa que Cranmer torció el gesto.

—Jamás había oído nada parecido. Creo que el exceso de lecturas ha perturbado la mente del jorobado.

Lord Hertford miró a su hermano y dijo en tono severo:

—Recuerda dónde estás, Thomas, y vigila tu lenguaje.

Cranmer parecía sumido en un estado de profunda reflexión, y jugueteaba con la enorme cruz de plata que llevaba al cuello. Cuando se irguió en la silla, sus expresivos ojos estaban llenos de pesar.

—Creo que Matthew podría estar en lo cierto. Estos asesinatos encajan perfectamente con la revelación dieciséis, incluso en la secuencia en que se han cometido. Y en estos tiempos en que cualquier aprendiz se cree una autoridad en las Sagradas Escrituras… Sí, incluso alguien que estuviese lo bastante loco y fuese lo bastante violento podría llegar a creerse inspirado para cumplir la profecía, porque las revelaciones son, por encima de todo, una profecía de lo que ha de suceder. —Suspiró de tal modo que dio la impresión de haber gemido.

Lo miré. ¿Estaba hablando otra vez de posesión, del alma de un hombre arrebatada por el diablo?

Hertford había sacado un ejemplar del Nuevo Testamento de la librería de Cranmer y estaba leyéndolo. Asintió lentamente.

—Tiene razón, milord. Estos asesinatos encajan en la pauta de las copas de la ira con demasiada exactitud para que se trate de una coincidencia. Pero podríamos hallar cierto consuelo.

—¿Consuelo? ¿Cómo? —preguntó Cranmer, incrédulo.

—Si el propósito del asesino consiste en que se cumplan estas profecías, el que la segunda víctima fuese el médico de lord Latimer no puede tener la menor relevancia. —Se volvió hacia Cranmer y añadió—: Estos asesinatos no están destinados a frustrar las perspectivas matrimoniales del rey.

Cranmer asintió.

—Sí, eso se deduce —dijo—. A pesar de todo, el rey se horrorizaría si se enterara. —Miró a Harsnet—. Creo que también él podría creer que el diablo ha inspirado a ese asesino y rechazar cualquier posible relación futura con lady Catalina. —Esbozó una sonrisa—. Es tan supersticioso… Llevo años intentando quitarle de la cabeza semejantes supercherías, sin el menor éxito.

—¿Erraría necesariamente su majestad si pensara que estos asesinatos los ha inspirado el diablo? —Harsnet paseó la mirada por la estancia—. Considerad la pauta blasfema que sigue el asesino, la astucia con que ha planeado estas tres terribles representaciones de los textos sagrados, y su asombrosa habilidad para cubrir grandes distancias con los cadáveres a cuestas.

—También el asesinato del granjero tenía por objeto la exhibición —dije—. Pero culparon de lo sucedido a una mujer a la que había echado de su casa.

—¿No os parece eso propio de un hombre poseído? —preguntó Harsnet.

—¿Por qué los píos estáis siempre hablando de posesión? —preguntó, irritado, Thomas Seymour—. Tendríamos que atrapar a ese hombre en lugar de perder el tiempo con especulaciones. Hasta que lo hagamos no sabremos qué es.

Por una vez estuve de acuerdo con Seymour.

—Sir Thomas está en lo cierto, milord —dije—. Nuestra prioridad sigue siendo atraparlo.

Cranmer se volvió hacia mí.

—Bueno, Matthew, así pues, ¿cómo procedemos a partir de este momento?

—Debemos averiguar si ese Tupholme tenía algún conocido común con Roger y el doctor…

—¡Vamos, hombre! —protestó sir Thomas, impaciente—. Pero si era un granjero, un don nadie, y los demás eran caballeros.

—Tanto Roger como Tupholme habían defendido puntos de vista reformistas y radicales, aunque de modos distintos, y ambos los habían abandonado. ¿Podía decirse lo mismo del doctor Gurney?

—Sí —respondió Cranmer—. Él… Antaño fue un radical, pero de un tiempo a esta parte se había… desilusionado. —Frunció el entrecejo y me miró—. ¿Pensáis que el asesino podría andar detrás de personas que en el pasado defendieron posturas radicales y que las abandonaron por una u otra razón?

—Eso temo. Y hay un lugar donde se encuentran toda clase de radicales. En la iglesia.

—Los tres fallecidos no eran vecinos —señaló Cranmer—. Es improbable que acudieran a la misma iglesia.

—A veces, los radicales acuden a iglesias que no se circunscriben a sus parroquias —apuntó Hertford—. Dirigen o toman parte en grupos particulares de oración y lectura de la Biblia. ¿Y por qué no habrían de hacerlo? —añadió con una furia inesperada—. Al fin y al cabo, se los persigue por sus creencias y se ven empujados a la clandestinidad.

—¿Sugerís que el asesino es un evangélico? —preguntó Harsnet, mirándome a los ojos.

—No necesariamente. Pero sí creo que tiene que tratarse de alguien muy familiarizado con los círculos reformistas radicales.

El arzobispo Cranmer se cubrió el rostro con las manos. Todos los presentes guardamos silencio; Hertford miró incómodo a Harsnet. Comprendí que el arzobispo se sentía atrapado entre sus propias creencias reformistas y los peligros que personificaban los radicales para la continuidad de la Reforma. Lord Hertford, pensé, era consciente de ello, pero Harsnet estaba demasiado inmerso en su propia ira. En cuanto a sir Thomas, ese dilema no tenía el menor interés para él.

Cranmer volvió a dejar las manos en el regazo e irguió la espalda en la silla de respaldo alto.

—Matthew —dijo en tono severo—, el peligro para mí, para todos los que estamos en esta sala, aumenta a medida que pasan las horas. Algunos de los miembros de mi gabinete aún son interrogados por herejía, aunque no encontrarán nada, porque no son herejes. Se ha arrestado a más carniceros. Ahora se comenta que habrá una purga dirigida a los libreros. El conde de Surrey se encuentra en la prisión de Fleet por haberse saltado la Cuaresma. Y vos tendríais que ver la de obras e interludios con tendencias reformistas que se convierten en blanco de la ira de nuestros adversarios, obras cuyos carteles acaban arrancados.

—Sí, milord.

—Pendemos de un hilo —dijo Hertford tras asentir.

—¿Podéis imaginaros qué regalo supondría esto para Bonner y Gardiner? — prosiguió Cranmer—. Alguien que asesina en Londres a radicales arrepentidos… Esta horrible blasfemia sería una dádiva para su causa.

—Encontré una pista en el lugar donde mataron a Tupholme —dije, y a continuación saqué la divisa del bolsillo y la dejé sobre el escritorio, delante de Cranmer.

Lord Hertford se inclinó para inspeccionarla con atención.

—Es una divisa de peregrino. El portador acudió al santuario de San Eduardo el Confesor, en la abadía de Westminster. Tuve ocasión de verlas a menudo colgando de las capas de la gente, antes de que se acabara con los santuarios.

—Si Tupholme era reformista, no podía pertenecerle —señaló Harsnet.

—Ni a él ni a esa mujerzuela —intervino Thomas Seymour—. Nunca he oído que una puta de Southwark lleve una de estas.

Cranmer cogió la divisa y le dio la vuelta.

—De modo que el asesino la abandonó en el lugar del crimen. Quizá ese desgraciado granjero se la arrancó de la capa mientras se resistía…

—Un momento —advirtió Harsnet—. Ya nadie lleva divisas de peregrino. Al fin y al cabo, no olvidemos que lo identifican a uno como simpatizante papista.

—Sí, sería un gesto de desafío —tuve que admitir.

—Quizá la dejó deliberadamente —aventuró lord Hertford.

—Sí, milord, cabe esa posibilidad. Pero podría existir otro vínculo con la antigua religión. —Hice una pausa y proseguí—: Para vencer la resistencia de al menos dos víctimas se empleó la belladona. Y según mi amigo el doctor Malton, el único lugar donde se ha utilizado la belladona en los últimos años es en las enfermerías de los monasterios benedictinos. Quería preguntaros, milord, si podría realizar una investigación de los registros del Tribunal de Desamortización, para ver qué fue de los enfermeros benedictinos londinenses.

—¿Podría ser esa la explicación? —preguntó Cranmer, inclinado sobre el escritorio—. ¿Un antiguo monje? ¿Un papista desquiciado dispuesto a convertir en ejemplo a quienes en tiempos fueron radicales?

—Pero ¿no son los radicales, y no los papistas, quienes aseguran comprender los secretos del Libro de las Revelaciones? —dijo sir Thomas, y su perspicacia volvió a sorprenderme.

—Y quizá estos asesinatos sirvan para burlarse de forma diabólica de esos mismos puntos de vista —apuntó Cranmer—. La Iglesia papista contaba con sus propios estudiantes de las revelaciones, como Jonathan de Fiore. —Se le iluminó el rostro al pensar que los motivos religiosos del asesino podrían ser de tendencia conservadora en lugar de radical. Nos miró uno a uno y prosiguió—: Maese Harsnet, quiero que investiguéis si el granjero tenía alguna relación con las otras dos víctimas, sobre todo por motivos religiosos. Matthew, consultad los registros del Tribunal de Desamortización. Edward —agregó, volviéndose hacia Hertford—, últimamente estáis en muy buenos términos con el rey, así que dejaré en vuestras manos que nada de esto llegue a sus oídos.

Hertford asintió.

—No habrá problema —dijo—, mientras ninguno de los presentes hable.

—¿Y yo qué hago? —quiso saber sir Thomas Seymour.

—Tú, Thomas, mantén la boca cerrada —le advirtió su hermano.

Seymour se sonrojó. Hertford miró a Cranmer y dijo:

—Bueno, de modo que vamos a investigar estas dos líneas. Pero ¿qué me decís del futuro? Si el abogado, aquí presente, está en lo cierto, y creo que lo está, no tardará en producirse un cuarto asesinato. —Abrió el Nuevo Testamento y leyó en voz alta—: «El cuarto ángel derramó su copa sobre el sol, y le fue dado el afligir a los hombres con ardor y fuego. Y los hombres ardieron con gran ardor, y blasfemaron el nombre de Dios que tiene poder sobre estas plagas, pero no se arrepintieron para darle gloria».

—¿Qué se habrá propuesto hacer? —dijo Cranmer—. ¿Dónde? ¿Cuándo?

—Cualquiera podría ser la siguiente víctima —señalé—. El asesinato podría producirse en cualquier punto de Londres. La víctima podría ser una persona piadosa, como Roger, o alguien que ha vuelto a pecar, como el granjero. No hay forma de saber cuándo lo hará, ni dónde.

—En tal caso, ¿no podemos impedírselo?

—Solo si lo atrapamos antes —respondí—. Y no creo que tarde en volver a actuar.

—¿Qué os hace pensar eso? —preguntó Harsnet.

—Según parece, hallaron el cadáver de Tupholme en enero. El doctor Gurney murió en febrero, al cabo de un mes. Roger murió tres semanas después, o sea, hace una semana. Lo más sensato sería pensar que el cuarto crimen tendrá lugar en las próximas dos semanas.

—¿Qué sucede con las tres últimas copas de la ira? —preguntó Thomas Seymour.

Antes de responder, Cranmer inspiró profundamente.

—Verter la quinta copa trae la muerte a los pecadores por medio del dolor y la oscuridad. Eso podría equivaler a morir de cien modos distintos. La sexta copa seca las aguas del Éufrates, y no sé qué podría hacerse para simular algo semejante. Y cuando el séptimo ángel vierte la copa, hay truenos y relámpagos y un terremoto devastador.

—Milord, hay algo más que debería pediros, si me lo permitís —dije—. Quizá nos sería de ayuda.

—¿De qué se trata?

—El doctor Malton. Me contó que algunos de los antiguos enfermeros monásticos utilizaban la belladona. Podría averiguar su paradero, aunque no los conozca personalmente. Me gustaría ponerle al corriente de este asunto. Nos ayudó con la pista de la belladona.

—Es un antiguo monje, ¿verdad? —preguntó Hertford.

—Sí, pero si Matthew dice que le guardará el secreto… —Cranmer me miró largamente—. Acepto su palabra. Podéis contarle lo que pasa, Matthew.

Hertford me dedicó una mirada de suspicacia, y Harsnet otra. Cranmer, no obstante, asintió. Se produjo un largo silencio, que aprovechamos para pensar en los horrores que tal vez nos aguardaran en el camino.

—¡Este asesino necesitará poderes diabólicos para provocar un terremoto! — exclamó sir Thomas tras soltar una risotada.

—¡Estoy harto de vuestras burlas, Thomas! —espetó Cranmer con súbita ira—. Todos sabemos, o deberíamos saber, que el diablo podría andar detrás de este asunto. Pero debemos llevar a cabo nuestras investigaciones armados con la razón.

—Olvidas que tu presencia en este lugar se debe únicamente al hecho de que eres mi hermano —dijo lord Hertford—, y que la relación con Catalina Parr, acerca de cuyo bienestar te mostraste tan caballerosamente inquieto, parece haber quedado en nada. Cometí un error al involucrarte. —Negó con la cabeza—. Fue una insensatez.

Por un instante la furia asomó a la expresión de Thomas Seymour; luego, se acercó a la ventana como un crío malhumorado. Cranmer se volvió hacia nosotros.

—Todos sabéis lo que debéis hacer. Hacedlo, pues, y cuanto antes —dijo, y nos despidió con un gesto.

 

Fuera, en el corredor, lord Hertford y su hermano se alejaron en direcciones opuestas, pero Harsnet me acompañó. Barak me esperaba sentado en un banco. Al vernos, se acercó a mí y permaneció en silencio a mi lado.

—Parece ser que colaboraremos —dijo Harsnet—. Hicisteis un gran trabajo estableciendo la relación con ese granjero, señor, y con el Libro de las Revelaciones. Aunque rezo para que os hayáis equivocado en eso.

—En verdad es un pensamiento funesto.

—Lamento haberme mostrado brusco durante la reunión. En efecto, necesitamos recurrir a la razón para resolver estos terribles crímenes. Pero la idea de que alguien que haya estudiado la Biblia sea capaz de semejantes actos… —Guardó silencio y meneó la cabeza.

—Todo este asunto es monstruoso. Jamás había oído nada parecido.

—Ni yo. —Harsnet me miró muy serio—. Aunque creo que deberíamos dedicar más tiempo a pensar en qué clase de hombre es.

—¿Os referís a que podría estar poseído por el diablo, que sería el responsable último de sus acciones? Veréis, señor, me parece más probable que se trate de un enfermo mental, y que su enfermedad lo haya empujado al fanatismo de un modo nunca visto —dije en tono conciliador, pero con firmeza. Pensé en Adam Kite, farfullando de rodillas en Bedlam. Además, tal como había dicho Guy, la locura puede adoptar muchas formas.

—¿Y pensáis que podría estar matando gente que ha abandonado un entendimiento bíblico de la religión? —inquirió Harsnet con tono de cierto nerviosismo.

—Creo que cabe esa posibilidad. Podría tratarse de un hombre de ideas religiosas radicales que ha perdido la razón.

—Pero ¿habéis oído mencionar alguna vez a alguien que enloqueciera y fuese capaz de planear y ejecutar un plan tan ambicioso? El diablo podría hacerlo, y si estáis en lo cierto, esto es una blasfemia.

—Confieso que no sé a qué nos enfrentamos, señor, pero no veo motivos para ponernos a especular ahora.

Harsnet inclinó la cabeza; comprendí que no tenía intención de enzarzarse en una discusión, para evitar que nuestra relación se deteriorara. Cambié de tema.

—Según parece, existen ciertas diferencias entre Thomas Seymour y su hermano —dije.

—Lord Hertford es un gran hombre, y muy inteligente. En las circunstancias adecuadas podría ser un reformista importante, tanto en temas de religión como en lo relativo a la mejora de las injusticias sociales. La devoción que siente hacia su familia constituye su única debilidad. Mantener a su hermano bajo control es difícil.

—Sí. —Pensé que alguien que fuese realmente fuerte no permitiría que su hermano abusara de ese modo de su parentesco.

—¿Me haréis saber qué averiguáis en el Tribunal de Desamortización? — preguntó Harsnet—. Si enviáis a mi nombre una nota urgente, la leeré enseguida.

—Lo haré.

—Si recurro a un mensajero, ¿lo envío a vuestro despacho?

—Sí, o a mi casa si no me encuentra allí. Vivo enfrente del Colegio de Lincoln, en Chancery Lane.

—Hablaremos pronto.

Harsnet se despidió de Barak con un gesto y se marchó. Me volví hacia mi ayudante, que estaba pálido.

—Tiene razón —dijo—. Esto es… monstruoso.

Me alcanzó de pronto el horror de aquel asunto: la terrible muerte de Tupholme, la de Roger y la del doctor Gurney, asesinados los tres con aquella asombrosa muestra de cruel premeditación.

—Ha habido profetas locos antes —dije.

—Leer las Revelaciones me asustó —confesó Barak—. Son tan… —Titubeó en busca de la palabra adecuada—. Implacables. Como este asesino.

—No creerás, como Harsnet, que está poseído, ¿verdad?

—No lo sé.

—Bueno, todo cuanto sé es que encontraré al asesino de mi amigo. Y ahora, pongámonos en marcha. Nos acercaremos a Westminster, al Tribunal de Desamortización. —Di una palmada en la ancha espalda de Barak, y me dirigí al exterior, caminando con una confianza que en realidad no sentía, puesto que fuera lo que fuese, el hombre al que buscábamos era un monstruo con forma humana.