Revelación

C. J. Sansom · Capítulo 40 de 48

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Revelación

Capítulo 40

 

A lgo más de una hora después, monté a caballo frente a mi casa. La luz de la luna iluminaba los charcos de una desierta Chancery Lane. Los animales estaban inquietos al verse fuera a una hora tan inusual. Por mi parte, estaba cansado y me dolía la herida del brazo.

Sir Thomas Seymour había ido a su casa en el Strand para prepararse para el viaje a Hertfordshire. Puesto que Chancery Lane le caía de camino, había aceptado reunirse con nosotros allí, de modo que dejé una nota para Tamasin y Joan informando de que no regresaríamos hasta última hora del día siguiente. Cuando pregunté a Barak si quería escribir una nota a Tamasin, negó con la cabeza.

Se oyó un sonido de arneses procedente del Strand. Una docena de hombres, armados todos con espada, cabalgaron tranquilamente hasta mí. La luna los bañó con su luz clara. Un hombre alto, de unos treinta y tantos años, encabezaba a los jinetes, escoltado a ambos flancos por Harsnet y Barak. Todos los hombres que los acompañaban eran fornidos, y muchos de ellos destilaban cierta emoción contenida. Llevaban ropas oscuras. Reparé en que sir Thomas no estaba presente.

—¿Preparado? —preguntó Harsnet.

—Sí.

Señaló con la cabeza al hombre alto.

—Este es Edgard Russell, mayordomo de sir Thomas.

Lo saludé con un gesto, y él hizo lo propio. Su expresión, seria y autoritaria, me tranquilizó.

Barak contempló las ventanas de la casa.

—¿Todos duermen? —preguntó.

—Sí. He dejado una nota. Incluí un par de líneas para decir que lamentabas no poder ver a Tamasin hasta mañana.

—Gracias.

—¿Dónde está sir Thomas?

—Ha ido a sacar al deán Benson de la cama para traerlo a Hertfordshire — explicó Barak con una sonrisa—. Se reunirá allí con nosotros.

—Y lo de Benson, ¿a qué obedece?

—Supongo que pretende que identifique a Goddard, si damos con él.

Sukey, el caballo de Barak, piafó. Barak me miró con emoción contenida.

—¿Preparado?

—Sí.

—Vamos pues, a ver si atrapamos a ese cabrón —dijo Barak volviéndose hacia el mayordomo.

—No hay necesidad de jurar —le advirtió Harsnet en tono de desaprobación.

—Llamar «cabrón» a ese animal no es jurar. Jurar es usar el nombre de Dios en vano.

Se alzaron varias risas. Russell se volvió en la silla.

—Silencio —murmuró, y todos obedecieron. Me alegró comprobar que el mayordomo parecía tener a sus hombres bajo control—. Ahora hemos de darnos prisa, si de veras nos proponemos llegar allí antes del alba —me dijo.

Asentí. Recorrimos Chancery Lane, y los cascos de los caballos y el tintineo de los arneses resonaron en la quietud de la noche.

—¿Qué pasará cuando lleguemos a Kinesworth? —pregunté a Harsnet.

—Emplearemos como base una fonda situada a las afueras del pueblo. El dueño es un hombre pío, amigo de maese Goodridge, el juez. Antes del alba apostaremos hombres en el bosque que rodea la casa, y estrecharemos el cerco cuando salga el sol. —Se acercó a mí—. Russell, el mayordomo, es un buen elemento. Tiene autoridad sobre estos hombres. Estuvo en Hungría con sir Thomas, y sabe de guerra. Fue él quien insistió en que todos ellos se vistieran de negro para llamar menos la atención.

Cabalgamos por oscuros y silenciosos caminos, sin que se oyese más que el canto de las lechuzas. A veces era posible distinguir las siluetas del ganado en los prados. Fue monótono y en una ocasión estuve a punto de quedarme dormido en la silla. Aún era noche cerrada cuando Russell levantó la mano para detener la marcha. Habíamos llegado a una modesta fonda apartada del camino. Había luz dentro. Desmontamos en silencio.

—El juez Goodridge nos estará esperando —dijo Russell—. Forense, maese Shardlake, acompañadme. Que alguien se haga cargo de los caballos. Que Barak nos acompañe también —añadió con una sonrisa—. Cuantas más mentes pensantes tengamos dentro, mejor.

En el interior encontramos una alargada estancia de techo bajo llena de mesas, que sin duda de noche hacía las veces de taberna. Me hizo recordar a Lockley y a la pobre señora Bunce. Ardía el fuego en el hogar que había en medio de la sala, como antiguamente. La calidez que despedía fue bienvenida tras la larga y fría cabalgada.

Un hombre de unos sesenta años estaba sentado a una de las mesas, con un mapa trazado a mano ante sí. Se levantó para saludarnos. Era de piel morena y tenía unos ojos de mirada triste y penetrante. Supuse que se trataba de un juez competente y experimentado. Se presentó como William Goodridge.

—¿Cuál es el plan? —preguntó Harsnet.

Nos invitó a sentarnos, señaló el mapa y dijo:

—Ahí encontraréis la casa, a poco más de un kilómetro del pueblo. Hay pastos por los cuatro costados, la hierba es alta y está descuidada. Más allá, la casa está rodeada de bosque.

—Un escenario ideal para apostar vigilantes —opinó Russell.

—La casa parece grande —dije—. ¿De cuántas habitaciones estamos hablando?

—De una docena, creo recordar. El anciano Neville Goddard era un hombre hospitalario, y recuerdo haber asistido allí a festines y celebraciones cuando era joven. No pudo controlar su afición a la bebida, y además su esposa lo trataba muy mal, tenía muy mal carácter.

—¿Recordáis al joven Goddard? —pregunté.

—Era muy taciturno —dijo, asintiendo—. E inteligente, aunque… No sé, había algo estéril en él. Se comportaba con un gran aire de superioridad para tratarse de alguien cuyo padre se había endeudado por culpa de la bebida. No me sorprende que se hiciera monje a la muerte de Neville Goddard, en lugar de seguir junto a esa arpía. A esas alturas habían perdido todas sus tierras a manos de los acreedores. Cuando la anciana murió y Lancelot Goddard reapareció en el pueblo, confiábamos que haría algo con la casa, pero no ha movido un dedo y ha dejado que se pudra en la ruina. Goddard va y viene, y no cruza palabra con nadie.

—¿Y cuándo decís que regresó ayer?

—No estoy muy seguro, pero salía humo de la chimenea cuando maese Russell y yo nos acercamos anoche a echar un vistazo.

—¿Y nunca se acerca al pueblo? ¿Ni siquiera para acudir a la iglesia?

—No. Aquí la mayoría somos reformistas, quizá nuestras ceremonias no le parezcan lo bastante papistas. Circulan abundantes rumores sobre él, como podréis suponer; aquí la gente se muestra incómoda con él.

—El hombre a quien buscamos tiene una idea muy particular de la religión — dije.

—¿Estáis seguro de que lo encontraremos en casa? —preguntó Harsnet.

—Ah, sí. El hombre al que aposté para que vigilase me envió un mensaje hace media hora diciendo que había luz en las ventanas.

Russell se levantó.

—Oigo caballos. Se acerca alguien.

Nos volvimos hacia la puerta cuando esta se abrió. Sir Thomas entró acompañado de cuatro sirvientes armados más, aparte del deán Benson, abrigado hasta la nariz con la pesada capa de piel, con aspecto entre desdichado y espantado. Al igual que los hombres de Russell, los recién llegados sirvientes de sir Thomas vestían con sobriedad, aunque el propio Seymour llevaba un gorro con pluma roja, guantes de seda y un jubón recamado de perlas.

—Vaya —dijo con una sonrisa—, ya estamos todos. Me llevó un tiempo convencer al deán, aquí presente, pero al final se dignó acompañarnos. —Dirigió una reverencia burlona a Benson y añadió—: Probablemente podamos prometeros emociones fuertes.

El deán no abrió la boca, pero le dedicó una mirada furiosa. Sir Thomas se echó a reír al tiempo que se acercaba al mapa y lo estudiaba con actitud casi profesional. El mayordomo lo puso al corriente de las características y ubicación de la casa de Goddard. Sir Thomas consideró aquella información unos instantes, y al cabo se volvió hacia los presentes.

—Tendríamos que entrar en cuanto amanezca. Ahora disponemos de dieciséis hombres, que es un número considerable. —Miró a los presentes—. ¿Estáis dispuestos a asaltar la ciudadela de ese villano? —preguntó.

—¡Sí, sir Thomas! —se alzó la respuesta, como si de un coro se tratara.

Harsnet y yo nos miramos. Aquellos hombres no tenían ni idea de a qué se enfrentaban.

El juez llamó al tabernero y le pidió que preparara el desayuno. Solamente consistió en pan y queso, pero nos sentó de maravilla después de la larga marcha. Mientras desayunábamos, llegó un hombre para informarnos de que seguía saliendo humo de la chimenea de Goddard.

—¿Ha estado encendida toda la noche? —pregunté.

—Sí, señor.

—Qué extraño —dijo Russell.

—Nos está esperando —dije en voz baja.

 

Después de comer no había más que hacer, aparte de esperar a que amaneciera. Aguardamos en silencio. El deán Benson se sentó aparte, fingiendo leer un libro que le temblaba en las regordetas manos. Algunos de los hombres de Goddard cerraron los ojos para dormir un poco y recuperar las fuerzas; también Barak lo hizo. Yo estaba demasiado tenso, de modo que me senté a mirar por la ventana. Al cabo, la luz experimentó un cambio y el cielo adoptó una tonalidad grisácea en lugar de la negritud a la que nos habíamos acostumbrado. Oí el canto de los pájaros. Algunos piaron al principio, pero poco a poco fueron ganando confianza. Russell inquirió con la mirada a sir Thomas. Este asintió y se puso en pie. Los hombres que estaban despiertos espabilaron a codazos a los adormilados camaradas. Sentí que aumentaba la tensión en la sala.

—Ha llegado el momento de partir —anunció sir Thomas—. Venid todos y echad un vistazo al plano.

Cuando nos hubimos reunido en torno a la mesa, sir Thomas señaló con la mano enguantada el mapa trazado a mano.

—Apostaré ocho hombres alrededor de la casa, en el bosque. El resto, incluido el joven Barak, entrará conmigo en la mansión. —Se volvió hacia donde yo estaba; era la primera vez que reparaba en mi presencia—. Vos también, maese jorobado; quiero que nos acompañéis. Goddard ha mostrado un gran interés por vos.

—De acuerdo —dije. El corazón me latía con fuerza.

—Forense Harsnet, venid vos también, aunque no quiero que entréis en la casa. Juez Goodridge, me gustaría que nos condujerais allí, ya que conocéis bien el camino. En cuanto a vos, deán Benson, podéis mantener vuestro culo gordo pegado a esa silla.

El deán se encogió de hombros, aliviado.

Fuera, en el patio, habían dispuesto un par de tinas. Estaban llenas de barro. A petición de Russell, todos nos embadurnamos el rostro de fango para evitar ser vistos mientras vigilásemos la casa. Al salir oí al mayordomo sugerir a sir Thomas que quizá debía cubrirse la ropa con una capa. Sir Thomas accedió, no sin antes lanzar un suspiro de resignación, y se puso una capa que tomó prestada al tabernero. Cuando me embadurné el rostro observé que miraba con desagrado la basta capa. Me dio por pensar en las muchas personas de buena cuna cuya estupidez algún sirviente debe disimular en más de una ocasión. Sir Thomas frunció el entrecejo al advertir que lo miraba. Me pregunté por qué le desagradaba tanto. Quizá ofendía su idea de cómo debía ser un hombre, qué aspecto debía tener, como me ocurrió en aquella ocasión en que ofendí al rey.

 

Recorrimos los senderos a medida que asomaba el sol sobre los campos, revelando árboles salpicados del verde claro de las hojas nuevas. Una mujer llegaba a un prado donde pacía el ganado con sendos baldes colgados de los extremos de un palo que llevaba a hombros, dispuesta a ordeñar a las hermosas vacas que daban su nombre al pueblo. El humo de las chimeneas se alzaba de algunas de las humildes casas que moteaban los caminos, aunque nadie araba ni sembraba aún. La mujer contempló con asombro la tropa de gente armada.

—No tardará en extenderse el rumor en el pueblo —dijo Barak.

Finalmente llegamos a un trecho de bosque. La casa se alzaba en una pequeña hondonada situada en medio del mismo; de hecho, pudimos verla asomar antes de cabalgar entre los árboles. A pesar de que no había mucha luz, me pareció distinguir una antigua mansión de piedra blanca. Un penacho de humo salía de una de las altas chimeneas de ladrillo. Russell susurró a sus hombres que avanzaran por el bosque haciendo el menos ruido posible.

Nos desplazamos lentamente hasta la linde, y nos encontramos contemplando un largo trecho de hierba descuidada que en tiempos había sido césped y que conducía a la casa. Todas las contraventanas estaban cerradas. De no haber sido por aquel solitario penacho de humo que se alzaba de la chimenea, el lugar nos hubiera parecido abandonado. La hiedra y una capa verde de moho cubrían parte de los muros. Russell apostó a sus hombres entre los árboles mediante susurros y gestos. El aire de eficacia militar de que hacía gala Russell, así como el hecho de acudir con bastantes hombres, me infundió esperanzas de que quizá acabáramos por conseguir nuestro objetivo.

—¿Qué está haciendo ahí Goddard? —susurró Harsnet, que estaba a mi lado.

—Sea lo que sea, lo tenemos acorralado —dijo Barak.

—Eso ya se verá antes de que acabe el día —replicó Harsnet en tono agorero.

—Si lo atrapamos, Cranmer lo quiere muerto, ¿verdad? —pregunté—. A eso se refería cuando dijo que el asunto tenía que resolverse esta noche.

—¿Creéis que obra mal?

—Atenta contra todo aquello en lo que creo.

—A mí tampoco me gusta, pues también soy hombre de leyes. —Me miró antes de añadir—: Pero ¿cómo íbamos a llevarlo a juicio, sin mencionar el hecho de que el arzobispo y los Seymour han llevado a cabo una investigación a espaldas del rey? Además es una criatura impura, y como tal debería ser destruida en la oscuridad.

Eché un vistazo al lugar donde sir Thomas, Russell y el juez conversaban animadamente en voz baja.

—Todos nosotros somos peones de un juego político, maese Harsnet —dije con cierto énfasis.

—Pero ¿quién mueve las piezas? Dicen algunos que el rey, pero yo digo que Dios mueve a sus siervos para que cumplan sus elevados propósitos.

—Ay, las estratagemas de Dios… —dije—. Gregory, no es que eso sirva de consuelo a muchos.