Revelación

C. J. Sansom · Capítulo 32 de 48

Páginas del PDF

Revelación

Capítulo 32

 

G uy cabalgó con nosotros de regreso a Smithfield. Allí tomó el camino que partía a la izquierda, en dirección a Londres, momento en que se despidió de nosotros con la mano.

—¿Os veré mañana por la mañana en Bedlam, Matthew? Yo llegaré a las nueve.

Acordé reunirme con él allí al día siguiente, y luego lo vimos alejarse, inclinado en su montura, de vuelta a la ciudad.

—Veamos, Matthew. ¿Qué es eso que habéis deducido? —preguntó Harsnet—. ¿Qué contienen esas cajitas que lleva Barak?

Compartí con ellos mi teoría. Lockley no nos había contado toda la verdad. Tampoco el deán lo había hecho, y cabía la posibilidad de que Cantrell también se hubiese callado esa parte de la historia.

—Quizá tendríamos que hablar primero con Cantrell —sugirió Barak—. Para ver si puede confirmarlo.

—Ya habrá tiempo de hablar con él —replicó Harsnet—. Quiero encararme con el deán.

—Podrías irte a casa, Jack. Pasar un rato con Tamasin —sugerí.

—No, quiero llegar al fondo de este asunto —dijo, negando con la cabeza. Me miró y vi que, al igual que a Harsnet y a mí, lo que le habían hecho a la señora Bunce lo había conmocionado profundamente—. Ojalá hubiésemos sido capaces de salvarla.

 

Continuamos hasta Westminster. Era sábado; tanto el Parlamento como los tribunales estaban cerrados, así que no había mucha gente en los alrededores. Los tenderos y los buhoneros nos observaron al pasar, y uno o dos intentaron llamar nuestra atención, pero no hicimos caso. En Sanctuary pasamos por delante de un carro cargado con tablones de madera recién talada. El olor dulzón a resina impregnaba la atmósfera viciada de la ciudad. Aunque encontramos cerradas las puertas de la catedral, oímos el sonido de los cánticos procedente del interior, ya que sin duda el coro se preparaba para el servicio religioso.

—Me pregunto dónde estará el deán —dije.

—Iremos a su casa.

Cabalgamos hasta Dean’s Yard y franqueamos la muralla hasta el patio de la abadía, donde volvimos a atar los caballos frente a la casa antigua que se alzaba entre el caos de las obras de construcción de los edificios colindantes. Tras preguntar al mayordomo, averiguamos que el deán Benson estaría ocupado todo el día en la catedral. Harsnet redactó un mensaje, en el que solicitaba que nos atendiera en un asunto urgente que podía concernir a su propia seguridad.

—Así seguro que nos atenderá —dijo cuando el mayordomo se hubo alejado a buen paso, tras acomodarnos en el recibidor.

Al cabo de un rato oímos pasos en el sendero del jardín. El deán entró en la casa. Estaba jadeando; debía de haberse puesto en camino en cuanto recibió el mensaje. Nos miró airado.

—Por el amor de Dios, ¿puede saberse qué pasa ahora? —preguntó—. ¿A qué viene eso de que corro peligro?

—¿Podemos hablar en vuestro despacho? —preguntó Harsnet.

—De acuerdo. —El deán suspiró y nos condujo por el corredor. Apenas había dado unos pocos pasos cuando giró en redondo y miró a Barak, quien cargaba con las cajitas de Lockley—. ¿Y os habéis propuesto incluir a vuestro sirviente en la entrevista? —preguntó con arrogancia, dirigiéndose a mí.

—Esta vez Barak nos acompañará, en efecto —intervino Harsnet, mirando al deán a los ojos. Así habíamos acordado de antemano que sería—. Tiene algo que mostraros.

El deán reparó en las cajitas que llevaba Barak, se encogió de hombros y siguió caminando.

En cuanto entramos en su despacho, Harsnet puso al corriente al deán Benson del asesinato de Ethel Bunce, de la desaparición de Lockley y del ataque sufrido por Cantrell.

—De modo que ya veis, deán, que el asesino parece haber centrado la atención en quienes tuvieron relación con la enfermería —concluyó.

—¿Por qué iba eso a ponerme en peligro? —El deán observó las cajas que Barak tenía sobre el regazo, y de pronto contuvo una exclamación. Comprendí que había intuido lo que contenían.

—Hubo una conexión entre vos y ellos —expliqué—. Estoy convencido de que iba más allá del mero hecho de que vos representabais la autoridad superior tanto en la enfermería de los monjes como en el hospital laico. Creo que eso es lo que nos habéis estado ocultando.

Barak abrió las cajas y las dentaduras postizas quedaron al descubierto. A juzgar por el modo en que abrió los ojos el deán y se recostó en la silla, comprendí que mis sospechas eran acertadas.

—Permitid que os cuente lo que creo que pasó —continué—. Goddard solía administrar la belladona, un soporífero potente y muy peligroso, para dejar inconsciente a sus pacientes al realizar las intervenciones. Entretanto, los ricos adoptaron la moda de llevar dientes falsos clavados en una pieza de madera. Los dientes suelen obtenerse de jóvenes saludables, y de ser posible con la dentadura completa. Hace poco, la mujer de maese Barak tuvo que arrancarse un diente, y el sacamuelas le ofreció sacárselos todos a cambio de una buena suma de dinero.

—¿Todo esto que contáis tiene algún objeto? —me interrumpió el deán, furibundo pero incapaz de apartar la vista de las cajas.

—No sé cuán a menudo visitáis ya las partes abandonadas del monasterio antiguo, pero me he cruzado en dos ocasiones con un mendigo que sigue introduciéndose en el recinto, y que aprovecha la presencia de cualquier persona dispuesta a escucharle para preguntarle si ha visto dónde están sus dientes, pues no conserva uno solo en la dentadura. Por supuesto, no está en su sano juicio, pero me pregunto qué pudo empujarlo a la locura. ¿Algo que le hicieron aquí? ¿Quizá le sacaron los dientes, aprovechando los efectos de la belladona? Tal vez compararon su tamaño con una de las cajas que encontramos en el baúl de Lockley. Uno de los motivos de que los sacamuelas tengan tantas dificultades para que la gente se preste a que les extraigan los dientes, a pesar del dinero que ofrecen, es que se trata de una operación dolorosa. Pero a los indigentes que acudían a este lugar para que se les tratara una enfermedad podían suministrarles una dosis de belladona para que el proceso fuera indoloro.

Se hizo el silencio en la estancia. En ese momento, se oyeron los estruendosos martillazos de las obras, y el deán sufrió un sobresalto. Antes de hablar, llenó de aire los pulmones.

—Si Goddard y Lockley, y, por lo que yo sé, Cantrell, estaban conchabados en la enfermería con algún fin, yo no estaba al corriente de ello. ¿Y qué tiene eso que ver con la búsqueda que lleváis a cabo del paradero del asesino?

—Tenemos que saberlo todo, deán. Y por el modo que habéis mirado esas cajas, está claro que todo esto no es nuevo para vos.

Un segundo martillo se sumó al primero. El deán cerró los ojos.

—Ese ruido —dijo para sí—. No acaba nunca. ¿Cómo se supone que voy a poder pensar? —Abrió de nuevo los ojos. Nos miró a los tres y respiró hondo—. Os felicito, procurador Shardlake. Sí, tenéis razón. Hace cuatro años, en mil quinientos treinta y nueve, descubrí que Goddard estaba proponiendo a los pacientes del hospital laico que vendieran sus dentaduras. Por aquel entonces, la moda de las dentaduras postizas estaba en sus comienzos, y había llegado a un acuerdo con un barbero-cirujano de Westminster, un hombre llamado Snethe, cuyo negocio se anuncia con el letrero de Bloody Growth. Compra dientes, y también otras cosas, por lo que he oído. —Hizo una breve pausa antes de continuar—. Lockley trabajaba con Goddard. Entonces, todo el mundo sabía que los monasterios no tenían futuro y muchos de los monjes intentaban asegurarse la situación económica de varios modos. Ese fue el modo que escogió Goddard, porque estaba decidido a conservar su posición cuando se clausurara el monasterio. Supongo que Lockley se gastaría su parte en bebida.

—¿Cómo averiguasteis todo esto?

—Me lo contó el joven Cantrell. Trabajaba en la enfermería de los monjes y se entrometía poco, o nada, en los asuntos del hospital laico, pero descubrió qué sucedía porque una vez escuchó una conversación entre Goddard y Lockley. Goddard le dijo que guardara silencio o sufriría las consecuencias, pero Cantrell sospechaba que una o dos de las personas que Goddard y Lockley dejaron inconscientes nunca volvieron a despertar.

—Cantrell —dije—. La sola mención del nombre de Goddard bastaba para aterrorizarlo.

—Lord Cromwell me había instruido para que tomara buena nota de cualquier escándalo que pudiera producirse, para utilizarlo en caso de que fuera necesario presionar a los monjes y obligarlos a rendirse —prosiguió Benson—. Sí, y vosotros también trabajasteis para él, de modo que no tenéis motivos para mostraros tan virtuosos conmigo. Me ordenó que les dejara continuar con lo que hacían, de tal forma que pudiésemos tenderles una trampa llegado el momento, convertirlo en un escándalo. Pero, al cabo, prefirió que se clausurase el monasterio sin armar alboroto, sin escándalo alguno, porque eso era lo que el rey quería. Y eso es lo que yo logré.

—¿Llegó Goddard a saber que Cantrell lo había delatado?

—No. Nunca tuve que decirle que lo sabía.

—¿De manera que aún pudo morir más gente? —inquirió Harsnet.

—Es posible. Yo cumplía órdenes de lord Cromwell. Como bien sabéis, nadie las desafiaba a la ligera. —Se inclinó sobre el escritorio, recuperada la confianza en sí mismo—. Y al rey no le gustaría saber de un escándalo en Westminster, ni siquiera a estas alturas. Obedecí a lord Cromwell porque él ostentaba entonces el poder, aunque no sentía la menor inclinación por su radicalismo extremo en materia de religión. Además, era consciente de que algún día iría demasiado lejos y sus enemigos del Consejo Privado lo derribarían. Eso es lo que sucedió. Y ahora se nos avecina una época de cambios, una época más razonable.

—De modo que dejasteis que os meciera el viento —afirmó Harsnet.

—Mejor dejarse mecer por el viento que acabar arrastrado por él, como les ha sucedido a muchos. —Benson señaló al forense con uno de sus rollizos dedos—. El rey no sabe nada de esto, ¿verdad? Me refiero al asesino al que estáis buscando. He hecho algunas averiguaciones muy discretas, no os preocupéis. Al rey no le haría la menor gracia saber que el arzobispo Cranmer le ha estado ocultando cosas, no en estos tiempos en que se alzan tantas voces en su contra. —Se volvió hacia mí—. Vuestra investigación se ha estancado, ¿no es así? Parecéis preso de una pegajosa telaraña, maese jorobado. No querríais importunar por segunda vez al rey.

Harsnet se volvió hacia mí, pasando por alto los comentarios de Benson.

—¿Esto adónde nos lleva? ¿Es el asesino algún antiguo paciente suyo?

—Lo dudo —respondí—. Todos ellos eran gente humilde, falta de medios. Sin embargo, existe una relación, tiene que haberla.

—Es Goddard —opinó Harsnet—. Escoge a las víctimas entre sus conocidos. — Miró al deán—. ¿Nos lo habéis contado todo?

—Absolutamente todo. Tenéis la palabra del deán de Westminster.

—Ya sabemos qué valor tiene vuestra palabra, señor —replicó Harsnet con desprecio.

Benson le miró fijamente, para después volverse hacia mí.

—¿Puedo considerarme a salvo? —preguntó.

—No creo que corráis peligro —respondí—. Hasta el momento, las cinco víctimas estaban relacionadas con el radicalismo religioso, pero se distanciaron de él. Vos siempre fuisteis un oportunista —me atreví a añadir.

—Oportunista, no, sino pragmático, tal como os he dicho antes, maese jorobado.

 

—Apenas hemos progresado —dije una vez nos hallamos en el patio.

—Al menos ahora sabemos cuán crueles y despiadados podían llegar a ser tanto Lockley como Goddard. ¿Por qué no nos lo confesó Benson antes? Sabe que, cuente lo que cuente, es intocable —comentó Harsnet con amargura.

No respondí. Estaba convencido de que la agresividad con que Harsnet había tratado al deán desde nuestra primera entrevista no nos había servido precisamente de ayuda. Se había dejado arrastrar por la antipatía que le inspiraba. A veces, cuando uno trata con animales políticos, es menester disimular y fingirse afable, tal como hacen ellos.

—¿Y por qué Cantrell tampoco quiso contárnoslo? —preguntó.

—Creo que tenía demasiado miedo. Además, lo cierto es que no le sirvió de gran cosa contárselo a Benson en su momento. Será mejor que vayamos a ver qué puede decirnos. Podemos dejar los caballos aquí mismo. —Señalé la puerta que había en la muralla que llevaba a Dean’s Yard—. Allí, allí es donde vive. Aunque quizá sería más adecuado decir «existe».

Cruzamos el camino hasta la ruinosa entrada de la antigua carpintería.

—No veo ningún guardia —señaló Harsnet.

—Conociéndolo, es perfectamente posible que haya rechazado la protección.

—En tal caso, habrá que imponérsela.

—En eso estamos de acuerdo.

Llamamos a la puerta. Al cabo de un momento, Cantrell la abrió.

—Vos otra vez, señor —dijo sin el menor entusiasmo. Miró a Harsnet—. ¿Quién es este?

—Soy el ayudante del forense de Londres —se presentó Harsnet, bastante templado para lo que solía ser habitual en él—. Maese Shardlake trabaja conmigo. Queríamos ver cómo os iba. Esperábamos ver apostado un guardia en la casa.

—Está detrás.

—¿Podemos entrar?

Seguí a Cantrell por el húmedo corredor, mientras el joven seguía a su vez al forense hasta el salón. El lugar conservaba su olor a humedad, y vi que habían sustituido el cristal de la ventana que daba al patio. Fuera, un hombre fornido que llevaba una espada al cinto permanecía sentado en una caja de madera, comiendo pan y queso. Cantrell lo señaló con un gesto.

—Insistió. No quiero a nadie dentro de mi casa, pero puede quedarse ahí el tiempo que quiera.

Miré alrededor. Había un plato roto en el suelo, junto a la mesa, y los restos de un caldo se filtraban entre los tablones.

—Mi cena —dijo Cantrell—. Se me cayó al suelo cuando llamasteis a la puerta. Intenté dejarla en la mesa, pero no acerté.

—Deberíais permitir que os visitara un médico —dije—. ¿Recordáis que os hablé de un médico conocido mío que no os cobraría nada? —Tomé la decisión de satisfacer yo mismo los honorarios de Guy. Si podía hacerlo por Bealknap, ¿por qué no iba a hacer lo mismo por el pobre Cantrell?

El joven me miró. Me pregunté qué aspecto tendrían sus ojos sin las lentes, qué enfermedad los aquejaba. Guardó silencio unos instantes.

—Me temo, señor… que diría que me estoy quedando ciego.

—O quizá llegaría a la conclusión de que unas lentes nuevas os serían de ayuda. Permitid que os concierte una cita.

—¿Cuánto tiempo voy a seguir teniendo a ese hombre protegiéndome? — preguntó de malos modos.

—Quizá sea necesario que siga aquí un tiempo —respondió Harsnet—. Tengo que contaros que Francis Lockley ha desaparecido y que la mujer con quien vivía amancebado ha sido asesinada. El hombre que entró aquí a la fuerza… ¿Creéis posible que se tratara de Lockley?

Cantrell se quedó boquiabierto.

—No, no fue Francis. Era bajo, y el hombre que entró aquí era alto. El doctor Goddard era un hombre alto.

—El procurador Shardlake mencionó que le habíais contado que tenía un enorme lunar en un lado de la nariz.

—Así es.

—Y también tendrá un corte en la cabeza, después del golpe que le disteis con el garrote —añadió Barak en tono aprobador.

—No lo sé, no lo sé —dijo Cantrell con repentino malhumor—. ¿Por qué tenéis que venir todos aquí a hacerme tantas preguntas? No entiendo lo que está pasando. Solo quiero que me dejéis en paz.

Harsnet lo miró un momento sin decir nada hasta que le llamó la atención.

—Venimos de ver al deán Benson —dijo—. Nos contó todo lo relacionado con el plan de Goddard y Lockley de extraer los dientes de los pacientes, aprovechando los efectos de la belladona. Nos contó que vos le informasteis de ello.

—¿Por qué no me lo dijisteis antes? —pregunté a Cantrell.

Cantrell se encogió de hombros en el taburete, gesto que daba fe de un cansancio absoluto.

—¿Esa es la razón por la que el doctor Goddard anda detrás de mí? —preguntó

—. ¿Por haber hablado?

—El deán Benson no llegó a hablar de ello con Goddard —dije—; pero ¿por qué no me lo contasteis?

—De mucho me sirvió la primera vez que lo confesé —repuso en tono irónico—. Siempre sospeché que el doctor Goddard intuía lo que había hecho, aunque nunca me lo dijo de forma abierta. Simplemente, después de mi entrevista con Benson su lengua se volvió más afilada, si cabe. —Dejó escapar un profundo suspiro—. Hacer el bien no sirve de nada. Es mejor que a uno lo dejen en paz. —Levantó la vista hacia nosotros con aquellos ojos vidriosos que se intuían tras las lentes—. No solo les quitaban los dientes a los pacientes, ¿sabéis? Corrió la voz entre los mendigos y los vendedores ambulantes de que era una forma indolora de obtener dinero para los jóvenes que tuvieran buena dentadura, así que la enfermería empezó a llenarse de pacientes sanos —añadió, y no pude evitar pensar en la atractiva joven que había visto el día anterior—. El doctor Goddard tenía dónde escoger. Siempre me sorprendió que nadie con autoridad cayera en la cuenta de lo que se traían entre manos esos dos, porque todos los mendigos lo sabían. Pero nadie se para a pensar en ellos, ¿verdad? —Agachó la cabeza y guardó silencio de nuevo.

—Debo intercambiar algunas impresiones con el guardia. —Harsnet miró a Cantrell, hizo un gesto de negación y salió por la puerta trasera. Habló brevemente con el guardia y regresó al salón—. No ha habido nada sospechoso que llamara la atención de nuestro hombre, pero no le satisface la idea de que no lo dejéis entrar en la casa. Según parece, tiene incluso que dormir en el cobertizo, que está lleno de herrumbrosos útiles de carpintero. ¿Por qué no lo dejáis entrar, buen Cantrell?

—Solo quiero que me dejen solo —repitió el joven.

Temí que rompiera llorar. Apoyé la mano en el brazo de Harsnet, y este me siguió fuera del salón. Ya en el umbral, me volví hacia Cantrell.

—Hablaré con mi amigo el médico. Os concertaré una cita con él —aseguré.

Pero no respondió. Siguió sentado, contemplando los tablones que había en el suelo.

 

Una vez fuera, Harsnet dijo:

—Cómo olía ese lugar. ¿Habéis visto lo sucia que tiene la ropa? —Sí, está en un estado lamentable. Pobre hombre.

—Tiene todo el aspecto de tomar en breve el mismo camino de Adam Kite — opinó Barak.

—Si puedo lo ayudaré —dije.

—Vos ayudaríais a todos los locos de Londres. Al final os volverán tan loco como ellos.

—El procurador Shardlake solo desea ser útil —dijo Harsnet en tono de reproche, y al ver que me frotaba el brazo, porque había notado un repentino picor en la zona de la herida, inquirió—: ¿Cómo tenéis el brazo? Había olvidado preguntároslo.

—Mucho mejor, aunque acaban de quitarme los puntos. Espero que el guardia sea diligente. No querría perder también a Cantrell.

Harsnet me observó, y reparé en ese momento en que coincidía con Barak al pensar que me estaba involucrando demasiado en los problemas del antiguo monje.

—Es competente. Es el último hombre de que dispongo. Si necesitamos más, tendremos que confiar en sir Thomas Seymour. —Suspiró—. Aunque al final se hará la voluntad de Dios.

 

Harsnet regresó a su despacho de Whitehall, y Barak y yo cabalgamos de vuelta a casa por el Strand. Era última hora de la tarde y las sombras se alargaban.

—¿Qué diantre sucedió anoche en la taberna? —preguntó Barak—. ¿Acaso es Lockley el asesino, y matar a su mujer formaba parte del plan? De ser así, digo yo que la habría dejado para el final, que le habría reservado el papel de séptima víctima, para evitar revelar su identidad tan temprano.

—No puedo imaginármelo en el papel de asesino. No tiene esa inteligencia fría y calculadora que por fuerza tiene que poseer nuestro hombre. A menos que sea muy buen actor. Guy opina que el asesino podría estar actuando la mayor parte del tiempo, que podría estar aparentando ser una persona normal. —Negué con la cabeza—. Pero ¿cómo iba Lockley a saber lo suficiente de leyes, para redactar, al menos, la carta que recibió Roger?

—No lo sé. Sin embargo, tampoco me da la impresión de que sea Goddard. Por alguna razón, no me encaja.

—En eso estamos de acuerdo. El doctor Goddard se nos dibuja cada vez con mayor claridad como alguien interesado en el dinero y la posición social, no parece imbuido de un gran sentimiento religioso.

—Al contrario que nuestro hermano puro, el forense Harsnet —comentó Barak con una sonrisa.

—No es tan malo. Posee algunas cualidades buenas.

—Le encantaría convertiros. Hacer de vos un hombre piadoso. —Soltó un bufido —. ¿Cómo iba nadie a creer en un Dios misericordioso después de todo lo que hemos visto en la taberna?

—Supongo que algunos dirían que Dios da libre albedrío al hombre, quien por tanto es libre de abusar del mismo, por lo que él, y solo él, es el culpable, no Dios.

—Intentad explicarle eso a la señora Bunce.

Cuando tomamos Chancery Lane, recordé que me había comprometido a ver cómo se encontraba Adam Kite. Además tenía que pedir a Guy que visitase a Cantrell. Comprendía los temores del joven. ¿Y si Guy le decía que iba a terminar irremediablemente ciego?

Llevamos los caballos al establo y luego entramos en casa. En cuanto abrí la puerta, Joan bajó a toda prisa por la escalera.

—Ha venido Margaret, la doncella de Dorothy Elliard, a traeros un mensaje —me informó.

—¿Le ha sucedido algo? —De pronto tenía el corazón en un puño.

—No. Ella está bien, pero tiene a maese Bealknap en su casa. Según parece, se desmayó al pasar por delante de su puerta. Margaret dice que se halla al borde de la muerte.

—¿Bealknap? —pregunté, incrédulo—. Pero si apenas conoce a Dorothy…

—Ese era el mensaje, señor. Margaret vino hace media hora a pediros que os acercarais en cuanto regresarais.

—Iré ahora mismo.

Salí y me dirigí a buen paso al Colegio de Lincoln. Llegué cuando ya oscurecía y se encendían las velas tras las ventanas. Margaret me hizo entrar; la vi muy inquieta.

—¿Qué sucede? —pregunté.

—Oí llamar a la puerta a primera hora de la tarde, señor, y cuando respondí encontré a ese hombre vestido con toga de abogado, desmayado en la puerta. La señora ordenó al cocinero que lo llevara a la cama. Dijo que vos le conocíais…

—Estoy aquí —nos informó Dorothy desde el salón.

—Será mejor que vuelva a cuidarlo, señor —dijo Margaret—. Está muy mal.

Se marchó y entré en el salón, donde Dorothy se encontraba de pie junto al fuego, estudiando la parte descolorida del friso de madera.

—A ver cuándo me ocupo de que alguien rehaga esta sección del friso. No lo repararon bien, y me pone enferma verlo cada vez que paso un rato aquí. —Estaba pálida, y comprendí que se esforzaba por controlarse—. Gracias por venir, Matthew.

—¿Qué ha pasado? ¿Qué hace aquí Bealknap?

—Margaret lo encontró en el suelo, ante nuestra puerta. Pedía ayuda. Margaret me avisó. Estaba ahí tumbado, blanco como el papel, jadeando.

Percibí un leve temblor en su voz, y en ese momento caí en la cuenta de que todo aquello debía de haberle recordado a Roger, tendido junto a la fuente. «Maldito sea Bealknap», pensé.

—Margaret me ha contado que ordenasteis al cocinero que lo llevara a la cama.

—¿Qué otra cosa podía hacer? —repuso, extendiendo las manos—. Nos dijo que se estaba muriendo y me pidió ayuda. Aunque apenas lo conozco, congenio tanto con él como podáis hacerlo vos.

—Es consciente de que una mujer no lo rechazaría —dije con ceño—. Iré a ver qué quiere.

—Matthew, no seáis demasiado duro —me rogó Dorothy—. Creo que está muy enfermo.

—Eso ya lo veremos.

 

Habían dejado a Bealknap en un dormitorio; a juzgar por la raqueta de tenis diminuta, propia de un escolar, que había encima de un baúl, supuse que se trataba de la antigua habitación de Samuel. Margaret permanecía inclinada sobre la cama, intentando que Bealknap bebiera algo de una taza. Yacía con el blusón puesto. Me sorprendió el mal aspecto que tenía, pues a la luz de la vela que ardía en la mesilla situada junto al lecho costaba distinguir la palidez de su rostro de la blancura de la almohada. Sin embargo, estaba consciente. Al verme entrar me miró con ojos desorbitados.

Margaret se volvió hacia mí. Estaba angustiada. También ella había visto el cadáver de Roger.

—Intento que beba un poco de cerveza caliente —dijo.

—Quiero estar a solas con él.

Dejó la taza y abandonó la estancia. Miré a Bealknap. Era extraño verlo tan cerca, y tan indefenso. Tenía el cabello enmarañado, y le raleaba tanto que en la coronilla se adivinaba una calva. Alrededor de la boca tenía restos de la bebida que Margaret se había empeñado en darle. Estaba desamparado, y a juzgar por su mirada era consciente de ello.

—¿Por qué habéis venido aquí? —pregunté—. Ya sabéis cuánto han sufrido en esta casa.

—Sabía que… la señora Elliard… seguía aquí —explicó con voz entrecortada y débil, entre jadeo y jadeo, pues su respiración era trabajosa—. Sabía de su amabilidad. No tengo a nadie… más que pueda ayudarme.

—Cualquiera ayudaría a un colega abogado que está al borde del colapso.

—A mí no. Todos me odian. —Suspiró y cerró los ojos un instante—. Estoy acabado, Shardlake. No puedo comer, no retengo los alimentos. El doctor Archer dijo que pasarían los efectos de la última purga, pero no lo han hecho. Y a veces sangro, sangro ahí abajo.

—Me encargaré de que el doctor Malton venga a visitaros aquí —dije, resignado.

—Creo que es demasiado tarde. Se me enturbia la visión y me siento a punto de desmayarme a cada instante. —No sin un esfuerzo considerable, sacó la huesuda mano de debajo de la sábana para aferrarme la muñeca. Intenté no retroceder ante lo inesperado de aquel ademán—. Nunca he creído en Dios —susurró, observándome con su mirada agónica—. Desde que era niño. El mundo es un campo de batalla, dividido en presas y depredadores. Las reglas y las convenciones de la ley no hacen más que disimular ese hecho. Pero ahora tengo miedo. Los católicos dicen que si confiesas tus pecados y te arrepientes llegado el final, Dios te acoge en el cielo. Necesito un sacerdote, a uno de los de antes.

Aspiré aire con fuerza.

—Haré que venga ahora mismo el doctor Malton, y seguramente conocerá un sacerdote que pueda confesaros. Pero creo, Bealknap, que con un tratamiento adecuado saldríais de esta. Entretanto, haré que Margaret cuide de vos. —Me dispuse a marcharme, pero seguía cogiéndome la muñeca con fuerza sorprendente.

—Vos creéis, ¿verdad? —preguntó.

—Desde hace un tiempo no tengo… la certeza —respondí tras titubear.

Pareció sorprendido.

—Siempre pensé que erais creyente. Con toda esa preocupación vuestra por las normas y la ética, el modo en que siempre me mirabais como si fuera alguien indigno, pensé que erais uno de esos hombres píos.

—Pues ya veis que no.

—Entonces ¿por qué me ayudáis ahora? ¿Por qué me odiáis? En ocasiones me he portado muy mal con vos. Lo hacía porque me mirabais como si fuera un piojo, en lugar de un hombre. —Un repentino destello de ira iluminó sus ojos claros.

—A pesar de todo, sois un ser humano.

Bealknap pareció meditar aquella respuesta. Se mordió el labio inferior, mostrándome unos dientes largos y amarillentos.

—Puede que el sacerdote no llegue… a tiempo —dijo—. Al menos, dejad que os cuente un pecado… que os cuente lo que hice. Aunque no sé por qué me lo pidió…

—¿A qué os referís, Bealknap? Todo eso que decís no tiene ningún sentido.

Cerró los ojos antes de continuar.

—Fue hace casi dos semanas. Después de que me hicierais perder el caso relacionado con ese granjero. Al día siguiente, un hombre vino a verme a mi despacho. Se llama Colin Felday. —Hizo una pausa para recuperar el aliento—. Es notario, y frecuenta Sanctuary, en Westminster, en busca de clientes; yo soy uno de los abogados de quienes se sirve. No es un hombre honesto, sino más bien es uno de esos a quienes vos desaprobaríais. —Intentó reír, pero acabó tosiendo. Abrió de nuevo los ojos, superado por el miedo y el dolor—. Dijo que tenía un cliente que estaba dispuesto a pagar una buena suma a cambio de toda la información relativa a vos que pudiera proporcionarle.

—¿Qué clase de información?

—Cualquiera que pudiese darle. Acerca de vuestros hábitos y costumbres, dónde vivíais. Incluso la clase de persona que sois. Y también todo lo relativo a vuestro sirviente, Barak. Le conté que erais un mojigato amargado por vuestra joroba, y un abogado tozudo como un condenado terrier. También le dije que no erais estúpido. — Intentó reír de nuevo—. Ay, no, eso jamás.

Lo miré fijamente. Tenía que ser el asesino. Tenía que serlo. Así era como se las había ingeniado para averiguar cosas sobre mí; ese notario era quizá el mismo que había enviado la carta a Roger.

—¿Quién es el cliente de Felday? —pregunté entonces—. ¿Cómo se llama?

—Dijo que no podía darme esa información. Solo que no os deseaba ningún mal. Me bastó con eso. —Había ira en su mirada. Quizá se trataba de una confesión, pero comprendí que no estaba verdaderamente arrepentido; era solo el miedo que sentía ante la proximidad de la muerte.

—Creo que el cliente de Felday ha asesinado a cinco personas —dije—. Lo he estado persiguiendo. Y él ha estado persiguiéndome a mí. Me hirió en el brazo con un cuchillo, y dio una buena paliza a la esposa de Barak.

Bealknap cerró los ojos.

—No sabía nada de eso. Nadie puede culparme por ello.

Sonreí al ver reaparecer al viejo Bealknap; de algún modo, supe entonces que sobreviviría.

—¿Dónde vive Felday? —pregunté.

—En una buhardilla junto a la catedral. En Addle Hill.

—Haré que venga Guy —dije—. Y pediré un sacerdote.

Bealknap asintió débilmente, pero no volvió a abrir los ojos. La confesión lo había dejado exhausto, o quizá se sentía incapaz de mirarme a la cara. Lo dejé ahí tumbado y cerré la puerta en silencio al salir.

 

Encontré a Dorothy sentada en la silla que había junto al hogar. Margaret le hacía compañía. A juzgar por su aspecto, ambas estaban agotadas.

—Margaret —dije—, ¿tendrías la amabilidad de volver a su lado? Creo que si logra ingerir líquido se pondrá mejor.

—¿Va a morir? —preguntó sin rodeos Dorothy en cuanto Margaret abandonó el salón.

—No lo sé. Desde luego él cree que sí. Le pediré a Guy que venga a verlo. Bealknap también quiere un sacerdote, para confesarse.

Ella soltó una risa carente de alegría.

—Jamás pensé que Bealknap sería de los que conservan las antiguas creencias.

—Imagino que para él es una especie de seguro —dije, negando con la cabeza—. Es un hombre peculiar. Se comenta que en su casa guarda un enorme baúl lleno de oro. Pero no tiene esposa ni amigos, solo enemigos. ¿Qué le llevaría a ser así?

—¿Quién sabe? —respondió ella—. En fin, espero que sobreviva. Desde luego, no quiero que haya más muertes aquí. Gracias por venir, Matthew —añadió con una sonrisa—. Margaret y yo… no sabíamos qué hacer. Ni siquiera éramos capaces de pensar.

—Eso es comprensible, dadas las circunstancias.

—Al menos permitidme que os dé de cenar —propuso Dorothy poniéndose de pie —. Estoy segura de que hoy no habéis probado bocado.

—No. Debo encargarme de algo que no puede esperar.

—¿Está relacionado con esos asesinatos?

—Sí. Se trata de una posible pista.

Se acercó a mí, me cogió de la mano y se quedó mirándola.

—Habéis soportado una gran tensión. Se os ve más cansado que nunca.

—Creo que podríamos estar cerca de resolver el caso.

—Cuando vi a ese Bealknap tirado en la puerta, tan pálido, recordé todo lo sucedido. La primera vez que vi el cadáver de Roger…

De pronto rompió a llorar y hundió el rostro entre las manos. No pude contenerme más y la abracé.

—Oh, Dorothy, pobre Dorothy…

Ella levantó hacia mí su rostro bañado en lágrimas y me miró a los ojos. Sentí que, si la besaba, correspondería a mi beso, pero entonces pestañeó y retrocedió un paso con una sonrisa melancólica en los labios.

—Pobre Matthew —dijo—. Yendo de un lado a otro para ayudarme.

—Haré por vos cuanto sea necesario en todo momento.

—Lo sé —respondió ella con un hilo de voz.

Me incliné y salí de la casa. Hice un alto en la entrada, sobrecogido de pronto por la emoción. Ella sentía algo por mí, de eso estaba seguro. Volví la vista hacia Gatehouse Court. Estaba oscuro, solo había luz en algunas ventanas. Aspiré aire con fuerza y eché a andar a buen paso en dirección a mi casa. Enviaría a Peter a buscar a Guy, porque Barak y yo teníamos otra misión: dar con Felday. El corazón, que ya me latía con fuerza, me retumbaba en los oídos y me temblaban un poco las piernas al pensar que quizá, por fin, habíamos hallado un modo de dar con el asesino.