Revelación

C. J. Sansom · Capítulo 4 de 48

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Revelación

Capítulo 4

 

P asé los dos días siguientes ocupado en el juzgado, pero tenía libre la tarde del jueves y lo había dispuesto todo para que Roger se visitase con Guy. Era Jueves Santo, el día anterior a Pascua, y mientras paseaba por Westminster al salir del juzgado en dirección al Colegio de Lincoln, vi que de nuevo se habían llenado las iglesias. Al día siguiente se quitarían los grandes velos que habían envuelto las cancelas durante la Cuaresma, y los fieles a la antigua tradición se dirigirían a la cruz de rodillas. Después de misa, retirarían las vestiduras de los altares en conmemoración de la traición a Jesucristo tras la última cena, mientras en Whitehall el rey lavaría los pies de doce hombres pobres. Me entristeció comprobar el escaso valor que le daba a todo aquello ahora. Había cuatro días festivos, pero para mí serían aburridos y vacíos. Al menos, Joan, mi ama de llaves, había prometido que prepararía un asado de ternera cuando terminase la Cuaresma.

El tiempo seguía siendo frío y el cielo continuaba igual de plomizo, aunque al menos había dejado de nevar. Pasé por mis habitaciones antes de ir a buscar a Roger, y me complació comprobar que habían encendido un buen fuego. Barak y Skelly, mi ayudante y escribiente, trabajaban sentados a los escritorios. Barak levantó la vista cuando me quité la capa de piel y me calenté las manos junto al luego. El domingo se había afeitado, pero observé que al jubón pardo le faltaba un botón, y tenía una mancha en la pechera de esas que deja la cerveza. Me pregunté si había pasado toda la noche fuera, y de nuevo pensé en Tamasin. Ambos vivían cerca de la tienda de Guy, de modo que decidí que, tras ver a Roger, los visitaría con la excusa de la proximidad de ambos lugares.

—Me acerqué al juzgado —me informó Barak—. Atenderán la solicitud de Adam Kite el martes que viene, al mismo tiempo que el caso de Collins.

—Estupendo. —Me sentí tentado de ordenarle que limpiase la mancha del jubón, pero no quise comportarme como una anciana quisquillosa. Además, él sabía perfectamente que al juzgado había que acudir correctamente vestido. Eché un vistazo rápido a un par de informes que había recibido y luego me puse de nuevo la capa.

—Voy a acompañar a maese Elliard a visitar a Guy —anuncié.

Barak se había levantado y miraba por la ventana.

—¿Qué le pasa ahora a ese granuja de Bealknap? —preguntó con curiosidad.

—¿Bealknap? —Me acerqué a la ventana.

—Parece a punto de estirar la pata.

A través de la ventana vi a mi antiguo rival sentado en un banco que había junto a la fuente, cuyas aguas aún estaban congeladas. Había unas alforjas en el suelo, a su lado. A pesar de la distancia, reparé en que estaba muy pálido y su aspecto distaba mucho de poder considerarse saludable.

—¿Qué le ocurre? —pregunté.

—Dicen que lleva semanas enfermo y débil —respondió Skelly, que nos observaba a ambos atentamente.

—Durante la función me pareció que no se encontraba bien.

—Confiemos en que no se trate de una minucia —dijo Barak.

Sonreí.

—Debo irme —dije.

Tras despedirme regresé caminando a Gatehouse Court. Tuve que pasar junto a la fuente para llegar a la residencia de Roger. Bealknap seguía sin moverse. Su delgado cuerpo estaba cubierto con una costosa capa forrada de pelo de marta, pero por mucho que le abrigara, hacía demasiado frío para estar sentado ahí. Titubeé.

—Maese Bealknap, ¿os encontráis bien? —pregunté al fin.

Me dirigió una mirada fugaz. Era incapaz de mirar a los ojos del prójimo.

—Perfectamente, hermano —respondió en tono áspero—. Me he sentado un momento.

—Habéis dejado la alforja en el suelo. Se humedecerá.

Se inclinó para recogerla. Advertí que le temblaba la mano.

—¡Idos! —exclamó.

Me sorprendió ver que parecía asustado.

—Solo pretendía ayudaros —dije.

—¿Ayudarme vos? —Soltó un bufido y luego hizo un esfuerzo para ponerse en pie y caminar pesadamente en dirección a su morada. Yo negué con la cabeza y seguí mi camino.

 

Encontré a Roger en el antedespacho. Había encendido una vela, pues ya estaba oscureciendo, y tenía una declaración jurada en las manos.

—Un momento, Matthew —me pidió con una sonrisa. Movió rápidamente la cabeza, leyendo por encima el documento antes de tendérselo al escribiente con un leve asentimiento—. Bien hecho, Bartlett —añadió—. Es un esbozo más que correcto. Bueno, Matthew, vamos a visitar a esa sanguijuela. —Sonrió—. Veo que lleváis puestas las botas de montar. Buena idea. Iré por las mías; si anduviera por la nieve con estos zapatos los echaría a perder.

Cogió unas recias botas de cuero y luego nos encaminamos al establo.

—¿Habéis sufrido recientemente otra caída? —pregunté en voz baja.

—No, gracias a Dios. —Suspiró, y comprendí que seguía preocupado.

—¿Tenéis mucho trabajo? —me interesé con ánimo de distraerlo un poco.

—Demasiado. —Roger era un excelente litigante, y desde que había regresado a Londres se había granjeado una formidable reputación—. Y esta noche me he citado con un nuevo cliente pro bono, después de visitar al doctor.

Oímos que alguien llamaba a Roger, y eso hizo que ambos nos volviéramos. Dorothy se nos acercaba a buen paso con una expresión divertida en el rostro, llevando un paquete envuelto en tela encerada.

—Has olvidado esto —dijo.

Su marido se sonrojó al aceptar el paquete.

—Es el botellín de la orina, para el médico —explicó Dorothy.

Roger me dedicó una sonrisa torcida.

—¿Qué haría yo sin ella? —dijo.

—Pues olvidarte la cabeza, esposo mío. —Dorothy sonrió de nuevo, y acto seguido tiritó, pues no llevaba ropa de abrigo.

—Entra, anda, cariño —dijo Roger—, o también tendrás que ir al médico.

—Voy. Buena suerte, amor mío. Adiós, Matthew. Venid a cenar la semana próxima. —Se volvió y se alejó caminando, con los brazos cruzados para combatir el frío.

—Odio decepcionarla —murmuró Roger—. Sigue pensando que me duele el estómago. Es que no quiero que se preocupe.

—Lo sé. Vamos, y procurad que no se os caiga ese paquete.

 

Roger estaba intranquilo, pues habló muy poco mientras recorrimos Cheapside a caballo. Los mercaderes recogían los puestos y tuvimos que abrirnos paso entre los últimos clientes y las cajas de madera abandonadas que encontramos en el camino. Un par de críos descalzos y harapientos se introdujeron entre los cascos de los caballos para recoger unas hortalizas podridas, los restos de la cosecha del año anterior que los mercaderes habían desechado. Los mendigos habían vuelto a reunirse alrededor de Conduit, y uno agitaba un bastón con un pedazo de beicon podrido en un extremo, mientras gritaba desde la escalera:

—¡Ayuda para Torn de Bedlam! ¡Ayuda para un pobre loco! ¡Ved mi corazón roto aquí, en el extremo de este bastón!

—Lo más probable es que nunca haya puesto un pie en Bedlam. Es más, seguro que ni se ha acercado —dije a Roger—. Si todos los mendigos que aseguran haber estado allí dijesen la verdad, ese lugar tendría el tamaño de Westminster Hall.

—¿Cómo se encuentra vuestro cliente?

—Está muy enfermo. Es horrible verlo. Quiero pedirle a Guy que lo visite, y espero que descubra qué le pasa, porque yo fui incapaz de hacerlo.

—Entonces ¿el doctor Malton es especialista en casos de locura? —preguntó Roger, dirigiéndome una mirada inquieta.

—No, en absoluto —respondí—. Pero lleva casi cuarenta años practicando la medicina, y ha visto toda clase de dolencias. Es un buen médico, no como muchos que no conocen más remedios que las sangrías y las purgas. Teméis sufrir la enfermedad de los desmayos, pero los síntomas podrían deberse a un centenar de motivos. Además, nunca habéis padecido uno de esos ataques.

—Pero no me ha faltado ocasión de presenciarlos. Tuve un cliente que padecía esa enfermedad. Cayó al suelo en mi despacho y se puso a soltar espumarajos mientras los ojos se le ponían en blanco. —Sacudió la cabeza—. Fue un espectáculo horrible. Y empezó a sucederle a edad avanzada.

—Experimentáis esas caídas y recurrís a las cosas más aterradoras que habéis presenciado. Si no supiera que sois un abogado inteligente, os acusaría de ser un pelele.

Roger sonrió.

—Pues quizá lo sea.

Para distraerlo de sus preocupaciones, le conté la historia del predicador que se había situado en Newgate para anunciar ríos de sangre.

—¿Puede alguien que predica tales cosas ser un hombre de bien, un cristiano? — pregunté—. Por mucho que al instante siguiente esté prometiendo la salvación, me refiero.

Roger negó con la cabeza antes de responder:

—Habitamos un mundo enloquecido y furibundo, Matthew. Mundus furiosus. Cada bando se opone al contrario y predica el odio y la ira. Los radicales anuncian el fin del mundo. Para la conversión de algunos y la confusión de muchos. —Me miró, con una amarga sonrisa—. Cuando éramos jóvenes leíamos en Erasmo las insensateces de las indulgencias que la Iglesia daba a cambio de dinero, las interminables y ceremoniosas misas en latín que se interponían entre la gente de la calle y el mensaje de Dios.

—Lo recuerdo. Menudo grupo de lectura teníamos entonces. Recuerdo los libros de Juan Vives. Decía que los príncipes podían poner fin a la falta de trabajo apadrinando obras públicas, la construcción de hospitales y escuelas para los pobres. Pero, en efecto, éramos jóvenes —añadí con amargura—, y soñábamos.

—Sí, soñábamos con una confederación cristiana que viviría en feliz armonía. — Roger suspiró—. Vos comprendisteis antes que yo que todo acabaría pudriéndose.

—Recordad que trabajé para Thomas Cromwell.

—Y siempre fui más radical que vos. —Se volvió hacia mí—. A pesar de ello, sigo creyendo que una Iglesia y un Estado que no estén ligados al Papa pueden convertirse en algo bueno y cristiano, a pesar de la corrupción de nuestros líderes, y a pesar también de todos estos nuevos fanáticos.

No respondí.

—¿Y vos, Matthew? —preguntó—. ¿Qué pensáis ahora? Nunca os pronunciáis al respecto.

—Ya no lo sé, Roger —admití en voz baja—. Pero, mirad, tenemos que tomar esa calle. Cambiemos de tema. Los edificios están muy cerca, las voces reverberan y, en los tiempos que corren, tenemos que cuidarnos de lo que decimos en público.

 

El sol estaba poniéndose cuando entramos a caballo en el estrecho callejón de Bucklersbury donde Guy residía y trabajaba. Estaba repleto de boticas, y a Roger se le torció el gesto cuando vio los cocodrilos disecados y otras extrañas maravillas que se mostraban tras las ventanas. Cuando desmontamos y atamos los caballos a una barandilla, se mostró aliviado al comprobar que al otro lado de la ventana de Guy únicamente había unas vistosas vasijas de boticario.

—Si es médico, ¿por qué tiene la consulta en este lugar perdido de la mano de Dios? —quiso saber Roger, al tiempo que cogía la muestra de orina.

—A Guy no lo admitieron en el Colegio de Médicos hasta el año pasado, después de que salvase la pierna de un rico concejal. Antes de eso, su piel oscura y el que hubiese sido monje lo mantuvieron al margen, a pesar de que contaba ya con un título francés que acreditaba sus conocimientos en la materia. No tuvo más remedio que limitarse a trabajar de boticario.

—Pero ¿por qué sigue aquí? —Roger torció el gesto al reparar en un feto de mono introducido en un tarro de salmuera que había tras la ventana contigua.

—Dice que se ha acostumbrado a vivir aquí.

—¿Entre estos monstruos?

—No son más que pobres animales muertos. —Sonreí con ánimo de tranquilizarlo—. Algunos boticarios aseguran que la sustancia que resulta de pulverizar ciertas partes de su cuerpo puede obrar maravillas. Guy no comparte esa opinión.

Llamé a la puerta. Un muchacho con la capa azul de aprendiz la abrió de inmediato. Piers Hubberdyne era un aprendiz de boticario a quien Guy había aceptado hacía un año. Era un joven alto y de pelo negro que no andaría lejos de los veinte años; poseía unas facciones tan inusualmente atractivas que en la calle las mujeres se volvían para mirarlo. Guy decía que era trabajador y concienzudo, una perla entre los aprendices londinenses, conocidos por ser todo lo contrario.

—Buenas noches, maese Shardlake. ¿Maese Elliard? —dijo Piers con una reverencia.

—Sí.

—¿Es esa la muestra, señor? ¿Me permitís?

Roger le tendió el botellín, y Piers nos condujo al interior de la tienda.

—Avisaré al doctor Malton —dijo antes de retirarse.

Percibí el olor dulce y almizclado de las hierbas que atestaban la consulta de Guy. Roger levantó la vista hacia la hilera de vasijas cuidadosamente etiquetadas que llenaban los anaqueles. Había manojos de hierbas en la mesa, junto al mortero, el pilón y una diminuta balanza de joyero. Encima de la mesa había un diagrama de los cuatro elementos y de los tipos de carácter a que correspondían: melancólico, flemático, alegre y colérico. Roger estuvo observándolo.

—Dice Dorothy que soy aire; esto es, alegre y leve —comentó.

—Con un toque de flemático, seguro. Si vuestro temperamento fuese todo aire, no podríais trabajar como lo hacéis.

—Y vos, Matthew, siempre fuisteis melancólico. Vuestra piel oscura y vuestro físico enjuto os delatan.

—No era enjuto antes de sufrir aquellas fiebres hace dieciocho meses. —Lo miré muy serio—. Creo que me habría muerto de no haber sido por los cuidados de Guy. No os preocupéis, Roger, que él os ayudará.

Me volví aliviado cuando Guy entró en la estancia. Había cumplido los sesenta y tenía el cabello rizado y, al cabo de los años, blanco, lo que hacía que sus facciones, oscuras y angulosas, llamaran más la atención debido al contraste. Reparé en que, seguramente a causa de su edad, cojeaba un poco. Cuando nos conocimos seis años atrás, Guy era enfermero monástico; los monasterios habían abierto sus puertas a muchos extranjeros, y Guy era originario de la ciudad de Granada, en España, pues sus ancestros habían sido musulmanes. Primero cambió el hábito de los monjes benedictinos por la ropa de boticario, la cual había cambiado de nuevo por el traje negro y cuello alto propios de un médico.

Cuando entró me pareció un poco cansado, como si le preocupase algo. De inmediato nos dirigió una radiante sonrisa.

—Buenos días, Matthew —dijo en tono sereno; aún conservaba un acento exótico —. Y vos debéis de ser maese Elliard. —Estudió con mirada penetrante a Roger.

—Sí —repuso mi amigo con cierta inquietud.

—Acompañadme al cuarto de examen, para ver cuál es el problema.

—Tal como me pedisteis, os he traído una muestra de orina. Se la di al joven.

—Luego le echaré un vistazo —dijo Guy con una sonrisa—. No obstante, al contrario que algunos de mis colegas, no confío del todo en la orina. Primero os examinaré. ¿Podéis esperar aquí entretanto, Matthew?

—Por supuesto.

Me quedé a solas. Tomé asiento en un taburete que había junto a la ventana. La luz se debilitaba por momentos, y las vasijas y botellas proyectaban sombras alargadas en el suelo. Pensé de nuevo en Adam Kite, y me pregunté inquieto si Guy, que mantenía en secreto su lealtad hacia la antigua Iglesia, también creería que Adam estaba poseído. También me había sorprendido pensando en aquellos últimos días en la guardiana de cabello negro. ¿Qué había querido decir con eso de que nunca abandonaría Bedlam? ¿Acaso la habrían condenado a ello?

La puerta se abrió y el joven Piers entró llevando una vela y un volumen imponente bajo el brazo. Colocó el libro en uno de los estantes elevados junto a algunos otros, y a continuación se acercó a un candelabro de pared, que encendió. La luz amarilla titiló en la estancia, sumando el olor a cera al aroma que desprendían las hierbas.

—¿Os importa si sigo trabajando, señor? —me preguntó.

—Por favor.

Se sentó a la mesa, cogió un puñado de hierbas y empezó a machacarlas. Se arremangó, dejando al descubierto unos brazos cuya musculatura daba fe de la fuerza que aplicaba en la labor.

—¿Cuánto llevas con el doctor Malton? —inquirí.

—Un año solamente, señor. —Se volvió hacia mí con una sonrisa, mostrándome una reluciente dentadura.

—Tu antiguo maestro murió, ¿verdad?

—Sí, señor, repentinamente. Vivía en la calle de al lado. El doctor Malton me acogió entonces. Tengo suerte, es un hombre sabio. Y muy amable.

—Así es —admití.

Piers volvió a concentrarse en su trabajo. Qué diferente era de la mayoría de los aprendices, de esos jóvenes ruidosos y pendencieros. Su porte sereno y seguro de sí era más propio de un hombre que de un muchacho.

 

Transcurrió una hora antes de que regresaran Guy y Roger. Había oscurecido por completo, y Piers seguía concentrado en su tarea, a la luz de una vela. Guy le puso la mano en el hombro.

—Basta por hoy, muchacho. Ve a cenar, pero antes tráenos un poco de cerveza.

—Sí, señor. —Piers se inclinó ante nosotros y se marchó.

Observé a Roger, alegrándome de ver la expresión de alivio de su rostro.

—No padezco la enfermedad de los desmayos —dijo con una amplia sonrisa.

Guy también sonrió.

—Los asuntos más peculiares pueden tener una explicación sencilla. Soy de los que siempre empiezan por descartar lo más simple, puesto que William de Ockham nos enseñó que era la explicación más probable. De modo que comencé por los pies de maese Klliard.

—Hizo que me descalzara —explicó Roger—, y luego me midió las piernas, me tumbó en el diván y me dobló los pies una y otra vez. Confieso que me sorprendió. Creía que todo se reduciría a un examen de orina.

—Al final no ha sido necesario recurrir a eso —dijo Guy con aire triunfal—. Descubrí que el pie derecho gira considerablemente hacia la derecha, debido a que maese Elliard tiene la pierna izquierda ligeramente más larga. Es un problema que se ha pronunciado con el paso de los años. El remedio es un calzado especial, con un taco de madera que le corrija el andar. Haré que Piers se encargue de ello, pues es diestro con las manos.

—Os estoy más agradecido de lo que puedo expresar con palabras, señor —dijo Roger.

Llamaron a la puerta, y Piers regresó con tres copas de peltre en una bandeja que depositó en la mesa.

—Bebamos para celebrar la curación de maese Elliard del mal de los desmayos. —Guy cogió un taburete y tendió otro a Roger.

—Roger está pensando en anunciar una suscripción para fundar un hospital — conté a Guy.

Guy movió la cabeza con expresión de abatimiento.

—Se necesitan desesperadamente hospitales en esta ciudad. Sería un gesto muy cristiano. Quizá pueda ayudaros, aconsejaros.

—Sería muy amable por vuestra parte, señor.

—Roger aún defiende el ideario de Erasmo —dije.

Guy asintió.

—En tiempos también estudié a Erasmo —dijo—. Su nombre estaba en boca de todos la primera vez que vine a Inglaterra. Cuando dijo que la Iglesia era demasiado rica, demasiado ceremoniosa, pensé que tenía algo… aunque la mayoría de mis compañeros monjes no pensaban lo mismo y decían que escribía como un iracundo. —Su expresión se volvió sombría—. Quizá ellos comprendieron mejor que yo que hablar de reforma conduciría a la secularización de los monasterios, entre otras muchas cosas. ¿Y para qué? —añadió con amargura—. Para instaurar el reinado de la codicia y el terror.

Roger se mostró un poco incómodo ante la defensa de los monjes que Guy acababa de hacer. Miré a uno y luego a otro. En el fondo, Guy seguía siendo católico, y en cambio Roger era el reformista radical convertido en moderado. Yo no me sentía tanto en medio de ambos como absolutamente al margen de la discusión. El mío era un lugar muy solitario.

—Tengo un caso respecto al cual quería pediros consejo, Guy —dije, decidido a cambiar de tema—. Se trata de un caso de enajenación religiosa, o al menos eso es lo que me parece. —A continuación le referí la historia de Adam—. De modo que el Consejo Privado lo encerró en Bedlam para quitarlo de en medio —concluí—. Sus padres quieren que lo suelten, pero no estoy seguro de que sea buena idea.

—He conocido casos de amores obsesivos —intervino Roger—, pero rezar obsesivamente… La verdad es que nunca había oído nada semejante.

—Yo sí —aseguró Guy, y Roger y yo nos volvimos hacia él—. Se trata de una nueva forma de enfermedad cerebral, algo que Lutero ha sumado al amplio bagaje de las miserias humanas.

—¿Qué queréis decir? —pregunté.

—Nunca han faltado quienes se odian a sí mismos, quienes se torturan apesadumbrados por la culpa derivada de ofensas reales o imaginarias. Cuando trabajé de enfermero en el monasterio vi algunos casos semejantes. Entonces podíamos decir a la gente que Dios promete la salvación a quienquiera que se arrepienta de sus pecados, porque Él no deja a nadie al margen de su misericordia y caridad. —Cuando levantó la vista, reconocí en su rostro una peculiar expresión airada—. Ahora hay quienes nos dicen que Dios ha decidido, fruto quizá del capricho, salvar a unos y condenar a otros al fuego eterno; y si Dios no da garantías de su gracia, entonces estás condenado. Esa es una de las doctrinas principales de Lutero. Lo sé porque he leído sus obras. Puede que Lutero se sintiera una criatura fútil salvada por la gracia divina, pero ¿acaso se detuvo a pensar en lo que su filosofía podía suponer para quienes carecían de su fortaleza interior, de su arrogancia?

—Si eso fuese cierto, ¿acaso no habría enloquecido la mitad de la población? — preguntó Roger.

—¿Os creéis salvado? —preguntó Guy—. ¿Creéis que Dios os ha concedido la gracia?

—Eso espero. Intento vivir bien y confiar en alcanzar la salvación.

—Sí. La mayoría, como vos, o como yo, nos contentamos con la esperanza de salvación y con dejarlo todo en manos de Dios. Pero ahora hay quienes están completamente seguros de su salvación. Pueden ser peligrosos, porque se creen especiales, creen que destacan por encima de los demás. Sin embargo, del mismo modo que cualquier moneda tiene dos caras, también hay quienes anhelan la certeza a pesar del convencimiento de ser indignos, y eso puede desembocar en la desdichada situación que vive ese joven. He oído que lo llaman pánico a la condenación, aunque a duras penas este término hace justicia a los sufrimientos de quienes lo padecen. — Hizo una pausa—. Es posible que la cuestión resida en por qué, en primer lugar, lo consume la culpa.

—Quizá haya cometido algún pecado —aventuré, y me alegró ver que Guy negaba con la cabeza.

—No, por lo general en tales casos los pecados carecen de importancia; diría más bien que algo en su mente los lleva a alcanzar ese estado.

—¿Me ayudaréis a intentar descubrir de qué se trata, Guy? Hay en Bedlam quienes creen que Adam está poseído. Me temo que podrían hacerle daño.

—Iré a verlo, Matthew —accedió Guy—. Lo haré en calidad de médico, por supuesto, y no como el antiguo monje que soy, porque de otro modo quizá le daría por creerse en manos del diablo. —De repente, mi amigo pareció viejo y cansado.

—Gracias —dije—. El joven Piers me ha parecido muy trabajador —comenté.

—En efecto. Es un buen aprendiz. Quizá mejor de lo que merezco —añadió en voz baja.

—¿Y eso? —pregunté intrigado.

—Piers también es muy listo —dijo—. Aprende con una rapidez asombrosa. — Una sonrisa transformó la expresión de Guy—. Permitidme mostraros algo nuevo en el mundo de la curación, algo que muchos de mis colegas desaprobarían. —Se levantó para dirigirse a la estantería. Cogió el libro voluminoso que Piers había colocado antes. Hizo espacio en la mesa y lo puso encima con sumo cuidado.

Roger y yo nos situamos junto a él.

—De Humani Corporis Fabrica —leyó Guy en voz baja—. Funcionamiento del cuerpo humano. Acaba de publicarse; un mercader alemán amigo mío acaba de traérmelo. El autor es Andreas Vesalius, un médico holandés que ejerce en Italia. Allí lleva años disfrutando de un permiso para practicar la disección de cadáveres, cuando aquí ha estado prohibido hasta hace muy poco.

—La antigua Iglesia lo desaprobaba —dijo Roger.

—Así es, e hizo mal. Vesalius es el primer hombre en siglos de historia que disecciona cuerpos humanos a gran escala. Puede que sea el único que lo ha hecho. ¿Y sabéis qué ha descubierto? Que los antiguos, Hipócrates y Galeno, principales autoridades a quienes ningún médico se atrevería a desafiar sin correr el riesgo de ser expulsado de la profesión, estaban equivocados. —Se volvió hacia nosotros con un brillo en la mirada—. Vesalius ha demostrado que nuestros antepasados erraron en muchas de sus apreciaciones. Concluye diciendo que tampoco a ellos les estaba permitido diseccionar cadáveres, y que sus descripciones del interior del cuerpo humano procedían de estudios hechos con animales, no con hombres. —Rio—. Este libro causará un gran revuelo. El Colegio de Médicos intentará desacreditarlo, puede que incluso llegue a prohibirlo.

—Pero ¿cómo podemos tener la certeza de que Vesalius está en lo cierto y los antiguos equivocados? —pregunté.

—Pues comparando las descripciones y los diagramas que incluye en el libro con lo que podemos apreciar a simple vista cuando se abre un cadáver. En la actualidad se destina al colegio de barberos-cirujanos cuatro cadáveres de criminales condenados a la horca, cuyo objeto es que sirvan para la disección pública.

Aquellas palabras me causaron cierta impresión, pues soy algo aprensivo.

—Y existe otro modo, del que me he servido para comprobarlo personalmente — aseguró Guy.

—¿Cuál? —quiso saber Roger.

—Un forense de Londres puede solicitar que se abra un cadáver para examinarlo, si tal medida es necesaria para dictaminar la causa de la muerte. La mayoría de los médicos consideran que están por encima de dicha labor; además, la paga no es gran cosa, pero yo he ofrecido mis servicios y he podido comprobar lo acertado de las afirmaciones de Vesalius. —Guy abrió lentamente el libro, de un modo casi reverencial. Estaba escrito en latín, ilustrado con diagramas de una magnífica factura, aunque con un aire burlón, incluso cruel; a medida que pasaba las páginas vi un esqueleto apoyado en una mesa, que había adoptado la postura de un pensador, un cadáver excoriado que colgaba de una especie de horca, con las entrañas al aire. En un rincón de una ilustración dedicada a las entrañas, un querubín se hallaba sentado en un pedazo de excremento y sonreía al lector.

Guy dejó el libro abierto por la página en que aparecía el grabado de un corazón diseccionado.

—Ahí —dijo—. ¿Lo veis? El corazón tiene cuatro cámaras, cuatro, y no tres como siempre se ha sostenido.

Asentí, aunque solo era capaz de discernir una horripilante maraña de válvulas y tejido. Miré a Roger y vi que había palidecido.

—Todo esto es fascinante, Guy, pero me temo que no terminamos de comprender su alcance. Además, tenemos que regresar al Colegio de Lincoln.

—Muy bien. —Guy, que normalmente era un hombre sensible, no pareció advertir hasta qué punto nos había afectado el contenido de aquel libro. Sonrió—. Quizá este año nuevo anuncie una era de maravillas. He oído que un sabio polaco ha publicado un libro en el cual, a partir de la observación de los planetas, demuestra que la Tierra gira en torno al Sol, y no al revés. He pedido a mi amigo que me traiga un ejemplar. Este año nuevo de mil quinientos cuarenta y tres podría anunciar el nacimiento de una era.

—¿Conocéis a muchos mercaderes extranjeros? —preguntó Roger por curiosidad.

—Quienes tenemos aspecto extranjero o hablamos otra lengua hemos de mantenernos unidos —repuso Guy con una sonrisa melancólica. Nos trajo las capas, y Roger no solo satisfizo sus honorarios, sino que, además, dejó paga y señal. Guy prometió tener listo el taco de madera para el calzado en cuestión de un par de semanas.

Después de que Roger expresara de nuevo su gratitud a Guy, nos marchamos. Cuando se cerró la puerta, me asió del brazo y dijo:

—No sabéis lo mucho que os agradezco que me hayáis presentado al doctor Malton. Siempre estaré en deuda con vos.

—Entre amigos no hay deudas que valgan —dije con una sonrisa—. Me alegra haberos sido de ayuda.

—Aunque podría haber prescindido de lo del libro de disecciones —añadió mientras emprendíamos la vuelta.

 

Cabalgamos por Bucklersbury. Pasamos por delante de la antigua mansión de los tiempos de Enrique III conocida como la Vieja Barcaza, convertida hacía muchos años en una especie de barrio repleto de destartaladas casas de vecindad. Barak y Tamasin residían allí.

—Roger, ¿os importaría que nos despidiéramos ya? Tengo que visitar a alguien.

Levantó la vista hacia la Vieja Barcaza, enarcando las cejas.

—No iréis en busca de una ramera, ¿verdad? —preguntó—. He oído que aquí viven muchas.

—No; voy a ver a mi escribiente y a su esposa.

—Yo también debo visitar a mi nuevo cliente.

—¿De qué caso se trata?

—Aún no lo sé. Un notario me ha enviado una carta acerca de un cliente suyo que mantiene una disputa por unas tierras en Southwark. Su cliente también es demasiado pobre para costearse los servicios de un abogado, pero dice que el caso vale la pena y me pide que actúe pro bono. Ignoro los pormenores del caso, pero he aceptado reunirme con el cliente.

—¿Quién es el notario?

—Un hombre llamado Nantwich. Nunca había oído hablar de él. Claro que últimamente en las posadas hay mucho notario en busca de empleo. —Se arrebujó con la capa—. Hace frío para montar, preferiría irme a casa y celebrar que ese médico amigo tuyo ha puesto punto y final a mis temores. —Volvió grupas y se detuvo. El ambiente estaba cargado con el humo que desprendía la leña y el frío helado—. ¿Dónde está la primavera? —preguntó antes de saludarme con la mano y adentrarse en la oscura noche.

Desmonté y me dirigí hacia las ventanas iluminadas de la Vieja Barcaza.