Revelación
Capítulo 46
T res días después recibí en casa una visita inesperada. Seguía en cama, recuperándome de mis heridas, cuando Joan se presentó ruborizada en el dormitorio para comunicarme la llegada de lord Hertford. Le pedí que lo acompañase hasta mi habitación. Debería haber hecho el esfuerzo de levantarme y recibirlo en el salón, pero aún me sentía exhausto.
Lord Hertford vestía jubón gris y una sencilla capa de pieles. De nuevo pensé en cuán distinto era de su hermano, quien solía decantarse por colores más llamativos. Siempre me había parecido un hombre dotado de una seriedad mortífera, pero ese día lo vi tranquilo, incluso me ofreció una amistosa sonrisa antes de tomar asiento en el sillón que había junto a mi cama. «Hoy es el político», pensé al verlo así.
—Lamento tener que recibiros aquí —me disculpé.
Hizo un gesto con la mano, como restando importancia al hecho.
—Fui yo quien lamentó mucho saber lo mal que lo pasasteis en aquella cloaca. Y también, con anterioridad, en casa de Goddard. Jamás habríamos atrapado a Cantrell si vos no hubierais reparado en que Goddard fue asesinado con la intención de confundirnos. A estas alturas, Catalina Parr estaría muerta.
—Lamento que no consiguiéramos atraparlo antes —dije tras suspirar—. Nueve muertos, incluido el notario y el inocente carbonero, cuyo cadáver descubrimos.
—Lady Catalina es consciente de que vos la salvasteis —dijo lord Hertford en voz baja—, y os está muy agradecida por ello.— ¿La pusisteis al corriente de lo de Cantrell?
—No le contamos toda la historia, pero sí que había un asesino suelto y que la había escogido para convertirla en su próxima víctima. Harsnet tuvo que contárselo para convencerla de que no saliera de sus habitaciones. Ella os vio aquella noche, un instante, ¿sabéis? Os tomó por el asesino.
—Lo imaginaba…
—Le expliqué que vos la salvasteis. Le gustaría recibiros para daros las gracias. Esa dama no olvida con facilidad los favores que se le hacen.
—Me siento honrado —dije, y en efecto así era, aunque al mismo tiempo no me gustaba nada la idea de que alguien tan cercano a lo más granado de la corte hubiese reparado en mí. Miré de nuevo a lord Hertford, que sonreía, satisfecho.
—No sé cuándo podrá veros. Estos próximos meses tendrá que atender muchos compromisos, puesto que ha aceptado la propuesta de matrimonio que le hizo el rey.
—¿De veras?
—Por fin ha aceptado que esa es la voluntad de Dios.
—¿Cuándo se celebrará la boda? —pregunté.
—No será hasta bien entrado el verano. El rey ha dispuesto que sea el obispo Gardiner quien oficie la ceremonia. —Rio—. Eso de unir al rey con una reformista no va a gustarle nada, creedme.
—Pero ¿por qué se ha empeñado el rey en casarse con ella, si cada vez simpatiza menos con la reforma religiosa? —pregunté.
—Hace tiempo que se siente atraído por ella. Desde antes de que falleciese su marido. Y, además, es viejo, está enfermo y se siente solo.
—Será su sexto matrimonio. ¿Creéis que ella sobrevivirá? —pregunté sin poder evitarlo.
—Será lo que Dios quiera. La familia Parr podrá aspirar ahora a alcanzar altos puestos en la corte. Todos ellos son reformistas, así que el arzobispo Cranmer ya no corre peligro.
—¿De verdad? —Me alegró oír eso.
—Sí. El rey llegó a la conclusión de que las acusaciones de Gardiner contra los miembros del gabinete del arzobispo carecían de fundamento. Ha nombrado una comisión para investigar el asunto, y de hecho ha confiado la dirección de la misma al arzobispo Cranmer. Esto supone un duro revés para los planes de Gardiner. Además, la campaña del obispo Bonner contra los píos de Londres no ha encontrado indicios de nada que pueda tacharse de herejía. Ya han empezado a liberar a los presos. Tendrán que mostrarse cautos por un tiempo, pero, sí, da la impresión de que el viento empieza a sernos favorable.
—¿Qué me decís del deán Benson?
—Vuelve a ocupar su puesto, después de que el arzobispo le ordenase mantener la boca cerrada.
—Si hubiera impedido que Goddard y Lockley utilizaran la belladona para sacar los dientes a esa pobre gente, podrían haberse salvado muchas vidas.
—No podemos permitir que se organice un escándalo debido a ese asunto. Pensad en lo que podría salir a la luz si lo hiciéramos. —Me miró a los ojos unos instantes mientras se acariciaba la larga barba—. Habéis demostrado vuestra valía, maese Shardlake. ¿Trabajaríais para mí, igual que en tiempos lo hicisteis para lord Cromwell?
—Gracias, milord, pero me he propuesto disfrutar de una vida tranquila y de mi trabajo en el Tribunal de Apelaciones. Intentar levantar un hospital para los pobres, suscrito por los propios abogados del Colegio de Lincoln…
—Mi hermano Thomas partirá en breve de Inglaterra para ocupar su puesto de embajador en Holanda. Sé que ha sido cruel con vos. Lo siento. No tendréis que volver a verlo.
—Sé encajar las burlas. He encajado muchas en la vida. Eso ya no me afecta.
Lord Hertford inclinó la cabeza para dar a entender que aplaudía mi comentario.
—También yo estoy muy interesado en mejorar las condiciones de vida de los pobres. Estos últimos años lo han tenido todavía más difícil, si cabe. Quizá podría ayudaros con vuestros planes. Mi patronazgo podría resultaros útil en muchos aspectos, tanto como vuestras habilidades lo serían para mí.
—Lo siento de veras, milord, pero no estoy hecho para la vida pública, ni para tomar las decisiones terribles que a veces la gente que ocupa ciertos puestos se cree en la obligación de tomar.
Me miró largamente, con cierta dureza. Al cabo, asintió.
—En fin. Últimamente habéis sufrido mucho y necesitáis tiempo para recuperaros —dijo en voz baja—. Pero pensad en lo que os he dicho.
—El forense Harsnet podría haberme ahogado —dije—. Pensé que vendría a visitarme, pero no lo ha hecho.
—Estoy seguro de que no tomó a la ligera la decisión de abrir las compuertas.
—Yo estoy seguro de que llegó a la conclusión de que era la voluntad de Dios. ¿Se inundaron todas las casas de la plaza?
—Algunas sí.
—¿Cómo estuvo Harsnet tan seguro de que Cantrell me había ocultado allí? — pregunté, curioso.
—El cerrojo de la trampilla que conducía a la cloaca no estaba cerrado del todo, a pesar de que Cantrell creyó que lo estaba, lo cual nos indicó que se había introducido alguien allí. Pero, maese Shardlake, si Harsnet y sus hombres hubieran descendido para rescataros, Cantrell os habría matado antes de que consiguiesen inmovilizarlo.
—Cabía esa posibilidad, sí; pero Harsnet tenía que saber que abrir las compuertas suponía, casi con toda seguridad, la muerte de ambos. Fue pura suerte que lograse introducirme en ese nicho y que el nivel del agua bajase antes de que me ahogara.
—El forense creyó necesario adoptar esa medida.
—Milord, son ese tipo de medidas necesarias que toman quienes trabajan en Whitehall lo que hace que quiera seguir siendo un simple abogado.
Se levantó, derrotado por el momento. Me pregunté si volvería. Era un hombre ambicioso y estaba formando una red de personas que disfrutaban de su patronazgo. También era hombre de principios, como lo había sido Cromwell. Pero lord Hertford, por capaz que fuese, jamás sería otro Cromwell, puesto que cedía ante la debilidad, tal como lo demostraba el afecto que le tenía a su hermano.
—¿Cómo se encuentra vuestro hombre?
—Está bien. Se llevó un buen golpe, pero tiene la cabeza muy dura.
—Me gustaría verlo antes de irme, para darle las gracias y transmitirle también el sincero agradecimiento del arzobispo.
Pedí a Joan que fuese a buscar a Barak. Este llegó algo pálido y con ojeras. Saludó con una profunda inclinación a lord Hertford, quien le agradeció todos sus esfuerzos.
—He estado intentando convencer a vuestro señor de que trabaje para mí —dijo —. También habría un puesto para vos, en calidad de ayudante suyo. Puedo prometeros una vida emocionante. Mirad a ver si lo convencéis. —Se levantó, se despidió con una profunda inclinación de cabeza y abandonó el dormitorio.
—¿Convenceros? No pienso convenceros de absolutamente nada —dijo Barak volviéndose hacia mí cuando los pasos del noble se hubieron alejado lo suficiente—. Esta vez ya he perdido bastante.
—Lo sé —reconocí, compasivo.
Al regresar de la casa capitular habíamos descubierto que Tamasin se había llevado sus cosas y había dejado una nota para Barak. La vieja amiga que la había acogido en su casa cuando se marchó también había trabajado en la cocina particular de la difunta reina Catalina Howard. Tamasin había estado trabajando para ella, ayudándola a preparar las golosinas que la reina Catalina adoraba, cuando Barak y yo la conocimos en York dos años atrás. Barak se había negado a mostrarme la nota, aunque me había contado que a Tamasin le habían ofrecido su antiguo empleo; puesto que el rey iba a casarse con Catalina Parr, se necesitarían más sirvientes, y el chambelán buscaba candidatos con experiencia demostrada. Tamasin había aceptado el empleo, lo que suponía instalarse en Whitehall. Dijo que creía que ambos necesitaban pasar un tiempo separados, y le pedía que no se pusiera en contacto con ella. Eso lo había destrozado, y había sido necesario ejercer toda mi capacidad de persuasión para impedirle que acudiese a Whitehall. Había aceptado esperar un poco, antes de ponerse en contacto con ella, aunque desde que su mujer se había marchado la quería a su lado más que nunca en la vida.
—¿Podríamos ponernos a trabajar cuanto antes? —me preguntó—. Necesito hacer algo para distraerme.
—Dentro de unos días, Jack. Antes debo visitar a dos personas.
Hacia finales de semana ya me había levantado de la cama y hacía vida normal, a pesar de seguir dolorido. Envié a Barak a informar al Tribunal de Apelaciones de que volvería al trabajo el lunes siguiente, y regresó con una pila de casos nuevos. Fue un placer leerlos, sentir que recuperaba mi vida. Y el domingo anterior a mi vuelta al trabajo, ensillé a Génesis y fui cabalgando a la ciudad.
En primer lugar, fui a ver a Guy. Era el 22 de abril, se cumplían exactamente cuatro semanas desde la muerte de Roger y el inicio de aquella sucesión de horrores. Era un tranquilo domingo de primavera y la mugrienta ciudad daba la impresión de estar limpia y reluciente. Los grises y pardos de las calles se veían matizados por las manchas verdes de los árboles que crecían en los patios de las iglesias, puesto que la mezcla de lluvia y calor había hecho que reverdecieran antes de tiempo.
Había supuesto que Guy estaría en casa el domingo por la tarde, después de haber acudido a la iglesia por la mañana, y que posiblemente lo encontrase estudiando. Hacía diez días que no tenía noticias de él, y desde mi lecho de convaleciente le había enviado una nota para informarlo de que habíamos encontrado al asesino y que este había muerto.
Mientras ataba a Génesis a la barandilla frente a la botica de Guy, era consciente de los latidos de mi corazón. ¿Y si me rechazaba? ¿Y si daba por concluida nuestra vieja amistad? Me acerqué a la puerta de la botica y me sorprendió encontrarla entreabierta. Oí voces, que reconocí, procedentes de la estancia trasera. Entré en silencio en la botica y me dirigí lentamente hacia la puerta que daba al interior. Vi sobre la mesa, cerrado, el ejemplar de Guy de la obra de Vesalius.
Del otro lado de la puerta me llegó la voz de Piers. Hablaba en voz baja, pero su lengua era tan afilada como un cuchillo.
—Negro cabrón, si ese abogado me denuncia por robo podría acabar ahorcado…
—No lo…
—¿Eso tú cómo lo sabes? Y ahora no tengo más remedio que mendigar, que vivir entre lo peor de lo peor, huyendo en cuanto veo acercarse un alguacil…
—Nadie te está buscando, Piers —aseguró Guy, cuyo tono me pareció muy cansado. Luego, añadió—: ¿Por qué me robaste?
—¿Y por qué no iba a hacerlo? Los aprendices reciben una paga miserable y yo me dejaba la piel trabajando para ti.
—Pudiste haberme pedido más.
—De todos modos no pensaba continuar contigo. Iba a buscar otro empleo, así que el dinero me hubiera venido bien. —Rio con crueldad—. Estaba cansado de tus patéticas quejas y toda esa monserga de que tenía que ser más simpático con la gente.
Me acerqué sin hacer ruido a la puerta, deseando que me hubiese acompañado Barak.
—Intenté enseñarte más sentido de la moral —oí decir a Guy, que hablaba casi con la voz rota—. Cómo ser un buen hombre.
—Mientras hacía tu sucio trabajo, limpiando toda esa mierda después de que abrieses los malolientes cadáveres. Todo ello sin olvidar que lo que querías era abrirme el cuerpo. Bueno, al menos el culo…
—Jamás… —Percibí una gran congoja en la voz de Guy.
—Quiero dinero. Quiero todo lo que tengas. Luego me escribirás una carta de recomendación. Me voy al norte a buscar un nuevo empleo.
—Te daré dinero, Piers; pero una referencia, eso nunca —replicó Guy con firmeza.
—Entonces te atravesaré el corazón para ver si tienes la sangre tan negra como la cara…
Desenvainé la daga y abrí con fuerza la puerta.
—No, Piers —dije en tono sereno—. No vas a hacer nada de eso.
Vi a Guy sentado en un taburete, apoyado contra la pared. Piers le amenazaba el pecho con un cuchillo de hoja larga. La cara del joven, que a menudo se antojaba blanda e inexpresiva, estaba transformada por la ira. Olía a suciedad de las calles; el atractivo aprendiz, siempre bien vestido, tenía un aspecto muy diferente. Abrió los ojos sorprendido al verme entrar, y luego los entornó al comprobar que nadie me acompañaba.
—¿Hoy no has venido con tu ayudante, jorobado? —preguntó—. También me encargaré de ti, y créeme, será un placer.
—No. Si atacas a Guy, te juro por Dios que no saldrás de aquí con vida. Guy tiene razón, ninguna amenaza pende sobre ti. Recuperó el dinero que le habías robado, dinero que yo encontré; no hay pruebas contra ti. Y ahora vete y no vuelvas. Te prometo que es la mejor oferta que recibirás antes de ir a la tumba.
A pesar de que me sentía invadido por la ira, no había perdido los nervios. Tras enfrentarme a Cantrell, aquel muchacho miserable me parecía un cordero. Mi tono de voz y el modo en que miré a sus ojos pétreos, inertes, debió de causarle cierta impresión, porque bajó el cuchillo.
—Apártate de la puerta, pues —dijo.
—Antes suelta el cuchillo.
Titubeó. Sin embargo, acabó dejándolo en el banco de trabajo de Guy. Me aparté y pasó por mi lado en dirección a la botica. Allí cogió rápidamente el ejemplar del Vesalius y salió corriendo por la puerta. El eco de sus pasos se perdió en la calle.
—Gracias —dijo Guy con la respiración entrecortada—. No creo que me hubiese matado, no tiene el coraje necesario para ello, pero me alegra no haberlo puesto a prueba. Gracias de nuevo.
—Se ha llevado vuestro Vesalius.
—Sí, obtendrá un buen dinero por él. En fin, invertiré el que me robó, y que vos me devolvisteis, en comprar otro.
—No estaba seguro de si debía venir —dije—. Me alegra mucho haberme decidido.
Asintió. Me fijé en sus manos oscuras; las tenía sobre el regazo, y temblaban.
—Piers llamó hace una hora a la puerta —dijo lentamente—. En cuanto la abrí, me empujó y entró; luego desenvainó el cuchillo y me obligó a venir aquí. Cuando trabajaba para mí sonreía, era callado, se mostraba deferente. Pero hoy su expresión y su voz… La frialdad, la ira. —Meneó la cabeza—. Lamento no haberme puesto en contacto con vos, Matthew, pero seguía muy enfadado. Tendríais que haberos acercado antes. Debería haber aceptado que lo denunciarais.
—Lo siento.
Guy esbozó una sonrisa.
—En fin, creo que con lo de hoy lo habéis compensado sobradamente. —Levantó la mano—. Sentaos en ese taburete de ahí —dijo—. Aún no me siento con fuerzas para levantarme.
Cuando me hube sentado, me miró un buen rato en silencio.
—¿Cantrell ha muerto? —preguntó.
—Sí.
—Contadme lo que sucedió, cómo terminó. Si os sentís con ganas, por supuesto.
Permaneció sentado mientras estuve hablándole del cerco de la casa de Goddard, de cómo deduje que Cantrell era el asesino y de las horas que pasé desesperado en la cloaca que había debajo de la casa de Catalina Parr.
—No era consciente de las pruebas por las que habíais pasado —dijo cuando hube terminado—. Antes de que os marchéis, me gustaría echarle un vistazo a vuestra espalda.
—Os lo agradecería mucho, pues aún me duele. ¿Cómo definiríais a Cantrell, Guy? Mató a siete personas para cumplir la profecía de las copas de la ira, eso por no mencionar a los dos que murieron en el camino y, quizá, a su propio padre. Me lo imagino en casa de Roger y Dorothy, restaurando ese friso, puede que a solas con ella. Se las ingeniaba para comportarse como una persona normal. Se me hiela la sangre solo de pensarlo. He estado tumbado en cama, dándole vueltas y más vueltas al asunto, y soy incapaz de imaginar por qué hacía esas cosas. Al final tuve la impresión de que estaba confuso, enajenado; quiero decir que no me encontré a la persona fría y calculadora que esperaba. Pero no estaba poseído. Creía sinceramente que llevaba a cabo la obra de Dios.
—No sé cómo definirlo —dijo Guy—. Me gustaría ser capaz de hacerlo. Pero es que tampoco sé quién era Gilíes de Rais en realidad, o Strodyr, para el caso. Se produjo cierta perturbación en sus mentes, algo que los convirtió en animales salvajes. Tal vez algún día el estudio nos permita comprender los oscuros senderos de la mente humana que ellos transitaban. O tal vez no.
—No obstante, tengo la impresión de que Cantrell estaba relacionado con ese oleada de brutal fanatismo desaforado que barre toda la Tierra, hasta tal punto que Inglaterra devora a sus propios hijos. Al menos le dio una excusa para lo que se había propuesto hacer.
Guy asintió, entristecido.
—Nos hallamos en pleno conflicto entre dos religiones. Ha llevado a la gente a adoptar posturas extremas, y a los piadosos en concreto a creer con arrogancia que solo ellos pueden comprender los vastos misterios de las escrituras, por no mencionar la mente de Dios. Gente así es incapaz de comprenderse siquiera a sí misma, puesto que confunden sus propias necesidades con la seguridad o el poder, mientras la voz de Dios les habla solo a ellos. Lo que me sorprende es que no se hayan dado más casos de personas empujadas a la locura. Intento, con mis numerosas limitaciones, seguir la dura senda de la humildad. Me enfrento desnudo a los terribles misterios del sufrimiento y la crueldad que hay en el mundo, dudando de si mediante la oración será posible comprender la voluntad de Dios, Su voz, o incluso Su presencia. Sí, creo que la humildad es la mayor virtud del hombre.
Negué con la cabeza.
—Pienso que he perdido la fe. He tenido que leer el Libro de las Revelaciones una y otra vez durante el pasado mes. Me deja boquiabierto. Leo su mensaje cruel y despiadado, y no creo que haya nada tan desesperanzador.
—No desesperéis, Matthew —me pidió Guy con firmeza—. No dejéis que el Libro de las Revelaciones os envenene la existencia. Y ahora, permitidme echar un vistazo a esas quemaduras.
Cuando me despedí de Guy, tuve la impresión de que estaba en paz; era un frágil consuelo, pero consuelo al fin y al cabo. Guy me había aplicado en las quemaduras unos aceites refrescantes, y me sentía un poco mejor. Cabalgué de regreso al Colegio de Lincoln, donde estaba invitado en casa de Dorothy, a quien había enviado una nota, durante mi convalecencia, informándola de la muerte de Charles Cantrell. Ella había respondido y había propuesto visitarme, pero yo no quería que me viera en aquel estado, de modo que le pedí que me recibiese una vez que me hubiera recuperado.
Margaret abrió la puerta y me dio la bienvenida.
—Según parece, el invitado ya se ha ido —dije con una sonrisa, puesto que en la nota Dorothy me contaba que Bealknap se había marchado.
—Sí, se marchó precisamente cuando vinisteis la última vez. Le entraron las prisas; es más, apenas se entretuvo despidiéndose de la señora.
—Para Bealknap, dar las gracias a alguien es peor que visitar al sacamuelas. ¿Ha enviado dinero?
—No.
—Lo imaginaba. Tengo que hacer algo al respecto.
Dorothy me esperaba en el salón. Lo primero que me llamó la atención fue que el friso de madera había desaparecido y la pared estaba desnuda. Dorothy ya no vestía de luto y llevaba un vestido gris de cuello alto con vivos rojos en el cuello y las mangas. Sonrió, se acercó a mí y me cogió de la mano.
—Matthew —dijo—. Me teníais preocupada. Parecéis cansado, pero, gracias a Dios, no os veo tan enfermo como temía.
—No, soy más fuerte de lo que la gente piensa. ¿Os habéis librado del friso?
—Hice que lo quemaran en el patio de la cocina. Estuve observando cómo lo devoraban las llamas. Los pinches me tomaron por loca, pero no me importó. Ese animal lo tocó con sus manos. De no haber sido por ese friso nunca habría puesto un pie en esta casa ni habría escogido a Roger como una de sus víctimas.
—Es cierto. Fue un cúmulo de infortunios.
—¿Qué lo empujó a asesinar a todos esos inocentes?
—Precisamente he estado hablando del tema con Guy. Es un misterio para ambos. Quizá sea mejor dejar así las cosas. No conviene ahondar mucho en ello.
—¿Estuvisteis presente cuando lo atraparon? —preguntó.
—Sí, pero no preguntéis más, Dorothy. El asunto tiene que permanecer en secreto.
—Os estaré agradecida hasta el fin de mis días —dijo—. Quería que atraparan al asesino de Roger y que lo castigaran, y vos lo habéis hecho por mí, y por él, a pesar del precio que habéis pagado. —Me soltó las manos y se apartó. Luego me miró de tal modo que tuve la impresión de que iba a añadir algo importante—. Matthew — continuó, bajando el tono de voz—, hace un tiempo os dije que no sabía cuál sería mi futuro. Sigo sin estar muy convencida, pero he decidido trasladarme a la casa que Samuel tiene en Bristol, al menos durante uno o dos meses. Hemos solucionado los asuntos de Roger, y ahora que ese asesino ha muerto necesito tiempo para reflexionar y un poco de paz. Me marcho este martes.
—Os echaré de menos.
—Solo estaré fuera una temporada —dijo—. Volveré en junio de visita, y para entonces habré decidido si me quedo en Bristol o regreso aquí y alquilo una casita en Londres. Ahora sé que seré capaz de permitírmelo. Bristol está llena de mercaderes, Samuel no tardará en convertirse en uno, y confieso que, por interesantes que sean, podría acabar allí algo… aburrida.
Sonreí.
—Carecen del agudo ingenio y la perspicacia de los abogados. Eso es de sobra conocido —apunté.
—Exactamente —confirmó Dorothy—. Y además aquí cuento con buenas e interesantes amistades. Y ahora, Matthew, decidme que os quedaréis a cenar para que podamos charlar de las cosas agradables que sucedían antes de que el mundo se volviera loco.
—Nada me gustaría más —dije.