Revelación
Capítulo 39
C abalgué de regreso a casa, pensativo. No podía enfrentarme a la muchedumbre que todas las mañanas llenaba las calles, así que tomé los caminos que había al norte de la muralla de la ciudad. Allí, además, me sentía más seguro, puesto que eran muy poco frecuentados. La tranquilidad hizo que valiera la pena atravesar la hedionda Houndsditch, donde, a pesar de las órdenes del Concejo Municipal, la gente seguía arrojando los perros y los caballos muertos. Pensé en Adam, en lo fácil que era olvidar que quienes habían enloquecido habían sido en tiempos personas normales. Al fin comprendí que el rostro de facciones afiladas y de expresión trágica de Adam pudo haber sido atractivo, y cómo él pudo también haberse comportado como un joven cualquiera, despreocupado y alegre. Un muchacho así habría sido considerado por determinados feligreses de su iglesia alguien necesitado de cierto control, de cierta disciplina, alguien a quien atemorizar amenazándolo con el fuego eterno. Y qué bien había funcionado esa medida. Pensé también en Ellen, en su trágica historia y en cómo debió de ser de moza, antes de sufrir tan terrible experiencia.
Tomé Chancery Lane procedente del norte; de pronto se llenó de gente. Yo seguía sumido en mis pensamientos, pero al oír el grito de «¡Eh, mirad esto!», vi frente a Génesis a un vendedor ambulante que arrastraba una carretilla repleta de abalorios. Al tirar de las riendas distinguí fugazmente una capa raída y un rostro mugriento, enmarcado por una densa mata de cabello gris y una barba poblada.
—Vais a pasarme por encima, ¡y si me rompéis la mercancía tendréis que pagarla! —masculló al tiempo que apartaba de mi camino la carretilla. Controlé a Génesis, que a punto había estado de tropezar, y le puse la mano en el flanco para que se tranquilizara mientras seguía cabalgando. Para cuando pude echar un vistazo atrás, el vendedor ambulante casi había llegado a Holborn. Pasé por delante de la puerta del Colegio de Lincoln en dirección a mi casa. Solo eran las cuatro y media.
Cuando subí por la escalera para quitarme la ropa que me había puesto para montar, pensé en que al menos había resuelto una parte del misterio; el muchacho que había visitado la casa de Yarington había permanecido encerrado en Bedlam aquellas últimas tres semanas. Al fin y al cabo, el asesino debía de ser Goddard. Pero ¿por qué nos había facilitado su propia dirección?
Tomé mi ejemplar de la Biblia, dispuesto a consultar de nuevo el Libro de las Revelaciones.
Y el séptimo ángel derramó su copa por el aire; y salió una gran voz del
templo del cielo, del trono, diciendo: Hecho está. Y entonces hubo
relámpagos y voces y truenos, y un gran temblor de tierra, un terremoto tan
grande, cual no lo hubo jamás desde que los hombres han estado sobre la
Tierra.
Me retrepé en la silla. Cada asesinato había constituido una simulación, una parodia cruel de lo que los sietes ángeles hacían a las muchedumbres de pecadores del Libro de las Revelaciones. Había utilizado el cadáver del pobre Lockley para interrumpir el flujo del agua, lo que simbolizaba la acción de la sexta copa, capaz de secar las aguas del Éufrates. Pero, tal como había dicho Barak, ¿cómo se las ingeniaría para provocar un terremoto?
Al dejar el ejemplar de la Biblia en el escritorio, se abrió por una página anterior; un pasaje me llamó la atención. Correspondía a la Primera Carta de Pablo a los Corintios.
Ya podría tener el don de la profecía y conocer todos los secretos y todo el
saber; podría tener fe como para mover montañas, que si no tengo amor, no
soy nada.
Me pregunté si el asesino habría leído alguna vez ese pasaje. Si lo había hecho, no debía de haberle dejado huella alguna, no debió de encajar en su terrible afán de violencia, de modo que lo más probable era que ni siquiera reparase en él. Cerré el libro, acongojado al pensar qué había hecho el ser humano a su Dios.
Bajé por la escalera. Al pasar por delante del salón vi a Tamasin colocar flores en un jarrón. Había en su rostro una expresión de tristeza resignada. Al verme, sonrió.
—He pensado que alegrarían un poco el salón —dijo—. Las cogí del jardín, espero que no os importe.
—Servirán para que recordemos que ha llegado la primavera. ¿Dónde está Jack?
—Ha ido al Colegio de Lincoln a ver cómo se las apaña Skelly.
—Debería acercarme hasta allí —dije en tono vacilante, antes de mirarla con seriedad—. Tamasin, es posible que el asunto que tenemos entre manos esté a punto de alcanzar una conclusión. Hemos localizado cerca de Barnet la casa del hombre que creemos que está detrás de todo esto. Sir Thomas Seymour ha organizado un grupo de hombres para que vayan allí a apresarlo. Quizá tengamos que ir esta noche.
—¿Habéis descubierto al asesino? —preguntó.
—Estamos casi seguros de su identidad.
—De modo que Jack tendrá que ausentarse otra vez —dijo.
—Jack lamenta mucho todo este asunto; tanto como yo, que soy el único responsable de haberlo involucrado en él.
—Tenéis razón —dijo—. Teme a ese animal al que estáis persiguiendo. — Entonces tendió los brazos en un gesto de desesperación—. Pero yo no le sirvo de ningún consuelo. Cuando intento hablar con él en serio me acusa de regañarlo. — Suspiró—. Siempre es lo mismo, una y otra vez, como el asno que hace girar la noria.
—Tamasin…
—No, señor —me interrumpió, levantando una mano—. Sé que tenéis buena intención y os lo agradezco mucho, pero no vais a convencerme. —Me dedicó una ligera reverencia y abandonó la estancia.
Seguía inquieto, así que decidí caminar hasta el Colegio de Lincoln para visitar a Dorothy. Si Bealknap se encontraba mejor, quizá podía avergonzar lo suficiente a ese viejo canalla para que regresase a su propia casa. Pero, cuando llegué, Margaret me dijo que Dorothy había salido a atender unos asuntos.
—Es bueno ver que vuelve a ocuparse de todo —dijo.
—Sí. —Enarqué las cejas y pregunté—: ¿Y cómo se encuentra mi colega abogado, maese Bealknap?
—En la vida he conocido a nadie que se queje más por todo. Cualquiera diría que él es el dueño de esta casa y yo su sirvienta.
—¿Sería posible verlo?
—Iré a ver cómo se encuentra. —Margaret se marchó y regresó enseguida, sonrojada—. Dice que no desea veros, señor. Se encuentra indispuesto. Lo siento mucho, pero sin la señora aquí…
—Por supuesto. Creo que podré soportar su actitud hacia mí. —Me pregunté si Bealknap seguía avergonzado por haber proporcionado a Felday información sobre mi persona. Aún no lo había informado de que Felday había muerto—. ¿Le dirás a la señora que lamento mucho que le esté causando tantas molestias?
—Por supuesto, señor.
Al marcharme me detuve por primera vez en casi un mes a contemplar la fuente. El agua borbotaba plácidamente en la amplia pila de piedra.
«¿Cómo sabría el asesino que Roger había sido en el pasado un reformista radical?», pensé. Seguí ahí de pie, mirando el agua, cuando algo me vino a la mente, algo que había oído el día que fui a la casa de Yarington y hablé con Timothy. ¿Qué era? Quise recuperar ese recuerdo mientras iba de camino al despacho, lo cual no hizo sino aumentar el desasosiego que me invadía.
Cuando llegué, Barak acababa de marcharse. Regresé a casa, donde lo encontré comiendo un poco de pan con queso en el salón.
—Gracias por echar un ojo al trabajo —dije.
—¿Cómo os fue con el viejo… con el doctor Malton?
—No lo encontré allí.
—¿Os apetece comer algo?
—No. No tengo hambre. —Lo miré muy serio—. Creo que tendrías que ir a tus habitaciones, a ver a Tamasin. Hoy se siente muy desdichada.
Barak soltó un suspiro y asintió. Ya en la puerta, se volvió hacia mí.
—Por cierto, Orr dijo que el vendedor ambulante que frecuenta desde hace un tiempo Chancery Lane se ha convertido en una molestia. Dice que ha llamado a la puerta estos dos últimos días preguntando por las mujeres de la casa, dispuesto a venderles abalorios.
—Aguarda —dije en voz baja—. Cierra la puerta. —Acababa de ocurrírseme algo —. Ese vendedor ambulante, ¿es el de la barba gris?
—Sí, sí. El mismo que lleva días dando vueltas por los alrededores.
—¿El que lleva sus mercancías en una carretilla de tres ruedas?
—¿No estaréis pensando…? Pero si es un anciano… Además, la mitad de los vendedores ambulantes de Londres tienen carretillas de tres ruedas.
—Pero qué mejor modo de seguirnos, de vigilarnos sin llamar la atención. Barak, ¿es eso lo que ha estado haciendo? ¿Es él?
—El hombre al que os referís está en Hertfordshire.
—No, querrás decir que ha hecho que creamos que lo está. Ve a buscar a Orr —le ordené—. Después intenta localizar a ese vendedor. No dejes que él te vea.
Barak me miró, dubitativo, pero al cabo salió a toda prisa. Orr se presentó un minuto después.
—¿Qué ofrecía ese vendedor? —pregunté.
—Lo habitual: baratijas, cepillos y pasadores para el pelo. Le dije que se marchara.
—No es usual que los vendedores ambulantes se molesten en llamar una segunda vez si no han tenido suerte la primera.
—Preguntó por las mujeres de la casa. Quizá pensó que podía engatusar a Tamasin o Joan para que le comprasen algo. Cuando llamó a la puerta intentó una y otra vez mirar por encima de mi hombro, hacia el interior de la casa.
Barak regresó en ese momento.
—Acaba de enfilar Chancery Lane, procedente de Aldgate. Tardará un minuto en llegar. —Frunció el entrecejo—. Tenéis razón, esto huele muy mal. Está empujando la carretilla por la calle, pero no se detiene en las casas ni se acerca a los transeúntes.
—Creo que podría ser el asesino —dije en voz baja—. ¿Qué mejor modo de pasar inadvertido, de seguir a la gente, de escuchar conversaciones ajenas, que disfrazarse con harapos? Todo el mundo huye de ellos cuando reparan en su presencia, y así habría sacado partido del rechazo que sentimos hacia todo aquello que no queremos ver.
—Pero es un anciano… —objetó Orr.
—No estoy seguro de que lo sea —dijo Barak—. Camina como un hombre joven. ¿Y acaso no celebramos hace poco el Domingo de Ramos, que es cuando la gente se viste como los antiguos profetas y abundan las barbas falsas?
—Dios mío, ¿lo atrapamos? —preguntó Orr.
—¿Creéis que podríamos atraparlo entre los dos? —le preguntó a su vez Barak.
—Parece desarmado —repuso Orr.
—Hagámoslo pues —dijo Barak—. Tenemos que darnos prisa o se confundirá entre la multitud que llena Fleet Street.
—Os acompaño —dije al tiempo que me ponía de pie. Lo dije con mayor bravura de la que sentía en realidad—. Y si lo atrapamos, y resulta ser un demonio que se marcha volando a Holborn, al menos sabremos que Harsnet tenía razón.
—Iré por la espada. ¿Tenéis la vuestra en la habitación?
—Sí. —Llevaba años allí. Al fin y al cabo, los abogados no tiramos de espada.
—La mía está en la cocina.
Orr salió con ademán decidido.
Miré alrededor: el alto aparador que contenía la vajilla, el fresco de la escena de caza que cubría la pared… Aquella estancia era el centro de mi vida. Apreté los dientes con fuerza y fui a mi habitación en busca de la espada. De nuevo en el pasillo, estaba ciñéndome el cinto cuando la puerta de Barak se abrió de pronto y él salió.
—¡Llevo prisa, mujer! —exclamó sin volverse—. ¡Lo tenemos! —Bajó a toda prisa por la escalera.
Orr ya nos esperaba junto a la puerta abierta. Tamasin salió de la habitación, furiosa, y me cogió del brazo.
—Por el amor de Dios, ¿qué está pasando? ¿Va a contármelo alguien?
—Creemos que el asesino está fuera —le dije—. Al parecer se ha disfrazado de vendedor ambulante. Es nuestra oportunidad de acabar de una vez por todas con esto, pero tenemos que irnos ya.
Bajé por la escalera. Orr y Barak ya habían salido. Vi de reojo a Joan, de pie en la puerta de la cocina, con ambos jóvenes pegados a ella, asomándose para mirar qué estaba pasando.
El sol lucía bajo en el cielo, y la casa proyectaba alargadas sombras sobre Chancery Lane. Desde el portal observé que el vendedor ambulante había pasado de largo y empujaba la carretilla por la calle, que formaba una suave pendiente. Los tres echamos a correr atropelladamente tras él. Los abogados y los escribientes que nos cruzamos se quedaron inmóviles, mirándonos sorprendidos. Tras pisar un charco vi que había salpicado la toga del tesorero Rowland, que se había pegado al muro para apartarse de nuestro camino. Sentí una momentánea punzada de satisfacción.
—Si no es más que un viejo buhonero solo habremos hecho el ridículo —señaló Orr. Yo no tenía aliento para responder.
Mientras corríamos tras él, el vendedor ambulante oyó que nos acercábamos y se volvió, echando el freno a una de las ruedas traseras de la carretilla. Tal como Barak había observado, se movía muy deprisa para tratarse de un anciano. Vi de nuevo la barba gris, el cabello enmarañado y los ojos febriles que destacaban en aquel rostro mugriento. Entonces dio media vuelta para huir de nosotros.
Barak se arrojó sobre él y lo cogió del cuello raído de la capa. La mayoría de los hombres hubiesen cedido bajo su peso, pero el buhonero siguió de pie y cogió el brazo de Barak, impidiéndole agarrar la espada. Orr lo aferró de la barba y tiró con fuerza, produciéndole un corte en la mejilla. La falsa barba quedó colgando, torcida, sobre la boca. El buhonero no acusó el dolor. Propinó un rodillazo a Barak en la entrepierna. Mi ayudante se inclinó, sin aire. Acto seguido, el buhonero tendió el brazo hacia la carretilla y sacó un espadón que, al asomar, arrastró algunos abalorios que salieron volando por los aires. Asentó los pies, dando la espalda a la carretilla; Orr y yo, ambos con la espada desenvainada, lo habíamos acorralado. De pronto fui consciente de que nos rodeaba un gentío que contemplaba la escena a una distancia segura.
Intenté mirar el rostro del buhonero. La barba todavía se lo ocultaba en parte, y le sangraba la mejilla. Me pareció raro el color y el tamaño de su nariz, y comprendí que, al igual que la barba, era falsa. Lo que yo había tomado por un rostro mugriento era, en realidad, maquillaje de actor. Solo los ojos azules, que centelleaban con odio, eran reales.
El buhonero se arrojó inesperadamente sobre mí. Gracias a la suerte más que a la habilidad, me las ingenié para parar el golpe. Entonces, Barak, pálido de dolor, se situó de un salto a mi lado y lanzó una estocada al brazo con que el buhonero empuñaba el arma, pero un grito repentino logró distraerlo y falló.
—¡Dejad de pelear! —exclamó el tesorero Rowland como si no fuéramos más que una cuadrilla de estudiantes pendencieros.
El buhonero aprovechó nuestra momentánea distracción para lanzar una estocada a Barak que le alcanzó el brazo y lo obligó a soltar la espada. Después saltó hacia un lado y corrió en dirección a un hombre que se había sumado al gentío, un estudiante que acababa de desmontar del caballo y sostenía las riendas del animal. El buhonero le hizo un corte en la mejilla, soltó la espada, el muchacho hizo lo propio con las riendas para llevarse la mano a la herida, y el atacante se encaramó a la silla, espoleó al caballo y, en un abrir y cerrar de ojos, se alejó a galope tendido por Chancery Lane hacia Holborn. El pobre estudiante cayó de rodillas lamentándose, mientras Barak se sostenía el brazo herido y lanzaba una maldición. Pensé en tomar prestado un caballo para emprender la persecución, pero para cuando lo lograse el asesino ya habría puesto mucha distancia de por medio. Me volví cansado hacia la escena que se desarrollaba en torno a la carretilla.
Barak solo tuvo que lamentar un corte superficial, pero el desdichado estudiante estaba muy malherido, pues el corte que había recibido le cruzaba la nariz y la mejilla y le dejaría una cicatriz de por vida. Fue un milagro que no quedara tuerto. El tesorero Rowland ordenó llevarlo al Colegio de Lincoln. Entonces se volvió hacia mí, furioso, exigiendo saber por qué habíamos atacado al vendedor ambulante, aunque no tardó en cerrar la boca cuando le conté que se trataba del hombre que había asesinado a Roger Elliard.
La multitud se dispersó lentamente; Barak, Orr y yo nos quedamos solos junto a la carretilla. La inspeccionamos a conciencia, pero no encontramos más que baratijas, algunas telas, paños y botellas de vinagre para limpiar la plata.
—Lo bastante grande para ocultar un cadáver —comentó Barak. Cogió una de las telas para hacerse un torniquete y evitar que la sangre siguiera manando de la herida.
—Así es como nos seguía, escuchando sin duda nuestras conversaciones. No recuerdo haber visto ningún vendedor ambulante de barba gris que empujase una carretilla entre el gentío el día que me atacaron, pero es muy posible que tenga otros disfraces.
—¿Era Goddard, señor? —preguntó Orr.
—Imposible tener la certeza debido a la barba postiza y la sangre que le cubría en el rostro.
—No vi ni rastro del lunar —dijo Barak—. Si es tan grande como todos aseguran, sería difícil disimularlo.
—¿Qué estaría haciendo aquí? —preguntó Orr.
—Quizá estudiar nuestros movimientos. Tal vez planeaba asustarnos de nuevo, o incluso hacerles algo a las mujeres. —Reflexioné por un instante y luego hundí la mano en la carretilla para sacar media docena de botellines de vinagre. Uno a uno los fui vaciando. El contenido del cuarto produjo un siseo y quemó la madera de la carretilla.
—Vitriolo —dije—. Esta es la razón de que haya estado llamando a nuestra puerta. Seguramente se había propuesto arrojárselo a Joan o a Tamasin.
Los tres regresamos lentamente a casa. Dejamos la carretilla donde estaba, pues no podía revelarnos más información. Antes de alejarnos, arrojé dentro la barba postiza.
Joan nos esperaba en la puerta. Parecía asustada, y al ver la herida que Barak tenía en el brazo abrió los ojos como platos.
—¿Qué ha pasado? —preguntó con voz temblorosa.
—Vimos frente a la casa al hombre que nos atacó a Tamasin y a mí —expliqué—. Pero ha logrado escapar. —Observé la expresión de preocupación en su rostro arrugado. No podía contarle lo que probablemente le habría sucedido si, en lugar de Orr, hubiese abierto ella la puerta al vendedor ambulante—. ¿Dónde están los muchachos?
—Les dije que no salieran del establo.
Asentí, cansado.
—Ya pueden salir, que está todo solucionado. Buen Orr, gracias por tu ayuda.
El hombretón asintió y siguió a Joan a la cocina. Barak se apoyó en el balaustre, más pálido a medida que comprendía el alcance de lo sucedido.
—Le habría atravesado el brazo si no hubiese sido por el pelele de Rowland — dijo, furioso.
—Sí, eso creo yo también.
—No puedo contarle a Tammy lo del vitriolo. Ni siquiera me atrevo a pensar en ello. —Exhaló un suspiro—. No podrá salir hasta que todo esto haya terminado. Iré a decírselo.
—¿Por qué no iba a poder salir si quiero?
Nos volvimos y vimos a Tamasin en lo alto de la escalera, observándonos. Debía de haber oído las últimas palabras de Barak. Entonces reparó en la herida que su marido tenía en el brazo.
—¿Qué coño te ha pasado ahora? —preguntó, furiosa y asustada a la vez. En ese instante reparé en que nunca la había oído decir una palabra gruesa.
—El asesino estaba fuera. Casi lo atrapamos, pero escapó. No es más que un rasguño. Ve por agua y límpialo, ¿quieres?
—Pero ¿por qué dices que no voy a poder salir? —preguntó Tamasin.
—Porque aún podría andar cerca.
—Llevaba tres semanas rondando la casa. ¿Vas a contarme lo que ha pasado o no?
—Creo que tendrías que contárselo —le sugerí a Barak en voz baja, para evitar que ella me oyese—. Lo soportará.
—No puedo. Soy yo quien no soporta pensar en lo que le podría haber pasado, porque es mi esposa. —Un temblor lo estremeció.
—¿Se puede saber qué estáis murmurando? —inquirió Tamasin.
—¿Harás lo que te he pedido, mujer? —preguntó a su vez Barak, volviéndose hacia la escalera, por donde ella se había marchado. Y sin apartar la mano del brazo herido, subió hasta donde estaba Tamasin, con una expresión en la que se mezclaban la angustia y la perplejidad. Pasó por su lado, en dirección a la habitación que compartían. Ella lo siguió y cerró de un portazo.
De nuevo se puso a llover; las gotas repiqueteaban con fuerza en las ventanas.
Dispuesto ya a meterme en la cama, contemplaba la lluvia tras la ventana preguntándome si habrían retirado el cadáver de Lockley, que impedía que se abrieran las compuertas del conducto de aguas de la casa capitular, cuando alguien llamó a mi puerta. Era Barak.
—¿Hay noticias de Harsnet? —pregunté.
—No. —Vestía el blusón y tenía vendado el brazo derecho. En la piel desnuda, sobre el vendaje, distinguí otras cicatrices, recuerdo de antiguas peleas. Parecía muy cansado—. ¿Puedo entrar? —preguntó de modo brusco—. Necesito hablar.
Asentí y, una vez dentro, se sentó en la cama. Permaneció callado un rato, pero al cabo negó con la cabeza y dijo:
—He sido incapaz de contarle que podría haberle sucedido algo tan horrible. Solo pensar en que ese canalla podría haberle hecho algo así a su rostro… —Guardó silencio antes de terminar la frase y advertí que estaba a punto de echarse a llorar.
—Vamos, tú la conoces y sabes que es una mujer fuerte. De hecho, eso es lo primero que te atrajo de ella cuando os conocisteis en York. ¿O lo has olvidado?
—Pero ahora soy su marido. Tendría que ser capaz de protegerla. —Hizo una pausa y añadió—: Debería haberle dado un hijo. —Permaneció callado por un instante—. Sé que se supone que la mujer tiene la culpa de que muera un niño después de alumbrarlo, pero en los tiempos que corren, ¿quién es capaz de estar seguro de nada? ¿Y si yo tuve la culpa? Lo único que quería era cuidar de ella, mantenerla a salvo, darle una familia. Perpetuar el antiguo apellido judío de mi padre. Y no he sido capaz de hacer nada de todo eso. —Volvió hacia la puerta una mirada inexpresiva—. La amo, jamás he sentido por una mujer lo que siento por ella, y Dios sabe que he conocido a muchas.
—Quizá ahí radique el problema —advertí—. Has construido una fantasía de cómo tiene que ser la vida conyugal, y ahora te resulta muy duro afrontar la realidad de una unión que sabe Dios que ha sido bendecida con escasa fortuna. Si ambos pudierais hablar libremente…
Me miró con los ojos entornados.
—Tratándose de alguien que siempre ha vivido solo, os las estáis dando de sabiondo, ¿no os parece?
—Resulta muy fácil ver los problemas de los demás. Yo he cometido el error contrario con Dorothy. Le he dicho demasiadas cosas, y además me he precipitado al hacerlo.
—Ah, me estaba preguntando qué había pasado.
—Nada, eso es lo que ha pasado. Y si le cuentas a alguien una palabra de esto, me encargaré de ponerte de patitas en la calle y echarte del Colegio de Lincoln más rápido de lo que tarda un cuervo en sobrevolarlo —bromeé para aliviar la tensión.
Barak sonrió.
—Hablando de cuervos… —dijo—, ¿no teméis que Bealknap os haga la competencia? Quizá no esté tan indispuesto como aparenta, y pretenda granjearse las simpatías de la dama.
—A Bealknap solo le interesaría una mujer si estuviera hecha de oro macizo y pudiera fundirla.
Hallamos un consuelo momentáneo en la breve carcajada que siguió.
—¿Podréis arreglar las cosas con el viejo moro? —preguntó Barak.
—No lo sé. Lo intentaré. Igual que tendrías que hacer tú con Tamasin.
Se levantó con un suspiro.
—Tengo que volver a su lado. Gracias.
—Jack —dije—, ¿recuerdas que en una ocasión, en York, me contaste que te sentías dividido entre tu antigua vida aventurera y la necesidad de sentar la cabeza? Escogiste hacer lo último con Tamasin, de modo que tomaste una decisión. Pasaste de una vida en la que solo tenías que preocuparte por ti a una en la que lo compartes todo. Tienes mucho coraje, así que ahora has de ser lo bastante valiente para abrirte a ella.
Al llegar a la puerta, se detuvo y, en tono sombrío, dijo:
—Hay distintos tipos de coraje. Pocos los poseen todos en buena medida.
El jinete procedente del palacio de Lambeth acudió pasada la medianoche, cuando todos nos habíamos retirado a dormir. Sin embargo, yo aún no había conciliado el sueño, puesto que tumbado en la cama oía los gritos ahogados que procedían de las habitaciones de Barak y Tamasin; otra vez estaban discutiendo. El ruido cesó de pronto cuando llamaron a la puerta principal.
Barak y yo teníamos órdenes de acudir inmediatamente a palacio para entrevistarnos con el arzobispo Cranmer. Nos vestimos sin demora, preparamos los caballos y cabalgamos a través de la oscura ciudad hasta las escaleras de Whitehall, donde nos aguardaba una embarcación para que cruzásemos el Támesis. Había dejado de llover y la brillante luz de la luna relucía en el argénteo y desierto río.
Fuimos conducidos al despacho de Cranmer. Cuando Barak y yo llegamos a la puerta, otro escribiente se acercó a nosotros acompañado por Harsnet. A juzgar por su aspecto, al ayudante del forense acababan de sacarlo de la cama.
Encontramos al arzobispo sentado al escritorio. Se lo veía tenso y tenía unas profundas ojeras. Lord Hertford no estaba presente, aunque sí sir Thomas Seymour, vestido llamativamente, como era habitual en él, con los brazos cruzados y, a juzgar por la expresión de sus ojos, muy emocionado.
Les hablé del incidente del buhonero.
—¿No pudisteis ver quién era? —preguntó Harsnet cuando hube terminado.
—No. Iba muy bien disfrazado.
—Goddard tenía un gran lunar en el rostro —apuntó Cranmer.
—No se lo vi, pero estaba embadurnado de maquillaje.
Cranmer meditó mis palabras un instante; luego se volvió hacia sir Thomas y le ordenó:
—Contadme las noticias que tengáis de Hertfordshire.
—Encontré Kinesworth sin mayores problemas. Se trata de un pueblecito situado no lejos de Totteridge. El juez local conocía hasta el último detalle relacionado con la familia Goddard. Vivían en una mansión, a las afueras del pueblo. Hubo un tiempo en que fueron ricos, pero el padre de Goddard era un borracho y lo perdieron todo. Sus tierras ya habían sido vendidas cuando su padre falleció, de eso hace treinta años. Por aquel entonces, Goddard no era más que un muchacho. Su madre y él se quedaron en la casa, y allí vivieron como pudieron; según parece, la mujer era de buena cuna y le avergonzaba lo que le había sucedido a la familia. Cuando tuvo edad suficiente, Goddard acudió a la abadía de Westminster para convertirse en monje. La anciana vivió sola en la casa, como una reclusa, hasta que murió hace unos meses y Goddard la heredó.
—Momento en que se despidió de las habitaciones que había alquilado en Londres —señalé—. De modo que se trasladó. ¿Se encuentra en la casa?
—Por lo visto, viene y va. Ayer mismo lo vieron yendo a caballo en dirección a Londres. Esperamos todo el día para ver si regresaba, pero no hubo ni rastro de él hasta muy entrada la noche. Entonces vimos el humo que salía de la chimenea de la casa.
—De modo que está allí —comentó Cranmer.
—Teniendo en cuenta esos datos horarios, puede tratarse del buhonero —dije—. Nuestra pelea con él fue al atardecer.
—Sí.
—Vamos por él —propuso sir Thomas, que no pudo disimular la emoción.
—Aguardad un instante. ¿Qué más cosas cuentan sobre él los lugareños? —quiso saber el arzobispo.
—Lo tienen por alguien desagradable, pues no se lleva bien con los vecinos. No acude al pueblo, sino que hace que se lo lleven todo. Dicen que la casa está poco menos que en ruinas.
—¿Tiene dinero? —preguntó Harsnet.
—Algo tendrá. —Pensé en la de mendigos que habrían acudido a él a venderle la dentadura.
—¿Visteis la casa? —preguntó el arzobispo.
—Fui a echar un vistazo, pero desde una distancia segura —dijo Seymour—. Fue bastante fácil, pues está rodeada de árboles. Es una mansión que quizá fue impresionante en el pasado, pero que ha perdido mucho. Todos los postigos estaban cerrados. El jardín está invadido por la maleza. Y he aquí lo más interesante. —Hizo una pausa y añadió—: A la muerte de su madre, Goddard despidió a los pocos sirvientes que quedaban, todos ellos ancianos. Esa decisión provocó un gran resentimiento en el pueblo.
—¿De modo que ahora vive solo allí? —pregunté.
—Sí. Dejé a uno de mis hombres apostado, vigilando la casa discretamente, y luego cabalgué de regreso acompañado por mi mayordomo.
—¿Podemos confiar en ese juez? —inquirió Harsnet.
—Eso creo. Parece un hombre capaz.
—¿No le revelaríais que yo estaba involucrado? —quiso saber Cranmer.
—No, milord. Tan solo le dije que se trataba de un asunto de Estado y que era secreto.
Cranmer asintió, se volvió hacia Harsnet y dijo:
—Sir Thomas ha sugerido que enviemos un grupo de jinetes armados para que irrumpan en la casa.
—Pues adelante. —El ayudante del forense rio con amargura—. Después de todas las preguntas que hice en Londres y en los condados vecinos, preguntas que no sirvieron de nada… Ojalá se me hubiera ocurrido ampliar el alcance de las pesquisas.
—Hicisteis todo lo posible —dijo Cranmer, volviéndose hacia sir Thomas—. ¿Cuántos hombres estáis en condiciones de aportar?
—Una docena, milord —respondió sir Thomas con aplomo. Caí en la cuenta de que estaba disfrutando del hecho de haberse convertido en el centro de atención—. A las órdenes de Russell, mi mayordomo. Todos jóvenes, fuertes y amantes de la aventura, como quiero que sean los hombres dispuestos a servirme —concluyó con una sonrisa complacida.
—¿Qué les diréis?
—Tan solo que gente de la corte anda tras la pista de un villano y que nos hemos propuesto ayudarla a atraparlo.
—Creo que eso es precisamente lo que tenemos que hacer —dijo Cranmer, mirando a los presentes—. Terminar con este asunto de una vez por todas.
—Tras recibir esa nota que nos envió —intervine al fin—, creo que muy probablemente eso sea lo que él quiere que hagamos. Esto está relacionado con el asesinato de la séptima víctima.
—Lo sé —admitió Cranmer en voz baja—; pero ¿qué otra cosa podemos hacer, aparte de enviar a ese lugar a un puñado de hombres? —Al ver que yo no tenía una propuesta alternativa, continuó—: Matthew, quiero que vos acompañéis a la gente de sir Thomas. Parece ser que para el asesino vos estáis relacionado con su misión. Eso ha quedado claro después de la pelea con el presunto buhonero. —Me miró con severidad, esperando quizá que yo pusiera alguna objeción.
—Como desee vuestra gracia —me limité a decir.
—Acordaos bien de estas palabras, sir Thomas —dijo el arzobispo tras volverse hacia Seymour—. No se trata en absoluto de una partida de caza. Si algo se tuerce y el rey descubre lo que nos hemos traído entre manos, no seré yo el único que sufra las consecuencias. Poned coto a vuestro entusiasmo por la aventura. Y recordad que si atrapamos a Goddard, nunca se celebrará un juicio. El caso debe darse por cerrado, en silencio y con total discreción. Esta misma noche.
Sir Thomas Seymour se sonrojó.
—Comprendo perfectamente la importancia de este asunto, milord —dijo con cierta arrogancia.
—Bien. Y gracias por todo lo que habéis hecho hasta ahora. Veamos, ¿cómo han ido las cosas en la casa capitular?
—Mis hombres han retirado el cadáver de Lockley, pero resulta imposible abrir las compuertas. Por algún motivo, se han atascado. Mi hermano enviará un ingeniero para intentar solucionar el problema.
—Y yo he interrogado a los mendigos —dijo Harsnet—. Hubo uno que fue allí hará unas semanas, y que se quedó en esa capilla que utilizan de refugio. Según parece, se interesaba mucho tanto por la taberna como por la casa capitular, a pesar de que nunca se acercó. —Me miró—. Un anciano con el rostro mugriento, cabello y barba grises. No caía bien a los demás mendigos, creo que intuyeron que no era quien fingía ser.
Seymour rio.
—Ese hombre es un genio. El rey tendría que aceptarlo a su servicio en calidad de espía.
—Sus habilidades provienen del diablo —aseguró Harsnet.
—¿Y eso cuándo ha importado?
Cranmer se dirigió entonces a Barak, que había permanecido de pie y en silencio junto a la puerta.
—Quiero que vos ayudéis a sir Thomas a organizar a sus hombres en un grupo armado —dijo—. Trabajasteis para lord Cromwell y tenéis experiencia en estos asuntos.
—Sí, milord. —Barak inclinó la cabeza.
Me pregunté si el arzobispo quería que Barak se asegurase de que sir Thomas lo organizaba todo adecuadamente y no revelaba más información de la cuenta a sus hombres. A juzgar por la hosca mirada que sir Thomas le dirigió, supuse que él se había preguntado lo mismo.
—Rezaré para que consigáis acabar con este horror —dijo el arzobispo, poniéndose de pie. Al volvernos para marcharnos, me miró y vi conmiseración en sus ojos.
«Bueno, al fin y al cabo, fui yo mismo quien se metió en esto la mañana en que hallé el cadáver del pobre Roger», pensé.
Al caminar por el corredor me situé junto a Harsnet.
—¿Será esto el final, Matthew? —preguntó procurando que los demás no lo oyeran.
—No lo sé.
—Acertáis al insistir en que debemos mostrarnos cautos. Tengo la sensación de que estamos a un paso de mirar de frente al diablo.
—Dispondremos de numerosos hombres.
—No confío en Seymour. Es un aventurero.
—En efecto, pero ha demostrado tener ciertas habilidades que nos han sido de utilidad en esta empresa. Su experiencia militar ha sido importante para nosotros.
—Quizá. —Harsnet guardó silencio unos instantes—. Esta tarde vi a lady Catalina Parr entrar a caballo en su casa de Charterhouse Square, acompañada por su séquito. Posee extensas propiedades en el norte, a pesar de lo cual sigue en Londres. Debe de ser porque aún está considerando la propuesta del rey.
—No podrá marcharse sin el permiso de su majestad. En cierto modo está atrapada aquí.
—Tiene que casarse con el rey para que la reforma sobreviva —dijo con inesperada pasión—. Y hemos de detener a Goddard —añadió—. Por los medios que sean.
Salimos de palacio. Sir Thomas se encontraba en el muelle, junto a la embarcación, iluminado por las luces de las antorchas que llevaban los tres hombres que la gobernaban.
—A mi casa —ordenó—. Por los hombres y los caballos. —De pie con los brazos en jarras, dominando por completo la escena, tal era su planta que me recordó al rey. Y eso me hizo estremecer.