Talos de Esparta

Valerio Massimo Manfredi · Capítulo 3 de 23

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Talos de Esparta

El Campeón

Un día terso y límpido pero muy ventoso fue el que Critolao eligió para la prueba definitiva.

Se levantaron muy temprano y subieron a buen paso hacia la fuente de arriba; Talos tiró la capa, se lavó con el agua fría del manantial y luego, obedeciendo una señal de Critolao, empuñó el arco, se puso la aljaba de piel de cordero en bandolera y se alejó unos treinta pasos. El viejo se colocó al lado de una planta tierna de cornejo, delgada y recta, aferrada a la parte más alta, curvándola hasta que la punta tocó casi el suelo. Luego se dirigió a Talos:

—¡Presta atención! —le gritó—. Cuando suelte el extremo cuenta hasta tres y luego dispara; ¿lo has entendido bien?

—Muy bien —respondió Talos mientras metía la mano en la aljaba.

La prueba reunía todas las dificultades posibles: se trataba de darle a un blanco pequeño y en rápido movimiento, y además calcular con precisión la fuerza y la dirección del viento. Talos observó el follaje de las copas de los árboles, después miró el blanco que le pareció increíblemente pequeño, poco más que una pajita a esa distancia. Eligió una flecha larga y bastante pesada y después, bien despacio, se colocó en posición de tiro.

—¡Listo! —gritó Critolao soltando el extremo de la planta y haciéndose a un lado.

La planta silbó como un látigo y continuó oscilando rápidamente.

Talos contuvo la respiración, siguió un instante con el brazo izquierdo tenso en la empuñadura los movimientos del blanco y disparó. El pesado dardo, perfectamente equilibrado, salió proyectado con un zumbido sordo, despedazó la corteza de la planta y se clavó en el prado, a poca distancia.

—¡He fallado, maldita sea! —exclamó Talos con rabia al tiempo que corría Hacia el blanco, que seguía moviéndose.

—Le has dado, por Heracles, muchacho, le has dado —decía a media voz el viejo mientras observaba la planta—. Oh, gran Zeus, a treinta pasos, en movimiento y con viento... —Levantó la cabeza para mirar al muchacho, que llegaba a su lado jadeante—: Le has dado, ¿lo comprendes? Pero ¿qué

pretendías, traspasarlo justo por el centro? Talos, ¿sabes lo que significa?

En pocos meses, lo has conseguido en pocos meses...

La emoción agitaba al viejo pastor; se notaba claramente con cuánta inquietud había esperado ese momento, le temblaban las piernas.

—Espera, ayúdame a sentarme, muchacho. Se me doblan las rodillas, las piernas no me sostienen... Ven aquí, siéntate a mi lado... Así. Y ahora escúchame, muchacho, te convertirás en un gran arquero, grande como Áyax Oileo, como Odiseo...

Talos rió de todo corazón.

—Eh, no corras tanto, viejo. ¿No crees que abres demasiado esa boca desdentada? ¡No ha sido más que un golpe de suerte!

—¡Pequeño bastardo impertinente! —exclamó Critolao torciendo los ojos en medio de la maraña de arrugas de su cara—. ¡Te romperé el cayado en la espalda, a ver si así aprendes a respetar a los ancianos!

Talos rodó de lado para evitar el azote que el viejo le asestaba en broma, se puso en pie de un salto, salió corriendo hacia el bosque y llamó al perro.

—¡Ven aquí, Crío, corre, atontado, alcánzame!

El animal se lanzó tras su joven amo ladrando y agitando la cola; repetía así un viejo juego que había jugado mil veces, pero apenas lo hubo alcanzado, Talos se detuvo de sopetón: detrás de un nutrido grupo de tocones de haya había un hombre inmóvil, envuelto en su pesada capa de lana oscura, con el rostro semioculto tras la capucha. Miró fijamente al muchacho un instante, luego recogió un haz de ramas y se alejó a paso rápido por el sendero. Entretanto, Critolao llegaba jadeante junto al muchacho. Turbado, lo aferró del brazo.

—¿Qué ocurre, abuelo, nunca habías visto un viandante?

Critolao miró en silencio la silueta encapuchada que se alejaba y tendiéndole el arco al joven, le dijo con tono gélido:

—Mátalo.

—Te has vuelto loco, ¿por qué iba a matarlo? Ni siquiera sé quién es, no me ha hecho nada malo.

—Te ha visto utilizar el arco y no es uno de los nuestros, es un espartano, tienes que matarlo, adelante, hazlo mientras estés a tiempo. —El viejo estaba turbado, su voz delataba temor.

—No, no puedo —repuso Talos con serenidad—. Si me atacaran, tal vez sería capaz de matar, pero no así, a un hombre desarmado y por la

espalda.

El resto del día Critolao se mostró taciturno a pesar de los esfuerzos que hizo Talos para tranquilizarlo. Se lo veía terriblemente abatido, como si todas sus esperanzas, las razones de su vida misma se hubieran derrumbado en un solo instante. En los días que siguieron, su inquietud fue en aumento.

Cuando salía a pastorear con el rebaño empleaba mil precauciones y casi no se atrevía a llevar a su joven alumno a ejercitarse con el arco y, si lo hacía, buscaba lugares alejados y a trasmano, y se comportaba como si se sintiera observado, espiado. Se sobresaltaba al menor ruido, los ojos se le llenaban de terror, tanto que Talos estaba muy preocupado.

Pasaron los días y los meses; la primavera estaba avanzada y no había ocurrido nada sospechoso. Critolao comenzaba a tranquilizarse, pero su salud iba empeorando cada vez más, hasta el punto de que algunas veces no llevaba a pastar a las ovejas y se quedaba muchas horas sentado en su escabel. Los hombres de las granjas vecinas que iban a trabajar o a pastorear los rebaños se detenían para saludarlo o conversar; todos parecían extrañamente preocupados, como si intuyeran que se acercaba su fin. Por las noches, Talos regresaba con el rebaño y el perro, y al terminar los trabajos, se sentaba a los pies del abuelo y hablaban largo rato. Le contaba de los continuos progresos que hacía en el manejo del arco que había vuelto a llevar consigo. A veces se ausentaba varios días seguidos, cuando iba a las zonas de pastoreo más alejadas, y entonces dormía en un refugio hecho con ramas y hojas.

Un día, hacia finales de la primavera, se hallaba en las laderas del monte Taigeto, no muy lejos de casa. La noche anterior, Critolao se había sentido mal y no había querido alejarse demasiado. En caso de necesidad, la madre habría podido encontrarlo fácilmente o enviar a alguien en su busca.

Era casi mediodía y hacía calor: se sentó debajo de un árbol y miró hacia el llano donde brillaban los olivos de plata. A sus espaldas alcanzaba a ver un largo trecho del camino que venía del norte y que estaba desierto. Había oído comentar a sus compañeros, que servían en la ciudad, que se preparaban grandes acontecimientos. Los marineros de Githion, que por las noches llevaban el pescado al mercado, habían hablado de una flota inmensa que venía de oriente: cientos y cientos de naves con largos espolones de bronce que surcaban las olas. Un gran rey los enviaba desde su imperio de ultramar a guerrear contra los atenienses.

Talos tenía una idea muy vaga de lo que ocurría fuera de su montaña.

Había oído hablar a Critolao de los demás pueblos de Grecia, pero nunca había visto a nadie más, aparte de la gente del Taigeto y los guerreros de la ciudad. Se preguntaba por qué quería ese gran rey guerrear con una ciudad pequeña como Atenas y por qué iba con todos esos barcos, si era cierto lo que decían los pescadores de Githion. Pensó también que le habría gustado ver un barco. Se decía que había algunos tan grandes que en su interior cabían todos los habitantes de una aldea, pero seguro que eran fantasías. De todas maneras, hacía tiempo que ocurrían cosas extrañas: casi todos los días salían cuadrillas de guerreros tanto por el camino del norte como por el que llevaba al mar. Muchos pastores y campesinos de la montaña temían que estuviera a punto de estallar una gran guerra y que ellos también se vieran obligados a partir con los guerreros para servirlos o transportar las armas.

Mientras estaba absorto en estos pensamientos, con la mirada perdida en el llano, le pareció notar que algo se movía a lo lejos, por el camino que venía del norte; era poco más que un punto negro en el polvo. Miró mejor y comprobó que alguien se acercaba por el camino de Argos, alguien que corría solo bajo el sol, en dirección a Esparta.

Lleno de curiosidad, Talos se levantó para ver mejor y, al mismo tiempo, empezó a descender por la ladera del monte hacia una pequeña fuente que brotaba allá abajo, al costado del camino. Llegó poco después y se sentó en el borde de la taza de piedra que recogía el agua de la fuente.

El punto negro que había divisado antes a gran distancia adquiría contornos más nítidos: se trataba de un hombre que corría por el borde del camino. Llevaba un hatillo atado a los hombros y un puñal en la cintura; la corta túnica que le llegaba apenas a la ingle indicaba que se trataba de un guerrero. Se había acercado y Talos ya podía verlo bien. Al llegar a la fuente, el hombre, cubierto de polvo y sudor, se detuvo. Respiraba de forma rara, soplaba ruidosamente por la boca e hinchaba rítmicamente el enorme tórax. Recogió agua de la lavó la cara, los brazos y las piernas y después de quitarse la túnica, se lavó poco a poco el resto del cuerpo, dando uno que otro brinco al contacto con el agua helada que bajaba de la montaña.

—Fría, ¿eh? —dijo Talos con una sonrisa.

—Ya lo creo que está fría, muchacho, pero hace bien, refuerza los músculos y el cuerpo y despierta la energía en los miembros cansados.

Aquel hombre semidesnudo tenía un cuerpo formidable: los brazos robustos, el pecho ancho, las piernas largas y fibrosas. Talos lo observaba

atentamente, no podía ser más que un guerrero, pero no lograba distinguir de qué país. Hablaba de un modo curioso, con una especie de cantilena, y su modo de comportarse inspiraba confianza. Talos se asombró al ver la espontaneidad con la que le había dirigido la palabra a pesar de haber intuido que se trataba de un guerrero. El desconocido volvió a vestirse.

—¿Está lejos Esparta? —preguntó.

—No mucho; si sigues corriendo como hasta ahora, llegarás dentro de poco; mira, la ciudad aparecerá tras esa curva del camino, imposible que te equivoques. ¿Qué vas a hacer a Esparta? Tú no eres espartano. Debes de venir de lejos. —Y luego añadió—: Nunca había oído a nadie hablar como tú, ni siquiera a los pastores mesenios ni a los pescadores que vienen al mercado desde Githion.

—Veo que me has observado. ¿Me espiabas acaso?

—Oh, no, me encontraba allá arriba con mis ovejas y por casualidad te vi correr por el camino. Nunca había visto a nadie correr un trecho tan largo. Entonces, ¿no quieres decirme quién eres ni de dónde vienes?

—Claro que sí, muchacho, soy Filípides de Atenas, vencedor de la última Olimpíada. ¿Y tú quién eres?

—Soy Talos —respondió el muchacho mirando al extranjero a los ojos.

—¿Talos y nada más?

—Talos, el tullido.

El extranjero se quedó en silencio un momento, asombrado.

—¿Qué le pasó a tu pie, te has caído de la montaña?

—No —respondió el muchacho con tranquilidad—. Mi abuelo Critolao dice que la comadrona me lo torció al sacarme del vientre de mi madre... Pero te hago perder tiempo, tal vez tengas que marchar.

—Sí, Talos, debería irme, pero si no descanso un poco, me estallará el corazón; partí de mi ciudad anteayer al amanecer.

Talos lo miró con expresión atónita:

—No es posible, sé que Atenas está al otro lado del mar, no puedes haber llegado hasta aquí a pie.

—Pues así he llegado, Fidípides no miente, muchacho. Ayer, antes de la puesta del sol, me encontraba en Argos.

—Te creo, pero mi abuelo Critolao me dijo que se tarda casi una semana en llegar desde Atenas hasta aquí.

—Tu abuelo Critolao debe de saber muchas cosas... Tal vez también sepa quién es Fidípides —dijo el atleta con una sonrisa.

—Mi abuelo Critolao lo sabe todo, estoy seguro de que conoce tu nombre. Un día me habló de la Olimpiada y también me habló del valle en el que compiten los atletas. El río que lo cruza nace no muy lejos de aquí, en nuestros montes. De manera que has llegado hasta aquí apenas en dos días... Debes de tener mucha prisa y cosas muy importantes que transmitir.

—Sí, muy importantes, pero no solo para mí, sino para todos los griegos.

De pronto se puso serio y una sombra veló sus ojos claros.

—Creo que sé de qué se trata —dijo Talos—. Los pescadores de Githion dijeron que el rey de las tierras donde nace el sol ha enviado centenares de barcos cargados de soldados para saquear las islas.

—No solo las islas —dijo el atleta, sombrío—. Han desembarcado en el continente. Son numerosos como las langostas y han acampado en la playa, a poco más de doscientos estadios de Atenas, en un lugar llamado Maratón. Todos nuestros guerreros están allí, pero no son suficientes para rechazar a esa multitud. Por la noche, sus fogatas son tan numerosas como las estrellas en el cielo. Las proas de sus barcos son altas como torres, tienen miles de caballos, carros, sirvientes...

—Has venido a pedir ayuda a los espartanos, ¿no es cierto? No irán; mi abuelo Critolao dice que los espartanos son guerreros terribles, los mejores, pero son obtusos y no ven más allá de sus narices. Además, ya sabrás que su ciudad carece de murallas y se muestran siempre muy renuentes a abandonarla o dejarla demasiado desguarnecida. Otra estupidez más, porque si la rodearan de murallas bastarían unos pocos hombres para vigilarla y el grueso de los guerreros podría ir lejos para hacer frente al peligro sin esperar a que llegara hasta las orillas del Eurotas.

—Para ser tan joven, eres muy sabio, Talos; tu mente está despierta, pero espero que no te sepa mal si alguna vez tu abuelo se equivoca; me refiero a la estulticia de los espartanos. Deben escucharme; si dejan que nos destruyan, mañana les tocará a ellos y Atenas ya no existirá para ayudarlos.

—Lo sé, pero por desgracia no es a mí a quien debes convencer, sino a ellos; por mí, si pudiera... En fin, que me batiría con gusto a vuestro lado.

No sé por qué, pero me parece que hablas bien. ¿Son como tú todos los atenienses?

El atleta sonrió.

—Oh, los hay mejores que yo, la verdad sea dicha.

—Lo dudo —dijo Talos meneando la cabeza—. Tú has ganado las Olimpiadas.

—Es cierto, muchacho, pero en mi ciudad no solo cuentan los músculos; es más, la mente es lo que de verdad cuenta y para el gobierno de la ciudad los ciudadanos tratan de elegir siempre a los hombres más sabios, no a los más fuertes.

—¿Quieres decir que en tu tierra la gente es la que elige a los que deben gobernar? ¿No tenéis reyes?

—No, Talos, hace mucho los tuvimos, pero ahora ya no.

—¡Qué rara debe de ser tu tierra!

—Sí, tal vez, pero creo que allí te encontrarías a gusto.

—No lo sé... ¿Crees que es un lugar donde un siervo podría encontrarse a gusto?

El atleta se levantó y le lanzó al muchacho una mirada triste.

—Debo irme —dijo e hizo ademán de emprender la marcha; se volvió hacia el muchacho, se quitó el brazalete de cuero ornamentado con tachuelas de cobre y se lo ofreció.

—Para ti, Talos, lo llevé en la Olimpíada, pero creo que ya no lo necesito, algún día te acordarás de Fidípides...

Se ciñó el cinturón y se lanzó a la carrera en dirección a Esparta. Talos se quedó un instante anonadado y después arrancó a correr tras el atleta, que ya estaba lejos:

—¡Campeón! ¡Campeón!

Fidípides se detuvo un momento y miró hacia atrás.

—¡Buena suerte!

El atleta levantó el brazo derecho y lo saludó con un amplio ademán; después reinició la carrera bajo el brillo enceguecedor del sol.

El ateniense estaba sentado, envuelto en el candido palio, frente al noble Aristarcos, que lo escuchaba con atención.

—Te agradezco la hospitalidad que me ofreces, Aristarcos; la nobleza y el valor de los Cleoménidas son bien conocidos en Atenas y es para mí un gran honor estar sentado a tu mesa.

—El honor es mío, Fidípides. Esta casa se enorgullece de recibir al campeón de Olimpia. Venciste a nuestros mejores jóvenes y los espartanos saben reconocer el valor de un adversario de tu fuerza. Por desgracia, mi mesa es muy modesta y no he podido ofrecerte manjares refinados. Sé que

los atenienses hacéis bromas sobre nuestra cocina y que nuestro caldo negro, en especial, es objeto de muchas burlas. Como verás, no te he obligado a probarlo.

—Has hecho mal, noble Aristarcos, porque sentía mucha curiosidad por saber cómo era.

—Me temo que para ti habría sido una experiencia poco agradable.

Recuerdo bien la cara que puso Aristágoras de Mileto cuando lo probó en una comida que ofreció nuestro gobierno con motivo de su misión en Esparta, hace de esto ocho años, misión que, como bien sabrás, tuvo escaso éxito.

—Lo sé, no le disteis ninguna ayuda, contrariamente a lo que hicimos nosotros, los atenienses, que ahora pagamos caro nuestro gesto de entonces.

Por otra parte, la asamblea considera su deber enviar toda la ayuda posible a las ciudades helénicas que se habían rebelado contra el Gran Rey. ¿No crees tú también que ha sido una decisión acertada?

—¿Debo considerar que juzgas negativamente el rechazo de nuestro gobierno de entonces a las peticiones de Aristágoras?

—No exactamente, Aristarcos —respondió el ateniense al tiempo que se daba cuenta de que había herido la susceptibilidad de su anfitrión—. Me doy cuenta de que entonces a los espartanos no os era fácil tomar una decisión tan grave.

—No es esa la cuestión, Fidípides. Al principio, nos pareció que a Aristágoras lo impulsaban nobles ideales; nos explicó en qué condiciones se hallaban las ciudades griegas de Asia, obligadas a soportar el yugo del Gran Rey, y daba la impresión de que su único objetivo era liberarlas. En un discurso que pronunció ante la Asamblea de los Iguales, fue tal su vehemencia que los guerreros quedaron fascinados. Por otra parte, sabes que los espartanos no estamos acostumbrados a la elocuencia, que somos gente sencilla, de pocas palabras, pero no somos necios. Los Éforos, a quienes compete gobernar nuestra ciudad junto con los reyes, sabían bien que Aristágoras había tratado de sojuzgar la isla de Naxos, poblada por los griegos, utilizando tropas persas para hacer mérito a los ojos del Gran Rey, que, por entonces, se encontraba en Tracia combatiendo a los escitas, más allá del río Istro. Los habitantes de Naxos rechazaron el ataque y los oficiales persas declararon que la culpa de aquel fracaso la tenía sin duda Aristágoras. Aterrorizado por la idea de sufrir la cólera del Gran Rey, aprovechó un incidente entre oficiales persas y griegos de la flota para

proclamar la revuelta. Los griegos de Asia lo siguieron, lo que demuestra que deseaban liberarse del dominio de los persas, pero por lo que respecta a Aristágoras, sabíamos que solo había actuado por interés personal. Si tanto le importaba la libertad de los griegos, ¿por qué intentó sojuzgar la isla de Naxos? En pocas palabras, teníamos motivos fundados para considerar que desencadenó la revuelta contra los persas para salvarse de la cólera del rey Darío cuando regresara de la guerra contra los escitas.

Sirvió entonces vino en la copa de su huésped, que lo escuchaba sin perderse palabra, y luego prosiguió:

—Admitirás que no es fácil fiarse de un hombre que se encuentra en una situación sin salida y que desea hacer creer que solo lo anima el fuego de la libertad. Pero te estoy diciendo cosas que tal vez sepas mejor que yo.

—Es cierto, en parte estoy al corriente —respondió Fidípides—, pero sigue, te lo ruego, porque me interesa saber qué piensas sobre esos hechos.

—Muy bien —continuó Aristarcos—, habría sido posible convencer a los Iguales reunidos en asamblea, pero es evidente que la decisión última la tomarían los Éforos y los reyes, y tanto los unos como los otros habían tenido una pésima impresión de Aristágoras, aparte de lo que ya sabían de él. Recuerdo un episodio que te hará sonreír; un día, me encontraba por casualidad en casa del rey Cleomenes, que había hospedado a Aristágoras.

El huésped acababa de levantarse de la cama y estaba sentado con las manos bajo la capa (en casa del rey solo se encendía el fuego después del crepúsculo) mientras uno de sus sirvientes le ataba el calzado. La hija del rey, que por entonces tenía seis años, señaló con el dedito a Aristágoras y exclamó: «¡Mira, padre, el huésped extranjero no tiene manos!». Te juro que incluso yo tuve que volverme y taparme la boca para no reírme a carcajadas. En fin, que aquel hombre que se presentaba como jefe de una revuelta no sabía siquiera atarse el calzado sin ayuda.

—De modo que los atenienses fuimos demasiado crédulos con Aristágoras —dijo Fidípides con una sonrisa agria.

—Oh, no, amigo mío, no era ese el sentido de mis palabras; no critico las acciones de Atenas, que por aquella época fueron muy generosas. El envío de barcos y tropas en auxilio de los rebeldes de Jonia no fue deliberado porque Aristágoras os había engañado. En el fondo un vínculo de estirpe y de sangre os unía a los jonios, vuestros colonos de Asia, y es comprensible que quisierais ayudarlos. La verdad es que nuestra negativa de entonces fue fruto de nuestra desconfianza natural: nos pareció que ese

hombre quería implicar a Esparta en una empresa desesperada de la que únicamente su ambición era responsable.

—Comprendo lo que quieres decir, pero en definitiva ahora los persas están en Grecia y peligra la libertad de todos los helenos.

El espartano se quedó un instante pensativo mientras con la mano izquierda se mesaba la barba, y luego añadió:

—Sé bien que es inútil lamentarme por lo que ocurrió entonces. Los espartanos podríamos decir que si Atenas no hubiera intervenido en Asia ahora no tendríamos a los persas en Grecia; y los atenienses podríais decir que si Esparta hubiese intervenido en Jonia, quizá la expedición habría salido victoriosa.

—Estoy de acuerdo contigo, Aristarcos, pero la situación es desesperada. Es imprescindible que Esparta intervenga a nuestro lado.

Unidos venceremos, separados seremos derrotados. El peligro se cierne hoy sobre Atenas y las ciudades del Ática, pero mañana le tocará el turno a Corinto, a Megara, a la misma Esparta. El rey de los persas posee centenares de barcos que pueden desembarcar decenas de miles de guerreros en cualquier punto de la Hélade.

—El discurso que has pronunciado hoy en la asamblea es un discurso indudablemente convincente.

—¿Te parece?

—Sin duda; si conozco a mi gente, creo que tus palabras han conseguido el efecto adecuado. Tu gobierno eligió muy bien al no enviar a Esparta a un político, sino al campeón de Olimpia. Los espartanos son más propensos a creer en el valor que en las palabras elegantes.

—¿De modo que piensas que mañana podré llevar a Atenas la promesa de la intervención inmediata de vuestro ejército?

—Es probable que consigas el pacto de alianza. En cuanto a la intervención inmediata...

—¿Y bien? —inquirió ansiosamente Fidípides.

—Me temo que habrá que esperar al plenilunio. Solo entonces se reunirá la Asamblea de los Iguales para aprobar la decisión de los Éforos.

—¡Pero es absurdo! —exclamó el ateniense. Al comprobar que su interlocutor adoptaba una súbita expresión sombría, añadió—: Discúlpame, pero esperar al plenilunio equivale a una negativa. Los persas pueden atacar de un momento a otro.

Aristarcos parecía preocupado; se pasó una mano por la frente.

—Podríais encerraros tras las murallas y resistir hasta que lleguemos.

—¿Y abandonar los campos al saqueo y la destrucción? Hay decenas de aldeas que carecen de fortificaciones y aunque las tuvieran no tendrían ninguna esperanza de resistir. ¿No sabes lo que hicieron en Eretria? Eubea entera fue sometida a hierro y fuego, y al final hasta la ciudad tuvo que capitular. Toda la población fue tomada como esclava. No, Aristarcos, no hay salida, es preciso detenerlos en la playa, pero solos no lo conseguiremos... No lo creo —dijo Fidípides con desconsuelo, y se quedó en silencio, con la cabeza entre las manos.

—Me hago cargo —respondió el espartano al tiempo que se ponía en pie y se paseaba nerviosamente por la sala—, pero por otra parte estas son nuestras leyes y no veo la manera de...

—Entonces no hay ninguna esperanza...

—Escúchame, Fidípides, mañana hablaré en favor de tu petición; me refiero al envío inmediato del ejército, no puedo hacer más. En el peor de los casos, se trata de ganar tiempo. No falta mucho para el plenilunio y dentro de algo más de una semana nos encontraremos codo con codo en Maratón. Créeme cuando te digo que es lo que mi corazón desea sinceramente.

—Te creo —dijo el campeón estrechando calurosamente la mano del guerrero de Esparta—, y es para mí un gran consuelo. Ojalá que tus palabras sean atendidas; estoy seguro de que juntos podremos vencer al enemigo, entonces me corresponderá a mí retribuir la hospitalidad que con tanta generosidad me has ofrecido. Ahora te ruego que me disculpes, estoy muy cansado y querría retirarme. Que la noche te traiga consejo, noble Aristarcos, a ti y a tus conciudadanos, en cuyas manos está no solo el destino de mi patria sino el de toda la Hélade.

—Así lo quieran los dioses —dijo Aristarcos al tiempo que se incorporaba y acompañaba al huésped hasta sus aposentos.

—¡Brito, Brito! ¡Corre, se ven los nuestros que regresan, ahora mismo asoman las vanguardias por el camino de Argos!

—¡Ya voy, Aguías, espérame!

Los dos muchachos corrían por el camino que cruzaba el centro de la ciudad en dirección a la puerta septentrional. Pasaron entre una multitud de mujeres, ancianos y muchachos que llegaban de todas partes e iban apiñándose en la calle principal donde buscaban un buen lugar de

observación. Advertidos por un mensajero, los cinco Éforos se encontraban ya en la puerta para esperar la llegada del ejército.

—Mira, Aguías —dijo Brito a su compañero—, aquí llega la cabeza del ejército y ahí está el rey.

A lomos de un purasangre negro, rodeado de su escolta, avanzaba el rey Cleomenes, con los hombros ligeramente cargados y la barba entrecana que delataba que ya no era joven.

—Qué extraño —dijo Brito a su compañero—, no veo a mi padre; como pariente del rey debería ir a su lado.

—No te preocupes —lo tranquilizó Aguías—, no hubo batalla, por lo que no hay caídos; así se lo han dicho los heraldos a los Éforos. Se comenta que los nuestros llegaron cuando los atenienses ya habían vencido. El campo de Maratón seguía cubierto de cadáveres persas. Dentro de poco sabremos más; mira, el rey va al encuentro de los Éforos; por la tarde, el heraldo debería anunciar en el agora cómo ha ido todo.

Los muchachos se acercaron a la columna de guerreros que entraban en la ciudad rompiendo filas a medida que se encontraban con sus familias y parientes que habían acudido a recibirlos.

—Aquí viene mi hermano Adeimantos, vamos a preguntarle qué ha ocurrido. Él nos dará noticias de tu padre —dijo Aguías y le indicó a su amigo a un hoplita de la retaguardia—. Mira, han llegado también tu madre y tu nodriza; estarán preocupadas.

Los dos muchachos abandonaron su puesto de observación y corrieron hacia Adeimantos, que en ese momento se separaba de las filas y se quitaba el pesado yelmo que Aguías le arrancó de las manos.

—Deja que te llevemos las armas, Adeimantos, estarás cansado.

—Sí, te las llevamos nosotros hasta casa —dijo Brito como un eco al tiempo que le quitaba el escudo del brazo izquierdo.

El grupo se dirigió hacia el barrio oriental de la ciudad, donde se encontraba la casa de Adeimantos. A los guerreros se les había permitido regresar con sus familias en lugar de a sus respectivos cuarteles, como ocurría con frecuencia.

—¿Dónde está mi padre? —preguntó enseguida Brito—. ¿Cómo es que no ha regresado con vosotros? Las mujeres de mi casa están preocupadas.

—No te preocupes —repuso Adeimantos—. Uno de los guardias de la escolta del rey avisará de inmediato a tu madre. Tu padre ha tenido que

participar en las exequias de un guerrero ateniense abatido en la batalla.

Entretanto, habían llegado a casa. El guerrero entró y fue recibido festivamente por su familia; se desató la coraza y se sentó, mientras una de las mujeres le preparaba el baño.

—¿Sabes quién era? —preguntó Brito, lleno de curiosidad.

El rostro de Adeimantos se ensombreció.

—¿Te acuerdas del campeón ateniense que vino a Esparta a solicitar nuestra intervención?

—Sí —repuso Brito—. Fue nuestro huésped durante su estancia en la ciudad.

—¿El campeón de Olimpia? —preguntó Aguías a modo de aclaración.

—El mismo —respondió el hermano—. Al terminar la batalla, los persas derrotados alcanzaron la flota para intentar un golpe de mano contra el puerto de Falero, pues lo creían desguarnecido, pero el comandante ateniense envió a Fidípides, el campeón, a anunciar la victoria y a dar la alarma a los defensores de la ciudad. Recorrió sin parar doscientos cincuenta estadios desde Maratón a Atenas, después de combatir toda la mañana en primera línea; un esfuerzo espantoso que le costó la vida.

Consiguió transmitir su mensaje y después se desplomó, muerto de fatiga.

Los dos muchachos se quedaron en silencio, fascinados por aquellas palabras.

—Era un hombre justo y generoso, murió como un campeón y un guerrero; los griegos lo recordarán.

—Debo marcharme —dijo Brito mientras se ponía en pie—, mi madre está sola y me espera. Nos veremos mañana en la palestra —añadió dirigiéndose a su amigo.

Después de saludar a Adeimantos, salió a la calle y con paso veloz fue hacia la puerta septentrional, de la que acababa de venir. Al llegar a ella, desvió a la derecha, hacia el Taigeto, para ir a su casa, que se erguía casi al pie del monte. Al costado del camino vio una pequeña multitud de viejos, mujeres y niños. Eran las familias de los ilotas que habían seguido al ejército espartano en calidad de sirvientes y porteadores. La alegría de esa pobre gente era enorme. Muchos de ellos habían visto partir a sus seres queridos con enorme temor e inquietud. Eran terribles las cosas que se decían del ejército persa y, a pesar de que los ilotas no participaban en el combate, había motivos para preocuparse.

Si vencía el enemigo, en el mejor de los casos los habrían convertido en esclavos y se los habrían llevado lejos. Para los pobres desgraciados no existía la esperanza del rescate o las negociaciones, puesto que sus familias apenas tenían lo justo para sobrevivir. La noticia de las espantosas matanzas que el ejército persa había llevado a cabo en las islas contribuyó a aumentar el terror. Se decía que en comarcas lejanas habían deportado poblaciones enteras y que no había esperanza alguna de que regresaran. El joven Brito los observaba sin poder contener un sentimiento de desprecio: aquella gente que no pensaba más que en salvar su escuálida existencia ni siquiera le parecía digna de ser considerada parte del género humano. Al mismo tiempo, notaba que sobre él y sobre toda la casta de los guerreros a la que pertenecía pesaba la incomodidad de la empresa no cumplida en Maratón.

La impensable y estrepitosa victoria de los atenienses empañaba el prestigio del que siempre habían gozado las armas espartanas; tuvo la impresión de que aunque no osaban manifestarlo, aquellos desgraciados ilotas se complacían del fracaso de sus orgullosos amos.

A su paso, el murmullo se apagó, todas las miradas se clavaron en el suelo, menos una: la de un muchacho algo más joven que él, que lo miró a los ojos con una extraña expresión y que, poco después, se alejó rápidamente hacia el Taigeto con un curioso paso ondulante.

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