Revelación

C. J. Sansom · Capítulo 1 de 48

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Revelación

Capítulo 1

C. J. Sansom

Revelación

Matthew Shardlake - 4

ePub r1.0

Ablewhite 24.04.2018

Título original: Revelation

C. J. Sansom, 2008

Traducción: Miguel Antón Rodriguez

Editor digital: Ablewhite

ePub base r1.2

Capítulo 1

 

L as velas encendidas de las altas arañas del Gran Hall del Colegio de Lincoln iluminaban la estancia con generosidad, puesto que la función había empezado a última hora de la tarde. Estaban presentes la mayoría de los miembros del Colegio, los abogados con sus togas y las esposas con sus mejores galas. Al cabo de una hora de permanecer de pie, atento a la obra, empezó a dolerme la espalda y envidié al puñado de ancianos e impedidos que se habían presentado con sus propios taburetes.

La representación de una obra en el Colegio de Lincoln se celebraba tradicionalmente en marzo, y se había cancelado a principios de mes debido a las intensas nevadas. A pesar de las fechas, seguía haciendo un frío endemoniado, a tal punto que era visible el vaho que desprendían los actores y espectadores, el cual se alzaba como humo hasta las vigas del techo. Aquel año la obra escogida era un nuevo interludio, The Trial of Treasure, una historia con moraleja en la que los actores, elegantemente ataviados, interpretaban los vicios y las virtudes de la humanidad. Me distraje cuando el actor que interpretaba la Virtud, luciendo una túnica clara y una larga y falsa barba blanca, reprendía a la Hipocresía por lo engañoso de sus modales, quizá algo apropiado teniendo en cuenta que el público estaba compuesto por abogados. Observé los rostros de los asistentes, ocultos en parte por las sombras. El tesorero Rowland, un anciano severo de facciones angulosas, observaba a los actores como preguntándose si habría sido preferible contratar una compañía teatral con un vestuario menos ostentoso, por mucho que la función requiriese de una escenografía cuidada. Reparé también en Stephen Bealknap, mi antiguo rival, que estaba delante de mí. Inspeccionaba a sus homólogos con unos ojos claros caracterizados por su expresión de codicia, unos ojos que nunca descansaban y nunca miraban directamente a su interlocutor, de modo que cuando nuestras miradas se cruzaron él apartó la suya al instante. Era quizá el abogado más retorcido que había conocido; aún me dolía lo sucedido dieciocho meses atrás, cuando las intrigas de su patrón, Richard Rich, me empujaron a abandonar un caso que me enfrentaba a él. Me sorprendió ver lo indispuesto y cansado que parecía.

A cierta distancia se encontraba mi amigo Roger Elliard, a cuya casa me habían invitado a cenar tras la función, cogido de la mano de su esposa. Los actores habían dado paso a una nueva escena; la Lujuria había hecho un pacto con la Tendencia a la Maldad. Al abrazarla, la Lujuria se vio de pronto doblegada por el dolor y cayó de rodillas.

Ay, qué nueva pasión es esta,

tan poseída estoy que no me tengo en pie,

los calambres, los calambres me acosan,

y desmandada he de morir, sin remedio.

El actor, derribado por el juicio divino, tendió una mano temblorosa hacia el público. Vi a Bealknap mirarlo con una especie de desprecio y extrañeza; Roger apartó la mirada. Yo sabía el porqué. Más tarde hablaría con él.

La obra al fin concluyó; los actores se inclinaron ante el público, que aplaudió, y pusimos en movimiento las entumecidas articulaciones para salir a Gatehouse Court. El sol se ponía en ese momento, bañando con una luz ocre los edificios de ladrillo rojo y la nieve fundida que cubría el patio. La gente, arrebujada en sus capas, caminó en dirección a la puerta, mientras los residentes en el Colegio se dirigían hacia sus aposentos. Esperé en la puerta a que salieran los Elliard, inclinando respetuosamente la cabeza ante los conocidos. Los asistentes procedían de las inmediaciones, puesto que era sábado laborable, víspera de domingo de Ramos. Me volví hacia la morada de los Elliard. Había luz en las ventanas y detrás de estas se veía a los sirvientes ir y venir con bandejas. Los ágapes de Dorothy eran famosos en todo el Colegio, y, pese a que por ser Cuaresma la carne roja estaba vedada, no me cabía duda de la generosidad de su mesa ni de la buena disposición de los invitados.

A pesar del frío me sentía relajado, más en paz de lo que me había sentido en mucho tiempo. Faltaba una semana para el domingo de Pascua, que caía el 25 de marzo, inicio oficial del año nuevo de 1543. A veces, desde hacía tiempo, me preguntaba por estas fechas qué desgracias nos depararía el año entrante. Sin embargo, llegué a la conclusión de que me aguardaban trabajos interesantes, así como la perspectiva de pasar buenos ratos en compañía de mis amigos. Aquella mañana, mientras me vestía, me había detenido a observar mi rostro en el espejo de acero del dormitorio, cosa que raras veces hacía, puesto que la visión de la joroba que tenía en la espalda aún me angustiaba. Observé hebras grises en el cabello, y también algunas arrugas pronunciadas en la cara. No obstante, decidí que me conferían un aspecto más distinguido; el año anterior había cumplido cuarenta años, de modo que ya no podía contar con parecer joven.

Aquella tarde, antes de la función, había paseado junto al Támesis, porque había oído que el hielo se rompía ya tras el largo y riguroso invierno. Me situé en las escaleras de Temple y contemplé el río. Era verdad, había grandes pedazos de hielo que flotaban y chocaban unos con otros con cierto estruendo, así como grietas entre las aguas grises. Volví andando por la nieve blanda, pensando que quizá había llegado por fin la primavera.

De pie en la puerta del Hall, me estremeció un escalofrío a pesar de la capa de piel que llevaba; aunque el clima era más cálido, aún hacía frío, y no había logrado recuperar el peso que había perdido con las fiebres que había sufrido dieciocho meses atrás. Di un respingo cuando alguien me puso la mano en el hombro. Era Roger, que cubría su esbelto cuerpo con una gruesa capa. Junto a él se encontraba su esposa Dorothy, con las redondas mejillas sonrojadas por el frío, que me dirigió una sonrisa. Se había recogido el cabello castaño bajo un tocado con perlas engastadas.

—Qué meditabundo estabais, Matthew —dijo Roger—. ¿Reflexionabais acerca de los elevados sentimientos morales de la obra?

—Elevados como el tejado de una casa, y pesados como un caballo —apuntó Dorothy.

—Los habéis descrito a la perfección —admití—. ¿Quién la escogió?

—El tesorero. —Roger miró en dirección al lugar donde Rowland conversaba con un juez anciano, e inclinó la cabeza. Bajando la voz, añadió—: Buscaba algo que no diera pie a una disputa sobre política, y con los tiempos que corren ha tomado una decisión muy sabia. Sin embargo, habría preferido una comedia italiana.

Recorrimos juntos el patio. Reparé en que la nieve que cubría la fuente de Gatehouse Court, congelada durante los últimos tres meses, casi se había fundido, dejando al descubierto vetas de hielo gris. No tardaría en brotar de nuevo agua de la fuente y su arrullo volvería a extenderse por aquel patio. Algunas monedas habían quedado a la vista en el hielo; a pesar de que la fuente estaba helada, la gente no había dejado de arrojar monedas para pedir un fallo favorable en un caso o la suerte en una relación amorosa; quizá lo nieguen en redondo, pero los abogados son tan supersticiosos como el que más.

 

El sirviente de Roger, un anciano llamado Elías que llevaba años en la familia, nos recibió en la puerta y me condujo arriba para que pudiera lavarme las manos. Luego me dirigí al salón, donde las gruesas velas proyectaban una luz cálida y amarillenta sobre las sillas y los cojines. Una docena de invitados, todos abogados acompañados de sus esposas, se hallaban ya sentados. Elías y un muchacho servían el vino. Las hierbas aromáticas que cubrían el entarimado inundaban la estancia de dulces aromas mientras el fuego que crepitaba en la chimenea caldeaba el ambiente y reflejaba su luz en la plata que adornaba el mantel de la mesa. Las paredes estaban decoradas con retratos enmarcados a la manera moderna, la mayor parte de los cuales correspondía a personajes bíblicos. Sobre el imponente hogar había una de las mejores piezas de mobiliario de todo el Colegio de Lincoln, gozo y orgullo de Roger. Se trataba de un gran friso tallado en madera con elaborados motivos, ramas con las hojas en flor entrelazadas con flores y frutos, y algunos animales —un ciervo, un jabalí, incluso un unicornio— que asomaban la cabeza a través del follaje. Roger se situó de pie a su lado, conversando con Ambrose Loder, de mis dependencias. Se lo veía animado, y gesticuló lo suyo mientras insistía al rechoncho abogado respecto al tema que trataban; su interlocutor permaneció inmóvil, con expresión de escepticismo en el rostro colorado.

Dorothy se hallaba junto a su marido, con aire cándido y divertido; las prendas que lucía, de vivos colores, contrastaban con la toga negra tic ambos abogados. Llevaba un vestido de damasco verde recamado con hilo dorado, y un cuello alto abierto a la altura de la garganta. Le sentaba muy bien. Al verme, se disculpó y se acercó a mí.

Hacía veinte años que conocía a Dorothy. Era la hija de un procurador de mis primeros aposentos. Entonces los dos teníamos veinte años, y por un tiempo me sentí atraído por la rara combinación de elegancia, ingenio y amabilidad que la caracterizaba. A ella también parecía agradarle mi compañía, nunca dio muestras de que le importase mi joroba y nos convertimos en buenos amigos. Al cabo, me atreví a intentar convertir la amistad en algo más. Sin embargo, no manifesté en su verdadera magnitud mis sentimientos, y por tanto no pude culparme más que a mí mismo cuando me enteré de que Roger, mi amigo y colega, le había propuesto matrimonio y ella había aceptado. Más tarde, Roger me dijo, y lo creí, que no había reparado en mis sentimientos hacia Dorothy. Ella los había intuido, e intentó endulzar la situación diciendo que la suya había sido una elección muy difícil, lo cual me costaba mucho creer, porque Roger era un hombre apuesto y muy inteligente, de movimientos gráciles a la vez que enérgicos y elegantes.

Al igual que yo, Dorothy ya había superado los cuarenta años; sin embargo, aparte de algunas arrugas en las comisuras de los ojos, parecía mucho más joven. Me incliné para besarla en las mejillas.

—Feliz domingo de Ramos, Dorothy.

—Feliz domingo de Ramos os deseo también, Matthew. —Me estrechó la mano —. ¿Cómo andáis de salud?

—Últimamente, bien. —A menudo la espalda me daba problemas, pero en los últimos meses había realizado a rajatabla los ejercicios que me había prescrito mi médico y amigo Guy, y me sentía mucho mejor.

—Tenéis buen aspecto.

—Y vos cada año parecéis más joven, Dorothy. Que este os traiga paz y prosperidad.

—Eso espero. Aunque ¿habéis oído lo del extraño portento? Dos enormes peces fueron arrastrados a orillas del Támesis. Grises, y tan grandes como la mitad de una casa. Debieron de quedar atrapados bajo el hielo. —La expresión de sus ojos me dio a entender que consideraba aquella historia, al igual que tantas otras cosas en el mundo, encantadoramente absurda.

—¿Seguían con vida? —pregunté.

—No. Todavía están en las fangosas orillas de Greenwich. Cientos de personas han cruzado el Puente de Londres para verlos. Todos aseguran que el hecho de que tal cosa haya acontecido en la víspera del domingo de Ramos anuncia un suceso terrible.

—Últimamente la gente ve portentos en todas partes. Hoy en día se ha convertido en una afición para los predicadores londinenses.

—Es cierto. —Me dedicó una mirada inquisitiva, quizá al notar un atisbo de amargura de mi voz.

Veinte años atrás, Dorothy, Roger y yo nos contamos entre los reformistas, pues confiábamos en alentar una nueva alma cristiana en el mundo. Ambos insistían aún en ello. Sin embargo, la mayoría de sus invitados también habían sido reformistas y ahora se limitaban a llevar una discreta vida profesional, asustados y desencantados a causa de conflictos religiosos y la consiguiente represión que desde la ruptura del rey con Roma se habían desatado con mayor crudeza si cabe. Me pregunté si Dorothy había intuido que prácticamente había perdido la fe.

—Al menos para nosotros han sido buenas noticias —añadió para cambiar de tema—. Hoy hemos recibido carta de Samuel. Los caminos a Bristol deben de haberse abierto de nuevo. —Enarcó una de sus oscuras cejas—. Y leyendo entre líneas me ha parecido entender que se ha prendado de una muchacha.

Samuel era el único hijo de Roger y Dorothy, que lo adoraban. La familia se había mudado hacía unos años a Bristol, lugar donde nació Roger y también donde obtuvo el puesto de archivista municipal. Hacía un año que había vuelto a la ciudad para practicar la abogacía en el Colegio de Lincoln, pero Samuel, que había cumplido los dieciocho y era aprendiz de un mercader de telas, había decidido quedarse allí, a pesar del disgusto que esa decisión había supuesto para sus padres, y del que yo estaba al corriente.

—¿Seguro que no estáis leyendo en esa carta lo que deseáis leer? —pregunté con una sonrisa.

—Seguro. Menciona un nombre: Elizabeth. Es la hija de un mercader.

—No podrá contraer matrimonio hasta que termine el período de aprendizaje.

—Tanto mejor. Eso me permitirá disponer del tiempo necesario para comprobar si se avienen. —Dorothy esbozó una media sonrisa—. Y quizá pueda enviar a alguien de espía a Bristol. Ese ayudante vuestro, Barak. He oído que tiene mano para esa clase de asuntos.

Reí.

—Barak está ocupado con mis cosas. Tendréis que contratar a otro espía.

Me gusta su humor ácido. ¿Cómo se encuentra?

—El año pasado su esposa y él perdieron un hijo. Supuso un duro golpe para él, aunque no lo demuestre.

—¿Y ella? ¿Cómo está?

—Aún no he visto a Tamasin. No dejo de repetirme que debería visitarlos. Tengo que hacerlo. Ella fue muy amable conmigo cuando estuve aquejado de fiebres.

—Ya veo que el Tribunal de Apelaciones os mantiene ocupado. Y procurador… siempre he sabido que algún día alcanzaríais un puesto eminente.

—Sí —reconocí con una sonrisa—. Es un buen empleo. —Hacía un año que el arzobispo Cranmer me había nombrado uno de los dos abogados encargados de exponer las demandas presentadas ante el Tribunal de Apelaciones, donde se atendían las peticiones de los pobres. Lo de procurador, posición correspondiente a un abogado veterano, había sido consecuencia del puesto—. Nunca había disfrutado tanto con mi trabajo —continué—. Aunque la tarea es ingente y algunos clientes… En fin, la pobreza no necesariamente hace buenos o razonables a los hombres.

—No debería; es una maldición —repuso Dorothy con convencimiento.

—No me quejo. El trabajo siempre es distinto. —Hice una pausa—. Tengo un caso nuevo, un muchacho al que han encerrado en Bedlam. Mañana me reúno con sus padres.

—¿En domingo de Ramos?

—Hay cierto apremio por resolver el asunto.

—Un cliente loco.

—El quid del asunto es precisamente si está loco o no. Lo encerraron por orden del Consejo Privado. Es uno de los casos más peculiares con que he topado. Interesante, aunque habría preferido no tener que vérmelas con el Consejo.

—Conseguiréis que se haga justicia, de eso no me cabe la menor duda —dijo, y me cogió del brazo.

—¡Matthew! —Roger había aparecido a mi lado. Me estrechó la mano con fuerza. Era enérgico, bajo de estatura y de complexión nervuda, con un rostro delgado pero atractivo, ojos azules de mirada escrutadora y un cabello negro que empezaba a ralear. A pesar de que me había arrebatado a Dorothy en el pasado, yo seguía sintiendo un gran afecto por él.

—Me he enterado de que os ha escrito Samuel —dije.

—Sí, el muy diablillo. ¡Por fin!

—Tengo que ir a la cocina —se excusó Dorothy—. Os veré dentro de un rato, Matthew. Hablad con Roger, dejad que os cuente la interesante idea que ha tenido.

Me incliné al marcharse ella, y luego me volví hacia Roger.

—¿Cómo os habéis encontrado? —pregunté en voz baja.

Él bajó también la voz.

—No me ha vuelto a pasar, pero para mí supondrá todo un alivio que me visite vuestro amigo el doctor.

—Durante la función he visto que apartabais la mirada cuando derribaban a la Lujuria.

—Sí. Me tiene asustado, Matthew.

De pronto, Roger me pareció vulnerable como un niño pequeño. Le cogí con fuerza el brazo. En las últimas semanas había perdido inesperadamente el equilibrio en repetidas ocasiones, hasta el punto de caer desmayado sin motivo aparente. Temía estar desarrollando la enfermedad del desmayo, esa terrible afección que hacía que un hombre cayese al suelo, fuera de sí, y se retorciera entre gruñidos. La enfermedad, para la que no se conocía cura, era considerada por algunos una especie de locura pasajera y por otros, prueba de que un espíritu diabólico se había apoderado del que la sufría. El hecho de que aquellos síntomas espectaculares se produjesen en el momento más inesperado llevaba a la gente a temer la compañía de quienes la padecían. Para un abogado podía suponer el fin de su carrera.

Apreté su brazo.

—Guy llegará al fondo del asunto, os lo prometo. —Hacía una semana que Roger me lo había confesado durante el almuerzo, y yo me había encargado de citarlo con mi amigo médico a la mayor brevedad, al cabo de cuatro días.

—Esperemos que sean buenas noticias —dijo esbozando una sonrisa. Y bajando el tono añadió—: Le he contado a Dorothy que he estado sufriendo dolores de estómago. Creo que es mejor así. Las mujeres no hacen más que preocuparse.

—Nosotros también, Roger. —Sonreí—. Y a veces sin motivo. Podría haber muchas razones que justifiquen esas caídas; y recordad que no han ido acompañadas de ataques.

—Lo sé. Es verdad.

—Dorothy me ha contado que habéis concebido una nueva idea —dije con intención de distraerlo.

—Sí —repuso sonriendo—. Se lo estaba contando al amigo Loder, pero no me ha parecido que estuviera muy interesado. —Miró a los otros invitados—. Nadie de los aquí presentes es pobre —añadió. Me tomó del brazo y me apartó un poco de los demás—. He estado leyendo el nuevo libro de Roderick Mors, Lamentación de un cristiano contra la ciudad de Londres.

—Tendríais que ir con cuidado. Algunos tachan la obra de sediciosa.

—La verdad los asusta —dijo en voz baja, pero con tono apasionado—. Por Dios que el libro de Mors es una acusación contra nuestra ciudad. Muestra cómo toda la riqueza de los monasterios ha ido a parar a manos del rey y sus cortesanos. Las escuelas monásticas y los hospitales cerraron, los enfermos quedaron abandonados y dependen de sus propios medios. No puede decirse que el cuidado de los monjes fuera suficiente, pero es que ahora no tienen ni eso. Debería avergonzarnos, legiones de pobres abandonados en las calles, enfermos y medio moribundos. Ayer vi a un muchacho en un portal de Cheapside; tenía los pies desnudos medio congelados. Le di seis peniques, pero lo que necesitaba era un hospital, Matthew.

—Mas, como vos bien decís, la mayoría ha cerrado sus puertas.

—Razón por la cual me he propuesto sondear la posibilidad de que los colegios del tribunal funden un hospital. Se partiría de una aportación inicial, y posteriormente se recurriría a un fondo y a las contribuciones de los abogados.

—¿Habéis hablado con el tesorero?

—Aún no. —Roger sonrió de nuevo—. Estoy afilando mis argumentos con mis colegas. —Señaló con un gesto al rollizo Loder—. Ambrose dice que los pobres ofenden a los viandantes con los peligrosos olores y vapores que desprenden. Podría verse inclinado a pagar dinero para que las calles se libren de su presencia. Otros se lamentan de topar por doquier con los importunos mendigos que piden un penique por el amor de Dios. Les he prometido que podrán vivir en paz. Siempre hay argumentos con los que convencer a quienes andan faltos de caridad. —Compuso una expresión seria y añadió—: ¿Me ayudaréis?

—Os ayudaré si puedo. —Si alguien podía lograr semejante empeño, ese era Roger. Su energía e ingenio serían cruciales—. Yo mismo apoyaré vuestro hospital y, si queréis, os ayudaré a recabar donativos.

Me apretó el brazo.

—Sabía que podía contar con vos. Pronto organizaré un comité…

—¿Otro? —Dorothy había regresado, acalorada tras su estancia en la cocina. Miró escrutadora a su marido, quien le rodeó la cintura con el brazo.

—Para el hospital, cariño.

—Será difícil convencer a la gente, cuyas bolsas ya sufren lo suyo debido a los impuestos del rey.

—Y más que podrían sufrir —aseguré—. Dicen que este nuevo Parlamento recibirá la petición de entregar más dinero al rey para que declare la guerra a Francia.

—Vaya desperdicio —dijo Roger con amargura—. Cuando se piensa en cómo podría usarse el dinero… Pero sí, su majestad considerará que se trata de un buen momento para acometer tamaña empresa. Muerto el rey de Escocia, y con su hija en el trono, no podrán ponerse de parte del francés.

Asentí para mostrar mi acuerdo.

—El rey ha enviado de vuelta a casa a los lores escoceses capturados tras Solway Moss; se dice que han jurado acordar matrimonio entre el príncipe Eduardo y la niña María.

—Estáis bien informado, como siempre, Matthew —alabó Dorothy—. ¿Sigue Barak informándoos de todas las hablillas que recaba entre los sirvientes de la corte?

—Así es.

—He oído que el rey anda buscando nueva esposa.

—Llevan diciendo eso desde que ejecutaron a Catalina Howard —dijo Roger—. ¿Quién se supone que será?

—Lady Latimer —respondió Dorothy—. Su marido murió la semana pasada. Dentro de dos días tendrá lugar un gran funeral. Se comenta que el rey lleva años prendado de ella, y que ahora moverá pieza.

Ese rumor no había llegado a mis oídos.

—Pobre mujer —dije, y bajando la voz agregué—: Debe de temer por su cabeza.

—Pues sí —admitió Dorothy, que guardó silencio unos instantes, para después alzar la voz y llamar la atención de los presentes—. Amigos míos, la cena está servida.

Entramos en el comedor. La alargada mesa de roble estaba cubierta de platos de plata, y los sirvientes repartían la comida bajo la supervisión de Elías. El lugar preferente se reservó a cuatro imponentes aves; puesto que aún era Cuaresma, la ley solo habría permitido consumir pescado, pero, debido a que las aguas del río estaban congeladas, aquel invierno el pescado se había vuelto algo prohibitivo y el rey había autorizado al pueblo a comer carne blanca.

Nos sentamos a la mesa. Yo lo hice entre Loder, con quien Roger había estado charlando anteriormente, y James Ryprose, un abogado anciano cuyas erizadas patillas enmarcaban un rostro tan arrugado como un pergamino. Frente a nosotros se acomodaron Dorothy, Roger y la señora Loder, tan rolliza y pagada de sí como su esposo. Me sonrió, enseñándome una ristra de dientes blancos, y luego, para mi sorpresa, se metió la mano en la boca y se quitó ambas hileras de dientes. Vi que estaban pegados a sendas dentaduras de madera, cortadas de tal forma que encajasen en los escasos dientes grisáceos que le quedaban en la mandíbula.

—Tienen buen aspecto, ¿verdad? —preguntó mirándome—. Me los hizo un barbero y cirujano de Cheapside. Creedme si os digo que no puedo comer sin ellos.

—Escóndelos, Johanna —ordenó su marido—. Los demás comensales no querrán tenerlos a la vista mientras comemos.

Johanna hizo pucheros, al menos en la medida en que a una mujer desdentada le es posible, y luego depositó la dentadura en una cajita que ocultó entre los pliegues del vestido. Contuve un escalofrío. La moda francesa, adoptada por ciertos miembros de las clases acomodadas, de utilizar la dentadura de los muertos me parecía más bien repugnante.

Roger empezó a hablar de nuevo acerca de su hospital, dirigiéndose en esa ocasión al anciano Ryprose.

—Pensad en los enfermos y desvalidos a los que podríamos apartar de las calles. Incluso podríamos llegar a curarlos.

—Sí, sería un logro considerable —admitió el anciano—, pero ¿qué me decís de los mendigos robustos que infestan las calles y lo importunan a uno cada dos por tres pidiéndole dinero, a veces incluso mediante amenazas? ¿Qué puede hacerse con ellos? Soy mayor y a veces tengo miedo cuando voy solo.

—Muy cierto. —Maese Loder se inclinó por delante de mí para que todos oyeran su opinión—. Esos dos que robaron y asesinaron el pasado noviembre al pobre maese Goodcole junto a las puertas eran sirvientes despedidos de los monasterios. No los habrían atrapado si no hubiesen alardeado de sus presuntas hazañas en las tabernas, donde se gastaron el dinero del desdichado Goodcole, gracias a que un tabernero, hombre honesto donde los haya, advirtió al alguacil.

—Sí, sí —asintió Ryprose con empeño—. No es de extrañar que los desocupados mendiguen y roben con impunidad, cuando la ciudad únicamente dispone de un puñado de alguaciles para protegerla, y algunos de ellos de mi edad.

—El ayuntamiento debería designar a hombres fuertes para expulsarlos a golpes —aseguró Loder.

—Pero, Ambrose —intervino su esposa en voz baja—, ¿por qué ser tan duro? De joven decíais que los desocupados y los pobres tenían el derecho de obtener empleo, y que la ciudad debía pagarles para llevar a cabo tareas útiles como adoquinar las calles. Citabais siempre a Erasmo y Juan Vives acerca de los deberes que los cristianos tenían para con los menos afortunados. —Sonrió con dulzura, consciente quizá de haberse vengado por el anterior comentario de su marido relativo a la dentadura postiza.

—Así era, Ambrose —admitió Roger—. Lo recuerdo perfectamente.

—Y yo —intervino Dorothy—. Solíais hablar apasionadamente de las obligaciones que tenía el rey con los pobres.

—Pues no parece que al rey le interese ese asunto, así que no veo qué se supone que debemos hacer. —Loder miró ceñudo a su mujer—. ¿Reunir a diez mil tiñosos pedigüeños y meterlos en palacio para alimentarlos en los comedores reales?

—No —respondió Roger sin alterarse—. Únicamente aprovechar nuestra posición de hombres acomodados para ayudar a unos pocos. Quizá hasta que lleguen tiempos mejores.

—No solo se trata de los mendigos que impiden que uno pueda caminar tranquilo por la calle —dijo en tono lúgubre el anciano Ryprose—. También están todos esos predicadores que brotan como setas. Hay uno al fondo de Newgate Street, de pie todo el día, aullando y advirtiendo de la cercanía del Apocalipsis.

Se alzó un rumor de aprobación generalizado en torno a la mesa. En los años transcurridos desde la caída de Thomas Cromwell, había concluido el patronazgo del rey a los reformistas que lo habían animado a romper con Roma. Nunca había apoyado abiertamente las creencias luteranas, y en la actualidad recuperaba lentamente las antiguas costumbres religiosas, una especie de catolicismo sin Papa, con medidas paulatinamente represivas contra los disidentes. Negar que el pan y el vino del sacramento se transformaban en el cuerpo y la sangre de Jesucristo era considerado una herejía que se castigaba con la pena de muerte. Incluso la doctrina del Purgatorio había recuperado su anterior respetabilidad. Todo eso era anatema para los radicales, quienes buscaban en la Biblia la única verdad. La represión no había hecho más que empujar a muchos reformistas hacia posiciones extremas, y era en Londres donde se mostraban especialmente atrevidos en sus manifestaciones públicas.

—¿Sabéis qué he visto hoy en la calle? —intervino otro invitado—. Frente a una iglesia había alguien colocando ramas en la nieve para las celebraciones que se llevarán a cabo mañana, domingo de Ramos. Entonces apareció una turbamulta de aprendices que la emprendió a patadas con las ramas, gritando que se trataba de una ceremonia papista, ¡y que el Papa era el Anticristo!

—Este radicalismo religioso proporciona a los aprendices otra excusa para entregarse a los desmanes —comentó Loder.

—Quizá mañana haya problemas —apuntó Roger.

Asentí. El domingo de Ramos las iglesias tradicionales celebrarían las ceremonias de rigor, con los sacristanes ataviados como profetas y el niño montado en un burro, mientras que los predicadores radicales, desde el púlpito, tacharían todo aquello de blasfemia papista.

—Habrá otra purga —opinó alguien—. He oído rumores de que el obispo Bonner arremeterá con fuerza contra los disidentes.

—Basta de ejecuciones en la hoguera —pidió Dorothy en voz queda.

—La ciudad no permitiría semejante cosa —aseguró Loder—. A la gente no le gustan los radicales, pero desprecia aún más la hoguera. Bonner no irá tan lejos.

—¿De veras? —dijo Roger—. ¿Acaso no es también un fanático? ¿No está dividiéndose toda la ciudad?

—La mayoría de la gente quiere vivir en paz —dije—. Incluso quienes en tiempos fuimos considerados radicales. —Miré con expresión irónica a Roger, que asintió aprobando el comentario.

—Ambos bandos cuentan con fanáticos —observó el anciano Ryprose en el tono fúnebre que había caracterizado sus intervenciones—. Y henos aquí, personas corrientes, a medio camino entre unos y otros. Temo que nos den muerte a todos sin excepción.

 

La velada concluyó a altas horas de la madrugada, y fui el último en despedirse. Pisé de nuevo la nieve fangosa al adentrarme en la gélida noche. Me sentía menos animado tras la conversación mantenida en la cena. Era verdad que Londres rebosaba tanto de mendigos como de fanáticos y que se había convertido en una ciudad de descontentos. Una purga no haría sino empeorar las cosas. Había, también, algo que no había compartido con los comensales: los padres del muchacho encerrado en Bedlam pertenecían a una congregación protestante radical, y los problemas mentales de su hijo eran de naturaleza religiosa. Lamenté que me hubiesen adjudicado el caso, pero estaba obligado a hacerme cargo de las peticiones que se me asignaban. Y aquellos padres querían ver a su hijo en libertad.

Me detuve. Oí pasos en la nieve, a mis espaldas. Me volví con el entrecejo fruncido. Se suponía que los recintos del Colegio de Lincoln eran seguros, pero había lugares por los que un intruso podía acceder. Era una noche oscura, y la luna quedaba medio oculta tras las nubes; a esa hora, solo algunas ventanas proyectaban rectángulos de luz en la nieve.

—¿Quién va? —pregunté en voz alta.

No hubo respuesta, pero oí que alguien se alejaba corriendo. Lo seguí. El sonido procedía del extremo más alejado de la residencia de los Elliard, junto al muro posterior del Colegio de Lincoln. Llevé la mano a la empuñadura de la daga cuando doblé la esquina del edificio. Tenía ante mí el muro exterior. Fuera quien fuese el intruso, estaba atrapado; pero no encontré a nadie allí. El pequeño cuadrilátero que mediaba entre los edificios y el muro posterior, de tres metros y medio de altura, iluminado por las ventanas de la vivienda de los Elliard, estaba completamente desierto. Un escalofrío me recorrió la columna vertebral.

Entonces vi que la nieve que coronaba el muro había sido removida. El intruso había saltado el muro. Para escalarlo se necesitaba mucha fuerza y no menos agilidad. No estaba seguro de que fuese posible hacerlo, pero el patio desierto y la nieve revuelta daban fe de ello. Me volví, contrariado. Hablaría con el vigilante y le diría que cubriese de cristales rotos la parte superior del muro.