Talos de Esparta
La Casa de Bronce
Después de partir de Celenas con la respuesta del sátrapa Artabazo para Pausanias, Cleidemo y Lahgal viajaron casi un mes sin detenerse y llegaron a Sardes a finales del verano. Habían emprendido viaje cuando las mieses de los campos estaban aún verdes y volvían cuando los campesinos las habían trillado en las eras y las aventaban lanzándolas al aire con palas para que el viento separara la cascarilla del grano. Cuando estuvieron cerca de una granja Cleidemo bajó del caballo, ató al animal a un palo del cercado haciendo señas a Lahgal para que se acercara, lo aferró del brazo y lo llevó detrás de una pequeña alameda.
—Lahgal —le dijo—, ha llegado el momento de separarnos, en Sardes podrían reconocerte. Le diré a Pausanias que cumplí con la orden, pero deberás desaparecer para siempre.
—Eso haré, Dos Nombres —repuso el joven—, gracias por haberme salvado la vida, no lo olvidaré.
—¿Adonde irás? —le preguntó Cleidemo.
—No lo sé, a un esclavo fugitivo no le es fácil encontrar lugares seguros; tal vez al sur, a Patara, donde podría encontrar embarque hacia occidente. Dicen que Sicilia es una tierra hermosa y rica; el dinero que me diste debería alcanzar para pagarme el pasaje en barco.
—Me parece una buena decisión, allí nadie te encontrará, pero deberás buscarte otro nombre.
—Igual que tú. Debo decirte, sin embargo, que Pausanias me puso un nombre griego porque no conseguía pronunciar el mío. ¿Nunca lo oíste llamarme por él?
—Eso creo, una o dos veces, pero ahora no lo recuerdo...
—Argueilo, me llamaba Argueilo, pero no me gustaba. Elegiré otro.
Los dos hombres guardaron silencio unos instantes.
—Este momento es para mí muy amargo —continuó Cleidemo—.
Reencontrar a un amigo y volver a perderlo para siempre... es muy triste.
—No digas eso, Dos Nombres; al partir de Chipre, ¿imaginaste acaso que un día volverías a encontrar a aquel niño convertido en hombre, en un campo desolado de Tracia, una mañana gris y lluviosa, a los pies de una
encina solitaria? Quién sabe, Dos Nombres, el destino de los mortales está en el regazo de Zeus; tal vez volvamos a vernos algún día.
—Tal vez —murmuró Cleidemo.
—Adiós... pues —dijo Lahgal con un ligero temblor en la voz.
—¿No quieres abrazar a un viejo amigo antes de abandonarlo para siempre?
Laghal lo abrazó con fuerza.
—Que los dioses te protejan, Dos Nombres. Tu vida ha sido dura como la mía —le dijo sin soltarlo—, por fuerza lo que nos queda tiene que ser mejor.
—Así lo quieran los dioses —dijo Cleidemo separándose—. Y ahora vete.
Lahgal montó en el asno de un salto y lo puso al trote a golpes de talón. Cruzó la llanura verdísima y de tanto en tanto desaparecía en las nubes de cascarilla que los campesinos lanzaban al aire. Cleidemo se quedó mirándolo hasta que el viento cobró fuerza y arremolinó por todas partes un polvillo dorado de centelleantes pajitas. Desató el caballo para reemprender viaje y, mientras montaba en la silla, le pareció que el viento le llevara un sonido lejano; se volvió: más allá del polvillo, en el perfil de una colina iluminada por el sol, creyó ver una pequeña silueta negra que agitaba los brazos. Oyó claramente que le gritaban: «¡Dos Nombres!», después el viento cambió de dirección y la silueta quedó envuelta en una nube de polvo que subía de las laderas de la colina.
Pausanias impulsó su cabalgadura por la empinada subida en dirección a unas ruinas que la gente llamaba «la tumba de Menelao» y, al llegar a sus inmediaciones, tiró de las riendas para poner al animal al paso. Torció la cabeza hacia atrás y escrutó el camino que venía de Esparta: nadie lo había seguido; desmontó de su cabalgadura y después de atar las riendas a un arbusto enfiló hacia las ruinas invadidas por zarzas y tocones de higueras silvestres. El sol descendía en el horizonte tras las cimas del Taigeto. Se internó entre los muros derruidos, con la espada en la mano, caminando con precaución. Un pilar roído por el tiempo ocultaba a la vista el vano central que en otros tiempos debió de ser la cámara funeraria del monumental sepulcro, cuyo techo derrumbado dejaba entrever una ancha franja de cielo.
Se asomó con cautela y, sentado sobre una piedra cuadrangular, vio al éforo Epístenes. Salió entonces al descubierto y envainó la espada.
—Salve, Epístenes, ¿hace mucho que me esperas?
—No mucho. Salí de la ciudad ayer por la mañana y dije que iba a mi granja, que se encuentra a poca distancia de aquí. Si nadie te ha seguido, este encuentro quedará en secreto.
El rey se sentó a su vez en un tocón.
—No me siguió nadie, nada debes temer. ¿Qué puedes decirme?
—El consejo de los Éforos no ha encontrado nada de que inculparte.
—¿Y la Cripteia? —preguntó Pausanias, receloso.
—La Cripteia puede construir pruebas incluso cuando no las hay, lo sabes bien. Tienes suerte de que en la ciudad reine aún la justicia.
—De manera que soy libre de retomar el mando en Bizancio. Pronto concluirá la época propicia para la navegación, debo partir lo antes posible.
El Éforo arrugó el entrecejo.
—Ten cuidado, Pausanias, no he terminado aún. Aunque nada han encontrado en tu contra, debes considerar que los Éforos y los Ancianos te son adversos y que tarde o temprano intentarán derrocarte.
—Pero la Asamblea...
—Sabes mejor que yo que la Asamblea no tiene poder para tomar decisiones y no sería la primera vez que los Ancianos adoptan medidas incluso en contra del parecer expreso de la Asamblea.
—¿Qué crees tú que ocurrirá? —preguntó Pausanias, súbitamente sombrío.
—Por ahora nada, pero estoy muy preocupado. Los Éforos no están obligados a golpearte directamente con un proceso o una destitución, pueden mandar a otros para que te destruyan sin exponerse.
—¿Quién osaría...? —dijo el rey.
—Escúchame bien —prosiguió el Éforo interrumpiendo su pregunta
—. Has estado fuera mucho tiempo e ignoras que ocurrieron muchas cosas.
En Atenas, un movimiento del pueblo hábilmente organizado por los aristócratas consiguió derrocar a Temístocles y enviarlo al exilio. El enorme prestigio de su victoria en Salamina no sirvió para salvarlo; por tanto, puedes darte cuenta de que, del mismo modo, la gloria de Platea tampoco te serviría a ti: la invasión persa está muy lejos en el tiempo y la gente olvida deprisa. Los democráticos de Atenas están ahora muy débiles y el hombre del momento es Cimón.
—¿El hijo de Milcíades?
—El mismo. El hijo del vencedor de Maratón. Cimón es hábil e inteligente, tiene ideas anticuadas; en una palabra, gusta mucho también
aquí. Por lo que puedo ver, flota en el aire un entendimiento que debería culminar en un pacto entre el partido aristocrático ateniense, dirigido por Cimón, y el gobierno espartano. Si se concretara un pacto de este tipo me temo que no habría lugar para ti.
—No comprendo —prosiguió Pausanias—. No conozco a Cimón, pero sé que me tiene aprecio y de todos modos me dicen que sigue una política antipersa. ¿Por qué iba a enfrentarse al vencedor de Platea?
—Es muy simple, aunque a ti pueda parecerte complicado. —
Pausanias no consiguió ocultar su irritación—. No te inquietes, dirigir un ejército y manejar la lanza no es lo mismo que ocuparse de la política.
Hazme caso, solo quiero ayudarte. Está claro que Cimón no puede tener nada en tu contra y que personalmente te considera un gran caudillo, pero si lo que tiene en mente es una alianza con Esparta y el gobierno de Esparta está en contra de Pausanias, entonces Cimón también deberá ponerse en contra de Pausanias. Con Temístocles en el poder, las relaciones con Atenas se habían deteriorado hasta tal punto que existía el peligro de una guerra.
Ahora han quitado de en medio a Temístocles y Cimón está dispuesto a estrechar una nueva alianza con Esparta contra los persas. Si después el fin patriótico de la lucha contra los bárbaros cubre también el otro más práctico de silenciar a los democráticos, a nosotros poco nos interesa. Es evidente que está en juego por muchos años la estabilidad de las relaciones entre las dos potencias más grandes de Grecia. En otras ocasiones se ha sacrificado a hombres ilustres e insignes estrategas por mucho menos.
Pausanias dejó caer las manos sobre su regazo con un gesto de abatimiento.
—Pero al menos dime, ¿cuál es el verdadero motivo por el que los Éforos y los Ancianos quieren verme acabado? —inquirió levantando la cabeza.
—Los motivos son muchos, Pausanias, y por desgracia, todos ellos válidos: como el rey Pleistarcos aún es niño, en la práctica tú eres el verdadero rey; al ocupar Bizancio controlas los estrechos, por tanto, la ruta comercial de los cereales que viene del Ponto hasta Grecia está en tus manos, tienes mucha influencia sobre los Iguales que combatieron en tu ejército y por eso la mayoría de la Asamblea te apoya. Además, existen ciertas sospechas; se dice que en Bizancio te has comportado como un rey oriental, que te has vestido con telas persas y has tenido tratos con los comandantes bárbaros sin consultar con tu gobierno. Se te atribuyen
también simpatías por los democráticos atenienses y contactos directos con Temístocles, que, por otra parte, no han sido probados. Además, hubo quien consideró sospechosa la protección personal que le has dado a ese que llaman Talos...
—¡Su nombre es Cleidemo, hijo de Aristarcos, Cleoménida! —le espetó Pausanias, irritado.
—Como quieras —dijo Epístenes con leve tono compasivo—. Es evidente que ahora ese hombre es un alto oficial del ejército espartano pero ignoramos qué relaciones mantuvo con los ilotas.
—¡Qué relaciones quieres que mantenga!. Combatió cuatro años en Tracia y en total habrá pasado un par de semanas en Bizancio. Cleidemo se batió como un héroe en Platea y es uno de mis mejores oficiales.
—Te comprendo, pero sabes bien que cualquier relación entre espartanos e ilotas que no se circunscriba a... digamos la norma tradicional, despierta muchas suspicacias.
—Cleidemo no es ilota.
—Eso no lo sabe nadie. En el fondo vivió veinte años con esa gente y prácticamente no conoció nunca a sus verdaderos padres. De todas maneras, advertido estás; ya sabes los peligros a los que te expones.
—Te lo agradezco, Epístenes, no lo olvidaré —le dijo el rey mientras se ponía en pie—, ahora debo marcharme, no quiero que en la ciudad noten mi ausencia. Hasta la vista.
—Adiós —respondió el Eforo incorporándose—, y mantente en guardia.
Pausanias salió al aire libre mirando a su alrededor, esperó a que un campesino con su carro de heno desapareciera al doblar una curva del camino que pasaba allá abajo, delante de él, y después de montar de un salto en su cabalgadura se lanzó al galope por los campos.
Cleidemo llegó a Bizancio poco antes de que lo hiciera Pausanias a bordo de un barco de guerra. Se presentó en la residencia del rey y de inmediato fue recibido y acogido calurosamente.
—Es para mí una alegría verte —le dijo el rey abrazándolo.
—Para mí también —repuso Cleidemo devolviéndole el abrazo.
—¿Cómo ha ido el viaje, has tenido dificultades?
—No, el viaje ha ido bien y he cumplido con mi misión.
—¿Completamente? —inquirió el rey bajando la vista.
—Completamente —respondió Cleidemo fríamente.
—No me juzgues con excesiva dureza —le dijo el rey—, le tenía mucha estima a ese sirviente, pero no me quedaba más remedio. Debía enviar contigo a una persona de la cual pudiera fiarme pero al mismo tiempo no podía dejar que sobreviviera. Me juego demasiado como para permitirme ningún riesgo. —El rey calló un instante y luego preguntó con cierto incomodo—: ¿Se dio cuenta de que iba a morir?
—No —respondió Cleidemo—. No se percató siquiera.
—Mejor así. Como te he dicho, estaba muy apegado a ese muchacho.
—Comprendo —repuso Cleidemo con un tono que daba por concluido el asunto.
—Dime, pues —prosiguió Pausanias—, ¿qué te dijo Artabazo?
—El Gran Rey apreció enormemente el favor que le hiciste al liberar a las personas que tú sabes y considera este gesto una prueba de tu sinceridad.
Por tanto, se fía de ti y está dispuesto a apoyarte como sea. También está dispuesto a satisfacer tu... tu petición de matrimonio.
—Muy bien —dijo el rey con falsa indiferencia—. ¿Es eso todo?
—No, hay más. Hablé largo rato con Artabazo y pude comprender cuál es el punto de vista de los persas en este asunto. Les parece que ya ha llegado el momento de actuar porque piensan que ahora estás en la cima del poder, pero no saben cuánto tiempo podrás mantenerte en ella. Saben también que el almirante Temístocles fue expulsado de Atenas y tuve la impresión de que se sentirían felices de poder acogerlo. De ahora en adelante deberás referirle tus movimientos al sátrapa de Daskyléion.
—Nuestros movimientos —aclaró el rey—. ¿No es así, Cleidemo?
—Así es, mi señor —respondió Cleidemo.
—No me pareces muy convencido de lo que dices, pero tal vez tú también, como el Gran Rey, necesitas una prueba y puedo dártela. Si mi proyecto se basa en buena parte en ti, justo es que tengas todo tipo de seguridades y certezas. En Esparta vi a alguien muy ligado a ti.
A Cleidemo le dio un vuelco el corazón.
—¿Quién es? Dímelo, te lo ruego.
—Un coloso barbudo...
—¡Caras!
—El mismo.
—¿Cómo has dado con él? —Cleidemo temblaba de emoción.
—No ha sido demasiado difícil —respondió el rey—; le hice saber a un ilota de la montaña que tenía noticias de Talos y que quería
comunicárselas a un amigo de confianza. Pasaron seis semanas y empecé a pensar que no conseguiría dar con nadie. Una noche, al volver a casa, escuché de pronto a mis espaldas una voz que decía: «el amigo de Talos está aquí». Vencí la tentación de darme la vuelta y respondí: «sígueme a cuatro pasos de aquí». Sabía que alguien podía vigilar mis movimientos y no quería despertar sospechas. Siempre sin volverme y sin aminorar la marcha, logré decirle dónde y cuándo nos reuniríamos, después oí sus pasos que se alejaban. Nos reunimos días más tarde en la cabaña abandonada que se alza en unas tierras que poseo. Nuestra conversación fue larga y difícil porque ese hombre se mostró extremadamente desconfiado. Quiso que le diera una prueba de que estabas vivo y de que estabas conmigo, lo cual hice, y después le dije que en cuanto fuera posible volverías para poner en marcha nuestro proyecto.
—¿Cómo sabías que podías fiarte de él? —le preguntó Cleidemo.
—Ese hombre estuvo contigo en Platea —repuso Pausanias con calma
—, y sé que en varias ocasiones vio a la mujer que tú llamas madre en su casa del monte Taigeto. La primera vez que te hablé de él, aquí en Bizancio, hace unos seis meses, no conseguiste ocultar la emoción. Ese hombre es muy importante para ti, ¿no es así?
—Así es —admitió Cleidemo.
—¿No quieres decirme quién es en realidad?
—Ni siquiera yo mismo lo sé —repuso Cleidemo—. Apareció en la montaña al morir mi abuelo Critolao. Cuando conseguí hablar con él comprendí por sus palabras que había llegado para ayudarme y protegerme y que podía confiar en él. Conocía el secreto del gran arco.
—El arco con la cabeza de lobo de Mesenia...
—Sí, y no solo eso. Conocía otro secreto más terrible, pero que no puedo revelarte. Me inspira terror. Pero dime, ¿qué te contó Caras?
—Que estaba dispuesto, pero que no se movería hasta que tú regresaras para confirmar mis palabras.
—¿Y no dijo más?
—No. Cuando terminó de hablar, se levantó y desapareció. No he vuelto a verlo.
Mientras el rey hablaba, Cleidemo pensaba en el pasado, veía los ojos de su madre, llenos de una inmensa tristeza, veía el rostro arisco de Caras y su cabeza taurina, oía su voz profunda y deseó con toda el alma regresar.
—¿Cuándo puedo regresar? —le preguntó al rey con una mirada cargada de ansiedad.
—Debes tener paciencia —respondió el rey poniéndole una mano en el hombro—. Sé lo que sientes y comprendo cuan fuerte es el deseo de regresar, pero sabes que quedan otras cosas importantes que debemos hacer.
En primer lugar, debes llevar al sátrapa de Daskyléion mi respuesta para el Gran Rey. Cuando tengamos el oro de los persas, reuniré un ejército, armaré una flota: así volveremos a Esparta. Apoyaremos el levantamiento de los ilotas y los Iguales deberán ponerse de mi parte: fui yo quien los condujo en Platea.
Cleidemo agachó la cabeza.
—Como quieras. ¿Cuándo deseas que parta?
—Pronto. Ya no queda mucho tiempo. Partirás antes de que en el cielo vuelva a asomar la luna.
Cleidemo partió entonces, pero no fue aquella la única misión que cumplió en Daskyléion; ese invierno regresó en varias ocasiones, tomando mil precauciones. Al principio de la primavera siguiente ocurrió lo que el mismo Pausanias se temía: la flota ateniense, al mando de Cimón, se presentó en la embocadura del Bósforo y el almirante le envió la orden de abandonar la ciudad. La orden que llevaba iba refrendada por las autoridades espartanas. Al principio, Pausanias intentó resistir, pero después se dio cuenta de que solo no podría sostener el bloqueo naval de la ciudad.
Tampoco estaba en condiciones de confiar demasiado en los mercenarios que había enrolado con el oro persa. Después de abandonar Bizancio marchó hacia Tróade y se estableció en una localidad no muy lejos de Daskyléion, donde Cleidemo se reunió con él.
Su posición estaba gravemente comprometida y los persas comenzaron a tratarlo con cierta indiferencia. No le quedaba más que intentar llevar a cabo su plan en Esparta: había llegado el momento de que Cleidemo abandonara Asia y regresara a Laconia. El motivo oficial sería que no tenía intención de continuar bajo las órdenes de un comandante caído en desgracia y que volvía a ponerse a disposición de los Éforos y los Ancianos.
—Adiós, Cleidemo —le dijo el rey estrechándole la mano—, todas mis esperanzas están puestas en ti. No te desanimes: volveré y verás que no todo está perdido.
—Adiós, mi rey —respondió Cleidemo—. Cuando regreses, te estaré esperando en la casa de los Cleoménidas. Allí volveremos a vernos, si así lo
quieren los dioses.
Montó en su caballo y se lanzó al galope por el camino de Cícico.
Pausanias fue andando hacia su cuartel general llevando de las riendas a su caballo. Hacía un hermoso día, grandes nubes blancas flotaban en el cielo despejado y la brisa soplaba tensa como la cuerda de un arco.
Cuando así de oriente sopla, de la tierra hacia el mar, bueno es el tiempo, oh, marinero,
para con rumbo a Grecia zarpar.
«Así reza el refrán», pensó el rey de Esparta para sí, y se quedó mirando la extensión del Egeo que brillaba a lo lejos como un espejo caído de las manos de una diosa. Una nube ocultó el sol y, con paso lento, el rey siguió por su camino.
Cleidemo atracó en Githion, hizo desembarcar el caballo y se puso en viaje hacia Esparta.
Partió a primeras horas de la mañana y contaba con llegar a ver la ciudad antes de la puesta del sol para poder presentarse ante los Éforos y exponer cuanto había acordado con Pausanias. No tardó en alcanzar la orilla derecha del Eurotas y siguió su curso toda la jornada hasta que, a primeras horas de la tarde, cerca de la ciudad de Pharis, divisó las cimas del Taigeto.
Permaneció largo rato contemplando la montaña y explorando con la mirada sus cúspides, sus gargantas, sus bosques, tratando de imaginar el punto exacto donde deseaba que lo esperara aún la mujer a la que nunca había dejado de llamar madre.
Sacó de la alforja un mendrugo de pan y un poco de queso para cobrar fuerzas, bebió en el río y se dispuso a entrar en la ciudad.
Se calzó la coraza y las grebas, sacó de la funda de piel el gran escudo con el dragón y lo colgó de la silla, se encasquetó el yelmo con las tres crestas negras y de esta guisa se presentó en la entrada de la ciudad. Un guardia que lo vio desde una torre de vigilancia palideció: el guerrero que avanzaba solemne a lomos del corcel niseo, embutido en la armadura reluciente, le pareció por un instante el gran Aristarcos que regresaba de los infiernos. Solo cuando se le acercó más se dio cuenta de quién debía de ser en realidad. Lo siguió con la mirada mientras entraba entre las casas hasta que se perdió en el laberinto de calles.
Cleidemo fue hacia la plaza de la Sala del Consejo y se hizo anunciar por el guardia.
—Adviérteles que Cleidemo, hijo de Aristarcos, Cleoménida, comandante del cuarto batallón de Tracia, solicita ser recibido.
Poco después era llevado en presencia del éforo Epístenes, que fue a su encuentro con una sonrisa.
—Es un honor para mí acoger en su patria al hijo del gran Aristarcos, el noble Cleidemo, cuyas empresas de Tracia nos son bien conocidas. Los venerables padres del Consejo de Ancianos se mostrarán felices de recibirte pronto y de escuchar de tu boca un amplio relato de los hechos acontecidos en Bizancio, así como de la situación del regente Pausanias, cuya conducta ha sido recientemente causa de grandes preocupaciones para nosotros. Yo mismo te haré saber cuándo deberás presentarte. Pero ahora te acompañarán a las dependencias de tu batallón para que puedas tomar algún sustento y descansar. Dispondré lo necesario para que vuelvas a tomar posesión de tu casa, que lleva años abandonada. Un viejo sirviente se quedó para custodiarla y podrá referirte cuanto desees saber sobre tus propiedades y los ilotas que las cultivan.
—Te doy las gracias, señor, esperaré tu llamada —dijo Cleidemo, y después de saludarlo militarmente siguió al guardia, que lo condujo a la sisitia .
Cruzó la ciudad a pie llevando a su caballo de la rienda, pasó por los barrios llamados Pitane y Cola de Perro, por debajo de la acrópolis y volvió la vista hacia la fachada del templo de Atenea «de la Casa de Bronce», y se vio otra vez muchacho, cubierto por la capa de Pelias, mientras observaba la flagelación de Brito con el corazón cargado de odio, oyó restallar los latigazos... como si el tiempo no hubiera pasado. Siguió sumido en sus pensamientos mientras avanzaba por las calles de la ciudad hasta que la voz del guardia llamó su atención.
—Hemos llegado, comandante; si quieres darme el caballo, mandaré que lo lleven a tu casa para que se ocupen de él.
Cleidemo descolgó el escudo de la silla, cogió el saco y la alforja y entró en el alojamiento que le habían destinado. El largo dormitorio despojado de adornos contenía treinta y dos camas tras las cuales había otros tantos arquibancos. Apoyados en las paredes estaban los armeros para las lanzas y las espadas y una fila de colgadores que sostenían los yelmos y las armaduras. En aquel amplio espacio tan triste y despojado de adornos las armas relucientes y decoradas parecían ornamentos más que instrumentos de muerte.
Un ilota lo ayudó a quitarse la armadura y colocó en un arquibanco las pocas ropas y los objetos de su pequeño bagaje y le dijo que la comida se distribuiría al cabo de poco en la estancia contigua. Con el ánimo agitado, Cleidemo se dejó caer sobre el camastro que el ilota le había indicado: correr a la casa de los Cleoménidas, coger el caballo y lanzarse por el camino de la montaña, volver a encontrar el claro, la cabaña , gritar
«¡madre!», gritar fuerte para que todos lo oyeran, hasta Critolao en su tumba de las lindes del bosque; subir a la fuente de arriba, al refugio de Caras, sentir los huesos crujir en el abrazo formidable... Oh, dioses del Olimpo, ¿estaría Caras esperándolo? ¿Volverían a cazar juntos después de desenterrar el arco del rey? Tal vez Caras... sin duda, sabría dónde estaba Antinea... se lo preguntaría y correría a reunirse con ella. «Loco —pensó después pasándose la mano por la frente—, loco, ¿qué esperas encontrar?
Seguramente se habrá convertido en la esposa de algún pastor o campesino y no reconocerás su cuerpo deformado por la fatiga y las preñeces y tampoco reconocerás su talante al principio exacerbado y decepcionado por la larga espera y después resignado y domado por tantos años de dura esclavitud.»
Sin embargo, le parecía que quería verla, le parecía que dentro de ella debía de quedar una brizna de la vida de entonces, una parte de su alma que jamás, jamás había dejado las altas dehesas del Taigeto... Sí, volvería a ver a Caras y se haría conducir hasta ella.
Un coro de gritos interrumpió sus pensamientos y enseguida vio que unos treinta jóvenes desnudos entraban corriendo, riendo y bromeando en el gran dormitorio: los miembros de la sisitia a la que lo habían asignado. En cuanto los primeros descubrieron al recién llegado se detuvieron un instante, asombrados; después, uno de ellos se adelantó y dirigiéndose a sus compañeros se puso a dar voces para imponerse al bullicio general.
—¡Todos en fila! ¡En fila he dicho! Ante vosotros tenéis al comandante del batallón de Tracia, ¿no veis el escudo? Estáis ante el hijo del gran Aristarcos, ¿me habéis oído?
Después, dirigiéndose a Cleidemo, que se había puesto de pie, dijo:
—Comandante, soy Aincias, hijo de Onesícrito, comandante de la sisitia , bienvenido... Perdona si no mando que hagan el saludo militar pues estando, como ves, desnudos, está prohibido por reglamento, pero si tienes un minuto de paciencia, mis hombres vestirán las armaduras y, si lo deseas, podrás pasar revista en el patio.
—Te doy las gracias —respondió Cleidemo con un gesto de la mano
—, pero estaréis cansados y hambrientos, de modo que romped filas y preparaos para la cena. Me reuniré con vosotros en la mesa.
Sirvieron la comida poco después del crepúsculo y Cleidemo participó aunque no se sentía con ganas de estar acompañado. Era preciso que su conducta fuera del todo normal para no llamar inútilmente la atención de las autoridades. Cleidemo estaba convencido de que el plan de Pausanias se encontraba seriamente comprometido, pero que de todas maneras convenía continuar como si nada hubiera ocurrido. Si todo acababa de forma positiva, tanto mejor; pero si una vez que Pausanias regresara a Esparta se demostraba ineficaz, no trataría de sublevar a los ilotas para no conducirlos a una matanza inútil. De todas maneras, resultaba conveniente establecer una buena relación con los guerreros: la mayoría de los hombres del batallón de Tracia habían regresado y estaba claro que habían difundido su fama de comandante intachable y de luchador infatigable. Durante la cena se dio cuenta de que una frase que pronunciara en el campo de Tracia dos años antes había dado la vuelta por todos los cuarteles de la ciudad. En aquella ocasión, un oficial venido de Bizancio para inspeccionar las tropas había ironizado sobre su pie tullido y él le había contestado: «Estoy aquí para combatir y no para poner pies en polvorosa».
Cayó en la cuenta de que sobre él corrían todo tipo de habladurías y de que sus hombres le harían infinidad de preguntas para saber más. Los jóvenes quisieron sobre todo que hablara de la batalla de las Termópilas , de la que era el único testigo vivo de Esparta. Otros, en cambio, querían saber algo de Pausanias, si era cierto que se vestía y vivía como los persas, que poseía un ejército personal y que volvería a Esparta. Pero lo que más les interesaba, aunque ninguno se atrevió a hablar de ello abiertamente, era su increíble experiencia: el hecho de que hubiese sobrevivido a los lobos del Taigeto, el hecho de que se hubiese reencontrado con su hermano Brito para combatir junto a él en Platea y el hecho de que él, un tullido y un desheredado, hubiera recuperado su puesto entre los Iguales.
Sin embargo, Cleidemo hizo caso omiso de las insinuaciones que de tanto en tanto surgían en la conversación y les dio a entender que su vida había sido dolorosa, pero que no por eso se consideraba superior o distinto de los demás. Con eso se ganó la consideración de aquellos hombres, habituados a ver a los reyes compartir con ellos las mismas comidas frugales, las mismas yacijas rústicas y a ser los primeros solo en las
estrecheces y los peligros. La conversación volvió a girar en torno a Pausanias.
—No logro entender, comandante —le dijo uno de los guerreros llamado Boiskos—, cómo es posible que el vencedor de Platea pueda tramar con los persas. Tengo la impresión de que hay quienes quieren destruir su reputación y su fama para despojarlo del poder. ¿Tú qué dices?
Cleidemo sopesó cuidadosamente la respuesta y después dijo:
—Amigo, nadie ha demostrado que estas habladurías tengan fundamento. Y pensar que alguien las haya difundido, pues bien, esto también me parece una habladuría puesto que no existen pruebas. En cuanto a mí, debo decir que Pausanias siempre me ha beneficiado y honrado con su estima y que por eso le estoy agradecido.
—Pero lo has abandonado y eso algo significa.
—Cuando supe que los Éforos y los Ancianos le revocaron el mando comprendí que mi deber de ciudadano no podía conciliarse con el sentido de gratitud que Pausanias me inspiraba y por eso regresé.
—¿Qué pretende hacer ahora el rey? —inquirió su interlocutor.
—No lo sé... —respondió Cleidemo—, pero pienso que regresará, aunque solo sea para defenderse y explicar los hechos.
Jamás habría imaginado que en ese mismo momento, en los sótanos de la Sala del Consejo, un oficial de la Cripteia le formulaba esa misma pregunta con tono mucho más amenazante a un hombre torturado, cargado de cadenas, cubierto de cardenales y sangre: Caras.
—¡Sabemos que te has visto en secreto con Pausanias y no podemos creer que un rey de Esparta desee reunirse con un sirviente miserable sin tener un motivo preciso!
—Ya os he dicho que el rey solo quería darme noticias del que nosotros llamamos Talos y al que vosotros llamáis Cleidemo —respondió Caras con un hilo de voz.
—¿En secreto, en una cabaña en ruinas, lejos de todas las miradas? —
preguntó burlón el oficial golpeándolo cruelmente con la fusta.
Caras aulló de dolor y apretó los dientes.
—Tened piedad —suplicó en cuanto recobró el aliento—, no hice nada malo. Un sirviente del rey fue a mi cabaña y me dijo que Pausanias quería hablar conmigo, que tenía noticias de Talos. Yo no sé por qué quiso reunirse conmigo en ese lugar; tal vez considerara poco oportuno recibir a un hombre de mísera condición en un lugar concurrido o en su casa. Solo me
dijo que Talos le había rogado que me buscara para que yo le llevase su mensaje a la mujer que lo crió.
—¿Y quieres hacerme creer que no hablasteis de nada más? ¿Qué te pidió Pausanias? —aulló el oficial—. ¡Habla, maldito, o no saldrás de aquí con vida!
Caras levantó la frente empapada.
—Señor —dijo con voz jadeante—, sabéis bien que nunca antes había visto a vuestro rey, ¿por qué debo soportar la tortura por él? Os diría lo que fuera de él con tal de que me dejaseis libre.
El oficial se volvió con mirada interrogante hacia el Éforo Mnesicles, que presenciaba el interrogatorio y que, en ese momento, salió del oscuro rincón en el que había permanecido medio oculto hasta entonces.
—En el fondo, este hombre tiene razón —dijo con un tono que hizo estremecer a Caras—. ¿Por qué debe soportar el dolor... y arriesgar la vida por el rey espartano a quien apenas conoce y a quien, sin duda, no ama?
Pero nosotros sabemos —añadió cogiendo la fusta de manos del oficial y acercándose más al prisionero— que durante todos estos años tu amigo Talos gozó de la plena confianza de Pausanias y que para protegerlo a él estarías dispuesto a soportar cualquier suplicio, ¿no es cierto?
Caras levantó la mano encadenada para limpiarse la frente y ganar tiempo para pensar y no caer en la trampa y traicionarse.
—No sé de qué debería protegerlo —dijo al cabo—, pero si lo supiera, no lo haría. Talos ha dejado de existir para la gente de la montaña. El hombre al que vosotros llamáis Cleidemo no es nadie para mí y prefiero no volver a verlo. La mujer que lo crió y que le hizo de madre habría dado la vida con tal de saber que estaba vivo y en buena salud. Por eso acepté ver al rey.
—¡Mientes! —gritó el Éforo golpeándolo en la nariz con el mango de la fusta.
La sangre salió a borbotones de la carne herida inundando la boca y el pecho del gigante encadenado. El rostro de Caras se había convertido en una masa informe, tenía los ojos entrecerrados por la hinchazón, los labios rotos por los puñetazos. Su respiración era un puro estertor.
—Señor —encontró fuerzas para decir—, yo... yo no puedo decirte lo que no sé, pero si dejas que comprenda lo que quieres que diga... lo diré para salvar la vida.
Inclinó la cabeza sobre el pecho. El Éforo hizo un aparte con el oficial de la Cripteia para consultar con él.
—Es muy fuerte —dijo—, no conseguimos arrancarle una sola palabra. O tal vez... tal vez no sepa nada. Hace poco parecía dispuesto a colaborar en caso de que quisiéramos organizar una acusación contra Pausanias...
—No lo sé —dijo perplejo el oficial—, quizá conozca nuestra ley, que establece que el testimonio de un sirviente no tiene valor en contra de un miembro de la casta de los Iguales y mucho menos contra un rey. Podría habérnoslo ofrecido para desorientarnos a sabiendas de que de todos modos no podemos aceptar su ofrecimiento.
—¿Según tú qué debemos hacer? —le preguntó el Éforo.
—Seguir torturándolo. Tal vez aún no hayamos vencido su resistencia.
Al final, hable o no, deberemos matarlo y en estos momentos nos odia más de lo que nos teme y podría resultar peligroso. Recuerda que anoche rompió con sus propias manos el yugo al que lo ataron y cuando llegó el guardián estaba forzando los barrotes de la reja...
El Éforo lanzó una mirada a Caras, que parecía haberse desmayado, y dijo:
—No estoy de acuerdo; en primer lugar, hay hombres a los que la tortura no consigue quebrar y este me parece uno de ellos. Si lo matamos, nunca sabremos lo que nos ocultaba. Por tanto, debes llevar la tortura al límite de lo posible, el dolor debe aniquilarlo y aterrorizarlo.
Con la mirada indicó un hierro que se calentaba en el brasero.
—Ya sabes a qué me refiero —el oficial asintió—. Si resiste, suéltalo, pero haz que lo sigan, no pierdas su rastro y sobre todo avísame si intenta reunirse con Cleidemo o incluso con la mujer que vive en la montaña.
Tienes ilotas que trabajan para ti, no te será difícil. Si lo que sospechamos es cierto, tarde o temprano se traicionará. Ahora me voy, ya no me necesitas. Mañana me informarás.
Se cubrió la cabeza con la capa y salió.
El oficial se acercó al prisionero; para despertarlo le echó un cubo de agua en la cara y después fue hasta el brasero. Al principio difusamente, pero después con más claridad, Caras logró ver y entonces el terror estalló en su interior quebrándole el espíritu: a un palmo de su cara un hierro candente brillaba con candida luz y le hacía sentir su calor.
—Ahora hablarás —dijo el oficial con calma al tiempo que lo agarraba del pelo.
Caras tensó los músculos en un vano y desesperado intento por soltarse, pero de inmediato los calambres recorrieron sus miembros exhaustos y permaneció inmóvil tratando de reunir las pocas fuerzas que le quedaban en su espíritu, como un jabalí que, después de lucha desigual con una jauría de perros, desangrado por las heridas y sin fuerzas, se arrima a un tronco a esperar que la lanza del cazador le atraviese la garganta.
—¡Habla! —le ordenó el oficial acercando más el hierro. Caras sopló sangre por la nariz y contrajo la boca cubierta de babas.
—No... no sé nada —bramó entre los dientes apretados por los espasmos.
El oficial lo aferró con mayor firmeza y le hundió el hierro candente en el ojo izquierdo.
Estalló en el sótano el aullido de Caras, traspasó los muros de la Casa del Consejo, salió a la plaza como un mugido prolongado y atroz y estremeció a los dos hoplitas que dormitaban apoyados en las lanzas.
Poco después el oficial de la Cripteia salió de la Casa del Consejo y sin responder al saludo de los guardias cruzó la plaza desierta y se desvaneció en la oscuridad. Había cumplido escrupulosamente con su tarea, según las órdenes recibidas: a esas alturas estaba convencido de que el pobre desgraciado que estaba en el sótano no sabía nada. Era imposible que un miserable pastor tuviera tanta fuerza ni fuera tan obstinado. Le había hecho creer que lo cegaría, y ni aun así había hablado. Antes de que se desplomara sin sentido, consiguió leer en aquel único ojo tumefacto un terror que superaba toda imaginación, por lo que, antes de marcharse, lo desató y dejó abierta la portezuela que daba al exterior y conducía a las afueras de la ciudad. Ordenó a sus hombres que se apostaran allí para seguirlo. El Éforo Mnesicles tenía razón: si aquel hombre seguía vivo, si no poseía el tino de huir lo más lejos posible, si realmente había tramado algo con Pausanias, devorado por el odio, se traicionaría y entonces todo saldría a la luz. Podía regresar a su alojamiento y descansar por fin después de una jornada agotadora.
Entretanto, avivado por el viento frío que soplaba desde la galería que habían dejado abierta, Caras recuperaba la conciencia. Un dolor atroz en la órbita izquierda lo devolvió a la realidad de la cruel mutilación sufrida y la oscuridad total que lo rodeaba le hizo creer por un momento que estaba
ciego. Se echó a llorar con desconsuelo: todo había terminado, solo deseaba que le dieran muerte rápidamente. Mientras así reflexionaba, la oscuridad comenzó a desvanecerse y aparecieron borrosos los perfiles de los objetos que lo rodeaban; se dio cuenta de que estaba libre de las cadenas que colgaban de la pared. Se levantó a duras penas, miró a su alrededor, vio la portezuela abierta y hacia ella se dirigió en la más completa oscuridad, tropezando a menudo, aterrorizado al contacto de las asquerosas criaturas que habitaban en aquel antro tenebroso. Advirtió que se encontraba al aire libre cuando notó una ráfaga de viento fresco en el rostro destrozado y, desde la boca de una galería, vio brillar las estrellas de Orión , trémulas en el cielo de ópalo... El alba no tardaría en llegar. Salió a rastras y con paso inseguro enfiló hacia la llanura desierta hasta alcanzar las orillas del Eurotas.
Se arrodilló para lavarse el ojo ensangrentado, estremeciéndose de dolor y gimiendo por las punzadas que le producía el contacto con el agua fría. La luna comenzaba a palidecer cuando el cíclope herido se levantó jadeando de dolor y rabia y tendió los puños contra la ciudad que se iba blanqueando bajo la falsa luz del alba. Se dirigió hacia el Taigeto: envuelta en la oscuridad, la gran montaña lo acogió y lo ocultó en sus bosques impenetrables.
Como no podía sostener su permanencia en Tróade, Pausanias se convenció por fin de que debía regresar, seguro de que los Éforos no contaban con pruebas en su contra. Pero lo que estos habían tratado en vano de arrancarle a Caras estaba a punto de serle ofrecido por alguien que ni siquiera conocían.
Creían que Pausanias intentaría ponerse en contacto con Caras a través de alguno de los ilotas que servían en su casa y a los que ya habían comprado con chantajes y promesas, o bien con Cleidemo, a quien también tenían continuamente bajo vigilancia.
Consciente de la situación, Pausanias estaba como un león enjaulado; evitado por todos, no tenía manera de reunirse con ninguna de las personas de su confianza y tampoco quería comprometer a Cleidemo, al que imaginaba rodeado por los espías de la Cripteia. Contaba entonces con someterse temporalmente al poder de los Éforos y los Ancianos con la esperanza de que, con el transcurso del tiempo, la situación volviera a serle favorable.
Una mañana, antes del amanecer, el Éforo Mnesicles oyó que llamaban a su puerta, fue a abrir y se encontró con un joven extranjero de piel oscura, con el rostro medio oculto bajo una capucha, que pedía hablar con él.
—Me llamo Argueilo —dijo—, estuve al servicio del rey Pausanias en Bizancio. Debo contarte cosas que encontrarás de gran interés.
—Pasa —le dijo el Éforo, y cerró la puerta de inmediato.
Lo invitó a sentarse y el joven se quitó la capa y la capucha: no cabía duda, se trataba de un extranjero, probablemente un asiático.
—Tu nombre es griego —observó el Éforo—, pero pareces extranjero.
—Así es —respondió el joven—, mi verdadero nombre es Lahgal y soy sirio. Durante años estuve con el rey Pausanias sirviéndolo fielmente pero ahora he venido a denunciarlo... No soy espía, créeme, sino un hombre que desea vengarse de una monstruosa injusticia. A cambio de mi fidelidad, el rey intentó hacer que me mataran para que permanecieran ocultas las tramas que tejía con el Gran Rey.
—Lo que dices es de suma gravedad —observó el Éforo—. ¿Te das cuenta de que estás acusando de alta traición al rey de Esparta? Ten cuidado, pues si no consigues probar tus acusaciones, arriesgas la vida.
—Puedo probar lo que he dicho cuando tú quieras —respondió Lahgal.
—En ese caso es preciso que la verdad salga a la luz cuanto antes.
Ahora dime todo lo que sabes, no te arrepentirás de habernos ayudado a cortar de cuajo una infame traición.
Lahgal le contó todo lo que había podido ver y comprender en los años que vivió con Pausanias y le refirió también el viaje a Celenas, pero del papel de Cleidemo dio una versión que lo excusaba.
—Por tanto, conoces bien a Cleidemo, el Cleoménida —dijo el Éforo
—, sabemos que Pausanias lo apreciaba mucho y le confiaba importantes misiones.
—Lo conozco —dijo Lahgal—, yo mismo le llevé a veces las órdenes del rey cuando estaba al mando del batallón de Tracia, pero puedo decirte que es ajeno a la traición de Pausanias. El rey le había ordenado que fuera conmigo a Celenas para estudiar la disposición de las guarniciones persas del interior; el pretexto era preparar una expedición militar para expulsar a los persas más allá del Halys. Solo yo conocía el verdadero fin de la misión: hacerle saber al sátrapa Artabazo que Pausanias estaba dispuesto a marchar contra Esparta y que esperaba recibir dinero y hombres. Cleidemo, por su parte, tenía un mensaje que decía que yo era espía de los persas y que una
vez que la misión quedara cumplida y no me necesitara más como intérprete debía eliminarme. Pero mientras él dormía conseguí leer el mensaje y huí.
—Bien —prosiguió el Éforo—, sabes bien que como extranjero no puedes testimoniar contra un hombre de la casta de los Iguales, mucho menos contra un rey, y Pausanias es lo uno y lo otro, aunque su regencia esté a punto de terminar, pues el príncipe Pleistarcos llegará pronto a la pubertad. Por ello es preciso inducir a Pausanias a que hable en presencia de ciudadanos capaces de testimoniar. He aquí mi plan: en el promontorio de Ténaro hay un viejo edificio abandonado; irás hasta allí pero antes harás saber a Pausanias que has vuelto y que lo esperas en ese lugar. Creo que no faltará al encuentro. Tú haz que hable de manera que algunos testigos que estarán ocultos detrás de una pared falsa puedan oírlo. Nosotros nos ocuparemos del resto. Ahora vete, no es conveniente que te quedes más tiempo; trata de permanecer oculto y de no llamar la atención. Es evidente que obtendrás una recompensa por el servicio que nos prestas, pero, como sabrás, los Iguales no manejan dinero, por lo que no puedo pagarte, pero trataré de conseguirlo: dime qué prefieres, ¿plata ateniense, euboico... o tal vez cicicénicos?
—No lo hago para obtener una recompensa —respondió Lahgal—, no aceptaré tu dinero.
Después se levantó, se cubrió la cara y salió.
Tres días más tarde Pausanias encontró en su casa un mensaje pero nadie supo decirle quién se lo había llevado. Lo que decía el mensaje llenó de espanto al regente, que se sintió perdido: Lahgal estaba vivo, por lo que Cleidemo le había mentido o bien lo había traicionado. Pensó en fugarse pero se dio cuenta de que habría sido como admitir su culpa. Además,
¿quién daría asilo a un fugitivo despojado de todo poder? Lo mejor era afrontar la situación. Si de verdad había sido Lahgal quien había escrito el mensaje, y ciertas frases no dejaban lugar a dudas, tal vez lograra convencerlo o al menos saber quién más conocía el secreto. Acudió, pues, a la cita fijada. Conocía aquel paraje: una vieja torre de vigilancia medio derruida, situada casi en lo alto del promontorio, un lugar árido y desolado, eternamente barrido por el viento.
Entró empujando la puerta salida de sus goznes y oyó una voz conocida resonar en la penumbra interior.
—Dicen que nadie regresó jamás de los infiernos, ¿no es verdad, Pausanias? Sin embargo, aquí me tienes... pero entra, no te quedes en la puerta.
—Escúchame —dijo el regente.
—No, escúchame tú —repuso el joven saliendo de las sombras—. En este momento soy el más fuerte.
Tal vez sin darse cuenta Pausanias llevó la mano a la empuñadura de la espada.
—Eso es una locura —dijo Lahgal—, ¿acaso me crees tan tonto como para no haberme preparado por si intentabas matarme por segunda vez?
Pausanias bajó las manos y dejó que descansaran al costado del cuerpo, inclinó la cabeza y con voz resignada le dijo:
—Te escucho.
—Te he pedido que vinieras porque quería saber por tu boca por qué culpa me condenaste a morir. Si fue por haberte servido fielmente y sin tacha, por haberte curado cuando estabas enfermo, por haberte seguido siempre como una sombra, por haber soportado tu lujuria...
—Creía que me amabas —lo interrumpió Pausanias.
Lahgal rió burlón.
—¿Tan bajo has caído? Sabes bien que no puede haber amor entre quien manda y quien sirve, solo violencia infligida y soportada. No creas, pues, que podrás contar con mis sentimientos, que, por otra parte, jamás existieron. Solo quería demostrarte que de un hombre podías obtener una total dedicación a cambio de la libertad. Un intercambio honrado, de hombre a hombre.
—Fui sincero cuando te prometí la libertad y habría mantenido mi palabra.
—Comprendo —rebatió Lahgal con sorna—, ¡eliminándome pretendías liberarme de toda preocupación!
—No te burles de mí —lo interrumpió el regente con voz sombría—, y escúchame. Puedo explicártelo... si me prometes que reflexionarás sobre cuanto te diga, que no te dejarás dominar por la ira y el rencor. Si me has mandado llamar, debes estar dispuesto a escuchar.
—Habla, pues —repuso fríamente el muchacho.
—Hablaré, pero antes quiero saber por qué quiso Cleidemo perderme.
—Tu espíritu debe de ser realmente vil —dijo Lahgal— si ves traición donde no la hay. Cleidemo cumplió fielmente con tus órdenes... con todas
menos una. Leí tu mensaje mientras él dormía y huí. No porque temiera que me matase, es un hombre bueno, sino porque no deseaba poner a prueba su conciencia. Pero dejemos el asunto, sabes que lo que quiero escucharte decir es bien distinto.
Pausanias sintió un enorme alivio al oír esa respuesta; no todo estaba perdido, bastaba con que convenciera a Lahgal.
Volvió a hablar sin saber en qué momento exacto pronunciaba su condena.
—No quería tu muerte, Lahgal, te lo juro. Fueron los persas los que me impusieron esta condición y no me encontraba en situación de echarme atrás, habría despertado sus sospechas; todo se habría perdido, incluso habrían podido llegar a considerarme como enemigo... Estaba en juego la vida de miles de personas, no podía... Pero debes creerme, me senté a escribir esa orden contra mi voluntad y con una amargura indescriptible. Tal vez me soportaste en los años en que viviste a mi lado y puede que pensaras que así comprabas tu libertad, pero yo te amé y es imposible que no te hayas dado cuenta de mi sinceridad. Dime, mi joven amigo, dime si acaso te hice daño, si no te beneficié en todas las formas posibles, si no te hice partícipe de mi vida, de mis proyectos, de mis sueños. Tú sí que me engañaste dejando que creyera que me amabas.
Lahgal miraba a aquel hombre destruido, a merced de sus enemigos, el héroe de Platea, artífice de la hegemonía panhelénica, convertido en la sombra de sí mismo. El tono de sus palabras le pareció sincero y se sintió tentado por la piedad, pero la ira y el deseo de venganza lo habían llevado demasiado lejos y no podía echarse atrás. Todo debía continuar su curso. Le contestó, pues, con palabras engañosas y Pausanias se marchó arrepentido de haber ordenado un día la muerte de aquel hombre.
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Llegó a Esparta al atardecer pensando para sus adentros cómo iba a reanudar el contacto con Cleidemo y, sumido en sus reflexiones, no reparó en los cinco Éforos rodeados de una veintena de hombres armados que esperaban delante de la puerta de Amiklae. Cuando se hubo acercado más supo que lo esperaban a él: el Éforo Epístenes, que estaba detrás de los otros, le hizo una seña y comprendió que todo había terminado. Azuzó a su caballo para darse a la fuga pero uno de los guerreros lanzó su lanza, que se hundió en el flanco del corcel haciéndolo caer de bruces. Pausanias rodó en el polvo, pero se levantó y echó a correr seguido de cerca por sus perseguidores. Al llegar a las inmediaciones de la acrópolis miró a su alrededor, como perdido, tratando de buscar refugio, pero solo encontró miradas hostiles o indiferentes y puertas cerradas. Buscó protección en la Casa de Bronce, cuyos batientes se abrían a poca distancia de allí. Nadie osaría violar el lugar sagrado: cerró la puerta jadeando y se agazapó detrás del altar.
En vista de que no podían arrestarlo, los Éforos mandaron tapiar las puertas y descubrir el techo. Allí quedó el rey, días y días, abrasado de sed bajo los rayos despiadados del sol, atormentado por el hambre bajo la mirada indiferente de sus enemigos, que lo observaban desde las vigas desnudas del techo esperando su muerte. Durante mucho tiempo se oyeron por las noches sus gritos y sus imprecaciones, después nada más.
Los Éforos comprendieron entonces que dejarlo morir en ese lugar sería en cualquier caso una profanación; decidieron abrir las puertas y sacarlo mientras siguiera con vida. Lo arrastraron hasta el patio exterior, convertido casi en un esqueleto, temblando de fiebre, con los ojos vidriosos que giraban enloquecidos de horror en el fondo de las órbitas hundidas.
Cuando lo dejaron caer en el polvo, Pausanias trató de levantar el brazo enjuto y maldecir, pero las fuerzas lo abandonaron y cayó de espaldas lanzando el último estertor.
Así fueron la agonía y la muerte del que había vencido al ejército del Gran Rey en Platea.
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