Revelación

C. J. Sansom · Capítulo 27 de 48

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Revelación

Capítulo 27

 

D ecidimos cabalgar de regreso a Westminster desde Smithfield; tardaríamos menos que si llevábamos los caballos a casa y esperábamos luego la barcaza. Pasamos por Holborn para adentrarnos en la campiña, tomando un atajo por el campo en dirección a Drury Lane. Un par de liebres correteaban y saltaban de un lado a otro.

—Ya ha llegado la primavera —dijo Barak.

—Sí, aunque últimamente siempre tengo frío. Es como si el invierno se negara a soltarme.

 

Durante todo el camino a Westminster me sentí inquieto, imaginando un peligro tras cada ruido. En Sanctuary, bajo la antigua torre del campanario, vimos un grupo de gitanos que había montado un puesto, con una lona de fondo, pintada con colores brillantes, la luna y las estrellas, y una mesa enfrente. Dos tocaban la flauta para llamar la atención de los transeúntes, mientras una anciana sentada a la mesa leía el futuro en las cartas. Barak se detuvo a mirar; con aquellos rostros tan oscuros como el de Guy, los fantásticos atavíos de turbantes y brocados y los llamativos pañuelos que ondeaban al viento, costaba mostrarse indiferente ante la visión de aquellos gitanos. Estos peculiares recién llegados a nuestras costas habían sido expulsados hacía unos años por el rey, pero muchos habían escapado y algunos habían vuelto a Sanctuary. Parecían hacer prósperos negocios, aunque un hombre vestido de negro que se mantenía a cierta distancia los denunciaba en voz alta por prácticas paganas. La multitud hacía caso omiso de él; Sanctuary no era lugar para fanáticos.

—Vamos —dije, atento e inquieto ante la presencia del gentío—. No quiero parar aquí, donde somos un objetivo demasiado fácil.

Barak tiró de las riendas de Sukey. Pasamos junto al predicador.

—¡Apiadaos de todos aquellos que sigan la senda del diablo! —exclamó.

Accedimos al recinto sur. Habíamos visto en la torre del reloj de Palace Yard que llegábamos con media hora de antelación a nuestro encuentro con Harsnet. Giramos en dirección a la casa de Cantrell. Cerca, una manada de perros lobo olisqueaba y tanteaba una pila de desperdicios que había en una esquina. Llamé a la puerta que había bajo el despintado letrero de la carpintería, mientras Barak ataba los caballos a la barandilla. No me hacía la menor gracia dejarlos allí, pero no teníamos elección, y al menos Sukey relincharía y se pondría a cocear si se le acercaba un extraño con intención de desatarla. De nuevo oímos pasos procedentes del interior, aunque en esa ocasión se detuvieron a cierta distancia de la puerta, momento en que Cantrell preguntó con voz algo temblorosa:

—¿Quién va? ¡Estoy armado!

—Soy maese Shardlake —respondí, alzando la voz—. El abogado que lo visitó hace poco. ¿Qué sucede?

Tras una breve pausa, descorrieron el cerrojo y la puerta se abrió un palmo. Cantrell asomó la cara y nos miró tras de las gruesas lentes.

—Ah, señor —dijo, aliviado—. Pero si sois vos… —Abrió un poco más la puerta. Observé el palo grueso y fuerte que empuñaba, en el extremo del cual había una enorme mancha de algo que parecía sangre seca.

—Alguien me atacó —dijo.

—¿Podemos entrar? —pregunté educadamente.

Titubeó, pero abrió la puerta del todo para dejarnos pasar. De nuevo percibimos aquel olor desagradable. Nos condujo al salón vacío. Encima de la mesa había una escudilla de madera con restos de comida, y al lado una cuchara de peltre, negra de suciedad. Reparé en que la ventana que daba al patio estaba rota y había restos de cristales en el suelo alfombrado.

Cantrell tomó asiento en una silla y Barak y yo nos sentamos a la mesa. Evité mirar la mugrienta escudilla, pero vi excrementos de rata en un rincón. El rostro tenso de Cantrell mostraba una expresión de profunda desdicha, y, bajo el flequillo de pelo rubio y grasiento, tenía la frente salpicada de granos. Dejó el palo en el suelo.

—¿Qué se os ofrece, señor? —preguntó—. ¿Habéis encontrado al enfermero Goddard?

—Aún no.

—Ya os conté cuanto sé.

—Solo he venido a haceros unas preguntas más. Pero antes contadme qué ha pasado aquí. ¿Ese bastón de madera vuestro está manchado de sangre?

—Fue hace dos noches. No podía dormir. Oí que rompían un cristal, abajo. Siempre tengo un garrote junto a la cama, por miedo a los ladrones.

—¿Qué iban a robaros? —preguntó Barak.

—¿Cómo iban a saber los ladrones que aquí dentro no hay nada? Bajé. Estaba oscuro, pero vi la ventana abierta de par en par. Había alguien, un hombre. Cuando entré en el salón, se quedó quieto. No creo que viera el garrote. Como dijo algo, pude intuir dónde tenía la cabeza, así que descargué un golpe.

—El extremo de ese bastón está afilado —dijo Barak—. Le habréis hecho daño.

—Sí, le di en la cabeza. Lanzó un gruñido y reculó antes de que yo lo golpeara de nuevo. Luego salió por la ventana y se alejó cojeando.

—¿Qué fue lo que os dijo?

—Algo muy extraño en boca de un ladrón —respondió Cantrell, ceñudo.

—¿Qué fue?

—«Ha llegado vuestra hora». ¿Por qué iba a decir algo así?

Lo miré asombrado. ¿Acaso Charles Cantrell había evitado convertirse en la quinta víctima del asesino?

—¿Se lo contasteis al alguacil? —pregunté.

Encogió los hombros enjutos.

—¿De qué iba a servir? En Dean’s Yard se producen robos continuamente. Pero ese no volverá a intentarlo aquí. Espero haberle dado fuerte, y que se haya quedado seco en cualquier zanja —añadió Cantrell con rencor.

—¿Hubo algo de ese hombre que os resultara familiar? —pregunté, escogiendo cuidadosamente las palabras—. ¿Su voz, quizá?

Me miró con aquellos ojos medio ciegos.

—No era más que un bulto en la oscuridad, una sombra. No veo nada, a menos que lo que miro esté cerca. Desde aquí, vuestro rostro no es más que un borrón, a pesar de las lentes.

—¿Era bajo o alto?

—Debía de ser alto, por la altura a la que dirigí el garrotazo. —Reflexionó por un instante—. Había algo que me resultaba familiar en su voz. Tenía un tono agudo.

—¿Es posible que se tratara de vuestro antiguo maestro, el enfermero Goddard? —pregunté.

Me miró en silencio durante unos segundos.

—Hummm… Supongo que podría ser; pero ¿por qué…? ¿Por qué iba a atacarme ese viejo cabrón en mi propia casa? Hace tres años que no lo veo.

—Debía de saber que la casa de vuestro padre se encontraba cerca de la abadía.

—Pero ¿por qué? ¿Qué ha hecho, señor? No llegasteis a contármelo la última vez que vinisteis. —El tono de voz de Cantrell había adoptado un deje de pánico.

—¿Podría inspeccionar ese pedazo de madera?

—¿No iré a tener problemas por esto, señor? No hice más que defenderme.

—Lo sé. Solo quiero echarle un vistazo.

Me tendió el garrote, a regañadientes. Había reparado en la presencia de unos pelos entre la sangre. Eran de color negro. El mismo color que tenía el cabello de Goddard; por no mencionar al misterioso visitante de Abigail, la prostituta.

—Por lo que parece, le propinasteis un par de buenos golpes. Las heridas en la cabeza sangran abundantemente. El dolor y la conmoción debieron de ser superiores al daño. —Devolví el garrote a Cantrell. Tenía las muñecas muy delgadas, puro hueso, y al reparar en ellas me acordé de Adam.

—No habéis respondido a mi pregunta, señor —insistió Cantrell.

Exhalé un suspiro.

—Existe la posibilidad de que el enfermero Goddard haya… perdido el juicio.

—Pero ¿por qué iba a atacarme?

Observé los restos de cristales rotos que había en el suelo. Sí, alguien había irrumpido en la casa tras golpear la ventana. Cantrell aún no había barrido los cristales. Me pregunté si, teniendo en cuenta lo mal que veía, no temía pisarlos por accidente.

—¿Habéis tenido alguna relación con religiosos radicales reformistas? — pregunté—. Me refiero a la gente piadosa.

Guardó silencio un instante. Luego asintió con la cabeza.

—Es importante —insistí—. Podría explicar el motivo de que os atacaran.

—Cuando era monje, mi padre se convirtió en reformista —empezó a explicar en voz baja, inclinando la cabeza como si estuviera avergonzado—. Se sumó a un grupo que solía reunirse en la casa de un predicador que carecía de permiso, situada en Sanctuary. Cuando abandoné la abadía y volví a casa, no dejaba de decirme: «Los monjes habéis recibido lo que os merecíais, e iréis al infierno a menos que sigáis la verdadera senda de la Palabra». —Percibí la ira de Cantrell cuando imitó la voz ronca, áspera, de su padre—. Por entonces estaba perdiendo la antigua fe, así que dejé que me arrastrara a una de esas reuniones. Solo había media docena de personas; creían que tenían que prepararse para el fin del mundo, y también estaban convencidos de que Dios les había encomendado la misión de dar con quienes había escogido salvar y convertirlos. Eran estúpidos, no se sabían más que algunos pasajes de la Biblia, los que más se acomodaban a sus argumentos, y ni siquiera esos los entendían bien. Algunos no sabían ni leer. Yo pasé años leyendo la Biblia, y por eso sé hasta qué punto llegaba su ignorancia.

—Hay mucha gente así —señalé.

—No hacían más que hablar por hablar y decir tonterías. —Cantrell había elevado el tono de voz, lleno de amarga angustia—. Yo solamente iba para que mi padre se callara. Siguieron diciendo que podían salvarme, que me bautizarían en la verdadera fe. —Negó con la cabeza—. Mi padre ya estaba enfermo cuando volví a casa, y a su muerte dejé de acudir a las reuniones. —Levantó de nuevo la vista y miró alrededor —. Tuvo un tumor. —Hizo una pausa y, bajando la voz, continuó—: Cuando murió, temí que volviera de algún modo a regañarme y persuadirme de que debía regresar a las reuniones. Pero no lo ha hecho; desde su muerte, solo ha habido silencio en esta casa. —Suspiró y guardó silencio, extraviado en su mundo propio.

Miré la mesa sucia y la ventana rota. Cantrell apenas salía adelante con la pensión de monje, y necesitaba ayuda, alguien que cuidara de él.

—¿Cómo repararéis la ventana? —pregunté. Él se encogió de hombros—. Quizá los vecinos podrían ayudaros —sugerí.

Negó con la cabeza, convencido.

—Son unos entrometidos. La vieja arpía que vive más arriba, en esta calle, solía acercarse a limpiar, pero se metía en mis asuntos e insistía en que me casara. —Soltó una carcajada—. Quizá podría buscarme una ciega y ambos andaríamos tropezando por la casa. Apenas me atrevo a salir en busca de alimentos, por temor a que me arrolle un carro.

—¿Qué pasó con ese grupo del que hablabais? ¿Sigue reuniéndose en Westminster?

Cantrell negó con la cabeza.

—El vicario de Saint Margaret se enteró de las prácticas de aquellos radicales.

Hizo arrestar al cabecilla y los demás se dispersaron. Eso fue el año pasado. —De nuevo la risa amarga—. Ya veis hasta qué punto estaban dispuestos a defender la Palabra Verdadera. Huyeron como ratas.

De modo que lo sucedido al grupo se había hecho público. Me pregunté qué habría sido de ellos. Probablemente los miembros se habían integrado en otros grupos, en otras iglesias. Quizá el asesino fuera uno de ellos y que en su compañía hubiese oído pronunciar el nombre de Cantrell, a quien debían de calificar de converso arrepentido. Si el asesino era Goddard, sin duda habría reconocido ese nombre.

—¿Recordáis los nombres de los que integraban ese grupo? —pregunté. Me dio media docena. No reconocí ni uno, pero podrían serle de utilidad a Harsnet.

—¿Qué tiene que ver todo esto con Goddard, señor? —Cantrell pestañeó. No me atreví a contarle toda la historia.

—No estoy seguro. Sin embargo, creo que quizá necesitéis protección. Podría encargarme de que venga un guardia a la casa, y que se quede aquí con vos.

—No. No quiero a nadie aquí. No quiero a nadie que esté todo el día criticando la casa, quejándose de lo sucia que está. —Me miró de nuevo con los ojos vidriosos—. Dejemos que Goddard vuelva, si eso es lo que quiere. No vais a contarme por qué me sigue la pista, y a mí poco me importa si vivo o muero.

Miré a Barak, que se encogió de hombros. Dijera lo que dijese Cantrell, pensaba solicitar la presencia de un guardia.

—¿Me creéis un gran pecador por no importarme si muero? —preguntó inesperadamente Cantrell.

—Me parece una lástima.

—De todos modos, ¿qué es la muerte? Después vendrán la bendición o el tormento eternos, uno u otro, y en los tiempos que corren, ¿quién sabe qué será? — Soltó una risa ronca, carente de humor.

—Hay una última cosa que querría preguntaros —señalé—. Acabo de visitar por segunda vez a Francis Lockley. Tengo la impresión de que hay algo que nos oculta del enfermero Goddard. Algo que no quiere que sepamos acerca de él. ¿Se os ocurre de qué podría tratarse?

—No, señor. Yo no tuve nada que ver con la enfermería laica. Tan solo veía a Francis cuando este visitaba a maese Goddard, o cuando acudía a pedir prestado algún utensilio. —Se encogió de hombros y pensé que realmente había llegado un punto en que nada le importaba, ni siquiera su propia vida.

 

Abandonamos la casa y nos sumergimos de nuevo en el hedor y el estruendo que imperaban en Dean’s Yard.

—Está muy mal —comentó Barak.

—Me aventuraría a diagnosticar que se halla sumido en un estado de profunda melancolía. Lo cual no resulta sorprendente, teniendo en cuenta en qué se ha convertido su vida, por no mencionar que prácticamente no ve.

—Podría intentar animarse un poco. Aceptar la ayuda que se le ofrece. Imaginad lo que debe de ser que a uno no le importe si vive o muere, a pesar de lo mucho que parecía pesarle el hecho de que un desconocido pudiera pensar que tiene la casa sucia.

—Cuando veamos a Harsnet, veré si puedo conseguir que aposten un guardia en la casa. No podría soportar ver a Cantrell torturado como el resto. —No creía que el asesino regresara a la casa de Cantrell, puesto que su víctima ya estaba puesta sobre aviso, pero no había forma de estar seguro de ello—. Al menos hemos averiguado algo —añadí—. Ahora andamos tras la pista de un hombre que tiene una herida en la cabeza.

Condujimos los caballos al otro lado del camino, hasta la puerta que se levantaba en el muro de la abadía. Barak saludó con la cabeza al guardia. Aún faltaba una hora para que Harsnet saliera. Sentí la necesidad de estar a solas un rato.

—Barak, ve a buscar un sitio donde podamos dejar los caballos —dije—. Voy a dar un paseo por el interior del recinto. Te veré aquí dentro de una hora.

—¿De veras os parece seguro?

—No saldré del recinto. Hay guardias apostados. Nos vemos dentro de un rato. — Para zanjar la discusión giré en redondo, haciendo un gesto al guardia. Al reconocerme, me abrió la puerta para dejarme pasar, y de nuevo me adentré en el recinto de la abadía de Westminster.

 

Ya en el interior, emprendí el camino a través del laberinto de escombros hasta el antiguo claustro. Reinaban el silencio y la quietud. Caminé por las antiguas losas, contemplando el desierto patio interior, meditando. Había reunido algunas pistas, pero estas no hacían sino ahondar el misterio. ¿Era Goddard a quien buscábamos, o el joven que había visitado a Abigail? ¿Y por qué el asesino había decidido que Cantrell fuese su quinta víctima, pues todo hacía apuntar a que así era? Si se trataba de Goddard, a todas luces tenía que saber que el joven apenas podía valerse por sí mismo. Sentí una peculiar satisfacción al pensar en el golpe que Cantrell había arreado en la cabeza a su asaltante. Me dije que Cantrell, al igual que Meaphon, compartía conmigo cierto nexo, pero al pensarlo negué con la cabeza. Era peligroso e insensato creer que el asesino podía haberse fijado de algún modo en mí para que le sirviera de espectador. ¿Acaso no se había apartado de su habitual modo de actuar, para infundirme miedo con tal de que abandonase la investigación? Sin embargo, no pude evitar una punzada de miedo al recordar que yo encajaba en el perfil de alguien que se había apartado de las prácticas religiosas radicales.

De pronto caí en la cuenta de lo cansado que me sentía. Para tranquilizarme, decidí dar un paseo por la antigua abadía de Westminster. Mientras caminaba lentamente, vi entreabierta la puerta que daba a la casa capitular y oí voces procedentes del interior. Me acerqué. Para mi sorpresa, oí golpes de martillo cuando accedí al vestíbulo.

Un grupo de escribientes vestidos con hábitos negros sacaban cuidadosamente gruesos pergaminos amarillos de antiguos arcones, para luego depositarlos en el suelo enlosado. Por su parte, los trabajadores, algunos de ellos subidos a escaleras, montaban estantes de madera en las paredes. Uno tras otro, los retablos que representaban las escenas del Libro de las Revelaciones quedaban ocultos a la vista. Ante mi mirada, uno de los trabajadores atravesó el cuerpo del monstruo de las siete cabezas con un enorme clavo.

Uno de los escribientes, un joven de estatura elevada, levantó la vista hacia mí con expresión interrogativa.

—¿Venís de Rolls House, señor?

—No… Pasaba por aquí y he oído los golpes… Claro, ahora lo recuerdo. La casa capitular va a convertirse en un archivo de documentos oficiales.

El joven asintió con cierta gravedad.

—La cantidad de documentos oficiales no hace más que aumentar, así que hay que poner los antiguos en alguna parte.

Miré las paredes.

—De modo que vais a cubrir los viejos frescos.

—Y, por lo que he oído, también los ventanales —dijo, encogiéndose de hombros —. En fin, no son más que reliquias de los antiguos monjes. Además, ¿qué valor tienen esas pinturas? Ni siquiera son buenas.

—Es el Apocalipsis de san Juan. La historia de las revelaciones.

Al oír mis palabras uno de los escribientes volvió la vista hacia mí, y uno de los trabajadores dejó de darle al martillo. El escribiente con quien había estado conversando se acercó a la pared y observó incómodo el retrato de la Gran Ramera.

—¿De veras lo es? —preguntó. Pareció meditarlo un momento—. Pues pienso que no habría que representar el fin del mundo en unas imágenes tan toscas como estas.

«Otro fanático religioso», pensé.

Seguí después el camino del claustro hasta la puerta que daba a la iglesia de la abadía. Estaba desierta, a excepción de unos asistentes vestidos con hábito negro que caminaban lentamente de un lado a otro, y cuyos pasos reverberaban en las losas de piedra. Aquel espacio de silencio, despojado de todas las imágenes y adornos, estaba tenuemente iluminado por una luz mortecina procedente de las vidrieras. Los monjes habían rezado durante siglos en aquel lugar, y ya no había más que quietud y silencio. Solo había un guardia, junto a la puerta, y estaba dormido. No quedaba nada de valor que pudiera ser robado. El rey se había apropiado de todo.

Anduve hasta la capilla de Enrique VII, donde descansaban los restos mortales del padre del rey. El imponente mausoleo seguía en su lugar, y la piedra blanca relucía a causa de la luz que entraba por las vidrieras, contrastando con la penumbra que reinaba en el resto de la abadía. Volví a la nave y caminé entre las antiguas tumbas de la realeza.

Me encontré frente a la piedra desnuda del sarcófago de Eduardo el Confesor. Había tenido ocasión de contemplarlo en la época anterior a la disolución, asombrosamente enmarcado por estatuas e imágenes de oro y plata que reflejaban el brillo de un millar de velas. Recuerdo que había muletas y bastones apilados, puesto que se creía que la tumba tenía el poder de curar a los inválidos. También recuerdo que, supuestamente, un jorobado fue de los primeros que se beneficiaron de tales curas. No eran más que supercherías, pero tenían un gran poder.

Reparé en la presencia de un grupo cercano de personas, apiñadas frente a un altar de piedra desnuda, que únicamente estaba adornado por una cruz. Había cuatro hombres fornidos con librea y el gorro en la mano, mientras que la otra descansaba en la empuñadura de la espada. Frente a ellos vi una mujer arrodillada en el suelo de piedra, orando. Lucía un vestido de seda roja con puños negros recamados con pan de oro y anillos con piedras engarzadas en todos los dedos. El tocado negro estaba adornado con perlas. Uno de los guardias, al ver que los observaba, me advirtió con una mirada significativa que no me acercara. Entonces, la mujer bajó las manos con un suspiro, y reconocí en ella a lady Catalina Parr. Se puso en pie con un frufrú del vestido. Su expresión guardaba cierto parecido con la que le había visto de camino al funeral de su marido: hermética a la vez que preocupada. Sin embargo, al levantarse, se le relajó y dirigió a sus guardias una sonrisa llena de templanza y dulzura. Inclinó la cabeza y echaron a andar.

Se hallaban a medio camino de la puerta cuando se produjo una conmoción repentina. Vi un mendigo que rezaba junto a una de las tumbas; en cuanto reparé en su presencia, se levantó y se dirigió corriendo hasta postrarse a los pies de lady Catalina. Hice ademán de acercarme, debido quizá al impulso que sentí de protegerla, pero sus guardias se ocuparon de ello. Uno de ellos amenazó con la espada al mendigo. Lady Catalina permanecía de pie con la mano en el pecho, tan asustada como sorprendida. El hombre levantó la cabeza y reconocí al mendigo loco a quien Barak y yo habíamos encontrado en la enfermería, el que nos había contado que andaba buscando sus dientes.

Otro hombre surgió de las sombras con la espada desenvainada. Era sir Thomas Seymour, vestido con jubón azul marino y joyas a juego. Lady Catalina palideció.

—¿Os encontráis bien, milady? —preguntó Seymour.

—Muy bien, Thomas —respondió lady Catalina, que acto seguido frunció el entrecejo—: Envainad la espada, insensato. —Y se volvió hacia el mendigo.

—Buena señora, no puedo dar con mis dientes —dijo el desdichado—. No puedo comer; por favor, milady, ¡haced que me los devuelvan!

—Eh, tú, loco —dijo el guardia, cuya espada amenazaba al mendigo—. ¿Qué crees que estás haciendo, acercándote así a lady Catalina?

—Mis dientes, necesito mis dientes…

—Dejad que se vaya —ordenó lady Catalina—. No rige. No sé nada de tus dientes, buen hombre. Veo que te faltan. Pero si los has perdido, los has perdido. Yo también perderé los míos algún día.

—No, buena señora, es que no me entendéis…

—Tendríamos que ponerlo bajo custodia de alguien, milady —sugirió uno de los guardias.

—No —respondió ella con firmeza—. No puede valerse por sí mismo. Dadme un chelín.

El guardia bajó la espada, hundió la mano en su bolsa y sacó de ella una moneda de plata. Lady Catalina la cogió, se inclinó y se la ofreció al mendigo, que seguía mirándola como hechizado. Ella le obsequió con una sonrisa dulce que me recordó la de Dorothy, aunque ambas no se parecían físicamente en nada.

—Aquí tienes, buen hombre, ve a comer unas buenas gachas.

El mendigo observó a lady Catalina y los rostros inflexibles de los guardias; luego se puso de pie, inclinó la cabeza y salió corriendo a toda prisa. Sir Thomas presenciaba la escena con aspecto de estar divirtiéndose. Los guardias desviaron la mirada cuando ella se le acercó.

—Thomas —dijo con voz temblorosa—. ¿Os contaron…?

—Uno de vuestros sirvientes me dijo que hoy acudiríais a la abadía —la interrumpió él—. Únicamente quería veros, miraros desde lejos. —Adoptó una repentina actitud grave—. Pero cuando vi que quizá corríais peligro, tuve que desenvainar la espada. —Se llevó la mano al corazón, gesto que me pareció en ese momento propio de un actor, aunque por un instante el rostro de lady Catalina reveló una gran emoción.

—Sabéis que no debéis intentar verme. Es muy cruel por vuestra parte, y también peligroso. —Miró en torno con preocupación, y reparó en mi presencia, pues yo seguía de pie a cierta distancia.

Sir Thomas se echó a reír.

—El jorobado no dirá nada, lo conozco. Y he sobornado a los trabajadores para que se mantengan apartados de esta parte de la iglesia un rato.

Lady Catalina titubeó por un instante, y, luego de hacer un gesto a sus guardias, se alejó a buen paso seguida de sus hombres. Sir Thomas se encogió de hombros imperceptiblemente, antes de volverse hacia mí.

—No diréis nada, ¿verdad? —preguntó muy tranquilo, a pesar del tono amenazador que se le intuía—. Ni a mi hermano, ni a Cranmer.

—No. ¿Por qué iba a querer involucrarme en esto?

Seymour sonrió y sus blanquísimos dientes relucieron, enmarcados por la recortada barba pelirroja.

—Bien hecho, jorobado. —Dio media vuelta y se alejó. Sus pasos se me antojaron tan poco discretos como llenos de confianza.