Talos de Esparta
Antinea
Trastornado, Alesos entró para avisar a su amo de la matanza perpetrada por los espartanos en Ténaro, pero no lo encontró: se había marchado antes del amanecer con rumbo a Mesenia. En el establo faltaba el caballo castaño, el que había traído de Asia. A esa hora, después de haber dejado atrás Selasia y franqueado las estribaciones septentrionales del Taigeto, Cleidemo descendió hacia la ladera occidental de la montaña para enfilar el camino que llevaba a la aldea de Thouria.
Cabalgó todo el día; de vez en cuando bajaba de la silla para estirar las piernas y calentarse un poco andando. El cielo estaba cubierto y el viento empujaba hacia el golfo de Mesenia grandes nubes cenicientas. El paisaje que tenía ante sí se desmenuzaba en infinidad de pequeños valles separados por las laderas onduladas ora cubiertas de bosques, ora desnudas por las rocas que en ellas afloraban. De vez en cuando se cruzaba con algún pastor al que pedía información sobre el camino y con quien intercambiaba unas palabras. Hablaban un dialecto casi igual al de los ilotas del Taigeto.
Sentado al abrigo de una roca, comió un mendrugo de pan con higos secos mientras su caballo pastaba un poco de hierba amarillenta; después reemprendió el viaje con rumbo al oeste. Al atardecer el cielo se oscureció más aún amenazando lluvia y se puso a buscar un refugio para la noche. En medio de un claro, cerca de un arroyo, vio una modesta casa de madera con redil, sin duda la morada de algún pastor ilota, y dirigió su caballo en esa dirección.
Al aproximarse, el perro comenzó a ladrar: bajó de la silla y esperó al borde del patio, seguro de que alguien saldría a ver quién era. De la chimenea salía humo, señal de que los ocupantes acababan de regresar del trabajo. La puerta se abrió y apareció un hombre anciano, todavía fornido, vestido con una túnica de lana larga hasta los pies, que aguzó la vista en la oscuridad. Cleidemo avanzó entonces y dijo:
—Salve, amigo, me llamo Cleidemo, soy forastero y la noche me ha sorprendido en este lugar. No tengo refugio y me temo que pronto lloverá; te pido alojamiento para mí, un techo y un poco de heno para mi caballo.
—Tienes razón —dijo el hombre—, sin duda lloverá, o quizá nieve.
Pasa, forastero.
Cleidemo le tendió la mano y notó que el hombre observaba la lanza enfilada en el estribo.
—¿De dónde eres? —le preguntó el hombre mientras entraba en la casa antes que él.
—De Megara. Voy hacia Thouria a comprar lana.
—No tengo mucho que ofrecerte —dijo—, pero me alegraré de que compartas conmigo la cena, si lo deseas.
—Cenaré contigo de buen grado —respondió Cleidemo—, pero yo también llevo algo en mi alforja —añadió mientras sacaba pan, aceitunas y queso y lo depositaba todo sobre la mesa.
—Bien —repuso el hombre—, ponte cómodo y caliéntate un poco junto al fuego. Iré a guardar tu caballo: él también debe de estar cansado y hambriento.
Cleidemo miró a su alrededor: la estancia era muy pobre y los únicos muebles que en ella había eran la mesa y dos escabeles. En un rincón estaban las herramientas: una zapa, un rastrillo, un saco de cebada. Sobre la mesa, en un plato de madera, había unas raíces aliñadas con vinagre y un poco de sal, dos huevos y un vaso de barro lleno de agua. Su anfitrión debía de ser pobrísimo. Lo oyó trajinar un rato en el pajar y luego la puerta se abrió y lo vio entrar restregándose las manos.
—Como te decía, comienza a nevar. Será mejor que echemos más leña al fuego.
Cogió un haz de sarmientos y lo lanzó al hogar. Se elevó una buena llamarada crepitante que difundió un poco de calor en la estancia. No había linterna, y ciertamente ese pastor no podía permitirse quemar aceite si le faltaba para aliñar su comida.
Se pusieron a comer y Cleidemo se sirvió raíces del plato para agradecer la hospitalidad y ofreció a su vez su comida, que el hombre pareció agradecer mucho.
—¿Puedo saber tu nombre? —le preguntó Cleidemo en un momento dado.
—Me llamo Basías —repuso el hombre—. Perdona si no te lo dije antes. Por aquí no pasa nunca nadie y no estoy acostumbrado a recibir visitas.
—¿No tienes miedo de vivir aquí solo? —le preguntó Cleidemo.
—¿Y de qué? Los ladrones no tendrían nada que robar. El rebaño es de mi amo, que es espartano, y nadie se atreve a robar a los espartanos.
Háblame de ti, mejor, tienes un caballo y una lanza... debes de ser un señor...
—¿Te parece extraño que un mercader viaje a caballo armado de lanza? Bien, te diré que la lanza y el caballo fueron mi pan durante mucho tiempo. Combatí muchos años en Asia como mercenario, hasta que un día me caí de la silla y me quedé cojo, por lo que decidí retirarme e iniciar un pequeño comercio.
—¿No es demasiado pronto para comprar lana? —le preguntó Basías
—. La esquila se hace dentro de dos meses, tal vez tres, si el tiempo no mejora.
—Es cierto —respondió Cleidemo—, pero pensé que si llegaba antes podría asegurarme mejor precio; además, debo ver a alguien... un hombre llamado Pelias... ¿lo conoces?
El hombre levantó la cara del plato y miró a su invitado con expresión sorprendida.
—¿Pelias? Conozco a un campesino ilota que vive a más de un día de camino de aquí.
—¿Un día de camino? —dijo Cleidemo—. Podría tratarse de quien busco y si el tiempo no mejorara podría pedirle que me alojara mañana por la noche... puedo pagarle.
—Sí —dijo Basías limpiándose la barba y recogiendo las migas de la mesa—, pienso que harás bien. Mañana, al caer la noche, encontrarás su granja en este mismo camino. Tu caballo no podrá avanzar deprisa en la nieve. Si no equivocas el rumbo, llegarás un par de horas después del crepúsculo. Dile que te envía Basías, el pastor, y que has sido mi huésped: te recibirá de buen grado. Pero dale algo, si puedes... es muy pobre.
—¿Vive solo como tú?
—Si no recuerdo mal, tiene una hija que le ayuda, pero su condición es bien triste... si puedes, dale algo.
Se levantó para echar más leña al fuego y después volvió a salir a buscar la paja para la yacija de su huésped.
—Es cuanto tengo —le dijo esparciendo la paja en el suelo—, deberás conformarte con una cama bien mísera.
—No te preocupes —repuso Cleidemo—, fui soldado y muchas veces dormí en la tierra pelada. Esta paja está bien seca, estaré muy bien. ¿Y tú
dónde dormirás?
—En el establo, con las ovejas.
—Oh, no, no quiero que me cedas tu sitio. Iré yo al establo.
—Si es por eso, como verás, aquí cabemos los dos, pero prefiero dormir en el establo porque temo que esta noche haya lobos por los alrededores.
—Si es así, de acuerdo —dijo Cleidemo—; si necesitaras ayuda, despiértame... llevo mi lanza y puedo echarte una mano.
—Te doy las gracias, huésped —dijo Basías—; descuida, te llamaré si hace falta. Te deseo una buena noche.
—Y yo a ti —respondió Cleidemo.
Lo siguió hasta la puerta y vio que la nieve lo había cubierto todo y seguía cayendo en gruesas capas. Por doquier había una claridad que permitía distinguir la explanada del patio y la cabaña de leña con techo de paja donde estaban los animales. Basías se dirigió hacia allí dejando profundas huellas en el manto nevado, abrió la puerta y fue recibido por mugidos y balidos, y luego la cerró a sus espaldas.
Cleidemo se quedó contemplando la nieve que caía y a su mente acudieron los largos inviernos de Tracia, la infinita tristeza de aquellas desiertas soledades, las largas marchas en la nieve con la armadura que se convertía en un caparazón de hielo, las incursiones en las aldeas dormidas, los gritos de las mujeres, el fuego, el barro, la sangre... Ahora, la nieve que caía lentamente cubriendo el mundo con un velo candido parecía un signo de paz, tenía casi la impresión de que caía dentro de él para cubrir los desgarros profundos y apagar los gritos, los estremecimientos, los miedos...
Todo blanco...
Del establo le llegaba algún que otro balido amortiguado: los corderos acurrucados contra el vellón de sus madres soñaban con prados florecidos y, en su rincón, el gran carnero de cuernos retorcidos levantaba de vez en cuando las narices humeantes si en el aire flotaba el olor acre del salteador...
el lobo.
Antes de entrar se arrebujó con la capa, pero un leve ruido de ramas quebradas lo devolvió al umbral. Escrutó la oscuridad ante él; no había nada, quizá lo había imaginado... De repente, al final del patio, dos ojos amarillos se abrieron enormes en la oscuridad y vio avanzar un lobo, un macho corpulento de pelo plateado. Pensó en armarse con la lanza pero se quedó inmóvil mirando fijamente aquellos dos ojos que brillaban. El animal
se acercó más a él y se detuvo a unos cuantos pasos; levantó el morro como para olerlo y agachó la cola hasta tocar la nieve, luego se dio la vuelta y se perdió en un torbellino de blancos copos. Pero el perro no había ladrado y los animales del establo no habían dado ninguna señal de temor...
Cleidemo cerró la puerta, se tendió junto al fuego y miró las llamas que danzaban azuladas entre las brasas apenas veladas por las cenizas. Echó otro trozo de leña, se tumbó y se tapó con la capa. La tibieza comenzó a invadir sus miembros cansados, se le cerraron los ojos y, mientras el sueño se apoderaba de él, oyó un aullido en la noche y luego otro, más prolongado y lejano... Pero el perro dormía fuera, ovillado bajo el techo, y dormían los corderos acurrucados en el vellón de sus madres y el gran carnero de los cuernos retorcidos.
El frío lo despertó en plena noche: el fuego se había apagado y el viento que entraba por las numerosas grietas enfriaba la estancia. Se puso a soplar las brasas y echó más hornija hasta que la llama se reavivó. Estaba a punto de volver a reconciliar el sueño cuando oyó el chirrido de la puerta del establo y el gañido quedo del perro, como si hubiese llegado alguien que el animal conocía. Fue hasta la puerta, la entreabrió apenas y vio unas siluetas envueltas en capas oscuras que entraban en el establo. Salió sin hacer ruido y se acercó a la pared que daba a la casa: por una grieta en las tablas de madera vio a duras penas el interior iluminado por una antorcha humeante.
Uno de los dos hombres comenzó a hablar:
—Basías, te traemos malas noticias; los jefes de nuestra gente, reunidos en el viejo trapiche cerca del cabo de Ténaro, fueron rodeados por la Cripteia y exterminados. Se refugiaron en el recinto del templo de Poseidón, pero por lo que se comenta, los espartanos ni siquiera tuvieron respeto por el lugar sagrado y los mataron sobre el mismo altar al que se habían aferrado. Ahora es imposible una rebelión; por eso te avisamos, para que transmitas la noticia. No podemos exponernos a más riesgos, deberemos esperar a que los tiempos cambien y la situación nos sea favorable.
Basías inclinó la cabeza como aturdido por un pesado golpe.
—¿No se salvó nadie? —preguntó al cabo de un largo silencio.
—Nadie —respondió su interlocutor—. Se le ha permitido a nuestra gente sepultar los cuerpos.
—¿También... el guardián?
—No, él no. Su cuerpo no estaba. Tal vez consiguiera huir o quizá llegara cuando ya habían matado a los demás y se alejó de allí.
—Los espartanos habrían podido ocultar su cuerpo. ¿Y desde entonces nadie ha vuelto a verlo?
—No, que se sepa, nadie. Pero ¿por qué iban a querer esconder su cuerpo? No hay motivos. No, debe de estar vivo, oculto en alguna parte.
Alguien nos traicionó y probablemente él ya no se fía de nadie, pero puedes estar seguro de que reaparecerá y entonces nos dirá cuándo será el día de la venganza y tal vez... de la libertad.
Los tres se quedaron unos instantes en silencio y Cleidemo, turbado por lo que acababa de escuchar, temblaba de emoción y desprecio y ni siquiera sentía los dientes afilados del frío. Las nubes se habían abierto y las estrellas titilaban en el cielo límpido.
—Hay alguien en tu casa —dijo uno de los recién llegados—, vimos el humo de la chimenea y la reverberación de la llama en el hogar.
—Sí —respondió Basías—, es un viajero que me pidió refugio para pasar la noche. Me dijo que era un mercader megarense, pero se diría más bien que es laconio.
—Ten cuidado, hay espías de la Cripteia por todas partes. Los espartanos sospechan e intentan quitar de en medio a todos aquellos de los nuestros que puedan ser rebeldes.
—¡Por los dioses! —exclamó Basías—. Si es como dices, lo mataré y no me detendrá la ley de la hospitalidad, del mismo modo que los espartanos no respetaron el sagrado recinto de Poseidón.
—No, Basías. Sea quien sea ese hombre, no debes levantar la mano contra él. Deja que sean los espartanos quienes se manchen con el sacrilegio y provoquen la cólera de los dioses. Si en realidad fuese un espía de la Cripteia, no te sería fácil matarlo e incluso si lo consiguieras la venganza de Esparta sembraría nuestras tierras de mayores duelos. Adiós, Basías, que los dioses te protejan.
El hombre se levantó y se envolvió en la capa. Cleidemo retrocedió entonces hasta la casa, no sin antes borrar las huellas con el borde de la clámide, y entró apenas a tiempo.
Los dos hombres salieron al patio, echaron a andar en silencio por la nieve y enfilaron otra vez por el sendero que iba hacia oriente. La luz del establo se apagó y Cleidemo se tendió con el espíritu turbado. La pena que lo afligía no lo dejaba dormir, seguía escuchando las palabras de aquellos
hombres; se imaginaba la matanza, los gritos, los estertores de agonía, la sangre que manchaba el altar... y otro pensamiento lo agitaba: ¿quién era el que Basías había llamado «el guardián»? Ni siquiera Critolao había pronunciado nunca esa palabra, ni le había hablado jamás de semejante personaje; oculta en el fondo de su alma sentía que debía estar la solución de aquel misterio.
Se revolvió largo rato en su yacija sin poder tranquilizarse hasta que lo asaltó el pensamiento de Antinea y la imagen de su rostro se dibujó nítidamente ante sus ojos. Entonces el sueño volvió a atraparlo disolviendo la pena de su corazón y el cansancio de sus miembros.
El viento se había llevado todas las nubes y las siete estrellas de la Osa Mayor brillaban a poca altura sobre las colinas de Mesenia.
A Cleidemo no le resultó difícil mantener la dirección correcta porque el sendero, a pesar de estar oculto bajo la nieve, corría por el fondo de un valle y no había manera de alejarse sin treparse a las laderas de las colinas rocosas que lo delimitaban. Avanzó entonces con mayor rapidez de la esperada. A partir de determinado punto el valle se dirigía al mar y la nieve era mucho más escasa que en el tramo superior. Tras no haber hecho ninguna pausa en el camino, poco después del crepúsculo llegó hambriento y cansado a la granja donde debía encontrarse Pelias.
Abandonó el sendero y obligó a su caballo a subir la ladera hasta que logró dominar el claro en el que se levantaba la pequeña granja rodeada de corrales para las bestias. Hacia oriente se extendía el olivar y el viñedo con un centenar de plantas quizá, pero ya oscurecía y resultaba difícil distinguirlo bien. Dirigió la mirada a la casa y comprobó que salía humo de la chimenea: por fin había llegado... Dentro de poco bajaría, llamaría a la puerta y el corazón le sugeriría las palabras, el corazón que notaba henchido en el pecho.
Entraría con el viento de la noche, con los años que pesaban sobre sus hombros, con el alma atormentada por las dudas, entraría como un lobo empujado por el frío y el hambre... Acarició el cuello de su caballo, que resoplaba nubes de blanco vapor por los ollares orlados de escarcha. La tierra volvía a endurecerse y el hielo entumecía los miembros. Taloneó los flancos de su castaño y el animal bajó la ladera hacia el claro. Un perro atado con una cuerda comenzó a ladrar con fuerza; cuando Cleidemo se encontró en el centro del patio la puerta se abrió y en el vano se recortó una silueta... Antinea... Una silueta negra contra la claridad rojiza que salía del
hogar... Ni ojos ni rostro... Se cerraba sobre el pecho el chal y levantaba la cabeza como para escrutar en la oscuridad al caballero inmóvil como una estatua a lomos de un castaño cubierto de escarcha.
El perro dejó de ladrar y el lugar quedó sumido en profundo silencio.
La mujer tembló en presencia del caballero oscuro que empuñaba la lanza, no se atrevía a hablar. Oyó una voz grave, casi ronca, que llamaba
«Antinea»... Una voz que se apagó de inmediato como el relámpago entre nubes negras. Avanzó un paso y del interior de la casa le llegó Una voz trémula que preguntaba: «¿Hay alguien... hay alguien?»; ella aguzó la vista para reconocer las facciones de aquel rostro; la voz que dijo «Antinea» le traspasó el corazón e hizo que le temblaran las rodillas.
Bajó del caballo y al avanzar hacia ella entró en el radio de la débil luz que se colaba por la puerta abierta.
—Tengo frío... —decía la voz del interior.
Lo miró fijamente temblando como una hoja: un rostro arisco enmarcado por negra barba y ojos centelleantes bajo la frente ceñuda...
Tenía arrugas alrededor de los ojos y un pliegue amargo, como una cicatriz, en la comisura de la boca, pero los ojos ardían tras el velo de lágrimas, como aquel día lejano en el llano cuando la vio partir y la saludó con los brazos levantados contra el sol poniente.
Mientras él se le acercaba y le decía «Antinea» con voz más profunda y sonora, ella no conseguía hablar ni moverse. Cuando la llama del hogar lo iluminó de lleno, ella apartó los brazos del pecho y levantó las manos hacia su cara. Solo cuando lo hubo tocado notó que las lágrimas brotaban de sus ojos.
—Eres tú —dijo acariciándolo, tocándole los ojos, la frente y el cuello
—, has vuelto... has vuelto a mi lado.
La voz le tembló con más fuerza mientras repetía «has vuelto» y estalló en sollozos, como fuera de sí.
Él vio que iba a desplomarse y la abrazó con fuerza tapándola con la amplia capa, y así se quedaron, en la nieve, llorando en silencio. El viento de la noche le revolvía el cabello y congelaba las lágrimas en sus mejillas, pero él ya no sentía nada, solo el latido del corazón de Antinea, y aquel latido parecía reanimar en Cleidemo la vida que había creído perdida para siempre. Cuando por fin se separó de ella y le levantó la cara vio que en sus ojos fervorosos los años no habían dejado rastro... el tiempo se había detenido. Era la misma mirada que jamás había olvidado, la mirada que una
diosa había asumido para seducirlo una noche turbulenta en la lejana Chipre, la luz que había buscado tantas veces en los ojos de las mujeres de Asia y Tracia, una luz límpida como el agua de un manantial, luz de primaveras lejanas, tibias, floridas, cálida como el sol...
La aferró por la cintura y la llevó hasta la puerta todavía abierta. Un viejo arrebujado en una manta estaba sentado junto al fuego; levantó la cabeza cana y se quedó petrificado ante la vista que tenía delante. Pensó que sus ojos débiles lo engañaban y solo cuando escuchó la voz de su hija que le decía «ha vuelto» levantó las manos nudosas murmurando «dioses inmortales... oh, dioses inmortales... gracias por haber consolado a este viejo siervo». La puerta se cerró tras ellos y Cleidemo se olvidó de atar a su caballo, pero el corcel buscó solo un reparo bajo el tejado del establo y los balidos tímidos de los corderos no molestaron al altivo animal, acostumbrado al silbido de las flechas y al sonido tremendo de los cuernos de guerra. Al día siguiente, su amo aparecería empuñando la lanza reluciente y le acariciaría las negras crines.
Durante horas Cleidemo refirió a Pelias y a Antinea los acontecimientos vividos en los años en que había estado lejos, hasta que vio que el viejo estaba demasiado cansado. Lo levantó en brazos y lo llevó hasta su alcoba, en cuya cama lo depositó. Tan consumido estaba el hombre que Cleidemo tuvo la impresión de estar levantando a un niño; mientras lo tapaba pensaba en la vida a la que Antinea se había sometido para poder cuidar de un viejo enfermo y trabajar los campos. Cerró despacio la puerta de la pequeña estancia y fue a sentarse delante del fuego. Antinea había echado más leña y había apagado la lámpara.
—¿Pensabas que un día regresaría? —le preguntó al fin.
—No, lo deseaba, es verdad, pero no quería pensar para no sufrir inútilmente. Bastante dura era ya mi vida. Caras venía a visitarnos todos los años, especialmente en época de cosecha, y así me ahorraba las fatigas más grandes. Hablábamos de ti, de cuando estábamos juntos en la montaña.
—¿Sabías que había vuelto a Esparta?
—No. Hace casi un año que no veo a Caras.
—Regresé a finales del verano y vivo en la casa de los Cleoménidas.
—Entonces... eres espartano.
—Soy yo, Antinea, he vuelto por ti.
Antinea se puso en pie sin quitarle la vista de encima y se desató los lazos que le sostenían el vestido en los hombros. Lo dejó caer al suelo y
después se quitó la faja que le ceñía las caderas.
—Dicen que las mujeres de Asia tienen cuerpos lisos como el mármol y perfumados con esencias de flores —comentó bajando la vista.
Él la abrazó con fuerza invencible, la tendió sobre la piel de buey, delante del hogar, y la besó con infinita dulzura, temblando como tembló la primera vez que comprendió que la amaba. Cuando sació su espíritu y sintió en los riñones las fatigas del amor, Cleidemo se abandonó al sueño con la cabeza apoyada en el vientre de Antinea. Ella lo miró largo rato mientras le acariciaba el cabello; no se cansaba de contemplar su rostro, quemado por el sol de largos veranos y el hielo de gélidos inviernos, hundido por la pena y la congoja, un rostro distinto del imaginado durante todos aquellos años.
Sin embargo, el mismo que había amado la primera vez. ¿Realmente había llegado la hora de volver a la vida o ese momento no era más que un relámpago de luz que iluminaba un instante su existencia para desaparecer dejándola otra vez en la oscuridad? Estaba claro que se marcharía... pero
¿volvería a su lado? No podía saber cuál era el pensamiento de los dioses que gobernaban la suerte de los hombres, pero sabía que había deseado ese momento más que nada en el mundo y por eso no se cansaba de contemplar el rostro del hombre.
En otras ocasiones la noche le parecía angustiosa e interminable y esperaba que la luz del día la liberara de sus negros fantasmas, pero en ese momento deseó que la noche no terminara nunca porque en sus brazos estaba el sol: notaba su calor y su vida.
Pensó también en cómo la había poseído y en cómo había depositado en su vientre la simiente que hace germinar a los hombres y sintió que la invadía el miedo: ¿acaso él no había pensado que si le nacía un hijo llevaría su misma maldición... hijo de Esparta e hijo de esclavos? ¿O acaso lo había olvidado igual que ella, vencido por una fuerza indomable? La primavera no tardaría en llegar, traída por los céfiros tibios, haría crecer la planta amarga del ajenjo cuyas hojas provocan fuertes espasmos en el vientre y resecan la vida que en él echó raíz... pero no tenía intención de utilizarlas.
A Pelias, su padre, no le quedaba mucha vida y no sabía qué futuro le reservaba el destino, pero no iba a masticar las hojas amargas del ajenjo...
Volvió a contemplar aquellas manos, aquella frente, aquel rostro, y deseó con toda el alma que no volvieran a privarla de ellos; pensó en los prados del Taigeto que no tardarían en florecer otra vez al llegar la primavera, en los corderos, en los pastizales altos y en las rubias mieses del llano y no
supo que el sueño la había vencido y que soñaba, tendida sobre la piel de buey.
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