Revelación

C. J. Sansom · Capítulo 43 de 48

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Revelación

Capítulo 43

 

C orrí de regreso a casa para ensillar a Génesis y luego partí al galope, más rápido de lo que había cabalgado en años, para descender por Fleet Street, pasar de largo junto a Charing Cross y llegar a Whitehall. Tenía la espalda muy dolorida, pero hice un esfuerzo por soslayar el dolor. La gente se paraba a mirarme, y en una o dos ocasiones tuvieron que apartarse de un salto. Le habría pedido a Barak que me acompañara, pero Joan me dijo que aún estaba buscando a Tamasin por las calles de Londres. Me lo dijo alterada; sentía un gran aprecio por ambos.

Me las apañé para convencer a los guardias del palacio de Whitehall de que me urgía entrar a ver al ayudante del forense. Harsnet había estado en su despacho aquella mañana, pero luego se había acercado a la casa capitular. Enviaron a alguien a avisarlo, y mientras lo esperaba en su despacho un sirviente me encendió el fuego, mirándome con curiosidad mientras yo caminaba arriba y abajo por la estancia.

Transcurrió lo que me pareció una eternidad. No podía evitar preguntarme una y otra vez qué otros horrores estaría planeando Cantrell. Mi primer impulso fue acercarme personalmente a su domicilio en compañía de Barak, pero, aunque hubiese encontrado a mi ayudante en casa, a este aún le dolían las heridas que había sufrido en la explosión. Pensé un instante en llevarme a Philip Orr, pero no quería dejar sola a Joan y a los niños. Y para hacer lo que me proponía no me bastaba con un hombre.

Finalmente, a primera hora de la tarde, llegó Harsnet. Estaba exhausto. Yo me había sentado a su escritorio, pero me levanté dolorido nada más verlo entrar.

—¿Qué ha pasado, Matthew? —me preguntó—. No se habrá producido otro asesinato, ¿verdad?

—No. —Reparé en su expresión de alivio—. Lamento haberos distraído…

—Hay problemas en la casa capitular —dijo—. El ingeniero ha logrado reparar el engranaje que abría las compuertas de la esclusa; se atascaron cuando el vigilante intentó abrirla, estando Lockley crucificado ahí abajo, como recordaréis. Pero el caso es que ahora hay tanta agua acumulada que teme que, si abre las compuertas, la fuerza del agua las arranque de los goznes e inunde todas las bodegas de Charterhouse Square, hasta las de la mismísima Catalina Parr. —Miró por la ventana; volvía a lucir el sol, de lo cual apenas me había percatado—. Al menos, de momento no ha aumentado el nivel del agua en la plaza —añadió con un suspiro.

—Creo que sé quién es el asesino —anuncié.

Me miró con los ojos desmesuradamente abiertos. Le conté todo lo relativo al trabajo que Cantrell y su padre habían llevado a cabo tanto en casa de Roger como en la de Yarington. Harsnet se inclinó hacia mí, tenso, casi de puntillas mientras yo continuaba con la explicación. Cuando concluí el relato, permaneció quieto, reflexionando.

—Tendríamos que actuar sin tardanza —dije.

—Pero ¿y la vista de Cantrell? —preguntó—. Si es medio ciego. Ambos lo hemos visto. Según el guardia, nunca sale.

—¿Y si no tenía la vista tan mal como fingía tenerla? Uno puede tener dificultades para leer lo que está escrito en una vasija y ver lo necesario para asesinar. ¿Qué mejor disfraz que esa presunta ceguera? ¿Dónde iba a refugiarse mejor que tras esas lentes? Nunca ha permitido que el guardia entrase en la casa. Probablemente tenía un modo de salir sin que se enterara.

—Y conocía a Lockley —apuntó Harsnet—. Y a Goddard. Y ahora, también sabemos que conocía las casas de Roger Elliard y del reverendo Yarington. Cuando formó parte del grupo de lectura al que le llevó su padre, oyó hablar de gente que había abandonado los círculos radicales reformistas.

—Tiene Westminster a un tiro de piedra —observé.

—Sé dónde viven los alguaciles —dijo más decidido—. Podría reunir a dos o tres y acercarnos ahora mismo.

—Antes de que vuelva a atacar.

—¿Creéis que hará tal cosa?

—Siempre he pensado que lo haría, maese Harsnet —repuse mirándolo a los ojos.

—Coincido con vos. El diablo lo ha atrapado con puño de hierro y no le permitirá escapar de sus garras.

 

Nos dirigimos a buen paso a Westminster. Me corroía la impaciencia mientras aguardaba bajo el gran campanario de la ajetreada plaza, a la espera de que Harsnet encontrase a los alguaciles. Al cabo, regresó seguido por tres recios jóvenes armados con garrotes y con la espada a la cintura. Westminster era un lugar problemático, y allí los alguaciles solían ser jóvenes y fuertes.

Harsnet explicó a los alguaciles que estábamos persiguiendo a un sospechoso de asesinato y que se trataba de un hombre muy peligroso. Luego caminamos hasta Dean’s Yard. Un grupo de prostitutas que conversaban en un portal se dispersó al ver acercarse a los alguaciles. Cuando Harsnet levantó la mano para llamar a la puerta de Cantrell, lo detuve.

—No, dejad aquí a dos hombres y los demás rodearemos la casa para hablar con el guardia.

—De acuerdo.

Nos hicimos acompañar por el tercer alguacil y nos adentramos en la hedionda callejuela que discurría junto a la casa; el eco de nuestros pasos reverberó en los estrechos muros. Fue el alguacil quien abrió la puerta del patio trasero de Cantrell.

Estaba desierto, y encontramos cerrada la puerta que daba a la caseta. Fui con Harsnet a la mugrienta ventana trasera de la casa y ambos miramos el interior de la vivienda. En el ruinoso salón no había nadie. Entretanto, el alguacil se dirigió a la caseta y abrió la puerta. Oímos una risa. Cuando nos reunimos con él, vimos en el interior de la caseta al guardia que tenía asignada la custodia de Cantrell, despatarrado en el suelo sobre una pila de sacos sucios. Dormía como un tronco, y a juzgar por el olor que despedía, no tardamos en caer en la cuenta de que estaba borracho.

—Eh, despierta, despierta —espetó el alguacil, al tiempo que le daba una patada.

El guardia despertó, soltó un gruñido y, cuando abrió los ojos, vio a Harsnet contemplándolo furioso.

—¿Así es como cumplís con vuestra obligación? —preguntó Harsnet, furibundo —. El arzobispo se enterará de esto.

El guardia trató de incorporarse. Reparé en un grifo que goteaba, colocado en el lateral de un barril. Al levantar la tapa comprobé que estaba medio lleno de cerveza.

—Se aseguró de que no pudiera rechazar la tentación —dije.

—¿Dónde está? —preguntó Harsnet al adormilado guardia—. ¿Está Cantrell ahí dentro?

—No lo sé —masculló el guardia—. A mí me obliga a quedarme fuera. No me deja entrar, señor. Ese es el problema. Ese tipo no es normal —añadió.

—Tú no eres quién para hacer juicios de valor, palurdo. —Harsnet dio media vuelta—. Adelante, entremos en la casa.

No perdimos el tiempo con remilgos. A un gesto de Harsnet, el alguacil hizo añicos la ventana, cuyo cristal había sido repuesto recientemente, y uno tras otro entramos en la casa. El guardia ebrio se tambaleaba en el patio, observándonos con cara de preocupación, consciente de que lo más probable era que hubiese perdido el empleo.

Ya en el interior solo nos recibió el silencio.

—Otra vez como en la casa de Goddard —susurró Harsnet.

Reparé en el ensangrentado garrote que Cantrell, según había dicho, había empleado para defenderse de su atacante. Estaba apoyado contra una pared, y me pregunté a cuál de sus víctimas habría golpeado con él.

—Vamos a buscar a los alguaciles que siguen en la entrada y registremos la casa —propuse.

Así lo hicimos. Pedí a los alguaciles que procuraran no desordenar mucho el lugar. Regresaron al cabo de unos minutos para confirmar que estaba vacío.

—Veamos qué podemos encontrar —dije mirando a Harsnet.

No había nada en el salón, y tampoco en la cocina contigua a este, ni en la despensa, solo mugre y restos de comida en mal estado. Nos volvimos hacia la puerta del salón que Cantrell había dicho que conducía al taller de su padre. Era una recia puerta de roble y estaba cerrada. Tuvimos que recurrir a dos de los alguaciles para echarla abajo. Dentro estaba oscuro, porque las contraventanas se encontraban cerradas. A la luz que procedía del salón me pareció distinguir losas de piedra y lo que quizá fuera una carretilla apoyada contra una pared. Titubeamos por un instante en el umbral, hasta que finalmente entré y me acerqué a la ventana. La abrí, y la luz y el ruido procedentes de la calle inundaron la estancia.

Había tres baúles grandes junto a la pared. También reconocí la carretilla que debía de haber utilizado Cantrell cuando se disfrazaba de buhonero. Me acerqué. En la carretilla debía de haber llevado las telas y baratijas, pero también a sus víctimas, inconscientes o muertas. De pronto sentí que me embargaba la ira, ira por todo lo que Cantrell había hecho, pero también por lo que yo había dejado de hacer.

—¿Cómo pude ser tan estúpido? —me lamenté en voz baja.

—¿Por qué? —preguntó Harsnet—. Ese hombre ha logrado que todos parezcamos estúpidos.

—Pues por permitir que me engañara tan fácilmente, por verlo tal como Cantrell quería que lo vieran, como otra víctima de la vida.

—Tenemos que inspeccionar los baúles —propuso el ayudante de forense.

—Yo me encargaré de este. Vos encargaos de aquel. —Levanté la tapa del baúl más cercano, temiendo lo que pudiera encontrar dentro. Había una pila de ropa asquerosa, andrajos, barbas postizas y pelucas; todo un vestuario.

—Eso debió de costarle un buen dinero —comentó Harsnet cuando le echó un vistazo al contenido del baúl.

—Parte de esta ropa tiene aspecto de ser muy vieja y haber sido usada muchas veces. —Saqué una capa cubierta de remiendos—. Esto es el manto multicolor de José. He visto mantos similares en mascaradas. No creo que necesitara todo esto.

El baúl que había abierto Harsnet contenía botellas, vasijas de hierbas y sustancias medicinales, todo ello envuelto en harapos. Los abrí con sumo cuidado. Un botellín contenía un líquido amarillento que desprendía un olor amargo. Lo puse al contraluz.

—Creo que es belladona.

—¿Dónde pudo obtenerla?

—Supongo que partiendo de la fórmula de maese Goddard. —Cogí otro botellín, husmeé el contenido y luego vertí unas gotas en el suelo. El ácido produjo un siseo.

—Ahora no cabe ninguna duda —dijo Harsnet.

—No.

—¿De dónde provendrá tanta furia incontenible? —pregunté.

—Del diablo —respondió Harsnet sin dudarlo un instante. A continuación me miró, pero yo negué con la cabeza.

—Supongo que eso simplificaría mucho las cosas. Hace que resulte más fácil soportar la verdad.

—Quizá la verdad sea así de sencilla. Habéis pensado mucho en este hombre.

—Tengo motivos para ello. Recordad que asesinó a mi amigo. —Me incliné para abrir el tercer baúl, y ambos miramos dentro. Allí, bajo algunas prendas, había una caja de madera alargada. Recordé haber visto algo similar en casa de Guy. Nada más abrirla, retrocedí ahogando una exclamación.

Dentro de la caja, dispuestos ordenadamente, había cuchillos de tamaños diferentes, un hacha pequeña y una cuchilla de carnicero. Las bandejas incluían garfios y alfileres, tenazas y pinzas de varios tamaños. La cuchilla de carnicero y algunos de los cuchillos estaban manchados de sangre, y la caja despedía un olor nauseabundo.

—El material quirúrgico de Goddard —dije.

—Tal como he dicho, posesión demoníaca. —Harsnet se hizo a un lado. El asco que sentía le hizo fruncir los labios.

 

Subimos a la primera planta, donde encontramos dos dormitorios. En el primero solo había un viejo camastro que imaginé debía de haber pertenecido al padre de Cantrell. El otro dormitorio era el del asesino. Había una carriola, otro baúl, viejo y cubierto de arañazos, y una mesa sobre la que había un ejemplar, de tamaño considerable, de la Biblia en inglés. En el baúl encontramos parte del modesto vestuario que habíamos visto ponerse a Cantrell, una raquítica mesita y un taburete.

Harsnet había abierto la Biblia.

—Mirad lo que ha hecho con ella —dijo.

Me acerqué a la mesa. Había abierto el Nuevo Testamento por el Libro de las Revelaciones. Los amplios márgenes estaban repletos de notas escritas con tinta roja, en una letra tan diminuta que resultaba prácticamente ininteligible, aunque distinguí palabras como «venganza», «castigo» y «fuego», gracias a que las había repasado varias veces y también las había subrayado. Al volver las páginas comprobé que todos los pasajes que trataban sobre las consecuencias de que los ángeles vertieran las copas de la ira también estaban subrayados: «Una llaga cruel», «los ríos y sobre las fuentes de las aguas… se convirtieron en sangre», y «mordían de dolor sus lenguas».

—Qué blasfemia. —A Harsnet le temblaba tanto la voz que pensé que nunca lo había visto tan alterado, a pesar de las cosas que habíamos visto juntos. Recogí la Biblia y me puse a hojear pasajes sueltos, como el correspondiente a la destrucción de Sodoma y Gomorra, que también estaba señalado, aunque, aparte del Libro de las Revelaciones, no había subrayado prácticamente nada más del Nuevo Testamento. De hecho, del propio Libro de las Revelaciones solo había señalado una parte: la correspondiente a las siete copas de la ira y, luego, inmediatamente después, el capítulo relativo al juicio de la Gran Ramera.

—Mirad los subrayados de esta parte —dije—. Hay incluso más que en los pasajes relativos al vertido de las copas. ¿Puede tratarse de una pista de lo que se propone hacer a continuación?

—Ese libro está corrompido —dijo Harsnet—. Contaminado.

—La Gran Ramera… ¿A quién le habrá atribuido ese papel?

—A estas alturas sabemos que simboliza al Papa, mientras que Babilonia representa a Roma —explicó Harsnet.

—San Juan de Patmos no lo sabía cuando escribió este libro.

—Eso fue lo que él preconizó —insistió el ayudante del forense—. Eso ha quedado bien claro para quienes estudian a fondo el texto.

—Pero no fue eso lo que vio Cantrell. No, debía de tener en mente a alguien más cercano que el Papa.

Harsnet guardó silencio unos instantes. Finalmente se volvió hacia mí y dijo:

—¿Dónde está, Matthew? Os confieso que tengo miedo.

Se oyeron pasos en la escalera y uno de los alguaciles se asomó por ella.

—Abajo hay una anciana que dice conocer a Cantrell —nos informó.

—La vecina —dije a Harsnet.

Al bajar encontramos de pie en el umbral de la puerta principal a la arrugada anciana con quien había conversado la primera vez que visité a Cantrell. Miraba más allá del fornido alguacil que se interponía en su camino. Al reconocerme, sonrió mostrando una boca desdentada.

—Ah, maese abogado, señor. Tuvimos ocasión de hablar anteriormente. Vi que estaba pasando algo. ¿Le ha sucedido alguna cosa a Charlie? —preguntó con ojos vivaces, llenos de curiosidad.

—No se encuentra aquí. Lo estamos buscando.

—En relación con un crimen —apuntó Harsnet—. ¿Qué sabéis de él?

—Vivo a unas puertas de aquí. Era amiga del padre de Charlie, hasta que se metió en eso de la religión y se volvió demasiado puro para hablar con gente como yo. ¿Qué se supone que ha hecho Charlie? —insistió, intentando de nuevo mirar hacia el interior de la casa. Finalmente, negó con la cabeza y añadió—: Sea lo que sea, no estará haciendo daño a nadie. No es más que un pobre chico, muy débil.

—¿Cómo os llamáis?

—Jane Beckett.

—Entrad, Jane —dije—. Deseo haceros un par de preguntas.

—De modo que esta vez sí queréis hablar conmigo.

La anciana arrugó la nariz y la acompañé hasta el salón. Me siguió hasta el antiguo taller y, al volverme hacia ella, vi que había adoptado una expresión melancólica.

—Mirad qué aspecto tiene ahora este lugar —dijo—. Qué triste y vacío se ve. Adrian lo mantenía muy limpio, y siempre estaba lleno de cosas. A él nunca le faltaba trabajo.

Abrí el baúl de la ropa.

—¿Sabéis de dónde proceden estas prendas? Hay muchas. —Saqué el manto multicolor.

La anciana asintió.

—Ah, sí, eso es de Adrian. Reunió una verdadera colección. Trabajaba para compañías teatrales. Lo contrataron para hacer los decorados para las representaciones al aire libre. En una ocasión se encargó de una para una mascarada que iba a celebrar el rey, en Hampton Court. También alquilaba los disfraces. —Me miró—. Era un buen negociante, ¿sabéis? Estas cosas valen un buen dinero, no tendrían que estar ahí metidas.

—¿Y su hijo lo acompañaba a las funciones?

—¿Charlie? Sí, al menos de pequeño. Le encantaban. Era la única vez que se lo veía feliz. Si se trataba de una representación local te encontrabas a muchos vecinos. Creo que Charlie quería ser actor, pero no se le daba bien; vamos, digo yo, porque el caso es que se metió a monje. —Soltó una risa despreciativa, me dio la espalda y añadió—: Pero Adrian tenía tanto talento que se las ingeniaba para hacer poleas capaces de desplazar por el escenario los dragones de madera que fabricaba, como si fueran de verdad. —Acarició el manto con una mano huesuda y volvió a guardarlo en el baúl. Cuando levantó los ojos sorprendí de nuevo aquella mirada penetrante y llena de curiosidad—. ¿Qué ha hecho ahora el inútil de Charlie?

—No insistáis —intervino Harsnet.

—¿Cómo murió Adrian Cantrell? —pregunté, inspirado por una idea repentina.

—Una noche se cayó por la escalera, o al menos eso dijo Charlie. Se rompió el cuello. —Rio con amargura—. A pesar de todo, según esa religión en la que creía, habrá ido derecho al cielo. ¿Qué es eso otro que hay en el baúl? Esa caja no es de Adrian.

La cogí del brazo y la conduje de nuevo afuera. Se mostró muy decepcionada al ver que no iba a contarle más cosas.

—La carretilla que hay en el taller, ¿pertenecía también a Adrian Cantrell? — pregunté cuando ya habíamos llegado al umbral.

—Sí. La utilizaba para transportar las cosas que hacía para sus clientes.

Para cubrir la distancia que separaba Westminster de Hertfordshire, Cantrell debía de tener un caballo.

—¿Qué ha sido de su caballo? —pregunté.

—Imagino que Charlie lo vendió.

—¿Qué aspecto tenía?

La anciana se encogió de hombros.

—Pardo, con un triángulo blanco en el hocico.

—¿Nunca lo visteis entrar o salir con el caballo y la carretilla?

—Pero, señor, si apenas ve tres en un burro —respondió tras soltar un bufido—. No. Lo vi salir a comprar alguna cosa en un par de ocasiones, pegado a la pared, tanteando a cada paso.

—¿Alguna vez lo visteis salir de noche?

La anciana soltó una carcajada.

—No me habría parecido muy normal, desde luego. En fin, el caso es que me voy a la cama temprano y siempre cierro las puertas. Este lugar no es seguro. Mirad, señor, ¿me podríais decir a qué viene…?

—No tiene importancia. Gracias. —Cerré suavemente la puerta y me volví hacia Harsnet—. De modo que aprendió a actuar —dije—. Quizá incluso de pequeño necesitaba actuar para parecer alguien normal. Me pregunto si asesinó a su padre. Me pregunto si lo hizo cuando descubrió su verdadera vocación.

—Especulaciones que no nos conducen a ninguna parte —opinó Harsnet.

—Es cierto.

—¿Y a qué vienen tantas preguntas acerca del caballo?

—Debía de tener uno.

—¿Ve lo suficiente para cabalgar?

—Empiezo a creer que ha exagerado ese problema de la vista que aseguraba padecer. Tuvo que ser capaz de cabalgar para llegar a casa de Goddard. —Me volví hacia la escalera—. Quiero echar otro vistazo a esos pasajes subrayados de la Biblia, a ver si extraigo algún significado de esos garabatos.

—Subiré con vos.

Harsnet estaba demasiado cegado para servirme de ayuda.

—No, gracias, Gregory. Trabajo mejor solo.

 

Subí de nuevo por la escalera. Me parecía extraño sentarme al escritorio de Cantrell, junto a su cama, con la habitación en absoluto silencio, exceptuando los ruidos que provenían de la calle. Me senté, apoyé la cabeza en las manos y me incliné sobre el libro. Igual que un abogado que intenta introducirse en la mentalidad de su adversario a través del texto de una declaración jurada, busqué lo que Cantrell podía leer en esos pasajes, a qué último enemigo pretendía destruir. Mi mente vagabundeó entre las palabras del breve capítulo. «Ven aquí y te mostraré la sentencia contra la Gran Ramera… con la cual han fornicado los reyes de la tierra». Hasta llegar al punto en que el ángel afirma que explicará su misterio al santo: «Y la bestia que fue, y no es, es también el octavo; y es de entre las siete, y va a la perdición».

Pensé que tras las siete copas, la siguiente víctima sería la octava; igual que las siete, pero de una clase distinta. La víctima más importante, puesto que al juicio le sucede finalmente el Armagedón. Hice un esfuerzo por extraer un sentido a aquellas palabras. ¿Sería la víctima una mujer? Para que simbolizara a la Ramera tendría que serlo, por no mencionar el fornicio con los reyes de la tierra. Seguro que para Cantrell tendría que ser una mujer protestante que, por algún motivo, había cometido un desliz en lo relativo a su fe, como la desdichada señora Bunce, que vivió en pecado con el antiguo monje Lockley. Me centré en aquellos tres elementos: el fornicio, un rey, el octavo. Una mujer que no había abandonado aún la verdadera religión, pero que lo haría si se casaba con un conservador religioso. «La bestia que fue, y no es, es también el octavo». El rey Enrique VIII, que en tiempos había sido un reformista religioso, pero que ya no ejercía como tal. No se trataba del rey, sino de la mujer que iba a convertirse en su esposa.

Me levanté, me acerqué a la ventana y miré hacia el patio. El guardia ebrio se había sentado en un balde puesto del revés. Bajé por la escalera, fui hasta donde estaba Harsnet e hice un esfuerzo por no mostrarme alterado.

—Creo… creo que Cantrell se ha propuesto asesinar a Catalina Parr.