Talos de Esparta
El Escudo
El resto de ese año tumultuoso pasó sin más sobresaltos para los pueblos de la montaña, que reemprendieron su existencia de siempre, marcada solo por las estaciones y los trabajos del campo.
A Talos, que se había convertido en un joven corpulento, se lo veía con frecuencia en compañía de sus amigos pues gozaba de mayor libertad de movimientos. Durante casi toda su infancia, la granja donde vivía aislado en la zona de la fuente de arriba lo había mantenido alejado de los demás muchachos y, por otra parte, los ilotas vivían desperdigados en los campos y pastizales porque los espartanos les habían impedido siempre que se reunieran en las aldeas. Solo los viejos hablaban de los tiempos pasados en los que el pueblo también tenía sus ciudades, rodeadas de murallas y torres, y les describían la ciudad muerta, abandonada en el monte Itome, en el corazón de Mesenia. Bajo las ruinas cubiertas de musgo dormían los antiguos reyes. Las torres derruidas por el tiempo servían de nido a los cuervos y gavilanes, y, entre las casas derrumbadas, crecían las higueras y los olivos silvestres. Los pastores que pasaban por allí con sus rebaños trashumantes contaban que la noche del primer plenilunio de primavera un enorme lobo gris merodeaba aullando entre los escombros y si la luna se ocultaba detrás de las nubes se oía un lamento que surgía de la tierra, del vientre de la montaña, el llanto de los reyes, prisioneros de Tánato...
Talos escuchaba boquiabierto esas historias maravillosas pero las consideraba fantasías, porque también los hombres tienen fábulas que contarse. Pensaba en el trabajo que tenía por delante y en las tareas cotidianas; era él quien debía ocuparse de entregar los productos a la familia del viejo Cratipo y sabía bien que en la granja la vida sería bastante tranquila mientras no faltara nada en casa del amo espartano, que vivía en el valle. Precisamente en estos desplazamientos entre la montaña y la llanura había conocido a un campesino ilota que cultivaba otras tierras que Cratipo poseía junto al Eurotas.
Al anciano Pelias, viudo y con una sola hija, le resultaba difícil continuar con los trabajos del campo, de manera que Talos iba algunas veces con el rebaño hasta el llano y después de confiárselo a la muchacha
realizaba las tareas más gravosas y pesadas, y, en ocasiones, se quedaba varios días seguidos en la granja.
—Me parece que te has olvidado de tu casa —le decía en broma Critolao—. Te vemos muy poco por aquí. ¿No será la pequeña Antinea la que te infunde tanto entusiasmo por los trabajos del campo? Por Zeus, quería convertirte en pastor y he aquí que me encuentro con un campesino.
—Basta ya, abuelo —respondía Talos, tajante—, no tengo ningún interés en esa muchacha. Lo que ocurre es que el pobre Pelias ya no puede seguir adelante. Si yo no fuera a ayudarlo con los trabajos más pesados, no sabría cómo arreglárselas.
—Ya sé —le contestaba Critolao—, ya sé que tienes buen corazón, aparte de buenos brazos. Solo lo comentaba porque dicen que la pequeña Antinea está convirtiéndose en una graciosa muchacha.
Así era, la hija de Pelias era realmente hermosa. Tenía largos cabellos rubios y ojos verdes como la hierba húmeda de rocío. A pesar de haber tenido que adaptarse a los trabajos del campo, su cuerpo seguía siendo delgado y agraciado y en más de una ocasión Talos se había distraído de sus tareas al verla pasar con su andar rápido, llevando sobre la cabeza el ánfora de terracota llena de agua de la fuente. No era eso todo. Algunas veces se entretenía tratando de adivinar la forma de sus pechos y la curva de sus caderas debajo de la corta túnica que llevaba ceñida a la cintura con una cuerdecilla. Todo esto sembraba de inquietud su espíritu normalmente sereno, de tal manera que su comportamiento con la muchacha era brusco, casi huraño. Tenía la impresión de que ella leía en su rostro lo que pensaba y por eso hacía lo increíble para que no se le notara. Sin embargo, le era imposible dejar de mirarla y si ella se inclinaba a recoger un manojo de hierba para los animales y sus muslos quedaban al descubierto, notaba que enrojecía, que la sangre se le subía a la cabeza y que le palpitaban las sienes. Pero lo que más lo confundía era pensar que Critolao no tuviera necesidad de adivinar nada y que podía ver dentro de él hasta el más leve pensamiento... Le resultaba insoportable que lo considerasen como un carnero en época de celo. En esos momentos prefería quedarse solo y escuchar el canto de las alondras y los mirlos o vagar por los bosques y colocar trampas para zorros. ¿Acaso hacerse hombre era eso? Sin duda era eso y algo más; escuchar dentro de sí sonidos misteriosos, temblores imprevistos, tener ganas de correr, de trepar a las cimas más altas para lanzar un grito y que los picos lejanos te devolvieran el eco, tener ganas de
llorar cuando el sol se pone incendiando las nubes, cuando miles de corderos con los vellones en llamas pastan en el azul para disolverse luego en la oscuridad. Sentir en el pecho un ruiseñor con su melodía o el gavilán con sus roncos chillidos, desear alas, grandes alas blancas para volar lejos, sobre los montes y los valles centelleantes por la plata de los olivos, sobre los ríos, entre sauces y álamos, en las noches silenciosas y perfumadas, bajo la luz pálida de la luna...
Estas y otras eran las cosas que sentía dentro de su corazón Talos, el tullido.
Bajaba un día Talos con sus ovejas de la montaña para ir a casa de Pelias a ayudarle. Faltaba poco para la gran fiesta de Artemis Ortia, durante la cual tenía lugar la iniciación de los jóvenes espartanos que debían convertirse en los nuevos guerreros. Debían poner en orden la casa de Cratipo y adornarla, preparar la leña para el hogar, matar el cordero para el banquete. Había partido con las primeras luces del alba por el sendero que llevaba a la llanura y salía del bosque cuando el sol acababa de asomar por el horizonte. De repente oyó gritos que venían de un claro no muy alejado.
—¡Vamos, Brito, cógela! ¡No, por ahí! ¡Vamos, no la dejes escapar, holgazán!
—Eh, echadme una mano, esta salvaje corre como una liebre y araña como una gata.
Al intuir lo que estaba pasando, Talos salió a la carrera del bosque e irrumpió en el prado donde unos caballos pastaban a orillas de un arroyo.
Sus dueños, todos jóvenes espartanos, tenían rodeada a Antinea, que se encontraba en el centro del círculo, aterrorizada, con las ropas hechas jirones y el cabello desgreñado. Incitado por sus compañeros, el joven llamado Brito se acercaba a la muchacha, que retrocedía apretando contra el pecho las ropas destrozadas.
—Eh, Brito, demuéstranos que eres capaz de domar a esta potranca —
gritaba descaradamente un muchacho pelirrojo, de cara pecosa.
—¡Dejadla en paz! —gritó Talos y se lanzó al centro del círculo donde se puso al lado de la muchacha que, temblorosa, se apretó contra él.
—Pero ¿qué haces, Talos? —le dijo la muchacha sollozando—, te matarán.
—¡Amigos! —gritó Brito en cuanto se recuperó de la sorpresa que le produjo la súbita aparición—. La diosa Artemis nos ha demostrado su favor al mandarnos esta cervatilla y además este cabrón.
Talos enrojeció, apretó el cayado de cornejo con las dos manos y se plantó firmemente sobre las piernas.
—Vaya, si es peligroso —dijo otro, burlón—, ¡lleva un bastón, cuidaos de que no nos haga daño o no podremos participar en la iniciación!
—¿Quién va por él? —preguntó un tercero.
—Yo —gritó el muchacho pelirrojo y se acercó por la espalda a Talos, que se dio la vuelta a toda velocidad para enfrentarse a él.
—¡Pero si es tullido! —gritó otro—. ¡Así no tiene gracia, Aguías, es demasiado fácil!
—Pues bien —dijo el muchacho pelirrojo sin dejar de acercarse a Talos—. Lo atraparé con mis propias manos.
Lanzó al suelo la jabalina que empuñaba en la diestra y se abalanzó hacia delante. Talos lo esquivó con un movimiento fulminante, se apoyó en el cayado que previamente había plantado en el suelo, agitó las piernas hacia su adversario, le encajó un rígido golpe de talón en la nuca y lo dejó tumbado en el suelo sin sentido. En un abrir y cerrar de ojos volvió a estar en guardia con el cayado apretado entre las manos.
Un silencio repentino descendió sobre los jóvenes y el que llamaban Brito y parecía el jefe se volvió hacia los otros, lívido de cólera.
—Ya basta —gritó—. El duelo debe hacerse entre guerreros, aplastemos a este piojo y vámonos, se me han pasado las ganas de divertirme.
Se abalanzaron sobre él todos a la vez tratando de esquivar los golpes del cayado que Talos revoleaba por el aire con mortífera precisión. Dos de ellos cayeron golpeados por la punta del cayado en el esternón y allí quedaron retorciéndose y vomitando. Los demás se lanzaron sobre él golpeándolo salvajemente con las astas de las jabalinas. Talos se batía enfurecido gritando como una bestia herida y tratando de librarse de los adversarios que lo destrozaban a fuerza de patadas y puñetazos en el vientre y la espalda. Al final lo inmovilizaron boca arriba mientras uno de ellos le clavaba la rodilla en el esternón.
—Apártate —dijo Brito a su compañero, que se levantó jadeante.
Blandió la jabalina para asestarle el golpe mortal mientras Talos, sacudido por un estremecimiento en todo el cuerpo, lo miraba con los ojos llenos de lágrimas y sangre. Brito vaciló un instante y Antinea, que durante la lucha había quedado paralizada por el miedo, se lanzó con un grito sobre el cuerpo de Talos para cubrirlo por entero. Enfurecido de rabia, Brito
siguió sin moverse mientras apretaba espasmódicamente las mandíbulas y miraba como atontado la espalda de la muchacha sacudida por los sollozos; después, bajó despacio la jabalina y mientras señalaba a sus compañeros que yacían en el suelo malheridos, le ordenó al resto:
—Recoged a esos idiotas y vámonos.
Llegaron a los caballos y se alejaron en dirección a Esparta. Brito pensaba en la mirada que lo había hecho vacilar; no era la primera vez que aquellos ojos lo habían mirado, pero no sabía ni cuándo ni dónde. Los recordaba sin saber por qué...
Tuvo la impresión de despertar de un sueño profundo; punzadas lacerantes atormentaban sus miembros entumecidos. Un contacto dulce y tibio: el cuerpo de Antinea hacía brotar la vida en su piel recorrida por los escalofríos, empapada de sudor helado. Abrió despacio los ojos hinchados y vio el rostro de la muchacha manchado con su sangre, surcado de lágrimas.
Antinea lo acariciaba y lloraba quedamente, le pasaba las pequeñas manos ásperas por el cabello enredado.
—Talos, estás vivo... —murmuró como si no creyera lo que decía.
—Creo que sí —consiguió contestar el muchacho—pero aún no sé por cuánto tiempo, esos perros me han destrozado.
Antinea corrió al arroyo, empapó un trozo de su túnica en el agua fresca y se acurrucó junto a Talos para limpiarle el rostro desfigurado, la boca tumefacta y los ojos hinchados.
—¿Puedes levantarte? —le preguntó—. ¿O quieres que vaya a llamar a mi padre?
—No, deja —repuso Talos—. Estoy muy magullado pero creo que sigo entero. Ayúdame, así, eso es. Dame el cayado.
La muchacha se lo tendió y Talos se apoyó en él, pasó el brazo izquierdo por encima de los hombros de Antinea, se incorporó y estiró los miembros doloridos. Echaron a andar poco a poco, deteniéndose de vez en cuando a descansar, y llegaron al caserío de Pelias cuando el sol ya estaba alto. Cuando oyó ladrar a los perros el padre de Antinea salió a la era y, abrumado por la escena que tenía ante los ojos, corrió al encuentro de los dos jóvenes.
—En nombre de los dioses, ¿qué os ha sucedido? —preguntó, acongojado—. ¿Qué os han hecho?
—Ayúdame, padre, deprisa —dijo la muchacha llorando—. Talos acudió a defenderme de unos jóvenes espartanos y se ha salvado de
milagro.
Lo tendieron en una cama y lo taparon con una manta de lana.
Temblaba convulsivamente por el esfuerzo que acababa de realizar y la fiebre que lo abrasaba a causa de los feroces golpes recibidos.
—Os ruego que no digáis nada a los míos —les pidió con un hilo de voz—, se morirían de pena.
—Tranquilízate, hijo —le dijo Pelias—, enviaré a alguien a avisarles de que te quedarás unos días conmigo para ayudarme con los preparativos de la fiesta y la cosecha del heno. En cuanto te hayas recuperado podrás volver e inventarte alguna excusa. Diles que te has caído en una quebrada.
—Sí, de acuerdo —murmuró Talos cerrando los párpados.
Pelias lo miró con ojos relucientes, luego miró a Antinea, que seguía con el rostro desencajado de miedo, y le dijo:
—Ve a ponerte otro vestido. Del que llevas ha quedado bien poco.
Vuelve luego y no te apartes de su lado un solo momento. Tengo que ir a la ciudad, a ver al amo. Dentro de dos días será la fiesta y todavía me queda mucho por hacer.
Cerró la puerta y desapareció; la casa quedó sumida en la oscuridad.
Exhausto por el esfuerzo y la fiebre, Talos había caído en un sueño profundo. Cuando se movía en la yacija se quejaba débilmente y cada uno de sus gemidos sobresaltaba a Antinea; se levantaba y se acercaba a él para espiar en la penumbra la expresión de su cara, luego volvía a sentarse en un escabel, con las manos entrelazadas en el regazo. Pelias regresó cuando estaba a punto de oscurecer.
—¿Cómo sigue? —preguntó a media voz en cuanto hubo entrado.
—Me parece que mejor; duerme tranquilamente y creo que la fiebre le ha bajado, pero sigue hinchado —respondió la muchacha.
Pelias entreabrió la ventana para que un poco de claridad del crepúsculo entrara en la estancia; su rostro se contrajo de dolor al ver la cara tumefacta de Talos, su pecho plagado de cardenales, los brazos cubiertos de arañazos y sangre reseca. Apretó los puños.
—Malditos —murmuró entre dientes—, malditos. Son los vástagos de las familias más nobles de la ciudad... Brito, hijo de Aristarcos; Aguías, hijo de Antímaco; Filarcos, hijo de Leucipo.
—¿Cómo has sabido sus nombres? —inquirió Antinea, estupefacta.
—Por nuestros amigos que sirven en sus familias. Algunos de esos malditos regresaron muy maltrechos y se supo la verdad, aunque han hecho
correr la voz de que ha sido un accidente durante los ejercicios militares. A pesar de que iba solo, el muchacho los ha golpeado con dureza. Me extraña, jamás lo habría imaginado. Es fuerte, qué duda cabe, pero ¿cómo habrá hecho para derribar a tres jóvenes guerreros que en todo el día no hacen más que adiestrarse en lucha y esgrima?
—No lo sé, padre, yo también me quedé sorprendida. Tendrías que haber visto cómo usaba el cayado —dijo la muchacha al tiempo que señalaba la vara de cornejo apoyada contra la pared en un rincón—. Lo maniobraba con una velocidad increíble y una fuerza tremenda. Si no lo hubiesen atacado todos juntos no habrían podido reducirlo.
Pelias se quedó un instante sumido en sus pensamientos, con la vista clavada en la brillante asta de cornejo; luego la sopesó con las dos manos y murmuró:
—El viejo Critolao... solo él...
—¿Qué has dicho? —preguntó la muchacha.
—Nada, nada, hija, pensaba en voz alta. —Dejó la vara en su sitio y se sentó luego junto al lecho en el que dormía Talos—. El muchacho corre ahora peligro. Podrían matarlo en cualquier momento.
—¡No! —exclamó la muchacha y notó que el corazón le daba un vuelco.
—¿Te das cuenta de lo que ha hecho? No solo se ha rebelado sino que ha atacado a unos espartanos. Hace falta mucho menos que eso para matar a un ilota. Por suerte, todavía no lo han reconocido, pero no tardarán en saber quién es. Han notado que está tullido.
Antinea se restregaba las manos y miraba angustiada el rostro de Talos.
—Es preciso que lo ayudemos a huir de inmediato, que lo ocultemos en alguna parte.
—¿Dónde, hija mía? Un ilota fugitivo no puede llegar muy lejos; además, ¿quién quieres que lo esconda? La familia que le diera cobijo sería exterminada en cuanto fuese descubierta.
—Entonces, ¿no hay esperanzas?
—Cálmate, hija, encontraremos una solución. Por ahora está a salvo, nadie os ha visto llegar, al menos eso espero... y además, existe una mínima esperanza...
—¿Cuál? —inquirió Antinea con impaciencia.
—Me has dicho que a Talos lo inmovilizaron y que uno de los jóvenes levantó la jabalina para traspasarlo, ¿no es así?
—Sí, así es.
—Pero no lo hizo.
—Es cierto, pero porque yo me lancé sobre él para cubrirlo con mi cuerpo y los espartanos no matan a las mujeres...
—No creo que haya sido solo por eso. Si ese muchacho vaciló es porque tal vez exista un motivo... Un motivo que por ahora desconocemos, pero se trata de algo que sirvió para detener su mano. De todas maneras, si hubiese querido, habría hecho que sus amigos te quitaran de en medio y lo habría matado. Por tanto, no lo hizo por voluntad propia y si no lo hizo en ese momento, cuando la cólera hervía en su interior, es improbable que lo haga después, a sangre fría.
—¿Y los otros?
—Por la descripción que me has dado, debe de tratarse de Brito, el hijo del noble Aristarcos, último vástago de los Cleoménidas. Si él no quiere, los demás no harán nada. De todos modos, por ahora tenemos tiempo. La ciudad se prepara para la ceremonia de la iniciación de los nuevos guerreros que se celebrará pasado mañana en el templo de Artemis Ortia.
Pelias se aproximó para ver de cerca la cara de Talos y le pasó una mano por el cabello.
—Pobre muchacho —murmuró—, valiente como un león... No merece morir, ¡aún no tiene veinte años! —Se volvió hacia Antinea y le ordenó—: Vete a preparar la comida, así podrá tomar algo si despierta.
Antinea se levantó, recordó que llevaba todo el día sin probar bocado y fue a preparar la cena para ella y los dos hombres; luego llamó a su padre y fue a sentarse para tomar su ración de mala gana. Se acostaron temprano, cansados por la tremenda jornada.
En su lecho, Talos seguía sumido en un sueño plagado de pesadillas.
En rápida sucesión veía el rostro de Brito encendido por la cólera, el brillo siniestro de la punta metálica suspendida como una sentencia de muerte sobre su cabeza, veía los rostros de los otros que daban vueltas a su alrededor. Sus carcajadas burlonas le retumbaban en la cabeza cada vez con más fuerza: «¡Así no tiene gracia, Aguías, es un tullido! ¡Un tullido! ¡Un tullido!», repetía la voz estridente, diez, cien veces, cada vez con más y más fuerza...
Talos despertó en plena noche con un grito de angustia, la frente empapada de sudor, el corazón desbocado le galopaba en el pecho. Ante él, iluminada apenas por un rayo de luna, vio la silueta delicada de Antinea.
Sus cabellos parecían de plata, leves como una nube ligera alrededor del rostro terso y ovalado, la corta túnica de jovencita apenas le llegaba a la rodilla. Apoyó la linterna en un escabel y se sentó en el borde de la cama mientras Talos no conseguía despertar del todo, a medio camino entre el sueño y la vigilia. En silencio, Antinea tendió la mano y comenzó a secarle el sudor de la frente con una punta de la manta.
Talos la miraba con el corazón alborotado, pero aquella mano fresca que se había apoyado en ese momento sobre su pecho parecía sacarlo de la pesadilla. El rostro de Antinea se fue haciendo cada vez más visible en la penumbra, sus ojos llenos de inquietud e infinita dulzura acariciaban el alma dolorida y la mente agitada de Talos. Vio que aquel rostro se inclinaba sobre él despacio, notó los cabellos sobre el pecho como una ola tibia, los labios como flores delicadas se apoyaron leves sobre su boca torturada por el dolor y la sed. Se calmó el latido del corazón, se detuvo el temblor de brazos y piernas, desapareció el olor ácido de la sangre y Talos, el tullido, notó el perfume del heno, del trigo maduro, de las flores del campo y, por primera vez, soñó con la piel dorada de Antinea, con el perfume de su pecho...
Antinea salió del establo cargando a duras penas con un cubo de leche recién ordeñada mientras en los campos se propagaba el canto de los gallos.
Pelias, su padre, se había marchado a la ciudad para llevar en dos sacos, a lomos de su asno, los primeros frutos que alegrarían la mesa de Cratipo en ese día de fiesta. La muchacha abrió la puerta de su casa y apoyó la espalda en la pared; luego entró y dejó en el suelo el cubo para ir a buscar un cuenco que llenó de leche humeante. Era el momento de despertar a Talos para que comiera: entró despacio en la estancia donde dormía y el rayo de luz que iluminó el interior dejó ver la yacija vacía manchada de sangre.
Antinea se sintió desfallecer y se apoyó en la jamba de la puerta. Pensó entonces que no podía haber llegado lejos y salió corriendo. Primero fue hacia el bosque, siguiendo el arroyo, pero no encontró rastros de Talos; se desvió entonces en dirección a la montaña pero no tardó en abandonar la búsqueda; Talos no podía haber subido porque no había motivos para que volviera con los suyos sin avisarles. Solo cabía una explicación: Talos debía de haber marchado a Esparta, el único lugar al que tanto Pelias, su padre, como ella le habrían impedido ir.
Regresó desalentada al caserío y se sentó a llorar delante de la puerta mientras un ternero nacido unos días antes la miraba con sus enormes ojos
húmedos. Pasado el primer momento de desconsuelo, Antinea se levantó, entró en la casa, buscó una capa con la que se cubrió hasta la cabeza y, a paso veloz, fue hacia la ciudad cuyas calles y plazas comenzaban a llenarse de gente.
La intuición no le había fallado: hacía rato que, encapuchado para que no lo reconociesen, Talos vagaba con paso inseguro entre la gente que se agolpaba en las calles y se dirigía al templo de Artemis Ortia, donde iba a comenzar la gran ceremonia del sacrificio y de la iniciación de los nuevos guerreros.
De los campos aledaños habían llegado infinidad de periecos con sus familias y se podían ver también no pocos ilotas. Muchos de ellos llegaban sin duda de las granjas para llevar los primeros frutos de la tierra a sus amos; otros, atraídos por la curiosidad, para asistir a la fiesta y al rito cruel de la iniciación. De pronto, desde el fondo de la plaza que había delante del templo se oyó un redoble de tambores y el toque de las flautas, el que Talos recordaba bien de la primera vez que había bajado de la montaña hasta orillas del Eurotas para ver a los guerreros. La multitud se apartó y apareció el cortejo: en primer lugar iban los sacerdotes envueltos en sus blanquísimas túnicas, la cabeza cubierta por largas vendas de lana que descendían hasta sus hombros; seguían los heraldos y los sirvientes del templo. Un poco más alejados desfilaban grupos de los Iguales, los guerreros, ataviados con las túnicas y las capas rojas, cubiertos por armaduras brillantes, los yelmos rematados por altas cimeras de crin de caballo.
Semioculto tras una columna, al verlos desfilar en perfecto orden, a paso acompasado, Talos notó que un escalofrío le recorría la espalda: volvió a verse cuando era niño, al costado del camino polvoriento, delante de un guerrero que lo miraba con los ojos llenos de dolor. Los Iguales comenzaron a hacer una conversión y poco a poco se fueron disponiendo en cuatro filas alrededor de la plaza para detenerse después, inmóviles como estatuas, escudo contra escudo, con las manos apretadas en las empuñaduras de las largas lanzas centelleantes. A la cola de la columna iba la guardia real con las cimeras escarlatas ondeando al viento, los grandes escudos decorados con las enseñas de las familias más ilustres de la ciudad.
En uno de esos escudos, Talos vio campear el dragón con relucientes escamas de cobre; dio un brinco y en vano intentó buscar con la mirada en la máscara de la celada que cubría casi por completo el rostro del guerrero.
Tras ellos avanzaban el rey Cleomenes, a lomos de su caballo negro, y el rey Leotíquidas, montado en un alazán de Corinto, con la armadura historiada y grandes capas azules, que bajaban hasta cubrir las grupas de los corceles. Al final aparecieron los maestros de gimnasia, supervisores de los cuarteles, y tras ellos los jóvenes aspirantes a convertirse en iranes, hombres y soldados, defensores de la potencia y el honor de su ciudad.
Después de ocupar sus sitiales, los dos reyes indicaron a los heraldos que tocaran las trompetas y así comenzó el sacrificio. La sangre humeante de las víctimas degolladas sobre el altar cayó sobre el empedrado y un olor acre inundó la plaza cuando las vísceras de los animales fueron arrojadas al fuego del ara. Había llegado el gran momento: se abrieron de par en par las puertas del templo y salieron los cinco Éforos, que fueron a ocupar su sitio entre los Ancianos. El primero de ellos levantó la mano derecha y los heraldos comenzaron a llamar por su nombre a los jóvenes aspirantes: Crlas vísceras ésilas, hijo de Eulas vísceras menes; Cleandridas, hijo de Eupites; Brito, hijo de Aristarcos...
A Talos le dio un vuelco el corazón; aunque estaba exhausto, notó que un extraño vigor le recorría los miembros; se dio cuenta de que había ido precisamente por eso. Aquel muchacho que no había visto en su vida había estado a punto de matarlo y tal vez aún podía acabar con él: tenía que saber de alguna manera si así iba a ocurrir.
Pronunciadas las fórmulas rituales, los sacerdotes se apartaron, los sirvientes despojaron a los jóvenes de sus túnicas y luego, de dos en dos, los aferraron firmemente por los brazos. Al toque de las flautas comenzó la flagelación y la gente enmudeció de pronto. Con los primeros latigazos los jóvenes se pusieron rígidos y contrajeron los músculos del cuerpo en un espasmo tremendo; después, exhaustos por el esfuerzo, se aflojaron abandonándose dolorosamente a cada golpe.
Talos avanzó entre la multitud con los dientes apretados por el dolor que le causaban los empujones que recibía del gentío y consiguió situarse en la primera fila de los espectadores del espantoso rito. Sus ojos se clavaron implacables en el cuerpo torturado de Brito, que seguía en pie mientras los dos compañeros a los que habían llamado con él para someterse a la prueba comenzaban a doblar las rodillas. La música extraña y gélida de las flautas continuaba al ritmo de los trallazos que se abatían sobre las espaldas desnudas. Crésilas fue el primero en caer al suelo; los sirvientes acudieron prestamente a auxiliarlo y lo sacaron del recinto
sagrado; le tocó luego el turno a Cleandridas. Aunque todos habían superado la prueba intentaban aguantar hasta el final para demostrar su superioridad, su resistencia al dolor... Cuando se quedó solo, Brito apretó los dientes; tenía los cabellos pegados a la frente, el pecho cubierto de sudor, las piernas surcadas de sangre, la mirada vidriosa. Pero continuaba en pie.
Talos apartó con disgusto los ojos y los clavó en el suelo y, cuando volvió a levantarlos, vio que Brito caía de rodillas y luego sobre las manos, mientras la cabeza se bamboleaba sobre sus hombros. Experimentó una alegría agria que le inundó el alma, envenenada por el deseo de venganza.
Los sirvientes se acercaron a Brito para incorporarlo, pero él los rechazó; levantó despacio la cabeza y el tórax y miró a la multitud que tenía ante él.
Talos se quitó la capucha y dejó al descubierto la cara surcada de cardenales. Brito parpadeó varias veces para deshacerse de las lágrimas y el sudor que inundaban sus ojos y lo reconoció. Se miraron un largo instante con ojos llenos de ira, de venganza, de desafío... y admiración.
El rito continuó hasta que todos los jóvenes superaron la prueba de la iniciación. Una vez que las espaldas de los iranes estuvieron cubiertas otra vez por las capas rojas, los nuevos guerreros recibieron los escudos en los que campeaba una gran lambda, la inicial de Lacedemonia, antiguo nombre de Esparta.
«¿A cuál de esos jóvenes le sería entregado un día el escudo del dragón?», se preguntaba Talos. Uno por uno, los padres de los iranes depositaron en el suelo sus armas, abandonaron las filas alrededor de la plaza y, una vez recibido el escudo de manos de los sacerdotes, cada uno lo entregaba a su propio hijo. En un momento dado, Talos vio al guerrero del dragón que depositaba sus armas en el suelo, salía de las filas de la guardia del rey Cleomenes, recibía de los sacerdotes el escudo con la lambda y se lo entregaba a Brito. En ese instante, Talos notó que era presa de una profunda turbación, como si la emoción lejana de su niñez volviera a surgir en su alma y chocara con el odio, el resentimiento, el orgullo herido, el miedo que Brito le inspiraba.
—Loco, ¿quieres que te maten a toda costa? —le murmuró al oído una voz como un soplo.
Era Pelias que, puesto sobre aviso por Antinea, había ido a buscarlo y lo había descubierto entre la muchedumbre que seguía el rito de iniciación.
—No temas, Pelias —respondió Talos con tranquilidad—. Me han reconocido ya pero no ha ocurrido nada. No sé por qué, pero no ha ocurrido nada.
—¿Por qué te expones tontamente a un peligro mortal? —le reprochó Pelias.
—No me lo preguntes, no sabría decírtelo. Solo sé que tenía que hacer lo que hice; de todos modos, dudo que se pueda huir del propio destino: es mejor ir a su encuentro.
Antinea lo cogió dulcemente de la mano y le dijo:
—las vísceras Vámonos, Talos, vámonos ya, todavía estás débil y cansado.
Talos se cubrió la cabeza con la capucha y siguió a Pelias y a Antinea.
El grupito abandonó de inmediato la calle principal y enfiló por una de las tantas callejuelas que formaban el retículo compacto e intrincado de la vieja ciudad. Desembocaron en la plaza donde se erguía el otro gran templo, el de Atenea, de la Casa de Bronce. Doblaron detrás de la maciza construcción y siguieron internándose entre las casas blancas y encaladas para salir al camino de Amicles, que abandonaron poco después para llegar hasta la granja de Pelias.
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