Revelación

C. J. Sansom · Capítulo 25 de 48

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Revelación

Capítulo 25

 

B arak y yo caminamos de vuelta a Chancery Lane. Estaba exhausto y los puntos del brazo me tiraban hasta tal punto que tuve la impresión de que iban a abrirse.

—Deberíamos aprovechar para dormir unas horas cuando volvamos —dijo Barak. A la luz de la luna, también él parecía agotado—. Mañana tenemos que atender el caso de Adam Kite, luego la visita a Smithfield con Harsnet, y por último el deán. —Gruñó solo de pensarlo.

Anduvimos en silencio un rato. Entonces, Barak añadió:

—Conque ese pobre idiota de Yarington era un libertino, ¿eh? —Casi parecía haber recuperado el carácter burlón de siempre; quizá le alegraba la perspectiva de haber topado con un caso de debilidad mundana, después del horror que habíamos presenciado en la iglesia.

—Sí. Y el asesino lo sabía.

—¿Cómo?

—Lo ignoro. Pero, si llegamos a averiguarlo tal vez logremos dar con él.

—¿Cuál será su siguiente paso?

—Es imposible decirlo. Tal como afirma Hertford, la quinta profecía es muy vaga.

—¿Qué creéis que ocultan esas personas, Lockley y el deán? Porque hay algo que no nos dijeron.

—Sí, yo también lo creo. Mañana lo averiguaremos.

—¿Pensáis que formaban parte de un nido de sodomitas? En los monasterios abundan esos cochinos degenerados.

—No lo sé. Lockley no da la impresión de tener esas inclinaciones.

—Nunca se sabe.

—Te veo tan empeñado en combatir el pecado como lo está el propio Harsnet.

—Únicamente aquellos pecados por los cuales no siento la menor inclinación — dijo con una sonrisa y un atisbo de su antiguo sentido del humor—. Esos siempre resulta más fácil condenarlos.

Alcanzamos Chancery Lane.

—Antes que nada, mañana debo acercarme a visitar al pequeño Timothy —dije, cansado. Vi que alguien levantaba la lámpara al otro lado de la ventana. Era Orr, el hombre de Harsnet, que estaba de guardia.

—¿Y si aprovecha la noche para huir?

—No lo hará. Te lo dije, necesita un lugar al que ir.

—Y ¿cómo vais a conseguirle una casa donde pueda trabajar?

—Tengo una idea. No lo dejaré en la estacada. Vamos, también estoy muy cansado para seguir hablando. Necesitamos unas cuantas horas de sueño, o mañana no nos tendremos en pie.

 

Cuando llegamos a casa, le pedí a Barak que no me despertara más tarde de las primeras luces, y, muy cansado, me dispuse a subir la escalera que me llevaría a mi habitación y la comodidad del lecho. Sin embargo, a pesar del cansancio no logré dormir. Estaba tumbado en la cama, a oscuras, y no podía evitar pensar en la horrible muerte de Yarington, intentando que encajara en la pauta trazada por las demás. Al cabo, me levanté, me puse la capa sobre el blusón y encendí una vela. El fulgor amarillento se extendió sobre la superficie de la mesa que tenía en el dormitorio, y de algún modo me confortó.

Me senté a la mesa, dispuesto a reflexionar. Tenía el convencimiento de que el asesino estaba presente entre la multitud cuando logramos bajar a Adam de la muralla de Londres. Yarington también había estado allí. ¿Fue entonces cuando el asesino decidió que este sería su siguiente víctima? No, debía de haber planeado semejante espectáculo mucho tiempo atrás, y tenía que saber que Yarington fornicaba con esa pobre muchacha. Pero ¿cómo era posible, si el clérigo se había preocupado tanto de mantenerlo en secreto? No era un asunto de dominio público como el que Roger y el doctor Gurney abandonaran la vía del reformismo radical, o como la escandalosa relación que Tupholme mantuvo con Elizabeth la Galesa.

Era importante visitar al muchacho al día siguiente, averiguar si sabía algo. Aún no había reunido suficientes pruebas para cerciorarnos de la culpabilidad de Goddard. Pero si no era Goddard, entonces ¿quién era ese hombre que sabía tanto de medicina y leyes, y que se mezclaba, o se había mezclado recientemente, con sectarios radicales? Me pregunté, intranquilo, si Harsnet presionaba a los reformistas radicales lo necesario para obtener información; sin duda se mostraría mucho más comprensivo con los suyos que con Abigail.

El antiguo libro de leyes descansaba sobre la mesa. Lo había tomado prestado de la biblioteca. Lo abrí de nuevo por el caso que hacía referencia a Strodyr, y percibí una vez más el olor a polvo y tinta antigua. También Strodyr tuvo que planear los asesinatos con cuidado, para pasar inadvertido durante años. Leí de nuevo cómo se negó a decir nada en su juicio, excepto que a menudo había atacado con especial delectación el «lúbrico» oficio de las prostitutas. ¿Acaso nuestro asesino también consideraba que estaba realizando la obra de Dios? ¿O se trataba de una especie de juego macabro? ¿O ambas opciones eran una sola en su mente insondable? Recordé a los anabaptistas germanos, quienes al rebelarse contra la sociedad en Múnster creían cumplir la voluntad de Dios, acelerando la llegada del Juicio Final. Quizá el asesino creía que cada paso que daba lo acercaba más al cumplimiento simbólico de las profecías del Libro de las Revelaciones, un paso más hacia el fin del mundo. Decidí tratar de nuevo del tema con Guy. Finalmente, me quedé dormido.

Seguía profundamente dormido cuando Joan llamó suavemente a la puerta. Me levanté poco a poco, con la espalda tensa y dolorida, aunque lo cierto era que el brazo me dolía menos. Decidí librarme del cabestrillo. Me acerqué a la ventana y miré al exterior. El cielo clareaba, limpio y azul con esponjosas nubes translúcidas como gasa. Por primera vez en varios días, hice los ejercicios de la espalda, gruñendo a medida que me retorcía y estiraba. Luego me vestí y bajé. Me acaricié el mentón, consciente de que necesitaba una visita al barbero.

 

En el salón encontré a Barak, vestido con la blusa y los calzones, desayunando un poco de pan y queso y unas manzanas arrugadas.

—La cosecha de manzanas del año pasado se está echando a perder —comentó.

—Pediré a Peter que abra otro barril. Dentro se habrán conservado mejor.

—¿Tenéis mejor el brazo?

—Sí, hoy sí.

—El joven Piers hizo un buen trabajo, pues.

Cogí una rebanada de pan.

—¿Aún no se ha levantado Tamasin?

—Está en ello. Se está volviendo perezosa.

Lo miré y se sonrojó.

—Ha disminuido la hinchazón y ya no le duele tanto la mandíbula, pero todavía no quiere que nadie la vea. Dentro de uno o dos días se encontrará bien. Sigue furiosa por la oferta del sacamuelas.

—Podrían haberla matado esa noche —dije, muy serio—. Y todo debido a mi trabajo. A mi trabajo.

Barak desechó los restos de la manzana. Estuvo en silencio unos instantes, y, al cabo, dijo:

—Odio tener que perseguir a ese lunático, esté o no poseído por el diablo, me da igual. Supongo que lo he estado pagando con Tamasin. —Se movió en el asiento, incómodo.

—¿Por qué? —pregunté.

—Porque estaba allí, supongo. No es modo de tratar a una esposa, lo sé.

—¿Aún quieres que sea tu esposa?

—Por supuesto que sí. —Me miró sorprendido, y me pregunté si había ido demasiado lejos. Luego suspiró y negó con la cabeza antes de añadir—: Sé que he sido un estúpido, pero… —Se pasó los dedos por el abundante y sucio pelo castaño —. De algún modo, empiezas a comportarte de un modo determinado, y luego cuesta dejar de hacerlo. —Volvió a suspirar—. Sin embargo, he decidido que, cuando todo esto haya terminado, abandonaré la Vieja Barcaza y veré si encuentro una casita decente que podamos alquilar cerca del Colegio de Lincoln.

—Espléndidas noticias, Barak. Tamasin estará encantada con ellas.

—Y pienso pasar más tiempo en casa y menos en las… Bueno, en las tabernas. — Sus titubeos me empujaron a preguntarme si Tamasin había acertado en sus sospechas y su marido había estado alternando con otras mujeres.

—¿Se lo has dicho ya? —pregunté.

—No. Voy a esperar a que la situación se haya aclarado un poco.

—Pues tendrías que decírselo ahora mismo.

Frunció el entrecejo y comprendí que me había excedido.

—Se lo diré cuando crea que es el momento adecuado —replicó con cierta brusquedad—. Iré a vestirme, y después le diré a Peter que ensille y prepare a Sukeyy a Génesis. —Se puso de pie y abandonó el salón.

El que mencionara a Peter me recordó la promesa que había hecho la noche anterior al pequeño Timothy. Me entretuve comiendo un poco de pan con queso, luego me guardé en el bolsillo una de aquellas manzanas arrugadas y me acerqué a la cocina. Allí encontré a Joan y a Tamasin. Esta estaba sentada a la mesa, cortando hortalizas para la cena. No tenía tan hinchados los moretones, pero aún se veían con claridad, rojos y negros, y tenía la cara inflamada. Joan levantó la vista y me sonrió, pero Tamasin se tapó el rostro con una mano.

Joan estaba lavando, inclinada sobre un cubo de madera. Cubierta con una cofia blanca, el esfuerzo de frotar el tejido húmedo la había fatigado. Reflexioné con una punzada de culpabilidad que casi había cumplido los sesenta. Su difunto marido fue en tiempos mi mayordomo, y cuando murió, quince años atrás, la retuve en calidad de ama de llaves. Para un soltero no era un arreglo muy habitual, a pesar de la diferencia de edad que había entre ambos, pero siempre me había gustado el modo maternal y sereno con que me había tratado. Tenía pensado preguntarle si sabía de alguna casa del vecindario que pudiera necesitar a alguien, pero la noche anterior se me había ocurrido una idea.

—Me preguntaba, Joan, si te vendría bien la ayuda de otro joven en la cocina — dije.

Ella consideró mi sugerencia por un instante.

—Peter tiene mucho que hacer, entre los establos y echarme una mano aquí. — Sonrió, cansada—. Pero no sé cómo iba a encajar él eso de tener a otro mozo en la casa.

—El joven de quien hablo es menor que Peter —expliqué—. Le diremos claramente que él es el mayor. Sin embargo, antes tengo que hablar un poco más con este otro muchacho.

—Estaría bien contar con otro par de manos, señor.

—En tal caso, veré qué puedo hacer hoy.

—Gracias —dijo, agradecida. Levantó el cubo con la ropa en el agua sucia y se dirigió al patio. Tamasin se levantó para abrirle la puerta, y luego volvió a sentarse a la mesa.

—Ha bajado la hinchazón, Tamasin. Tienes mejor aspecto.

—Aún da aprensión mirarlos, señor. Pero supongo que pronto desaparecerán.

—¿Cómo tienes la boca?

—Ya me duele muy poco. A pesar de todo, por lo visto ese sacamuelas hizo un buen trabajo.

—Guy no nos habría recomendado a alguien que fuese malo en su oficio.

—Todavía me cuesta creer que me ofreciera sacarme todos los dientes y comprármelos. Me estremezco solo de pensarlo. —Adoptaba un tono triste, carente a veces de emoción—. ¿Qué pasó anoche? —preguntó a continuación, mirándome a los ojos—. Jack no quiso contármelo anoche cuando llegó. Se limitó a decirme que me volviera a dormir.

—No debía de querer que te preocuparas, Tamasin. Me temo que ha habido otro asesinato.

—¿Jack y vos corristeis peligro? —quiso saber, inquieta.

—No, no, pero hallamos el cadáver.

—¿Es que no va a acabar nunca? —dijo—. Está afectando mucho a Jack. A vos también, señor, salta a la vista. —Me dedicó una sonrisa carente de alegría, que la avejentó unos cuantos años—. O puede que me confunda que Jack se halla cansado de mí mientras perseguís a ese salvaje.

—¿Aún lo amas? —le pregunté sin más.

—Sí —respondió sin titubear—. Pero no pienso seguir así siempre, no pienso dejarme aplastar, como hacen otras mujeres.

Sonreí.

—Sé que fue ese carácter fuerte lo que más le atrajo de ti en York.

Esbozó una sonrisa a modo de respuesta, teñida aún de cierta afectación.

—¿No fue la belleza de mis facciones? Claro que de bellas ya no tienen nada.

—También fue tu belleza, sí. Y vas a recuperarla, ya verás. Tamasin, quizá no debería decirte esto, pero lo haré de todos modos. Jack te quiere. Es consciente de que no se ha comportado como debería. Me ha dicho que cuando todo esto haya terminado os mudaréis de la Vieja Barcaza a una casa como Dios manda.

—¿Eso ha dicho?

—Sí, por mi honor. Pero hazme el favor de no contarle lo que acabo de decirte.

Ella frunció el entrecejo.

—Pero ¿por qué no me lo ha contado a mí?

—Supongo que me lo dijo ya harto de mi insistencia. Ya sabes cómo es.

—¿Sí? Pensé que lo conocía bien, pero…

—Dale tiempo, Tamasin. Sé que es difícil, pero… dale tiempo.

Me miró muy seria y dijo en voz baja:

—Lo haré, pero todo tiene un límite. Todo tiene un límite.

Se abrió la puerta del patio y regresó Joan, con el cubo apoyado en la cadera.

—Será mejor que me dirija al establo —apunté—. Jack se estará preguntando qué ha sido de mí. Tenemos que hacer unas cuantas visitas esta mañana. Piensa en todo lo que te he dicho, Tamasin.

Ella asintió y sonrió. Me acerqué al establo, donde Barak charlaba con Orr, el hombre de Harsnet, que se caló bien la gorra al ver que me acercaba. Me gustaba. Era tranquilo, observador y discreto.

—¿Ha sido apacible la noche? —pregunté.

—Sí, señor.

Miré a Barak, y de pronto me sentí irritado con él. ¿Cómo podía ser alguien tan estúpido para enfurruñarse tanto tiempo con una mujer con las cualidades de Tamasin? Si hubiésemos sido Dorothy y yo… Pensé que era mejor pensar en otra cosa.

—¿Todo listo? —pregunté con cierta brusquedad—. En tal caso, pongámonos en marcha.

 

Cruzamos la ciudad hacia la casa de Yarington. Los caballos avanzaban con dificultad entre el gentío, pero también con garbo. Cuando llegamos a la casa, atamos a Sukey y a Génesis y, por un instante, temí que el muchacho hubiese optado por huir. En ese caso, mi ternura podría habernos costado una prueba vital. Sin embargo, Timothy se encontraba en el establo, sentado en el cubo, junto al caballo. Había estado llorando; tenía las fosas nasales llenas de mocos.

—Buenos días, Timothy —dije—. Este es mi ayudante, Barak.

Nos contempló asustado.

—Hace frío en este establo —comentó Barak con cierta aspereza. Timothy debía de recordarle cuando él mismo era un pilluelo.

—Tengo una colocación para ti —informé al muchacho—. Trabajarás en mi casa. Repartirás tu tiempo entre la cocina y el establo. ¿Qué te parece eso?

—Gracias, señor —repuso, y se le iluminó el rostro—. Haré… Lo haré lo mejor que pueda.

Respiré hondo y le advertí:

—No obstante, hay una condición.

—¿Cuál, señor?

—Se trata de algo que tienes que hacer por mí. Debes contarme una cosa. Ayer me dijiste que no habías hablado con nadie de Abigail.

—Y así es, señor; no lo hice —dijo. Sin embargo, se sonrojó al tiempo que se movía incómodo. La yegua, sensible a los cambios de humor, volvió la cabeza para mirarlo.

—Pero hay algo que no me estás contando, ¿verdad?

Titubeó y nos miró alternativamente a Barak y a mí.

—Vamos, muchacho —lo apremió mi ayudante.

—Te prometo que Abigail no saldrá perjudicada —añadí—. Pero insisto: creo que hay algo que no me contaste.

Timothy parecía agitado; una burbuja de mucosidad le asomó por una de las fosas nasales.

—Venga, cuéntanoslo —lo instó Barak—. La casa de maese Shardlake es muy cálida. Te gustará trabajar allí.

—Vigilo a la gente —explicó de pronto el muchacho. Señaló un agujero que había en la puerta del establo—. A través de eso. Me cansa estar aquí metido todo el tiempo.

—Maese Toby no te dejaba salir mucho, ¿verdad?

—Solo cuando tenía que echar una mano para limpiar la casa. Siento haber hecho algo malo… lo de mirar, quiero decir.

—¿Y qué veías? —pregunté.

—Pues a los vendedores que llamaban a la puerta. Al vendedor de huevos, al deshollinador y al carpintero que reparó la mampara de madera cuando Toby se la llevó por delante. Pero eso fue antes de que llegara Abigail.

—¿Y después?

—A veces recibía la visita de un hombre, cuando el amo se ausentaba y Toby tenía el día libre. Toby no lo sabía. —Inclinó la cabeza.

—¿Quién era ese hombre? —pregunté.

—No lo sé —respondió, negando con la cabeza.

—¿Venía a menudo?

—Lo hizo unas cuantas veces. Este invierno. Cuando el suelo estaba cubierto de nieve.

—¿Era un hombre alto, un caballero? —inquirí, pensando en Goddard.

—No, señor. —Timothy negó de nuevo con la cabeza—. Era joven.

—¿Cuán joven?

Se tomó unos instantes para pensarlo detenidamente.

—No lo sé, puede que tuviera unos veinte años.

—¿Qué aspecto tenía?

—Más alto que vos. Y fuerte, como él —añadió, señalando a Barak.

—¿Su pelo era claro u oscuro?

—Oscuro. Abigail decía que era guapo.

—¿Te hablaba de él? —Intenté contener la emoción que me embargaba.

—No mucho, señor. Le confesé que lo había visto. Ella dijo que, cuanto menos supiera yo, menos podría contar. No le gustaba que yo estuviese enterado.

—De modo que él la visitaba discretamente.

—Sí.

—¿Sabes si ella lo conocía antes de que viniese a la casa?

—No lo sé —respondió Timothy—. De veras, señor, no sé nada de eso.

—¿Formaba él parte de la congregación del reverendo? —pregunté.

—Tampoco puedo responder a eso, señor. Únicamente lo vi porque entraba por la puerta de atrás. Cuando el amo se ausentaba. Por favor… —Adoptó de pronto una expresión contrariada—. Por favor, señor, os he contado todo lo que sé.

—De acuerdo —dije—. Gracias, Timothy. Y ahora, acompáñanos. Barak, lleva estos documentos al tribunal. Me reuniré allí contigo en cuanto deje a Timothy en casa.

—¿No deberíais hablarlo con Harsnet, antes de llevaros al crío? —preguntó mi ayudante, con la duda dibujada en el rostro.

—No. El amo de Timothy ha muerto, y yo estoy contratando sus servicios. —Me incliné sobre Barak—. Y quiero tenerlo a salvo en casa. Podría ser la única persona que ha visto al asesino y ha vivido para contarlo.

—Quienquiera que sea el joven que nos ha descrito, no se parece a la descripción que teníamos de Goddard.

—En efecto. —Asentí—. No se parece en nada, ¿verdad?

Timothy se puso de pie y acercó la mano al costado del caballo.

—Por favor, señor, ¿puedo llevarme también a Dinah?

—Lo siento, muchacho, pero no. Ya tenemos dos caballos.

Se mordió el labio inferior. Pensé que probablemente Abigail y la yegua eran los únicos amigos que había tenido en la vida. Pero no podía llevarme otro caballo que no necesitaba.

Barak tendió la mano hacia el muchacho.

—Vamos —dijo con amabilidad—, acompáñanos para que podamos llevarte sano y salvo a casa.