Revelación

C. J. Sansom · Capítulo 6 de 48

Páginas del PDF

Revelación

Capítulo 6

 

P ermanecí atónito unos instantes, contemplando el cadáver y la herida abierta en la garganta. Los ojos de Roger permanecían cerrados, y el rostro de alabastro había adoptado una expresión apacible. Pensé que debía de haber compuesto una mueca de horror al sufrir una muerte tan espantosa. Por un instante deseé que aquello que yacía en el suelo no fuese Roger, sino una talla de yeso que un artista medio loco hubiera pergeñado a modo de broma pesada. Sin embargo, mientras lo observaba, un hilo de sangre oscura se deslizó desde la herida hasta la nieve que cubría el suelo.

—¡Tapadlo, os lo ruego, señor! —exclamó el estudiante fornido en un tono agudo.

Me quité la capa y me incliné sobre el cadáver. De pronto, me pudo la emoción.

—¡Ay, mi pobre amigo! —exclamé mientras rompía a llorar y acariciaba el rostro de Roger, que estaba frío como el hielo. Lo cubrí con la capa y me arrodillé a su lado, dejando que fluyeran las lágrimas.

El tacto de una mano en mi hombro me hizo dar un respingo. Al levantar la mirada, vi que era el estudiante alto que me había ayudado.

—Señor, por favor —dijo con voz trémula—. ¿Qué hacemos? La gente no tardará en llegar.

Me puse en pie con cierta dificultad, pues me temblaban las piernas. Respiré hondo y contesté:

—Id a decirle al portero que despierte al alguacil. Ya se encargará este de ir a buscar al forense. ¿Podréis hacerlo, muchacho?

—Sí, señor. —El joven asintió y echó a correr en dirección a la caseta. Me volví y observé de nuevo la fuente de piedra cubierta de agua roja. El sol casi había asomado por completo y bañaba el patio con una calidez inusitada, aunque también dejaba al descubierto el horror que representaban el cadáver y la sangre que teñía el agua. El otro joven, recostado en la fuente, le daba la espalda y temblaba como una hoja.

—Y vos… —dije—, id, por favor, a mis dependencias. ¿Veis esa ventana iluminada? Encontraréis allí a mi ayudante. Se llama Barak; pedidle que venga de inmediato.

El muchacho tragó saliva con dificultad y se alejó con paso vacilante. Levanté la vista hacia las ventanas de los Elliard. No había luces encendidas en el interior. Recé para que Dorothy siguiese en la cama. Comprendí, con el corazón en un puño, que tendría que contarle que Roger había muerto. No podía permitir que un extraño le diese semejante noticia.

Poco después vi, con alivio, que Barak corría hacia mí; el estudiante lo seguía muy rezagado. Mi ayudante contempló boquiabierto el cadáver que yacía en el suelo, junto a la fuente.

—¡Por las entrañas de Judas! ¿Qué diantre ha pasado aquí? —Tenía los ojos inyectados en sangre y olía a bebida; debía de haber pasado otra noche en vela, por ahí. A pesar de ello, no había nadie en el mundo a quien yo hubiera preferido tener a mi lado en ese instante.

—Roger Elliard ha muerto —dije con voz trémula—. Lo han asesinado.

—¿Aquí? —preguntó Barak, incrédulo.

—Durante la noche. Alguien lo degolló y lo arrojó a la fuente.

—Dios mío. —Barak se agachó poco a poco, apartó mi capa y contempló el rostro del cadáver. Enseguida lo cubrió de nuevo. Luego se volvió hacia la fuente—. Debieron de degollarlo ahí dentro. No hay sangre en el suelo. —Frunció el entrecejo, intrigado—. Y no hay señales de lucha en la nieve. A menos… —titubeó.

—¿A menos?

—A menos que lo hiciese él mismo. ¿No dijisteis que temía estar enfermo?

—Pero no lo estaba, o en cualquier caso no tenía nada del otro mundo. El jueves lo acompañé a ver a Guy. ¿Crees que alguien podría suicidarse de este modo en pleno Gatehouse Court? ¡No seas idiota! Roger era un hombre feliz como pocos. ¡Tenía todo lo que puede desearse! Planeaba proponer una suscripción para fundar un hospital, y estaba casado con la mejor mujer del mundo… —Caí en la cuenta de que estaba gritando, y guardé silencio. Me llevé la mano a la frente y levanté la otra en ademán de disculpa.

—Lo siento, Jack.

—No hay de qué disculparse —dijo en voz baja—. Os habéis llevado una fuerte impresión.

—No —repliqué con voz temblorosa—. Estoy furioso. La intención del asesino era que lo viese todo el mundo.

Barak reflexionó por un instante.

—Sí —admitió al cabo—. Si esos estudiantes no hubieran pasado por aquí, lo habrían encontrado cuando los abogados residentes se dirigiesen a la misa de Pascua.

Miré de nuevo el cadáver.

—¿Quién podría hacerle algo tan monstruoso a un hombre tan bueno y pacífico? ¡Cortarle la garganta y dejar que se desangrara en la fuente, y el día de Pascua! ¿Por qué?

Oí un rumor de voces. Tres o cuatro abogados se acercaban a nosotros. Seguramente habían oído mis gritos.

—¡Virgen santa! —exclamó uno de ellos al ver el cadáver.

Un anciano alto y de pelo blanco despeinado, vestido con toga de seda, irrumpió en escena. Me alivió comprobar que se trataba de Rowland, el tesorero.

—¿Qué sucede, maese Shardlake? —preguntó—. Acaba de despertarme el portero… —Interrumpió la explicación al divisar el cadáver cubierto por la toga, y en ese momento reparó en el agua roja de la fuente.

Le conté cuanto sabía. Respiró hondo y se agachó para descubrir de nuevo el rostro de Roger. Tuve que hacer un esfuerzo para contenerme, pues quería decirle que lo dejase en paz. Se alzaron diversas voces entre los presentes, cuyo número ascendía ya a una docena. Vi entre ellos a Bealknap. Normalmente era muy amigo del escándalo, pero en esa ocasión se quedó mirando el cadáver en silencio, pálido aún y con aspecto de sentir náuseas. Pensé que Dorothy oiría las voces y que debía contarle lo ocurrido cuanto antes.

—Hay algo que deberíais ver —me dijo Barak en voz baja—. Allí.

—Debo decírselo a la esposa de Roger… —protesté.

—Por favor, tenéis que verlo.

Titubeé un instante.

—Maese tesorero —intervine—, ¿podríais disculparnos un momento?

—¿Adónde vais? —preguntó contrariado—. Vos y esos jóvenes habéis encontrado el cadáver, así que debéis esperar a que llegue el forense.

—Volveré dentro de un minuto. Debo poner al corriente de lo sucedido a la señora Elliard. Soy amigo de la familia.

El anciano se volvió al ver, con el rabillo del ojo, que un estudiante que acababa de llegar se acercaba al cadáver.

—¡Atrás, ayudante de pacotilla! —exclamó.

Aproveché la distracción para escabullirme.

Barak me llevó a un punto situado a unos cinco metros de distancia.

—¿Veis estas pisadas? —preguntó.

Bajé la vista. Alrededor de la fuente, los estudiantes y yo habíamos removido la nieve, y los hombres que llegaron después habían dejado un sinfín de huellas que convergían en el lugar donde había ocurrido el crimen. Sin embargo, lo que Barak me señalaba correspondía a un rastro doble: unas pisadas se acercaban a la fuente y otras se alejaban de ella y conducían al lateral del edificio donde residían los Elliard. Era el mismo sitio donde una semana antes me había parecido oír al intruso.

Barak se agachó para inspeccionar las huellas.

—Mirad, las huellas que conducen a la fuente son más profundas que las que regresan, como si quien las hizo cargara con un gran peso.

—Oí a alguien en Nochevieja. Se encaramó al muro y…

—Sigamos las huellas.

—Tengo que hablar con Dorothy.

—La nieve no tardará en fundirse.

Lo cierto era que el sol matinal había traído los primeros calores de la primavera; se oía fundirse el hielo acumulado en los aleros. Titubeé, pero seguí a Barak al lateral del edificio.

—Parecen las huellas de un hombre de estatura normal —dijo Barak.

—Más alto que Roger.

Las pisadas conducían al pie del muro, y luego giraban hacia la derecha hasta alcanzar una pesada puerta de madera.

—Salió por aquí —concluyó Barak.

—La última vez entró por el muro. Siempre y cuando hablemos de la misma persona de la otra noche.

—Entonces no llevaba un cadáver a cuestas. —Barak probó a abrir la puerta—. Está cerrada.

—Solo los abogados tenemos llave. El huerto se halla al otro lado, y más allá se extienden los campos del Colegio de Lincoln. Tengo mi llave en el despacho.

—Ayudadme a subir —pidió Barak.

Entrelacé los dedos de las manos y ayudé a Barak a encaramarse al muro.

—Las pisadas continúan en el huerto —me informó una vez estuvo arriba. Acto seguido, saltó de nuevo a mi lado—. Entonces ¿trajo al pobre maese Elliard desde el huerto? Dios mío, pues sí que debe de ser fuerte. Decidme en qué cajón buscar la llave e iré corriendo por ella.

Titubeé de nuevo.

—Tendría que volver. Debo ser yo quien hable con Dorothy, Barak. Desde su ventana se ve el agua de la fuente…

—Ya me encargaré yo de seguir el rastro, entonces. Pero hay que hacerlo sin demora, antes de que las huellas desaparezcan.

—No sabes qué vas a encontrar al otro lado —le advertí.

—Hace horas que huyó. Sin embargo, seguiré las huellas hasta donde lleguen. Tenemos que averiguar cuanto podamos. Sabéis tan bien como yo que si un asesino no es apresado rápidamente, a menudo resulta imposible detenerlo después. — Respiró hondo—. Y este no es un asesinato normal, cometido por dinero o lujuria. El asesino golpeó a la víctima para dejarlo inconsciente y después lo llevó al Colegio de Lincoln para arrojarlo a la fuente. Seguía vivo cuando lo degollaron, o no habría sangrado. Debió de golpearlo con fuerza para mantenerlo inconsciente un buen rato, pero no lo suficiente para matarlo. Habría sido muy arriesgado. ¿Y si llegaba a despertar y empezaba a forcejear con su agresor? A juzgar por lo que hemos visto, parece una venganza en toda regla.

—Roger no tenía un solo enemigo en el mundo. ¿Podría tratarse de otro abogado? Solo los miembros del Colegio de Lincoln tienen la llave que abre esa puerta.

—Ahora deberíamos separarnos, señor. —Barak me miró con seriedad—. Si es que de veras deseáis contárselo a la dama.

Asentí, mordiéndome el labio inferior. Barak me apretó el brazo, un gesto inesperado en él, y luego echó a correr hacia Gatehouse Court. Lo seguí. Al doblar la esquina oí el grito de una mujer. Un escalofrío me recorrió la columna vertebral, y corrí hacia ella.

Era demasiado tarde. En mitad de la multitud que se había congregado en torno a la fuente, Dorothy, vestida con un camisón, permanecía arrodillada en el suelo húmedo junto al cadáver de su marido. Lloraba desconsoladamente. Habían apartado la capa con que yo había cubierto a Roger y había visto aquel rostro terrible. De pronto elevó al cielo un nuevo lamento.

 

Me acerqué a Dorothy a toda prisa, caí de rodillas a su lado y la abracé. Tenía la piel helada bajo la fina tela del camisón. Volvió el rostro hacia mí; estaba conmocionada, tenía los ojos y la boca abiertos desmesuradamente, y el cabello enmarañado.

—¿Matthew? —dijo con voz ronca.

—Sí, Dorothy… No deberíais haber salido de casa, no tendrían que haberos permitido que lo vieseis así… —Dirigí una mirada acusadora a quienes me rodeaban.

—No pude impedírselo —dijo el tesorero Rowland, envarado.

—¡Deberíais haberlo intentado!

—Ese no es modo de dirigirse a mí…

—Cerrad la boca —ordené, airado.

El tesorero me miró boquiabierto. Incorporé a Dorothy. En cuanto se puso en pie comenzó a temblar como una hoja.

—Venid adentro, Dorothy —añadí—. Acompañadme…

—¡No! —Forcejeó, decidida a soltarse—. ¡No puedo dejar a Roger ahí tirado! — exclamó, alzando de nuevo la voz.

—No tenemos más remedio —dije, intentando calmarla—. Al menos, hasta que venga el forense.

—¿Quién… lo ha asesinado? —preguntó mirándome fijamente, como si intentara asirse a algo para dar algún sentido a la espantosa escena que tenía lugar ante sí.

—Lo averiguaremos. Ahora, vamos —insistí—. El tesorero Rowland se asegurará de que nadie haga nada irrespetuoso. ¿Digo bien, señor?

—Sí, por supuesto. —El anciano parecía avergonzado.

Dorothy me permitió que la llevase hasta su casa, donde Bartlett, el ayudante de Roger, aguardaba conmocionado ante la puerta del despacho. Era un concienzudo hombre de mediana edad que había acompañado a Roger en su traslado desde Bristol.

—¿Qué…? ¿Qué ha pasado, maese Shardlake? —preguntó con un hilo de voz—. Dicen que han asesinado a mi señor.

—Me temo que así es. Escucha, vendré más tarde, a ver qué puede hacerse con su trabajo.

—Sí, señor.

Dorothy miraba a Bartlett como si jamás lo hubiera visto. La así del brazo y la conduje por la escalera en dirección a sus habitaciones. El viejo Elías se hallaba en el descansillo, a medio vestir, con el pelo blanco despeinado. Una joven doncella con cofia y delantal blancos se encontraba a su lado.

—Ay, mi señora —dijo la doncella con acento irlandés. Volvió hacia mí el rostro bañado en lágrimas—. Acababa de levantarse, señor; seguramente se acercó a la ventana y miró hacia fuera. Lanzó un grito y salió corriendo…

—De acuerdo. —Observé a la joven. Era regordeta y tenía el cabello negro. Parecía sensata y verdaderamente preocupada por su señora. Dorothy dependería mucho de ella en los días venideros—. ¿Cómo te llamas? —pregunté.

—Margaret, señor.

—¿Hay en la casa algún licor fuerte, Margaret?

—Tengo un poco de aguardiente, señor. Iré a buscarlo. —Hizo una pausa y añadió—: Ese de ahí fuera, ¿de veras es el señor?

—Me temo que sí —contesté—. Ahora, te lo ruego, ve por el aguardiente. Y busca un vestido más abrigado para tu señora. Impidamos que coja un resfriado.

Llevé a Dorothy al salón y la ayudé a sentarse en una silla frente al hogar. Miré alrededor, recordando la agradable velada que había pasado allí hacía apenas una semana. Dorothy estaba temblando. Advertí que había pasado del horror a la conmoción.

La doncella regresó, cubrió con una pañoleta los hombros de Dorothy y le ofreció una copa de licor, pero a Dorothy le temblaba tanto la mano que fui yo quien aceptó la copa.

—Quédate —le pedí—. Por si necesita algo.

—Pobre señor… —Margaret puso un taburete junto a su señora y se dejó caer, conmocionada.

—Vamos, bebed esto, os ayudará —rogué a Dorothy. No se resistió cuando le acerqué la copa a los labios y la ayudé a beber como si fuera una niña pequeña. Estaba pálida y le temblaban las mejillas. Le había dicho en el banquete que no aparentaba la edad que tenía, pero en ese instante me pareció de pronto vieja y ojerosa. Me pregunté con gran pesar si volvería a ver la cálida y traviesa sonrisa que la caracterizaba.

El aguardiente logró devolverle el color, y dio la impresión de que recuperaba poco a poco la presencia de ánimo, a pesar de que no había dejado de temblar.

—Matthew —dijo sin alzar la voz más que lo necesario para que la oyera—. Dicen que habéis sido vos quien ha encontrado a Roger.

—Fueron un par de estudiantes. Yo me crucé con ellos y les ayudé a sacar el cadáver de la fuente.

—Entré en el salón y oí ruido procedente de la calle… —Frunció el entrecejo, como si recordase algo que había sucedido hacía mucho tiempo—. Vi el agua roja de la fuente, la gente ahí de pie, y me pregunté qué diantre habría pasado. Luego vi el cadáver que yacía en el suelo. Supe que era Roger. Reconocí sus botas. Sus viejas botas de cuero. —Tragó saliva y pensé que se echaría a llorar, pero en lugar de ello me dirigió una mirada furibunda—. ¿Quién fue? —preguntó—. ¿Quién pudo hacer algo tan cruel y por qué?

—No lo sé, Dorothy —respondí—. ¿Dónde estuvo Roger ayer por la noche?

—Él… Salió. Fue a ver a su nuevo cliente pro bono.

—¿El mismo al que visitó el jueves? Cuando me despedí de él tras la cita con el doctor Malton, dijo que debía encontrarse con un cliente pro bono. Me contó que había recibido una carta en relación con el caso.

—Sí, sí. —Dorothy volvió a tragar saliva con dificultad—. Llegó el martes, de parte del mismo remitente. Sí, lo recuerdo. Un hombre llamado Nantwich.

—¿Mencionó Roger de dónde procedía la carta?

—De algún lugar de Newgate, creo. Ya conocéis a esos notarios itinerantes; la mitad de ellos no cuentan con un despacho propiamente dicho. Había oído comentar que Roger trabajaba gratis para los pobres, y preguntaba si se reuniría con su cliente en una taberna de Wych Street el jueves por la noche, puesto que el hombre trabajaba durante el día.

—¿Leísteis la carta?

—No se lo pedí. De todos modos, me pareció extraño citarse en una taberna, pero Roger mostró cierta curiosidad al respecto, y ya conocéis su naturaleza bondadosa.

Calló de pronto y se echó a llorar. Por un instante, al hablar, había olvidado que Roger había muerto, y el horror de lo sucedido la alcanzó con fuerza renovada. Me miró con los ojos desmesuradamente abiertos y yo le cogí la mano, que sentí helada.

—Lo lamento, Dorothy, pero debo preguntártelo: ¿qué sucedió en la reunión?

—Nada. El hombre no se presentó. Entonces, llegó otra carta, que alguien pasó por debajo de la puerta el Viernes Santo. En ella, el remitente se disculpaba porque el cliente no hubiese podido presentarse en la taberna, y solicitaba a Roger otra reunión, anoche, en el mismo lugar. Tampoco tuve ocasión de leer esa carta —añadió con voz queda.

—Y, por supuesto, Roger acudió a la cita. —Esbocé una sonrisa melancólica—. Yo no habría hecho tal cosa. —De pronto recordé algo—. Anoche hizo mucho frío, e imagino que al salir llevaría puesta una capa.

—Sí, claro.

—Entonces, ¿dónde está? —pregunté.

—No lo sé. —Dorothy guardó silencio antes de añadir—: Me sorprendió que dieran las diez en punto sin que hubiera regresado. Pero ya sabéis qué sucedía cuando se enredaba con algo y se pasaba horas hablando. —«Sucedía», no «sucede». Por fin empezaba a hacerse a la idea—. Estaba cansada, así que me retiré a la cama temprano. Supuse que me despertaría al oír que regresaba, y me quedé dormida. Desperté de madrugada, y cuando advertí que no estaba a mi lado imaginé que se habría acostado en el otro dormitorio. Suele hacerlo cuando llega tarde, para no molestarme. Y ahora resulta que durante todo ese tiempo… —Guardó silencio, hundió el rostro en las manos y prorrumpió en sollozos.

Hice un esfuerzo por concentrarme y recapitular. El cliente había solicitado reunirse con Roger en Wych Street, al otro lado de los jardines del Colegio de Lincoln. El modo más sencillo de llegar allí consistía en cruzar el huerto, de modo que debía de llevar la llave que comunicaba con este; pero ¿por qué el cliente no había hecho acto de presencia el jueves? Se me hizo un nudo en el estómago al pensar que Roger, como cualquier otro abogado, llevaría encima el mandato. No había muchas posibilidades de que lo hubieran dejado en el cadáver, y su capa había desaparecido. Al menos teníamos el apellido: Nantwich. Un apellido poco común.

Observé a Dorothy, sintiéndome presa de la congoja. Dejó de llorar. Se volvió hacia mí y descubrí en su mirada una ira que era el reflejo de la mía.

—¿Quién es responsable de esto? —preguntó—. Roger no tenía un solo enemigo. ¿Qué clase de demonio ha podido matarlo?

—Me encargaré de que lo detengan, Dorothy. Os lo prometo.

—¿Lo haréis?

—Lo haré. Tenéis mi palabra.

Me cogió con fuerza la mano y dijo:

—Necesito vuestra ayuda más que nunca, Matthew, por favor. Estoy sola.

—Contad con ella.

—¡Ay, Roger! —exclamó, y se echó a llorar de nuevo.

Margaret le rodeó los hombros con un brazo mientras yo le cogía la mano. Allí seguíamos, como posando para un cuadro penoso, cuando Elías entró para informar de que el forense se encontraba en la puerta y que solicitaba verme de inmediato.

 

Archibald Browne, el forense de Middlesex, era un viejo avinagrado. Pertenecía a esa estirpe de oficiales corruptos, tan numerosos en otro tiempo, que abandonaban un cadáver a su suerte en mitad de la calle durante días hasta que alguien les pagaba para que llevasen a cabo las diligencias pertinentes, muy distinto de los bien remunerados que los Tudor habían encumbrado a puestos de responsabilidad. Calvo, bajo y rechoncho, la viruela le había marcado a conciencia el rostro. Cuando salí de la casa se hallaba junto al tesorero, con las manos hundidas en los bolsillos del grueso abrigo, contemplando el cadáver de Roger. Los transeúntes que se paraban a mirar eran ahuyentados por los ásperos gestos del tesorero Rowland. Vi que el sol había fundido ya la mayor parte de la nieve. Me pregunté dónde estaría Barak.

Rowland me hizo un ademán para que me acercara.

—Este es maese Matthew Shardlake —me presentó a Browne—. Fue quien llamó al alguacil.

—Espero que nos entendamos mejor con él que con esos dos jóvenes —gruñó Browne, volviendo hacia mí sus ojos legañosos—. ¿Habéis tenido ocasión de hablar con la viuda?

—Sí, señor.

—¿Cómo se encuentra?

—Desolada —me limité a responder.

—Tendré que interrogarla. Podéis acompañarme si la conocéis. Pero contadme primero lo sucedido.

Le conté todo lo relacionado con el hallazgo del cadáver de Roger, así como que Barak había seguido las huellas, y le hablé del extraño cliente que Dorothy me había mencionado.

—¿Nantwich? —preguntó el tesorero Rowland, frunciendo el entrecejo—. Jamás he oído hablar de él. Y eso que me precio de conocer a todos los notarios.

Browne me contemplo de arriba abajo.

—Shardlake, conozco ese nombre —dijo, y me sonrió abiertamente—. Sois el hombre del Colegio de Lincoln de quien se burló el rey en York hace un par de años, ¿verdad? Recuerdo la descripción que se hizo de vos.

«La de un jorobado», pensé. Sabía que aquella historia me perseguiría hasta el día de mi muerte.

—Tendremos que averiguar con quién había quedado en reunirse Roger —dije con frialdad.

Browne bajó la vista al rostro de Roger, y luego le movió la cabeza con la punta del pie. Apreté las mandíbulas, conteniendo mi indignación.

—Menudo asunto —dijo—. Y decís que lo arrojaron a la fuente… A juzgar por la expresión, se le ve muy tranquilo. ¿No creéis posible que se degollara a sí mismo?

—No. Era un hombre feliz.

—Así que era un hombre peculiar. —El forense negó con la cabeza—. Una fuente de agua convertida en sangre. —Y, dirigiéndose al tesorero, añadió—: Deberíais ordenar que la drenasen.

Aquella frase me hizo reflexionar. Una fuente de agua convertida en sangre. Estaba seguro de haberla oído antes en alguna parte.

—¿Dónde está ese ayudante vuestro que fue a seguir las huellas? —preguntó Browne.

—No lo sé. Se ha marchado hace media hora.

—Bueno, haced que se presente ante mí cuando regrese. Tendré que visitar al forense real antes de asignar un jurado.

Recordé que el rey se hallaba en ese momento en Whitehall, y maldije por ello. Cualquier asesinato que se cometiera en veinte kilómetros a la redonda de una residencia de la realeza y fuera de los límites de la ciudad de Londres, aunque fuese en un lugar tan próximo como el Colegio de Lincoln, quedaba bajo la jurisdicción del forense real. Este tendría que tomar parte en el proceso junto con Browne.

—Eso supondrá una demora —dije.

Browne se encogió de hombros.

—No hay nada que pueda hacerse.

—¿Cuánto nos llevará?

—Depende de si el forense real accede a asignar un jurado de abogados. Además, es domingo de Pascua, por lo que dudo que la investigación se inicie antes de mediados de la semana que viene.

Apreté los labios con fuerza. En lo tocante a cualquier caso de asesinato es vital emprender cuanto antes la investigación, puesto que de lo contrario se corre el riesgo de que el rastro desaparezca. Tal como había dicho Barak, la mayor parte de los asesinatos que no se resuelven enseguida no se resuelven nunca.

—Creo que los abogados del Colegio querrán que se lleve a cabo la investigación cuanto antes —dije—, puesto que es uno de los suyos quien ha sido asesinado.

—En efecto, la investigación debería emprenderse cuanto antes —intervino el tesorero Rowland, y asintió con la cabeza.

—Tenemos que buscar a ese notario Nantwich. ¿Podríais llevar a cabo esa investigación bajo la autoridad del tesorero?

Rowland asintió de nuevo.

—Sí. Habrá que hacerlo.

—Y si me permitís otra sugerencia… —dije al forense, abusando de mi ascendiente—. El modo en que ha muerto es muy extraño… Todo apunta a que lo golpearon hasta dejarlo inconsciente y que luego lo arrojaron a la fuente. Convendría abrir el cadáver. —Me dolía en el alma solo pensarlo, pero quizá Guy hallara algo que pudiera sernos de ayuda—. Conozco al doctor Malton, que es quien practica dicha labor para el forense de Londres. Sus tarifas son muy modestas. Podría avisarlo.

—Ah, ese viejo moro —masculló Browne—. Pero ¿quién le pagará?

—Yo lo haré, si es necesario. Roger Elliard era amigo mío. ¿Y podría pediros, por favor, que cubrierais el cadáver? —añadí alzando la voz.

—De acuerdo. —El forense cubrió de nuevo el rostro de Roger con mi capa, y después se volvió hacia mí, frotándose las manos de dedos gordos como salchichas —. ¿Cómo decís que se llamaba el fallecido?

—Roger Elliard.

—Eso. Iré a ver a la viuda. Ya se puede retirar el cadáver. Maese tesorero, que un carro lo lleve a mi cobertizo.

 

Dorothy había recuperado un poco la presencia de ánimo cuando el viejo Elías, ya debidamente vestido y muy apenado, nos condujo al salón. La encontramos sentada junto al hogar, contemplando las llamas cogida de la mano de Margaret.

—Dorothy, os presento al forense Browne —dije—. Desea haceros unas preguntas, si os sentís en condiciones.

El forense miró el friso que había sobre la chimenea, con aquellos animales esculpidos que asomaban entre el follaje.

—Dios mío, qué hermosura de friso…

Dorothy volvió la mirada para contemplarlo también.

—Se rompió una pieza cuando nos trasladamos de nuevo a Londres —dijo con expresión ausente—. Roger hizo que la reemplazaran, pero no quedó bien.

Reparé en que una esquina del friso tenía un acabado defectuoso, por no mencionar una tonalidad ligeramente distinta.

—Sigue siendo una obra preciosa —insistió Browne, que intentaba tranquilizar a Dorothy alabando el friso, recurso que se me antojó algo torpe—. ¿Puedo sentarme?

Dorothy le señaló la silla donde me había sentado yo antes. Browne repitió las preguntas relativas al cliente pro bono, y también se interesó por los últimos movimientos de Roger, los cuales no revelaron nada fuera de lo habitual. Observé que el forense no tomaba notas, lo que me preocupó. No parecía estar precisamente dotado de una memoria prodigiosa.

—¿Vuestro esposo tenía enemigos? —preguntó Browne.

—Ninguno. Había abogados con quienes no congeniaba especialmente, o a quienes había vencido o ante quienes había perdido algún juicio, lo cual puede decirse también de cualquier otro abogado londinense. Estos no andan por ahí asesinando a sus colegas de… —De pronto le tembló la voz—. De ese modo tan abyecto.

—¿Cabe alguna posibilidad de un suicidio?

La brusquedad de la pregunta me indignó; sin embargo, Dorothy dio muestras de una extraordinaria presencia de ánimo al responder:

—No, maese forense, ni la más mínima. Cualquier persona podría deciros que la idea de que se diera muerte a sí mismo carece de sentido. Desearía que hubieseis tenido la delicadeza de hablar con otros sobre el particular antes de preguntar si mi marido era capaz de degollarse.

En ese instante la admiré. Dorothy volvía a ser la de siempre, y Browne se sonrojó.

—Muy bien —dijo envarado, poniéndose de pie—. Esto es todo, de momento. Debo acercarme a palacio para reunirme con el forense real. —Se inclinó y se marchó.

Lo oímos bajar lentamente por la escalera.

—Viejo seboso —masculló Margaret.

Dorothy levantó la vista hacia mí. Había desesperación en sus ojos enrojecidos.

—No parece importarle —musitó—. Mi pobre Roger.

—Para él solo es un caso más —dije—; pero te prometo que seguiré de cerca sus pasos.

—Gracias. —Me puso la mano en el brazo.

—Y ahora debo bajar al despacho de Roger. Me encargaré de todo el trabajo que pueda. Siempre y cuando estéis de acuerdo.

—Sí, por favor —repuso Dorothy—. Ah, y alguien debe escribir a nuestro hijo. Hay que contárselo a Samuel. —Se le llenaron los ojos de lágrimas.

—¿Queréis que me ocupe de ello? —pregunté en voz baja.

—No debería pediros tal cosa. Yo…

—No. Haré cuanto pueda, Dorothy. Por vos. Por Roger.

Fuera, para mi alivio, vi que Barak observaba cómo subían a un carro el cadáver de Roger, envuelto aún en mi capa. Parecía abatido. Vi que llevaba una capa oscura que reconocí.

 

—¿Encontraste la capa de Roger? —inquirí.

—Sí. En el manzanar. Pensé que debía de ser la suya, a juzgar por la talla.

Sentí un escalofrío; echaba de menos mi propia capa.

—¿Seguiste las huellas?

—Hasta donde pude. Me llevaron a través del huerto hasta los jardines del Colegio de Lincoln, pero allí la nieve ya se había fundido.

—¿Llevaba algo en los bolsillos?

—Una copia de las llaves de la casa. El asesino debió de quedarse con la llave del huerto. Y su bolsa… había casi dos libras dentro.

—¿Encontraste alguna documentación? ¿Notas?

—Nada.

—Anoche se citó con un nuevo cliente en una taberna que hay en Wych Street.

Barak observó el muro.

—Pues debieron de traerlo desde algún punto situado en los jardines del Colegio de Lincoln. Es un buen trecho para llevar un cuerpo a cuestas —dijo, y me miró, ceñudo—. ¿Qué diantre está pasando?