Revelación
Capítulo 7
D os días más tarde, el martes después de Pascua, Barak y yo fuimos hasta el río para tomar un bote a Westminster. Yo llevaba puesta una capa nueva, ya que el forense se había quedado con la antigua; además, estaba manchada con la sangre de Roger, de modo que no podría volver a ponérmela. Tenía por delante un día ajetreado, pues debía presentar ante el juez de apelaciones cinco peticiones de hombres de condición humilde. También confiaba en fijar fecha para la audiencia de la petición correspondiente a Adam Kite.
Por fin reinaba aquella mañana un clima primaveral, y soplaba una brisa suave y húmeda. Por lo general, eso me habría levantado el ánimo, pero en mi corazón anidaba un hondo pesar. Cuando cruzamos Fleet Street de camino a Temple Bar, vimos a un penitente hereje al que conducían a Saint Paul. Vestía blusón gris y llevaba un haz de ramas de abedul en las manos temblorosas. Le habían cubierto la cabeza y los hombros con ceniza, de modo que tenía grises tanto el rostro como el cabello. Con una cuerda alrededor del cuello, caminaba junto a uno de los hombres del obispo Bonner. Los seguían tres alabarderos con la espada ceñida, y un tamborilero encabezaba la pequeña procesión. Los transeúntes se detenían a mirarlos; algunos se mofaban, otros los contemplaban serios. Alguien gritó: «¡Coraje, hermano!», y los soldados miraron alrededor con expresión ceñuda. Me sorprendió comprobar que el reo era el predicador del mercado de Newgate; debían de haberlo apresado por carecer del debido permiso para predicar. Lo llevarían a Saint Paul Cross, donde Bonner lo sermonearía acerca de los peligros de la herejía. Si volvían a apresarlo ardería en la hoguera. No había ni rastro de hielo en el río, cuyas aguas crecidas fluían rápidamente. Los barqueros habían pasado un invierno muy duro, como siempre que el río se congelaba, y el hombre encargado de los remos del bote que tomamos en las escaleras de Temple tenía la mirada cansina, hambrienta. Le pedí que nos acercara a Westminster.
—Allí las escaleras están rotas, señor. El hielo partió los cimientos; habrá que cambiarlas.
—Pues a las escaleras de Whitehall —pedí con un suspiro, ya que no deseaba dar el paseo que nos aguardaba hasta Westminster entre la multitud. El hombre apartó el bote de la ribera. Me senté contemplando el agua del río. Había destinado buena parte del día anterior a repasar los casos de Roger y dar instrucciones a su ayudante. Luego había escrito una carta al joven Samuel Elliard, de Bristol. Cuando por la noche fui de nuevo a ver a Dorothy, observé que se había refugiado en sí misma y permanecía sentada, mirando fijamente el fuego, con la doncella cogiéndole de la mano. Finalmente, logramos convencerla de que se retirara a descansar.
—¿Habéis oído lo de esos peces enormes? —preguntó el barquero, interrumpiendo mis tristes pensamientos.
—¿Cómo? Ah, sí.
—Aparecieron bajo el hielo. Son grandes como casas. —Asintió con la cabeza y sonrió—. Yo los he visto con mis propios ojos.
—¿Cómo son? —preguntó Barak, movido por la curiosidad.
—Grises, con unas cabezas imponentes repletas de los dientes más raros del mundo. Ahora empiezan a oler a rayos. Están abriéndolos para sacarles el aceite, aunque se dice que están malditos. Mi vicario asegura que son el Leviatán, el gran monstruo de las profundidades cuya aparición anuncia la Segunda Venida.
—Quizá se trate de ballenas —apunté—. Es una especie de pez gigantesco que vive en las profundidades del mar. Los pescadores hablan de ellas.
—Estas no son las profundidades del mar, señor. Y son mayores que cualquier pez que exista. Su cabeza es gigantesca. Yo las he visto con mis propios ojos, igual que la mitad de Londres.
El bote se arrimó a las escaleras de Whitehall y descendimos de él. Cruzamos Holbein Gate y bajamos por King Street. Eché mano de la bolsa, porque Westminster era uno de los lugares más peligrosos de toda Inglaterra. Al frente se alzaba la abadía de Westminster, que empequeñecía incluso a su vecina, Westminster Hall, donde estaban la mayor parte de los tribunales. Tras Westminster Hall discurría un barrio de edificios, los cuales habían sobrevivido al incendio que una generación atrás había destruido buena parte del palacio de Westminster. La Cámara de los Comunes se reunía en la llamada Sala Pintada, y el Tribunal de Apelaciones se hallaba cerca.
Alrededor de Westminster Hall y de la abadía había un caos de edificios, tiendas, tabernas y fondas, que servían a los abogados, eclesiásticos y parlamentarios que acudían a Westminster. Buhoneros, vendedores ambulantes y prostitutas atestaban las calles, y hacía tiempo que la presencia de ese recinto llamado Sanctuary había atraído a la zona a los ladrones. El gobierno de Westminster era caótico, puesto que las peticiones de los ciudadanos acaudalados para que se incorporase a la ciudad siempre habían sido rechazadas. Puesto que la abadía se había disuelto, también habían desaparecido los antiguos poderes seculares de su abad.
Se celebraba sesión en el Parlamento y el bullicio de King Street era incluso mayor de lo habitual. Las tiendas y las casas formaban un revoltijo a lo largo del camino, y las imponentes viviendas de los comerciantes ricos, con sus sobresalientes pisos superiores, se mezclaban con casuchas medio destartaladas. La calle hedía. Recordé las quejas que habían elevado los jueces el año anterior: decían que durante su procesión anual a Westminster Hall, la cual llevaban a cabo vestidos con sus togas, tenían que abrirse paso entre las ovejas y el ganado que era conducido al mercado.
Nos abrimos paso hasta Palace Yard y dejamos atrás a los tenderos que anunciaban sus productos a voz en cuello. Había una muchedumbre de buhoneros, algunos subidos a carros tirados por asnos, mientras que otros llevaban bandejas de abalorios colgadas del cuello. Barak los ahuyentaba con un ademán si se atrevían a acercarse. Vi una pandilla de jóvenes desastrados pero musculosos que observaban a un hombre de mediana edad que caminaba a pasos cortos con la cabeza bien alta. Vestía capa larga con forro de marta y un espléndido jubón acuchillado que dejaba al descubierto el forro de seda. Probablemente era un parlamentario procedente del norte del país, alguien que no tenía el suficiente sentido común para evitar mostrar su riqueza en King Street. Si hubiera sido de noche, no habría apostado gran cosa por él.
—Las diligencias previas se celebrarán mañana —expliqué a Barak—. Lo siento, olvidé decírtelo antes.
—¿Será necesaria mi presencia?
—Sí. También la de la pobre Dorothy. Será terrible para ella. Se querían mucho.
—¿Podrá soportar la vista previa?
—Eso espero. Es una mujer fuerte. He ido a verla de buena mañana. Sigue sin decir gran cosa, y está pálida como el papel. —Me mordí el labio inferior—. Espero que los panfletistas no se adueñen de la historia y empiecen a extenderla por toda la ciudad.
—Les encantaría.
—Lo sé. No me cabe duda de que ese forense, Browne, es un inútil. La vista previa debería haberse celebrado ayer. A estas alturas, el asesino podría estar ya en otro país. —Hice un gesto de desaprobación—. Luego me encargaré de visitar a Guy, a ver qué le ha revelado el estado del cadáver.
Un vendedor ambulante con una bandeja de abalorios baratos al cuello nos cerró el paso.
—Anillos y broches, señor, para vuestra dama, directamente importados de Venecia…
Lo eludí con un quiebro y pasé por su lado. Ya casi nos encontrábamos en New Palace Yard, la imponente puerta que conduce al recinto de la abadía de Westminster se encontraba justo enfrente. El gentío era más denso y cuando franqueé la puerta estuve a punto de tropezar con un fullero sentado junto a sus naipes marcados, que desafiaba a la gente a probar suerte. Entramos en Westminster Yard, cuyo amplio recinto se encontraba atestado de abogados. El reloj de la torre marcaba las nueve y media. Casi habíamos logrado llegar a tiempo.
—Dice Tammy que nos visitasteis hace unos días —comentó Barak de pronto.
Así que se lo había contado. ¿Lo había hecho como medida de presión para que hablara con él? Desde luego, ese no era el momento apropiado para hablar de ello.
—Pasé por la Vieja Barcaza de regreso a casa tras acompañar a Roger a ver a Guy —dije, sin darle mayor importancia—. Esa casa tuya es muy húmeda.
Se encogió de hombros.
—Me habría mudado si mi hijo no hubiese muerto —dijo con aspereza—. Pero no fue así.
—Tamasin me pareció un poco… abatida.
—Pues ya es hora de que supere la pérdida del bebé; yo no tuve más remedio que hacerlo. —Hizo una pausa—. Es más débil que el resto de las mujeres. No sé adónde habrá ido a parar su fortaleza de espíritu.
Hablaba sin mirarme a los ojos, lo que era raro en él. Reparé en que la fuente abovedada que había en el centro del patio, congelada durante el invierno, funcionaba de nuevo, y también vi que el agua brotaba alegremente. Recordé la fuente del Colegio de Lincoln, y cerré los ojos por un instante.
Whitehall era una estancia pequeña. En el salón de entrada, abarrotado y angosto, había una hilera de bancos junto a las paredes. Los demandantes se sentaban pegados los unos a los otros, atentos a los abogados que charlaban en el corredor del salón. Allí acudía la gente humilde de todo el país con la esperanza de presentar su caso y poder apelar, ya fuese por mediación de alguno de mis colegas o mía, así que no eran pocos los que vestían con telas de tejidos bastos. La mayoría parecían sobrecogidos al verse entre aquellas antiguas e imponentes paredes, aunque había quienes conservaban la expresión decidida. Allí vi a mi primer cliente: Gib Rooke, un hombre de unos treinta años, bajo y fornido, de mentón prominente. Vestía sobreveste roja, demasiado vistosa para presentarse ante el tribunal. Miraba ceñudo a dos hombres que permanecían de pie, hablando en medio del salón. Uno era alto y vestía con elegancia; el otro, para mi sorpresa, era Bealknap. Vi a mi antiguo rival, ataviado con la toga negra, más macilento de lo habitual, hojeando unos documentos que llevaba en la bolsa. El alto no parecía complacido en su presencia.
—Vaya, Gib —dijo Barak al sentarse junto a Rooke—. Vais vestido como un pavo real.
Rooke saludó a Barak con una inclinación de cabeza, y luego se volvió hacia mí.
—Buenos días tengáis, maese Shardlake. ¿Listo para la pelea?
Le dediqué una mirada severa. Tener abogado propio se les subía a la cabeza a algunos de mis clientes, quienes aprovechaban cualquier oportunidad que se les presentaba para pavonearse y ridiculizar al contrario; en detrimento propio, puesto que el tribunal exigía respeto y sobriedad.
—Estoy listo —respondí—. Hemos planteado un buen caso. Si perdemos, podría deberse a que los jueces os han juzgado insolente. Así que ahí dentro haréis bien en medir vuestras palabras. Ah, y vestir como un pavo real es un mal comienzo.
Gib se puso rojo como la grana. Era uno de los muchos granjeros que en los últimos quince años habían abierto viveros de plantas al público en los pantanos de Lambeth, que se extendían al otro lado del río; el crecimiento de Londres equivalía a una demanda cada vez mayor de alimentos. Al drenar el terreno desaprovechado, los granjeros se alojaban ahí sin permiso de los propietarios, quienes nunca habían cultivado las tierras y, la mayor parte de las veces, vivían muy lejos. Recientemente, los propietarios habían comprendido que podían sacar provecho de aquellos terrenos, de modo que se las habían ingeniado para apelar a los tribunales, expulsar a los granjeros y sacar partido del trabajo que estos habían llevado a cabo en sus tierras. Gib había recurrido el desahucio ante el Tribunal de Apelaciones, acogiéndose a antiguas leyes, con las cuales me había permitido dar con precedentes oscuros, conforme si un hombre ocupaba un terreno inferior a cuarenta áreas durante una docena de años sin que nadie lo denunciase por ello, podía quedarse en él.
Gib señaló a Bealknap con la cabeza.
—Ese viejo cerdo de sir Geoffrey no parece muy contento con su abogado.
—Conozco a Bealknap. No lo subestiméis. —Y, en verdad, era un abogado muy listo. Ese día, no obstante, daba la impresión de estar reñido con la documentación, y en ese instante buscaba algo en la bolsa. Levantó la vista fugazmente y reparó en mi presencia, susurró algo a su cliente, el propietario de las tierras donde se había instalado Gib, y ambos se alejaron.
Me senté al otro lado de Gib, que me observó con una mezcla de ansiedad y curiosidad en la mirada.
—Cuentan que hubo un asesinato terrible en el Colegio de Lincoln —dijo—. Hallaron a un abogado degollado en la fuente. El domingo de Pascua, nada menos.
Mis temores se habían hecho realidad, pues la historia se había extendido.
—Lograremos atrapar al asesino —aseguré.
Gib sacudió la cabeza.
—Cuentan que no saben quién es. Menuda forma de matar a alguien. Vaya tiempos que corren.
—Supongo que os referís a los signos y los portentos —apunté en tono cansino, recordando las palabras del barquero.
—No sé nada de eso —confesó Gib, encogiéndose de hombros—. Pero últimamente ha habido algunos asesinatos muy desagradables. Uno de los granjeros, que tenía un vivero en el pantano, apareció ferozmente asesinado en enero. No me sorprendería nada que el propietario de las tierras fuera el responsable —añadió elevando el tono de voz.
La gente se volvió para mirarlo.
—Si no podéis morderos la lengua, perderéis el caso —le advertí.
—Problemas a la vista —susurró Barak.
Bealknap había abandonado a su cliente y se nos acercaba.
—¿Podría tener unas palabras con vos, maese Shardlake? —preguntó Bealknap. Observé que, a pesar del frío que hacía en la sala, mi antiguo rival estaba sudando.
—De acuerdo —respondí al tiempo que me ponía de pie.
Nos alejamos unos pasos.
—Vuestro cliente no debería pronunciar comentarios insultantes sobre los propietarios en el recinto del tribunal —dijo en tono soberbio.
Enarqué las cejas.
—¿Era eso todo lo que teníais que decirme?
—No, no… —Bealknap titubeó, se mordió el labio inferior, respiró hondo y añadió—: Hay un problema, maese Shardlake. No he presentado el título de propiedad de las tierras de mi cliente.
Abrí desmesuradamente los ojos, asombrado. La parte más rutinaria del trabajo de un abogado consistía en presentar la documentación pertinente al tribunal. Eran muchas las anécdotas que circulaban sobre abogados novatos que no presentaban la documentación a tiempo y perdían el caso debido a ello. Sin embargo, Bealknap llevaba veinte años ejerciendo. Por una vez clavó en mí sus ojos azul claro, en los cuales alcancé a ver el pánico que sentía.
—Ayudadme, hermano Shardlake —susurró desesperado—. Ayudad a un colega. Pedid un aplazamiento de la vista. Para cuando se reanude habré presentado la documentación.
—Si lo hacéis ahora el juez podría pasarlo por alto. El despacho está abierto.
—Pero es que he extraviado esos papeles —confesó Bealknap, que de pronto parecía presa del temor—. Apelo a vos, Shardlake. Hoy iba a traer la documentación, y pensé que la llevaba en la bolsa.
¡He estado enfermo! El doctor Archer ha vuelto a purgarme y he pasado toda la noche echando sangre por el culo…
Muchos abogados habrían accedido sencillamente por compañerismo; sin embargo, yo siempre me había mostrado contrario a tales arreglos, puesto que por lo general acababan perjudicando a una de las partes.
—Lo siento, Bealknap —dije—. Tengo un compromiso adquirido con mi cliente.
Bealknap emitió un sonido que estaba a medio camino entre el suspiro y el gruñido.
—Sabía que no me ayudaríais, sapo jorobado —masculló acercándose a mí—. ¡No lo olvidaré!
Vi a su cliente, de pie a cierta distancia, contemplando a Bealknap con expresión de curiosidad. Me volví y regresé junto a Barak y Gib Rooke.
—¿Qué ocurría? —preguntó Barak—. Daba la impresión de que estaba a punto de arremeter contra vos.
—No ha registrado el título de propiedad. Ha extraviado la documentación.
Barak lanzó un silbido.
—En ese caso, tiene un problema serio.
Apreté los labios. El insulto de Bealknap no hacía sino reforzar mi decisión de apoyar a Gib Rooke, quien, a pesar de sus fanfarronerías, no era más que un crío indefenso en presencia de la ley.
—¿Cómo? —preguntó mi cliente—. ¿Qué ha pasado?
—Si expone abiertamente lo sucedido, el juez podría inclinarse a proponer un aplazamiento, siempre y cuando esté de buen humor. Sin embargo, Bealknap mentirá y lo echará todo a perder —concluí.
—Entonces ¿sir Geoffrey está acabado?
—Podría estarlo, sí.
Bealknap estaba acuclillado, hurgando de nuevo en la bolsa, convertido en la viva imagen de la desesperación. Le temblaban los brazos mientras buscaba los documentos. Entonces apareció el ujier en el umbral de la sala de justicia.
—Que todo aquel que tenga asuntos que presentar ante el Tribunal de Apelaciones de su majestad de un paso al frente…
Bealknap me dirigió una mirada de desesperación. Luego se levantó y se sumó a la multitud cuando todos los presentes dieron un paso al frente y accedieron al antiguo salón pintado de blanco, con las altas ventanas de sucios cristales. La única nota de color la daba el juez, sentado en su banco con la toga escarlata.
Sir Stephen Ainsworth, juez de apelaciones, era un hombre justo cuyas palabras a menudo resultaban hirientes. En cuanto se hizo cargo de nuestro caso dijo que la documentación de que disponía estaba incompleta. Tal como había esperado que sucediera, Bealknap se puso de pie y declaró que había presentado el título de propiedad, pero que el archivista del tribunal debía de haberlo extraviado, y aprovechó rápidamente para solicitar un aplazamiento.
—¿Dónde está el recibo de la documentación? —preguntó Ainsworth.
—Obra en poder de mi ayudante, pero sucede que él tiene la llave del despacho y aún no ha llegado. Tuve que salir temprano para venir, debido a que las escaleras de Westminster se han derruido…
Había que reconocer que Bealknap era hombre de recursos. Sin embargo, Ainsworth se volvió hacia el ujier.
—Que venga el oficial encargado de archivar la documentación —ordenó.
Bealknap pareció a punto de desmayarse cuando entró el archivista y confirmó que la documentación supuestamente entregada nunca había pasado por sus manos.
—Sospecho que me habéis mentido, maese Bealknap —dijo fríamente Ainsworth —. Tened cuidado, señor. La denuncia de vuestro cliente contra Gilbert Rooke queda sobreseída por no haber aportado las pruebas necesarias. Rooke, buen hombre, podéis quedaros en vuestras tierras. Habéis tenido suerte.
Gib sonrió. Bealknap palideció y tomó asiento. Su cliente se inclinó hacia él y, con expresión furibunda, procedió a susurrarle algo atropelladamente. No se me escapó el brillo de los dientes blancos, engarzados en la madera. Otro que había adoptado la moda de la dentadura postiza.
—Maese Shardlake —continuó Ainsworth—, me han dicho que habéis presentado una petición para el caso de un joven a quien el Consejo Privado mandó ingresar en Bedlam.
—Así es, señoría.
Tamborileó con la pluma en la mesa, ceñudo y pensativo.
—¿Tengo jurisdicción para juzgar este caso?
—El asunto, señoría, es que no se ha llevado a cabo una evaluación del estado mental del joven. Tal medida debería de hacerse antes de privar a nadie de su libertad. Es cuestión de seguir el procedimiento adecuado. —Tomé aire—. Propongo que lo examine un médico, señor. Pero entretanto, si aceptáis escuchar el caso, también está el asunto de quién debería satisfacer los costes derivados de la manutención en Bedlam, así como la necesidad de obtener informes de los progresos del paciente. Los padres del joven son gente humilde.
—De ambos asuntos puedo encargarme. Muy bien, este tribunal acordará una fecha para la vista. Sin embargo, maese Shardlake, surcáis aguas revueltas. —Me miró muy serio antes de añadir—: Política y locura.
—Lo sé, señoría.
—Así pues, os aconsejo navegar con sumo cuidado, tanto por el bien del joven como por el vuestro.
Gib quedó encantado con el fallo; había desaparecido todo rastro de arrogancia, y estaba emocionado. Me prometió gratitud eterna y a punto estuvo de ponerse a dar saltos de alegría en la sala. Los casos continuaron; fue una buena jornada para mí, pues gané todos los que presenté. El tribunal levantó la sesión a las cuatro y media, y mientras los vencedores y los vencidos del día abandonaban el lugar, yo me quedé conversando con Barak en los peldaños.
—Bealknap parecía enfermo —dije.
—Y peor debe de sentirse desde el sobreseimiento del caso.
—Siempre ha sido artero, pero hoy inspiraba lástima. A partir de ahora será peor enemigo que nunca.
Miramos a través de la plaza cuadrangular la Sala Pintada donde se sentaban los comunes del Parlamento. Las velas encendidas despedían haces de luz amarilla, visibles a través de los altos ventanales. Barak soltó un gruñido.
—Dicen que esta sesión está aprobando todas las leyes que ha propuesto el rey. —Lanzó un escupitajo al suelo—. Los parlamentarios que el rey aún no tiene metidos en el bolsillo pueden comprarse mediante sobornos o amenazas.
Guardé silencio, puesto que no podía mostrarme en desacuerdo.
—A los padres de Adam Kite les complacerá que el juez haya puesto fecha a la vista —añadió.
—Sí. Al juez Ainsworth no le agradaba la idea de enfrentarse al Consejo Privado, pero es un hombre honesto. Eso me recuerda que no te conté que vi pasar el cortejo fúnebre de lord Latimer el día que fui de visita a Bedlam. Vi a lady Catalina Parr, o al menos me pareció que era ella. Iba en un carruaje impresionante.
—¿Cómo era? —preguntó Barak, curioso.
—No es una gran belleza, pero hay algo arrebatador en ella. Me dio la impresión de que parecía asustada.
—Asustada ante la posibilidad de decir que sí al rey, quizá, y también de no decirlo.
Asentí entristecido, puesto que aquella mujer había logrado transmitirme su temor con la mirada.
—Bien —dije—. Debo visitar a Guy y averiguar qué ha descubierto. ¿Te acercarás al Colegio de Lincoln para traer las peticiones para los casos de hoy? Ah, y escribe también a los Kite; pídeles que vengan a verme mañana.
Regresamos andando a las escaleras de Whitehall. Una hilera de prostitutas se había distribuido junto al portal que daba a New Palace Yard para atraer las miradas de los parlamentarios que pasaran tras levantarse la sesión. Al pasar por su lado, dos se inclinaron para mostrarme sus amplios escotes.
—Qué atrevidas son —dije—. Si las autoridades las pescan, les darán de azotes atadas a un carro.
—Eso no pasará. —Barak compuso una sonrisa traviesa—. Los parlamentarios protestarían. Para algunos, la oportunidad de disfrutar de un rato en los burdeles es lo único que compensa esos interminables debates.
—Quizá esa sea la razón de que aprueben tan rápido todo cuanto desea el rey.
Era de noche cuando llegué a casa de Guy. La botica ya estaba cerrada, pero respondió a mi llamada. Me señaló muy serio una silla, y tomó asiento delante de mí, en la consulta. Me observó con gravedad. La luz de las velas reforzaba las arrugas que surcaban su rostro moreno.
—¿Cómo se encuentra la pobre señora Elliard? —preguntó.
—Aturdida. No avanzamos en la investigación del asesinato de Roger. No damos con ningún notario que se apellide Nantwich, nombre que figura en las cartas que remitieron a maese Elliard. Empieza a dar la impresión de que fue el asesino quien las envió.
—¿Y vos? Os veo cansado, Matthew. Recientemente, además, parecíais tan saludable… ¿Seguís practicando los ejercicios de espalda?
—Sí. Voy tirando, Guy. Yo siempre voy tirando. —Respiré hondo—. Procuraré tener estómago para lo que sea que vayáis a contarme en referencia a lo que os ha revelado el cadáver de Roger. Pero cuantos menos detalles innecesarios me deis, mejor.
—Esta mañana visité el lugar donde conservan el cadáver. Piers me acompa…
Fruncí el entrecejo. La idea de que Guy hubiese abierto a Roger para examinarle sus entrañas ya era terrible de por sí, pero hacerlo en presencia de un extraño, un simple muchacho…
—Lo estoy adiestrando, Matthew. La licencia que poseo para abrir cadáveres ofrece una oportunidad única para estudiar la anatomía humana. Quién sabe. Quizá Piers pueda aprovecharla para ayudar a los demás en el futuro.
Seguía sin gustarme la idea.
—¿Qué descubristeis? —pregunté.
—Hasta donde alcancé a ver, maese Elliard gozaba de una salud inmejorable en el momento de su muerte.
—Como siempre. Hasta que alguien lo dejó inconsciente y lo degolló.
—No creo que lo dejaran inconsciente —dijo Guy en el mismo tono grave y llano —. No en el sentido en que entendemos esa frase.
Lo miré aterrado.
—¿Queréis decir que estaba consciente cuando lo metieron en el agua?
—Tampoco es eso exactamente. ¿Habéis oído hablar de la belladona?
Negué con la cabeza.
—No es un conocimiento muy extendido —prosiguió—. Se trata de una hierba de la que se obtiene un compuesto líquido que se encuentra en el opio y otros elementos, como el vinagre y la bilis de cerdo, y que induce a la inconsciencia. Dependiendo de la cantidad que se administre, las consecuencias pueden ser la relajación, la inconsciencia o la muerte. Durante cientos de años, con ciertas interrupciones, se ha empleado para relajar a los pacientes antes de someterlos a una operación.
—Entonces ¿por qué no he oído hablar de ella? Serviría para ahorrar terribles dolores.
Guy negó con la cabeza.
—Existe un grave problema con ella. Es muy difícil calcular la dosis correcta, y cuando digo muy difícil quizá me quede corto. Depende de muchos factores: el tiempo que tengan los ingredientes, y la corpulencia, edad y estado de salud del paciente. Es muy fácil administrar al paciente una dosis demasiado elevada, de modo que al final lo único que le queda al médico es un cadáver. Por ese motivo son muy pocos quienes la utilizan. Sin embargo, creo que el asesino de maese Elliard lo hizo.
—¿Por qué lo creéis?
—Permitid que os muestre algo. —Abandonó la estancia, para regresar al cabo de un rato. Yo temía ver qué cosa terrible era lo que había ido a buscar, pero solo se trataba de una de las botas de Roger. Guy la puso sobre su regazo y acercó una vela para iluminar una mancha oscura—. Esta bota estaba seca; debía de corresponder a la pierna que asomaba del agua. Cuando vi esa mancha, la olí, luego acerqué la yema del dedo para recoger una muestra, y, efectivamente, era imposible no distinguir la belladona. —Me miró a los ojos—. Lo primero que suele experimentar quien la ingiere en una sensación de euforia, seguida de la pérdida de conciencia. Eso explica la mirada pacífica de vuestro amigo.
—Dijisteis que prácticamente no se utiliza; decidme: ¿quién la emplea?
—Muy pocos médicos o cirujanos recurren a ella, debido a los riesgos que conlleva. Algunos de los sanadores sin permiso… —Titubeó—. En otro tiempo, en ciertos monasterios se adoptó la costumbre de emplearla.
—Vos la utilizasteis, ¿verdad? —pregunté tras una pausa.
Guy asintió antes de responder.
—Solo cuando juzgué que el dolor de una operación podía matar a un paciente. Además, tengo práctica calculando la dosis necesaria. Sin embargo, aunque ya no se emplea, la fórmula es conocida entre quienes practican la medicina. No constituye precisamente un secreto.
—Pero se necesita una gran habilidad para administrarla.
Asintió.
—El asesino no debía de querer administrar una dosis mortal a Roger. Su plan consistía en montar ese horrible espectáculo en la fuente. Drogarlo de tal modo que no despertase cuando lo degollara.
—¿Os reveló algo más el cadáver?
—No. Por lo que respecta a los órganos, estaban en perfecto estado. Podrían haber correspondido a un hombre joven.
—Lo decís de una manera tan impersonal, Guy…
—Tengo que ser impersonal, Matthew. ¿De qué otro modo iba a soportar todo lo que veo?
—Yo no puedo ser impersonal. Al menos en este asunto.
—En tal caso, quizá sería mejor que fuesen otros quienes se dedicaran a investigarlo.
—He hecho una promesa a Dorothy.
—De acuerdo. —Por un instante, el rostro de Guy adoptó la expresión tensa y cansada que sorprendí en él cuando acompañé a Roger a visitarlo—. Había una cosa, una hinchazón en la parte posterior de la cabeza. Creo que, fuera quien fuese la persona que se reunió con vuestro amigo, lo dejó inconsciente de un golpe. Cuando volvió en sí lo obligaron a tomar el bebedizo de belladona. Perdió de nuevo la conciencia y el asesino cargó con él hasta el Colegio de Lincoln.
—Atravesando los jardines hasta franquear la puerta que da al huerto. —Le hablé de las pisadas que había seguido Barak—. Roger era un hombre de corta estatura; a pesar de ello, ese salvaje debe de ser muy fuerte.
—Y decidido. Y violento.
Asentí con la cabeza.
—Y culto, además. A juzgar por lo que decís, posee conocimientos de medicina y, quizá, también de abogacía, si es que falsificó una carta de un notario lo bastante bien para engañar a Roger, como parece probable que hizo. Pero ¿por qué? ¿Por qué asesinar a un hombre que no ha hecho daño a nadie y montar un espectáculo tan terrible?
—¿No tenía enemigos?
—Ninguno. —Observé de nuevo la bota de Roger, y de pronto todo aquello fue demasiado para mí. Sentí náuseas.
—El retrete, Guy… —balbuceé.
—Ya conocéis el camino.
Fui al retrete que había en la parte posterior de la casa, la habitual casucha de madera levantada sobre una fosa, menos apestosa que la mayoría, pues cierto perfume en el ambiente minimizaba el hedor. Allí me mareé. Al regresar a la casa me sentía muy débil y me temblaban las piernas.
Oí un rumor de voces que procedían de la consulta. La puerta estaba abierta y dentro divisé a Guy y al joven Piers sentados a la mesa. Habían acercado la vela y observaban, cautivados, un libro abierto. Reconocí el tratado de anatomía de Vesalius, con sus horribles ilustraciones. Piers se apartó un mechón negro de la frente y señaló una ilustración.
—¿Lo veis? —dijo, animado—. Ese grabado es igual que el corazón de Elliard. —Calló de pronto, sonrojado, al reparar en mi presencia—. ¡Maese Shardlake! Yo… Yo no sabía que estuvieseis aquí. He traído el libro…
—Lo sé —lo interrumpí con aspereza—. Pobre Roger. Me pregunto qué habría pensado si hubiese sabido que los detalles más íntimos de su cuerpo iban a convertirse en comidilla de aprendices. Claro que cabe la posibilidad de que le divirtiera, pero yo no puedo decir lo mismo. —Miré la ilustración con desagrado: correspondía a un abdomen abierto, con todos los órganos al descubierto.
—Lo hacemos para ampliar nuestros conocimientos, señor —se disculpó Piers.
Lo miré fríamente, pensando en que Guy se mostraba demasiado permisivo con él.
—No, Piers, ha sido culpa mía.
Guy parecía frustrado.
—¿Prestaréis testimonio en la vista que se celebrará mañana por la mañana? — pregunté.
—Sí, por supuesto.
—¿Y Adam? ¿Sabéis ya cuándo podréis visitarlo? Yo tendría que acompañaros. El tribunal no se reúne el viernes por la mañana, si es que esa fecha os resulta conveniente.
Sacó del bolsillo una libreta encuadernada en cuero y consultó sus páginas.
—Sí. ¿Viernes al mediodía?
—En tal caso voy a dejaros —dije al tiempo que dirigía una mirada furibunda al libro, que seguía abierto en la mesa, y luego a Piers, que permanecía inmóvil junto a su maestro.
Guy levantó la mano.
—No, Matthew, quedaos, os lo ruego.
Titubeé. Guy cerró entonces el libro de Vesalius y se lo tendió a Piers.
—Llévatelo de aquí, muchacho, y tráenos vino. Después puedes seguir estudiando el libro, si te apetece.
—Sí, señor.
Guy dio una palmada afectuosa en el hombro a Piers, que acto seguido abandonó la estancia.
—Lo lamento, Matthew —dijo—. No era nuestra intención faltar al respeto a Roger Elliard. Es que… es tan amplio el alcance de las investigaciones de Vesalius que… Pero os aseguro, Matthew, que mientras investigaba la muerte de vuestro amigo, tal como me pedisteis que hiciera, rezaba por su alma.
Sonreí. Conocía demasiado bien a Guy como para que el enfado me durase demasiado.
—¿Tan importante es ese Vesalius? —pregunté.
—Sí. A él se debe el tan necesario estudio fundamentado en la observación, y no en la simple aceptación de la doctrina.
—En tal caso, no debe de ser muy popular entre los médicos.
—No. Cuestiona el monopolio que poseen del conocimiento arcano. Y quién sabe dónde podría terminar… —Observó el diagrama que colgaba de la pared—. La mismísima doctrina de los humores podría verse en entredicho.
Seguí su mirada hasta aquel diagrama que mostraba complejos símbolos y ecuaciones. La idea de que el cuerpo humano estuviese compuesto de cuatro humores, la bilis negra, la bilis amarilla, la flema y la sangre, que se correspondían con los cuatro elementos, tierra, fuego, agua y aire, que lo componían todo en el mundo, era algo tan universalmente aceptado que ni siquiera podía imaginar que se cuestionara. Por no mencionar la doctrina según la cual los males que aquejaban al ser humano estaban causados por desequilibrios existentes entre los citados elementos. Recordé haber comentado nuestros respectivos humores con Roger la última tarde que nos vimos.
—En tal caso, no se me recomienda que coma ensalada cuando estoy desanimado —dije—. Para humedecer la sequedad de la bilis negra… Eso supondría un alivio.
Guy esbozó una sonrisa melancólica.
—Yo más bien recomendaría disfrutar de una velada musical, o dar un largo paseo por los jardines del Colegio de Lincoln.
—Por los jardines del Colegio de Lincoln no, Guy. Todo apunta a que fue allí donde Roger topó con su asaltante.
Piers llamó a la puerta y entró cargado con una buena jarra de vino y dos vasos.
—He prometido a Dorothy dar con el asesino —dije cuando el joven se hubo retirado—, pero no sé cómo hacerlo.
—Sé mejor que nadie que anteriormente habéis solventado asuntos similares a este. Os subestimáis. Eso también lo sé.
—Sería un insensato si subestimara las dificultades de este caso. Y a causa de la Pascua y la condenada política del forense, la investigación oficial empezará cuatro días después de cometido el asesinato. Pensé que el forense real podía acelerar las cosas, pero no ha sido así. Os apuesto diez a uno a que el asesino ya no está en Londres; aunque también podría ser que siguiera en la ciudad, riéndose de los forenses, los alguaciles y de toda su estupidez. —Negué con la cabeza—. Pero que sea un hombre culto limita mucho las cosas. Sabéis tan bien como yo que tanto la ley como la medicina son mundos muy cerrados, cuyos profesionales suelen hacer ímprobos esfuerzos por conservar para sí sus conocimientos.
—Quizá. Sin embargo, muchos de los nuestros se mueven en ambos campos, aunque el conocimiento del bebedizo de belladona sea inusual.
—Por no mencionar el modo de administrarlo. Esperad a que mañana se abra el caso, a ver si sale a la luz nueva información.
Asentí y bebí un sorbo de vino. Vi que Guy había apurado el contenido de su vaso, lo que me sorprendió, pues era un firme partidario de la moderación en todos los aspectos de la vida.
—Gracias por haceros cargo de Adam Kite —dije.
Asintió lentamente.
—Pánico a la condenación —dijo—. Una obsesión muy peculiar. ¡Cuán propensos somos a obsesionarnos con las ideas, la religión o lo que le pase a otra gente! Y, por supuesto, el fanatismo religioso está en todas partes. Quizá lo que debería sorprendernos sea que no haya más personas como Adam Kite —añadió en tono pensativo, mientras hacía girar el vaso en la mano.
—Hoy me contó un barquero que esos enormes peces que hallaron en el río son los Leviatanes que anuncian la Segunda Venida de Jesucristo y el fin del mundo.
Guy hizo un gesto de desaprobación.
—No hay más que un Leviatán.
—Eso pensé yo.
—Vivimos en un mundo en el que todo se divide en blanco y negro, Matthew, un mundo maniqueo en el que los predicadores nos animan a tomar parte en un conflicto entre el bien y el mal, convencidos, por supuesto, de que su bando es el único que está en posesión de la verdad absoluta.
Asentí con una sonrisa.
—¿Tanto los protestantes como los católicos? —pregunté.
—Sí. No olvidéis que mis padres eran moriscos, moros españoles a quienes la Inquisición expulsó del país. También yo he conocido la locura que deriva de que fanáticos pusilánimes alcancen puestos de poder. —Me contempló muy serio—. Pero prestad atención. Cualesquiera que sean los males que ha prodigado, la Iglesia católica siempre ha creído en el libre albedrío, en que los hombres, tanto mediante sus acciones como por medio de su fe, pueden llegar a Dios. Este nuevo protestantismo radical no se rige por esta norma, ya que todo el mundo está salvado o condenado por voluntad de Dios, no por el libre albedrío de cada cual. Pueden rezar con la esperanza de salvarse, pueden sentir que han conseguido la salvación eterna, pero es Dios quien toma esa decisión, no el hombre. Y así llegamos a Adam Kite, quien piensa que Dios no lo quiere a su lado.
—Por no mencionar a ese miserable vicario… Como no puede curarlo, cree que está poseído.
—Es un modo como otro cualquiera de justificar el fracaso.
—Nunca apoyé a Lutero en la predestinación, Guy. Yo estaba de parte de Erasmo en lo tocante al debate sobre el libre albedrío —aseguré—. Esta mañana vi cómo llevaban a un predicador sin permiso a Saint Paul cubierto de ceniza. Bonner va a tomar medidas enérgicas con los protestantes, y estos no las aceptarán sin más. Los forasteros no van a tenerlo fácil.
—Tenéis razón. Con mi rostro moreno y mi pasado de monje, mejor será que sea discreto y me quede en casa siempre que pueda. Y no debería hablar tan abiertamente de los descubrimientos de Vesalius, y aún menos de ese estudioso polaco que afirma que la Tierra gira en torno al Sol. Pero ¿cómo es posible que uno no esté seguro ni siquiera en su casa? —añadió en voz tan baja que apenas lo oí. De pronto compuso una expresión de dolor y tristeza.
—¿Os encontráis bien, Guy? —pregunté—. ¿Hay algo que os aflija?
—No —respondió con una leve sonrisa—. Únicamente los males y los dolores propios de la edad. Ya he tomado suficiente vino y debo retirarme a descansar. —Se levantó—. Buenas noches.
—Comunicaré a los padres de Adam Kite que iréis a verlos. Se sentirán muy aliviados.
Nos estrechamos la mano y me marché. Me alegró que, a pesar de todo, nos hubiésemos despedido en buenos términos. Sin embargo, no lo había creído cuando me dijo que nada lo afligía.