Revelación
Nota histórica
L a primavera de 1543 conoció otro asalto en la lucha por el poder entre los reformistas religiosos y los reaccionarios, enfrentamiento que marcó los últimos años de Enrique VIII. Aunque Edward Seymour, conde de Hertford, había iniciado su ascenso al poder, la figura más importante de los reformistas seguía siendo Thomas Cranmer, cuya estrecha relación personal con el rey lo mantuvo encumbrado en el puesto clave de arzobispo de Canterbury. Parte de su éxito se debió probablemente al hecho de que en ningún momento intentó dominar al rey, al contrario que Cromwell o Wolsey.
Sin embargo, el regreso de tierras extranjeras del ultraconservador obispo Stephen Gardiner desembocó en varios intentos de librarse de Cranmer, todo ello con la ayuda del londinense obispo Bonner. Los radicales religiosos fueron perseguidos en las casas que Cranmer tenía tanto en Cambridge como en Londres, aunque fue imposible encontrar nada serio que lo inculpara. El rey inquietó a Cranmer cuando le dijo: «Ahora sé quién es el mayor hereje de Kent», pero después le dio la espalda a Gardiner al nombrar al propio Cranmer para que dirigiera la comisión encargada de investigar las alegaciones que se habían presentado en su contra. He seguido el relato de los ataques sufridos por Cranmer tal como los relata Diarmaid MacCulloch en su obra titulada Cranmer, publicada en Londres en 1996. Fue probablemente en otoño, y no en primavera, tal como yo he señalado, cuando Cranmer se vio libre de tales ataques.
A principios de 1543 también el protestantismo sufrió embates en el Parlamento, así como los efectos de una renovada campaña contra el radicalismo en Londres, orquestada por el obispo Bonner.
El Parlamento aprobó ese año leyes antirreformistas, entre ellas la que prohibía a las clases trabajadores y a las mujeres leer la nueva Biblia inglesa que, bajo la égida de Cromwell, se había distribuido a todas las parroquias. Me siento en deuda con el bibliotecario del Saint John College, de Cambridge, por permitirme consultar el ejemplar que tienen allí de la Gran Biblia de 1539, el cual podría haber pertenecido al propio Thomas Cromwell. He utilizado su fraseología para las citas del Libro de las Revelaciones, aunque he modernizado la ortografía propia del período Tudor. London and the Reformation, de Susan Brigden, publicado en Oxford en 1989, constituyó una valiosísima fuente para investigar la campaña contra las «sectas» que se llevó a cabo en Londres, campaña que contó con una persecución de todos aquellos que habían faltado a la norma de comer carne en Cuaresma. Su libro pinta un Londres cada vez más dividido entre parroquias radicales y conservadoras; los radicales, con su visión propia de santos perseguidos, a menudo se consolaban creyendo que las Revelaciones predecían su eventual victoria contra la «Bestia» de Roma. Muchos pensaban entonces, tal como hoy en día les sucede a los fundamentalistas cristianos, que vivían en los «últimos días» anteriores al Armagedón, y, de nuevo tal como sucede en esta época nuestra, vieron indicios en todo el mundo que tomaron como pruebas concluyentes de que el Apocalipsis era inminente. También, como les sucede hoy a los fundamentalistas, contemplaban la perspectiva de una destrucción violenta de la humanidad con absoluta impavidez. La notable similitud entre los primeros puritanos del período Tudor y los fanáticos fundamentalistas cristianos de hoy se extiende a su tendenciosa interpretación de la Biblia, en la importancia que daban al Libro de las Revelaciones, al hecho de que estuvieran tan seguros de la justicia de los hechos que en él se describen, incluso a la fraseología. En lo que concierne al propio Libro de las Revelaciones, comparto el punto de vista de Guy, conforme los padres de la Iglesia entregaron al mundo algo muy peligroso cuando, tras mucho deliberar, decidieron incluirlo en el canon cristiano.
Catalina Parr contrajo matrimonio con Enrique VIII en julio de 1543, después de varios meses de cortejo. La reina Catalina admitió años más tarde que, al contrario que todas las reinas que la habían precedido, se había resistido a la idea de casarse con él. Parte de ello se lo debemos al afecto que sentía hacia sir Thomas Seymour. No está claro que ya en 1543 Catalina Parr simpatizase con las ideas reformistas; yo creo que sí, porque de otro modo habría adoptado otra clase de reformismo tras casarse con un rey cuyas simpatías antirreformistas iban en aumento, lo cual la habría puesto en una posición peligrosa. Pensar lo contrario no parecer tener mucho sentido.
La opinión que suscitaba la locura en el período Tudor era mucho más elaborada de lo que quepa imaginar. Como en todas las disciplinas de la medicina, el concepto de enfermedad mental se basaba en la teoría de los desequilibrios entre los «cuatro humores» de los que estaba compuesto el cuerpo humano. De ahí, por poner un ejemplo, que el consejo para combatir la melancolía consistiera en comer ensalada, debido a que no solo era un plato frío, sino húmedo. Sin embargo, existen también abundantes pruebas de remedios dictados por el sentido común, como animar al melancólico o llorón (tal como se conocía respectivamente a los depresivos de las clases alta y baja) a salir de casa, tomar el aire, escuchar música y disfrutar de una conversación animada. No creo que las soluciones de Guy fuesen muy inusuales, aunque su interés en el tema de las enfermedades mentales sí lo habría sido. Por otro lado, tanto católicos como protestantes consideraban a menudo las enfermedades mentales más agudas una prueba de posesión infernal; los católicos prescribían la confesión y apelaban a las imágenes sagradas, mientras que los protestantes se volcaban en la oración y el ayuno. De vez en cuando, como le sucede en el libro a Adam Kite, alguien obsesivamente religioso y mentalmente inestable podría verse en peligro de ser acusado de herejía y arrojado a la hoguera. Para documentarme acerca del concepto que tenían nuestros antepasados sobre la locura me sirvió como introducción A Social History of Madness, de Roy Porter, publicado en Londres en 1987, mientras que Mystical Bedlam, de Michael MacDonald, publicado en Cambridge en 1981, dibuja un fascinante panorama del terapeuta de principios del siglo XVII. Entre las prácticas descritas se incluyen casos de «pánico a la condenación», como el que sufre Adam Kite en la novela, que al parecer fue un nuevo fenómeno causado por la noción luterana y calvinista de esa división predestinada de la humanidad entre quienes se salvaban y quienes se condenaban. En siglos posteriores fue reapareciendo a menudo durante las campañas fundamentalistas. Por ejemplo, el Primer Gran Despertar religioso en la Norteamérica colonial de principios del siglo XVIII dio como resultado numerosos suicidios de personas convencidas de que estaban irremediablemente condenadas.
En lo que concierne a los cuidados dispensados a los enfermos mentales, eran rudimentarios y únicamente reservados a los ricos, como toda la medicina, por otra parte. Foucault denominó «gran confinamiento» a la aparición de instituciones mentales en el siglo XVIII, cuando los trabajadores de la sociedad industrial no podían cuidar de los parientes enajenados que vivían en sus casas. Esto podría hacernos suponer, sin embargo, que las sociedades preindustriales cuidaron mejor de los retrasados mentales y los mentalmente enfermos. Si bien ello es verdad hasta cierto punto, existen demasiados relatos de personas aquejadas de graves enfermedades mentales que eran encadenadas en casa o abandonadas a su suerte, y que con frecuencia morían en zonas despobladas («los hombres salvajes del bosque») para que creamos que la vida de los enfermos mentales en aquella temprana Europa pudo ser algo más que precaria y hasta terrible.
Originalmente fundado en el siglo XV como hospital para los enfermos mentales de Londres, Bedlam fue una de las pocas instituciones de toda Europa dedicadas a atender a quienes padecían esa clase de perturbaciones. Se granjeó una reputación terrible, y no solo porque la gente lo visitaba, como pasatiempo de fin de semana, para reírse de las excentricidades de los lunáticos encadenados. Eso sucedía, por supuesto, pero no hasta la época de los Estuardo. Tenemos muy pocos detalles acerca de la institución en tiempos de los Tudor, excepto que albergaba unos treinta pacientes que solían permanecer internados un año —aunque los había que pasaban más tiempo—, al final del cual se les daba el alta estuvieran o no curados; también se sabe que se trataba de una institución de pago, lo que suponía que la mayoría de los internos provenían de las clases acomodadas. Quizá se esforzaban realmente en curar a los pacientes, aunque el hecho de que los puestos de guardián se empleaban como fuente de ingresos, por no mencionar las terribles condiciones que imperaban en las instituciones «privadas» de la época, hacen pensar de otro modo. Sin embargo, no podemos tener la certeza, así que he tenido que inventar.
Para la investigación relativa al trasfondo tuve que leer cierta cantidad de libros relacionados con los asesinos en serie. Lo que más me impresionó fue que, si bien existen ciertas pautas comunes presentes en las vidas de estas personas, pocas son las que las presentan todas, y aún sigue sin existir un conocimiento real de qué es lo que los empuja a tomar un camino tan espantoso.
Desgraciadamente, el caso de Gilíes de Rais es real. Por otro lado, Strodyr es pura invención: fui incapaz de dar con referencias verificables de la existencia de asesinos en serie en la Inglaterra medieval. Por supuesto, dada la ausencia de un adecuado proceso de detección de estos casos, eso no descarta que los hubiera. Debo decir que me siento en deuda con James Willoughby por la ayuda que me prestó a la hora de buscar posibles casos, búsqueda que resultó ser en vano.
Y pasando ya a temas menos serios, debo mencionar que me fue de gran ayuda The Strange History of False Teeth, de John Woodward (Routledge, 1968), aunque difiero con su punto de vista en cuanto a que la moda de los dientes falsos del siglo XVI no gozó de popularidad en Inglaterra.
Como suele ser habitual, he intentado ser fiel a las fechas históricas siempre que me ha sido posible; sin embargo, el libro de Vesalius a que se hace referencia en el texto fue publicado, en efecto, en 1543, pero probablemente tardó un poco en llegar a Inglaterra.
Todas las iglesias londinenses mencionadas en el texto son ficticias.
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C. J. Sansom
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