Revelación
Capítulo 38
C abalgamos de vuelta a casa. Las calles estaban atestadas de gente. La mayoría de los alguaciles parecían estar de servicio, junto a varios guardias cubiertos con la librea del obispo Bonner, a quienes más de uno contemplaba con hostilidad o miedo. Me pregunté qué estarían haciendo los radicales; probablemente, pensé, se mantenían al margen, a la espera de que amainase la tempestad. Sin embargo, esa última persecución tan solo los llevaría a considerarse mártires. Se me ocurrió pensar que Harsnet, que trabajaba para el rey y era un radical, podía correr peligro. ¿O bastaría con el hecho de contar con la protección de Cranmer y lord Hertford?
Estaba agotado. Al llegar a casa me metí en la cama y dormí varias horas de un tirón. Luego cené a solas, pues Barak y Tamasin no salieron de sus habitaciones. Los hombres de Seymour debían de haber llegado ya a Hertfordshire. Me acosté temprano. Por la mañana seguía sin haber noticias. Barak bajó a desayunar.
—¿Qué estará pasando? —pregunté.
—Quizá los hombres de Seymour se hayan encargado discretamente de Goddard —dijo Barak, muy serio.
Negué con la cabeza.
—Nos lo habrían comunicado —repuse—. ¿Dónde está Tamasin? ¿Va a saltarse otra vez el desayuno?
—Sigue en la cama. No sé cómo lo ha hecho, pero ha llegado a la conclusión de que se ha producido otro asesinato, a pesar de que ayer no le conté adónde iba. Está llorando tumbada en la cama. Parecía tan… triste.
—¿Por qué crees que ya no podéis comunicaros?
—No lo sé. —Como solía sucederle cuando tocábamos aquel asunto, cambió de tema—. Entonces ¿no vais a denunciar al joven Piers?
—No.
—¿Qué sucedía entre él y el viejo moro? —inquirió Barak.
—Creo que tanto la necesidad de tener a alguien de quien cuidar como la de traspasar los conocimientos son tan fuertes en él que han acabado por nublarle el juicio. Sin embargo, al final no importa. Al menos ahora se ha librado de ese chico. Espero que haya huido, que se haya marchado muy lejos de Londres.
—Y lo habrá hecho, si tiene algo de sentido común. Sabrá que, si lo declaran culpable de robo, le espera la horca.
Me puse de pie y dije:
—Voy a acercarme a Bedlam. Guy mencionó que iría a visitar a Adam. Intentaré hablar con él, solucionar, al menos en parte, las cosas.
—Parecía muy enfadado —me advirtió Barak.
Estuve a punto de replicarle que cuidase de su esposa, que también estaba enfadada, pero me mordí la lengua a tiempo.
—No puedo dejar las cosas así.
—¿Queréis que os acompañe?
—No. No, iré solo.
Me miró preocupado. Caí en la cuenta de que era capaz de ver que empezaba a ceder ante la presión; su propio rostro ya delataba la tensión a la que vivíamos sometidos. Le puse la mano en el hombro.
—Iré a caballo —dije—. Estaré a salvo. Envíame una nota si recibes noticias de Hertfordshire, sean las que sean.
Llegué a Bishopsgate sin sufrir ningún percance. No obstante, al franquear a caballo las puertas que daban al patio de Bedlam, oí un ruido inesperado: una mujer gritaba y lloraba víctima de un gran temor. Por un terrible instante temí que el asesino hubiese vuelto a despistarnos, y que el séptimo crimen estuviera produciéndose allí, en ese preciso momento. Entonces, vi a una mujer aporrear las puertas cerradas del edificio de Bedlam, pidiendo a gritos que la dejasen entrar. Se habían reunido algunos curiosos a contemplar la escena, y algunos de ellos reían ante aquella extraña muestra de enajenación. Me pregunté por qué nadie acudía a abrir la puerta. Entonces, al llegar a la altura de los curiosos, descubrí que la mujer era Ellen, la guardiana. Desmonté y aseguré apresuradamente a Génesis a la barandilla.
Ellen no parecía reparar en la gente. Había pegado el cuerpo a la puerta y voceaba presa de lo que se antojaba un terror absoluto:
—¡Dejadme entrar, maese Shawms! ¡Por favor! ¡Por favor!
Me abrí paso entre la gente y le puse una mano en el hombro.
—Ellen —dije en voz baja.
Ni siquiera volvió la cabeza. Se puso rígida y tuve la impresión de que se pegaba con más fuerza a la puerta.
—¿Quién es? —susurró.
—Soy yo, maese Shardlake. ¿Qué sucede?
—Por el amor de Dios, maese Shardlake, haga que me dejen entrar. —De pronto, sus rodillas flaquearon y, deslizándose pegada a la puerta, rompió a llorar desconsoladamente.
Golpeé la puerta con fuerza.
—¡Shawms! —exclamé—. ¡Abrid la puerta! ¿Qué está pasando aquí? —Oí voces procedentes del interior, voces que susurraban. Y ya en el interior del edificio oí gritar a los pacientes, incluso me pareció distinguir la voz de Adam.
Alguien introdujo una llave en la cerradura y Shawms se asomó con el grueso guardián Gebons muy cerca de él. Gebons estaba ceñudo; Shawms, enfadado. En cuanto la puerta se abrió lo suficiente, Ellen se arrojó al interior y se pegó por completo a la pared opuesta. Allí se quedó, jadeando. Un grupo disperso de pacientes asomaron con expresiones confundidas y temerosas por la puerta abierta del salón. La anciana Cissy dio un par de tímidos pasos al frente, tendiendo un brazo hacia la guardiana.
—Ay, Ellen —murmuró—. Mi pobre Ellen.
Observé que las puertas de las celdas estaban cerradas. Oí al hombre que creía ser el rey exigiendo a sus súbditos que se comportaran, mientras que, procedente del corredor, el paciente al que llamaban Sabio Encadenado se arrojaba una y otra vez sobre la puerta, lo que producía sonoros estampidos. Entre ambos oí la voz de Adam, que rogaba a Dios que ayudase a Ellen, que salvase a la pobre y buena Ellen.
Shawms cerró la puerta en las narices de los curiosos.
—¿Qué les estáis haciendo a estas personas? —pregunté.
Me miró como si le hubiera gustado golpearme, pero al responder lo hizo en un tono de voz calmado:
—Ellen necesitaba una lección. Desde que está a cargo de los cuidados de Adam Kite, incluso se atreve a decirme cómo hemos de tratarlo. Y ahora ha volcado su atención en los demás pacientes. Ha llegado a exigir que soltemos a la loca de la vieja Cissy, para que sea su familia quien la cuide. —Miró fijamente a la anciana, que se encogió de miedo—. Como si su familia quisiera tomarse las molestias, tanto como la familia de Ellen quiere cuidar de ella, por cierto. —Levantó la voz—. Aún no habéis comprendido la naturaleza de este lugar, maese Shardlake. Es un cúmulo de desperdicios. Aquí es donde la gente con dinero abandona a los familiares que han enloquecido. Quizá tengamos algunos pacientes a los que tratamos por pura caridad, incluso los hay que se curan, o que al menos lo fingen para salir de aquí, pero principalmente este lugar es un estercolero, un montón de mierda que genera dinero para el custodio Metwys, igual que las ratas prosperan entre los desperdicios.
—Aunque hubo un tiempo en que Ellen fue paciente de este lugar, ahora es miembro de los cuidadores. ¿Qué demonios le habéis hecho?
Shawms soltó una risotada y dijo:
—¿Es eso lo que os contó? Ellen sigue siendo una paciente, y siempre lo será. Le adjudiqué algunas tareas de guardiana porque se le da bien tratar con los pacientes, a pesar de lo blanda que se muestra con ellos a veces. —La miró—. Sin embargo, en ocasiones se le olvida y tengo que recordarle qué y quién es, echándola a la calle. — Se volvió hacia Ellen, que seguía inmóvil, pegada a la pared, respirando con dificultad, sin atreverse a mirar la puerta cerrada—. Esa es su locura —continuó sin piedad—. No soporta la idea de verse fuera de este lugar, dice que el mundo acabaría por engullirla. Así ha sido desde que en Sussex, que es de donde procede, una pandilla de críos le tendió una encerrona y la hizo mujer antes de tiempo. ¿No es así, Ellen?
Ellen se apartó con gran esfuerzo de la pared y, más calmada, respondió:
—Sí, maese Shawms. —Nos miró. Parecía avergonzada—. Y ahora, maese Shardlake, ya lo sabéis todo sobre mí.
Sentí lástima por aquella desdichada mujer, pero comprendí instintivamente que demostrarla sería lo peor que podía hacer.
—No tiene importancia, Ellen —dije en voz baja—. Escuchad, el pobre Adam está afligido. ¿Me acompañaríais a ayudarlo? Vos tenéis mejor mano que nadie con él. Si os sentís capaz, por supuesto.
—Sí, por supuesto que sí —respondió con una mirada de agradecimiento, y echó a andar por el corredor, palpándose la ropa en busca de las llaves.
—Espero que a Adam no le haya perjudicado este incidente —advertí a Shawms —. Tendría que informar al tribunal de lo sucedido.
Me miró furibundo. Al darle la espalda, Gebons me dedicó una mirada que solo podía ser de admiración.
Me reuní con Ellen ante la puerta cerrada de la celda de Adam.
—¡Ellen! —gritaba el joven desde el interior—. ¿Qué os han hecho?
—Me encuentro bien —respondió ella—. Estoy aquí.
—¿Ha llegado el doctor Malton? —inquirí.
—No, señor, lo esperábamos pero aún no ha llegado. —Tanto la voz como el comportamiento de Ellen eran normales; solo se la veía algo agitada, como si la enajenación que había sufrido hasta hacía unos instantes formase parte de un sueño. Abrió la puerta. Ya en el interior encontramos a Adam de pie, tan cerca de la puerta como se lo permitía el grillete. Estaba ruborizado, y su expresión de azoramiento se transformó en alivio al ver entrar a Ellen.
—¿Os encontráis bien? —preguntó a Ellen—. Os he oído gritar.
—Sí, Adam. No te alteres y siéntate. —Vi que habían puesto un taburete en la celda. No sin ciertos titubeos, el muchacho se sentó—. Traer ese taburete fue idea del doctor Malton —me informó Ellen al ver que había reparado en él—. Dijo que sería mejor que rezase sentado, en lugar de hacerlo en cuclillas en el suelo.
Caí en la cuenta de que era la primera vez que Adam se mostraba preocupado por alguien que no fuese él mismo. Luego volvió su delgado y demacrado rostro hacia mí y dijo algo que me resultó incomprensible:
—Mi preocupación por Ellen era honorable, señor. Por favor, decid que así fue si alguien os pregunta. No estaba pecando de nuevo, ni siquiera de pensamiento. No fue como con la malvada mujer del reverendo. —De pronto su rostro adoptó un rictus de dolor, y se habría arrodillado si Ellen no lo hubiese sostenido por los hombros.
—Vamos, Adam —dijo.
El joven hundió el rostro entre las manos y rompió a llorar.
Y entonces comprendí la verdad. Su vicario, Meaphon, era amigo del reverendo Yarington. Timothy había descrito al muchacho que había visitado a la prostituta Abigail como un hombre alto y de pelo oscuro. Adam era alto y tenía el cabello negro, y su madre me había contado que antes era atractivo, hasta que su desesperada obsesión lo había convertido en un saco de huesos.
Me acerqué a él y dije:
—Adam, ¿significa algo para ti el nombre de Abigail?
Al oír eso, el muchacho se apartó de Ellen y retrocedió hasta la pared, contemplándome horrorizado.
—Han descubierto mi pecado —susurró—. Oh, Dios, perdóname, no me fulmines.
—Señor, ¿qué estáis haciendo? —preguntó, indignada, Ellen.
—Estoy introduciendo una llave que debe abrirme una puerta —respondí, enigmático, mientras me acercaba aún más al joven—. Adam, un día fuiste a casa del reverendo Yarington con un mensaje de tu vicario, ¿verdad? —pregunté adoptando un tono de voz muy suave.
—Sí —respondió al tiempo que me miraba con terror.
—Abigail te vio y te invitó a entrar. Tenía necesidad de un hombre joven. Te mostró cosas en las que habías pensado, pero que aún no habías experimentado. ¿Me equivoco?
—¿Cómo es posible que lo sepáis? —susurró—. ¿Os ha escogido Dios como instrumento de mi castigo?
Esbocé una sonrisa benevolente.
—No, Adam. El mozo de cuadra de Yarington vio a alguien desde el establo, y yo acabo de caer en la cuenta de que quizá se refería a ti. Eso es todo. Abigail ha huido y yo necesitaba establecer una relación entre Abigail y un caso que tengo entre manos. —No quise contarle que Yarington había sido asesinado.
—Ese es mi gran pecado —dijo—. Sabía que si mis padres y la Iglesia descubrían lo que había hecho me repudiarían, porque he perdido mi lugar entre los elegidos. — Adam me miró—. ¿Se lo contaréis a mis padres, señor?
—No, te lo prometo.
—Yo era como barro en sus manos —explicó Adam—. Jesús, mi protector, era incapaz de contenerla. Debió de enviármela el diablo.
—No era más que una pobre mujer, igual de desamparada que tú, en manos del hipócrita de Yarington.
—Sí. Es un hipócrita —dijo, asintiendo con vehemencia—. Sabía que debía contárselo a mis padres, decirlo en la iglesia… Recurrí a Dios en busca de consejo, pero no sentí nada, absolutamente nada. ¿Me ha abandonado?
—No soy teólogo, Adam, pero una cosa sí sé: tú no has abandonado a Dios. Diría quizá que te has dedicado a buscarlo del modo erróneo.
Aquello fue demasiado para el muchacho. Hundió el rostro entre las manos y lloró de nuevo desconsoladamente. Me levanté con cierta dificultad, acompañado por el crujir de las articulaciones, y me volví hacia Ellen.
—Ahora debo irme. La información que me ha revelado Adam es muy importante para… un caso. No sé cuándo llegará el doctor Malton. ¿Podría dejar a Adam en vuestra compañía?
—¿Os referís a si estoy en condiciones de que se me confíe a alguien? —preguntó con una fugaz expresión de amargura.
—No… Me refe…
—No os preocupéis por mí —me interrumpió—. Estaré bien, a menos que me obliguen a salir. —Llenó de aire los pulmones—. Sabed que me comporto con normalidad la mayor parte del tiempo.
—Sé que con vos lo dejo en buenas manos.
Se sonrojó.
—¿Lo decís en serio?
—Por supuesto. Si viene el doctor Malton, contadle por favor lo que Adam acaba de explicarme. Y decidle también que… que había venido a verlo.
—A juzgar por vuestra expresión veo que se trata de algo serio —dijo Ellen—. ¿Adam tiene problemas?
—No, os juro que no se trata de eso —respondí con una sonrisa tranquilizadora —. Sois una buena mujer, Ellen. No permitáis que un cerdo como Shawms os haga pensar lo contrario.
Ella asintió con una humedad repentina en los ojos. Salí de la celda. No dejaba de darle vueltas a un sinfín de cosas. De modo que había sido Adam quien visitó a Abigail. Él era el muchacho de pelo oscuro que yo había estado buscando hasta entonces. De pronto me pregunté si realmente podía confiar en que Ellen cuidaría de Adam, pues aquel terrible ataque de pánico me había alarmado. Pero no, pensé. Aparte de aquella peculiar enfermedad, era una persona muy cuerda, más que muchas de las que caminaban en ese instante por las calles de Londres.