Revelación
Capítulo 35
O tra noche agitada. Tuve un sueño horroroso en el que me veía de nuevo aquella gélida y oscura mañana en que entraba en el Colegio de Lincoln, para topar con la pareja de estudiantes que se hallaban junto a la fuente cubierta de una capa de hielo. Pero en mi sueño, cuando ambos se volvían hacia mí, veía que uno se fundía en la oscuridad. El otro era Piers. Tendía el brazo y volvía a ver el cadáver, y era Guy quien estaba tendido en el agua con el corte en la garganta. Desperté ahogando un grito. Llovía con fuerza y la lluvia golpeaba la ventana, y entonces me dio un nuevo vuelco el corazón cuando oí que alguien subía por la escalera. Exhalé un suspiro de alivio al reconocer los pasos de Barak. Debía de ser muy tarde.
A la mañana siguiente seguía lloviendo, y distinguí los charcos que se formaban en el jardín. Mientras me vestía miré en dirección al muro que dividía mi parcela del huerto perteneciente al Colegio de Lincoln. El agua que procedía del huerto inundaría mi jardín, tal como había sucedido dos años atrás. El suelo se cubría poco a poco de agua.
Encontré a Barak sentado a la mesa del salón, mirando indeciso una bandeja de pan y queso.
—Te oí llegar anoche, muy tarde, por cierto —dije.
—Salí por ahí con unos amigos.
—¿Otra vez? —Cogí una hogaza de pan—. ¿No podrías llevarte a Tamasin una noche de estas? —Me miró con ojos legañosos.
—Tenía que salir a tomar un trago. Estoy harto de esperar de brazos cruzados a que ocurra el siguiente suceso espantoso.
—¿Dónde está Tamasin?
—Sigue en la cama, roncando. Despertó anoche cuando llegué y la emprendió conmigo, así que supongo que se estará recuperando del esfuerzo.
Comprendí que su reconciliación no estaba yendo como yo había planeado. A juzgar por la expresión de Barak, comprendí que no pensaba seguir hablando del asunto.
—Guy estuvo aquí anoche. Cenamos juntos —dije.
—Le hablaríais acerca de nosotros, ¿verdad? —Ahí estaba el peor Barak, el zumbón.
—Estuvo poniéndome al corriente de sus problemas. Según parece, últimamente le ha desaparecido dinero. Cree que es cosa de Piers, pero se resiste a creerlo.
Barak me dirigió una mirada penetrante.
—Cuando vi al moro con Piers tuve la impresión de que el viejo ha llegado a creer que el sol sale por el culo de su aprendiz.
—Quiere compartir sus conocimientos con alguien por quien sienta afecto, eso es todo. Sin embargo, empieza a ver a Piers tal como es en realidad.
—¿Estáis seguro?
Me pregunté hasta qué punto habría sido capaz Barak de leer entre líneas, de imaginarse que los sentimientos de Guy no eran tan simples como creía.
—Sí, pero aún no lo acusará. Y Piers sabe mostrarse… persuasivo.
—¿Y si le hago una visita al joven Piers y le aprieto un poco las tuercas? Podríamos ver cómo reacciona y adoptar un rumbo u otro a partir de allí. —Una sonrisa fugaz. Una sonrisa dura.
—Cuando Guy no esté presente, quieres decir.
—Supongo que no nos permitiría hacerlo estando él presente, ¿verdad?
—Sé que Guy va a ausentarse esta noche —dije tras meditarlo—. Irá a ver de nuevo a Bealknap. Conociendo sus costumbres, después irá a cenar, probablemente a eso de las siete.
—¿Entonces nos acercaremos a Bucklersbury?
—Pero solo para hablar con él —puntualicé tras asentir—. Nada de violencia.
—Aunque no sea él quien le sisa el dinero, es un fisgón. No le hará ningún mal que le advirtamos un par de cosas.
—De acuerdo. —Terminé el pan y el queso que me había servido, y me levanté —. Tenemos que irnos —dije—. Anoche recibí noticias: Harsnet ha convocado una reunión para hablar de los últimos acontecimientos. Esta vez no será en el palacio de Lambeth sino en Whitehall.
Barak se puso de pie nada más oír la noticia.
—Cuando queráis. Si no hago algo acabaré tan loco como Adam Kite.
Cuando llegamos a Whitehall, nos informaron que lord Hertford y sir Thomas Seymour se encontraban reunidos con el forense. A Barak le prohibieron asistir a la reunión, y de nuevo no tuvo más remedio que aguardar sentado en el banco que había junto a la puerta del despacho de Harsnet.
—Lo siento —le susurré cuando el guardia llamó a la puerta.
—Empiezo a acostumbrarme. Al fin y al cabo, no soy más que un miembro del vulgo. —Barak me ofreció una de sus sonrisas irónicas y estiró las piernas. Iba calzado con las botas de montar, que estaban cubiertas del fango que cubría las calles de Londres. El guardia arrugó el entrecejo, pues se esperaba que en el palacio real la gente se comportase con cierta educación. La voz de Harsnet me invitó a entrar en el despacho. Llené de aire los pulmones y la abrí.
Encontré a Harsnet sentado a un escritorio. Lord Hertford se hallaba de pie junto a la pared. Ambos me parecieron muy serios. Sir Thomas Seymour estaba junto a su hermano, con una mirada furibunda en el atractivo rostro. Como siempre, vestía como un pavo real: jubón de un azul intenso y sombrero con una enorme pluma en la cinta.
—Cerrad la puerta, Matthew, y acercaos. No quiero que nadie nos escuche —me pidió Harsnet.
—Barak está sentado fuera, pero no escuchará lo que digamos.
—Ahora mismo, no podemos fiarnos de nadie —dijo Hertford—. Y las paredes oyen. —Me miró fijamente a los ojos—. Teníamos que reunimos en el palacio de Lambeth, pero hoy su gracia el arzobispo tenía otros asuntos de que ocuparse.
—Espero que no haya más malas noticias, milord.
—No por parte de los cortesanos que fueron arrestados, a quienes van a soltar en breve. Sin embargo, Bonner sigue presionando a los radicales londinenses. Esta mañana, temprano, los hombres del obispo y los alguaciles de Londres arrestaron a ocho hombres, acusados de posesión de libros ilegales, así como a tres impresores y un puñado de aprendices, acusados de difundir obras prohibidas. Voto a Dios que no da descanso a los alguaciles. El arzobispo intenta descubrir si pueden vincularlo con alguno de los arrestados.
—¿Existe el peligro de que eso suceda? —quiso saber Thomas Seymour.
—Él no lo cree.
—El rey siempre ha sentido por él un gran aprecio —dijo Harsnet en voz baja.
—También apreciaba mucho a Ana Bolena, a Cromwell y a Wolsey —dijo con amargura Thomas Seymour—, y eso no le impidió acabar con ellos. Nunca ha confiado en nadie y nunca lo hará.
—Chitón, Thomas —espetó su hermano, muy serio—. La situación no es tan nefasta. —Miró primero a Harsnet, y luego se volvió hacia mí—. Pero sería muy peligroso que este asunto saliese ahora a la luz, que se extendiera la noticia de que el arzobispo había organizado en secreto la caza de un loco que está matando a radicales que se han vuelto moderados, un asesino que actúa inspirado por el Libro de las Revelaciones. Y cuanto más tardemos, más difícil resultará ocultarlo. ¿Habéis descubierto algo más, Gregory? —preguntó a Harsnet con súbita vehemencia.
—Desearía haberlo hecho. He estado trabajando día y noche. Ningún miembro de los grupos radicales ha oído hablar de Goddard. No hay ni rastro de él en Londres o en los condados vecinos. Es como si tras abandonar sus dependencias se hubiese evaporado.
Lord Hertford se volvió hacia mí.
—Y vos habéis descubierto que el asesino utilizó como agente a un abogado a quien también acabó asesinando.
—Así es. —Le relaté la historia de Bealknap y Felday. Cuando hube terminado, se acarició la larga barba con aire pensativo, tirándose, en ocasiones, de la misma. Fuera, la lluvia repiqueteaba en la ventana.
—De modo que se han producido ya cinco asesinatos vinculados con las copas de la ira. Quedan dos. Y ese hombre, Felday, también ha muerto a manos del asesino. Tenemos que atraparlo. —Hertford se volvió hacia su hermano—. A juzgar por tus noticias, el rey está decidido a casarse con Catalina Parr, por mucho que ella quiera hacerlo esperar.
—¿A qué noticias os referís, milord? —preguntó Harsnet muy interesado.
—Han nombrado a mi hermano embajador en la corte del regente de Holanda.
—El rey teme que lady Catalina pueda seguir queriendo casarse conmigo — aclaró sir Thomas. Quizá fue la ira lo que le hizo bascular el peso del cuerpo en el otro pie, y tambalearse levemente al hacerlo.
—No podemos estar seguros de que esa sea la razón de que lo hayan escogido — apuntó su hermano—. Pero si lo es, considérate afortunado de que el rey te envíe de embajador en lugar de enviarte a la Torre.
—Quizá… —Sir Thomas me miró con curiosidad—. Vos, señor. Alguien mencionó que el rey se burló de vuestra espalda cuando estuvo en York hace dos años.
Llené de aire los pulmones antes de responder.
—Así fue, señor. —Me pregunté también quién le habría contado esa historia.
—Ahora no podría viajar a York —dijo Seymour—. Está tan gordo que apenas puede andar. Tiene las piernas llagadas. Cuando le duelen, tienen que llevarlo por todo el palacio en silla de ruedas. Dicen que, cuando las llagas supuran, el olor que despiden bastaría para tumbar a un toro que entrara en el dormitorio real. Cuando salgáis de aquí, maese Shardlake, si oís el chirrido de las ruedas en el corredor, yo que vos echaría a correr como alma que lleva el diablo en la dirección opuesta. — Soltó una risa amarga.
Harsnet se movió incómodo en la silla. Lord Hertford negó con la cabeza.
—Algún día tus indiscreciones te perderán, Thomas. Pero es verdad que la salud del rey empeora cada mes. No puede vivir muchos años más. Si contáramos con una reina que simpatizase con la Reforma, dispuesta a asumir la regencia hasta que el joven príncipe Eduardo… —Extendió las manos.
Pensé que habían planeado aquel matrimonio con una gran visión de futuro. Hasta ese punto se había enredado mi búsqueda del asesino de Roger con la política de la corte.
—¿Cuándo partiréis al extranjero, sir Thomas? —preguntó Harsnet.
—No lo sé. Quizá dentro de unas semanas.
Harsnet asintió con rostro inexpresivo, aunque imaginé que, al igual que yo, preferiría que el deslenguado de sir Thomas partiese al día siguiente. Sin embargo, necesitábamos el apoyo que su casa podía proporcionarnos.
Di un respingo cuando llamaron ruidosamente a la puerta. Después de las palabras que había pronunciado sir Thomas con respecto a que las paredes oían, la atmósfera que reinaba en la estancia se tiñó de miedo.
—Adelante —ordenó con voz firme lord Hertford.
Era Barak. Sabía cómo mostrarse humilde, así que inclinó la cabeza ante la mirada atenta y sorprendida de Hertford.
—Lamento interrumpiros, milord, pero el guardia que vigilaba en la taberna de Lockley está aquí. Se llama Janley. Lo han encontrado.
—¿Vivo? —La esperanza iluminó el rostro de Harsnet.
—No, señor. Muerto. —Barak miró a todos los presentes y respiró hondo antes de continuar—. Hallaron el cadáver en la casa capitular. A juzgar por el modo en que murió, puede decirse que se trata de la sexta víctima.
Lord Hertford se mostró abatido.
—¿Quién más lo sabe? —preguntó, llevándose una mano a la frente.
—Nadie que importe, milord. Por el momento.
—Shardlake, Harsnet, id ahora mismo.
—Me gustaría acompañarlos —dijo sir Thomas.
—De acuerdo —aceptó lord Hertford, que quiso abarcarnos a todos con la mirada —. Ese hombre nos hace ir de un lado a otro a su antojo, ¿no os parece? Empiezo a preguntarme si llegará el momento en que seamos nosotros quien lo hagamos ir de un lado a otro, balanceándose colgado de una soga.