Revelación
Capítulo 22
C abalgamos hasta Smithfield a través de una campiña que reverdecía tras el largo invierno. El ganado pastaba de nuevo en la pradera, después de los meses que había pasado a resguardo. En los campos, los hombres araban mientras las mujeres marchaban tras los caballos de cascos peludos, arrojando grano de sacas que se colgaban a la cintura. Me pregunté qué aspecto tendría Lockley. Un antiguo monje que vivía en una taberna, o la regentaba, era algo muy poco frecuente, pero después de los miles de ellos que se habían visto expulsados de los monasterios lo cierto era que circulaban historias todavía más extrañas.
Llegamos a la plaza mayor de Smithfield. No era día de mercado, así que los rediles para el ganado estaban desmontados, apilados contra las paredes del extremo septentrional. A un lado se alzaba la imponente iglesia de Saint Bartholomew, donde, tres años atrás, Barak me había salvado la vida en ocasión del primer trabajo que hicimos juntos. Vi que, tras los altos muros, todos los edificios monásticos habían sido derruidos. Cerca se encontraba el hospital; estaba desierto, lo que de nuevo me hizo pensar en la promesa que había hecho a Roger. Únicamente quedaban unas horas para que se celebrara su funeral.
Barak se volvió hacia mí, señalando la iglesia con la cabeza.
—¿La recordáis? —preguntó.
—Sí —respondí—. Corrían tiempos tan peligrosos como estos.
Negó con la cabeza.
—No. Entonces tratábamos con políticos. Cuando cometen una villanía tienen motivos para hacerlo. La locura no los empuja a matar porque sí.
—La mayor parte de las veces lo hacen en beneficio de su propio poder y riqueza.
—Al menos eso puedo llegar a entenderlo.
Seguimos cabalgando por Chapterhouse Lane hasta pasar por debajo de la arcada de piedra que llevaba a Chapterhouse Square. Era una amplia zona herbosa y aquí y allá se alzaban árboles junto a las fosas comunes donde se había enterrado a los fallecidos doscientos años atrás, en tiempos de la Gran Plaga. En el centro había una capilla, dentro de la cual buscaban refugio unos cuantos mendigos harapientos. Al norte, más allá de un muro de ladrillo, se levantaban los edificios de la casa capitular, cuyos monjes habían desafiado al rey después de que este rompiese con Roma. La mayoría habían sido brutalmente ejecutados a consecuencia de ello. Cromwell fue el responsable de aquello y también de la mayor parte de las cosas. Por aquel entonces, los edificios se utilizaban como almacenes, aparte de los que yo sabía que estaban destinados a servir de alojamiento para los músicos que el rey había hecho traer de Italia con ingentes gastos.
Al igual que sucedía en todas las casas monásticas, los monjes habían arrendado tierras de su propiedad. A este lado de la plaza, las casas eran pequeñas y modestas, edificaciones de madera con una o dos plantas, pero enfrente había una hilera de espléndidas casas de piedra y ladrillo. Había oído que la mejor pertenecía a lord Latimer, y que por tanto la había heredado Catalina Parr. Observé una gran mansión de ladrillo rojo, con altas chimeneas y un sendero particular. De pronto, un jinete vestido con librea roja entró al galope por el camino, y luego giró en el sendero, levantando una nube de polvo. ¿Más presión por parte del rey?
Barak me devolvió a la realidad señalándome un letrero que colgaba de un destartalado edificio cercano.
—Ahí tenemos lo que andábamos buscando. El Hombre Verde. —El letrero mostraba a un hombre cubierto de vides, pintado en un verde muy vivo.
Los mendigos se nos acercaron cuando desmontamos frente a la taberna. Quizá la capilla quedó abandonada cuando se disolvió la casa capitular, y ellos habían hallado refugio allí. Estaban muy delgados, y tendieron las manos sucias en nuestra dirección mientras atábamos los caballos a la entrada de la taberna.
—Idos al infierno —espetó Barak, apartando de un manotazo un par de manos.
Después de lo que había sucedido entre el gentío de Westminster, ambos mirábamos precavidos los rostros macilentos y la ropa harapienta y maloliente. Entre ellos había algunos niños.
—¡Eh! —llamé a un crío hambriento de unos diez años, que tenía la cabeza medio calva y medio pelirroja, pues alguna enfermedad se le había llevado parte del cabello—. Vigila los caballos y te daré cuatro peniques cuando salga.
—¡Yo lo haré mejor! —Otras manos se me aferraron a la manga.
—Pero si ese es un jodido inútil —aseguró otro niño—. ¡Harry el Calvo!
—No, no —dije, sacudiéndomelos de encima—. Quiero que lo haga él.
Llamamos a la puerta de la taberna y aguardamos, haciendo caso omiso de las súplicas de los mendigos. Se oyeron pasos y una mujer abrió. Llevaba un delantal manchado, encima de un vestido muy arrugado, y se cubría con una cofia blanca de la que escapaban mechones de pelo negro. Era de constitución robusta, baja y recia, aunque el rostro delataba que en otra época había tenido cierto atractivo. Sus ojos eran grises y su mirada penetrante e inteligente.
—No abrimos hasta las cinco —nos informó.
—No hemos venido a tomar nada —respondí—. Estamos buscando a Francis Lockley.
Nos estudió con expresión suspicaz.
—¿Qué negocios venís a tratar con él?
—Es un asunto privado —respondí con una sonrisa—. No os traerá complicaciones.
—Supongo que será mejor que entréis —dijo tras dudar unos instantes. Nos miró las botas, enfangadas por el barro del recinto sur—. Limpiaos los pies, no quiero que pongáis el suelo perdido. Acabo de limpiar.
Entramos en una taberna no muy grande, con paredes encaladas y mesas y sillas diseminadas en un suelo cubierto de juncos. La mujer puso los brazos en jarras y se volvió hacia nosotros.
—¿Habéis dado algo a esos mendigos? —preguntó—. Ahora se pasarán medio día dando vueltas por aquí. Por lo general a esta hora se largan a Smithfield. No culpo a los pobres desgraciados que se refugian en la antigua capilla, pero no quiero que incordien a mis clientes.
Ya me había cansado de su comportamiento.
—¿Trabajáis aquí? —pregunté sin más.
—Este lugar me pertenece. Soy Ethel Bunce, viuda y dueña de este lugar, a vuestro servicio —añadió, irónica.
—Ah.
—¡Francis! —exclamó de pronto. Se abrió una trampilla en la pared y asomó por ella un hombre gordo y bajo, calvo y con la cara redonda y rellena. Llevaba puesto un delantal, y tras él vi una cuba en cuya agua sucia flotaban varias jarras de madera.
—¿Sí? —Cuando nos vio, entornó los ojos y puso cara de preocupación.
—Estos caballeros quieren hablar contigo. ¿En qué lío te has metido? —Rio, pero al volverse hacia nosotros reparé en que estaba tan preocupada como el hombre gordo.
Lockley salió por la trampilla lateral. Su cuerpo tenía forma de tonel, pero parecía haber sido fuerte en otro tiempo. Me pregunté si la señora Bunce lo habría acogido debido a ello, pues una viuda podía heredar la licencia de una taberna, pero necesitaba a un hombre que bregara con los parroquianos difíciles. No obstante, me pareció detectar cierto cariño en la mirada que dedicó a Lockley cuando este se sentó a su lado. Al cabo, aventuré una suposición de qué era lo que tanto los preocupaba: vivían en pecado.
—No nos interesan los arreglos domésticos que pueda haber entre ambos —dije para tranquilizarlos—. Venimos de parte del ayudante del forense real. Queremos averiguar el paradero del antiguo hermano Goddard, de la abadía de Westminster.
Ambos reaccionaron de forma muy distinta. La señora Bunce pareció aliviada de que nadie hubiese acudido a poner en tela de juicio la relación que mantenían. Lockley, sin embargo, entornó de nuevo los ojos y apretó la mandíbula. A juzgar por el modo en que su pecho subía y bajaba, respiraba con dificultad.
—¿Qué pasa con ese cabrón de Goddard? —preguntó.
—¿No congeniabais?
—Me trató como una mierda. Todo porque mi padre era un simple empleado. Como yo ahora —añadió, volviéndose hacia la viuda y dedicándole una mirada difícilmente discernible. Ella le puso la mano en una de las suyas.
—Tú eres para mí mucho más que eso, cariño.
Me pregunté si debía pedir a la dueña que nos dejara a solas, pero di por sentado que cualquier cosa que nos contara Lockley la repetiría después, cuando nos hubiéramos ido.
—Tengo entendido que trabajasteis para Goddard en la enfermería laica —dije—. Le echabais una mano con los enfermos que acudían del pueblo de Westminster en busca de ayuda.
—Mucho sabéis acerca de mi Francis —dijo la señora Bunce con desconfianza.
—Estamos interrogando a los antiguos monjes que colaboraron con Goddard. Hasta el momento hemos tenido ocasión de entrevistar a maese Cantrell, además de al propio deán.
De pronto, Lockley se mostró preocupado.
—¿Qué os contaron? —preguntó.
—Eso es confidencial —respondí.
—Conque el joven Charlie, ¿eh? —Lockley rio, nervioso—. Goddard no le puso las cosas precisamente fáciles.
—¿Tenéis idea de dónde podría estar el doctor Goddard?
Lockley negó con la cabeza.
—Afortunadamente no he vuelto a verlo desde el día en que todos abandonamos la abadía.
—¿Recordáis adónde fue?
—Ni siquiera se despidió. Se limitó a decirme que, antes de marcharme, debía sacar a los últimos pacientes y entregar la llave al tesorero. —Hizo una pausa y preguntó con expresión de duda—: ¿Puedo preguntaros por qué motivo lo buscáis?
—Estamos investigando una muerte.
—¿La muerte de quién? —quiso saber, tenso de la cabeza a los pies.
—No puedo responderos; pero, decidme, ¿qué sabéis del hecho de que el doctor Goddard utilizase una hierba llamada belladona?
Lockley había dejado la mano encima de la mesa, y en ese momento la crispó en un puño.
—Sabía que el doctor Goddard empleaba algo para hacer que los pacientes durmiesen si tenía que operarlos en la enfermería de los monjes. Pero jamás hubiera desperdiciado nada por el estilo en los pacientes ingresados en la enfermería laica. — Se encogió de hombros—. No le interesaba demasiado lo que sucedía allí. Entraba de vez en cuando y echaba un vistazo a la gente, daba algún que otro consejo y unas hierbas, o recolocaba algún hueso roto. Pero en general dejaba en mis manos los cuidados de los pacientes. —Me miró a los ojos mientras se explicaba, había vuelto a recuperar el control de sí mismo.
Asentí lentamente.
—Dadme más detalles acerca de la opinión que os merecía el doctor Goddard.
—Se tenía a sí mismo muy bien considerado. Aunque me atrevería a decir que todos los médicos son iguales. Podía ser muy áspero y muy grosero. —Se inclinó con la sonrisa de quien se dispone a hacer una confidencia—. Tenía un lunar enorme en un lado de la nariz. El mayor que he visto. Si alguien se lo miraba, se ponía colorado e intentaba tapárselo con la mano. Era el modo de sacarlo de sus casillas, si uno se atrevía a ello, aunque después el enfado le duraba un buen rato. —Miró a Barak y esbozó una sonrisa inquieta. Supe que estaba guardándose algo, pero no tenía pruebas, nada que me permitiera sonsacarle esa información.
—¿Cuáles eran vuestros antecedentes en la profesión? —preguntó Barak.
—Serví de aprendiz de barbero-cirujano antes de acudir a Westminster. Estuve allí diez años, y después volví a trabajar de barbero y cirujano.
—Comprendo —dije—. Tampoco el joven Cantrell congeniaba con Goddard. — Lo observé, recordando su mirada de preocupación cuando mencioné que había entrevistado a Cantrell y al deán Benson. Sin embargo, ya había recuperado el aplomo—. Sí, Goddard se lo puso muy difícil a ese muchacho. Tenía una lengua muy afilada. Claro que Charlie Cantrell siempre fue un zoquete redomado.
—Ayer visité la enfermería. Ahora está vacía, por supuesto. No era un lugar muy acogedor.
—Es verdad. Y todo no hizo más que empeorar durante el tiempo que pasé allí. Benson quería que cerrasen la abadía. Cromwell le pagó bien. La antigua Iglesia papista estaba podrida —añadió con repentina ferocidad.
—Entonces ¿vos no sois de los apegados a la antigua fe?
—No —respondió Lockley, ceñudo—. Aunque el barbero y cirujano para quien trabajé al dejar la abadía era uno de esos píos fanáticos. No hay nada peor; se creen superiores porque están convencidos de que tienen las llaves de la muerte y el infierno.
—Y así fue como llegaste aquí, a mi lado —intervino entonces la señora Bunce, apretándole la mano—. Para descansar.
Lockley no respondió a aquel gesto; en lugar de ello, me dirigió una mirada furibunda.
—Puede que ni los radicales ni los papistas hayan dado en el clavo; quizá sean los infieles turcos quienes estén en lo cierto. —Rio con amargura. En ese momento percibí en él cierta desesperación descontrolada. No podía decirse que estuviese en paz consigo mismo.
La señora Bunce volvió a cogerle la mano.
—Vamos, vamos —susurró, dirigiéndonos una mirada nerviosa—. A veces dice las cosas sin pensar. No hablabas en serio, ¿verdad?
Se oyó un súbito estruendo procedente del sótano de la taberna, y sentí que las losas del suelo vibraban. Levanté la vista, sorprendido. Surgido de las profundidades nos llegó el sonido de una tromba de agua.
—¿Qué es eso? —preguntó Barak.
—Los nuevos clientes siempre se llevan un buen susto —explicó Lockley con un amago de sonrisa—. Creen que al diablo le ha dado por subir desde el infierno a buscarlos. Estamos conectados con el antiguo acometimiento que se construyó como desaguadero de la casa capitular. Discurre bajo la bodega. A los monjes siempre se les dio bien la fontanería. La mayor parte de los edificios que hay en el recinto están conectados a su antigua red de tuberías, por las cuales fluye el agua que procede de los manantiales que riegan los campos de Islington.
—Sí. —La viuda aprovechó la ocasión para dirigir la conversación hacia otros derroteros—. Tenemos nuestro propio cuarto de aseo. Sus aguas van a parar allí, y todos los desperdicios que genera la taberna los arrojamos a las cañerías por la portezuela de la bodega. Lo único es que hay que acordarse de avisar al vigilante de la casa capitular, para que abra las compuertas que hay debajo del antiguo monasterio, o el nivel del agua sube hasta que corres peligro de inundación, como ha dado la impresión de que ocurría ahora. Es un borracho. Pero ya nadie vive allí, exceptuando a esos músicos italianos del rey, y no son más que un hatajo de estúpidos extranjeros.
Lockley me dirigió de nuevo una mirada desafiante.
—Ethel estuvo aquí cuando la casa capitular desafió a Cromwell y se negó a aceptar la supremacía real. El prior Houghton fue ahorcado, ahogado y descuartizado en Tyburn; finalmente, clavaron uno de sus brazos en la puerta principal. Te acordarás de eso, Ethel, ¿verdad?
—Ha llovido mucho desde entonces —respondió ella, incómoda.
—Gente de religión. —Lockley hizo una mueca que transmitía algo más que desprecio; dolor, quizá. A su modo, al igual que sucedía con Cantrell, era una de esas personas que habían sufrido las consecuencias de los cambios. Se puso de pie—. Bueno, señores, tenemos que volver al trabajo. Lamento no poder seros de más ayuda.
—Gracias —dije tras levantarme también—. Si os acordáis de algún otro detalle que pueda sernos de utilidad, no dudéis en poneros en contacto conmigo. Soy maese Shardlake, y me encontraréis en el Colegio de Lincoln.
—Así lo haré. —Me pareció que se sentía aliviado porque la entrevista hubiese tocado a su fin.
—Podríamos volver a visitaros —añadí sin darle mayor importancia.
Pareció desasosegado. Ocultaba algo, de eso estaba seguro.
—Yo los acompañaré. —La señora Bunce se puso de pie y nos condujo hasta la puerta. En la entrada, miró en torno para asegurarse de que Lockley no pudiese oírla, y luego bajó la voz y dijo—: Lamento esas palabras que ha pronunciado acerca de la religión, señor. Francis lo ha pasado muy mal. Se había hecho a la vida de la abadía. La vida en el exterior le parecía dura, sobre todo con ese cirujano que no dejaba de importunarlo para que se uniera a su fe. Empezó a beber; venía aquí todas las noches y se emborrachaba. Fue entonces cuando lo acogí. Conozco a los borrachos, y sabía que el amor, el cariño y algo de lo que ocuparse podían ayudarlo. —Me miró, ya sin esos aires de dueña que se había dado antes, sino más bien como una mujer cansada y vulnerable—. Ya no bebe, pero a veces habla con amargura.
—No os preocupéis —la tranquilicé—. Las creencias de maese Lockley no me interesan en absoluto.
—Le amarga la idea de verse trabajando en una taberna, como hizo su padre. — Había en los ojos de aquella mujer una mirada de cansancio absoluto—. Es extraño ver qué vueltas da la vida, ¿no os parece, señor?
Nos alejamos a caballo de la taberna, sumidos en nuestros pensamientos. Fue Barak quien rompió el silencio.
—Estaba ocultando algo, ¿verdad?
—Creo que sí. Y se refería a Goddard.
—Podría habérselo sacado a la fuerza.
—No. Eso es trabajo de Harsnet. Esta noche se lo diré.
—No creo que la mujer sepa nada.
—Pobre mujer. Me da la impresión de que no recibe todo el agradecimiento que merece por cuidar de él.
—Quizá lo interroguen con malas artes.
—Sí. —No me gustaba la idea de que maltrataran a ese hombrecillo amargado y desilusionado, pero si nos estaba ocultando algo teníamos que averiguar de qué se trataba.
Regresamos a mi casa. Yo estaba cansado, y me dolía el brazo al moverlo. No me hubiera ido mal pasar la velada descansando en casa, pero tenía que acudir a la capilla donde se celebraba el funeral. Me pregunté cómo sería Samuel; no lo había visto desde que era un mocoso.
Cuando entramos, Tamasin estaba tumbada en el salón, sobre un montón de cojines. La hinchazón de sus ojos había remitido, pero todavía estaba cubierta de cardenales, y tenía los labios tumefactos. Parecía exhausta.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó Barak con lo que se me antojó que era una alegría fingida.
—Dolorida. Me duele la mandíbula —farfulló. Al abrir la boca, vi unas torundas de algodón empapadas en sangre. Sentí un escalofrío, y me toqué instintivamente con la punta de la lengua el hueco que tenía en la boca, allí donde dos años atrás un torturador de la Torre me había arrancado un diente.
—Sí que debe de doler —dijo mi ayudante—; pero como el diente estaba en un costado, conservarás esa bonita sonrisa que tienes.
—Ah, bueno, entonces no pasa nada —dijo ella, sarcástica.
—No he querido decir…
En ese momento, Tamasin se dirigió a mí:
—¿Sabéis qué me propuso el desgraciado del sacamuelas? Cuando me contó que la tarifa eran cinco chelines, le dije que era demasiado. Me ofreció un trato: me lo perdonaría, y me daría además diez chelines, si le daba permiso para sacarme todos los dientes. Por lo visto, los tengo en tan buen estado que con ellos podría hacerse una buena dentadura postiza. Luego me mostró esos bloques de madera que tienen forma de mandíbula, y pretendió compararlo con el tamaño de mi boca. Dijo que la tenía de tamaño normal. Le respondí que se olvidara de ello y se pusiera a trabajar, que era un desalmado por mostrarme esas cosas cuando estaba tan dolorida. Me sorprendió que el doctor Malton me lo hubiese recomendado.
—Ha tenido suerte de que no estuviera yo allí —dijo Barak—. El muy cabrón.
—Aunque supongo que hizo el trabajo rápidamente, y con menos dolor de lo que yo esperaba. —Tamasin se estremeció—. Era un hombre malvado, tenía el delantal salpicado de sangre y un collar de dientes colgaba del letrero de la entrada.
—Tendrías que irte a la cama, Tamasin —dije—. A descansar.
—¿Acudiréis al funeral de maese Elliard, señor? —preguntó ella.
—Sí. Debo cambiarme. Voy a casa de Dorothy y acompañaré a la familia. Cuando regrese, Barak, tomaremos una cena rápida y luego iremos a ver a Harsnet.
—Estaba pensando… —dijo—. Esa iglesia… Saint Agatha, de Irish Lane, ¿no es a la que se le cayó el campanario hace un par de años?
—Sí. Es una de las iglesias reformistas. No es necesario que vengas —añadí, mirando a Tamasin.
Barak se encogió de hombros.
—Harsnet nos mencionó a ambos en la carta. Podría tener algún encargo para mí.
Abrí la boca para protestar, pero la cerré de inmediato. Si discutía con él delante de Tamasin, no haría más que empeorar las cosas.
—Estaré bien —dijo ella.
—Estupendo —dijo Barak—. Tú descansa.
Miré a Tamasin a los ojos. Advertí que estaba furiosa.
Por primera vez desde la muerte de Roger, Dorothy se había puesto sus mejores galas. A su lado se hallaba de pie un delgado joven de dieciocho años, muy atractivo con su jubón negro; guardaba tal parecido con su padre que casi se me cortó la respiración. Fue como si Roger hubiera regresado de entre los muertos.
—Samuel —dijo Dorothy—, seguramente no recuerdas a maese Shardlake, pues no eras más que un niño cuando nos trasladamos a Bristol.
—Os recuerdo, señor —dijo el muchacho, haciendo una reverencia—. Me regalasteis un trompo por mi cumpleaños. Era de vivos colores, y me pareció una maravilla. —Su voz era como la de Roger, clara y un poco aguda, aunque Samuel hablaba con las vocales llanas propias del oeste del país.
—Sí —dije con una sonrisa—. Ahora me acuerdo. Teníais cinco años. Me inclino ante vuestra memoria.
—Yo me inclino ante vuestra amabilidad, señor. Debo agradeceros todo cuanto habéis hecho por mi madre. —Y puso la mano en la de Dorothy.
—Ha sido muy valiente.
—¿No creéis que Samuel es la vida imagen de Roger? —Había lágrimas en los ojos de Dorothy.
—Sí, lo es.
—Eso me consuela. Roger sigue vivo en mi hijo. Pero, Matthew, ¿qué es esa extraña postura que adoptáis con el brazo? ¿Os habéis hecho daño?
Cuán observadora era.
—Un accidente sin importancia. Nada serio. ¿Os quedaréis mucho tiempo en Londres, Samuel?
El muchacho negó con la cabeza.
—Debo regresar a Bristol la semana próxima, porque hay una feria de telas a la que debo asistir. Espero que para entonces todos los asuntos estén resueltos y mi madre pueda reunirse allí conmigo.
—Oh. —No había pensado en la posibilidad de que se marchara tan pronto. La noticia me desconcertó.
—Ya habrá tiempo de pensar en eso —dijo Dorothy—. Hay asuntos pendientes. No puedo dejárselo todo a Matthew, por mucho que cuide de mí, pues ha sido mi bastón y mi cayado. —Me sonrió con dulzura.
—Hago lo que puedo —dije, incómodo.
—Mi hijo se ha prometido en matrimonio, Matthew —me informó Dorothy en un tono que era casi de confidencia—. ¿Qué os parece eso? Con la hija de un mercader de Bristol.
Samuel se sonrojó.
—Vaya, felicidades —dije.
—Gracias, señor. Esperamos casarnos el año que viene.
Llamaron a la puerta y entró Margaret.
—Ha llegado el féretro —nos informó.
Dorothy se estremeció, y luego recuperó la expresión de desconsuelo que la caracterizaba desde la muerte de Roger.
—Yo los acompañaré —dijo.
—Dejad que lo haga yo —se ofreció Samuel.
—No. No. Permíteme hacerlo yo sola. —Le apretó el brazo y abandonó la estancia, dejándonos a solas a Samuel y a mí. Por un instante solo se oyó el tictac del reloj. Observé el friso de madera, y clavé los ojos en la chapucera reparación, antes de sonreír a Samuel.
—¿Hay alguna noticia, señor? Me refiero a la investigación —preguntó. Comprendí que debía de resultarle difícil el que aquella tragedia lo hubiese convertido de pronto en el cabeza de familia—. Mi madre no deja de pensar en ello —continuó—, porque, al fin y al cabo, aún no sabe por qué mi padre tuvo una muerte tan horrible. Ya habría sido malo que lo mataran durante un robo, pero ese espantoso… espectáculo. —Me miró inquieto—. Dijisteis que quizá mi madre corría peligro.
«Dorothy ha mantenido su palabra de no compartir con nadie lo que sabe acerca del resto de los asesinatos. Ni siquiera con su hijo», pensé.
—No es más que una medida cautelar —repuse—. Hacemos progresos, Samuel. Ahora no puedo contaros gran cosa, pero si os sirve de algo os diré que pensamos que vuestro padre no fue asesinado por alguien que lo odiara. Al parecer llamó la atención de… un loco, digámoslo así. Creo que podríais contárselo así a vuestra madre.
—Pero ¿por qué mantenerlo tan en secreto? —preguntó—. A mi madre eso le preocupa, aunque no esté dispuesta a admitirlo.
Titubeé y, si bien con precaución, decidí hablar.
—Me temo que la política está de por medio. Hubo otro asesinato muy similar al de vuestro padre. La víctima era un hombre de cierta importancia, aunque no lo mataron por ese motivo, sino sencillamente porque ese loco del que os hablo lo escogió.
—Un lunático. —Samuel frunció el entrecejo—. Sí, alguien tendría que estar loco de atar para asesinar a un hombre tan bueno como mi padre.
—Roger era, como bien decís, un buen hombre y un buen amigo. Pero no me presionéis más, Samuel, pues ya os he dicho más de lo que debería.
Asintió lentamente.
—Mi pobre madre, con lo que se amaban. —Sonrió—. A veces me sentía excluido; esa fue una de las razones de que escogiera quedarme en Bristol cuando ellos volvieron a Londres. Pero yo quería a mi padre, hizo tanto por mí… —De pronto, volvió a convertirse en el muchacho que era. Se sonrojó y vi que tenía los ojos arrasados en lágrimas—. Cuidad de mi madre, señor. Dice que Margaret y vos sois los únicos amigos de verdad que conserva.
—Lo haré —prometí—. Lo haré.
—Me gustaría que me acompañara a Bristol, pero es una mujer muy obstinada.
Dorothy reapareció en la puerta; aunque estaba pálida, aguantaba la situación con firmeza.
—Los demás deudos se están reuniendo fuera. Sus amigos, los sirvientes… Tenemos que salir.
Respiré hondo y abandoné la estancia con Samuel.