Revelación

C. J. Sansom · Capítulo 5 de 48

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Revelación

Capítulo 5

 

H abía visitado la casa de Barak antes de que este contrajera matrimonio con Tamasin, y recordaba cuál de las varias puertas sin pintar debía abrir. Daba a una escalera que conducía a una serie de viviendas destartaladas en las que se había dividido la vieja mansión. Los escalones crujían ruidosamente en la oscuridad, y recordé haber pensado en mi anterior visita que daba la impresión de que el lugar estaba a punto de derrumbarse.

Recordaba que la morada de Barak era el típico alojamiento de un joven: platos sucios en la mesa, ropa en el suelo y excrementos de ratón en los rincones. Me llevé una alegría cuando me comunicó que, tras casarse con Tamasin, ambos se trasladarían a una casita cerca del Colegio de Lincoln, y posteriormente lamenté que desistieran de hacerlo. La Vieja Barcaza no era lugar para una joven como Tamasin, sobre todo si amaba tanto la domesticidad como esta.

Ya en la segunda planta llamé a la puerta de la vivienda. Al cabo de un instante la abrieron apenas y vi una cabeza tocada con cofia recortada a la luz de una candela que provenía del interior.

—¿Quién va? —preguntó, inquieta.

—Soy yo, maese Shardlake.

—Ah, señor. Entrad. —Tamasin abrió la puerta y la seguí hasta la espaciosa estancia que hacía las veces de comedor, dormitorio y salón. Había estado trabajando allí; estaba todo limpio, los platos apilados en una desconchada alacena, la cama perfectamente hecha. Pero el lugar hedía a humedad, y las manchas oscuras cubrían parte de la pared cercana a la ventana. Habían colocado trapos en las contraventanas roídas por la podredumbre para resguardarse del viento. Habían intentado limpiar la pared para eliminar la mancha de humedad, pero sin éxito. Reparé en el hecho de que Barak no se hallaba presente.

—¿Queréis sentaros, señor? —Tamasin me señaló una silla junto a la mesa—. ¿Me permitís que os coja la capa? Lamento que no encontréis aquí a Jack.

—Seguiré con ella puesta. No estaré… mucho rato. —Lo cierto era que hacía tanto frío en aquella vivienda sin chimenea que no quería quitarme la capa. Me senté y observé largo y tendido a Tamasin. Era una joven muy atractiva que aún no había cumplido los treinta años. Tenía los pómulos altos, los ojos azules y grandes, y unos labios sensuales. Antes de contraer matrimonio, decía vestir tan bien como se lo permitía la bolsa, y aun algo mejor. Sin embargo, llevaba un vestido gris del que no podía afirmarse que fuese de su talla, un delantal blanco de hilo y el cabello rubio oculto bajo una blanca cofia de ama de casa. Me sonrió alegre, pero reparé en que hundía los hombros y su mirada carecía de la luminosidad de otro tiempo.

—Hacía mucho que no os veía, señor —dijo.

—Casi medio año. ¿Cómo estáis tú y tu marido, Tamasin?

—Ah, bastante bien. Insisto en que lamento mucho que Jack no esté aquí.

—No importa. Pasaba cerca tras llevar a un amigo a la consulta del doctor Malton.

—¿Os apetece una jarra de cerveza, señor?

—Sería un placer, Tamasin, pero quizá sea mejor que me vaya… —No era apropiado estar con ella a solas.

—No, señor, quedaos —dijo—. Somos viejos amigos, ¿no?

—Eso espero.

—Me apetece un poco de compañía. —Fue a servirme una jarra de cerveza de un jarro que había en la alacena. Después de darme la jarra, acercó un taburete y se situó delante de mí—. ¿Pudo el doctor Malton ayudar a vuestro amigo?

Tomé un sorbo de aquella cerveza, cuyo sabor resultó intenso y agradable.

—Sí. Había sufrido varias caídas sin previa advertencia; pensó que estaba aquejado del mal de los desmayos, pero resultó que tiene un problema en el pie.

Tamasin me dedicó una sonrisa que me recordó la antigua, cálida y amplia de otros tiempos.

—Debe de estar muy contento.

—Lo está. Supongo que cuando llegue a casa empezará a bailar por todas las habitaciones, a pesar del pie malo.

—El doctor Malton es buena persona. Creo que os salvó cuando tuvisteis aquellas fiebres hace dos inviernos, ¿verdad?

—Sí. A fe mía que lo hizo.

—Pero no pudo ayudar a mi pobre Georgie.

—Lo sé.

Antes de continuar, contempló la pared vacía.

—Nació muerto, y lo tendimos en la cunita que le habíamos hecho. —Se volvió hacia mí con los ojos llenos de dolor—. Después no quise que Jack se llevara la cuna; era como si una parte de Georgie hubiese permanecido allí. Él, en cambio, odiaba ver cualquier cosa que le recordase lo sucedido.

—Lamento no haber venido a daros el pésame cuando murió el bebé, Tamasin. Quise hacerlo, pero Jack dijo que ambos preferíais estar a solas.

—Antes me enfadaba mucho. Supongo que Jack no quería que me vierais en ese estado. —Soltó un suspiro—. ¿Y vos? ¿Gozáis de buena salud, señor?

—Sí. Trabajando de firme y progresando, con ayuda de Jack —respondí con una sonrisa.

—Os admira mucho, señor. Siempre está contando cómo maese Shardlake logró ganar tal caso minando a la oposición, o tal otro aportando nuevas pruebas.

—¿De veras? —Reí—. A veces, por el modo que tiene de hablar, me da por pensar que me considera un tonto.

—Es esa manera suya de decir las cosas.

—Será eso. —Sonreí. Hacía dos años, cuando nos conocimos en la Jornada de York, la confianza y la vivaz personalidad de Tamasin habían hecho que me mostrase suspicaz, pues ambos atributos me parecieron impropios de una mujer. Sin embargo, en el transcurso de las tribulaciones compartidas, había adoptado casi un afecto paternal hacia ella. Al contemplar a la exhausta ama de casa sentada frente a mí, me pregunté qué habría sido del temple que la caracterizaba.

Debió de adivinar mis pensamientos, porque le temblaron los labios y dos grandes lágrimas rodaron por sus mejillas. Tamasin agachó la cabeza.

—Tamasin —dije—, ¿qué sucede? ¿Se trata aún del pequeño?

—Lo siento, señor.

—Vamos, vamos. Unas pocas lágrimas no son nada, después de todo lo que pasamos juntos en Yorkshire. Dime qué te entristece.

Sollozó mientras se secaba los ojos con la manga, antes de volver hacia mí el rostro cubierto de lágrimas.

—Empezó con el pequeño —dijo en voz baja—. Su muerte fue un duro golpe tanto para Jack como para mí. Dicen que cuando muere un niño, su madre nunca lo aparta de su corazón, pero también anida en el de Jack. Ay, está tan enfadado…

—¿Contigo?

—Con todo. Con Dios incluso; le pareció cruel que nos arrebatase al niño. Nunca ha sido de los que van a la iglesia, pero ahora no quiere ni oír hablar de ello. Mañana es Pascua, y se ha negado a ir a misa o a confesarse.

—¿Tú irás?

—Sí, aunque… Aunque yo también siento que he perdido la fe. Pero ya me conocéis —añadió con una pizca del antiguo buen humor que la caracterizaba—. Prefiero mantenerme a buenas con los poderosos.

—Sabia medida en los tiempos que corren.

—Dice Jack que solo voy para lucir lo que él llama mis galas. —Se miró el delantal—. Bueno, es cierto que, después de llevar esto toda la semana, me gusta ponerme algo bonito. Pero me temo que, si Jack se ausenta continuamente, empezarán a formularse ciertas preguntas, hasta tal punto que los sacristanes podrían molestarse con él. Sobre todo si se enteraran de que tiene sangre judía. —De pronto se le endureció la expresión—. Quería que nuestro hijo heredase su sangre. Lo menciona cuando está borracho.

—¿Lo hace a menudo? —pregunté al recordar el aspecto desgreñado que presentaba aquella mañana.

—Cada vez más. Sale con sus viejos amigos y, a veces, no vuelve en toda la noche. Supongo que ahora mismo andará por ahí. También creo que va con otras mujeres.

—¿Con quiénes? —pregunté alarmado.

—No lo sé. Puede que salga con alguna vecina. Ya sabéis qué clase de mujeres viven aquí.

—¿Estás segura?

Me miró directamente a los ojos.

—A juzgar por el olor que trae algunas mañanas, sí.

Suspiré.

—¿Hay indicios de que exista de por medio otro… niño?

—No. Quizá soy como la vieja reina Catalina de Aragón, y no puedo concebir niños saludables.

—Pero si solo hace seis meses que murió tu hijo. No es tiempo suficiente, Tamasin.

—Pues sí lo es para alejar a Jack. A veces, cuando está ebrio, dice que yo lo domino, que lo he convertido en un ser débil. —Miró alrededor—. Como si una pudiera domesticar a alguien en este lugar.

—A veces, también Jack es insensible. Cruel, incluso.

—En fin, al menos no me pega. Muchos maridos pegan a sus mujeres.

—Tamasin…

—En cuanto vuelve a estar sobrio se disculpa, y entonces se muestra cariñoso, me llama amorcito y asegura que no quería decir lo que dijo, que es su manera de demostrar la ira que siente por el hecho de que Dios nos arrebatase al pequeño. Eso sí puedo entenderlo. ¿Por qué Dios hace cosas tan crueles? —preguntó en un arranque de ira.

Negué con la cabeza.

—No soy quién para responder a esa pregunta, Tamasin. También a mí me tiene intrigado.

—Señor —dijo ella, irguiéndose y mirándome—, ¿podríais hablar con Jack y averiguar qué le preocupa? Últimamente es tan impredecible, que no sé si… Bueno, si todavía me ama.

—Ay, Tamasin —dije—. De eso estoy seguro. Además, hablar con él de estos asuntos no será tarea fácil. Si descubre, o sospecha siquiera, que has estado hablando conmigo de vuestro matrimonio se enfadará contigo y conmigo.

—Sí. Es un hombre orgulloso. Pero si pudierais descubrir un modo de hacerlo… —me propuso, dedicándome una mirada suplicante—. Sé que sabéis hacer hablar a los demás. Y yo no tengo a quién pedírselo.

—Lo intentaré, Tamasin. Pero tendré que escoger el momento adecuado.

Ella asintió.

—Gracias —dijo.

—Y ahora debo marcharme —anuncié al tiempo que me levantaba—. Si volviera en este momento y te encontrase contándome tus penas, seguro que se enfadaría. — Apoyé la mano en las suyas—. Si la cosa empeora o necesitas alguien con quien hablar, bastará con que envíes una nota a mi casa para que venga a verte.

—Sois muy amable, señor. Hay días en que me paso horas llorando ante esa mancha de humedad, no tengo energía y me pregunto qué es lo que me ocurre. La mancha no se va. En cuanto la limpio, aparecen de nuevo esas manchitas negras en la pared. —Suspiró—. No es como antiguamente, cuando trabajaba en casa de la pobre Catalina Howard. Ay, no era más que la sirvienta más humilde, pero allí siempre había algo que me resultaba interesante.

—Por no mencionar el peligro —dije con una sonrisa—. Tal como resultó ser.

—Lo sé. —Hizo una pausa—. Dicen que pronto habrá otra reina. Una viuda. Lady Latimer. Será la sexta. ¿No os parece asombroso?

—Es muy peculiar, sí.

Sacudió la cabeza, intrigada.

—¿Habrá existido un rey como el nuestro?

Me despedí. Mientras bajaba la oscura escalera, recordé el día de la boda de Barak y Tamasin, hacía un año, en plena primavera. Había sentido celos de su alegría. Un hombre soltero puede fácilmente dar por sentado que todos los matrimonios son una bendición, que constan de una pareja devota como Roger y Dorothy. Pero aquella noche había presenciado la tristeza que hay bajo la superficie. Había acertado al intuir que algo iba mal, a pesar de que no había sospechado que lo fuese hasta tal punto.

—¡Maldito seas, Barak! —exclamé en voz alta cuando tomé el camino de regreso, sorprendiendo a un caballero que entraba en la Vieja Barcaza, en busca quizá de una prostituta.

 

Pasé en casa la mayor parte del viernes y el sábado de Pascua, trabajando en mi documentación. No fui a la iglesia el domingo de Pascua. Hacía un frío impropio de la época, e incluso nevó. Me sentía inquieto, casi desasosegado. El sábado saqué incluso los lápices y el cuaderno de apuntes. Durante el último año había recuperado la vieja costumbre de dibujar; sin embargo, ese día no se me ocurrió nada. Contemplé el papel en blanco, pero no me vino nada a la mente, aparte de círculos vagos y líneas oscuras, y un hombre cuerdo apenas puede extraer una figura de eso. Me fui a dormir, pero no pude conciliar el sueño. Estuve tumbado, pensando en cómo abordar a Barak para plantear el problema de Tamasin sin empeorar con ello las cosas. Luego, cuando me quedé dormido, soñé con el pobre Adam Kite. Entraba en su celda de Bedlam y lo encontraba en cuclillas, rezando desesperadamente. Al acercarme comprendía que no invocaba ni el nombre de Dios ni el de Jesucristo, sino el mío; era a «maese Shardlake» a quien rezaba para salvar su alma. Desperté sobresaltado.

Aunque todavía era de noche, el alba no tardaría en llegar, y pensé que podría ponerme a trabajar, a pesar de ser domingo de Pascua. Me quedaba mucho papeleo que solucionar. Mi ama de llaves se había levantado ya, y perseguía al mozo, Peter, para que encendiese un fuego que caldease un poco el ambiente de aquella fría mañana. Desayuné, me puse la toga y me cubrí con la capa para dirigirme al Colegio de Lincoln por Chancery Lane.

Al salir por la puerta me pareció que había subido la temperatura, y vi que la nieve que quedaba se había convertido en fango. Volví la mirada hacia mi casa. Las altas chimeneas se alzaban desde el tejado, recortadas contra un cielo azul claro surcado por nubes teñidas de rosa, todo ello iluminado por el sol naciente. Eché a andar, concentrado en los casos que debía atender el martes, incluido el de Adam Kite. Franqueé la puerta principal del recinto, pasé por la caseta, aún cerrada, del portero, y atravesé el patio cubierto de nieve fangosa en dirección a mi despacho.

Aún no había amanecido del todo. Casi todas las ventanas estaban a oscuras, pero para mi sorpresa vi luz en mi despacho; Barak debía de haber acudido allí directamente desde donde hubiese pasado la anoche, sin parar antes por su casa. «Condenado miserable», pensé.

Entonces di un respingo al oír que la voz de un hombre profería un grito de terror. Distinguí dos sombras junto a la fuente, contemplando el agua.

—¡Oh, Dios! —exclamó alguien.

Me volví, dispuesto a dirigirme hacia ellos. Vi que el hielo se había roto en pedazos. El agua que había debajo era de un rojo intenso. Se me aceleró el pulso.

A juzgar por las togas, negras y cortas, los dos jóvenes que contemplaban la fuente eran estudiantes. Uno era bajo y fornido, el otro alto y delgado. Tenían los ojos inyectados en sangre, probablemente porque regresaban a sus habitaciones tras una noche de juerga.

—¿Qué sucede? —pregunté sin más—. ¿Qué ha pasado?

El estudiante fornido se volvió hacia mí.

—Hay… un hombre en la fuente —respondió con voz temblorosa.

El otro me señaló algo que asomaba a la superficie del agua.

—Eso de ahí es un… pie.

Miré a ambos fijamente, preguntándome si estarían burlándose de mí, pero al acercarme vi a la creciente luz que la bota de un hombre asomaba por la superficie entre dos pedazos de hielo. Respiré hondo y me incliné. Distinguí la forma de una toga larga y oscura, hinchada por el agua rojiza. Se trataba de un abogado, sin duda. Sentí un leve mareo, pero enseguida recuperé la presencia de ánimo y me volví hacia los estudiantes.

—Ayudadme a sacarlo —ordené.

El primero que se había dirigido a mí retrocedió, pero el alto y delgado se dispuso a ayudarme.

—Tendréis que tirar de esa pierna —señalé—. Cuando asome, yo lo cogeré.

El estudiante se santiguó, cogió la pierna por el tobillo y tiró con fuerza. Al asomar la pierna el hielo se resquebrajó antes de que apareciese el tronco. El otro estudiante me ayudó a coger el cadáver, que estaba helado.

Lo sacamos de la fuente y lo tendimos en el fangoso suelo. La toga le cubría la cabeza, ocultándole el rostro. Observé el cuerpo: era un hombre bajo y delgado.

—Mirad esa agua —susurró el estudiante alto.

Casi había amanecido por completo, y al contemplar la fuente la vimos cubierta de una capa roja.

—Está llena de sangre —dijo el otro—. Dios mío.

Me volví hacia el muerto, temblando, y no solo debido al agua fría que me había empapado al recuperar el cadáver. Me acuclillé, cogí la toga por el borde y la aparté del rostro.

—¡Por Dios! —exclamó uno de los estudiantes. Se volvió y oí que vomitaba.

Yo, sin embargo, permanecí inmóvil, atónito ante algo que, para mí, era doblemente horripilante: por un lado estaba la terrible herida abierta que mostraba el cadáver en la garganta, cuya rojez contrastaba con la pálida piel del muerto. Se extendía de oreja a oreja. Por otro lado estaba el rostro. Era el de Roger.