Talos de Esparta

Valerio Massimo Manfredi · Capítulo 6 de 23

Páginas del PDF

Talos de Esparta

Perialla

En los días que Talos pasó encerrado en su casa para recuperarse de la paliza recibida tuvo tiempo de meditar a fondo. En pocos meses su vida había experimentado un cambio violento. Al morir Critolao había heredado su autoridad moral sobre las gentes del Taigeto y, tal vez, no solo sobre ellos, como dejaban entrever las palabras de Caras, su nuevo e inseparable compañero, del cual lo ignoraba casi todo, menos que había llegado de Mesenia con su rebaño para establecerse en una cabaña , cerca de la fuente de arriba.

Pensó mucho en la incursión que la Cripteia había efectuado contra su familia; tenía la certeza de que los hombres que habían participado eran los mismos a los que se había enfrentado en el llano para defender a Antinea.

Por otra parte, estaba casi seguro de haber oído a uno de los presentes pronunciar el nombre de Brito. Ese joven era su principal enemigo y sobre eso no cabían dudas, pero sabía también que él no lo consideraba tan peligroso como para eliminarlo, de lo contrario habría podido hacerlo mil veces a pesar de que Caras dijese lo contrario.

Trató de poner orden en la infinidad de impresiones y sentimientos opuestos que pululaban en su mente. En el llano, algo había frenado la mano de Brito, lo mismo que había impedido que lo mandara exterminar por sus compañeros o por la bestia sanguinaria que llevaba consigo. Por más que reflexionara no conseguía encontrar el motivo. Pensó en la admiración instintiva que los espartanos sentían por todo aquel que demostrara valentía, pero seguía sin explicarse el hecho de que a un ilota rebelde, que había osado defenderse y atacar, se le perdonara la vida. Había en la ciudad de los espartanos algo que lo atraía, lo mismo que lo había empujado al llano, cuando era niño; de vez en cuando repasaba mentalmente la imagen del guerrero del dragón; sabía sin lugar a dudas que se trataba del padre de su enemigo mortal. Sentía también que amaba a Antinea y en los momentos en que estaba más solo y angustiado ese sentimiento le entibiaba el corazón. Abrigaba la esperanza de que fuera a verlo, aunque se daba cuenta de que para ella podía ser peligroso. Sin embargo, en su mente empezaban a quedar claras algunas cosas: no podía

huir, ya fuera porque tenía una misión que cumplir ante su gente, ya fuera porque se lo había prometido a Critolao en su lecho de muerte. Quería también permanecer cerca de Antinea y se daba cuenta de que habría sido mil veces mejor quedarse y arriesgarse a morir que huir lejos para ser perseguido como una bestia sin tener a nadie con quien hablar, en quien apoyarse, a quien confesar sus temores.

Antinea llegó una mañana y entró en silencio en su habitación.

—Talos, mi pobre Talos —dijo, y corrió hacia él para estrecharlo entre sus brazos.

Talos notó que una llamarada le subía a la cabeza y que el corazón le palpitaba tumultuoso. La estrechó contra su cuerpo y después se separó de ella.

—No deberías haber venido —mintió—Sabes que el bosque y la llanura están llenos de peligros.

—Oh, no temas, ya nadie piensa en mí; además, me ha acompañado mi padre; supimos lo que te ocurrió y hemos venido a ayudaros. Me quedaré con vosotros y me encargaré de sacar el rebaño a pastar hasta que te hayas curado del todo. En este momento mi padre no me necesita demasiado.

Dentro de un mes, cuando te hayas restablecido, podrás venir a echarnos una mano con la cosecha, ¿estás de acuerdo?

—Estoy de acuerdo —respondió Talos, incómodo y emocionado a la vez—, iré a ayudaros... —vaciló un instante, como si tratara de buscar las palabras y añadió—: Antinea... esperaré con impaciencia la época de la cosecha... para volver a estar a tu lado.

Se quedó mirándola, profundamente conmovido al comprobar que se le iluminaban los ojos. Le apretó la mano.

—Antinea... ¿por qué somos esclavos? ¿Por qué no puedo pensar en ti sin temer lo que pueda ser de nosotros?

La muchacha le tapó la boca con la mano.

—No hables así, Talos; para mí tú no eres un esclavo y para ti yo no soy una esclava... ¿No es así? Para mí tú eres un gran guerrero, el más valiente, el más generoso de los hombres; no eres un esclavo, Talos.

—Sé lo que quieres decir, Antinea, pero también sé lo que es el miedo que me asalta, lo que son las pesadillas de las que despierto en plena noche.

Mi vida está marcada, pero no sé adonde me conduce porque está en manos ajenas. Si uno tu vida a la mía no sé adonde irás a parar ni cómo...

¿Comprendes lo que quiero decir?

—Lo comprendo, Talos —respondió la muchacha bajando la vista.

—Por eso a veces deseo no haberte conocido.

Antinea posó en su rostro los ojos brillantes y le dijo:

—Talos, no soy más que la hija de Pelias, el campesino, y sé bien que muchos de los nuestros te miran como aquel al que Critolao ha preparado.

Talos se sentó en el lecho y repuso:

—Sí, me preparó, Antinea. Critolao me preparó, me enseñó todo lo que podía y me dejó una herencia misteriosa y difícil. Pero no sé por qué...

un día tal vez...

—Sí, Talos, un día. No debemos forzar el destino. Si los dioses tienen reservado algo para ti, para nuestra gente, un día, cuando llegue el momento, lo sabrás. Ahora debemos vivir sin preguntarnos nada más.

Antinea se inclinó sobre él lentamente, le acarició la frente, lo besó con delicadeza y después de apoyarle la cabeza rubia sobre el pecho, se quedó escuchando los latidos de su corazón, por momentos lentos, por momentos poderosos, como el tambor de los guerreros.

Atrás quedaron el verano y el otoño sin que, extrañamente, ocurriera nada; Talos volvió al trabajo y algo más. Cada vez que iba a la fuente de arriba llevaba consigo el arco oculto bajo la capa. En los bosques y en los claros más alejados de las miradas indiscretas había retomado las prácticas, esta vez bajo la guía de Caras, su enigmático amigo. Salían juntos a cazar y las flechas infalibles de Talos abatían ciervos y jabalíes que después eran despellejados y troceados en secreto en la cabaña de Caras. Si llegaban a enterarse de que semejante arma estaba en manos de un ilota habría sido el fin de ambos. Talos tenía la impresión de que en cierto modo su compañero tenía algo que ver con Critolao; por sus palabras intuía que debía de saber muchas cosas a pesar de que nunca se pronunciaba claramente sobre nada.

Bajo su guía aprendió a mejorar la técnica con el cayado y se enzarzaba con él en extenuantes duelos; aprendió la lucha y en más de una ocasión regresaba a casa con los miembros cubiertos de cardenales y los huesos molidos por culpa de los apretones de aquellos brazos vigorosos. Cuando su madre y Antinea le preguntaban preocupadas el motivo de los cardenales y los golpes, contestaba con una sonrisa que se trataba de un juego que les servía para pasar las largas tardes en los pastizales altos. Las tremendas aventuras del año anterior palidecían como si hubiesen ocurrido hacía mucho tiempo y Talos empezaba a hacerse a la idea de que su vida podía transcurrir al abrigo del afecto tímido y humilde de su madre, reparada por

la presencia imponente y tranquilizadora de Caras y encendida por la pasión de Antinea.

Antinea lo amaba de tal manera que se olvidaba de todo; apenas unos meses antes, en la granja donde trabajaba su padre, Talos era el muchacho tullido que bajaba de las montañas con sus ovejas, el muchacho huraño al que le habría gustado causar pequeños disgustos. Ahora no tenía ojos más que para él. Si fruncía el entrecejo un instante se sentía invadida por la tristeza; si lo veía sonreír, se le iluminaban el rostro y el alma. Recordaba con infinita dulzura cómo la había amado por primera vez, despacio, para no hacerle daño; recordaba la fuerza desconocida y maravillosa que había guiado su cuerpo, la oleada de llamas que le había encendido el vientre y el corazón cuando Talos le había puesto las manos en las caderas. Creía que poseía lo más hermoso del mundo y tenía la certeza de que lo que estaba viviendo no terminaría jamás. Cuando estaba en compañía de su padre esperaba impaciente que Talos la fuera a ver y, antes del alba del día esperado, en la oscuridad de su lecho lo veía atarse las sandalias, recoger el bastón y salir a la claridad de las estrellas matutinas para abrir el redil y soltar el rebaño... Después, lo veía bajar por la pendiente, cruzar el bosque, partir bajo la luz de la aurora con el cabello brillante de rocío; escoltado por el enorme carnero de los cuernos retorcidos, avanzaba entonces por el llano, bajo los olivos, como un joven dios; cuando salía al patio y se lavaba en la fuente, miraba el vacío, segura de que de un momento a otro oiría a lo lejos el balido de los corderos y después lo vería aparecer sonriente, con los ojos profundos y buenos cargados de amor por ella. Corría a recibirlo descalza llamándolo a gritos y se le colgaba del cuello, enroscándose a su cuerpo, y reía y le alborotaba el pelo en un juego siempre nuevo.

Antinea sabía que, llegado el momento, los jóvenes eligen una compañera y que Talos solo iba a quererla a ella; en el fondo, no hacía caso de sus miedos, de sus preocupaciones. Llegaría el momento en que dormiría a su lado todas las noches, le prepararía la comida y el agua para lavarse a su regreso de los pastizales, le tejería las ropas en las noches de invierno a la luz del fuego y si despertaba sobresaltado, agitado por un mal sueño, ella le secaría el sudor de la frente y le acariciaría el pelo hasta que volviera a dormirse.

Con estos pensamientos pasó el verano y el otoño trabajando al lado de Talos en los campos o siguiéndolo hasta los pastizales altos hasta que Bóreas hizo caer las hojas del bosque. Del mismo modo que la naturaleza

seguía inmutable su curso, Antinea pensaba que así sería su vida al lado de su amado. Pero los dioses les reservaban otros designios.

Una noche, hacia finales del invierno, mientras estaba sentado delante de su cabaña contemplando cómo se ponía el sol sobre el bosque deshojado, Talos vio pasar su destino por el sendero que cruzaba el claro: era una vieja extraña que caminaba encorvada bajo un hatillo de trapos y se apoyaba en un largo bastón. Llevaba los cabellos grises recogidos en un moño detrás de la nuca y envueltos por una venda de lana blanca de la que colgaban pequeños discos metálicos. En un momento dado, la mujer se percató de su presencia, abandonó el sendero y fue hacia él. Talos la observó con cierta aprensión, casi con temor; tenía el rostro enjuto y arrugado pero su paso decidido, casi apresurado, permitía adivinar la energía insospechada de su cuerpo.

Talos se estremeció; en ese momento no pudo evitar pensar en una de las tantas historias que le había contado Critolao cuando era niño para que se fuera a dormir sin protestar ni llorar como tenía por costumbre: la arpía Celeno, que vaga por la noche bajo la apariencia de una vieja, para llevarse a los niños a su pútrido nido de una isla lejana. «Tonterías», pensó para sus adentros mientras se acercaba la mujer. Sin embargo, no conseguía entender cómo podía una vieja vagar sola por esos montes al caer la noche.

Entretanto, se había detenido delante de él y, desde el fondo de las negras ojeras, lo miraba con sus ojos grises en los que centelleaba una luz siniestra.

—Pastor —le dijo con voz ronca—, en esta tierra vive un hombre llamado Caras; tengo que verlo ahora. ¿Sabes dónde puedo encontrarlo?

Talos dio un brinco; lo último que esperaba era que esa extraña mujer le hiciera semejante pregunta.

—¿Cómo sabes su nombre? —preguntó, asombrado.

—No me preguntes nada —repuso la mujer con tono apremiante—, y responde a mi pregunta, si puedes.

Talos le indicó el sendero que acababa de abandonar la mujer y le dijo:

—Vuelve al camino que abandonaste y sigue en dirección a la montaña hasta que llegues a una bifurcación, dobla a la izquierda, intérnate en el bosque y sigue adelante hasta que encuentres un claro. Allí verás una fuente y junto a ella una cabaña : llama a la puerta tres veces y Caras saldrá a recibirte. ¿Estás segura de que quieres ir ahora? —le preguntó—. Oscurece

ya y de noche el bosque está lleno de peligros. Los lobos están famélicos y atacan con frecuencia a los rebaños.

—Los lobos no me dan miedo —dijo la vieja con una extraña sonrisa.

Después le clavó sus fríos ojos y añadió—: Tú tampoco tienes miedo.

¿Acaso no serás tú también un joven lobo?

Se dio media vuelta y enfiló por el sendero sin decir palabra. En la oscuridad, Talos oyó durante largo tiempo el tintineo de los sistros que colgaban del bastón en el que la vieja se apoyaba para andar. Regresó a su cabaña para calentarse al fuego pero los escalofríos que notaba en la espalda no se debían únicamente al frío.

—¿Quién estaba ahí fuera contigo? —le preguntó su madre cuando le sirvió un cuenco de sopa.

—Una vieja que no había visto nunca por aquí. Me preguntó por Caras.

—¿Por Caras? ¿Y ahora dónde está?

—Se ha ido a su cabaña , a la fuente de arriba.

—No debiste indicarle el camino, tal vez Caras no quiera que los desconocidos den con él.

—Oh, madre, ¿qué daño crees que podría hacerle una pobre vieja? Era rara, para qué ocultarlo, pero me pareció más loca que peligrosa. Mira que internarse sola en el bosque a estas horas...

Se puso a comer en silencio mientras rumiaba para sus adentros. Le había quedado grabada la extraña expresión empleada por la vieja: «¿Acaso no serás tú también un joven lobo?». Así lo había llamado Critolao poco antes de morir y así lo había saludado Caras. Se apresuró a terminar de comer, recogió la capa y fue hacia la puerta.

—¿Adonde vas? —le preguntó su madre, preocupada—. Ya ha oscurecido y ni siquiera hay luna. Tú mismo has dicho que no hay motivos para preocuparse por Caras.

—No es él quien me preocupa, esa pobre mujer puede acabar devorada por los lobos.

—Pero a esta hora ya habrá llegado y si la hubiesen atacado los lobos ya nada podrías hacer.

—Entonces quiero saber quién es, madre, y quiero saberlo ahora mismo. No te preocupes si no vuelvo, voy armado y sé defenderme. Por otra parte, estaré allí arriba en un abrir y cerrar de ojos. Anda, vete a la cama, que estás cansada.

Salió y no tardó en desaparecer en las tinieblas; su madre se quedó en la puerta escuchando el ruido de sus pasos hasta que el sonido fue engullido por el silencio de la noche.

La imponente silueta de Caras quedó enmarcada por el vano de la puerta; a sus espaldas, el interior de la cabaña aparecía alumbrado por el resplandor rojizo de las llamas que ardían en el hogar. Abrió bien los ojos en la oscuridad, como si no creyera lo que estaba viendo.

—¡Perialla! —exclamó—. ¿Tú aquí?

—Déjame entrar, deprisa —le pidió la vieja—, estoy aterida de frío.

Caras se apartó para dar paso a la mujer, que se dejó caer en un escabel al tiempo que tendía las manos hacia las llamas. Caras se sentó a su lado y le preguntó:

—¿Tienes hambre?

—Sí, tengo hambre, he andado desde las primeras luces del alba y no he encontrado más que un mendrugo de pan y un trozo de queso. ¿Tienes un poco de vino? —inquirió la mujer—. Tengo la boca seca.

Caras sacó la bota de un cofre y le sirvió un poco de vino tinto en un cuenco de madera.

Dejó que bebiera unos cuantos sorbos y después de asegurarse de que la puerta estaba bien cerrada volvió a sentarse.

—Y bien, ¿puedes decirme qué ha ocurrido? No entiendo cómo es posible que estés aquí ni cómo has hecho para encontrarme —dijo mirándola con suspicacia.

—¿Cómo te he encontrado? Oh, Caras —dijo con risa burlona—, ¿qué es lo que puede permanecer oculto a Perialla, la profetisa, la voz del dios de Delfos?

Caras apartó la mirada.

—No —prosiguió la mujer—, quédate tranquilo, nadie me ha seguido...

—Pero...

—Pero creo que de todos modos tendremos visitas.

Caras se sobresaltó y tendió la mano hacia la pesada clava apoyada en la pared, a sus espaldas.

—Tranquilízate —prosiguió la mujer—, no hay peligro. Si mi espíritu no me engaña, un joven lobo ha comenzado a seguir mi rastro.

—¿Qué quieres decir?

—No se trata de un animal, es un joven pastor a quien le pregunté en un claro de allá abajo dónde estaba tu cabaña .

Perialla frunció las cejas grises como si intentara recordar algo.

—Lo miré bien —añadió pronunciando lentamente las palabras—, tiene corazón de lobo... Por eso no teme cruzar el bosque de noche. Leí en sus ojos que sospechaba de mí...; vendrá.

Caras la observó ceñudo.

—¿Sabes quién es?

—No —respondió la mujer—, pero no es un pastor.

Caras volvió a servirle de beber.

—¿Por qué has abandonado el templo?

—Fue preciso —suspiró la mujer—. Presté mi boca al engaño y vendí mi alma... aunque a un precio alto.

Apuró de un trago el vino y acto seguido soltó una risotada descarada:

—¿Sabías por qué, en la ciudad de los espartanos, Leotíquidas ocupa el trono que fue de Demarato mientras este hace años que vive en el exilio?

Caras no lograba entender. La mujer aferró un mechón de su pelo entre las manos nudosas y le sacudió la cabeza.

—Te lo diré —prosiguió—, a pesar de que tienes una mente obtusa.

Porque yo, Perialla, la pitonisa de Delfos, la voz de Febo, lo vendí. —Soltó otra carcajada histérica.

—Sé que lo destituyeron antes de que los atenienses combatieran en Maratón porque se había descubierto que no era hijo de su padre.

—Tonto —dijo la mujer entre dientes—, fui yo quien lo convirtió en bastardo, persuadida por el rey Cleomenes, que lo odiaba a muerte, y por el oro de Cobon. —Caras abrió los ojos como platos—. Tanto oro como el que no verás tú en toda tu vida... Te habría tocado una parte —añadió sacudiendo la cabeza—. Nunca he olvidado que Caras, el pastor, me recogió cuando estaba muerta de hambre después de huir de quien me había hecho su esclava.

—No deberías haberlo hecho —murmuró Caras, confundido.

—Pero lo hice y parecía que todo iba a quedar en secreto... Pasaron casi cuatro años...

—Cobon.. . —murmuró entre dientes Caras—. Me acuerdo de él...

¿No es el escriba del templo?

—Sí, lo recuerdas bien. Estoy casi segura de que a Cobon le pagaron los atenienses. Nunca perdonaron al rey Demarato por haberse opuesto a

Cleomenes cuando quiso castigar a los eginetas, que se habían sometido a los persas en tiempos de Maratón.

—Entonces, si he entendido bien, ¡los atenienses y Cleomenes se pusieron de acuerdo para destruir a Demarato!

La vieja lo miró con una extraña mueca y repuso:

—Es posible, Caras, pero no creo que a estas alturas nos importe demasiado. La Asamblea de Anfictiones me juzgó y he quedado maldita para siempre.

Levantó la cabeza e hizo tintinear los discos metálicos de su venda.

—Me desterraron, sí, pero no se atrevieron a matarme. —Sus ojos brillaron bajo la luz lánguida de las llamas del hogar—. Tuvieron miedo de Perialla.

—Puedes quedarte si quieres —le ofreció Caras—, tengo el rebaño...

—¡Calla! —lo interrumpió la mujer al tiempo que aguzaba el oído—.

Hay alguien ahí fuera.

Caras empuñó la clava y salió a grandes zancadas.

—¡Detente, Caras, soy yo!

Era Talos, que se disponía a entrar en ese momento.

—Deprisa, sigamos a ese hombre —le dijo y le aferró el brazo que blandía la clava para después indicarle una figura encapuchada que se alejó corriendo hasta el final del claro.

Se lanzaron a la carrera y Caras estuvo a punto de darle alcance pero el encapuchado dio un salto, se internó en una zona tupida del bosque y perdieron su rastro. Talos llegó poco después y jadeante le dijo:

—Maldita sea mi pierna, habría podido cogerlo pero tropecé. Justo entonces saliste tú y estuviste a punto de partirme la cabeza con ese tronco que llevas en la mano.

—Perdóname, Talos, pero estaba tan oscuro que... ¿Quién era ese hombre?

—No lo sé, un espartano, creo. Iba a tu casa porque una vieja extraña...

—Lo sé —lo interrumpió Caras.

—Bien, en mitad del sendero vi que ese hombre salía del bosque y lo seguí sin que me viera. Por desgracia, tuve que mantenerme a distancia porque el sendero está cubierto de hojas secas y ramas que hacen ruido. El hombre llegó hasta aquí y después se puso a escuchar por la ventana. En ese momento me acerqué despacio hasta estar casi a su lado y me abalancé sobre él, pero tropecé con una rama seca que no vi en la oscuridad.

Consiguió soltarse cuando yo estaba en el suelo y huyó. Lo que no entiendo es por qué tu perro no lo atacó.

—Esta noche también consiguió huir el muy bastardo. Es la época de celo y a estas horas estará gimiendo alrededor de algún redil donde haya una perra alzada.

Entraron por la puerta que seguía abierta de par en par y Talos se detuvo un instante en el umbral al ver sentada junto al fuego a la vieja que le había dirigido la palabra en el claro.

—El joven lobo —dijo la vieja sin volverse—. Sabía que vendría.

—Sí—dijo Caras—, pero antes que él vino una víbora espartana que nos espiaba.

—Me había percatado de algo extraño —dijo la mujer—, pero en estos tiempos tengo la mente nublada y ya no veo con claridad.

—Pasa, Talos —le dijo Caras al joven que seguía de pie, cerca de la puerta, como temeroso—. Esta mujer no es enemiga tuya. Puede hacer mucho bien o mucho mal, según los dictados de su corazón, pero no debes tenerle miedo. Algún día sabrás quién es en realidad. Ahora se quedará conmigo porque no tiene adonde ir y ha sido terriblemente golpeada por la desgracia.

—Pasa —lo invitó la mujer sin volverse.

Talos se acercó al extremo opuesto del hogar y se sentó en el suelo, sobre una estera. El rostro de la mujer, apenas iluminado por el reflejo de las brasas, tenía un aire espectral: los ojos grises lo miraban fijamente entre las hendiduras de los párpados.

—Hay en él algo terrible —dijo de repente la vieja dirigiéndose a Caras—, pero no consigo entender qué es.

Talos se sobresaltó; no comprendía cómo podía aquella mujer hablar de ese modo. ¿Quién era? Nunca había visto a nadie igual. La vieja cerró los ojos, sacó algo de una alforja y lo lanzó a las brasas, que soltaron una humareda densa y aromática.

—¡No, Perialla! —exclamó Caras.

La mujer ni siquiera lo miró, se inclinó sobre el hogar y aspiró profundamente los humos que de él salían. Su rostro se contrajo.

Empuñó el bastón que tenía al lado y comenzó a golpearlo rítmicamente haciendo tintinear los sistros. Talos sintió una especie de ebriedad, como si se le hubiera subido a la cabeza un vino fuerte. Perialla jadeaba recorrida por un estremecimiento; los miembros se le volvieron

rígidos y la frente se le perló de sudor. De pronto lanzó tal gemido que pareció que le hubieran hundido un cuchillo en el pecho.

—¡Dioses poderosos! —gritó—. Dioses poderosos, permitid que Perialla vea.

Se abandonó inclinando la cabeza hacia delante... sollozaba. Acto seguido, se apoyó en el bastón, se puso en pie y abrió los ojos. Los tenía fijos, inmóviles, vidriosos. Se oyó un ulular lejano que venía del bosque; la mujer se sobresaltó.

—Tu señal... Oh, Febo, señor de los lobos, Perialla te escucha...

Perialla ve...

Siguió agitando los sistros al tiempo que entonaba una extraña nenia mientras los dos hombres la miraban en silencio, como encantados, incapaces de mover un dedo. En la n enia confusa comenzaron de pronto a aflorar palabras como las copas de los árboles en un mar de niebla; después las palabras se fueron uniendo una tras otra:

El dragón y el lobo con odio

implacable se atacan

pero cuando, domado por el dardo

que el medo de larga cabellera

lanza con tremenda fuerza,

el león de Esparta yace traspasado,

empuña la espada aquel que ha temblado,

empuña el arco curvado el guardián

de rebaños, y con gloria inmortal corre...

Perialla calló un instante, entrecerró los ojos y después reanudó el rítmico golpear de los sistros que colgaban del bastón. De su boca volvió a salir la nenia extraña e igual, un canto al principio dulce y quedo que, a medida que avanzaba, se hizo duro, casi estridente. La profetisa daba la impresión de buscar algo en su voz; en el fulgor de los ojos se adivinaban pensamientos terribles que le surcaban la frente fruncida como en dolorosas contracciones. Sus ojos clavados en el vacío se posaron de pronto en el rostro de Talos. De su voz monótona volvieron a surgir las palabras: La fulgente gloria como el sol se pone.

Al pueblo de bronce él vuelve la espalda cuando Enosigeo de P e lope el suelo agita.

Al grito de la sangre él hace oídos sordos

cuando poderosa, en la ciudad de los muertos,

la voz del corazón lo llama...

Exhausta, la vieja se desplomó con un gemido apagado.

A partir de aquel día el destino empezó a cumplirse. Perialla desapareció como había llegado y durante mucho tiempo los pastores de la montaña describieron en sus relatos la figura de la vieja profetisa errante. El rey Cleomenes fue depuesto al descubrirse el engaño por él urdido para enviar a Demarato al exilio. Se marchó un día, al caer la tarde, envuelto en la capa, a la grupa de su purasangre negro. Algunos amigos se le unieron; entre ellos estaba Cratipo, amo de Talos y Pelias. El campesino se vio obligado a abandonar su granja y, acompañado de la hija, tuvo que seguir a su señor a tierras lejanas. Una noche de estío, Talos se quedó solo en la era desde donde contempló a Antinea alejarse con su padre, a lomos de un asno. La saludó durante largo rato, con los dos brazos levantados, hasta que su imagen se desdibujó tras un velo de lágrimas ardientes. Notó que el corazón se le cerraba como un puerco espín herido: a sus ojos ninguna mujer iba a ser tan hermosa y deseable como ella. Regresó a la montaña mientras la ciudad honraba al nuevo rey Leónidas, hijo de Anaxándrides, de la estirpe de Heracles.

OceanofPDF.com