Revelación
Capítulo 37
A nduvimos de vuelta hasta donde habíamos atado a Sukey y a Génesis. Eché un vistazo a la puerta en que habían clavado el brazo del prior Houghton; casi me pareció distinguir el rastro rojo en la madera.
—Ha habido tanta violencia en estos últimos diez años… —lamenté—. Quizá tendría que producirnos más extrañeza el hecho de que no haya habido más casos como este. —Me vino a la mente la imagen del pobre Lockley crucificado en el fondo de la esclusa. Cada vez me costaba más esfuerzo visualizar el rostro de Roger. Era como si todo el horror de lo que había presenciado de un tiempo a esa parte se me hubiera agolpado en la mente.
—¿Adónde vamos ahora? —preguntó Barak—. ¿Regresamos a casa y aguardamos nuevas instrucciones?
—No. Vayamos ahora mismo a ver a maese Piers. Averigüemos si es cierto que ha estado robando, puesto que es posible que más tarde nos reclamen en Hertfordshire.
—Pero ¿y si encontramos allí al viejo moro?
—Siempre habrá tiempo de poner alguna excusa para visitarlo. Ah, y me gustaría que dejases de llamarlo así.
—No lo digo con mala intención. Estoy seguro de que le han dicho cosas peores. ¿Queréis que os eche una mano para subir a la silla?
Nos alejamos a lomos de los caballos. Una media docena de mendigos se había reunido en los peldaños de la capilla. Todos presentaban un detalle peculiar, dos de ellos llevaban muletas, y los demás estaban pálidos y desmejorados. Entre ellos estaba el muchacho de cabello ralo que había vigilado nuestras monturas la primera vez que visitamos a Lockley y la señora Bunce. Quizá se habían metido dentro, empujados por la actividad que se registraba en los alrededores de la puerta de la casa capitular. Al vernos echaron a caminar y cojear hacia nosotros, pidiendo limosna.
—¡Apartaos de nuestro camino, que nos reclaman asuntos urgentes! —ordenó Barak.
Seguimos cabalgando.
—Espero que Harsnet recuerde interrogarlos —añadió—. Podrían saber si alguien estuvo preguntando por la casa capitular.
—Lo hará. Es una persona muy concienzuda.
—Un estudiante más aplicado que brillante, ¿no os parece?
—De acuerdo, admito que no tiene mucha imaginación.
—Es un fanático religioso.
—Vaya, veo que nunca te ha gustado, ¿eh? —le pregunté con una sonrisa.
—Tampoco a vos, al menos al principio. ¿O es que habéis olvidado la vista que amañó?
—Es mucho mejor que la mayoría de los hombres que trabajan en la corte real. Tiene principios y también posee cierta capacidad para ponerse en la piel de los demás. Quizá sea un poco lento a veces, pero jamás se había enfrentado a nada parecido a esto. —Miré muy serio a Barak—. Ni él, ni ninguno de nosotros.
—En eso tenéis razón. ¿Sabéis qué es lo que más me aterra de todo? —preguntó de pronto Barak.
—¿Qué?
—El modo en que está concebido cada asesinato. Es como si el autor pretendiera demostrarnos que es mucho más inteligente que nosotros. Nos los presenta como si de trofeos se tratara. Yarington, la señora Bunce, Lockley… Los tres crímenes que se han producido desde que nos metimos en esto.
—Lo sé. Cuando atacó a Tamasin pretendía impedir que siguiéramos tras su pista; luego me atacó a mí, pero cuando vio que eso no daba resultado, se volcó en… como bien dices, demostrarnos que puede superarnos en astucia.
—Pero ¿por qué? —preguntó Barak—. ¿Por qué?
—No lo sé. Quizá esa faceta forme parte de su locura.
—Y ahora nos da su dirección —dijo, incrédulo—. Eso sí es una locura.
—Nos ha dado una dirección, pero no es necesariamente la suya. Sigo sin estar convencido de que se trate de Goddard. Digo yo que las diversas sectas debían de conocerlo, al menos de vista. Con ese lunar en la nariz que dicen que tenía… — Suspiré—. No dejo de preguntarme si podría tratarse de otra persona. —Reí al percibir una nota de insensatez en mi tono de voz—. ¿Sabes que en una ocasión consideré incluso la posibilidad de que Piers fuera el asesino?
Barak negó con la cabeza.
—Todo lo que hace requiere de mucho tiempo y una gran planificación. ¿Cómo iba a ser Piers, si se pasa todo el día trabajando para Guy? Además, Piers no tiene nada que ver con grupos religiosos. Dudo incluso que crea en nada.
—Lo sé, es una locura. He llegado a un punto en que me aferro a cualquier cosa.
—¿Por qué no creéis que sea Goddard?
—Es que no estoy convencido. —Torcí el gesto, pues me dolió el brazo al dar otro tirón a las riendas.
—¿Os encontráis bien?
—Sí. Es el brazo. Y tengo frío.
—Ha salido el sol.
—Ya. Ahora me paso la mayor parte del tiempo con esa sensación de frío a cuestas.
Barak y yo partimos hacia la casa de Guy poco después de las tres y media. Los boticarios trabajaban en sus tiendas de Bucklersbury; a través de la ventana contigua a la de Guy, vi a un hombre vestido con un largo guardapolvo, que vertía un polvillo en una vasija de boticario. Atamos los caballos fuera.
—¿Me permitiréis que lleve las riendas del interrogatorio? —me preguntó Barak en voz baja.
—¿Crees que seré demasiado blando con él? Porque te prometo que no será así.
Me miró muy serio antes de responder:
—Creo que si me muestro un poco duro con él podríamos lograr que bajase la guardia.
Medité en ello por un instante y dije:
—De acuerdo.
Mi ayudante llamó enérgicamente a la puerta. Oímos pasos en el interior, y al cabo Piers abrió con un candelera en la mano.
—El doctor Malton ha salido, señor.
—Lo sabemos. Es a ti a quien hemos venido a ver, jovenzuelo —dijo alegremente Barak, apartándolo de un leve empujón para entrar.
Lo seguí al interior de la tienda, ofreciendo a Piers una leve sonrisa. Vi que Piers o Guy habían estado experimentando: la mesa situada en el extremo de la habitación estaba atestada de frascos y viales llenos de líquidos.
—¿Has abierto a alguien hoy? —preguntó Barak.
—Estaba arriba, estudiando. No entiendo a qué os referís —respondió Piers en tono tranquilo, con expresión sumisa, pero me pareció identificar cierta ira en su mirada cuando se volvió hacia mí—. ¿Por qué permitís que vuestro hombre me hable de ese modo, señor?
—Tengo algunas preguntas que formularte, pero dejaré que sea Barak quien lo haga, y así la cosa quedará entre leales sirvientes.
—He oído que al doctor Malton le han desaparecido algunas monedas —dijo Barak—. ¿Sabes algo al respecto?
—Pues yo no he oído nada de eso —respondió Piers sin cambiar de expresión—. Seguro que si el doctor Malton no encontrase su dinero me lo diría.
—Ah, pero es que resulta que aquí maese Shardlake es su abogado.
Piers nos miró a ambos, desorientado ante el cariz que tomaba el interrogatorio y la rapidez de las réplicas de Barak.
—No puedo creer que el doctor Malton os haya autorizado a interrogarme como lo hacéis —dijo.
—Pues así son las cosas. Robar es un delito capital.
Piers abrió los ojos como platos.
—Yo no he hecho nada. Hablaré con el doctor Malton de esto. No le complacerá nada saberlo.
—Pues fue él quien nos contó lo del dinero —intervine.
—¿Dónde está tu cuarto? —preguntó Barak.
—Arriba, pero no tenéis permiso para entrar. ¡Cómo aprendiz tengo mis derechos! —En ese momento alzó la voz y la ira le sonrojó.
—Malo. —Barak se volvió hacia mí—. ¿Le echo un vistazo a la habitación?
—Yo lo haré. Tú quédate aquí y vigílalo. —Miré a Piers, que parecía asustado.
El muchacho retrocedió, bloqueando la puerta con su fornido cuerpo.
—¡No! ¡No tenéis ningún derecho!
Barak desenvainó la espada y lo apartó con ella de la puerta. Cuando pasé por su lado, Piers me miró con los dientes apretados, respirando trabajosamente. Subí por la angosta y oscura escalera. Guy no tenía ninguna confianza en que los miembros del servicio se mantuviesen alejados de sus pertenencias, de modo que no había nadie más en la casa. Ya en la primera planta vi una puerta abierta.
El libro de Vesalius, preciada posesión de Guy, estaba abierto en el escritorio por la imagen de un esqueleto que colgaba de una horca, como si de un reo se tratara. Piers se había tomado la molestia de hacer una copia de aquella imagen tan despreciable, y la pluma descansaba en la mesa. Era una copia muy precisa.
Registré la habitación. En el estante, entre los libros que versaban sobre hierbas y medicina, encontré un ejemplar del Libro negro, el sumario de los casos más pavorosos de sodomía y fornicación que los agentes de Cromwell habían descubierto ocho años antes en las investigaciones que llevaron a cabo en los monasterios. Se habían vendido numerosos ejemplares a lectores lascivos. Había un baúl con ropa, alguna de sorprendente calidad. Examiné el lecho, volviendo el colchón del revés, y allí encontré una bolsita de cuero. Dentro había una colección de monedas de plata, cuyo valor total ascendía a algo más de una libra: mucho más dinero del que podía reunir un aprendiz. Lo cogí, abandoné la estancia y bajé por la estrecha escalera.
Encontré a Piers apoyado en la mesa. Barak estaba situado frente a él, con la espada aún en la mano. Al entrar en la habitación levanté la bolsita de las monedas.
—Dinero —anuncié.
—De modo, encanto, que eres un ladrón —dijo, hosco, Barak.
El rostro de Piers experimentó un cambio, pues adquirió una mirada dura y calculadora. Tuve la impresión de que acababa de quitarse la máscara.
—Si quisiera podría contar algunas cosas de ese viejo moro negro —dijo en un tono que de pronto me pareció afilado como un cuchillo—. Por ejemplo, cómo se postra ante la enorme cruz que tiene en su dormitorio para adorar ídolos. O podría hablar también del sacerdote al que acude, de quien todo el mundo sabe que es papista. Por no mencionar su pederastia, o los actos inmorales que me obliga a cometer con él.
—¡Mentira! —grité, enfadado.
—Quizá lo sea. Aunque hay una parte de él a la que le gustaría que fuese verdad.
Lo conozco lo suficiente para saber que se mostraría incómodo e intranquilo ante tales acusaciones. Vos sois abogado, imaginad qué pensaría el jurado. El hecho de que sea un antiguo monje no lo beneficiaría, y la sodomía es una ofensa que se castiga con la horca, igual que el robo. Si lo pierdo todo me aseguraré de que también él lo haga. —Me dirigió una mirada feroz.
—Menuda inmundicia, ¿eh? —preguntó Barak.
El siguiente movimiento de Piers fue tan repentino que nos sorprendió a ambos. Extendió la mano tras la mesa, cogió un frasco de líquido y arrojó el contenido a los ojos de Barak. Este soltó un grito y retrocedió con torpeza, soltando la espada al llevarse las manos al rostro. Piers echó a correr hacia la puerta, que abrió de par en par antes de perderse en la oscuridad de la noche. Oí sus pasos alejarse en las desiertas calles de Bucklersbury.
Corrí junto a Barak y le aparté suavemente las manos del rostro, temiendo lo que pudiera encontrar. Tenía los ojos enrojecidos y llorosos, pero no había otras marcas, y al reparar en ello mi olfato captó el dulce aroma del limón.
—Mis ojos —gruñó.
—Iré a la cocina por agua. Creo que no es más que zumo de limón, así que no te preocupes. —Salí a toda prisa y regresé con un aguamanil y un paño que humedecí para escurrirle agua en los ojos—. ¡Pestañea, idiota! —le ordené de malos modos.
Después de enjuagárselos a conciencia, el escozor fue remitiendo, aunque Barak no dejó de tener los ojos inyectados en sangre.
—¿Para qué estaría experimentando Guy con limones? —preguntó—. No son precisamente baratos.
—Alguna cura, imagino.
—A estas alturas, esa rata habrá puesto una buena distancia de por medio.
—Sí. Creo que lo mejor que podríamos hacer es quedarnos hasta que regrese Guy —dije. Lo cierto era que no deseaba que llegara el momento de darle explicaciones a mi amigo.
Tardó una hora en volver, y al vernos sentados y esperándolo dentro de la botica se llevó una sorpresa. Barak seguía frotándose los ojos con el paño.
—¿Qué ha pasado?
Lo puse al corriente de lo sucedido, aunque no mencioné las amenazas que había pronunciado Piers contra él. Cuando hube terminado, tomó asiento en un taburete. Permaneció sentado unos minutos, y por fin se puso lentamente de pie. Me dio la impresión de que había envejecido diez años.
—Déjame echarles un vistazo a tus ojos, Barak —dijo, cansado. Tomó la candela y los inspeccionó—. Te los has lavado con agua. Eso es bueno. No era más que un emplasto que estaba preparando con limón. —Luego se volvió hacia mí, y en un tono que no le había escuchado nunca, me dijo—: Debisteis acudir antes a mí. No tendríais que haber actuado a mis espaldas.
—Pensé que enfrentarnos a Piers era lo mejor.
—Creíais que yo me interpondría.
No pude responder a eso.
—Acabo de visitar a Bealknap —dijo—. Se encuentra mejor, como yo pensaba, y no deja de quejarse de que los sirvientes de la señora Elliard no vacían el orinal tan a menudo como querría. Acepté como paciente a ese hombre ridículo porque vos me lo pedisteis, el mismo motivo que me empujó a involucrarme en la cacería de ese asesino. Y así es como me lo pagáis. Pensé que confiabais en mí, Matthew.
—No me pareció que fuerais capaz de juzgar a Piers con ecuanimidad. Y esto era urgente. Es un ladrón, Guy.
—Y ahora se ha ido.
—Lo lamento, de verdad. ¿Qué puedo deciros?
—Nada. —Agachó la cabeza, aferrando con fuerza el paño húmedo.
Se produjo un silencio que duró unos instantes que dieron la impresión de ser horas.
—Ha habido otro asesinato —anuncié al cabo. Le hablé de Lockley y de la nota que nos había mostrado el deán Benson con la dirección de Goddard.
—No hay nada que yo pueda hacer, ¿verdad? —preguntó, mirándome.
—No.
—En tal caso os deseo suerte en Hertfordshire. —Guy me dirigió una mirada inflexible, casi displicente—. No acusaré a Piers si lo detienen —añadió—. No seré la causa de que un joven de dieciocho años sea ahorcado por robar unas monedas, tal como dicta la ley. —Cogió la bolsita de las monedas que yo había dejado encima de la mesa y se la guardó en el bolsillo—. Ahí lo tenéis, las pruebas han desaparecido. Y ahora me gustaría que os marchaseis, Matthew. Espero que encontréis a Goddard. — Su mirada me informó de que daba por concluida su participación en el caso.
—Guy…
Levantó la mano.
—No. Por favor, idos. Debo ir a Bedlam a ver a Adam. —De pronto, miró a Barak con dureza y comprendí que estaba preguntándose si habría compartido con mi ayudante los sentimientos confusos que Piers había despertado en él.
—No le he…
—Idos, Matthew, por favor —me interrumpió, y su tono frío, hosco incluso, me dolió en el alma.
Barak y yo salimos de la botica. Al desatar los caballos, Barak me preguntó con curiosidad:
—¿Qué es lo que no me habéis contado?
—Nada. Asuntos privados de Guy.
Nos alejamos en silencio a caballo. Al pensar en el daño que había causado a nuestra larga amistad sentí ganas de gemir.