Revelación

C. J. Sansom · Capítulo 17 de 48

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Revelación

Capítulo 17

 

A brí la puerta y ayudé a Tamasin a entrar. La conduje a oscuras hasta una silla de mi despacho, y luego regresé al antedespacho. Cerré la puerta principal y con mano temblorosa encendí una cerilla para reavivar el fuego. Después, con la misma cerilla, encendí las velas de mi despacho. A medida que la luz amarillenta titiló en los rincones, vi que Tamasin seguía sentada donde yo la había dejado, con la barbilla hundida en el pecho. Se había quitado la cofia ensangrentada y la había dejado en su regazo. Serví una copa de vino fuerte y se lo acerqué a los labios. Le castañeteaban los dientes. Sentí una intensa ira hacia la persona que había golpeado su bello rostro; y también terror, puesto que podría haberle sucedido algo mucho peor.

Me senté frente a ella. Tomó un par de sorbos de vino, tosió y, de pronto, se llevó una mano a la boca. Al apartarla, tenía medio diente en la palma. Se quedó mirándolo con expresión absorta, pues aún estaba conmocionada. Tenía la cara magullada y un feo corte en una mejilla.

—Tamasin, lo siento —susurré.

Me miró a través de los párpados hinchados.

—¿Por qué? No es culpa vuestra —dijo con voz ronca.

—¿Hasta qué punto te ha puesto al corriente Jack del asunto que nos ocupa? — pregunté tras dudar por un instante.

—No sé nada. Solo que se trata de un asunto secreto. Temía que se tratase de nuevo de una cuestión relacionada con la política.

—Es algo incluso peor que eso. —Me puse en pie—. Tamasin, ¿sabes dónde está Jack?

La joven suspiró antes de responder.

—Supongo que estará por ahí haciendo de las suyas. En la taberna de la Cabeza del Turco, junto a Newgate, o en el Perro Rojo, cerca de la Vieja Barcaza. No vino a almorzar, luego llegó tarde y… discutimos, de modo que volvió a marcharse.

«Maldito sea», pensé.

—Voy a buscar al portero para que envíe a alguien a buscarlo, y a Guy también. Necesitas que te vea un médico.

—La cara… —dijo ella, asintiendo—, me duele mucho. —Me miró—. ¿Sabéis quién es ese hombre, el que me atacó?

—Temo que sea el mismo a quien estamos buscando. ¿Te atacó a la entrada?

—Sí. Se abalanzó sobre mí entre dos casas. Cuando me soltó conseguí ponerme de pie. Habría acudido al portero, pero no había luz en la caseta. Entré en el Colegio porque pensé que aquí estaría a salvo, y que quizá os encontraría trabajando hasta tarde…

—Había ido a ver a la señora Elliard —dije—. ¿Estás segura de que dijo que Jack y yo estábamos buscándolo?

—Sí.

Sentí que se me erizaba el vello de la nuca. El asesino sabía quiénes éramos Barak y yo, y también que lo estábamos buscando; pero ¿cómo?

—Mencionaste que tenía una voz peculiar.

—Sí. Rasposa. Gutural. Como si la estuviera forzando de algún modo.

—Gracias a Dios que me has encontrado aquí esta noche. Presta atención, Tamasin, voy a salir a despertar al portero. Cerraré la puerta.

—Tened cuidado, señor, ese hombre podría seguir ahí fuera.

 

Cogí la daga que guardaba en el escritorio y me la introduje en la manga. En la sala principal apagué las velas y permanecí por un instante mirando Gatehouse Court a través de la ventana con montante. Había luz en algunas de las ventanas de las plantas superiores. Las ventanas de Dorothy estaban apagadas. El patio se veía desierto. Respiré hondo, empuñé la daga y salí.

Crucé rápidamente el patio. Comprobé que la caseta del portero estaba a oscuras. Él o su ayudante tenían la obligación de vigilar la entrada de noche, pero sabía que a menudo se emborrachaban y se quedaban dormidos. Aporreé la puerta tan fuerte como pude. Al cabo de un minuto, abrió el portero. Era un soldado veterano, un tipo corpulento y rubicundo a quien el aliento le apestaba a cerveza. Le conté, sin entretenerme en los detalles, que habían asaltado a una mujer y que el agresor quizá anduviese por las inmediaciones, y le ordené que espabilara y despertase a su ayudante para enviarlo en busca de Barak y de Guy.

De regreso en el despacho hice lo que pude para ayudar a Tamasin, a quien llevé una jofaina de agua y un paño para que se lavara el rostro magullado.

—Jack tendría que haberse quedado conmigo —dijo—. Mira que dejarme sola, con el miedo que tenía. —La ira había reemplazado a la conmoción.

—Tamasin, dijiste que temías que pudiera haber alguien al otro lado de la puerta de vuestra vivienda.

—Estos últimos días, luego de que Jack se marchara, varias veces oí ruido de pasos en el rellano. Esta noche me acerqué a la puerta, agucé el oído y… percibí una respiración, como si al otro lado hubiera alguien con la oreja pegada a la puerta.

—¿Se lo habías contado a Jack?

—Dijo que eran imaginaciones mías. Pero esta noche oí los pasos de alguien que se alejaba. La puerta principal del edificio chirrió. Entonces todo quedó tan en silencio que no pude soportarlo más y salí corriendo de casa. Fui una estúpida.

El asaltante debía de haberla esperado fuera; quizá todas las noches aguardaba frente a la casa a que se le presentara la oportunidad. De nuevo me invadió una intensa sensación de horror. Debía de haber seguido a Tamasin hasta el Colegio de Lincoln. Y me había seguido a mí, puesto que había ido a verla en una ocasión. Tamasin se echó a llorar, y yo le puse la mano en un brazo. Daba la impresión de que aquella noche mi cometido consistía en consolar a mujeres inocentes, atormentadas por aquel animal.

 

Barak se presentó al cabo de media hora. El ayudante del portero lo había encontrado durmiendo en la taberna de Newgate. Entró a toda prisa, con los ojos abiertos como platos.

—¿Qué ha pasado? ¡Dicen que han herido a Tammy! —Se abalanzó sobre su mujer, pero cuando ella levantó la cabeza para encararlo con una expresión de ira en el rostro magullado, se detuvo en seco.

—Sí, Jack —dijo ella—. Fue el mismo tipo imaginario que había frente a nuestra puerta, mi imaginario asaltante, mi fantasma.

Jack se volvió hacia mí. Fue una de las escasas veces que lo vi desorientado. Le serví una copa de vino, le dije que se sentara y le conté lo sucedido. No apartó la vista de Tamasin, quien seguía mirándolo furibunda. Estaba muy enfadada.

—Jamás pensé que pudiera saber dónde vivimos —le dijo Barak a Tamasin—. O quiénes somos. ¿Cómo iba a pensar tal cosa? —Se volvió hacia mí—. ¿Y por qué lo ha hecho? ¡Es como si nos desafiara!

—Ya te comenté que también tenía la impresión de que me seguía alguien —dije.

—¿Creéis que se trata de alguien a quien conocemos? —preguntó Barak.

—No sé qué pensar. Tamasin, ¿pudiste verlo?

—No. Se arrojó sobre mí por detrás. Cuando empezó a golpearme, cerré los ojos. Era muy fuerte. Caí al suelo, y entonces me dio una patada y dijo lo que os he contado, que sabía que andabais buscándolo, pero que eso no le impediría llevar a cabo su misión.

—Eso lo aclara todo. Fue él. —Barak palideció.

—¿Quién? —preguntó Tamasin en un tono de voz agudo—. ¿A quién estáis buscando? ¿A quién ha matado?

Barak y yo cambiamos una mirada. Él asintió y le conté a Tamasin la historia de los tres asesinatos, el nexo de unión con el Libro de las Revelaciones y el encargo de Cranmer. Sin embargo, me cuidé mucho de compartir con ambos la teoría de Guy referente a los asesinos compulsivos, o el resultado de mis pesquisas acerca del caso Strodyr.

—Oh, Dios mío —se lamentó ella cuando hube terminado—. Pero entonces, si va buscando más víctimas, ¿por qué no acabó conmigo?

—Creo que no eres la clase de persona que él piensa asesinar para cumplir con su misión. El Libro de las Revelaciones dice que la cuarta copa hará sufrir a los hombres con ardor y fuego.

—¿De modo que solo buscaba amenazarnos? —preguntó Barak—. ¿Hacernos una advertencia?

—Eso creo. Jack, tú y Tamasin deberíais mudaros a mi casa. Esta misma noche. Estaremos más seguros juntos que separados. Y pediré a Harsnet que nos envíe a alguien, para vigilar. Mandaré otro mensaje.

—Es buena idea, Tammy —dijo Barak en tono amable.

—Sí —repuso ella con amargura—. Deja que tu amo me proteja. —De nuevo rompió a llorar. No era propio de Tamasin. Lo sucedido había colmado su paciencia.

Urgí con un gesto a Barak a que la consolara. Pero Barak también se había enfadado ante aquel insulto a su hombría.

—No es justo —replicó—. Si llego a saber que ese hombre era real… Es que has tenido tantas fantasías…

Fue lo peor que podría haber dicho. Ella se incorporó a medias. Por magullada que estuviese, creo que se habría arrojado sobre él si en ese momento no se hubiese oído un golpe en la puerta, el cual bastó para sobresaltarnos. Fui a abrir. Allí estaba Guy, muy alarmado a juzgar por su expresión.

—Matthew —dijo—. Ha venido un hombre a traerme una nota ilegible según la cual habían asaltado aquí a una mujer.

—Entrad, Guy —le pedí tras lanzar un suspiro—. Habéis llegado en el momento preciso.

 

Guy curó las heridas de Tamasin. Además de magulladuras en la cara, tenía un diente roto y una costilla fracturada. Debería guardar cama una semana, pero me alivió oír que no sufriría daños permanentes, aparte del diente partido, que por suerte no era de los más visibles. Guy dijo que le recomendaría un sacamuelas que le extrajera los restos de la pieza.

—Iré a recoger algunas cosas a la Vieja Barcaza —informó Barak mientras Guy aplicaba unos ungüentos calmantes en la cara de Tamasin—. ¿Podréis acompañar a Tammy a vuestra casa, señor?

—Lo haré. —Lo seguí al antedespacho. Una vez allí, lo cogí del brazo—. Si no la consuelas, tendrás que aceptar tu parte de culpa en lo que sea que se haya torcido entre vosotros, y la perderás —susurré en tono de enfado.

Él se sacudió mi mano de encima y me miró con los ojos muy abiertos.

—Dejad que me ocupe yo de los asuntos de mi esposa —masculló, furibundo—. ¿Qué sabéis vos de la vida de casado?

—Lo suficiente para comprender que las mujeres como Tamasin no abundan precisamente.

—La mantendré a salvo —dijo—. Será mejor que nos concentremos en atrapar a ese hombre. O bien se trata de alguien que conocemos, pues supo que nos encontraría en el marjal aquella mañana, y ha descubierto dónde vivimos, o…

—¿O qué?

—O quizá, al fin y al cabo, se trate del mismísimo diablo. —Se volvió, abrió la puerta y se marchó.

 

Aquella noche tardamos en retirarnos a descansar. Cuando Guy se disponía a irse, mantuve con él una conversación en voz baja en el umbral, poniéndolo al corriente del caso Strodyr.

—Era lo que esperaba —dijo tras sacudir la cabeza.

Llevé a casa a Tamasin. Barak llegó de la Vieja Barcaza con algunos efectos personales, e instalé a ambos en la habitación que ella había ocupado cuando cuidó de mí durante la enfermedad que sufrí el año anterior. Mi ama de llaves, Joan, la apreciaba mucho, y se mostró muy disgustada al verle la cara. Cuando se instalaron arriba, Joan me llevó aparte.

—Pobre muchacha —dijo.

—Lo sé. Lamento tener que involucrarte de nuevo en mis asuntos. —Había contado a Joan que Tamasin había sido atacada por alguien a quien investigábamos, y que había enviado al portero con una carta dirigida a Harsnet solicitando protección.

—No parece que Tamasin y maese Jack estén en muy buenos términos. Después de todo por lo que ella ha pasado…

—Lo sé, Joan. Su relación va de mal en peor debido a la ira de ella y al orgullo de Jack.

—¿Deberíamos interferir, señor? ¿Entre marido y mujer?

—Creo que si no hacemos algo no serán marido y mujer por mucho tiempo. — Miré a Joan. Parecía asustada, cansada, y mayor de lo que era. Recordé haber pensado que necesitaba que alguien le echase una mano en la casa, y que yo aún no había hecho nada al respecto. Le puse la mano en el brazo—. Todo saldrá bien — añadí con una confianza que no sentía.

 

Harsnet respondió a mis mensajes con encomiable prontitud. Al día siguiente, no mucho después del alba, llegó un hombre enviado por él, un tipo musculoso de unos treinta años, con el rostro anguloso y mirada penetrante. Se llamaba Philip Orr, era uno de los alguaciles de Westminster y había aceptado el encargo de vigilar la casa por respeto al forense, «buen hombre y temeroso de Dios», según lo describió. «Otro fanático religioso», pensé, aunque agradecí a Harsnet que me proporcionase tan pronto a alguien capacitado para la labor. El forense también había enviado un mensaje por medio de Orr. En él me comunicaba su deseo de interrogar de inmediato al deán Benson, de la catedral de Westminster, acerca de su antiguo enfermero y sus ayudantes. Pedía que Barak y yo lo acompañásemos y nos citaba a las ocho y media junto a la caseta de la abadía. La carta mencionaba que me daría tiempo de acudir a Westminster Palace para las vistas matinales del Tribunal de Apelaciones. Le agradecí el gesto de haber tenido en cuenta ese detalle.

—Actúa muy rápido —dije a Barak mientras íbamos por la orilla del río.

El tiempo seguía templado y caía una persistente llovizna que debido al viento nos golpeaba el rostro. La mirada que me había dedicado Barak cuando bajó a desayunar por la mañana me hizo saber, sin lugar a dudas, que no quería escuchar una sola palabra más acerca de su matrimonio. Tamasin, a quien aún le dolían las magulladuras, se había quedado en cama.

—Lord Cromwell adiestró bien a sus hombres.

—Es un religioso radical. Espero que eso no perjudique su capacidad para la investigación.

—Me pareció bastante centrado —señaló Barak.

No quise ahondar en el tema, pues estaba de ese humor que es capaz de convertir cualquier conversación en una disputa. Descendimos de nuevo por las escaleras de Whitehall hasta Westminster bajo una lluvia menos densa. Me alegró que los documentos que necesitaría estuviesen a salvo en los portafolios de cuero que llevaba Barak. En lugar de girar a la izquierda en New Palace Yard, como solíamos hacer, pasamos por delante de la caseta de la antigua prisión del abad hasta llegar a Thieving Lane. Había dejado de llover, y los cúmulos de nubes blancas se desplazaban en el cielo azul, proyectando sombras que se perseguían unas a otras en el suelo.

Las calles de Westminster estaban muy concurridas. Los parlamentarios bien vestidos caminaban en dirección a sus casas, y lo hacían a buen paso, debido al acoso de mendigos y buhoneros. Algunos de los parlamentarios llevaban en el puesto el tiempo suficiente para haber adoptado el truco de sacudir la mano en un gesto de rechazo, sin mirar siquiera si se les acercaba alguien, pero un hombre con una espléndida capa roja y bonete enjoyado estaba siendo acorralado por un grupo de vendedores ambulantes. Había cometido el error de intentar regatearle a uno, y, conscientes de las posibilidades de negocio, todo el grupo había empezado a rodearlo como una bandada de estorninos en torno a un pastel abandonado.

—¡No, no, pero si he dicho que no quiero nada de todo eso! —protestó cuando alguien le tiró de la manga. Entonces perdió los nervios y exclamó—: ¡No! ¡No! ¡Idos, maldita sea, y llevaos toda esa basura!

Un buhonero le ofreció entonces un collar de cobre.

Barak se echó a reír.

—Este no es de ciudad. Se lo comerán vivo.

Retrocedí de un salto cuando me lanzaron una cuchillada a la cara. Era otro buhonero, con una bandeja de hierro en torno al cuello. Un hombre alto, con barba gris, que olía intensamente a sudor.

—¡Eh, tened cuidado! —espeté.

—¡Cinco estupendos cuchillos de acero! ¡De lo mejorcito, señor!

Lo aparté de un empellón y seguimos adelante. Harsnet se encontraba ya junto a la antigua caseta, vestido con toga de abogado, con la insignia real bordada a la altura del corazón, las manos cogidas a la espalda mientras observaba Thieving Lane. Inclinó levemente la cabeza al acercarnos. Lo primero que hice fue darle las gracias por haberme enviado a Orr.

—Es necesario proteger a las mujeres. Y si el villano intenta introducirse en la vivienda, tendremos la oportunidad de atraparlo. Orr es un hombre muy válido. Espero que vuestra esposa se encuentre mejor, buen Barak. —Estaba preocupado y eso suavizó un poco su expresión.

—Nada que no pueda solucionar un poco de descanso.

—Pero ¿qué sucedió realmente?

Relaté a Harsnet el asalto de que había sido objeto Tamasin. Me escuchó con los labios apretados, y al cabo dijo:

—¿Cómo pudo suceder tal cosa? Tendremos que tratar el asunto después de visitar al deán.

—¿Y vos, señor? —pregunté—. ¿Os han informado los forenses de los condados vecinos de algún horrible asesinato que se asemeje a nuestros tres casos?

—Ni uno. Y seguimos sin saber cómo conoció el asesino a esos hombres, ni por qué los escogió. —Suspiró y a continuación esbozó una sonrisa cansada—. En fin, veamos qué tiene que decirnos el deán Benson. Le avisé de nuestra visita. Nos espera en la antigua casa del prior, que es donde se ha instalado. —Harsnet arrugó el entrecejo; un reformista podía desaprobar que un antiguo monje se beneficiase de la secularización.

—Una cosa —dije—: esta última semana, ¿habéis tenido la impresión en algún momento de que alguien os podía estar siguiendo?

—No —respondió el forense, negando con la cabeza.

—Pues me temo que es probable que os siguieran. Creo que deberíais ir con cuidado, señor.

—Lo tendré en cuenta, gracias. —Respiró hondo y nos guio hasta el interior del antiguo recinto monástico.

 

Los patios exteriores de la mayor parte de los monasterios benedictinos han servido desde hace tiempo de centros de comercio, pero Westminster había instituido una clase propia, en parte debido a su enorme tamaño, pero también a su antiguo privilegio de santuario. Los perseguidos por la justicia podían buscar resguardo en él. Por esa razón, la casa de Dios había estado siempre rodeada de delincuentes de toda laya. En torno al recinto se alzaban tanto espléndidas casas como humildes viviendas que servían de hogar a toda clase de criminales, que pagaban cuantiosos alquileres a los monjes. Una de las mejores iniciativas del rey Enrique fue abolir la mayor parte de los antiguos privilegios del santuario, pero aun así este había sobrevivido y los deudores y ladrones de poca monta aún podían hallar refugio en él. Algunos fugitivos habían pasado toda la vida en el santuario de Westminster, y en muchos casos incluso habían vivido con comodidad, haciendo negocios en Londres por medio de abogados que, como Bealknap, servían de intermediarios, y también habían acudido todos los domingos a la iglesia de Saint Margaret, un edificio precioso, reconstruido recientemente, que dominaba la parte septentrional del recinto.

Al pasar por delante de la iglesia, reparé en un grupo que estaba de pie junto a la misma, compuesto, entre otras personas, por dos clérigos de hábito blanco.

—Bonner. —Harsnet escupió el nombre.

Reconocí al temido obispo de Londres, su silueta oronda, bajita y achaparrada. Reía con otro clérigo, puede que el propio vicario de Saint Margaret. Observé al obispo que estaba empeñado en limpiar Londres de radicales.

—Pues parece muy animado —comenté.

—El vicario Brown está cortado por el mismo patrón —dijo Harsnet, torciendo el gesto—. Saint Margaret sigue llena de oro, velas e imágenes. Creedme, costó lo suyo arrancarles la reliquia del dedo de santa Margarita. A ese cerdo del Papa no le importaría que volviéramos al redil de Roma.

—No obstante, Bonner fue en tiempos uno de los hombres de Cromwell —señalé.

—Con Cromwell muerto, los lobos se han librado de la piel de cordero con que se cubrieron para ganarse su favor. —Miró fijamente al obispo—. Que Dios me perdone, pero me gustaría que nuestro asesino se fijase en Bonner en lugar de concentrarse en los buenos reformistas… Claro está que el diablo siempre cuida de los suyos.

Miré a Barak. Este se encogió de hombros. Dejamos atrás el antiguo campanario, convertido en una serie de casuchas destartaladas, y giramos hacia el este, bajo la amenazadora sombra de la iglesia de la abadía, en dirección a la parte sur del recinto, bordeada por los imponentes muros del monasterio.