Talos de Esparta

Valerio Massimo Manfredi · Capítulo 20 de 23

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Talos de Esparta

Enosigeo

—Evita regresar por el mismo camino —le aconsejó Pelias—. En el paso habrá nevado en abundancia y te arriesgas a no poder atravesarlo. Ve hacia oriente hasta que encuentres un río que se llama Parmiso; sube por el valle hasta llegar a una encrucijada. Allí dobla a la derecha en dirección a Gatheas y Belemina, adonde llegarás en dos días de camino. Después te dirigirás hacia Caristos, que se encuentra en el valle del Eurotas; desde allí irás hacia el sur y en otro día más de camino estarás en Esparta.

Esperaremos ansiosamente tus noticias y trataremos de encontrar la manera de hacerte saber algo de nosotros. Entretanto, que los dioses te acompañen y te ayuden... No sabes el consuelo que nos has dado.

—Enviaré a uno de los míos a ayudaros con los trabajos de primavera

—dijo Cleidemo mientras se echaba la capa sobre los hombros—. El dinero que os dejo permitirá que no os falte lo necesario. En Esparta comprobaré lo ocurrido en mi ausencia y buscaré el modo de hacer que volváis. Tal vez los Éforos me permitan alojaros en mis tierras, es más, no cabe duda de que lo harán si lo pido y pago el precio exigido al erario del Estado. Cuando estemos otra vez cerca todo cambiará... tal vez podamos volver a ser felices, o por lo menos consolarnos por todo el tiempo que permanecimos separados.

Los estrechó en un largo abrazo, montó en la silla y espoleó a su cabalgadura. Avanzó un trecho al galope y luego tiró de las riendas y se puso al paso. El sol asomaba entre las nubes cuando llegó a orillas del Parmiso, un torrente no muy largo cuyas aguas turbias fluían veloces. Lo remontó durante medio día, atrás dejó dos pequeñas aldeas de campesinos y llegó a la encrucijada a primeras horas de la tarde. Comió al resguardo de una tapia que delimitaba un olivar y se puso otra vez en camino bordeando el afluente de la derecha del Parmiso. Comenzaba a oscurecer cuando notó a su izquierda una montaña desnuda que, con su mole, dominaba una extensión de colinas cubiertas por una rala vegetación de lentiscos y ginebros. En la cima se divisaban unas construcciones y pensó que tal vez encontraría allí refugio para pasar la noche. Abandonó el camino que recorría, enfiló por un sendero de tierra batida y no tardó en encontrarse a

los pies de la montaña; el lugar aparecía extrañamente desierto y desolado; hasta donde alcanzaba la vista no se veía ni una sola aldea, ni una sola casa.

A medida que ascendía, las siluetas difusas de la cima del monte se fueron haciendo más claras y comprobó que se trataba de las ruinas de una muralla, de las torres derruidas, llenas de brechas que se levantaban aquí y allá en la muralla medio desmantelada: no cabía duda, ¡debía de tratarse de la ciudad muerta de los ilotas!

Presa del pánico, sofrenó a su caballo y estuvo a punto de volver por donde había llegado, pero la curiosidad se impuso al miedo y siguió ascendiendo. La luz del día no se había apagado del todo y en la cima del monte reverberaba todavía alguna claridad. La muralla debía de ser antiquísima, se distinguían las enormes piedras moleñas apenas labradas que formaban su base. Cuando llegó por fin a la cima ya había oscurecido.

Cruzó la muralla por una de las puertas de la que solo se conservaban las jambas: el arquitrabe yacía en el suelo, partido en dos. Entró y se paseó entre las ruinas; era extraño pero no sentía miedo a pesar de las historias terribles que de niño había oído contar sobre aquel lugar maldito y sagrado... Debajo de aquellas piedras, en algún oscuro lugar subterráneo, dormía el rey Aristodemos, que un día había empuñado el gran arco de asta.

Regresó a la muralla para buscar refugio donde pasar la noche y acomodar a su caballo, y habría encendido de buen grado fuego, como había aprendido de los tracios, frotando dos trocitos de madera bien seca, pero por desgracia no encontró más que unas cuantas ramitas húmedas.

«Así nacen las habladurías —pensó para sus adentros—, si lograra encender fuego, quién sabe qué pensaría un pastor que pasara por el valle y viera palpitar luz entre las ruinas de la ciudad muerta.»

Sacó la manta del caballo y se tendió al reparo; salía la luna y vio bastante bien la extensión de las ruinas: debía de haber sido una ciudad grande e importante, pero seguramente estaba abandonada desde tiempos inmemoriales y desde su destrucción nadie había intentado volver a reconstruirla. Pensó en Critolao, en Caras y en quienes habían abrigado siempre la esperanza de conseguir la liberación del pueblo de la montaña; pensó en la matanza del cabo de Ténaro y se sintió invadido por el desaliento. Por desgracia, esa era la respuesta a tantas esperanzas. Con Pausanias había acabado la única y verdadera posibilidad de un gran cambio, del derribo de las instituciones de la ciudad conducido por el regente con el apoyo de por lo menos una parte de los Iguales y sostenido

quizá desde el exterior por los atenienses. Pero ya no existía modo alguno de llevar a cabo aquel plan: exiliado Temístocles, Atenas tenía un gobierno conservador, amigo de los Éforos, que mantenían firmemente bajo su influencia al rey Pleistarcos, hijo de Leónidas, y a su joven colega Arquídamo. Los dos eran valientes pero inexpertos y difícilmente habrían conseguido sustraerse a la tutela de los Ancianos y los Éforos. Sin embargo, el recuerdo de la caída de la ciudad de Itome había mantenido vivo el orgullo de los ilotas y la esperanza de Critolao.

Cleidemo se acurrucó bajo la manta para dormirse, pero otros pensamientos se fueron encadenando uno tras otro en su mente, palabras lejanas, frases que resonaban en su interior, imágenes descoloridas que parecían recobrar fuerza... El sueño tremendo que había tenido cuando era muchacho la noche que se había dormido apretando contra el pecho el arco del rey... El oráculo de la pitonisa Perialla... La oscura frase de Caras en el campo de Platea: «Recuerda estas palabras, hijo de Esparta e hijo de tu gente, el día que vuelvas a verme...», y ese día no podía estar muy lejano.

Las palabras de Critolao en su lecho de muerte... «Irá a verte un hombre ciego de un ojo, él será quien acabe con la maldición de la espada del Rey...» ¿Qué habría querido decirle Critolao? ¿Y la inscripción en la tumba de Ismene... quién había añadido aquellas palabras? ¿Qué mensaje contenían? ¿Cuál sería el precioso regalo? ¿Acaso la vida de Brito que el rey Leónidas había querido salvar? Pero ¿quién podía conocer el pensamiento del rey que había muerto en combate en las Termópilas ?

Ningún superviviente entre los espartanos, ninguno, salvo Brito y Aguía, había regresado de las Termópilas ... ¿Quién podía conocer el pensamiento del rey?

El cansancio terminó por cerrarle los párpados y Cleidemo se abandonó al sueño entre las ruinas de Itome, la ciudad muerta... y le pareció ver, o tal vez lo soñara, un pequeño vivaque... Brito dormido... Aguías vencido por el cansancio, una sombra que se acercaba... se inclinaba junto a Brito como para apoderarse de algo y después huía... ¡Dioses del Olimpo!

¡El mensaje del rey! ¡El mensaje del rey!

Se sentó sobresaltado; de repente todo parecía aclararse: el regalo del rey Leónidas al que aludía la inscripción fúnebre de Ismene debía de ser la vida de Brito (¿acaso también la suya?) que el rey había querido salvar. Le había dado también un compañero para escoltarlo, Aguías, y un ilota (¿qué sabía en verdad el rey sobre aquel ilota, sobre Talos, el tullido?) y un

mensaje para entregar a los Éforos y los Ancianos. ¿Qué había escrito en aquel mensaje? Nadie lo había dicho jamás. En la época en que luchaban juntos en Fócida y Beocia el mismo Brito le dijo que el mensaje había quedado siempre envuelto en el misterio. Brito se preguntaba especialmente por qué se había difundido la voz de que Aguías y él se habían confabulado para salvar la vida y abandonar las Termópilas y por qué los Éforos nunca habían hecho nada para desmentir esas habladurías. Incluso llegó a decirse que el mensaje no llevaba nada escrito, pero eso carecía de sentido: el rey Leónidas no tenía motivo alguno para enviar a Esparta un mensaje en blanco. A menos que el rollo hubiese sido sustraído y sustituido... aquella noche, en el vivaque. Quien grabara las últimas líneas en la tumba de Ismene parecía conocer la última voluntad del rey, sin duda contenida en el mensaje original que Brito y Aguías llevaron a Esparta. Ahora bien, esa última voluntad, oculta en las palabras inscritas en la tumba de su madre,

¿era un mensaje para el último de los Cleoménidas... o para Talos, el lobo?

¿Quién las habría escrito, uno de los Ancianos o de los Éforos? Resultaba muy extraño...

Por momentos le parecía que ya no estaba tan seguro de haber visto a alguien acercarse a Brito aquella noche, no sabía precisar si acaso no lo había soñado... Ni siquiera conseguía distinguir el sueño de la realidad en su propia vida.

Abrigó la esperanza de que la noche le concediera algún reposo y dejó de devanarse los sesos; pensó que únicamente en Esparta encontraría la solución a sus dudas, la respuesta a sus interrogantes. El suelo sobre el que se había acostado estaba seco y la gruesa manta de lana lo abrigaba: volvió a adormilarse. El viento había dejado de soplar y aquel paraje quedó sumido en profundo silencio. De repente se oyó un batir de alas: las aves rapaces levantaban vuelo en la oscuridad de las tétricas ruinas en busca de alimento.

El relincho de su caballo lo despertó bruscamente poco antes del amanecer: el animal estaba inquieto, como si hubiese algo que lo asustara, piafaba con los cascos y bufaba por los ollares. Mientras Cleidemo se levantaba para calmarlo, el animal se encabritó, trató de soltarse y volvió a relinchar, aterrado. Cleidemo miró a su alrededor pero no vio nada; se acercó al caballo, lo llamó por su nombre y desató las riendas que había atado a un arbusto. Intentó acariciarlo en el morro, pero el castaño no daba señales de calmarse, se mostraba cada vez más espantado. Sin soltar las

riendas, Cleidemo recogió la manta del suelo y sacó al caballo de la muralla.

En ese momento se oyó un bramido sordo, una especie de retumbo sofocado que provenía de las entrañas de la tierra. Tuvo miedo: todas las historias que de niño había oído contar sobre aquel paraje le parecieron de pronto creíbles y se arrepintió de haber puesto el pie entre aquellas murallas. Mientras intentaba tirar de su caballo pendiente abajo volvió a oír el bramido y notó que la tierra temblaba; hubo primero una ligera sacudida, seguida de otra más fuerte que lo hizo vacilar, y después llegó una tercera, fortísima, que dio por tierra con él y su caballo; a punto estuvo de quedar aplastado bajo el animal. Mientras seguía rodando por el sendero enfangado oyó un gran fragor de ruinas y cuando por fin consiguió ponerse en pie, vio que piedras enormes se derrumbaban de lo alto de la muralla y las torres. La tierra volvió a temblar estremeciéndose bajo sus pies y cayeron más piedras que levantaron una inmensa nube de polvo: los dioses destruían lo que quedaba de Itome mientras nubarrones plúmbeos, cargados de lluvia, se acumulaban sobre ella.

Un rayo surcó imprevistamente el cielo lívido e iluminó la montaña con una claridad enceguecedora, seguido inmediatamente por el retumbo espantoso del trueno. Hubo una rápida sucesión de relámpagos que abatieron las siluetas espectrales de los baluartes y bastiones. Otros truenos crepitaron con tal fragor que fue como si la tierra fuera a abrirse para engullir la ciudad.

Petrificado de terror, Cleidemo contempló un instante la escena, seguro de que las murallas, arrancadas de sus cimientos, caerían encima de él y lo sepultarían; después se dio la vuelta y bajó la pendiente corriendo como una exhalación; tropezó, cayó varias veces para levantarse, cubierto de barro, con los codos y las rodillas sangrantes, hasta que llegó al pie de la montaña.

Llamó a su caballo, que acudió a su lado con las riendas entre las patas, montó de un salto y le taloneó los flancos con furia. El animal se lanzó al galope cortando el aire con la cola, echando vapor caliente por los ollares dilatados, los ojos desorbitados a cada relámpago que reverberaba sobre el camino. Su jinete mantuvo el galope tendido por el estrecho sendero sobre el que comenzaba a caer la lluvia. Una ráfaga de viento no tardó en barrer el paraje desierto y la lluvia se transformó en aguacero, pero Cleidemo siguió espoleando a su cabalgadura como fuera de sí, notó que la respiración del animal se volvía entrecortada y breve y comenzó a tirar de las riendas para

sofrenar la carrera. Cuando hubo salido del temporal, aminoró más la marcha y finalmente puso al paso al animal, que estaba empapado de lluvia y sudor. Atravesó una aldea y después otra; en todas partes vio escenas de gente aterrada que excavaba con las manos entre los escombros de las casas, perseguía a los animales que habían saltado las vallas y corrían espantados por los campos.

A últimas horas de la tarde, devorado por el cansancio y el hambre, llegó a Gatheas y, al caer la noche, estaba en Belemina, ambas devastadas por el terremoto. A medida que se acercaba a Laconia notó que los efectos del terremoto eran más graves. Las casas de madera habían resistido pero las de piedra quedaron desmenuzadas por la fuerza de las sacudidas. Por doquier se veían mujeres llorosas, hombres atontados que vagaban entre las ruinas, otros que cavaban entre las piedras, niños que gritaban desesperados llamando a sus padres, tal vez enterrados bajo los escombros de sus casas.

Quebrado por la fatiga y la congoja durmió unas horas en un pajar; después se puso otra vez en viaje hacia Makistos y se detuvo de vez en cuando para que el caballo descansase. Le aterraba pensar cómo habría quedado su casa, qué habría podido ocurrirle a su madre. No cabía duda de que el terremoto había afectado a gran parte del Peloponeso y no tenía la certeza de que la granja de Pelias y Antinea no hubiese sido destruida. En Makistos encontró la ciudad devastada; vio centenares de cadáveres alineados en las calles y otros que iban añadiéndose a medida que los supervivientes se abrían paso entre las ruinas de las casas destruidas. Detuvo a un par de jinetes que llegaban a galope tendido del camino del sur.

—¿De dónde sois? —les gritó.

—De Tegea, ¿y quién eres tú?

—Soy Cleidemo, hijo de Aristarcos, espartano. ¿Qué noticias hay de la ciudad?

—Malas —respondió uno de los jinetes moviendo la cabeza—, la mayoría de las casas han quedado derribadas o tambaleantes. Los muertos se cuentan a millares. Buscan a todos los hombres que estén en condiciones para que contribuyan en las tareas de salvamento y ayuden a mantener el orden. Han muerto gran parte de los Ancianos y algunos Éforos. Por doquier reina una espantosa confusión.

—¿Y los reyes?

—El rey Arquídamo está vivo: lo vio un compañero mío cerca de la acrópolis, donde estableció su cuartel general. Del rey Pleistarcos no sé

nada.

—¿Adonde os dirigís ahora?

—A septentrión, en busca de ayuda, a Arcadia y Acaya si fuera preciso, pero hasta ahora en todas partes no hemos encontrado más que muerte y ruina. Nos hemos cruzado con dos guardias reales que iban a Sición y a Corinto en busca de ayuda. Amicles ha quedado arrasada y Githion está destruida casi por completo. Si tienes a los tuyos en Esparta corre, porque la ciudad está devastada.

Partieron al galope hacia septentrión mientras Cleidemo se lanzaba en la dirección opuesta espoleando y azotando a su caballo con las riendas.

Por el camino encontró columnas de fugitivos con carros y animales de carga, grupos de jinetes que corrían, cubiertos de barro, azuzando a sus caballos, gritando para abrirse paso en medio de la confusión de aquella multitud que había quedado sin techo ni bienes. Dejó atrás Selasia, medio destruida, y alcanzó las orillas del Eurotas, que bajaba crecido, turbio y torrentoso: debían de faltar pocas horas para llegar a Esparta, si el caballo resistía el enorme esfuerzo que le estaba exigiendo. El generoso animal devoraba el camino a galope tendido estirando rítmicamente la cabeza y arqueando el poderoso cuello, de turgentes músculos, pero de vez en cuando Cleidemo debía mantenerlo al paso para no destrozarle el corazón.

A medida que se acercaba a la ciudad los signos de la destrucción eran cada vez más terribles y dramáticos; de muchas aldeas no quedaba más que un montón de escombros, sin una sola pared en pie: debían de haber quedado exterminadas poblaciones enteras si las sacudidas que sintió en Itome constituían la reverberación lejana del espantoso estremecimiento que había recorrido toda Laconia y derribado siete ciudades, sorprendiendo dormidos a la mayor parte de los habitantes.

En un punto del recorrido comenzó a ver grupos de hoplitas con uniforme de guerra que montaban guardia en los cruces de caminos o patrullaban los campos, donde se hundían en las tierras aradas empapadas de lluvia, algo que no lograba explicarse. Las patrullas se fueron haciendo más frecuentes, compuestas también por muchachos jovencísimos y heridos, vendados a la ligera, que seguían embrazando el escudo con la lambda roja. Cleidemo no se preocupó por saber más, angustiado como estaba por la suerte de su madre.

Finalmente, al caer la noche, divisó la casa de los Cleoménidas.

Distinguía apenas una masa oscura en el campo y no lograba comprender si

el edificio seguía en pie o era solo un cúmulo informe de escombros. Al llegar a la entrada del patio lanzó un suspiro de alivio: aquí y allá vio algunas grietas y una parte del techo que se había derrumbado, pero en conjunto la fuerte estructura de piedras ensambladas por los ángulos había resistido; se habían venido abajo los establos y las viviendas de los campesinos. En el interior no había luces y no se oía ruido alguno. Empujó la puerta medio bloqueada por los escombros y entró; en el hogar había unas cuantas brasas y pudo reavivar el fuego y encender una antorcha.

Muchas vigas del techo se habían salido de sitio y de tanto en tanto había alguna que colgaba del punto de apoyo. Llamó repetidamente a su madre y a Alesos sin obtener respuesta; corrió de alcoba en alcoba pero no encontró a nadie: la casa estaba completamente vacía, aunque la noche anterior habían encendido el fuego y no había rastros de sangre por ninguna parte. En la alcoba de su madre la cama estaba cubierta de escombros y polvo, pero parecía que nadie hubiera dormido en ella. Regresó al enorme atrio y, presa de la angustia, se sentó al lado del fuego: ¿qué había ocurrido en su ausencia? Daba la impresión de que su madre había abandonado la casa... ¿o la habrían sacado de allí a la fuerza mientras él estaba lejos? No aceptaba la idea de que se hubiese marchado sin dejarle ningún mensaje.

Estaba tan extenuado que no tuvo fuerzas para ponerse a buscarla en los campos sepultados en la oscuridad, o peor aún, en la ciudad devastada.

Salió para ocuparse del caballo: cuando soplara el viento frío de la noche, el pobre animal, empapado de sudor y al límite de sus fuerzas, habría podido morir. Lo secó como pudo con un poco de paja que encontró tanteando entre los escombros del establo, le colocó una manta sobre el lomo y le buscó un refugio donde lo dejó con un poco de forraje. Después volvió a entrar en la casa. Sin pensar en el peligro de que otras sacudidas pudieran hacerle caer encima el resto del tejado vacilante, arrastró junto al fuego la cama y se dejó caer pesadamente en ella.

De lejos le llegaban amortiguados los gemidos y los gritos de la ciudad atormentada, el llanto de Esparta, la invencible.

Lejos, en el promontorio de Ténaro, golpeado por las olas del mar, el templo de Poseidón se había derrumbado y la estatua del dios, que los marineros llaman Enosigeo, «el que sacude la tierra», había caído de su pedestal y rodado hasta los pies del altar todavía manchado de sangre.

Cleidemo se levantó antes de que saliese el sol; lo despertaron los mugidos de los bueyes hambrientos que, huyendo del terremoto, vagaban

por los establos destruidos en busca de forraje. Se quedó un rato sentado tratando de ordenar sus pensamientos todavía confusos. Le desesperaba la desaparición de su madre, pero al mismo tiempo esperaba que se hubiese puesto a salvo con Alesos en la montaña, donde las casas de madera de los ilotas debían de haber resistido mejor el terremoto. Pensó con amargura en la noche que había pasado en las ruinas de Itome: allí se le había ocurrido la posibilidad de descubrir la verdad sobre la muerte de su hermano y de Aguías, rechazados por la ciudad, empujados uno al suicidio y a una acción desesperada el otro, en un intento por recuperar el honor. En el momento en que la verdad parecía estar cerca se encontró con la ciudad destruida por un terremoto; por otra parte, ¿qué sentido tenía ya descubrir qué significaba realmente el mensaje de Leónidas? Esparta había querido la muerte de Aristarcos, su padre, y de su hermano Brito, y era responsable de la muerte de Ismene, truncada por un dolor que ningún ser humano habría podido resistir. Solo quedaban aquellas palabras sobre su tumba, escritas por quién sabe quién y destinadas tal vez a él, frágil rastro para conducirlo a una verdad que ya tenía muy poca importancia. Esparta estaba pagando por su inhumana dureza, pagaba por el horrendo sacrilegio de Ténaro. Los dioses la barrían de la faz de la tierra.

Era hora de tomar una decisión. Se levantó para buscar algo con que calmar las punzadas del hambre y después de comer sentado un mendrugo de pan que encontró en una artesa salió al patio. Soplaba un viento que secaba un poco el suelo y se llevaba lejos las nubes; miró en dirección a Esparta y vio muchas patrullas de soldados recorrer las casas derruidas. De pronto le pareció que algo ocurría: se oía el sonido de los clarines, se veían más guerreros que acudían de todas partes y un hombre montado a caballo que caracoleaba y agitaba el brazo derecho como si impartiera órdenes.

Llevaba un yelmo crestado, podía tratarse de uno de los reyes, Pleistarcos o Arquídamo. ¿Qué estaba ocurriendo?

Volvió la mirada hacia la montaña y lo comprendió: cientos y cientos de hombres bajaban del Taigeto, salían de los bosques y claros para desaparecer y volver a aparecer más abajo; iban armados de lanzas, espadas y palos. Habían llegado al olivar que se extendía entre las laderas de la montaña y la ciudad.

La cólera de los dioses no había sido aplacada: ¡los ilotas atacaban Esparta!

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