Talos de Esparta

Valerio Massimo Manfredi · Capítulo 16 de 23

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Talos de Esparta

El Secreto

Lahgal enfermó. El clima del altiplano lo debilitaba cada día más y, cuando les resultaba imposible encontrar trigo y las provisiones se terminaban, la carne de carnero, la mayoría de las veces pasada, le daba náuseas y le provocaba violentos vómitos. Cleidemo se detuvo varias veces en alguna aldea para que recuperara fuerzas y esperar a que se le pasara la fiebre y se calmaran los espasmos de su vientre. Fue precisamente en una de estas aldeas donde supo de labios del mismo jefe que de lo que más había que guardarse era del agua: en el altiplano las aguas no fluían fácilmente hacia el mar pues las imponentes barreras montañosas se lo impedían, por lo que se estancaban o corrían muy lentas en el subsuelo, impregnándose de humores nocivos. En ciertos casos, estos últimos podían provocar daños que a veces desembocaban en la muerte.

—El estómago queda tan estropeado —le dijo el jefe de la aldea a Cleidemo—, que no retiene alimento alguno y el enfermo se ve presa de vómitos incluso cuando ha comido una fruta.

—¿Cuál es el remedio? —le preguntó Cleidemo al jefe en la lengua frigia que, después de dos meses de viaje y de su paso por muchas aldeas, hablaba ya.

El jefe sacó un jarro de barro y en una copa vertió un líquido oscuro.

Se trataba de la infusión de amapola que proporciona el olvido.

—Esto calma los calambres del estómago y los espasmos del vientre

—le dijo—. De esta manera puede tomar algo de alimento y, poco a poco, el cuerpo recupera fuerzas para combatir mejor el mal.

La bebida era muy amarga pero la habían aromatizado con menta silvestre y ajedrea, que llenaban los campos de alrededor; en efecto, la aldea tenía por nombre una palabra frigia que significa «lugar donde crece la ajedrea». Cleidemo dio crédito a cuanto le dijo el jefe sobre la característica de las aguas. Un mes antes, en una localidad llamada Colosas, él mismo había reparado en un río que desaparecía de repente en el subsuelo, tragado por la tierra. Los habitantes del lugar afirmaban que el río caía en una cascada de dos estadios y que en las noches de invierno, cuando nada

perturba el silencio, se oía el estruendo de las aguas que bullían en las cavernas subterráneas.

Lahgal se repuso en una semana; la fiebre bajó hasta desaparecer y pudo volver a alimentarse con hogazas de trigo tostadas sobre piedras. En esos lugares y en las condiciones en que se encontraba no existía la posibilidad de dedicar a su cuerpo los cuidados habituales: el pelo le había crecido hasta los hombros y el rostro bronceado aparecía enmarcado por una barba oscura. Desde hacía tiempo, la navaja, la estrígila y la pinza depilatoria estaban olvidadas en el fondo de una alforja.

—Ahora pareces un hombre de verdad —le dijo un día Cleidemo mientras el joven se lavaba en el río.

Lahgal se encogió de hombros.

—Vosotros, los espartanos, sois rústicos y descuidados, no sabéis apreciar nada que sea hermoso y amable, no tenéis arte ni poesía... solo canciones militares para marcar el paso de la marcha.

—Veo que sabes muchas cosas sobre Esparta y los espartanos —

comentó Cleidemo, irónico.

—Sin duda —rebatió Lahgal—, hace años que vivo con ellos.

—Querrás decir que vives... con el rey Pausanias.

—¿Y qué?

—¿Eres su amante?

Cleidemo lo observaba con mirada fría. Lahgal se echó a temblar y se le humedecieron los ojos. Permaneció un rato en silencio, con la vista clavada en el suelo.

—¿Es eso lo que quieres saber, Dos Nombres? ¿De verdad quiere el héroe Cleoménida hundir las manos en el estiércol? ¿Hurgar en la miseria de un sirviente sirio...? Si es eso lo que te llena de curiosidad y quieres distraerte escuchando historias obscenas, Lahgal puede satisfacerte, claro que sí, Dos Nombres, Lahgal puede contarte muchas cosas: las cicatrices de la espalda que te enseñó un día no son las únicas, hay otras, más íntimas...

Levantó la mirada ardiente de cólera y vergüenza y continuó:

—Cuando me conociste en Chipre, mi amo había comenzado a prostituirme... Tenía órdenes de soportarte también a ti, si así te hubiera apetecido.

—¡Basta! —gritó Cleidemo—. No quiero saber...

—¡Sí que quieres saber y sabrás, por los dioses que sabrás! Hace un momento me has preguntado algo bien preciso, Dos Nombres, ¿o acaso lo

has olvidado? Es como te he dicho...

»Y mi belleza se convirtió en mi maldición; envidiaba a mis compañeros deformes cada vez que me veía obligado a someterme a seres sórdidos, repugnantes, a padecer todo tipo de infamias reprimiendo el vómito y el asco. Sí, Dos Nombres, soy el amante del rey... pero ¿acaso tengo otra alternativa? ¿Alguna vez la he tenido? Lo único que se me concedió fue padecer el mal menor. Pausanias nunca me maltrató y un día me prometió que me liberaría.

Cleidemo se había quedado sin palabras; el muchacho continuó con tono más calmado:

—Cuando nos separamos en Chipre esperé ardientemente volver a verte algún día... Eras la única persona que me demostró afecto sincero, y cuando te vi otra vez en Tracia, empapado y desesperado bajo aquella encina, comprendí que había llegado a tiempo para impedir que te destruyeras con tus propias manos. Sentí una inmensa alegría al volver a verte.

—Yo también —dijo Cleidemo.

—Sí... Es cierto, al principio así fue, pero después, en cierto modo, imaginaste o supiste y te dio asco... Hace meses que siento tu desprecio aunque trates de ocultarlo. En el brazalete ya no llevas la conchilla de colores que te regalé aquel día... La llevabas cuando te encontré en Tracia.

—Lahgal... no quería herirte —dijo Cleidemo con voz contenida—.

Tampoco me interesa saber lo que la suerte te ha obligado a soportar, tal vez contra tu voluntad. Viví cuatro años como militar y vi mucha sangre y muchas matanzas. El hecho de que un hombre ame a una mujer o a otro hombre es algo que no puede empeorar el mundo más de lo que ya está.

Quizá el verdadero motivo que me impulsó a hablarte de esta manera radica en la duda que me asalta, que algunas noches no me deja dormir. Estoy solo en el mundo, Lahgal, y no tengo con quién sincerarme; aquellos a quienes amé desaparecieron o están lejos, tanto que parecen inalcanzables o perdidos para siempre. Tu reaparición y las palabras del rey avivaron en mí la esperanza y le devolvieron la vida a mis miembros, pero no sé si cuanto se me dijo corresponde a la verdad, si el pensamiento del rey es realmente el que me fue revelado o si no será más bien que quiere convertirme en un instrumento de su ambición. En el campo, en Tracia, oí muchas habladurías sobre él. Se decía que era un hombre despiadado y duro, devorado por una sed insaciable de poder, corrompido por el deseo de riqueza y lujo... esclavo

de la lujuria. Tengo la certeza de que te imaginas fácilmente lo que siento; sin embargo, en todos estos meses que viajamos juntos nunca me dijiste nada, nunca me ayudaste a entender y si sabes cosas que yo desconozco, aunque leyeras en mi rostro la duda, no quisiste revelármelas. Por eso pensé que te unía a Pausanias un vínculo más fuerte que nada, por eso pensé que el pequeño Lahgal que me ofrecía conchillas de colores en la playa de Chipre no era más que una imagen que convenía olvidar.

—Tú también has cambiado —dijo Lahgal—, tu mirada es hosca y ausente, tu voz suele ser dura y cortante; en todo este tiempo para mí ha sido como viajar con un desconocido. ¿Cómo iba a hablarte entonces en calidad de amigo? Sentía que me despreciabas... nada más. Cuando partimos me pareció que estabas contento de asumir esta misión y apoyar el proyecto de Pausanias, no podía imaginar que había vuelto a asaltarte la duda. Por otra parte, tú mismo me ocultas un secreto...

Cleidemo lo miró con expresión interrogante.

—Pausanias te dio un mensaje que puedes leer en tu escítala...

—De mí puedes saber lo que quieras, Lahgal; eras aún un niño cuando te conté la historia de mi vida. Pero lo que está escrito en ese mensaje no te afecta a ti o a mí sino que afecta a la suerte de muchos hombres, tal vez de pueblos enteros. No puedo...

—Pero ¿has leído el mensaje? —lo interrumpió Lahgal.

—No, todavía no. Me han dado orden de leerlo cuando haya cumplido con mi misión.

—¿Y no se te ha ocurrido leerlo antes?

—Le he dado al rey mi palabra y tengo por norma cumplirla, Lahgal.

Pero dime, ¿por qué quieres saber lo que contiene el mensaje?

—Dos Nombres. —Lahgal se retorcía las manos como buscando las palabras—. Dos Nombres... tengo miedo.

—No comprendo, aquí no hay peligros.

—Tengo miedo de morir.

Cleidemo lo miró con asombro.

—¿Y por qué? Estuviste enfermo pero no fue nada grave. Cuando se viaja por países extranjeros es fácil enfermar: la comida, el agua...

—No se trata de eso. El rey Pausanias ya envió otros mensajes al Gran Rey, pero quien los llevaba... no volvió nunca.

—¿Qué insinúas?

—Lo dicho, Dos Nombres, nada más: sé con certeza que quien llevó esos mensajes nunca regresó. ¿Comprendes por qué tengo miedo? Ese mensaje puede contener la orden de que me mates... de lo contrario, ¿por qué iba el rey a mandarte que lo leyeras cuando cumplieras con tu misión?

Escúchame, Dos Nombres, cuando fui a Tracia a llevarte las promesas del rey, me di cuenta de que la sola idea de regresar a Esparta, de reunirte con la mujer que te crió, de volver a ver a la gente que amas, te devolvía la vida, encendía en ti las ganas de combatir. Creo que... temo que harías lo que fuera para conseguir lo que te prometieron. No sé qué más te dijo el rey en la audiencia que tuviste con él a solas; seguramente serían cosas graves e importantes. Sé que te tiene en muy alta estima. La vida de un sirviente sirio vale bien poco comparada con todo esto... por eso tengo miedo, Dos Nombres. Faltan poco más de dos días de camino para llegar a Celenas, donde entregarás el mensaje, y entonces podrás leer qué más te manda Pausanias. Te ruego que si te ordena que me mates no me abras la garganta con tu espada, te lo suplico... Deja que yo mismo me quite la vida. Sé de una bebida que te provoca un dulce sopor, una especie de duermevela en el que se pasa sin penas de la vida a la oscuridad sin fin...

Dos gruesos lagrimones se deslizaron de los ojos negros de Lahgal, que calló sin atreverse a mirar a su compañero. Cleidemo permaneció largo rato en silencio; sumido en las tribulaciones pensaba en cuanto le había ocurrido, en la inmensa esperanza que había renacido en él, en el horror de un acto que tal vez lo amenazaba. Quizá Lahgal se equivocara, quizá los hombres de los que hablaba habían desaparecido por otras causas, se habían perdido o habían caído en alguna trampa del largo camino. Pero en su alforja estaba el rollo de cuero con la orden del rey y en su mano el bastón en el que se apoyaba, la escítala, que era la clave para leerlo... ya no era el cayado de cornejo que Critolao había elegido para él, y que ardió en la hoguera de Brito en Platea, que ardió como su vida de muchacho en aquel campo ensangrentado. Dio un brinco al volver a oír la voz de Lahgal, una voz temblorosa.

—En otras ocasiones leíste órdenes de muerte en tu escítala, Dos Nombres, muerte para miles de hombres. Eres un guerrero espartano y está claro que debes seguir tu destino; los dioses te mantuvieron con vida en muchas ocasiones: cuando eras niño te salvaron de las fauces de los lobos, te salvaron mil veces de los dardos de los guerreros tracios. Tus soldados no se explicaban cómo pudiste desafiar impunemente a la muerte tantas veces

en el campo de batalla, tú, un guerrero tullido, tú, que tuviste la suerte de contar con dos nombres y dos vidas. Tú, que huíste de la muerte que estuviste a punto de causarte con tu propia espada... ¿no es así? Te espera, pues, un gran destino, un destino tal vez tremendo, y no puedes huir de él.

El día que te vi en Tracia, a los pies de aquella encina, habías llegado al fondo de tu desesperación... eso leí en tu mirada torva, eso se veía en tu cuerpo marcado, en tu rostro de piedra. ¿Qué valor tiene la vida de un sirviente, vendida antes de que pudiera tenerla aunque no fuera más que un momento en sus manos, un cuerpo prostituido por cinco óbolos...?

—¡Basta, Lahgal! —aulló Cleidemo mientras se aferraba la cabeza entre las manos, pero la voz continuaba hablando, sin temblar, era una voz profunda y oscura, una voz de puro dolor.

—Has llegado al lugar del que no se vuelve atrás; no me hagas caso, lee el mensaje ahora, y si debo morir, deja que muera. Seguiré contigo hoy y mañana, como le corresponde hacer a un sirviente fiel, y a la mañana siguiente para mí no habrá despertar... ni siquiera te darás cuenta. Solo te pido que no le dejes mi cuerpo a los chacales, sepúltame como si fuera un hombre libre, como si fuera... un amigo al que has amado, no dejes que mi sombra vague en pena por las orillas gélidas del Aqueronte, que es lo que dicen que le ocurre a quien no recibe sepultura...

Cleidemo le puso una mano en la cabeza y le dijo:

—No morirás por mi mano, Lahgal, ni te verás obligado a matarte.

Sacó de la alforja el rollo sellado y lo enrolló en la escítala para que fuera legible.

El sirviente que he enviado contigo ha cumplido con su cometido.

Ahora conoces el camino de regreso, un camino que recorrerás solo, porque no debe haber testigos de tu viaje hacia el interior.

Destruirás también este mensaje.

—Tu temor no era infundado, Lahgal —le dijo, y lanzó el rollo al torrente—; el rey me ordena que te mate.

Las murallas de Celenas se recortaban contra el cielo azul y en lo alto de cada una de las torres había un nido de cigüeña. Los grandes pájaros volaban en círculos lentos sobre la ciudad y planeaban inmóviles, con las alas extendidas, llevados por el viento del altiplano. De detrás de una colina bajaba la cinta plateada del río Meandro, que, según se decía, tenía su nacimiento en la ciudad, en el interior de una gruta oscura, habitada en otros

tiempos por ninfas y sátiros, rodeada de una alameda poblada de pájaros cantores.

—Hemos llegado —le dijo Cleidemo a Lahgal—. Esta es la ciudad donde nos espera el enviado del Gran Rey, el sátrapa Artabazo.

—Así es —repuso el muchacho—. En lo alto de la ciudadela está la residencia veraniega del Gran Rey. Allí vive el sátrapa.

Se acercaron a la puerta meridional, vigilada por dos arqueros frigios.

Cleidemo entregó a Lahgal una tablilla con un sello, este se la tendió a uno de los arqueros y le dijo en su lengua:

—Llévale esto al sátrapa Artabazo y dile que el noble Cleidemo de Esparta, hijo de Aristarcos, Cleoménida, espera ser recibido.

El arquero pidió que le repitiera dos veces el nombre largo y difícil para asegurarse de que lo recordaría con exactitud y se alejó.

—Háblame de esta ciudad y estos lugares —le pidió Cleidemo a Lahgal después de sentarse en un banco de piedra que salía de un muro y de estirar las piernas entumecidas por la humedad de la noche.

—No sé mucho —dijo Lahgal—, me han dicho que esta es la última ciudad de Frigia hacia oriente. Detrás de esas montañas —añadió indicando una cadena azulada que cruzaba el altiplano a una distancia de dos jornadas de camino— comienza Licaonia, una región peligrosa e insegura, batida por salteadores feroces que ni siquiera las tropas del Gran Rey consiguen mantener a raya. Seis jornadas de camino hacen falta para cruzar Licaonia y llegar a los pies de los montes Tauro, una cadena inaccesible e intransitable que solo se puede cruzar por un paso tan estrecho que una yunta de bestias de carga no puede transitar por él. Desde esa montaña se puede llegar al mar en tres días de camino cruzando la región que se llama Cilicia. Hacia oriente, Cilicia limita con otra cadena montañosa muy elevada, que los habitantes de esos lugares llaman Saman, y más allá se extiende Siria, el país donde nací. En cuanto a esta ciudad, solo sé decirte que en ella desagua el río Meandro cruzando un parque maravilloso que, según se cuenta, está lleno de todo tipo de plantas y animales salvajes. En su lengua, los persas lo llaman «pairidaeza» y vosotros, los griegos, «paradeisos». El Gran Rey va allí de cacería con sus nobles cuando vive en su residencia de verano, que está en la ciudadela. Otro río, más pequeño que el Meandro, recorre la ciudad; los habitantes lo llaman Marsuas y vosotros, los griegos, lo llamáis Marsias; quizá por eso se cuenta que en sus orillas el sátiro Marsias, después de desafiar a Apolo en un certamen de música y de perder, fue

despellejado vivo y su piel colgada en la gruta donde nace el río. Si lo deseas podríamos verla, aunque creo que se trata de la piel de una cabra sacrificada hace mucho tiempo a alguna divinidad del lugar.

—Me gusta escuchar estas historias —dijo Cleidemo—, me recuerdan las que me contaba mi abuelo Critolao cuando era niño. Es más, creo que fue él quien me refirió esta historia del sátiro al que el dios Apolo despellejó vivo. Jamás habría imaginado que un día vería el lugar donde se originó.

Cleidemo lanzó una mirada a la llanura que se extendía hasta perderse de vista a los pies de la ciudad y en donde brillaba el río Meandro, iluminado por los rayos del sol, alto en el horizonte. Llegó a la carrera el arquero frigio y le dijo:

—Nuestro señor, el sátrapa Artabazo, te espera. Sígueme, te llevaré hasta el palacio.

Cleidemo y Lahgal lo siguieron; cruzaron la ciudad cuyas calles se iban llenando de gente: hombres y mujeres vestidos con extraños ropajes, que observaban a los dos extranjeros con curiosidad. Unos niños los siguieron, tiraron de sus túnicas para tratar de venderles las modestas mercancías que llevaban en cestitas y bolsas de paja; el arquero los ahuyentaba a gritos y a golpes de arco, pero ellos, convertidos en enjambre, chillaban en todas direcciones para volver a reunirse en tropel detrás del grupo que avanzaba expeditivo hacia el centro de la ciudad. Apareció la acrópolis: la colina rodeada del muro, toda verde de álamos que formaban una mancha tupida a orillas del pequeño río que debía de ser el Marsias.

Los niños se lanzaron riendo y gritando hacia el arenal del torrente y, después de abandonar las ropas, los cestos y las bolsas en la orilla, se zambulleron desnudos en el agua y se dedicaron a salpicarse unos a otros.

Entretanto, los tres subían la escalinata que llevaba al palacio y poco después eran conducidos al atrio. A Cleidemo lo metieron en un baño, lo lavaron y vistieron y finalmente lo llevaron en presencia de Artabazo. El sátrapa, que estaba sentado en un montón de cojines, se levantó y fue a recibirlo.

—Salve, oh, huésped espartano —le dijo en griego—, sé bienvenido a esta casa. Espero que el noble Pausanias goce de buena salud.

—Así era cuando lo dejé en Bizancio hace más de dos meses —

respondió Cleidemo con una reverencia—. Aunque ahora debe de estar en Esparta.

—¿En Esparta? —inquirió el sátrapa con expresión sorprendida y contrariada—. Creí que no se movería de Bizancio. Pero siéntate, te lo ruego, estarás cansado —le pidió indicándole un gran cojín relleno de lana que había sobre una alfombra azul.

Cleidemo se sentó no sin dificultades en la incómoda postura y se tapó las piernas con la sobreveste persa.

—En Esparta hubo quien comenzó a sospechar y el rey no quiere alimentar habladurías que podrían resultar peligrosas. Está seguro de que nadie puede tener ni una sola prueba y que solo se trata de envidias. Pienso que su modo de vivir en Bizancio, alejado ciertamente de las costumbres espartanas, ofendió a los Éforos y los Ancianos, siempre temerosos de que la autoridad de los reyes se refuerce demasiado, la ocasión de mandar que regresase para encontrar algún pretexto en su contra. De todos modos, el rey te asegura que no tardará en liberarse de sus actos y que regresará lo antes posible a Bizancio. Es allí donde podré llevarle tus palabras... o las palabras del Gran Rey.

Artabazo dedicó unos instantes a alisarse el bigote gris y después, dirigiéndose al huésped, le dijo:

—El Gran Rey le manda decir a Pausanias: «Salve. La prueba de amistad que nos has dado nos ha asombrado poderosamente. Liberaste a personas muy cercanas a nuestro corazón a las que tus soldados habían hecho prisioneras. Estamos, pues, dispuestos a considerarte nuestro aliado en todo y listos para proporcionarte cuanto necesites, ya se trate de dinero o de cualquier otra forma de ayuda. En cuanto a tu petición de concederte en matrimonio a una de nuestras hijas, estamos en disposición de hacerlo; entretanto, esperamos que nos digas cuáles serán tus próximos movimientos. De ahora en adelante comunicarás tu respuesta al sátrapa de nuestra provincia de Caria en la ciudad de Daskyléion, a la que tus mensajeros podrán llegar fácilmente desde Bizancio».

—Las palabras que acabas de decirme —repuso Cleidemo— están escritas en mi mente y así las referiré como tú las has pronunciado.

—Muy bien —dijo el sátrapa—, y ahora dime cómo piensa actuar el rey Pausanias.

—Por el momento —respondió Cleidemo—, debe borrar toda sospecha de la mente de los Éforos y los Ancianos. Su condición es objeto de gran recelo por parte de estas autoridades: goza de enorme prestigio tras la victoria de Platea.

Cleidemo notó una leve pero evidente expresión de contrariedad en el rostro de Artabazo y cayó en la cuenta de que tal vez habría sido mejor no ser el primero en tocar el tema, pero de todos modos continuó diciendo:

—Además, es el comandante del ejército de los estrechos, comandante de la flota peloponense y sigue siendo el tutor del rey Pleistarcos, hijo de Leónidas, que, como bien sabrás, es un niño. En una situación normal los Éforos y los Ancianos suelen conseguir que uno de los dos reyes se vuelva contra el otro, provocando una rivalidad que les permite ejercer y reforzar su poder. Pero Pausanias está prácticamente solo y en sus manos se concentra una enorme fuerza; únicamente por este motivo inspira desconfianza y suspicacias. Es evidente que los Éforos y los Ancianos buscan pretextos contra él, nada más... al menos eso creo. En cualquier caso, Pausanias me pareció completamente seguro de sí mismo. Es preciso recordar que puede contar también con el apoyo de la Asamblea de los Iguales: su inteligencia y su valor militar inspiran gran admiración a los guerreros y tradicionalmente se sienten más próximos al rey que los guía en la batalla que a los Éforos y los Ancianos.

Artabazo se paseó unos instantes por la sala y después de detenerse en el centro se volvió hacia su interlocutor.

—Por tanto, nos interesa actuar cuanto antes mientras podamos contar con un aliado en la cúspide de su poder. Si Pausanias fuese acusado o incluso únicamente privado del mando del ejército, todos nuestros planes deberían cambiar. Como sabrás, en este momento la situación en Atenas es confusa.

Cleidemo, que no estaba enterado de esta nueva, asintió como si lo supiera todo.

—Temístocles, el comandante ateniense que derrotó a nuestra flota en Salamina, fue expulsado de su ciudad y condenado al exilio.

Cleidemo contuvo a duras penas una expresión de sorpresa.

—Algún día podría convertirse en nuestro aliado, aunque no sea más que para vengarse de su patria ingrata. Ahora bien, le dirás a tu rey que esté preparado para actuar, pues la hora podría estar muy cercana; has venido a Celenas sin ninguna prisa, sabiendo que en cualquier caso Pausanias no regresaría a Bizancio antes del final del verano, pero al regresar deberás quemar etapas. Si por casualidad Pausanias volviera antes, deberás encontrarte ya en Bizancio y esperarlo para referirle cuanto acabo de decirte. Después te pondrás inmediatamente en contacto con el sátrapa de

Daskyléion y harás lo imposible por que este viaje tuyo permanezca en el más absoluto de los secretos. Sé que contigo llevas un sirviente, no podemos arriesgarnos a que hable y lo comprometa todo. Si lo deseas, me encargaré del asunto y te daré otro sirviente, o si quieres, una mujer... una hermosa muchacha, ¿o prefieres un jovencito? —inquirió el sátrapa con suma gentileza.

—Oh, no, señor —respondió rápidamente Cleidemo—, sería un lujo excesivo para mí y me haría acreedor de la sospecha o la envidia de mis compañeros. Es mejor no llamar la atención. Me ocuparé yo mismo de eliminar al sirviente cuando esté próximo a la costa. En cualquier caso, ya tenía órdenes de hacerlo.

—Como quieras —dijo el sátrapa—. Ahora deberás permitir que te ofrezca mi hospitalidad para que puedas descansar y reponer fuerzas unos días antes de reemprender viaje.

Cleidemo aceptó porque sentía curiosidad por saber cómo vivían aquellos a quienes los griegos llamaban «bárbaros».

El palacio era mucho más hermoso que todas las otras moradas que había visto en Grecia y Asia. A Lahgal lo habían conducido a las dependencias de los esclavos, pero a él le habían dado una alcoba en la parte alta del palacio, abierta a oriente y a occidente para que por las noches pudiera refrescarla la brisa.

Cenó hacia la hora del crepúsculo en compañía de Artabazo y degustó manjares deliciosos: todo tipo de salvajina asada y aromatizada con hierbas.

Lo que más lo sorprendió fue un ave enorme que los cocineros llevaron a la mesa decorada con todas las plumas de la cola, plumas larguísimas, de fantásticos colores iridiscentes, rematadas todas con un enorme ojo verde azulado que cambiaba de tonalidad a cada movimiento. Al notar el estupor de su huésped, el sátrapa ordenó a un sirviente que le llevara un ejemplar vivo en una jaula para que pudiera contemplarlo al natural. Se trataba de un animal estupendo, de colores tan brillantes que Cleidemo enmudeció. El pájaro tenía en el cuello y el pecho un plumaje de un intenso azul y una cola larga que medía casi dos codos, pero su canto era de lo más desgraciado que pudiera oírse. Le dijeron que el animal venía de la lejana India, la provincia oriental más extrema del Gran Rey, más allá de la cual solo se extiende el Océano sin fin.

Le enseñaron otro pájaro, más pequeño pero de plumaje aún más llamativo y de colores más brillantes, que iban del dorado al rojo purpúreo,

del negro al blanco. Le contaron que le daban caza en el país de los fasianos, una tribu de septentrión que tomaba su nombre del río Phase, que nace en el Cáucaso y desemboca en el Ponto. A la salvajina siguieron los dulces y la fruta: granadas, higos y una especie de manzanas de color rosado cubiertas de pelusilla, maravillosamente jugosas y refrescantes, de dulcísimo sabor pero con un hueso muy duro en el centro. Cleidemo a punto estuvo de partirse los dientes con él y causó la hilaridad de los comensales. Se cultivaban exclusivamente en el jardín del palacio y las plantas habían sido traídas directamente de la lejana Persia, por lo que recibían el nombre de «manzanas pérsicas» o simplemente «pérsicos».

Llegó luego la hora del reposo: un eunuco del palacio acompañó a Cleidemo hasta la hermosa y amplia alcoba, decorada con esmaltes de colores que representaban flores y árboles con pájaros variopintos y animales salvajes. Lo que más llamó la atención del huésped fue la cama: era tan grande que en ella habrían podido dormir cuatro personas y se sostenía sobre patas de dorado bronce con forma de figuras humanas aladas.

Sobre el lecho estaba tendida una muchacha de piel oscura, muy hermosa, con el cuerpo apenas velado por una sobreveste milesia. El eunuco le dijo en un griego muy elemental que esperaba que fuera de su agrado, que pertenecía a una tribu de septentrión llamada de los mosinecios, famosa por el desenfreno de sus costumbres, tanto que hombres y mujeres se acoplaban al aire libre, delante de todos y, ayudándose con gestos obscenos, intentaba explicarle al huésped las delicias que le esperaban.

Añadió que había, sin embargo, otras muchachas bitinias, capadocias, licias e incluso egipcias, todas ellas bien instruidas en los ritos de Afrodita.

Cleidemo le dio las gracias diciéndole que esa le parecía bien y que, en todo caso, la cambiaría para la noche siguiente. El eunuco se marchó no sin antes desearle con un gritito malicioso que tuviera una noche feliz y después cerró la puerta de cedro perfumado. Cleidemo miró a la muchacha, que lo contemplaba a su vez de pies a cabeza con gran curiosidad; después se asomó a uno de los balcones para echar un vistazo al exterior. Se quedó encantado: a sus pies se extendía la ciudad, enrojecida por los últimos reflejos del crepúsculo; más allá, hacia el sur, se abría la inmensa meseta sobre la que, rozando casi el suelo, se movían muchas nubéculas de polvo.

Algunas, atravesadas de repente por un rayo del sol moribundo, se tornaban bermejas; otras palpitaban unos instantes con un leve reflejo dorado para apagarse despacio en las sombras. Eran rebaños. Guiados por sus pastores

regresaban al valle de Celenas huyendo de la noche que, al cabo de nada, descendería rauda desde los montes lejanos de Armenia.

Se oían los balidos o quizá Cleidemo imaginaba oírlos y, apoyado en su vara, se veía avanzar entre ovejas y corderos seguido de cerca por el gran carnero, jefe del rebaño... como en otros tiempos lejanos... tan lejanos que ni él mismo habría sabido en ese momento decir cuánto. El valle se oscureció casi de repente y la sombra negra invadió la meseta hasta lamer los pies de las montañas sobre las que descansaba la bóveda del cielo, azul y ligera como un velo de finísimo lino. Por el lado opuesto al que había desaparecido el sol asomó en ese momento la luna, blanca y luminosa como si hubiera abandonado desde hacía tiempo las aguas del océano de las que se dice que surge.

Cleidemo notó que lo tocaban levemente en el hombro, se dio la vuelta y vio a la muchacha, que estaba de pie, detrás de él, desnuda e iluminada por los rayos de la luna. Se dejó llevar de la mano hasta el lecho, se dejó desnudar y acariciar largamente; de tanto en tanto la muchacha lo miraba a la cara sonriendo y murmurando pequeñas frases que no lograba entender, pero su voz era muy dulce y sus manos tan suaves y leves que apenas notaba su tacto. Mientras ella lo besaba con labios húmedos y frescos como pétalos de violeta y apretaba contra él los pechos turgentes, pensó que así debían de ser los cuerpos de las diosas, jamás tocados por la fatiga ni marchitados por el dolor, y pensó en Antinea, la única que había amado en su vida: sus manos se habían vuelto callosas por el duro trabajo y el sol había quemado su piel, pero tal vez sus ojos... sus ojos seguirían brillando, verdes como los prados del Taigeto.

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