Revelación
Epílogo
Julio de 1543, tres meses después
E l rey y Catalina Parr tenían que contraer matrimonio ese mismo día, y en las calles principales de Londres se encendían los fuegos y se preparaban los asadores para cocer la carne de cerdo que más tarde se distribuiría por toda la ciudad, procedente de los fogones reales de Whitehall. Mientras Barak y yo cabalgábamos por Cheapside, intenté no evocar el recuerdo de Yarington quemándose vivo en su iglesia. Los niños corrían arriba y abajo, cargados con leña para las fogatas y gritando alegres ante la perspectiva del festín del que iban a disfrutar, con el rostro colorado a causa del calor veraniego. Los mendigos habían desaparecido de Cheapside Cross, gracias al trabajo de los alguaciles, de forma que no pudiesen echar a perder las celebraciones.
Un mes atrás, lady Catalina me había pedido que la visitara en su casa de Charterhouse Square. Me recibió en un salón de cuyas paredes colgaban preciosos tapices, mientras dos doncellas cosían junto a la ventana. La vi muy distinta de la última vez que tuve ocasión de cruzarme con ella. Lucía con suma exquisitez y finura un vestido de seda marrón, con flores estampadas en las amplias mangas carmesí, un collar de rubíes y un tocado con perlas engarzadas que le cubría el cabello castaño rojizo. Era alta, y si bien la boca y la barbilla eran demasiado pequeñas para que resultase hermosa, tenía una extraordinaria presencia, cálida a pesar de la formalidad de su atavío. La saludé con una profunda reverencia.
—Felicidades por vuestro compromiso, milady —dije.
Lady Catalina se inclinó un poco para corresponder a mis palabras, y percibí cierta extraña serenidad en ella, propia de quien se ha impuesto un firme control a sí mismo a fin de cumplir el papel que ha aceptado representar en ese magnífico y terrible escenario que es la corte real.
—Sé que me salvasteis la vida, maese Shardlake —dijo con una voz plena de matices—. Y que corristeis graves riesgos y privaciones en el proceso.
—Fue un placer, milady. —Me pregunté si Cantrell, de haberla visto tan de cerca, habría reparado en lo distinta que era de la imagen que se había creado de ella. Al cabo pensé que no, que no se habría dado cuenta porque era incapaz de semejante cosa.
Me dedicó una cálida sonrisa y dijo:
—Sé que lord Hertford os ha visitado para pediros que volváis al mundo de la política. Me ha puesto al corriente de vuestras dudas. Bien, eso es algo que puedo entender perfectamente. Quiero que sepáis, maese Shardlake, que jamás os exigiré nada, pero que si alguna vez necesitáis una amiga, o un favor, o cualquier cosa que esté en mi mano concederos, solo tendréis que pedirlo.
En todos los años que había pasado involucrado en asuntos relacionados con la corte, nadie, jamás, me había ofrecido un favor sin exigir nada a cambio.
—Gracias, milady —dije—. Sois muy amable. Recordaré vuestras palabras, que me llenan el corazón de dicha.
Ella me sonrió de nuevo, aunque mantuvo igual de tenso e inmóvil el cuerpo delgado y elegantemente vestido.
—Os estaré observando entre bastidores, maese Shardlake, no para pediros nada, sino para prestaros ayuda si alguna vez la necesitáis. —Me tendió una mano delicada cubierta de anillos, y volví a inclinarme, aunque esta vez fue para depositar un beso en ella.
—El rey lleva seis esposas a cuestas. —Las palabras de Barak me devolvieron a la realidad—. Y entre vos y yo ni siquiera sumamos una.
—No te des por vencido con Tamasin. Creo que aún hay razones para concebir esperanzas —dije.
—Yo no opino lo mismo. —Barak negó con la cabeza—. Pero seguiré intentándolo.
Había visitado varias veces las cocinas del palacio de Whitehall, para pedir a Tamasin que regresara a su lado y rogarle que lo perdonara. Ella lo había perdonado, pero no había aceptado volver con él, al menos por el momento, aunque sí le había prometido que respetaría los votos matrimoniales por muchos cortesanos y sirvientes que se mostraran interesados en ella. Me pregunté si estaba decidida a demostrarle a Barak lo extraordinaria y problemática que era a la vez, y lo segura que estaba de que cualquier relación que tuviera tendría que ser entre iguales.
En lo que a mí concernía, la naturaleza de mi decepción era distinta, a pesar de lo mucho que me dolía. Dorothy no había vuelto a Londres tal como había prometido. Unas semanas atrás me había enviado una carta en la que explicaba que había adquirido una casita en Bristol, cerca de su hijo y su prometida. La carta concluía con las siguientes palabras:
En lo que a nosotros respecta, soy consciente de lo que habéis sentido hacia mí, los viejos sentimientos que quizá estuvieron siempre presentes y que adquirieron un mayor protagonismo a la muerte de Roger. Os comportasteis deforma honorable, Matthew, claro que tratándose de vos no podría ser de otro modo, y creo que vuestra determinación a la hora de perseguir al asesino de Roger fue algo que hicisteis tanto por él como por mí.
No obstante, ahora sé que nunca volveré a casarme. Creedme, no debería hacerlo: los veinte años que Roger y yo pasamos juntos, antes de que esa criatura maligna me lo arrebatara, disfrutamos de una felicidad que es raro encontrar entre parejas casadas. Cualquier otro matrimonio era una pálida sombra comparado con el nuestro, y eso no sería justo para nadie.
Perdonadme, y venid a verme cuando queráis.
De hecho, no le había pedido la mano, pero lo habría hecho y ella lo sabía. No iría a Bristol, al menos por el momento, pues me resultaría demasiado duro.
Pasamos por la parte alta de Bucklersbury, y pensé en Guy, allí en su botica. Habíamos recuperado la amistad, aunque a veces me parecía percibir cierta reserva en él, y me pregunté si algún día volvería a confiar plenamente en mí.
—¿Alguna suscripción más para el hospital? —me preguntó Barak.
—Unas cuantas. Me gustaría que el tesorero Rowland se animara más. No me ha perdonado que me mostrara tan duro con él cuando os impidió atrapar a Cantrell aquella vez en la calle. Eso supone un obstáculo. Si enviase una circular, animando a nuestros colegas a realizar donativos, se llevarían la mano al bolsillo y cada uno de ellos se esforzaría en superar la aportación de todos los demás, créeme.
Barak meneó la cabeza.
—Y así los pobres siguen sufriendo, todo porque un viejo y envarado cabrón está resentido porque alguien le dijo cuatro palabras bien dichas. En fin, las cosas siempre han sido así.
—Lamento tener que darte la razón en eso.
—Algún día, los pobres harán algo para solucionarlo —dijo en tono de premonición, antes de sonreír irónico—. ¿Y si le pedís dinero a Bealknap?
Nos echamos a reír. Desde mi regreso al Colegio de Lincoln, Bealknap había estado evitándome. Se metía en cualquier lado o doblaba la esquina nada más verme. Había recuperado la salud por completo, y volvía a comportarse como de costumbre. Por supuesto no había enviado dinero a Dorothy, ni había satisfecho los honorarios de Guy por el tratamiento que le había salvado su triste vida. La vergüenza, puede incluso que cierto sentimiento de culpa, lo llevaban hasta esos extremos para evitar cruzarse en mi camino. Se había extendido por todo el Colegio de Lincoln la broma recurrente de que Bealknap sentía terror ante la presencia de maese Shardlake. Podría haber solucionado el problema acudiendo a mí con un poco de dinero para Dorothy y para los honorarios de Guy, pero Bealknap estaría dispuesto a sufrir cualquier humillación, a quedar como un estúpido delante de todo el mundo, antes que a separarse del oro que acumulaba inútilmente en su morada. Lo cierto era que me inspiraba lástima.
Pasamos por debajo del puente de Bishopsgate.
—Bueno, aquí estamos —dijo Barak en tono vacilante—. No sé por qué pensáis que visitar este lugar va a levantarnos el ánimo.
—Espera y verás —dije al franquear la puerta de entrada a Bedlam y acceder al recinto del hospital. Atamos los caballos y llamé a la puerta. Barak contempló la fachada del edificio con cierta inquietud, como si esperase ver un lunático asomar por una de las ventanas dispuesto a gritarle mientras sacudía las cadenas. Sin embargo, reinaba el silencio. Gebons nos abrió la puerta y se inclinó ante mí. Desde que me había encarado a Shawms por echar a Ellen, se mostraba muy respetuoso conmigo.
—¿Han llegado ya el buen señor Kite y su esposa? —pregunté.
—Sí, señor, aquí están. Los encontraréis a todos en el salón, junto a Ellen.
—Ven, Barak. Esto es lo que quería que vieras.
Lo conduje al salón. Reinaba allí una apacible atmósfera hogareña. Adam y su padre estaban sentados a una mesa, jugando al ajedrez. Sentada también, observándolos, se hallaba Minnie Kite, con aspecto de sentirse tan dichosa como no lo habría creído posible meses antes. A su lado, Ellen hacía punto con una expresión de orgullo en el rostro. La anciana Cissy estaba sentada junto a Ellen, y también hacía punto, aunque a veces paraba para quedarse mirando la nada con ojos de tristeza y desesperación, como si contemplase algo que en realidad no estaba en el salón.
—Bien hecho, Adam —dijo Minnie entre risas cuando su hijo le hizo jaque mate al padre.
Entramos, y todos se levantaron para saludarnos, pero enseguida les rogué que se sentaran.
—He traído a mi ayudante para que te conozca, Adam —anuncié—. Lo recordarás de las vistas en el tribunal. Maese Barak me ayudó a preparar tu caso.
Barak se inclinó ante los presentes.
—He ganado a mi padre al ajedrez por tercera vez consecutiva —dijo Adam. Hizo una pausa y añadió, mirando a Ellen—: ¿Es pecado complacerse por algo así?
—No, no, Adam. ¿Cuántas veces te hemos dicho que no es pecado disfrutar de los pequeños placeres que Dios nos ha concedido para que este mundo tan duro se nos haga más llevadero?
El joven asintió. El miedo a pecar le seguía preocupando bastante, pero aceptaba, al menos la mayor parte de las veces, que solo Dios sabía al final si uno se salvaría o se condenaría. Sus padres temían lo que pudiera suceder cuando abandonase Bedlam y descubriese la terrible suerte que había sufrido Yarington, cuya responsabilidad se había animado a la congregación a atribuir a católicos fanáticos. Sin embargo, Guy era de la opinión de que Adam tenía que salir pronto, regresar al mundo, enfrentarse a las cosas que este ofrecía. Sus padres mantuvieron una postura tan radical como siempre en cuanto a sus creencias religiosas, pero gracias al amor que sentían por su hijo se habían mostrado de acuerdo con Guy en que su frágil estado mental los obligaba a tratar los temas religiosos con moderación. Sin pretenderlo, el obispo Bonner había hecho un favor a la familia con su afán de perseguir a los radicales en primavera; el reverendo Meaphon había resuelto trasladarse a Norwich, lejos de los tumultos de la capital, y se había marchado en mayo. Para sustituirlo habían nombrado un nuevo vicario, un hombre inofensivo que carecía de creencias profundas.
Daniel Kite se puso de pie.
—Vamos, hijo, ¿damos un paseo por el patio? He pensado que hoy podríamos llegar hasta Bishopsgate.
—De acuerdo. —Adam se levantó también, igual que su madre, que lo cogió del brazo.
Yo me aparté de la mesa, y Adam, con una sonrisa, me dijo:
—Maese Shardlake, cuando volvamos, ¿me hablaréis un rato más de lo que supone dedicarse al derecho?
—Lo haré, será un placer.
En mis dos últimas visitas, Adam había mostrado gran interés por su situación jurídica. Llegó incluso a mostrarse indignado cuando le conté que no podía abandonar Bedlam sin el consentimiento del Consejo Privado. Era aquel un nuevo mundo, muy distinto del que había conocido cuando todos sus esfuerzos se concentraban en complacer a Dios.
Adam miró a Barak y se sonrojó un poco.
—Recuerdo haberos visto en el tribunal, señor —dijo.
—Así es.
—Yo estaba muy mal entonces —se disculpó en voz baja.
—En efecto, pero eso era antes —repuso Barak con una sonrisa, a pesar de que aún no solo le incomodaba el joven, sino aquel lugar.
Observamos desde la puerta al padre, la madre y el hijo caminar tranquilos por el patio, charlando animadamente; Ellen estaba de pie a cierta distancia de nosotros, temiendo acercarse demasiado al mundo exterior.
—Sus padres lo quieren mucho —dijo—. No son como esas familias que abandonan aquí a sus parientes con problemas.
Percibí una nota de amargura en su voz. Cuando me volví hacia ella, forzó una sonrisa. Quise conocer los detalles de su historia, pero aparte de lo que Shawms me había contado respecto a los abusos que sufrió de joven, no sabía nada. Ella no iba a contármelo, y yo no quería entrometerme.
—Este repentino interés de Adam por el derecho es toda una novedad —dije—. Es un joven muy despierto.
—Quién sabe, quizá acabe convertido en abogado.
—Sí. Yo le daré el puesto de Barak y lo adiestraré. Seguro que me cobra menos.
Ellen rio.
—Sería aprovecharse de un enajenado —dijo Barak—. Es verdad que está muy cambiado desde la última vez que lo vi, pero sigue habiendo en él algo…
—¿Frágil? —dijo Ellen—. Aunque todavía tiene un largo viaje por delante, creo que con el tiempo lo completará. Algún día.
—Ahí lo tienes, Barak. La locura es una enfermedad, y a veces, al igual que con otras enfermedades, puede tratarse —dije, y de inmediato pensé que Adam había estado tan enfermo que quizá recayera de vez en cuando, aunque confiaba en que nunca volviese al terrible estado en que se hallaba sumido cuando lo conocimos. ¿Llegaría a recuperarse del todo? No había forma de saberlo con seguridad.
Barak salió al patio y allí se inclinó ante Ellen.
—Tendría que acercarme a la Vieja Barcaza. Debo recoger algunas cosas, entre otras, unos efectos personales de Tamasin. Dijo que podía llevárselas a donde vive ahora. Será mejor que me asegure de reunirlo todo.
—Te veré mañana por la mañana en el Colegio de Lincoln.
—Ah, sí. Hay un par de casos difíciles.
Me dio la impresión de que a Barak le alegraba tener aquel pretexto para marcharse. Montó en Sukey y se alejó al trote, descubriéndose al pasar junto a los Kite.
—¿Va a trasladarse de casa vuestro ayudante? —preguntó Ellen.
—Sí, su esposa y él se han separado. Es muy triste, y el caso es que él no soportaba la idea de seguir viviendo en el mismo sitio. Ha alquilado una habitación cerca del Colegio de Lincoln. Puede que se reconcilien algún día, pues aún existe entre ambos un gran vínculo. Al menos, eso espero.
—¿Presentaréis este próximo jueves la documentación relativa al alta de Adam ante el Tribunal de Apelaciones? —preguntó Ellen.
—Sí, el jueves. Si el juez acepta la petición, esta se remitirá al Consejo Privado. No creo que surjan problemas. —Sabía que los habría, pero Cranmer me había escrito para prometerme que seguiría de cerca el caso.
—¿Está preparado? —preguntó Ellen—. A veces entro en su celda y lo encuentro sentado, o, peor, tumbado en el suelo. Sé que en ocasiones sigue temiendo que Dios no lo quiera a su lado.
—Guy piensa que ha llegado el momento de que salga de aquí, de que se enfrente al mundo, tal como él lo expresa. Bajo el continuo cuidado de sus padres, por supuesto, y además Guy lo visitará con cierta frecuencia. No puede estar seguro de que Adam no sufra una recaída, pero cree que continuará progresando. Y esa etapa en que corría peligro de producir un altercado público ha pasado. Espero que tenga razón —concluí en voz baja.
—No volveré a verlo —dijo Ellen, desolada.
Me volví hacia ella. Se había alejado un par de pasos de la puerta abierta.
—Eso es muy triste, teniendo en cuenta lo mucho que habéis hecho por él —dije muy serio—. Afirma Guy que sin vuestra persistencia, sin lo comprensiva que habéis sido con él, difícilmente Adam habría hecho tantos progresos. Estoy seguro de que a los Kite les encantaría que lo visitaseis.
—Ya conocéis mi situación, señor —dijo—. Por favor, no me presionéis.
Shawms vino hasta nosotros procedente del despacho y nos dirigió una mirada condescendiente al pasar entre ambos. Cuando se hubo marchado, Ellen dijo:
—¿Haríais algo por mí, señor? —preguntó pronunciando apresuradamente las palabras, sonrojada. Tuve la impresión de que estaba haciendo acopio de coraje para pedírmelo.
—Lo que sea, Ellen.
—¿Vendríais a verme de vez en cuando, si tenéis un rato libre? Me encantaría saber qué está pasando más allá de estos muros. No sabía que el rey iba a casarse hoy hasta que me lo habéis contado. Aquí todos viven tan encerrados en su propio mundo…
—Preferiría que os aventurarais a salir, Ellen. Vamos, ¿no daríais un par de pasos fuera de este lugar? Os ofreceré el brazo. ¿Tanto os costaría?
—Más de lo que imagináis. —Solo el hecho de sugerírselo la había empujado a pegar la espalda a la pared—. Señor —agregó—, aquí hay quienes, como Adam, pueden curarse gracias a la ayuda de buenos amigos y los seres queridos. Pero hay otros, como yo, cuya cordura depende de aceptar sus… limitaciones.
—Haré un trato con vos, Ellen —dije entonces, mirándola a los ojos—. Vendré a veros siempre que pueda, y os pondré al corriente de las noticias. Pero también os pediré que consideréis a qué medios podéis recurrir para convivir con vuestra… limitación, incluso para superarla. Nunca os haré salir, a menos que estéis preparada para intentarlo, pero tampoco daré el tema por zanjado. —Sonreí—. ¿Os interesa el trato?
—Sois duro negociando, señor, como todos los abogados.
—Así es. ¿Estáis dispuesta pues a aceptar mis condiciones? Esbozó una sonrisa tímida y algo triste.
—Acepto. Y os agradezco vuestra preocupación.
En ese preciso instante, un clamor de campanas empezó a reverberar por toda la ciudad. Miramos por la puerta abierta hacia el patio iluminado por el sol, disfrutando de aquel alegre estruendo. Fuera, en la capilla de un palacio, por fin el rey se había casado con Catalina Parr.