Talos de Esparta
El Lobo
Antinea, a quien le había sido extraída la flecha de un hombro, devorada por una fiebre muy alta, luchó mucho tiempo contra la muerte; cada noche, al regresar de las murallas, Cleidemo la velaba solícito, le acariciaba la frente ardiente y rogaba a los dioses que la salvaran hasta que se quedaba dormido. Había confiado al niño a una nodriza que, al perder a su hijo en el parto, tenía leche suficiente como para alimentar al pequeño de Antinea. Entretanto, los Ancianos de la ciudad, que sobre las ruinas del antiguo templo de Zeus Itometa habían reconstruido un modesto santuario, ofrecían súplicas al numen por la salud de su jefe y la salvación de su esposa, que luchaba con la muerte. Al final sus plegarias fueron atendidas y Antinea se recuperó lentamente, pero su vida era una angustia continua cada vez que veía a Cleidemo colocarse la armadura y salir ciñendo la espada. Con las lluvias y el frío, el invierno les llevó un poco de paz pues se interrumpieron todas las actividades militares. Los espartanos se limitaron a mantener en el valle un reducido contingente y a la gente de Itome le fue posible obtener comida, para lo cual, por las noches, salían unos cuantos con sus animales de carga y conseguían cereales en las aldeas vecinas, donde los mesenios los aprovisionaban.
En aquellas aldeas también obtenían noticias de cuanto ocurría en los alrededores y en el resto del Peloponeso. De este modo Cleidemo se dio cuenta de que Esparta tenía notables dificultades con los estados limítrofes, especialmente con los argivos, siempre hostiles, y con los arcadios, que toleraban mal su hegemonía. Por eso abrigaba la esperanza de poder prolongar la resistencia de la ciudad. Sin embargo, a medida que se acercaba la primavera y su hijo daba los primeros pasos y balbuceaba las primeras palabras, Cleidemo pensaba en lo que ocurriría si Esparta lograba por fin concentrar todas sus fuerzas alrededor de Itome. Cuando por las noticias que consiguió reunir tuvo la certeza de que los Éforos y los Ancianos tenían planeado concluir de una vez por todas la guerra de Mesenia, decidió que debía salvar a toda costa la vida de Antinea, de su hijo y de su vieja madre.
Le pidió a Caras que se los llevara de Itome a algún lugar seguro de Arcadia o Argólida, donde se reuniría con ellos o desde donde los haría regresar si lograba conquistar la libertad para él y su gente. Caras se aprestó a cumplir con la misión antes de que comenzara la nueva campaña de primavera y una noche Cleidemo planteó sus intenciones a Antinea.
—Escúchame —le dijo—, en los últimos tiempos he sabido que en Esparta tienen planeado terminar con esta guerra, lo cual significa una sola cosa: la destrucción de Itome y la matanza o la esclavitud de sus habitantes.
Por ese motivo he tomado una decisión: el pequeño, mi madre y tú os salvaréis; Caras está dispuesto a conduciros hasta un lugar secreto de Arcadia donde os confiará a una familia de buena gente que él conoce. Yo me quedaré a defender la ciudad y si logramos resistir o derrotar a los espartanos tal vez reconquistemos la libertad. Entonces te mandaré a buscar o me reuniré contigo.
Antinea prorrumpió en sollozos.
—¿Es este el augurio que me haces? Lloras como si hubiera muerto.
Antinea se volvió hacia él y lo estrechó con fuerza.
—No me alejes de tu lado, te lo ruego, no me alejes de tu lado porque sin saber lo que te ocurre me moriré de angustia... estoy segura de que no lo resistiré.
—Resistirás, lo sé —respondió Cleidemo separándose con dulzura de ella—. Piensa en el pequeño, te necesita.
Antinea estaba desconsolada.
—No podréis salvaros, los espartanos no se detendrán hasta arrasar la ciudad y si tú mueres quiero morir a tu lado y al lado de mi hijo; si así debe ser, quiero morir al lado de mi gente.
—No, Antinea, no sabes lo que dices... Además, está decidido y deberás obedecerme. Partiréis la primera noche de luna nueva, iréis con Caras. Te alejo para ahorrarte graves peligros, pero no sin esperanzas.
Confiarán el mando de la próxima campaña al rey Pleistarcos, hijo de Leónidas... Trataré de verlo, de hablar con él; quizá logremos evitar una matanza inútil. Ni siquiera Esparta puede arriesgar impunemente la vida de sus guerreros... En el terremoto murieron muchos y muchos más han caído en esta guerra.
Antinea no dijo nada porque sentía una tristeza profunda e invencible en el alma. Apoyó la cabeza sobre el pecho de Cleidemo y escuchó el latido de su corazón.
—La suerte nos mantuvo separados muchos años —continuó él—; la última vez que te vi desaparecer a lomos de tu asno lloré amargamente porque estaba seguro de que jamás volvería a verte. Sin embargo, me reuní contigo después de haber arriesgado cien veces la vida en lugares remotos.
Debemos tener esperanza, Antinea, esperanza de que volveremos a vernos.
Algunas veces los dioses no nos conceden más consuelo, pero en nosotros existe una fuerza que no permite que muera la esperanza: es la fuerza que me condujo a ti desde las tierras de la lejana Asia, desde las soledades de la Tracia salvaje. Siempre estaré contigo, Antinea, y con el pequeño, pero no dejes que sea solo yo el que abrigue esta esperanza. Si tú también tienes la certeza de que volverás a verme algún día nos reuniremos otra vez, ya libres, y viviremos serenamente hasta alcanzar una vejez tranquila y a nuestro alrededor veremos crecer a los hijos de nuestros hijos, fuertes como jóvenes olivos. En el ojo del huracán olvidamos que existe el sol y tememos que las tinieblas dominen el mundo, pero el sol continúa brillando por encima de los negros nubarrones y tarde o temprano sus rayos se abren paso para seguir dándonos la luz y la vida.
Antinea callaba, apretada contra él, intentaba abrir su corazón a aquellas palabras y contener las lágrimas ardientes que brotaban de sus ojos.
La primera noche de luna nueva, Caras hizo subir a un carro a las dos mujeres con el niño para conducirlos lejos de Itome; Cleidemo los vio alejarse con los brazos levantados como aquel día lejano en el llano y se sintió feliz de que se marcharan a un lugar seguro, al abrigo de los peligros; en el fondo de su corazón se sintió morir al separarse de los seres a los que amaba más que la vida. Con una mezcla de tristeza y esperanza, la gente de Itome lo contemplaba, erguido en la puerta septentrional de la ciudad. Ellos también deseaban que el hijo de Talos, el lobo, fuera puesto a salvo, y sabían que en la hora suprema los jefes deben estar solos.
Con la primavera se inició el asedio, que al principio fue dirigido por dos estrategas y cuatro comandantes de batallón. El rey Pleistarcos llegaría más tarde, después de las celebraciones de Artemis Ortia, que debía presidir junto con su colega Arquídamo. En Esparta los Éforos habían intentado durante mucho tiempo averiguar quién estaba al frente de los ilotas y cuando llegaron los primeros testimonios de los soldados que luchaban en Mesenia sobre un misterioso guerrero cubierto por una extraña armadura nunca vista hicieron lo posible por saber más, pero sin resultado. Se supo
que aquel hombre era tullido y alguien pensó en Cleidemo, hijo de Aristarcos, desaparecido en el terremoto, pero nadie consiguió jamás recoger pruebas fehacientes y el Éforo Epístenes, que intuía la verdad, no dijo palabra. Por otra parte, ninguno de los espartanos le había visto nunca la cara, porque Cleidemo luchaba siempre con el yelmo puesto y gran parte de su rostro quedaba oculto.
Cumplida su misión, Caras no regresó de inmediato a Itome, sino que se detuvo en Arcadia para recoger noticias. Cuando por fin volvió, poco antes de que se cerrara el asedio a la ciudad, le refirió a Cleidemo lo que había oído decir: los atenienses habían quedado profundamente impresionados por la denodada resistencia de los ilotas y presionaban a Esparta para que los dejara en libertad. Sin embargo, no había logrado saber nada sobre lo que pensaban los espartanos. Cuando por fin el rey Pleistarcos llegó al campo, Cleidemo intentó por todos los medios solicitar un encuentro, pero sin ningún resultado. Un día, desde la muralla, lo vio pasar a caballo por el sendero que subía desde el valle para inspeccionar las fortificaciones de la ciudad asediada. Escribió entonces un breve mensaje y lo ató a una flecha; apuntó con el arco de asta hacia el cielo calculando cuidadosamente la trayectoria y disparó. La saeta partió con un silbido y después de describir una larga parábola se hundió en la tierra, a pocos pasos del caballo del rey.
Pleistarcos desmontó, recogió la flecha y leyó rápidamente el mensaje, luego levantó la mirada hacia la ciudad: las escarpas estaban completamente desiertas pero en lo alto de una torre vio a un guerrero cubierto con brillante armadura que parecía observarlo sin moverse. El rey lo miró a su vez largo rato, luego hizo una señal y alejó a su escolta; volteó la lanza, la tiró con gran fuerza y la clavó en el tronco de un olivo seco que se encontraba a mitad de camino entre él y el muro de la ciudad. El guerrero desapareció de la torre, pero poco después se abrió una de las puertas y reapareció en la ladera del monte, clavó en el suelo la lanza y avanzó a paso lento hacia el olivo. El rey también avanzó y bajo la mirada de los hombres de su escolta se acercó a unos pasos del tronco. El guerrero levantó la mano en señal de saludo y el rey lo escrutó unos instantes sin decir palabra.
Estaba desconcertado por aquella armadura jamás vista y su mirada intentaba penetrar debajo de la visera coronada por dientes de lobo. No eran los ojos de un siervo, hijo y nieto de sirvientes, los que se movían en las estrechas hendiduras de la celada de dorado bronce.
Cleidemo se encontraba por primera vez cara a cara con el rey. En Esparta habían sido muy pocas las ocasiones que tuvo de verlo, aunque siempre de lejos. Era un hermoso joven de poco más de veinte años, musculoso, de piernas morenas, largos cabellos ondulados que le bajaban a ambos lados del cuello hasta el borde de la coraza. En el escudo llevaba esculpido el gavilán de los Agidas, la dinastía a la que pertenecía su padre, el gran Leónidas.
—¿Quién eres? —le preguntó de pronto el rey.
—¿Tiene importancia mi nombre? —fue la respuesta.
—No, en realidad no, pero sobre tu escudo figura la cabeza de lobo de los reyes de Mesenia...
—Quien tienes ante ti lleva la armadura de Aristodemos y por tanto posee autoridad sobre el pueblo de Itome.
Pleistarcos hizo un gesto de sorpresa y preguntó:
—¿Qué quieres de mí?
—Sé que eres un valiente, digno hijo de un gran padre. Por eso creo que estimas el valor de esta gente que desde hace más de tres años resiste luchando por su libertad. Esta guerra ha durado demasiado y se ha derramado sangre inútilmente. Deja que este pueblo viva en paz en la tierra de sus antepasados. Si retiras a tus guerreros nada deberás temer de nosotros; estamos dispuestos a jurar un pacto de paz al que jamás faltaremos.
—No tengo poder para hacerlo, aunque quisiera —respondió Pleistarcos—. Si quieres salvar a esta gente, convéncela de que regrese a los campos de Laconia que abandonaron. Si realmente posees autoridad sobre ellos, convéncelos y te doy mi palabra de rey de que no les haremos daño alguno.
—No es posible, todos prefieren morir. Si temieran la muerte se habrían rendido hace tiempo.
—Entonces nada más tengo que decirte. Preparaos a morir luchando.
Desenterró la lanza del olivo y dio media vuelta para reunirse con su escolta.
—¡Espera, si en algo valoras la memoria de tu padre! —le gritó Cleidemo.
Al oír aquellas palabras, el rey volvió sobre sus pasos.
—Escúchame —le dijo Cleidemo—, porque lo que voy a decirte te parecerá increíble, pero juro por los dioses infernales que es la verdad.
—¡Habla! —le ordenó el rey.
—Tu padre habría evitado esta guerra. Antes de morir en las Termópilas envió un mensaje a los Éforos y los Ancianos en el que les pedía que a los ilotas les fuera reconocida la dignidad de hombres libres pues los había visto morir en la batalla al lado de los Iguales, como hijos de la misma tierra, y en aquella tierra quería que los dos pueblos pudieran vivir en paz. Pedía también la rehabilitación de la memoria del rey Cleomenes, tu tío, a quien los Éforos envenenaron lentamente empujándolo a la locura y la muerte.
Pleistarcos se quitó el yelmo crestado y dejó ver su rostro contraído.
—Pero el mensaje que Brito, hijo de Aristarcos Cleoménida y Aguías, hijo de Antímaco, llevaron a Esparta por orden del rey fue robado por la Cripteia y sustituido por un rollo en blanco. Los dos guerreros que lo llevaron a Esparta fueron difamados y encontraron la muerte, incapaces de soportar el deshonor.
—¿Cómo puedo creerte? —le preguntó el rey.
—Yo estuve en las Termópilas , regresé con Brito y Aguías y vi cómo robaban el mensaje —respondió Cleidemo quitándose el yelmo—, porque soy Cleidemo, hermano de Brito, hijo de Aristarcos, al que los ilotas llaman Talos, el lobo.
—¿Debería creer la palabra de un traidor? —inquirió Pleistarcos con dureza.
—No soy un traidor. Cuando supe quién era realmente, decidí servir a la ciudad por cuyas leyes me abandonaron a las fieras del bosque cuando era niño. Yo, que estaba destinado a morir o a vivir como un siervo, luché en primera fila en Platea, durante cuatro años estuve al frente de un batallón de Iguales y desde hace tres tengo en jaque a vuestros ejércitos. Elegí volver con la gente que me salvó la vida y me crió cuando supe que el gobierno de Esparta intentó deliberadamente exterminar a mi familia enviando a padre e hijo a una expedición desesperada, sin posibilidad de salvación, cuando supe que Esparta había traicionado las últimas voluntades de un gran rey, valiente y sabio... tu padre, cuando supe que a Esparta se debe la matanza de los suplicantes en lugar sagrado...
—¡No quiero escucharte! —lo interrumpió Pleistarcos.
—Puedes irte, si quieres —lo hostigó Cleidemo—, pero la verdad no te dejará vivir en paz. Olvida mis palabras, si puedes, y ordena que ataquen Itome, pero si algún día quieres conocer la inutilidad de este horrible
desastre lee las palabras grabadas en la tumba de mi madre Ismene, que murió de pena en mis brazos; excava en las ruinas de la casa de los Cleoménidas y en un cofre de hierro junto al altar, en el atrio, encontrarás las verdaderas palabras del rey, tu padre.
Pleistarcos se quedó unos instantes alelado, como si lo hubiese alcanzado un rayo, luego se encasquetó otra vez el yelmo y regresó a paso lento al lugar donde estaba su caballo. Cleidemo volvió a la ciudad; en las escarpas una multitud de guerreros, mujeres y ancianos con las miradas cargadas de angustiosa incertidumbre lo observaba subir pesadamente, encorvado, como si el bronce reluciente de su armadura se hubiese convertido en plomo.
El rey Pleistarcos tuvo esa noche un sueño agitado; de vez en cuando despertaba y no lograba dejar de pensar en las palabras que había oído. En Esparta muchos habían visto en el terremoto una manifestación de la ira de los dioses por el sacrilegio del cabo de Ténaro. La terrible historia de los Cleoménidas, la muerte atroz de Pausanias para la que el oráculo de Delfos había solicitado una reparación habían turbado las noches de los Ancianos de la ciudad. Esparta, la invencible, no conseguía domar la resistencia de un puñado de sirvientes: ¿acaso no era aquella una señal de los dioses? ¿Y el mensaje de su padre? ¿Era posible que dos valientes guerreros hubieran llevado desde las Termópilas un mensaje en el que no había nada escrito?
¿Y si el verdadero mensaje estaba realmente sepultado entre las ruinas de la casa de los Cleoménidas? La gente encerrada entre las murallas de Itome no tardaría en quedarse sin comida; sin embargo, seguiría luchando.
No imaginaba que en ese momento dos sacerdotes de la Casa de Bronce regresaban de Delfos, donde, por orden del Consejo de Ancianos, habían interrogado al dios sobre la guerra contra Itome. Tampoco podía imaginarlo Cleidemo; después de reunir a los jefes del pueblo, proyectaba una empresa desesperada, la única que tal vez pudiera evitarle a la ciudad la larga agonía de la inanición y, si los dioses lo ayudaban, tal vez le permitiera conseguir una victoria decisiva: un ataque nocturno a las líneas espartanas.
En ese mismo instante, los sacerdotes que acababan de regresar a Esparta referían a los Ancianos y a los Éforos el veredicto de Delfos: Dejad en libertad a los suplicantes de Zeus Itometa El significado del vaticinio no dejaba lugar a dudas y los Ancianos inclinaron la cabeza. Los atenienses habían dado a entender que estaban
dispuestos a otorgar una patria a los ilotas de Itome, por lo que los Éforos enviaron un mensajero a Ática para adoptar los acuerdos necesarios.
Necesitarían un día más para obtener la respuesta; cuando el mensajero partió con las primeras luces del alba sobre el Taigeto palidecía la fina rodaja de la luna: era el último cuarto antes de la luna nueva y esa noche Cleidemo lanzaría al ataque a sus hombres agotados por el hambre, confiando en la oscuridad y la ayuda de los dioses.
Cuando llegó el momento, los reunió en el centro de la ciudad y los dividió en dos columnas, una de las cuales guiaría él personalmente para sembrar el desconcierto en el campo enemigo. La segunda, más fuerte y numerosa, al mando de Caras, irrumpiría compacta hacia el terraplén con la misión de proteger la fuga de los habitantes. Acto seguido, si el ataque tenía éxito, los dos contingentes se turnarían en la retaguardia para entretener al enemigo hasta que la columna de los prófugos llegara a Arcadia. Las últimas riquezas producto del saqueo llevado a cabo quince años antes en el campo de Platea servirían para comprar la comida del viaje.
—Si logramos llegar al mar —concluyó Cleidemo—, quizá consigamos embarcarnos y buscar una nueva patria en la otra orilla, donde nadie podrá volver a someternos a la esclavitud. Caras me ha dicho que en la tierra de Sicilia hay una gran ciudad que los mesenios fugitivos fundaron hace muchos años; tal vez ellos nos acojan si saben que somos sus hermanos y que hemos corrido la misma suerte.
Bajo la luz de las antorchas miró a sus hombres a la cara: eran caras cansadas, marcadas por la fatiga y el hambre. ¿Serían capaces de batir al ejército más poderoso de Grecia? Su ánimo estaba dispuesto, pero ¿acaso sus miembros soportarían aquella última y dura prueba?
Se puso en pie, se encasquetó el yelmo, embrazó el escudo y se presentó tremendo en su espléndida armadura.
—Combatimos por la vida y la libertad —dijo—. No nos detendrán.
Apagad las antorchas y seguidme.
Se dirigieron hacia la puerta. A sus espaldas los guerreros formaron fila en silencio pasando entre dos hileras mudas de viejos, mujeres y muchachos. La montaña estaba completamente envuelta en tinieblas y nubes dispersas oscurecían la escasa claridad de las estrellas. Bajaron por el sendero que llevaba al valle hasta llegar casi a los primeros puestos de avanzada de los espartanos. Oculto detrás de una roca, Cleidemo vio un par de centinelas junto al fuego de un vivaque. Recordó entonces la táctica
utilizada por los tracios cuando él estaba al frente del cuarto batallón de los Iguales: encendían grandes fuegos para iluminar una amplia explanada de terreno, pero sus centinelas estaban siempre en la oscuridad de manera tal que veían sin ser vistos. Con una señal llamó a un grupo de arqueros y les indicó las dos siluetas poco distantes.
—No deben lanzar un solo gemido —les dijo y dio la señal.
Los arqueros dispararon al mismo tiempo y los dos centinelas se desplomaron traspasados por una nube de flechas.
—Ahora —dijo— podemos llegar hasta el campamento sin que nadie dé la alarma. Cuando os haga la señal convenida, lanzaos al ataque, cortad las cuerdas de las tiendas para que caigan sobre los que duermen dentro, gritad con todo el aliento que os permitan vuestras gargantas, deben creer que somos miles. Incendiad cuanto podáis, soltad a los caballos, destruid las provisiones, pero no permitáis que os encuentren solos, manteneos siempre en grupo, compañía por compañía. Cuando hayáis atravesado y destruido el campamento iréis hacia el terraplén que está al fondo del valle, tal como hemos decidido. Dejaréis atrás a los arqueros, que, con la luz de los incendios, podrán seguir matando protegidos por la oscuridad. Que los dioses os ayuden.
Levantó la mano y dio la señal: los hombres se desplegaron en abanico, avanzaron dando grandes voces y en poco tiempo estuvieron en los puestos de avanzada. Se abalanzaron sobre los soldados de la guarnición y los arrasaron mientras los guerreros espartanos, que despertaban sobresaltados en el corazón de la noche, intentaban aferrar las armas y salir al descubierto pero tropezaban con los atacantes, que se habían desplegado por todas partes. En la oscuridad, la lucha cuerpo a cuerpo no tardó en volverse enfurecida y cuando el fulgor de los incendios difundió su luz rojiza apareció una escena espantosa. Por todas partes gritos, órdenes frenéticas, imprecaciones, relinchos de caballos, ovillos de cuerpos ensangrentados. Los hombres de Cleidemo no tardaron en encontrarse en terreno abierto y se dieron cuenta de que el verdadero campamento se encontraba más allá, a un centenar de pasos. El rey Pleistarcos debía de haber cambiado las órdenes en el último momento, tal vez por temor a una incursión enemiga, y había desplegado en primera fila solo a las tropas ligeras. Cuando los hombres de Cleidemo volvieron a echar a correr para cubrir esa distancia, las trompetas ya habían dado la alarma y los hoplitas de Pleistarcos formaban filas. Atacar en esas condiciones y en campo
abierto a una falange compacta habría sido una locura, por lo que Cleidemo ordenó a todos que corrieran hacia la derecha, en dirección al terraplén, con la esperanza de que Caras lo hubiese ocupado. El se quedaría con su compañía para proteger la retirada. Se reinició el combate mientras los ilotas trataban de retirarse en orden y los arqueros conseguían mantener a raya durante un tiempo a la falange de Pleistarcos, que avanzaba lentamente por el terreno accidentado para no dispersarse. Al amanecer el ejército espartano se hallaba delante del terraplén donde se habían reunido todos los ilotas que habían logrado alcanzar incólumes la posición. Tras ellos, la población entera de Itome, protegida por un puñado de hombres armados, se dirigía hacia occidente. Pleistarcos avanzó con su caballo para lanzar el último ataque y arrasar a los enemigos, que estaban exhaustos y ya no contaban con la protección de las murallas de su ciudad. Levantó la lanza mientras los rayos del sol se asomaban a duras penas entre las nubes, pero antes de que pudiera bajarla, un caballero irrumpió al galope en el espacio abierto entre la falange y el terraplén.
—Oh, rey —dijo al tiempo que desmontaba de un salto y se plantaba ante Pleistarcos—, oh, rey, un mensaje de los Éforos y los Ancianos.
—Lo leeré después —respondió el rey y levantó otra vez la lanza.
—No —le dijo el mensajero tendiéndole un rollo—, debes leerlo de inmediato.
Pleistarcos se quitó el yelmo mientras los dos ejércitos seguían frente a frente en silencio, y leyó:
Los Éforos y los Ancianos de Esparta al rey Pleistarcos, hijo de Leónidas, ¡salve!
Las desgracias sufridas por nuestra ciudad y el temor a la ira de los dioses nos impulsaron a consultar al oráculo de Delfos, que nos dio esta respuesta:
Dejad en libertad a los suplicantes de Zeus Itometa Oh, rey, deja pues que los habitantes de la ciudad sean libres y pon fin a esta guerra porque esa es la voluntad del dios. Los atenienses les ofrecerán un lugar donde vivir, si desean seguir a los delegados enviados desde esa ciudad y que acompañan al portador de este mensaje. Rendimos homenaje a tu valor, a tu fidelidad, a las leyes de la patria.
El rey levantó la mirada llena de estupor y se encontró delante a dos oficiales atenienses que, entretanto, habían llegado hasta él después de haberse rezagado en la carrera.
—Oh, rey —dijo uno de ellos—, hace mucho tiempo que pedimos a los Éforos y a los Ancianos que pusieran fin a esta guerra que no hace más que traer sangre y desgracias, y cuando nos solicitaron que acogiésemos a esta gente, aceptamos. Permítenos pues que los saquemos de estas tierras y acepta el saludo y el homenaje que te rinden los atenienses que honran la memoria de tu padre.
—Si así se ha decidido, que así sea —repuso el rey. Después mandó llamar a un oficial y le dijo—: Que toquen a retirada. Hoy mismo regresamos a Laconia.
Los soldados espartanos escucharon asombrados las órdenes del rey y comenzaron la conversión para regresar al campamento bajo la mirada incrédula de los ilotas, que no lograban darse cuenta de lo que ocurría. Los dos atenienses espolearon a sus caballos y se acercaron al terraplén.
—¡Hombres de Itome! —gritó el oficial que había hablado con el rey
—. Vuestra ciudad está perdida pero se os concederá una nueva patria por deseo del dios de Delfos y gracias a la piedad de vuestros soberanos Arquídamo, hijo de Zeuxidamo, y Pleistarcos, hijo de Leónidas, y a la generosidad de los atenienses, que nos envían hasta vosotros para que os guiemos. ¡Hombres de Itome, sois libres!
Un murmullo confuso se fue elevando a medida que los más cercanos referían a los demás las palabras que acababan de escuchar.
—¡Sois libres! —volvió a gritar el oficial ateniense.
El murmullo creció cada vez más hasta estallar en un grito incontenible. Los ilotas se abrazaban como enloquecidos, algunos caían postrados de rodillas con los brazos en alto y miraban al cielo con los ojos llenos de lágrimas; otros corrían entre las filas dando voces; otros se lanzaban a llevar la noticia a los prófugos en marcha, escoltados por los hombres de Caras.
Cuando por fin se aplacaron los entusiasmos, se formó una larga columna detrás de los oficiales atenienses a caballo, que enfilaron por el camino que iba al mar. Hacia mediodía alcanzaron al grupo de Caras, que protegía la retaguardia de los prófugos exhaustos ya por la larga marcha pero extasiados por la increíble noticia que los veloces correos les habían llevado.
Cuando la cabeza de la columna llegó a orillas del Parmiso, Caras mandó montar el campamento y se presentó de inmediato a conferenciar con los oficiales atenienses.
—Os doy las gracias —dijo secándose la frente mojada de sudor, y luego les tendió la mano— en nombre de este pueblo desdichado, arrancado a la muerte cuando ya no quedaban esperanzas. Nuestro jefe os habrá explicado lo ocurrido esta noche.
Los dos oficiales se miraron con cara de asombro.
—No conocemos a vuestro jefe, pero hemos oído hablar de él y nos alegraría mucho verlo.
Caras se puso sombrío al darse cuenta de que no había vuelto a ver a Cleidemo desde que lo dejara antes del primer ataque. Se disculpó a toda prisa y corrió por el campo preguntándoles a cuantos encontraba a su paso si lo habían visto, pero pronto tuvo que convencerse de que no estaba allí.
Los hombres que se habían agolpado en el terraplén pensaron que había alcanzado a los de la vanguardia, mientras que estos últimos estaban seguros de que se había quedado atrás. Caras reunió entonces a los jefes y les dio la orden de seguir a los atenienses; él retrocedería para buscar en el lugar de la batalla. Buscó un caballo y se lanzó al galope por el sendero que había recorrido antes, al tiempo que el sol comenzaba a ponerse. Caía la tarde cuando llegó a Itome y desmontó de un salto dejando suelto al caballo.
El campo desierto estaba cubierto de cadáveres: los espartanos se habían marchado llevando consigo a sus caídos. Se puso a buscar febrilmente volviendo uno por uno los cuerpos, deteniéndose a escrutar los rostros desfigurados por las heridas, pero todo fue inútil. Fuera de sí, subió por las laderas del monte sobre las que el sol derramaba aún un poco de luz sanguínea. Sobre la montaña pesaba un silencio sepulcral interrumpido de vez en cuando por los chillidos de los cuervos que volaban en amplios círculos a la espera del festín; allá en lo alto, en las murallas negras de Itome, la puerta de la ciudad, abierta de par en par, parecía la órbita vacía de una calavera. Jadeante y oprimido por la fatiga, Caras se detuvo en mitad del recorrido, lanzó una mirada hacia el valle sepultado en las sombras y lo vio desierto. Con las manos hizo bocina y comenzó a llamar con todas sus fuerzas, pero solo le contestó un eco lejano. Se dejó caer en el suelo, desolado, con el corazón lleno de desesperación, ya sin energías, y, mientras pensaba tristemente en volver por donde había llegado, le pareció ver a su derecha, a una decena de pasos, un débil resplandor. Se puso en pie y miró mejor: eran unos ojos, los ojos amarillos de un gran lobo gris. El animal avanzó hacia él, levantó la cara como para olerlo y lanzó un largo aullido;
después se alejó por la ladera del monte deteniéndose de vez en cuando para mirar atrás. Más animado, Caras empezó a seguirlo hasta que el animal llegó al gran olivo seco que en la penumbra parecía una criatura desesperada con las ramas retorcidas levantadas hacia el cielo. Allí el lobo desapareció detrás de una roca. Caras corrió en dirección al olivo desprendiendo de las rocas del suelo una gran masa de pedruscos que rodaron monte abajo. Cuando llegó al árbol se detuvo atónito; apoyada en una de las raíces, reluciente y ensangrentada, estaba la magnífica armadura: la coraza historiada, el arco de asta, el enorme escudo, la espada con el arriaz de ámbar y el yelmo coronado de dientes de lobo.
El gigante cayó de rodillas y derramó lágrimas ardientes, clavó los puños en el polvo y así permaneció largo rato, inmóvil, hasta que volvió a escuchar el aullido del lobo cuyo eco reverberó por todo el valle. Salió entonces de su ensimismamiento, recogió la armadura pieza por pieza y comenzó a descender la pendiente. Al llegar al valle fue hasta la orilla del arroyo del que la gente de Itome había sacado agua la primera vez al llegar desde Laconia. En el claro torrente lavó la coraza, la espada y el escudo, y después de llamar al caballo, cargó la armadura a lomos del animal, la cubrió con la capa y enfiló hacia oriente, rumbo al Taigeto, para llevarla al lugar del que la había sacado.
Algún día, si su pueblo llegaba a necesitar de él, Talos, el lobo, volvería a utilizarla.
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Título original: Lo scudo di Talos Diseño de la portada: Departamento de diseño de Random House Mondadori
Fotografía de la portada: © lacopo Bruno
Primera edición: septiembre, 2005
© 1988, Amoldo Mondadori Editore, S.p.A., Milán
© 2005 de la presente edición para todo el mundo:
Random Hous e Mondadori, S. A.
Travessera de Gracia, 47-49. 08021 Barcelona
© Celia Filipetto, por la traducción, cedida por Grupo Anaya, S. A.
Printed in Spain - Impreso en España
ISBN: 84-9793-733-3 (vol. 496/12) Depósito legal: B. 31.589 - 2005
Fotocomposición: Comptex & Ass., S. L.
Impreso en Novoprint, S. A.
Energia, 53. Sant Andreu de la Barca (Barcelona)
P 837333
Talos de Esparta – Valerio Massimo Manfredi
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Creado : 20100722 — conforme estandar BBPP LARdT 1.0
Versión : 20100722
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