Talos de Esparta

Valerio Massimo Manfredi · Capítulo 9 de 23

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Talos de Esparta

Aquel que Ha Temblado

Brito y Aguías cabalgaron sin parar día y noche; apenas se detuvieron para recuperar fuerzas y dormir, a menudo por turnos. Talos, que iba a la grupa de su mulo, los seguía en silencio a unos treinta pasos. Por doquier encontraron escenas de pánico; los habitantes de Grecia central abandonaban aterrorizados sus casas y se refugiaban en las montañas con sus enseres. Los que no podían moverse se quedaban y se preparaban para lo peor. El primer día pasaron por Orcómeno y Coronea, y, al caer la tarde, llegaron a Tespias. En la pequeña ciudad que había perdido en las Termópilas setecientos guerreros se oía el llanto desesperado de las mujeres y los niños, que ya habían recibido la noticia de la muerte de sus maridos y padres. Los viejos vagaban sin rumbo por las calles polvorientas, como atontados por la espantosa desgracia. Otros, sentados a la puerta de los templos, invocaban a la muerte. Un viejo encorvado y casi ciego salió a recibir a los caballeros a las puertas de la ciudad. Tenía la barba descuidada y los largos cabellos sucios y revueltos. Posó los ojos enrojecidos por el llanto en el rostro de Brito y le preguntó con voz trémula:

—¿Quiénes sois?

—Somos focenses —repuso prestamente Brito—, venimos del sendero de Anopea, ¿y tú quién eres, viejo, qué quieres de nosotros?

—Me llamo Diadromos y soy el padre de Demófilo, jefe de nuestros guerreros que estaban a las órdenes de Leónidas. Os lo ruego, decidme si es cierto que no se ha salvado nadie, que han muerto todos.

—Por desgracia, lo que dices es cierto —respondió Brito—, no quisieron abandonar sus puestos... murieron como héroes.

—Pero vosotros... —prosiguió el viejo con voz temblorosa—, vosotros no sois focenses, conozco vuestro acento... sois laconios, espartanos...

Brito se estremeció.

—Sois espartanos —continuó el viejo—, ¿por qué estáis aquí? Habéis huido, habéis abandonado a vuestros compañeros...

Brito le hizo una señal a Aguías y a Talos y se lanzó al galope por las calles de la ciudad casi desierta. El viejo cayó de rodillas en el polvo y entre sollozos repitió:

—Los habéis abandonado, los habéis abandonado...

Cabalgaron al paso, sin hablar, en la oscuridad apenas iluminada por la luna en cuarto creciente que asomaba en ese momento entre los olivos.

Aguías miraba a su compañero y seguía mudo, con la cabeza inclinada. En un momento dado, oprimido por la prolongada angustia, le gritó:

—Basta, basta ya, Brito, la tarea que nos han encomendado es ingrata, pero era necesario que alguien cargara con ella. Estamos cumpliendo con un deber mucho más gravoso que el de nuestros compañeros, que murieron con gloria al lado del rey Leónidas. Sus nombres serán cantados por los poetas, mientras que los nuestros caerán en las sombras, cuando no en la deshonra. Pero ¿acaso podíamos negarnos?

—¿Has oído lo que dijo ese viejo? —respondió Brito con dureza—.

¿Lo has oído, Aguías? Lloraba a su hijo, que cayó con los nuestros, y nos ha tomado por unos cobardes que huyeron por miedo... Y como cobardes debemos mentir y escondernos...

—Escucha —prosiguió Aguías—, ese mensaje debe ser de la máxima importancia y debe contener algo más que la simple noticia de la pérdida del paso. Si el rey Leónidas nos ha confiado una tarea tan odiosa significa que tenía que notificar algo realmente terrible a Esparta, a los Éforos y al rey Leotíquidas en particular. De lo contrario, no tiene explicación. Como tú bien le dijiste, nuestros aliados peloponenses le habrían dado la noticia de la pérdida de las Termópilas antes que nosotros.

—Tienes razón —dijo Brito—, es verdad. Los aliados de Tegea pueden llegar a Esparta en pocas horas y tienen cierta ventaja sobre nosotros. Pero entonces, ¿por qué quiso el rey Leónidas exponernos a la deshonra?

Siguieron cabalgando en silencio durante largo trecho. En determinado momento, después de subir una colina, vieron brillar las olas del golfo de Corinto y decidieron detenerse para tomar algún alimento y descansar unas horas. Estaban en ayunas y se sentían exhaustos por las fatigas inhumanas que habían soportado en los últimos tiempos. Además, los dos estaban afiebrados por las heridas sufridas en los combates recientes.

Talos ató a los caballos y al mulo, encendió un fuego al reparo de un saliente de piedra y preparó una pequeña polenta de cebada. No lograba alegrarse ante la idea de volver a ver a su madre y su gente; sentía como si una capa de plomo le oprimiera el corazón. Tragó de mala gana la comida, agazapado en un rincón, y luego fue a sentarse en una piedra que dominaba

el mar. En el espejo tranquilo de las aguas la luna volcaba sus rayos de plata y una ligera brisa agitaba apenas las hojas de los olivos y los almendros haciéndole llegar el perfume intenso del mastranzo. Se volvió para mirar las figuras sombrías sentadas a poca distancia alrededor del vivaque; no sentía ni odio ni resentimiento. Como en un sueño vio el campo de batalla que acababan de dejar, los guerreros caídos que se quedarían sin exequias y sin el llanto de las mujeres. Notó como si sus sombras aletearan sobre el campamento. Pensó en el guerrero del dragón, en su escudo, que estaría abollado y sucio de sangre y polvo entre los montones de cadáveres, en la tragedia que, inminente, se abatiría sobre pueblos enteros. En su corazón resonaron los gritos desesperados de las mujeres tespienses, vio los ojos enrojecidos y cargados de lágrimas de aquel viejo.

Su corazón estaba henchido de pena y rabia porque un destino cruel lo había arrancado de su gente y de sus seres queridos y, al mismo tiempo, impedía que formara parte de ese otro pueblo al que había odiado y, al mismo tiempo, admirado profundamente; al principio de forma inconsciente, como cuando de niño había visto a los guerreros en el llano; y después, de muchacho, a los jóvenes espartanos que soportaban sin un solo gemido la flagelación delante del templo de Artemis Ortia, y el valor increíble y la fuerza formidable demostrada por los trescientos en las Termópilas .

Un ruido de pasos lo sacó de sus pensamientos, se dio la vuelta y bajo los rayos de la luna vio brillar la coraza de Brito. Se quedaron largo rato en silencio; el guerrero espartano de pie, inmóvil como una estatua; el ilota, sentado en una piedra. Fue Brito quien habló primero.

—La suerte es caprichosa —dijo con tono casi ausente—. Cuántas veces, al observar a tu gente, pensé que habría sido preferible morir a llevar una existencia escuálida, igual día tras día, sin emociones.

Talos se puso de pie.

—Sin embargo, ahora te envidio, ilota. Volverás a tus montañas y salvarás la vida, que es lo único que te importa; en cambio, yo... regreso a una ciudad dispuesta a juzgarme, dejo a mi padre insepulto, a merced de los perros y el ultraje de los bárbaros. Dejo a mis amigos destrozados, sus cuerpos expuestos al escarnio y las mutilaciones. Me esperan la oscuridad, la deshonra tal vez, el desprecio...

Calló, embargado por la rabia, la desesperación, la vergüenza. Aguías dormía envuelto en su capa roja hecha jirones y a él una desdicha

insoportable lo había impulsado a hablar con un siervo. Talos le lanzó una mirada entristecida.

—¿En verdad tienes la certeza de que la vida es lo único que me importa? ¿Qué sabes de mi vida y de la vida de mi gente? ¿Sabes lo que significa servir siempre y callar, llevar todos los días el yugo como un animal, sin que haya esperanzas ni salidas? No fueron los dioses quienes nos convirtieron en siervos sino los hombres, hombres como tú... y como yo. Mañana, tal vez a esta misma hora, pueblos enteros, prósperos y libres, serán esclavizados por la fuerza imparable del invasor. Hombres nobles, altivos, valerosos como tu padre, como tú, tal vez. Es verdad que quien nace encadenado no sabe qué es la libertad, pero sí sabe lo que es el coraje. Un coraje que tú ni siquiera imaginas. El coraje de llevar día tras día una pesada carga sin doblar la espalda, el coraje de seguir viviendo por uno mismo, por los seres amados.

Brito vio otra vez a un joven pastor, rodeado de muchachos armados, batirse furiosamente con la ayuda de un cayado; vio también a una muchacha rubia que lo escudaba con su propio cuerpo.

—Ahora tú también sabrás si eres hombre o esclavo —continuó Talos, despiadado—, vive, si puedes, como te han ordenado, sobrevive a lo que consideras una ignominia. Los asnos también soportan los latigazos sin gemir.

Brito notó que se le encendía el rostro.

—Los animales también saben patear y herirse salvajemente hasta morir...

—Basta —gritó Brito echando mano de su espada—. No desafíes mi cólera.

—Pero solo los hombres son capaces de sobrevivir, de silenciar los gritos del corazón, de ahogar la pena, la rebelión, la rabia, de llevar la vergüenza sobre los hombros como una carga repugnante. Estás cubierto de bronce, Brito, pero la piel que te cubre los huesos solo sabe vibrar como la del tambor que convoca a la batalla. ¿Alguna vez has llorado, Brito?

¿Acaso alguna vez se han llenado de lágrimas tus ojos? La gloria te ha sido arrebatada y eres como una copa llena de arena. —Le puso un dedo en el pecho y continuó diciendo—: ¿Qué hay detrás de esa coraza, Brito, qué?

Calló, se mordió los labios y apretó los puños hasta clavarse las uñas.

—Y ahora, desenvaina tu espada, guerrero —dijo con voz fría—, y comprueba cuánto le importa a un esclavo la vida.

Brito inclinó la cabeza sin responder.

Una nube negra surgida al atardecer de las cimas del Helicón ocultó en plena noche el disco de la luna sumiendo el pequeño campo en una oscuridad imprevista que apagó los reflejos del mar y, por un instante, el canto de los grillos entre la hierba; solo las ascuas del vivaque siguieron despidiendo un pálido halo. Aguías montaba guardia y en ese momento el sueño y el cansancio lo vencieron. De la nada surgió una sombra que se deslizó furtiva entre los ralos arbustos, acaso fuera uno de los espíritus que la tierra oculta en su vientre y por las noches vagan en busca de la vida perdida antes de tiempo, así de silencioso era su paso... La sombra se detuvo al lado de Brito, a espaldas de Aguías y se cernió como un espectro cruel. Por momentos parecía agazaparse, como si buscara algo, para volver a elevarse e irse... o desaparecer. Así le pareció a Talos haberlo soñado...

Cuando la luna volvió a brillar, los tres muchachos habían sido domados por el sueño; solo Aguías se estremeció, recorrido por un escalofrío, cuando la brisa húmeda comenzó a soplar desde el mar.

Poco antes del amanecer emprendieron viaje y solo se detuvieron unos instantes en un arroyo para abrevar a los animales; llegaron al mar cuando hacia el horizonte comenzaba a clarear. Alcanzaron el istmo cuando el sol estaba en mitad del cielo y se detuvieron, sudados y cubiertos de polvo, en un caserío abandonado para comer un puñado de aceitunas que Talos sacó de la alforja con un mendrugo de pan.

Poco después se encontraban a los pies del muro que las tropas peloponenses habían erigido para impedir el paso hacia el sur. Un oficial espartano se asomó al bastión.

—¿Quiénes sois? —gritó—. ¿Qué queréis?

—Soy Brito, hijo de Aristarcos, espartano —fue la respuesta—.

Venimos de las Termópilas .

Se oyó a alguien gritar órdenes apresuradas y, poco después, en la base del muro, se abrió una portezuela de hierro.

—Pasad, daos prisa —dijo el oficial haciéndose a un lado—. Decidme

—se apresuró a añadir—, ¿cómo habéis conseguido salvaros? Los aliados llegaron hace apenas unas horas y dijeron que habían muerto todos.

—Así es —dijo Brito con la voz quebrada—, se quedaron para cubrir su retirada. Nosotros estamos aquí porque el rey Leónidas nos confió un mensaje para los Éforos; tenemos órdenes de entregarlo directamente en sus manos.

—¿El rey? —preguntó el oficial.

—A esta hora estará muerto —respondió Aguías—, imposible que se haya salvado nadie, ya sabréis que alguien le enseñó al enemigo el sendero de Anopea; nosotros partimos justo a tiempo para no quedar atrapados. Pero ahora déjanos marchar, debemos seguir camino y cumplir con nuestra misión.

Un puñado de soldados se había arremolinado alrededor del grupito.

—¿Quiénes son? —preguntó alguien.

—Son de los nuestros, vienen de las Termópilas .

—¿De las Termópilas ? ¡Pero si dijeron que no se había salvado nadie!

—Estos lo consiguieron.

—Al parecer, traen un mensaje del rey Leónidas.

Brito espoleó a su caballo y se abrió paso entre el gentío de soldados, que se apartaron. Más tarde, una vez que hubieron cruzado las líneas y los campos atrincherados, bajaron el declive que conducía al llano de la Argólida. Rodearon Argos, la infiel, que acaso ya estaba en contacto con los persas, y se dirigieron hacia Mantinea, adonde llegaron hacia el crepúsculo.

Al día siguiente se encontraban a las puertas de Esparta. La ciudad aparecía blanca bajo el sol que caía en picado; de una columna pendía inerte un largo trapo negro.

Cruzaron la ciudad en el momento en que estaba más atestada; la gente se apartaba a su paso y los observaba con una actitud entre curiosa y desconfiada. Las cabalgaduras brillantes de sudor arrastraban con esfuerzo los cascos por el polvo del camino, con las orejas gachas y la cola caída; los dos guerreros que las conducían iban con las armaduras abolladas, las ropas rotas y sucias, los miembros plagados de cardenales y heridas purulentas; y las cabezas, cubiertas de sudor, se bamboleaban sobre los hombros.

Llegaron a la gran plaza de la Casa de Bronce y se acercaron hasta el edificio donde el Consejo de Ancianos se reunía con los Éforos para tomar las decisiones sobre cuanto había ocurrido. Con las primeras luces del alba habían recibido la noticia de la caída de las Termópilas a través de un caballero tegeo.

Un centinela condujo a Brito y Aguías a la sala del consejo; su entrada fue recibida por un murmullo de estupor. Estaban casi irreconocibles, enjutos, lastimados, sucios, con los ojos enrojecidos en el fondo de las órbitas negras y hundidas. Parecían espectros evocados por los infiernos.

Fue Brito quien habló.

—Venerables padres, la traición truncó nuestra resistencia en el paso.

Alguien le indicó al enemigo la senda de Anopea y por ello el rey Leónidas despidió a los aliados para no sacrificarlos inútilmente y se quedó con nuestros guerreros para proteger su retirada. Somos los únicos que lograron huir porque el rey nos ordenó traeros este mensaje.

Tendió el rollo de cuero a un guardia que se lo entregó al más viejo de los Éforos.

—Ordenó que se leyera inmediatamente en presencia de los Ancianos, los Éforos y el rey Leotíquidas.

Sin abrir el rollo, el Éforo dijo:

—Nos han hablado del gran valor de nuestros guerreros en las Termópilas ; han derramado su sangre por la libertad de todos los helenos y la ciudad les rinde homenaje con solemnes ritos fúnebres. Y también os rinde homenaje a vosotros por haber luchado hasta agotar vuestras fuerzas y haber obedecido las órdenes de vuestro rey. El mensaje será leído en cuanto se presente el rey Leotíquidas, a quien ya hemos dado aviso de presentarse ante esta asamblea. Marchaos, tenéis permiso para regresar a vuestras casas sin presentaros antes en la sisitia .

—Nuestra sisitia ya no existe —murmuró Brito con voz apagada.

Los dos guerreros salieron apoyándose el uno en el otro a la gran plaza inundada por un sol ardiente y despiadado. Cerraron los párpados para proteger los ojos doloridos y Brito se apretó las sienes que parecían a punto de estallarle. En cuanto logró distinguir algo, vio que la plaza era un hervidero de gente que los miraba; en un rincón, Talos a duras penas sofrenaba por el cabestro a los caballos nerviosos y atormentados por los tábanos.

—Vienen del infierno —dijo un niño, con los ojos desmesuradamente abiertos, medio oculto tras las piernas de su padre.

Brito y Aguías bajaron con paso vacilante la escalinata de la casa del consejo y la multitud se abrió en dos para dejarlos pasar.

—Es el hijo de Aristarcos —dijo alguien asomándose para mirarlo a la cara.

—¿Por qué se han salvado? ¿Por qué solo ellos? —gritó una mujer.

El murmullo de la plaza se hizo más audible, la multitud dio señales de querer abalanzarse sobre los dos desgraciados. En ese momento, todas las cabezas se volvieron hacia un lado; por la puerta de la Sala del Consejo

salió uno de los Ancianos. Hizo señas de que iba a hablar; la multitud se calmó.

—Espartanos —dijo el viejo—. Los dos guerreros que pasan entre vosotros son dos valientes. Han traído un mensaje del rey Leónidas, que les ordenó abandonar las Termópilas .

La multitud volvió a abrirles paso y los dos guerreros se arrastraron hasta el borde de la plaza, delante de la Casa de Bronce. Junto al tocón que había sido testigo del dolor atroz del rey Cleomenes, mortalmente pálida, se erguía Ismene.

—Madre... —dijo Brito con voz ronca. El escudo se le deslizó de la mano y cayó con estrépito sobre el empedrado—. Madre... volverás con él...

o encima de él... dijiste.

Cayó de rodillas mientras a sus espaldas Aguías vacilaba sobre los pies, como una marioneta que pendiera de un clavo. Brito levantó la cabeza hacia su madre, se pasó la lengua por los labios resecos y cortados.

—Madre... él te amó hasta el último instante.

Ismene se arrodilló a su lado.

—¡Madre, no quería dejarlo... no quería dejarlo! —gritó con voz quebrada.

Se cubrió el rostro con las manos y se echó a llorar.

Uno de los Éforos le hizo una seña al guardia, que salió de la sala y cerró la puerta de hierro; después avanzó hasta el centro.

—Señores —dijo—, el rey Leónidas y nuestros guerreros murieron como valientes para defender Grecia; ahora los atenienses no pueden negarse a desplegar su flota a las órdenes de nuestro navarca Euribíades para defender el Peloponeso. Nos corresponde ahora la tarea de dotar al istmo de mayores refuerzos. Entretanto, se rendirán honores a los caídos y, si es posible, se intentará recuperar sus cuerpos para que no queden insepultos. Nuestros aliados focenses se esmerarán con este fin. Después debemos proceder al nombramiento de un regente porque el hijo de Leónidas, el joven Pleistarcos, no tiene edad suficiente para ocupar el trono.

Para el cargo, este consejo ya propuso el nombre de Cleómbroto, hermano del difunto rey, que sin duda aceptará la gravosa carga de la regencia en un momento tan lleno de peligro. Hemos sido informados de quién guió al ejército del Gran Rey hasta el paso de Anopea y causó el final de nuestro contingente de las Termópilas .

Un viejo de larga barba blanca se levantó de su sitial en el senado.

—El rey Leónidas habría muerto de todos modos, sabemos que su suerte estaba echada desde el momento en que este consejo decidió no sustraer un solo hombre de la defensa del istmo.

El primer orador palideció.

—O tal vez —prosiguió impertérrito el viejo—, nobles Ancianos y Éforos, ¿deseamos negar el verdadero motivo por el que el rey Leónidas fue enviado a morir a las Termópilas ? Alguien, honorables padres, pensó que era el precio mínimo que debíamos pagar para obligar a los atenienses a desplegar su flota en defensa del istmo y nadie se opuso, ni siquiera yo, pero os invito a respetar la memoria de los hombres valientes a quienes nosotros sacrificamos de forma voluntaria y consciente, y a los que no tenemos derecho a zaherir con nuestra hipocresía. Es cierto que el traidor condujo a los soldados del Gran Rey para que estos rodeasen a nuestros combatientes, pero si así no hubiese sido, oh, padres honorables, ¿qué habríamos logrado sino prolongar más el sufrimiento del rey Leónidas y sus hombres?

El viejo se sentó, se cubrió la cabeza con la capa y se sumió en un desdeñoso silencio. Después de una larga e incómoda pausa, el Éforo retomó la palabra.

—Indudablemente, el noble Arquelao ha hablado impulsado por la emoción de este momento. Pero todos sabemos que es nuestro deber castigar al traidor; se llama Efialtes, es hijo de Euridemo, hombre de Málida. A partir de ahora no se le dará tregua hasta que pague la culpa de su infamia. Y ahora —prosiguió el orador—, justo es que leamos el mensaje que el rey Leónidas quiso enviarnos antes de morir.

Rompió el sello que cerraba el rollo de cuero, lo desenrolló despacio mientras en la sala se hacía un profundo silencio.

—Está en blanco... —murmuró al tiempo que palidecía—, no lleva nada escrito...

Cuando se hizo público el motivo por el que habían regresado incólumes a su patria, Brito y Aguías abrigaron la esperanza de que los acogieran otra vez en la ciudad, pero la sombra de la sospecha no hizo más que agrandarse. En la asamblea siempre quedaban vacíos los lugares junto a ellos, los amigos de antes ya no les dirigían la palabra. Aguías dejó de salir de día para no encontrarse con nadie, pasaba los días tendido en su cama, con la vista clavada en las vigas del techo. Salía por las noches y vagaba por las calles desiertas y sumidas en la oscuridad. Con el paso de los días

fue perdiendo la cabeza. De nada le servía el afecto de sus padres, que jamás perdieron la confianza que su hijo les inspiraba. Excluido por la ciudad a la que siempre había servido con dedicación, oprimido por la vergüenza con la que su pueblo lo cubría, había perdido todo apego por la vida.

Una noche regresó borracho y afiebrado; soplaba un viento caliente y sofocante que formaba remolinos de polvo por las calles silenciosas de la ciudad dormida. Abrió la puerta de su casa y una ráfaga más fuerte apagó el fuego que ardía ante las imágenes de los dioses. Aterrado por el siniestro augurio, volvió sobre sus pasos y estuvo a punto de internarse otra vez en las calles cuando, siguiendo una extraña inspiración, se dirigió a la casa de un viejo amigo que habitaba a poca distancia con la intención de pedirle fuego y volver a encender la llama doméstica para que, al despertar, sus padres no la encontrasen apagada. Llamó varias veces a la puerta y el perro que estaba encadenado se puso a ladrar. Su amigo salió envuelto en una sábana.

—Aguías... —dijo—, ¿qué haces aquí a estas horas?, ¿qué quieres...?

—Volvía a mi casa —repuso Aguías, confundido—, y el viento apagó el fuego; te ruego que me dejes encender una antorcha en el tuyo.

El amigo lo miró con compasión y desprecio.

—No, Aguías, lo siento, pero no te daré fuego... Mi hermano también murió en las Termópilas , ¿lo recuerdas?

Volvió a cerrar la puerta mientras la intensidad del viento aumentaba llevándose lejos el ladrido insistente del perro. Aguías se apartó del umbral con paso vacilante, se apoyó en la tapia y lloró quedamente durante largo rato. A la mañana siguiente lo encontraron colgado de una viga del techo, estrangulado con su destrozada capa roja.

La noticia de la espantosa muerte de Aguías voló por la ciudad y no tardó en llegar a la casa de Brito. Fue su madre quien se la llevó.

—Brito —le dijo acercándosele mientras alimentaba a su dogo—, Brito, debo darte una noticia horrible... Aguías... ha muerto.

—¿Ha muerto? —preguntó el muchacho volviéndose bruscamente hacia su madre.

—Sí, hijo, se ha colgado en su casa, esta noche.

Brito se quedó un instante como obnubilado, sin poder contener el temblor que lo recorría de pies a cabeza; después salió del patio y fue a la casa de su amigo. Ante la puerta, un pequeño grupo de mujeres vestidas de

negro se lamentaba débilmente. Entró en la alcoba sumida en la oscuridad: en el centro estaba el cuerpo de su amigo, tendido en el lecho fúnebre, vestido con las armas que sus padres debían de haber limpiado para devolverles al menos una parte del antiguo decoro. La madre llevaba la cabeza cubierta y estaba sentada al lado del muerto con los ojos secos. El padre lo recibió con un abrazo.

—Brito —le dijo con la voz quebrada—, Brito, no habrá funeral para tu amigo, ni tampoco lo escoltarán sus compañeros de armas. El comandante de vuestro batallón me ha dicho que no habrá honores para aquellos que han temblado.

—Para aquellos que han temblado... —murmuró Brito, fuera de sí—.

Aquellos que han temblado. —Estrechó en sus brazos al viejo, destruido por la pena, y con voz firme le dijo—: Aguías tendrá escolta en el rito fúnebre, como corresponde a un Igual.

Regresó a su casa mientras cuatro ilotas preparaban las andas para conducir el cuerpo hasta el lugar de la cremación, donde habían dispuesto una modesta pira de sarmientos. Bajo la mirada atónita de su madre, sacó de un arca la armadura de gala de los Cleoménidas, la misma que su padre lucía cuando, en los días de fiesta, aparecía ante la Casa de Bronce al lado del rey Cleomenes. Se lavó con cuidado, se peinó los largos cabellos negros y se los recogió después de perfumárselos. Se ajustó a las piernas las grebas repujadas, se colocó la coraza de bronce historiada con guarniciones de cobre y estaño, se puso el cinturón de cuero labrado a fuego del que colgó la pesada espada con empuñadura de marfil, se colocó sobre los hombros una larga capa negra y la abrochó con una hebilla en cuyo centro llevaba engarzada una gota de ámbar; embrazó el escudo del dragón y empuñó la lanza.

—Hijo, ¿por qué haces esto?, ¿adonde quieres ir? —le preguntó Ismene, angustiada.

—El comandante de nuestro batallón se ha negado a proporcionar una escolta para el funeral de Aguías... Ha dicho que no habrá honores para aquellos que han temblado. Por tanto, es justo que el cobarde sea escoltado hasta su última morada por el cobarde... Yo seré la guardia de honor de Aguías.

Se colocó el yelmo con las tres crestas negras de crin de caballo y fue hasta la casa de Aguías entre las miradas de estupor y desconcierto de los

viandantes. Toda la noche veló el cuerpo de su amigo, de pie como la estatua del dios de la guerra.

Poco antes del amanecer, cuando la ciudad seguía desierta, el pequeño cortejo se puso en marcha por las calles silenciosas: delante iban los cuatro ilotas con las andas; detrás, los padres con la cabeza cubierta precedían a un exiguo grupo de familiares. Por último iba Brito con su soberbia armadura de gala que de vez en cuando soltaba algún destello bajo la luz lívida del alba. Cruzaron el centro de la ciudad; delante de la Casa de Bronce los trípodes casi apagados apenas humeaban, y fueron hacia la puerta sur; en el profundo silencio solo se oía el gañido de los perros de los caseríos lejanos y de vez en cuando el canto de un gallo que, de inmediato, se perdía en el aire inmóvil y estancado. Mientras salían al campo por el camino que llevaba a Amicles, Brito divisó una silueta envuelta en una sucia capa gris: era Talos. Le hizo señas para que se acercara.

—Solo faltabas tú —le dijo con voz ronca—, en el funeral de aquel que ha temblado.

Talos se acercó al cortejo que avanzaba por el sendero polvoriento.

Caminó un trecho sin apartar la vista de las andas en las que el muerto oscilaba al paso desigual de los cuatro porteadores y después sacó su flauta de caña de la alforja y comenzó a tocar. La música salió del instrumento, tensa y vibrante, y Brito dio un respingo pero siguió con paso solemne al cortejo fúnebre: era el himno de guerra de las Termópilas .

En el lugar fijado, el cuerpo fue depositado sobre la hoguera y las llamas no tardaron en quemar los pobres miembros adelgazados por el ayuno y la locura.

Estas fueron las honras fúnebres que se le rindieron a Aguías, hijo de Antímaco, Igual de la duodécima sisitia del tercer batallón, espartano.

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