Revelación
Capítulo 45
H arsnet abandono a toda prisa las habitaciones de lady Catalina. Me miró a los ojos una fracción de segundo y ambos nos acercamos a la ventana más próxima, a través de la cual vislumbramos el fulgor de las llamas que se recortaban en la oscuridad. A continuación, llamó a voces al mayordomo de lady Catalina, que dudaba en el umbral de la puerta entre permanecer junto a ella o atender al ayudante del forense.
Al otro lado de la extensión de césped, una glorieta de madera estaba ardiendo; el viento empujaba el humo hacia la casa. Los guardias y los sirvientes iban de un lado a otro llevando cubos de agua. La disciplina se había desvanecido por completo, enfrentados como estaban al terror constante de un incendio.
—¿Qué demonios se habrá propuesto hacer? —preguntó Harsnet, sin aliento.
—Distraernos —respondí con cierto apremio—. ¡Avisad al sargento de que todos esos hombres tienen que regresar a la casa!
El forense me miró por un instante, dio media vuelta y bajó a toda prisa por la escalera. Barak abrió la ventana y se asomó. La glorieta estaba envuelta en llamas, no había nada que pudiera hacerse para apagar el incendio, pero se hallaba lo bastante lejos de la casa para que el fuego no la alcanzase. Mientras observábamos el terrible espectáculo, vimos a Harsnet salir corriendo, llamando la atención de todos los hombres. Me volví hacia la puerta cerrada que daba a las habitaciones de lady Catalina.
—Si pretendía alejar a todo el mundo de la dama, lo cierto es que ha fracasado. ¡Vamos!
Descendimos a la planta baja. La brusquedad de nuestros movimientos me provocó de nuevo una punzada de dolor en la espalda, y tuve que apretar con fuerza los dientes para contener un grito. A través del hueco de la puerta principal vimos correr a los guardias, mientras el sargento les ordenaba que vigilasen puertas y ventanas. El acre hedor del humo cayó sobre el edificio.
—Esto es un caos —dije—. Los incendios siempre provocan situaciones de pánico, y Cantrell lo sabe perfectamente.
—¿Opináis que sigue fuera? —preguntó Barak.
—Es posible que haya vuelto a entrar tras provocar el incendio.
Barak no hizo ningún comentario. Se llevó el dedo índice a los labios y, con un movimiento de cabeza, señaló la puerta entreabierta que había detrás de nosotros.
—En esa habitación hay una ventana abierta —susurró—. ¿No sentís la corriente de aire?
Desenvainó la espada y yo hice lo propio con la daga. Barak retrocedió un paso, aguardó un instante y luego descargó una patada sobre la puerta, que se abrió de par en par. Ambos nos arrojamos al interior.
Nos hallábamos en una despensa. Había sillas y mesas amontonadas, además de una pila de cojines junto a una de las paredes. Por lo demás estaba vacía, aunque una de las tres ventanas, la que daba al jardín, estaba entreabierta. Barak miró detrás de la puerta para asegurarse de que el asesino no se hubiese ocultado ahí. Luego la cerró con fuerza y empezó a lanzar estocadas bajo las sillas y las mesas apiladas. Yo me dirigí a la ventana, tosiendo debido al humo. A la luz de la luna vi que la glorieta se desplomaba entre una nube de chispas que hizo retroceder a toda prisa a los pocos hombres que seguían en el jardín. Recordé el humo que se había levantado tras la explosión en casa de Goddard y el tremendo golpe que recibí en la espalda. Entonces oí detrás un martilleo, seguido de un golpe seco.
Giré sobre los talones. Barak estaba tendido en el suelo con la frente cubierta de sangre y la espada a un lado. De pie junto a él, con la montaña de cojines de que se había servido para ocultarse desparramada en torno a él, estaba el propio Cantrell, vestido con uno de sus harapientos blusones. Empuñaba un garrote como el que me había mostrado cuando lo visité en su casa. No llevaba puestas las lentes, y caí en la cuenta de lo que había querido decir la anciana al referirse a sus peculiares ojos. Eran grandes y de un azul claro, y tenían una expresión de fatiga como jamás había visto en los ojos de nadie. Era como si al tiempo que me observaba estuviese contemplando su propio interior y viera algo terrible y agotador. Pero no pestañeaba ni entornaba los ojos como hacen los miopes, lo que significaba que veía perfectamente. Había estado exagerando sus problemas de visión para despistarnos. Sin duda era un actor consumado.
Llevé la mano a la daga, pero Cantrell fue más rápido que yo. Con un raudo y ágil movimiento se agachó, cogió el arma de Barak y me lanzó una estocada a la garganta. Comprobé que su presunta torpeza también había formado parte del disfraz. Miré desesperado a mi ayudante, pero debía de estar inconsciente, o algo peor.
—El judío no podrá ayudaros —masculló Cantrell en un tono muy distinto del que yo le conocía y que me hizo pensar que estaba disfrutando con sus palabras.
Arrojó el garrote al suelo, sobre uno de los cojines, y se pasó la espada a la otra mano, amenazándome la garganta con la punta, arañándome la piel.
—Ya os tengo —dijo—. Dios os ha entregado a mí. ¡Sabía que prender fuego a la glorieta haría correr a todo el mundo como hormigas! —Soltó una risilla infantil que por alguna razón me causó escalofríos.
—Catalina Parr está bien protegida —dije, intentando mantener la calma.
—Creí que pensaríais que todo había terminado con Goddard cuando se vertió la última copa. —Negó con la cabeza, ceñudo—. Claro que el diablo sabe que Catalina Parr es la Gran Ramera de que hablan las Revelaciones. El diablo os contó la verdad, ¿no es así? Ahora estará bien protegida. —Frunció aún más el entrecejo, y por un instante me pareció un niño contrariado; entonces, sonrió de nuevo y añadió—: Pero el Señor os ha entregado a mí para que pueda eliminar a un enemigo y salir reforzado. —Miró un instante a Barak, que seguía tumbado e inmóvil, lo sacudió con la punta del pie y sonrió.
Barak estaba pálido. Recé para que siguiera con vida. Oía a los demás fuera, pero el hecho de que Cantrell siguiera amenazándome la garganta me impidió llamarlos.
—Arrodillaos —ordenó en voz baja, aflojando levemente la presión de la espada.
Titubeé antes de postrarme en el entarimado. El movimiento hizo que la quemadura de la espalda me causara un dolor insoportable, y además se me clavó una astilla al arrodillarme. Cantrell extrajo algo del bolsillo. Era un frasco diminuto, medio lleno de un líquido amarillento. Sin apartar la espada de mi garganta, flexionó la rodilla y lo acercó a mi boca.
—Bebed.
Yo sabía que era belladona, y temí lo peor, que aquello significase la antesala de la tortura y la muerte.
—Nunca lograréis sacarnos de esta habitación —dije—. Todos en la casa están alerta.
—¡Bebedlo u os corto la garganta y luego degüello al judío! —Presionó levemente la espada y sentí una fuerte punzada, y a continuación la sangre correr por mi cuello.
—¡De acuerdo! —Por el olor, advertí que había echado miel en el bebedizo. Me temblaba la mano. «Si me niego y me mata, al menos tendré una muerte rápida», pensé. Sin embargo, Barak también moriría. Si me tomaba la belladona viviría un poco más, y es a esa esperanza a la que nos hace aferramos el instinto. Me llevé el frasco a los labios. Fue como si se me cerrara la garganta, por un instante temí no poder hacerlo, pero engullí el contenido de un trago. Me pregunté cuánto tardaría la belladona en surtir efecto. Quizá llegaría alguien antes de que lo hiciera. Sin embargo, enseguida me sentí raro, como si me pesara mucho el cuerpo. Intenté llenar de aire los pulmones, pero no pude. Entonces el mundo se desvaneció ante mis ojos.
Desperté en medio de la oscuridad y de inmediato percibí un olor espantoso que me provocó fuertes arcadas. Sentía una gran pesadez y la espalda me dolía más que nunca. Advertí de pronto que Cantrell me había maniatado, y no solo eso, sino que también me había atado los tobillos. Me encontraba sentado, con la espalda apoyada contra una pared de ladrillo y las piernas en un suelo áspero y resbaladizo. Había luz a un lado. A pesar del dolor, me volví hacia ella. La luz procedía de una lámpara. En ella ardía una gruesa vela de cera de abeja que iluminaba el suelo cubierto de inmundicia de un estrecho pasadizo. Cantrell estaba sentado junto a la vela, con las piernas cruzadas, contemplándome ceñudo. Sus ojos febriles reflejaban la luz de la lámpara. Estaba cerca, a poco más de un metro de distancia. La espada de Barak se hallaba a su lado.
Caí en la cuenta de que estaba helado, y me estremecí. El gesto hizo que me doliera el corte que Contrell me había provocado.
—¿Estáis despierto? —preguntó con voz carente de emoción.
—¿Dónde estamos? —quise saber. Me costaba articular las palabras, pues tenía la boca muy seca.
—En la cloaca. Debajo de la casa.
Miré alrededor. Vi unos nichos alargados y estrechos en la pared de ladrillo que debían de conectar con los excusados de la mansión. Más allá, el pasadizo se perdía en la negrura. Al frente, a medida que mis ojos se acostumbraron a la penumbra, distinguí el contorno de una reja metálica, a través de la cual alcancé a ver un retal de cielo iluminado por la luz de la luna. La rejilla de hierro presentaba algunos boquetes, alrededor de los cuales los hierros asomaban retorcidos en ángulos impropios, a pesar de lo cual no había apenas espacio para introducir el brazo. Estábamos atrapados. Más allá de la reja oí el sonido de una corriente de agua. Debía de ser el arroyo al que desembocaba la cloaca.
—Aproveché esos cojines para escondernos —explicó Cantrell en un tono casi propio de una conversación. Sonrió y continuó—: Cuando entraron, creyeron que habíamos salido por la ventana. Estaban muy espantados y solo pensaban en proteger a la ramera. Os bajé aquí cuando reinó de nuevo la tranquilidad en la casa.
—¿Y Barak?
—Sigue oculto bajo los cojines. Lo encontrarán.
—¿Está muerto?
Cantrell se encogió de hombros.
—No lo sé. Y no me importa. —Frunció el entrecejo, sumido en sus propios pensamientos.
—¿Por qué sigo vivo? —pregunté al cabo de unos minutos.
—No me distraigáis —espetó, enfadado—. Maldito seáis, me estáis distrayendo.
Guardé silencio de nuevo. La vela iba consumiéndose. Cantrell siguió sentado, ceñudo. Al cabo de un rato exhaló un suspiro y se volvió hacia mí para dirigirme de nuevo su mirada despiadada.
—Habéis entorpecido los planes de Dios —dijo—. No sé qué hacer. No había previsto la secuencia, y por eso he fracasado.
—No lo entiendo.
Se llevó las manos a las mejillas.
—La cabeza me da vueltas. Desde que Dios me habló por primera vez, tantos mensajes, tantos pensamientos… —Lanzó un suspiro que más bien fue un gemido prolongado—. Dios me ordenó encender esa mecha a fin de que os diera tiempo para escapar, para que pensaseis que Goddard era el responsable de todo, pero Goddard no era un apóstata de la religión verdadera, así que las profecías no pudieron cumplirse. Vos sois el apóstata sobre el que hay que verter la séptima copa, y también sois un enviado del diablo. Tenéis que morir, a pesar de todo, en un terremoto. —Hablaba rápidamente, para sí mismo más que dirigiéndose a mí—. Para que se cumplan las profecías, para que sea capaz de matar a la Gran Ramera. Ahora lo comprendo. —Me miró—. Pero aquí no puedo pensar en cómo hacerlo, y no puedo sacaros con vida. — Me señaló con un dedo huesudo—. En cuanto llegasteis al lugar donde abandoné al doctor Gurney, supe que erais un enviado del diablo. Reparé en vuestra joroba, que es la marca de un alma retorcida, y averigüé que erais apóstata de la Reforma. Parecíais triste, perdido. Reconocí eso en vuestro rostro cuando os vi por primera vez junto al río. Y pensé que ese sería el aspecto que tendría alguien poseído por el demonio.
Me pregunté con un escalofrío si habría pronunciado aquellos monólogos con Tupholme, o con la señora Bunce, mientras estos agonizaban lentamente. El escalofrío se convirtió en un temblor. Estaba congelado. Llevaba semanas sintiendo frío, pero no se parecía ni de lejos a esa sensación de gelidez que tenía. No daba la impresión de que Cantrell acusara el frío que hacía.
—Tendré que encontrar un modo de sacaros de aquí con vida, para después mataros —dijo.
Me invadió una sensación de alivio. De modo que no me torturaría ni me mataría ahí abajo, a menos que algo en su mente atormentada le ordenase hacerlo. Di un respingo cuando Cantrell hundió la mano en el bolsillo y sacó unas tenazas largas y finas. Las sostuvo en alto y sonrió.
—No creáis que van a rescataros. No tienen modo de saber que estamos aquí. Después de arrastraros a este lugar las utilicé para devolver el cerrojo a su posición desde dentro. Tuve el espacio justo para hacerlo, entre una rendija de la trampilla. La estuve estudiando cuando estuve aquí la semana pasada; la primera vez me hice pasar por el mozo del carbonero. —Se miró la mano; se la había ensuciado con los excrementos que cubrían el suelo. Se sirvió de la túnica para limpiársela y arrugó la nariz al hacerlo—. Este lugar es asqueroso. —Me dirigió una mirada que hizo que se me helara la sangre—. Es vuestra culpa que esté atascado aquí abajo.
Guardó silencio un rato, ceñudo, pensando en sus cosas. Advertí que estaba muy contrariado. Había algo en aquel ensimismamiento que me recordó los peores momentos de Adam Kite, a pesar también de que había numerosas diferencias, entre ellas una vena salvaje, animal, que ni siquiera podía soñar con entender. Comprendí que en cualquier momento podía abalanzarse sobre mí para matarme. Pero estuvo callado, pensativo. Al cabo, habló de pronto.
—Goddard me maltrató. Tenía una lengua muy afilada. Pero lo lamentó cuando me serví de los clavos para fijarle la mandíbula antes de drogarlo. —Sonrió—. Después de entrar y dejarlo inconsciente, menuda sorpresa se llevó nada más volver en sí. Otro que me creyó estúpido y que tuvo ocasión de descubrir lo mucho que se había equivocado.
Me dolía la espalda y las ligaduras me despellejaban las muñecas y los tobillos. Continuó hablando, sin mirarme siquiera.
—Cuando clausuraron el monasterio, cuando me devolvieron al mundo, la cabeza me daba vueltas. Estaba indefenso, como un bote en medio de una tormenta. Pero así lo había dispuesto Dios. Llegó el día en que le escuché, comprendí que era su voz y que él me había escogido. —Me miró entonces con una sonrisa sincera. Por primera vez dio la impresión de reparar en lo incómodo que estaba, e inclinó un poco la cabeza—. ¿Os duele la espalda? —preguntó.
—Sí.
—Pensad en cómo será estar en el infierno. Ahí os esperan a todos, incluidos vuestro amigo Elliard y los demás. Quizá el diablo decida daros un pico para que trabajéis por toda la eternidad entre las llamas, partiendo piedras. Esa joroba que tenéis en la espalda os dolerá por siempre jamás. —Con una sonrisa soñadora, añadió para sí—: Ay, castigar a los enemigos del Señor…
De pronto me pareció oír algo en el pasadizo, más allá. Agucé el oído. Si acudían en silencio y lograban sorprenderlo, quizá consiguiese salvarme. Pero no era nada. El silencio que siguió me pareció eterno; solo los deshilvanados comentarios del loco que me tenía prisionero lo rompían por momentos.
—El notario, Felday, dijo que vos conocíais a Elliard —comentó Cantrell.
—Sí. Era amigo mío. —Respiré hondo antes de añadir—: Por eso decidí que daría con vos.
—No, no. Eso fue cosa del diablo. —Cantrell sacudió con energía la cabeza y se puso de pie de un salto, espada en mano—. ¡No me engañéis! —Se arrodilló a mi lado y de nuevo con la espada me arañó la garganta—. ¡Admitid la verdad! —exigió —. Decid que estáis poseído por el diablo. Decid que lo lleváis dentro.
Entonces lo oí. Lejos. Un ruido metálico. Un chirrido. El eco de una corriente de agua. Cuando comprendí de qué se trataba, mi pulso se aceleró. Estaban abriendo las compuertas de la casa capitular que contenían el agua. Sabían, o sospechaban, que ambos nos encontrábamos ahí abajo, e iban a ahogarnos como a ratas. Recordé las palabras de Harsnet acerca de que haría cualquier cosa con tal de proteger al arzobispo.
—Admitid que lleváis dentro al diablo —insistió, con el rostro rojo de ira.
No supe qué decir, pero me pregunté en qué afectaría a las posibilidades de que acabara matándome el que admitiese o negara aquella acusación.
—No puedo pensar —dije—. Me siento confuso… —Me pregunté si podría introducirme de algún modo en el nicho más cercano cuando llegara la tromba de agua.
—El diablo forcejea en vuestro interior. Vamos, admitidlo. Os lo ordeno en el nombre de Dios. —Hizo girar la punta de la espada y me hizo otro corte en el cuello.
Entonces sentimos un golpe de aire frío, seguido del estruendo del agua. Cantrell se dio la vuelta. A la luz de la vela alcancé a distinguir una cortina de agua y espuma que llenaba todo el túnel y se nos echaba encima. Me moví a un lado para meterme en un nicho. Cantrell no tuvo tiempo de pronunciar una palabra antes de que la corriente se lo llevara. Lo vi desaparecer, extendidos los brazos como si volara.
La propia fuerza de la tromba de agua fue lo que me salvó, puesto que había profundizado bastante en el nicho y podía empujarme hasta el fondo. Sin embargo, me las apañé para volverme y apoyar los pies contra la pared al tiempo que pegaba la espalda a la pared opuesta, con lo cual quedé más o menos inmóvil. Aunque el dolor era insoportable, era consciente de que no debía ceder o el agua me arrastraría. Me sumergió unos instantes y estuvo a punto de llevarme. Me temblaron las piernas, y la espalda quemada rozó con tal fuerza el ladrillo que acabó despellejada. Pero aguanté. Pasada la tromba inicial, el agua ascendió hasta la altura de mi cuello, y luego me cubrió parte de la cara. Se me pusieron los pelos de punta cuando algo innombrable y hediondo me pasó por delante de la nariz. Me quemaban los pulmones y estaba a punto de desmayarme. Me pregunté si ese sería mi final, si todo iba a terminar así.
De nuevo estuvo a punto de arrastrarme aquella fuerza descomunal. Entonces, el nivel de la corriente disminuyó y conseguí sacar la cabeza del agua y respirar. El agua trazó un remolino a la altura de mi pecho, y a continuación desapareció con un último estrépito. Solo quedó el eco del gorgoteo y el ruido que hacían las gotas que caían del techo.
Caí al suelo, y grité de dolor al golpearme un hombro y fracturándomelo. Temblaba de frío, estaba calado hasta los huesos y olía que apestaba. Seguía con las manos y los tobillos atados. Me arrastré como pude fuera del nicho, hasta el pasadizo. Y pensé que, si yo había logrado sobrevivir, quizá Cantrell también lo hubiera hecho.
Una luz tenue que procedía de la reja se abrió paso entre la oscuridad. Amanecía, lo que significaba que habíamos pasado allí toda la noche. Miré a mi alrededor. ¿Dónde estaba Cantrell? Entonces lo vi, y se me encogió el estómago. Estaba medio recostado contra la reja, frente a mí.
Solté un gemido. Me sentía demasiado débil para seguir luchando, incluso para pensar. Cantrell permaneció inmóvil. Seguí vigilándolo en la penumbra, intentando distinguir si respiraba. En una o dos ocasiones tuve la sensación de que se había movido. Oí gritos que provenían del otro lado de la reja, y luego vi luces que se acercaban a nosotros. Varios hombres saltaron a la zanja y caminaron haciendo chapotear el agua. Levantaron las antorchas y lanzaron exclamaciones de sorpresa al ver a Cantrell sentado allí, dándoles la espalda. Sin embargo, a la luz de las antorchas observé que uno de los hierros rotos le había traspasado la cabeza y que la sangre y los sesos le cubrían el rostro. El agua debió de empujarlo con toda su fuerza contra la reja. Tenía los ojos abiertos y parecía sorprendido, enfadado incluso. En los últimos segundos de vida debió de comprender que había fracasado. Me pareció extraño no haber tenido esa noche la sensación de que ya no corría peligro.
Uno de los guardias se acuclilló ante la reja, llave en mano. Le costó abrirla.
—¡Aquí está el abogado! —exclamó—. ¡Está vivo!
Uno de los hombres que iban detrás se metió en el túnel. Harsnet se acercó con la antorcha en alto para alumbrarme el rostro, y cuando lo hizo lo miré a los ojos.
—¿Está vivo Barak? —pregunté con voz débil.
—Sí.
—Casi lográis que me ahogue.
Me miró entristecido, pero no avergonzado.
—Supusimos que os encontrabais aquí —explicó con un fuerte acento del oeste del país—. Había marcas en el cerrojo de la trampilla, así que nos preguntamos si se las habría apañado para cerrarla desde dentro. Temí que, con todos esos poderes que tenía, consiguiera escabullirse por los túneles, por mucho que enviase una docena de hombres tras él. Fue el único modo de asegurarme de su muerte, el único. Lo siento mucho, Matthew.