Talos de Esparta

Valerio Massimo Manfredi · Capítulo 7 de 23

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Talos de Esparta

El Gran Rey

Demarato estaba sentado en un rincón, en la antecámara de la apadana

, con la mirada sombría fija en la puerta esmaltada donde había apostados dos gigantescos soldados de la guardia de los Inmortales. Detrás de la puerta se encontraba la sala del trono en la que el Gran Rey Jerjes, hijo de Darío el Grande, no tardaría en recibirlo. Al cabo de poco vio salir al embajador cartaginés envuelto en una magnífica capa purpúrea con caireles de oro, seguido de dos dignatarios tocados con mitras cuajadas de piedras preciosas. Hablaban velozmente en su lengua incomprensible y se los veía satisfechos. Con una sonrisa amarga echó un vistazo a sus sandalias desgastadas, se acomodó la espada al costado, se colocó la capa de lana gris sobre los hombros apañándola lo mejor que pudo, cogió bajo el brazo el yelmo crestado, única enseña que le quedaba de su pasada realeza, y se puso en pie: había llegado el momento. Se abrió la puerta y acudieron a su encuentro el chambelán y el intérprete, un griego de Halicarnaso.

—Oh, Demarato, el Gran Rey te espera —le dijo.

El espartano lo siguió y traspuso la puerta que los dos guardias abrieron a su paso; una vez en la sala, el esplendor de los mármoles, los esmaltes polícromos, los oros, las piedras preciosas y los tapices lo deslumbraron. Jamás habría imaginado que en el mundo podía existir una estancia que albergara tanta riqueza. En el fondo de la sala, bajo un amplio baldaquín, Jerjes, de larga barba ensortijada, tocado con mitra de oro, empuñaba en la mano derecha el cetro de marfil con incrustaciones de gemas. A sus espaldas dos sirvientes agitaban despacio sendos flabelos de plumas de avestruz. Un leopardo, que estaba tumbado a los pies de la escalinata y se alisaba con indolencia la pelambre, levantó de pronto la cabeza para observar al grupo que se acercaba. Se detuvieron al pie de la escalinata: el intérprete griego y el chambelán se postraron tocando el suelo con la frente mientras Demarato seguía de pie y saludaba con un movimiento de cabeza. El rey lo fulminó con una mirada de irritación mientras el chambelán, que seguía con la frente en el suelo, mascullaba algo al intérprete de griego, que torció la cabeza hacia arriba y murmuró muy nervioso:

—Debes postrarte, vamos, arrodíllate y toca el suelo con la frente.

Impasible, Demarato siguió mirando al Gran Rey con decisión.

—No hagas locuras —gemía el intérprete mientras el chambelán seguía mascullándole órdenes apremiantes en lengua persa.

Demarato los miró un instante con sonrisa burlona, se volvió al soberano visiblemente colérico pero siempre inmóvil, como una estatua en la solemnidad de las pesadas vestiduras regias.

—Soy Demarato, hijo de Aristón, rey de los espartanos —dijo—.

Vengo, acogido por tu benevolencia y acuciado por la necesidad y la desgracia, pero no por eso voy a postrarme a tus pies. Es costumbre de todos los espartanos, hombres libres, no postrarnos ante nadie.

Calló y miró, impasible, al Rey de Reyes.

A una señal del maestro de ceremonias, que estaba erguido al pie de la escalinata, el intérprete griego se levantó al mismo tiempo que el chambelán y se apresuró a traducir con voz temblorosa. En su larga carrera de siervo dócil y diligente era la primera vez que le tocaba traducir una negativa para los oídos de su amo. Siguió un largo momento de incomodidad.

Los flabelos de plumas de avestruz también detuvieron un instante su movimiento lento y continuo. Jerjes y Demarato se miraron unos instantes interminables durante los cuales el pobre chambelán, pálido como un harapo, sintió que en el vientre fláccido se le aflojaban las tripas.

El Rey de Reyes habló:

—Oh, Demarato, nadie habría sido autorizado a desafiar nuestra majestad como has hecho tú, pero es nuestra voluntad hacerte saber que nosotros te consideramos rey de los espartanos y, como tal, cercano a nosotros. También por tu actitud comprendemos que eres rey, pues ni siquiera en la desgracia has inclinado la cabeza.

El intérprete y, cuando este hubo traducido, el chambelán lanzaron un suspiro de alivio, como si no lograran dar crédito a sus propios oídos.

Demarato inclinó la cabeza en señal de agradecimiento. El Gran Rey prosiguió:

—Dinos, oh, Demarato, quiénes son estos espartanos porque nosotros apenas conocemos su nombre.

A Demarato le dio un vuelco el corazón; le parecía imposible que la nación más poderosa de la Hélade le resultara prácticamente desconocida al monarca persa, pero contestó:

—Oh, señor, los espartanos son los griegos más fuertes y valientes, en la guerra no hay nadie que esté a su altura y nada puede domarlos. No tienen más amo que la ley, ante la cual todos son iguales, incluso los reyes.

Jerjes enarcó ligeramente la ceja derecha y antes de oír la traducción, el chambelán se dio cuenta de que lo que había dicho el extranjero debía de haber causado gran asombro al soberano, que comprendía bastante bien el griego, a pesar de servirse de un intérprete por razones de etiqueta y para estar seguro de entenderlo todo a la perfección. Jerjes hizo una seña, el maestro de ceremonias llevó un escabel con un cojín purpúreo e hizo sentar a Demarato.

—Nosotros no conocemos a los espartanos de los que hablas —dijo el rey— más que por tus palabras, y queremos creerte aunque nos resulta difícil. Pero conocemos a los atenienses, que son los hombres más crueles y osaron prestar ayuda a nuestros súbditos jonios cuando se rebelaron.

Decidimos castigarlos de manera que su ruina sirviese de ejemplo para que nadie se atreva nunca más a desafiar nuestro poder. Todos los griegos del continente y de las islas deberán reconocer nuestra autoridad de modo tal que ninguno ose jamás pensar en la rebelión. Tú conoces esos pueblos mejor que nadie y podrás sernos de gran ayuda. Así es como pensamos y queremos que lo sepas.

El rey calló y el maestro de ceremonias, una vez que el intérprete hubo traducido, le hizo una señal al chambelán, que invitó a Demarato a retirarse.

La audiencia había terminado; el espartano saludó al soberano con una inclinación de la cabeza y después se dio la vuelta para ir hacia la puerta acompañado de los dos dignatarios. En los corredores de la antecámara resonaron los pasos de las sandalias claveteadas del rey de Esparta.

En los años que siguieron, los correos del Gran Rey recorrieron al galope todas las provincias del inmenso imperio para llevar la orden de enrolamiento de las tropas. Los rajás de la lejana India, los sátrapas de Bactriana, Sogdiana, Aracosia, Media, Arabia, Lidia, Capadocia y Egipto comenzaron a hacer acopio de guerreros; en los astilleros de los puertos de Jonia y Fenicia se construyeron cientos de naves; se talaron bosques enteros en Líbano y el Tauro para conseguir madera suficiente mientras los estrategas de Jerjes ponían a punto el gran plan de invasión de Europa. Los reyes de Tracia y Macedonia, que se encontraban en la línea principal de la invasión, se vieron obligados a someterse y a prestar su colaboración. Los arquitectos de Jonia prepararon el proyecto de un gran puente sobre barcos

para permitir el paso del inmenso ejército por el estrecho de Helesponto y cruzar el istmo de la península calcídica y evitar así que la flota tuviese que doblar el cabo del monte Athos plagado de escollos. Asia entera se preparaba para volcar sobre Grecia una marea de infantes y caballeros que la convirtieran en una nueva provincia obediente y sometida al dinastes de Susa o en un desierto cubierto de ruinas humeantes.

Las primeras noticias de estos preparativos comenzaron a llegar a Grecia con la avanzadilla de naves que el buen tiempo condujo a los puertos de Atenas, Egina y Githion, pero no fueron creídas de inmediato. Por otra parte, los dramáticos acontecimientos de Esparta habían tenido ocupada durante mucho tiempo la mente de los gobernantes y ciudadanos. Se había difundido la noticia de que el rey Cleomenes, menospreciado por haber sido depuesto y expulsado de la ciudad, estrechaba alianzas en Arcadia y Mesenia y pensaba marchar contra su propia patria. Alarmados, los Éforos decidieron volver a acogerlo para poder controlarlo mejor y le ofrecieron recuperar la dignidad regia. Aristarcos y su hijo Brito, junto con unos cuantos amigos, lo recibieron cuando entró en la ciudad una tarde de verano, cubierto de polvo, marcado por los años y la rabia tanto tiempo contenida. El viejo rey desmontó del caballo, se quitó el yelmo crestado, miró a su alrededor para contar a los pocos fieles y pareció darse cuenta de que para él todo había terminado; el viejo león había ido a caer en la trampa pero tal vez estaba demasiado cansado para seguir luchando. Estrechó la mano que Aristarcos le tendía y este le besó la mejilla hirsuta.

—Todos nosotros nos alegramos de tu regreso, oh, rey, y te ofrecemos la fuerza de nuestro brazo y la fidelidad de nuestro corazón.

El rey clavó la vista en el suelo y murmuró:

—Grande es tu valor, Aristarcos, pues no has temido mostrarte como amigo de quien está en desgracia, pero cuida de ti y tu familia. Corren tiempos de engaños y maldades. El coraje y el valor parecen haber desaparecido de esta ciudad.

Enfiló por el camino que llevaba a su casa, abandonada hacía tiempo.

A su paso se cerraban las puertas y la gente se metía en sus viviendas.

Cuando llegó ante su hogar encontró a los Éforos que lo esperaban. El más viejo se inclinó apenas y le entregó el cetro diciéndole:

—Salve, oh, Cleomenes, hijo de Anaxándrides, te entregamos el cetro que fuera de tu padre.

El rey lo saludó apenas con una inclinación de la cabeza y entró por la puerta descolgada de los goznes. Se despojó de la clámide empolvada, la lanzó sobre un escabel y se sentó con las manos apoyadas en las rodillas.

Oyó pasos a sus espaldas pero no se volvió; pensó que de un momento a otro un puñal se le clavaría entre los hombros, pero no fue así, sino que oyó una voz desconocida que le decía:

—Rindo honores a mi rey y saludo a mi hermano.

—¿Tú, Leónidas?

—Sí, yo. ¿Acaso te sorprende verme?

—No, no me sorprende, pero habría preferido verte hace un momento, bajo la luz del sol, acompañado de los amigos que han ido a recibirme. De tus manos me habría gustado recibir el cetro de nuestros antepasados, y no de esa serpiente venenosa que está ahí fuera.

—No deberías haber vuelto, todos saben que has convencido a la pitonisa de Delfos para que vaticinara contra Demarato. Los Éforos te han pedido que regresaras por miedo, a menos que...

—Lo sé, a menos que se trate de una trampa para eliminarme de una vez por todas. Me di cuenta en cuanto llegué. Casi nadie fue a recibirme, salvo Aristarcos, su hijo Brito y pocos amigos más... Ni siquiera tú, aunque te comprendo, porque eras rey y mi regreso significa que...

—No significa nada de lo que piensas —le interrumpió Leónidas—.

Nunca aspiré a la sucesión, incluso porque me habría precedido mi desafortunado hermano Dorieo, que ahora yace en la lejana tierra de Sicilia, enterrado entre pueblos bárbaros. Cuando te fuiste, mi ánimo estaba triste y no tuve el valor de hablarte, temía que por tu mente pasara lo que ahora me parece ver...

Cleomenes lo escuchaba absorto mientras trazaba extraños signos en las cenizas del hogar. Levantó la cabeza y en la oscuridad miró fijamente el rostro de Leónidas, enmarcado por la corta barba cobriza.

—Agradezco tus palabras, Leónidas: este es para mí un momento de suprema amargura y mi destino se anuncia negro a mis ojos. En momentos como este la palabra de los amigos es el único remedio para la desgracia.

Escúchame, escúchame bien: todo ha acabado para Cleomenes, lo sé, si bien antes de llegar aquí abrigaba alguna esperanza. Algo se está gestando para mí y tal vez es justo que así sea; ¿acaso no soy quien osó profanar la santidad del templo e insultar al dios de Delfos? Si ha caído sobre mí la maldición, no intentaré sustraerme al destino. Pero no debes volver a

verme; dentro de poco, el cetro de Anaxándrides, nuestro padre, estará de nuevo en tus manos, que no deben volver a estrechar la mía, mano de sacrílego a quien los dioses han expulsado de su presencia.

Leónidas hizo ademán de interrumpirlo.

—No, escúchame —continuó Cleomenes—, debes hacer lo que te digo, y Aristarcos también. Dile que no olvido su amistad y su valor, pero tiene un hijo, un guerrero valiente digno de la gloria del padre. No quiero que su futuro quede manchado por haberme prestado su ayuda ni por haber sido mi amigo. De ahora en adelante, Cleomenes debe quedarse solo y afrontar su destino. Es el único camino que me queda.

Se puso en pie y dijo:

—Adiós, Leónidas, y algún día recuerda que no me detuvo la idea de perderme por el bien de mi ciudad y de todos los griegos. Por eso no dudé en recurrir al engaño con tal de eliminar a Demarato. Él defendía a los amigos de los persas, unos bárbaros, y ahora, lo sé con certeza, se encuentra junto al Gran Rey. Pero nada de esto cuenta ya. Estaba escrito que Cleomenes debía morir difamado en su propia ciudad.

Leónidas clavó la mirada en los ojos cansados del viejo guerrero: ¿qué quedaba del terrible exterminador, de la mente fría y lúcida, capaz de concebir los planes de batalla más intrépidos y ponerlos en ejecución sin previo aviso? Sintió una profunda pena por aquel hombre que su padre había engendrado con otra mujer y al que siempre había admirado, aunque nunca había llegado a querer como a un verdadero hermano.

—Quizá tengas razón —dijo—. Son pocos los hombres que han tenido el valor de desafiar a los dioses y tú eres uno de ellos, oh, Cleomenes. Haré lo que dices para que en el cuerpo de Esparta no se abran más heridas. A la ciudad le esperan momentos difíciles. Adiós, oh, rey, sé que no harás nada que pueda manchar tu fama de guerrero. Por tus venas fluye la sangre de Heracles.

Antes de salir se detuvo un instante en el vano de la puerta, bajo la blanca luz enceguecedora que venía de fuera, y luego se perdió en la calle desierta.

El final de Cleomenes fue horrible.

Se dijo que se había entregado a la bebida, a la manera de los bárbaros de septentrión, mucho vino solo, y que había perdido la razón. Se dijo que le había tomado odio a todos y que golpeaba con el cetro a cuantos se cruzaban con él por la calle. Los Éforos declararon que ya no se podía

tolerar semejante vergüenza; mandaron prenderlo y lo ataron a un tocón en una plaza de la ciudad. Desde allí, el rey, arrodillado, con las muñecas cortadas por las cadenas, las ropas hechas jirones, la barba larga, centro de las burlas de sus adversarios, miraba como atontado a los viandantes e imploraba la muerte. Una mañana, poco antes del alba, consiguió sorprender al ilota que, a manera de injuria, le habían colocado como guardia, lo dejó sin sentido con un golpe de las cadenas aprovechando un instante en que se había dejado vencer por el sueño. Le quitó el puñal y comenzó a lacerarse horriblemente las piernas, los muslos, las caderas.

Hubo quien dijo que lo oyó lanzar gritos espantosos en el silencio de la mañana; otros dijeron que el eco de una carcajada enloquecida y espantosa se dejó oír en las casas de alrededor y que cuando el ilota volvió a abrir los ojos vio al rey derrumbado en un charco de sangre desde donde lo miraba con ojos llameantes, rechinando los dientes en una mueca atroz. El rey volvió a usar el puñal y se abrió el vientre.

Así murió Cleomenes, hijo de Anaxándrides, lanzando a la cara de su ciudad su propia sangre y su carne desgarrada.

Cuando Talos supo que Cleomenes había regresado, abrigó la esperanza de poder ver otra vez a Antinea, pero no tardó en dejar de hacerse ilusiones. Se enteró de que Cratipo no se había atrevido a volver de inmediato a Esparta y se había dirigido a sus propiedades de Mesenia llevando consigo a Pelias y a la hija de este. Por más empeño que puso no consiguió averiguar más; en cierta ocasión, unos pastores mesemos le contaron que el viejo Pelias sobrevivía a duras penas con el cultivo de un mísero campo y que la muchacha se afanaba de la mañana a la noche para aliviar a su padre de tantas fatigas. Le mandaba decir que no lo olvidaba y que su corazón jamás sería de otro. Eso mismo le contó Caras, que lo había oído referir a los pastores y le dijo que no desesperara, que tal vez un día los dos regresarían a su granja del llano. Pero Talos prefería no seguir alimentando la esperanza para no atormentarse más.

En ausencia de Cratipo él seguía entregando cada año la cosecha a su superintendente y siempre que podía iba de caza con Caras y cuidaba de su madre. Los acontecimientos tumultuosos de su primera juventud se alejaban cada vez más y con el paso de los días se iba confundiendo con los otros pastores de la montaña. El secreto del que era único depositario yacía en el fondo de su alma, sepultado bajo una especie de olvido, como un objeto inútil abandonado en una cabaña vacía.

Los rumores sobre los preparativos del Gran Rey en Asia comenzaron a llegar hasta aquellas tierras, donde él seguía con su existencia de siempre, provocando la curiosidad y, con el tiempo, la preocupación de su gente. Se preguntaban si la guerra llegaría hasta allí, si de verdad el rey de los persas llevaría sus tropas a ese lado del mar. Las mujeres se inquietaban al oír aquellas murmuraciones, pensaban en el día en que sus hombres partirían con los guerreros dejando atrás sus casas, las tareas del campo y los rebaños, para enfrentarse a las fatigas, el hambre, la sed y a terribles penurias sin ventaja alguna, sin esperanza alguna. La guerra para aquella gente, obligada a llevar una dura carga cotidiana, se convertía en una pesadilla. La última guerra en la que el rey Cleomenes se había enfrentado a los argivos había costado muchas desventuras y no pocas vidas, pero se había desarrollado a corta distancia de sus casas. Si era cierto que el Gran Rey llegaría a Grecia, nadie podía prever dónde se desplegaría ni cuánto duraría el conflicto. Se daba escasa importancia al hecho de que vencieran unos u otros, porque nada iba a cambiar para los desdichados ilotas, a quienes los nuevos vencedores no liberarían del pesado yugo que debían soportar.

Y así pasaron tres años, hasta que un día se difundió la noticia de que el ejército del rey, increíblemente numeroso, comenzaba a concentrarse en las inmediaciones de Sardes para marchar hacia el Helesponto. De todos los puntos de Grecia llegaron mensajeros a Esparta y de ella partieron otros en todas las direcciones. Eran la movilización y el estado de alarma que precedían siempre a la guerra. El rey Leónidas y el rey Leotíquidas salieron una mañana de otoño con su séquito rumbo a Corinto. Una vez allí, en el istmo, cerca del templo de Poseidón, se reunirían con los representantes de decenas y decenas de ciudades para idear un plan de defensa común. Los dos soberanos sabían bien cuál era el parecer de los Éforos, los Ancianos y la Asamblea de los Guerreros: insistir para que la línea de defensa se dispusiera exactamente en el istmo e impedir así la entrada al Peloponeso del ejército invasor, aunque sabían bien que los atenienses, los plateenses y los foceos pedirían que las tropas confederadas se desplegaran en las Termópilas, desde donde se podría defender también la Grecia central.

En la gran sala del consejo de Corinto estaban sentados los representantes de treinta y un estados griegos que habían decidido oponer resistencia al Gran Rey. Cuando entraron los reyes de Esparta los dos guardias se pusieron firmes y presentaron armas. El rey Leónidas y el rey

Leotíquidas ocuparon los escaños que les habían reservado. La sala estaba llena y el representante corintio se puso en pie para iniciar la asamblea.

Leyó el tratado que debían firmar: en él se decía que mientras durara la guerra contra los bárbaros debía reinar entre ellos la concordia más absoluta. Anunció que se mandaría llamar a todos los exiliados políticos y que se procedería a constituir el ejército confederado. El rey Leónidas y el rey Leotíquidas guiarían el ejército de tierra y el navarca Euribíades tendría el mando supremo de la armada, formada en su mayor parte con los barcos aportados por Atenas. El magistrado corintio declaró que los corcirenses también se habían unido a la alianza y que mandarían su flota; Siracusa, en cambio, se había negado porque el tirano Gelón pretendía para sí el mando supremo o al menos el mando de la flota, lo cual no podía concedérsele en absoluto.

Habían enviado ya soldados de reconocimiento a Asia y a Sardes para tener noticias más exactas sobre el ejército del rey, pues su consistencia era objeto de muchas discusiones. Había quienes consideraban absurdos los datos obtenidos. Hasta ese momento todo iba bien; los ánimos no estaban distendidos, pero quedaba claro que a todos los delegados los impulsaba una voluntad común: resistir. Las dificultades surgieron cuando debieron tomar las decisiones operativas. El rey Leotíquidas se mostró porfiado: la línea principal de defensa debía estar en el istmo donde, desde hacía tiempo, había comenzado la construcción de una triple fortificación. Incluso en caso de que el resto de Grecia se viera obligado a capitular, desde el Peloponeso habrían podido lanzar la contraofensiva. Sus argumentos se basaban sobre todo en el hecho de que al norte del istmo no había otras posiciones tan fácilmente defendibles.

No era así y el delegado ateniense, Temístocles, hijo de Neocles, lo demostró después de ponerse en pie y pedir la palabra. Estaba claro que se trataba de un hombre distinto de todos. Su verbo era incisivo, brusco, tajante a veces, su mente clarísima y aguda, sus argumentos apremiantes.

Mientras hablaba, el rey Leónidas lo escuchaba con suma atención sin perderse una sola palabra de lo que decía; se daba cuenta de que los griegos necesitaban tanto de la genialidad ateniense como de la fuerza espartana.

Temístocles, hijo de Neocles, concluyó:

—Por ello, oh, señores, es indispensable que la línea de defensa se despliegue en las Termópilas . El paso no es la puerta del Ática, como he oído decir en esta sala, sino la puerta de Grecia entera; si defendemos las

Termópilas defenderemos también el Peloponeso. Sin contar —añadió—

que si Atenas fuera arrasada por los bárbaros o bien obligada a ceder —

Leónidas se acomodó en el sitial e intercambió con su colega una mirada cargada de significados—, ¿quien defendería vuestras costas de un desembarco persa? ¿De qué sirven las fortificaciones que se construyen febrilmente a lo largo del istmo si no hay una flota que les defienda las espaldas? El enemigo podrá desembarcar un ejército en cualquier punto de Laconia, Argólida, Mesenia o desembarcar varios contingentes en distintos puntos y obligaros a desperdigar vuestros ejércitos, para después lanzar el ataque final con el grueso de las fuerzas. Por más valientes que sean, ni siquiera los espartanos —prosiguió el orador con ardiente pasión dirigiéndose directamente a los reyes lacedemonios sentados ante él—

podrían abrigar la esperanza de rechazar el ataque de Asia entera sin el apoyo de una flota.

Los reyes de Esparta no pudieron sustraerse al compromiso de enviar tropas a las Termópilas , pero no estuvieron en condiciones de asegurar la intervención de todo el ejército peloponense. De hecho, sabían bien que los Éforos y los Ancianos nunca aprobarían el envío de todos los guerreros espartanos fuera del Peloponeso. Cuando los oradores terminaron de hablar se abrieron las puertas de la gran sala y entraron los sacerdotes para la ceremonia del juramento. Los confederados juraron por el dios de Delfos que no se retirarían de la guerra hasta que en tierras griegas no hubiera caído el último bárbaro y juraron castigar a todos aquellos que, aunque fuesen griegos, ayudasen a los persas traicionando a los de su sangre. Al caer la tarde los delegados salieron y cada uno regresó a su casa. El rey Leónidas y el rey Leotíquidas se quedaron en Corinto a pasar la noche pues tenían que llegar a acuerdos con los magistrados de la ciudad para coordinar las operaciones de guerra, el enrolamiento de las tropas, la preparación de los barcos de guerra que formarían parte de la flota confederada. Después de una cena frugal, el rey Leónidas se retiró a la casa que había sido puesta a su disposición por el gobierno de la ciudad; fue entonces cuando el guardia que vigilaba la entrada le anunció que alguien quería hablarle: era Temístocles, el almirante ateniense.

—Pasa —le dijo el soberano recibiéndolo en la entrada—, eres bienvenido a esta casa.

El ateniense se sentó y se acomodó el blanquísimo palio sobre los brazos.

—¿Cuál es el motivo de tu visita? —inquirió el soberano.

—Oh, rey, he venido para ponerte al corriente de hechos muy graves que están ocurriendo y que pueden dañar seriamente nuestra causa.

El rey lo miró alarmado.

—¿De qué se trata?

—Sé de buena fuente que las naciones del centro y de septentrión se preparan para someterse al Gran Rey o para colaborar con él. No es eso todo; el oráculo de Delfos está de su parte. ¿Sabes qué respuesta les ha dado a los delegados de mi ciudad que fueron a consultarlo?

—Oí decir que se trataba de un vaticinio claramente desalentador, pero desconozco su contenido exacto.

—Decir desalentador es decir poco —continuó el ateniense—. El oráculo profetizaba a la ciudad espantosas desgracias, destrucciones y lutos sin fin si los atenienses osaban resistirse a los medos. Los delegados se descorazonaron de tal manera que no se atrevían a regresar a la ciudad.

Decidieron entonces volver a presentarse como suplicantes para solicitar otra respuesta. Fue entonces cuando el oráculo me ofreció, sin que yo lo supiera, la forma de salvar a la ciudad del desaliento y el pánico. Las palabras que la pitonisa profirió después no fueron menos tremendas que las primeras; sin embargo, al final decía que la ciudad podría defenderse erigiendo un dique de madera. Un absurdo carente de todo significado que yo interpreté en el sentido de que nuestra única salvación podía ser una gran flota de barcos de guerra.

Leónidas lo miró con cara de sorpresa.

—Eres más astuto que Odiseo —le dijo—, pero lo que dices es muy grave. ¿De veras crees que el oráculo obra de mala fe?

Temístocles calló, perplejo; le parecía un exceso recordar cómo había convencido el rey Cleomenes a la pitonisa Perialla para que negara el nacimiento legítimo de Demarato. Comprendió que no hacía falta cuando el rey Leónidas, confundido, inclinó la cabeza.

—Estoy absolutamente seguro —repuso entonces el almirante ateniense—. Por una parte, las naciones de septentrión controlan la anfictionía de Delfos con la mayoría absoluta de votos. La única manera que tenemos de oponernos a esta política o de neutralizarla es dar a saber claramente a nuestros aliados que no tenemos nada contra el santuario y hacer hincapié en la parte de nuestro juramento que dice que los traidores serán castigados y obligados a pagar el diezmo al templo de Apolo. ¡Ay de

nosotros si fuésemos tachados de adversarios del dios o de indiferentes a los oráculos! Hasta ahora he logrado sortear el obstáculo, pero no ha sido fácil.

De todas maneras, es preciso hacer cuentas con los tesalienses, beocios, perrebos y eneatas, sin olvidar a los macedonios. El rey Amintas es amigo nuestro, pero su posición es insostenible. No podría resistir ni un solo día.

El Gran Rey puede acampar sus tropas en Grecia central y desde allí atacarnos tranquilamente confiando en la sumisión y la colaboración de los traidores. Incluso por este solo hecho resulta indispensable que tu gobierno se convenza de que debe desplegar todas las tropas disponibles en las Termópilas .

Después de escuchar con atención, el rey de Esparta respondió:

—Estoy de acuerdo con lo que dices, oh, Temístocles, y puedes estar seguro de que haré cuanto esté en mi mano para convencer a los Éforos y a los Ancianos, aunque sabes bien que mi autoridad tiene sus límites. Pero en cualquier caso, deseo que sepas que yo estaré presente en las Termópilas .

—Ya es mucho, oh, rey —dijo Temístocles—, vuelvo contento a mi ciudad sabiendo que el rey Leónidas no solo es un valiente guerrero, sino también un hombre sabio y generoso. Esta promesa tuya tiene para mí gran valor, tanto que siento la necesidad de corresponder a ella como se hace con los regalos que impone la hospitalidad. Es mi deseo que sepas que cuando el rey Leónidas esté con sus tropas en las Termópilas , allí estará también el barco de Temístocles para guardarle las espaldas desde el mar y que preferirá pagar con su vida antes que faltar a su promesa. Y ahora —dijo poniéndose en pie—, todos tenemos necesidad de descansar: que la noche te sea propicia, oh, rey Leónidas.

—Y propicia te sea a ti también, huésped ateniense —dijo el soberano al tiempo que se incorporaba para acompañar a Temístocles a la puerta.

En ese preciso momento se oyó galopar un caballo sobre el empedrado de la calle. Iba hacia allí; un instante después, les llegaron un relincho y voces apremiantes ante la puerta. Llamaron y entró un guardia:

—Oh, rey, un mensajero pide verte ahora mismo.

—Hazlo pasar —ordenó el rey.

Un hombre cubierto de polvo y extenuado por el cansancio entró y le tendió a Leónidas un rollo de cuero, lo saludó militarmente y se retiró. El rey abrió el rollo y releyó rápidamente el mensaje. Temístocles lo vio palidecer.

—¿Ocurre algo grave?

—Los Ancianos mandaron consultar el oráculo en relación con la guerra que estamos a punto de iniciar y les llegó la respuesta.

Y leyó despacio:

A vosotros, habitantes de Esparta, la de los anchos caminos, o la gran fortaleza ilustre por los hombres perseidas es devastada o a un rey de la estirpe de Heracles,

si ello no ocurre, muerto llorar deberéis.

Temístocles se acercó y aferró al rey del brazo.

—No le prestes atención, Leónidas, el oráculo está abiertamente de parte de los persas, no puedes otorgarle ningún valor a esas palabras.

Leónidas lo miró con expresión absorta.

—Quizá sea cierto lo que dices, huésped ateniense, pero a veces el dios hace oír su verdad incluso a través de la boca de los malvados.

Abrió la puerta que daba a la calle.

—A principios de primavera estaré en las Termópilas —dijo con voz firme.

El ateniense asintió con una inclinación de cabeza y después de estrecharle la mano se marchó arrebujado en su blanca capa. En la calle, ráfagas de viento frío arremolinaban las hojas secas de los plátanos.

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