Revelación

C. J. Sansom · Capítulo 33 de 48

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Revelación

Capítulo 33

 

A l entrar en casa sentí un leve mareo. Me apoyé en la puerta por un instante, mientras aspiraba aire con fuerza. Luego subí por la escalera hasta la habitación que compartían Barak y Tamasin. Llamé y Barak me dijo que entrase.

A simple vista ambos componían la perfecta y pacífica escena doméstica. Tamasin se hallaba sentada a la mesa, cosiendo; Barak estaba tumbado en la cama. Lo vi relajado, al menos hasta que reparé en el entrecejo fruncido y en que movía el pie arriba y abajo.

—Jack —dije—, mucho me temo que voy a requerir de tus servicios un rato.

—¿No se habrá producido otro…? —preguntó, abriendo desmesuradamente los ojos.

—No.

Tamasin nos miró con cierta inquietud. Sonreí con ánimo de tranquilizarla.

—No es más que un simple recado.

—¿De qué se trata? —me preguntó Barak cuando bajamos por la escalera. Lo noté contento, puede que aliviado, ante la perspectiva de moverse un poco, después de haberse asegurado de que no tendría que ver el cadáver de otra víctima torturada. Le hablé de la confesión que me había hecho Bealknap en referencia al notario Felday—. Tú ve a tomar algo con algunos de esos notarios desocupados, a ver qué averiguas —propuse—. No conocerás a ese hombre, ¿verdad?

—Una vez me lo señalaron —respondió Barak—. Es delgado, de facciones angulosas. Consigue la mayoría de sus clientes en Sanctuary, en Westminster, donde es muy conocido. —Me miró muy serio—. Mis amigos me contaron que estaría dispuesto a hacer cualquier cosa por dinero. Y ellos no son precisamente unos angelitos.

Hice una pausa al pie de la escalera.

—Pues, en ese caso, olvida lo de alternar. Tenemos que ir a verlo ahora mismo. Si su cliente es el asesino, ¿y quién iba a ser si no, para hacer preguntas de ese calibre acerca de nosotros?, al fin podríamos identificarlo. —Titubeé al llegar a la puerta—. Quizá tendríamos que ir a buscar a Harsnet para que nos acompañe.

—No perdamos la oportunidad de acorralar a Felday, o puede que se nos escape —me aconsejó Barak.

—Sí, es la mejor pista que hemos tenido hasta el momento.

—De modo que así fue como ese canalla supo dónde vivía —dijo Barak al tiempo que entornaba los ojos con expresión de furia—. Y claro, también le contó que vos trabajabais en el Tribunal de Apelaciones. Lo más probable es que nos haya estado siguiendo de un lado a otro.

—Ya ves que no hay nada que atribuir a los supuestos poderes sobrenaturales concedidos por el diablo. No hay nada sobrenatural en sobornar a un notario bandido para obtener información de un abogado más bandido aún. Y debe de tener dinero, si es que puede permitirse contar con un notario y un abogado como espías.

—Seguimos sin saber cómo se las ha ingeniado para seguirnos sin ser visto.

—Pronto lo averiguaremos.

—¿Qué vais a hacer con Bealknap?

—Enviaré a Peter a avisar a Guy. Pero antes vamos a buscarlo.

—Yo lo dejaría pudrirse dondequiera que esté.

—Está en casa de Dorothy, así que no me parece buena idea. Vamos.

Me dirigí a la cocina. Philip Orr estaba sentado a la mesa, con una jarra de cerveza en la mano. El taburete crujía bajo su considerable peso, mientras hablaba con los dos jóvenes, Timothy y Peter, que se encontraban sentados en el suelo.

—Y entonces el rey entró en la ciudad —estaba diciendo, como si les contara un cuento—. Jamás habéis visto a nadie como su majestad. Es un hombre enorme, les sacaba una cabeza a todos los cortesanos y sirvientes que formaban parte de su séquito. Las joyas le relucían en el jubón y el bonete. Y a su lado caminaba la reina Ana Bolena, de quien más adelante se descubriría que era una ramera redomada… — Se puso de pie al vernos entrar. Los jóvenes lo imitaron—. Lo siento, señor —se disculpó—. Les estaba contando algunas cosas de mi época de alguacil municipal…

—No pasa nada, pero tengo que hacerle un encargo a Peter. Ven, acércate —le dije al mayor de los muchachos—. Voy a escribir una nota que quiero que lleves a Bucklersbury lo más rápido que puedas. —Miré a Timothy—. ¿No deberías estar en la cama?

—Sí, señor.

Me complació ver que Peter y Timothy congeniaban. Había una nueva luz en los ojos de Timothy, que en otro tiempo me habían parecido muy apagados.

—Buenas noches, pues —dije.

Peter nos siguió. Me dirigí al salón, redacté a toda prisa una nota dirigida a Guy y se la entregué al joven, que salió de la casa a buen paso.

—Perfecto, y ahora veamos qué tiene que contarnos maese Felday… —dije mirando a Barak—. Addle Hill no está lejos. Ah, y no olvides coger la espada.

 

Recorrimos a paso ligero Fleet Street hasta la muralla de la ciudad. Los guardias nos dejaron pasar al ver mi toga de abogado. La imponente silueta de la catedral de Saint Paul no era más que una vasta sombra al frente. Era una noche oscura como boca de lobo, pues la luna había quedado oculta tras las nubes, y me pareció oler a lluvia en el ambiente.

—Me ha dado la impresión de que Tamasin y tú os habíais reconciliado.

—Intento comportarme. Pero me cuesta porque no dejo de pensar en todo este asunto.

—Todo se resolverá satisfactoriamente, ya lo verás.

Al girar en Carter Lane advertimos cierto alboroto más adelante. Dos alguaciles habían levantado del cuello a un hombre vestido con harapos.

—Solo quiero dormir en el portal —dijo—. No tardará en llover.

—¡Pues mójate! —Los alguaciles lo golpearon con el extremo de las varas, y el mendigo trastabilló en la calle—. ¡Lárgate, pordiosero!

El vagabundo se alejó y los alguaciles, al oír nuestros pasos, se volvieron hacia nosotros.

—Soy abogado y me dirijo a visitar a mi notario —dije al ver que levantaban las lámparas. Ambos inclinaron la cabeza y nos dejaron pasar.

Addle Hill era una calle larga que desembocaba en el río. En la parte alta, las casas eran amplios edificios de cuatro plantas con alero, la mayoría de aspecto ruinoso. Construidas como estaban sobre el fango del Támesis, la mayor parte de ellas se habían desplazado con los años y daba la impresión de que iban a desmoronarse de un momento a otro. Una mujer nos miró desde un portal, para fundirse de inmediato en la oscuridad.

—Hay unas cuantas rameras por aquí —me informó Barak en voz baja.

—Pero ni un alma, aparte de ellas. Tendremos que llamar a un montón de puertas antes de dar con él.

Algunas personas pasaron por nuestro lado, varias con lámparas, otras charlando tranquilamente. Un hombre y una mujer abandonaron el grupo y, después de desear las buenas noches a los demás, se introdujeron en una de las casas.

—Podríamos preguntar a esa gente —propuso Barak.

—Disculpadme —dije tras acercarme al grupo.

El anciano que caminaba en cabeza levantó la lámpara. Vi que tanto él como quienes lo seguían llevaban ropa oscura y ejemplares de la Biblia. Debían de regresar de alguna reunión. Le pregunté si sabía dónde residía un notario llamado Felday. El anciano hizo un gesto negativo, pero en cambio un joven dio un paso al frente.

—Yo lo conozco —dijo, reparando en mi toga de abogado—. ¿Colabora con vos, señor?

—Tengo unos asuntos que resolver con él.

—No es hombre muy querido por sus vecinos —aseguró el joven en tono de censura. No debía de superar los veinte años—. Se lo conoce por ser poco escrupuloso e impío.

Se alzó un murmullo aprobatorio por parte del grupo. Arrugué el entrecejo ante el joven.

—Mis asuntos son cosa mía —me limité a responder—. Y ahora, ¿tendréis conmigo el gesto de caridad cristiana de decirme dónde vive?

Un tanto afligido, el joven negó con la cabeza y señaló hacia la colina.

—Hay media docena de casas, y, a la derecha, encontraréis una con una puerta azul.

—Gracias —respondí con aspereza al tiempo que me alejaba de ellos.

El grupo reemprendió la marcha, y mientras se alejaba oí decir a uno de sus miembros:

—Vaya hombre irrespetuoso, Thomas, mira que apelar con esa ligereza a la caridad cristiana.

Barak los observó alejarse.

—Más gente piadosa —dijo—. Nunca desperdician la ocasión de decirle al prójimo que no es tan puro como ellos.

—Muy atrevidos son para andar de noche en grupo, teniendo en cuenta lo belicoso que Bonner se ha vuelto con ellos.

—Probablemente confíen en convertirse en mártires de la causa, que en realidad es a lo que aspiran la mitad de ellos.

—En fin —dije con un suspiro—. Vamos a buscar a Felday.

 

La casa que nos habían señalado estaba menos destartalada que el resto, y hacía poco que habían pintado la puerta de azul. Tiré de ella, pero estaba cerrada. Llamé varias veces antes de que acudiera a abrirla una mujer que debía de tener unos treinta y tantos años. Nos saludó con su mejor sonrisa.

—¿Señores?

—Buscamos a maese Felday.

La sonrisa se transformó en una mueca de disgusto.

—Y no sois los únicos —dijo—. Hace días que no dejo de abrir la puerta a gente que anda buscándolo.

—Quizá podríamos subir a sus habitaciones. ¿Dónde podemos encontrarlas?

—Primera planta a mano izquierda. Ah, y decidle cuando lo encontréis que, si vuelve a ausentarse, se lo haga saber a la gente. A ver si va a resultar que los vecinos no tenemos otra cosa que hacer que abrir la puerta a sus visitas cada dos por tres.

Subíamos la escalera cuando pronunció estas palabras. Había un amplio descansillo en la primera planta, y dos puertas. La disposición era similar a la Vieja Barcaza, donde vivían Tamasin y Barak, solo que más grande y más limpia. Llamamos a la puerta que encontramos a mano izquierda. No obtuvimos respuesta. Barak intentó abrirla, pero estaba cerrada.

—¿Dónde se habrá metido ese cabrón? —dijo—. ¿Creéis que ha huido?

—No lo sé. —Titubeé antes de añadir—: Ábrela a golpes.

—¿Estáis seguro? —me preguntó—. No sería legal…

—Si alguien se queja, no creo que Harsnet tardé en llegar.

—Antes tendríamos que procurarnos una vela. Iré a pedir una a esa mujer.

Bajó la escalera mientras yo contemplaba la puerta cerrada. Me pregunté si parte del trato del asesino con Felday, pues a esas alturas estaba seguro de que el asesino era su cliente, consistía en ausentarse una temporada, por si yo lograba atar cabos y llegar a él por medio del notario. En ese caso, no tenía más remedio que dar con Felday.

Barak regresó con una vela.

—Creo que esa mujer de abajo es una buscona de las caras. Me preguntó si el abogado querría visitarla. Le dije que os lo pensaríais. —Aunque esbozó una sonrisa, percibí cierta inquietud tras ella.

—En tal caso, se llevará una decepción. Dame esa vela y entremos de una vez.

Barak retrocedió un paso y descargó una fuerte patada a la puerta, que se abrió de par en par con estruendo, golpeando la pared interior. Dentro nos sorprendió la oscuridad y una inesperada corriente de aire que me obligó a proteger la llama de la vela con la mano.

—Debe de haber una ventana abierta en alguna parte —dije.

—Si se ha marchado quizá haya dejado abierta una ventana para ventilar la casa, porque con lo pequeña que es… —Barak desenvainó la espada y nos adentramos con cuidado. Había varias puertas en el recibidor. Una estaba entornada, y por el hueco se filtraba la corriente de aire. Barak se sirvió de la punta del arma para abrirla del todo poco a poco.

Distinguí una pared cubierta de estantes. Frente a la ventana abierta había un amplio escritorio, y me llevé la mano a la daga al ver la silueta de un hombre sentado en una silla, tendido sobre el escritorio. Vestía camisa blanca y tenía un brazo apoyado sobre una pila de papeles, cuyos bordes se movían a merced de la corriente.

Entramos. Barak tanteó el cuerpo con la punta de la espada, pero no se movió un ápice. Acerqué la vela, cuya luz iluminó la cabeza de un hombre. Era joven, no podía superar la treintena, tenía una abundante cabellera castaña y un rostro delgado de facciones atractivas. Estaba con los ojos cerrados y su rostro mostraba una expresión pacífica. Daba la impresión de que se había quedado dormido.

—Es Felday —dijo Barak.

Se produjo un movimiento en la estancia. Giramos en redondo y Barak señaló un rincón con la espada. Luego soltó una risotada cuando caímos en la cuenta de que un tapiz de vivos colores que colgaba de la pared se mecía también movido por la corriente.

—Me ha dado un vuelco el corazón —confesó.

—A mí también.

Se acercó a la ventana y la cerró. Luego aprovechó la vela para encender una lámpara que encontramos junto a la mesa. A continuación, cogió suavemente el cadáver por los hombros y lo incorporó en la silla. Tenía la pechera de la camisa empapada en sangre. Barak dejó la espada y rasgó la blusa del cadáver. Al ver la herida en el pecho, justo a la altura del corazón, torcí el gesto.

—Por lo menos este pobre diablo sí tuvo una muerte rápida —comentó Barak en voz baja—. Una puñalada en el corazón. Ni siquiera debió de enterarse de qué lo mató. Entonces ¿estamos ante la sexta víctima?

—No —respondí—. Este asesinato es limpio y mucho menos elaborado que los demás. No se parece en nada a los precedentes. Y no veo ningún nexo simbólico que relacione esta muerte con el hecho de que se sequen las aguas.

—¿Queréis decir que alguna otra persona asesinó a Felday? —preguntó Barak, asombrado.

—No, creo que fue cosa de nuestro asesino —respondí—. Me refiero a que esta muerte no forma parte de la secuencia de asesinatos relacionados con las revelaciones. Creo que Felday fue asesinado para evitar que nos sirviésemos de él para dar con el asesino, para evitar que pudiera hablar. —Suspiré—. Bealknap le contó a Felday que yo era obstinado. —Miré al pobre notario—. Creo que el asesino vino a verlo con algún pretexto de carácter jurídico. Supongo que ambos estaban sentados a la mesa, charlando, cuando le hundió la daga en el corazón. —Tenía que haber sucedido de ese modo, pues había una silla frente al lugar que ocupaba Felday. Contemplé de nuevo la extraña expresión pacífica del notario—. Por lo que hemos oído decir de él, Felday era hombre poco religioso. Suerte ha tenido, porque de haber sido apóstata de los más piadosos, sin duda habría tenido una muerte lenta. —Me puse a caminar por la habitación—. No quería que dieran rápidamente con él cadáver. A eso se debe que abriera la ventana, para evitar que el hedor se extendiera por la casa antes de la cuenta.

—Debe de llevar muerto unos pocos días —aventuró Barak—. Se está descomponiendo, de eso puede uno darse cuenta si se acerca al cadáver. Dios mío, ese canalla es listo.

—Ven —le pedí—. Ayúdame. Quiero registrar el escritorio y todos esos papeles. A ver si encontramos algo que nos sirva de pista. Una nota, un recibo… Cualquier cosa.

Pasamos una hora registrando el despacho del notario y el resto de su ordenada, limpia y sencilla morada. Empezó de nuevo a llover con ganas y, fuera, la lluvia que golpeaba las tejas se precipitaba al suelo desde el alero. En toda la documentación no hallamos nada que nos sirviese, solo una marca en el polvo que cubría uno de los estantes, allí donde alguien había cogido unos papeles, probablemente las notas que había tomado Felday en su labor de espía. El rastro acababa allí.