Talos de Esparta

Valerio Massimo Manfredi · Capítulo 10 de 23

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Talos de Esparta

El Hoplita Solitario

Los episodios que acompañaron el final de Aguías fueron para Brito el golpe de gracia. En los días siguientes se encerró por completo en sí mismo, dejó de hablar y se negó incluso a comer. Una noche sin luna abandonó su casa, decidido a quitarse la vida. Quería ahorrarle a su madre el horrible espectáculo que los padres de Aguías se vieron obligados a contemplar; por ese motivo fue hasta el Taigeto. Esperó a que se hiciera noche cerrada y a que todos durmieran, cruzó descalzo el atrio y salió al patio. Melas, el dogo, se le acercó gañendo, y lo hizo callar con una caricia.

—Quieto, Melas, quieto —le dijo en voz baja, y lo mandó sentarse.

Le pasó la mano por el lomo brillante y pensó con amargura en el día en que su padre se lo había regalado; se levantó y se internó en el campo por el sendero que llevaba al bosque y que, de muchacho, recorriera mil veces con sus compañeros. Vagó durante largo rato por el bosque, asaltado por el temor que le inspiraba aquella muerte oscura, sin honor ni consuelo, una muerte para la que nadie lo había preparado. Buscó un sitio donde nadie pudiera encontrarlo, pero al mismo tiempo se estremeció al pensar en su cuerpo abandonado e insepulto, presa de los animales, y en su alma que vagaría sin sosiego en el umbral del infierno. Pensó también en su ciudad, que había exigido la sangre del rey Leónidas y la de su padre, inmolados como víctimas en el altar, tal vez inútilmente; en su ciudad, sobre la que caía el horrendo escarnio del rey Cleomenes, del pobre Aguías, y que se vería manchada, sin siquiera saberlo, por el suyo. Salió al claro, en lo alto de una colina, cerca de un frondoso acebo con el tronco cavado envuelto por tupidas matas de zarzas. Había llegado el momento de acallar todas las voces y hacer lo que debía; sacó el puñal, se apoyó la punta en el corazón y, con la mano derecha abierta, se dispuso a hundirlo con la palma. En ese momento, un enorme puño hirsuto cayó sobre su cabeza como una maza dejándolo tendido y exánime.

—Por Zeus, Caras, te dije que lo aturdieras, no que lo destrozaras —

dijo una voz.

—La cuestión es —gruñó el coloso— que estos jóvenes ya no están hechos de la misma madera que antes.

—¿Qué quieres decir?

—Lo que he dicho —respondió la voz entre la espesa barba—, tendrías que haber visto cómo se luchaba hace veinte años contra los tracios en el Helesponto. Había un mercenario espartano que perdió la lanza y hundía los escudos enemigos a puñetazos.

—Nunca me dijiste que hubieras combatido con los tracios.

—He combatido con todos —gruñó Caras cargando sobre los hombros el cuerpo de Brito—Pero vámonos antes de que se haga de día.

Se dirigieron a la fuente de arriba y entraron en la cabaña de Caras cuando comenzaba a amanecer.

—Por fin —bufó Caras descargando su fardo sobre la yacija de pieles de cabra—. Empezaba a pesar.

Talos se quitó la capucha y la capa con la que se cubría por completo y se sentó.

—¿Por qué no sacas algo para comer? —le preguntó—. Este paseo nocturno me ha abierto el apetito.

—De acuerdo —repuso Caras—, pero no creo que haya mucho; últimamente no he tenido demasiado tiempo para ocuparme de esta casa.

De una alforja salió un mendrugo de pan y de una caja un panal de miel.

—Por suerte tengo esto —dijo depositándolo todo en un escabel—, lo encontré ayer en el agujero de la encina en la cima de Amicles. Y ahora,

¿me dirás qué quieres hacer con ese? —le preguntó señalando a Brito, que yacía a poca distancia, en el suelo.

—Quiero que se salve, es todo.

—Ah —masculló el gigante barbudo—, pues yo digo que hay que estar loco. Si hubiéramos dejado que las cosas siguieran el rumbo que debían, a esta hora habría un espartano menos, pero no ha sido así —

protestó con la boca llena—Me has obligado a darme todo ese paseo para traernos a este loco, he tenido que cargar con él como un saco de harina desde el acebo grande hasta aquí. «Algo tendrá en mente», pienso yo,

«querrá vengarse de alguna ofensa o pedir rescate o entregarlo a los persas en cuanto lleguen por aquí», ¡pero no, no señor, lo quiere salvar y nada más!

—Escúchame bien, cabeza dura —le dijo Talos—. Hay algo de ese hombre y de su familia que quiero descubrir a toda costa, por eso no quiero que muera, ¿has entendido?

—He entendido, he entendido —gruñó Caras y tragó el bocado—, no discuto más.

—Muy bien, y ahora es preciso hacer que duerma, porque si despierta se pondrá a gritar y a desvariar.

Caras levantó el puño ciclópeo.

—¡Por Zeus, así no, que lo matarás!

—Escúchame, muchacho, no querrás que lo tome en brazos y le cante una nana, está demasiado crecido y no tengo ninguna gana.

—Vamos, Caras, no es momento para bromas. Quería decir que podríamos darle algún fármaco para dormirlo. Sé muy bien que los tienes porque me hiciste beber algo cuando estaba magullado y dolorido después de la incursión de la Cripteia, algo que hizo que durmiera y se me calmara el dolor.

—Ya no me queda —refunfuñó el pastor al tiempo que sacaba un polvo de una bolsita de piel y lo mezclaba con miel y vino.

Talos sonrió. Poco después le hizo tragar unos sorbos del preparado a Brito, que seguía medio inconsciente.

—Y ahora escúchame bien —prosiguió Talos—, porque tengo que pedirte otro gran favor.

—¿De qué se trata esta vez? ¿Quieres que te traiga al rey Leotíquidas metido en un saco y tal vez a los cinco Éforos?

—No, Caras, quiero una armadura.

Caras se puso serio y lo miró fijamente a los ojos.

—Ya tienes una armadura... si de veras la quieres.

—No, Caras, todavía no ha llegado el momento.

—Entonces, ¿de qué armadura se trata? No entiendo.

—Verás, Caras, no tienes que preocuparte por entender, solo debes hacer lo que te pido. Si te crees capaz.

—Se trata entonces de robarla, si no me equivoco.

—No te equivocas... ¿Qué me dices?

—Que no tengo miedo a nada, ¿qué tipo de armadura te hace falta?

—No una cualquiera... se trata de la armadura del noble Aristarcos... se encuentra en un arca en la casa de los Cleoménidas.

Caras tragó saliva.

—¿En la casa de los Cleoménidas? Por Pólux, ¿no podías encontrar otro lugar?

—Ya lo sé, Caras; aunque claro, si no te atreves...

—¡Por todas las furias del averno! Si la quieres, te la traeré; lo que ocurre es que no me será fácil deshacerme de esa maldita bestia que se pasea por el patio, preferiría enfrentarme a Cerbero antes que a ese monstruo negro.

—Puedes contar con la ayuda del sirviente, es de los nuestros.

—Está bien —dijo Caras—; tendrás esa armadura dentro de dos días a lo sumo.

Intentó incorporarse y sentarse pero una punzada en la cabeza volvió a clavarlo al lecho; no lograba darse cuenta de dónde se encontraba; después, poco a poco, las imágenes se fueron definiendo a medida que se le aclaraba la vista.

—Por fin despiertas —dijo Talos sentado al lado del fuego—, ¿sabes cuánto llevas dormido?

—¿Tú? —preguntó Brito, asombrado—. ¿Dónde estoy? ¿Quién...?

—Te lo explicaré todo, pero tienes que escucharme... No —dijo Talos al ver que la mano de Brito iba al cinturón—. No, has sido despojado de tu puñal. Has demostrado no saber hacer un buen uso de él.

Brito intentó levantarse otra vez, enfurecido al darse cuenta por fin de lo que había ocurrido, pero otra punzada en la cabeza volvió a tenderlo en el lecho de pieles.

—Caras tiene la mano pesada —le explicó Talos—; me temo que el dolor de cabeza te durará unos cuantos días. Sin contar que te hemos hecho beber una poción para que durmieras. Ahora te daré algo de comer, necesitas reponer fuerzas.

—No comeré —respondió Brito, cortante—, y así moriré de todos modos. He tomado una decisión y no pienso echarme atrás solo porque tú y ese tal Caras del que hablas me hayáis cogido a traición. ¿Crees acaso que quería matarme en un instante de abatimiento...? Un guerrero espartano jamás se desalienta, jamás, ilota. Debo morir porque no puedo vivir deshonrado, como tampoco pudo vivir Aguías.

—Deja ya de hablar como si fueras el gran Zeus en persona. En este momento no eres más que un hombre, como yo. Sé bien lo que piensas, como sé bien lo que se piensa de ti en tu ciudad. Te llaman «aquel que ha temblado».

Brito le lanzó una mirada cargada de odio.

—Es tu momento, ilota, ¿no es cierto? De acuerdo, disfruta de él mientras puedas, porque si no consigo quitarme la vida, te mataré con mis

propias manos.

Talos sonrió burlón.

—Un gesto de veras glorioso, matar a un ilota tullido. Sé muy bien que este tipo de empresas no te resultan nuevas, aunque de costumbre te rodeas de una nutrida compañía para estar seguro de no fallar.

—Maldito tullido —rugió Brito—, aquel día debí matarte como a un perro.

Talos extrajo el puñal de Brito del saco de Caras y se lo ofreció.

—Si eso es lo que deseas, aún estás a tiempo —le dijo, con tono gélido.

Brito clavó los ojos en el filo, como hipnotizado, y después inclinó la cabeza.

—¿Por qué has impedido que me matara?

Talos inspiró hondo y después de guardar el arma, contestó:

—Si quieres que te diga la verdad, ni siquiera yo mismo lo sé, puesto que mantenerte con vida no me trae ningún beneficio. Pero digamos que tengo un motivo que solo a mí me interesa y que por ahora no te puedo decir. Aunque puedo desvelarte una razón por la que deberías desear seguir con vida.

—Si existiera, ya la habría encontrado —repuso Brito con una amarga sonrisa—, ¿acaso crees que es agradable clavarse un puñal entre las costillas?

—Escúchame bien —le dijo Talos—, no entiendo del todo vuestro código de honor, pero creo que matándote no habrías hecho más que confirmar la acusación que te hizo la gente de salvarte de la matanza de las Termópilas junto con tu amigo Aguías. Además, habrías dejado sola a tu madre, que ya perdió a su marido.

—Las espartanas están acostumbradas a vivir solas —lo interrumpió Brito—, y están hechas a la idea de que sus maridos puedan morir en defensa de la patria.

—Justo es lo que dices —continuó Talos—; ¿te parece acaso que anoche ibas a morir en defensa de la patria? En cuanto a vuestras mujeres, es verdad, no lloran a gritos como hacen las de otras ciudades y soportan las desgracias con fortaleza, pero ¿por ventura crees que no sienten dolor? No es esa la cuestión. Si eres un hombre debes vivir y demostrar que no has temblado, demostrar que la infamia con la que te han cubierto es injusta,

debes recuperar el nombre de tu familia, una de las más ilustres de la ciudad.

Brito se quedó largo rato absorto, con los ojos entrecerrados, y luego rompió el silencio.

—¿Cómo hacer lo que tú dices? No existen testigos de lo ocurrido en las Termópilas ... o tal vez Crésilas... sí, Crésilas fue llevado a Alpeni con una infección en los ojos, tal vez...

—Crésilas murió —lo interrumpió Talos secamente—. Cuando supo que los trescientos estaban rodeados, se hizo llevar de la mano por sus ilotas hasta el campo de batalla y se lanzó contra los persas, medio ciego como estaba, y no tardaron en abatirlo.

Brito se incorporó despacio, se sentó y se llevó la mano derecha a la frente.

—Sabes demasiadas cosas para ser ilota.

—Te equivocas, Brito, precisamente porque soy ilota sé tantas cosas.

Vuestra casta no puede prescindir de nosotros; por tanto, nuestra gente está en todas partes: estaba en las Termópilas , estaba con Crésilas, estaba en el funeral de Aguías.

—Loco —murmuró Brito—, ¿no pensarás acaso que puedo recuperar mi honor y el de mi familia pidiéndole a tu gente que diga por ahí lo valiente que he sido?

Talos sonrió.

—No estoy tan loco; digamos que estoy más loco de lo que crees.

—¿Qué insinúas?

—Que puedes recuperar el honor luchando, es el único camino que tiene un guerrero.

—Es imposible —respondió Brito con aire resignado—. Mis compañeros me rechazarían, nadie querría formar a mi lado en la batalla.

—No me refiero a eso —le rebatió Talos—, sé muy bien que no puedes recuperar el puesto en las filas de tu ejército.

—¿Y entonces?

—Puedes combatir solo.

Brito lo miró con cara de asombro.

—Has comprendido muy bien; si de verdad eres valiente y si la única forma que tienes de sobrevivir es redimirte, entonces tendrás que luchar solo. Presta atención: debes reponerte y recuperar fuerzas, después partiremos hacia el sur para luchar contra los persas de todas las formas que

sea posible hasta que tu fama induzca a la ciudad a volver a creer en ti y te mande llamar.

—Ilota, estás rematadamente loco —contestó Brito después de unos instantes de reflexión—. Nadie ha intentado jamás semejante empresa; además, estoy desarmado.

—Si no tienes ánimos suficientes para batirte en una empresa que, sin duda, es casi desesperada, entonces no tengo más que decirte. Pero creo que solo una empresa desesperada puede remediar una situación desesperada.

En cuanto a las armas, las tendrás antes de que el sol se haya puesto dos veces.

Brito comenzaba a recobrar el interés, discutía y rebatía, ponía objeciones. Talos se dio cuenta de que había conseguido arrancarlo de la muerte... por lo menos de esa muerte.

—Podría regresar a mi casa y recoger mi armadura —dijo.

—No —le dijo Talos—. Nadie debe volver a verte hasta que no llegue el momento, ni siquiera tu madre. Piensa en lo que te he dicho, piénsalo bien.

En ese instante se abrió la puerta y entró Caras.

—¿Quién es? —inquirió Brito.

—A quien le debes la vida —respondió Talos con una sonrisa—, y el dolor de cabeza; se llama Caras.

—Veo que está mejor —rezongó el gigante al tiempo que se sentaba junto al fuego apagado—. ¿Ves que no tenías motivos para preocuparte?

—¿Qué noticias traes, Caras? —le preguntó Talos.

—Muchas e importantes: los atenienses han puesto en fuga a la flota persa cerca de la isla de Salamina; los jonios se han pasado a su bando y el Gran Rey tuvo que retirarse. Atenas vuelve a estar en manos de sus ciudadanos, que han iniciado su re construcción, pero el grueso de las fuerzas persas de tierra sigue en Grecia; parece que se disponen a pasar el invierno en Tesalia para reiniciar el ataque la próxima primavera. Los tuyos

—prosiguió dirigiéndose a Brito— están enviando embajadas a todos los aliados con la intención de reclutar hasta el último hombre para el encuentro que, inevitablemente, está previsto que se produzca la próxima primavera.

—Por tanto —dijo Talos dirigiéndose a Brito—, dispones de varios meses.

—¿Para qué? —preguntó Caras.

—Lo sabrás a su debido tiempo —respondió Talos—. Ahora vete, debes hacer lo que te he pedido.

Caras salió después de recoger la capa y la alforja.

—Entonces —continuó cuando Caras se hubo marchado—, ¿qué piensas de mi propuesta?

—Quizá tengas razón —contestó Brito—. Pero ¿por qué hace un momento dijiste «partiremos»?

—Porque iré contigo.

—No lo entiendo...

—Tengo mis motivos; de todos modos, puedo serte útil. Sabes bien que sé batirme.

—¿Con el cayado? No creo que tengas idea...

—Espera —lo interrumpió Talos.

Apartó una piel de vaca que cubría el suelo de la cabaña , levantó una trampilla de madera y extrajo un saco untado con sebo, lo abrió y le enseñó el gran arco de asta.

—¿De dónde has sacado esa arma? —le preguntó Brito—. En mi vida había visto nada semejante.

—Es otra cosa que no puedo decirte. Deberás conformarte con saber que sé usarlo, y muy bien. Tú serás la infantería pesada y yo la infantería ligera. Los dos formamos un ejército.

—Entonces es verdad lo que oí decir, que alguien de esta montaña está armado con arco y flechas.

Talos sonrió.

—Caras tiene la culpa. Un día que íbamos de caza quiso usar este arco, alcanzó a un ciervo sin matarlo y el animal huyó con la flecha clavada.

Brito lo miró; renació en él con fuerza la curiosidad de saber quién era en realidad aquel ilota que poseía un arma fantástica, digna de un rey, y que, según sus propias palabras, sabía usar a la perfección. Al mismo tiempo, la idea de volver a empuñar las armas para una guerra en solitario comenzaba a alejar su espíritu del propósito de morir que lo había dominado.

—De acuerdo, Talos —dijo al cabo de un largo silencio—, haz que consiga mis armas y partiremos cuando quieras.

Talos sonrió, enigmático, y al ver que Brito volvía a dormirse, salió para regresar a su casa.

—Nos veremos mañana —le dijo—. Mientras tanto, no te muevas por ningún motivo.

—De acuerdo —asintió Brito, reanimado.

Se tendió en el lecho de pieles y se abandonó al sueño. Tenía la sensación de haber regresado del averno y el deseo de vivir volvía a fluir por sus venas.

A la mañana siguiente, con las primeras luces del alba, Brito despertó: la cabaña estaba desierta. Miró a su alrededor, se restregó los ojos y dio un brinco: en un rincón le pareció ver a un guerrero armado por completo; miró otra vez y con estupor se dio cuenta de que no se trataba más que de una armadura, la armadura de su padre, con el yelmo crestado y el gran escudo con el dragón.

En el centro de la aldea un grupo de soldados persas había reunido y empujado hacia una tapia a los cabezas de familia. Un oficial, rodeado de algunos siervos y acompañado por un intérprete, comunicaba la orden de requisa. El ejército del Gran Rey que se había quedado en Tesalia necesitaba trigo, puesto que la flota derrotada ya no estaba en condiciones de abastecerla. Uno de los cabezas de familia, un campesino anciano, de cabellos grises, le suplicaba:

—¿Cómo vamos a sobrevivir si os lleváis toda nuestra cosecha?

El oficial, un medo de largos cabellos rizados, se volvió al intérprete:

—Dile que no estamos aquí para discutir; es preciso que llenen esos dos carros de trigo. No me importa si les queda para ellos, yo tengo que llevar al campo la cantidad que me han mandado recoger.

El intérprete tradujo y añadió:

—No te conviene oponerte, campesino, estos hombres tienen orden de requisar el trigo a toda costa. Su ejército debe ser reabastecido y no dudarán en mataros si os oponéis.

—Pero tú eres griego... —gimió el pobre hombre.

—No soy griego —le espetó el intérprete, molesto—, soy un súbdito del Gran Rey, como vosotros; todos lo serán en este país, que ha osado resistirse a su ejército. Vamos, ¿qué debo decirle al comandante?

El hombre inclinó la cabeza y repuso:

—No tenemos salida; el trigo está en ese cobertizo de ahí, acabábamos de trillarlo.

—Magnífico —gorjeó el intérprete con su pronunciación ceceosa—.

Has tomado la decisión correcta. Y ahora, andando, muévete, no pretenderás que los soldados carguen el trigo.

El campesino habló en voz baja con sus compañeros y los condujo luego al cobertizo.

—Muy bien —dijo el oficial alisándose con aire satisfecho la barba untada de sebo—. Estos parecen razonables. Deben acostumbrarse a la idea de que tienen un amo. Esta primavera ya nos encargaremos de los otros, los malditos atenienses, y de esos bastardos espartanos...

No logró terminar la frase: se oyó un silbido y una flecha se le clavó en donde se unen las clavículas. El medo cayó de bruces vomitando sangre.

Espantados, los soldados miraron a su alrededor al tiempo que empuñaban las armas: nada. De repente, de detrás de una casucha apareció en medio de la aldea un hombre armado con un enorme arco, disparó velocísimo y se ocultó detrás de un grueso olmo. Otro soldado cayó al suelo atravesado por una flecha.

—¡Prendamos a ese maldito! —aulló uno de los persas lanzándose a la carrera con el sable desenvainado.

Los demás lo siguieron enardecidos, pero se detuvieron de inmediato, abriendo muy grandes los ojos incrédulos: tras un árbol había salido un hoplita completamente armado; embrazaba un escudo en el que descollaba un dragón con las fauces abiertas. En la celada, tres crestas negras ondeaban movidas por el viento caliente de la montaña. En el instante en que los persas se detuvieron, el arquero volvió a salir de detrás del escudo y disparó otra vez, fulminante, para esconderse nuevamente detrás del hoplita.

Mientras otro soldado se desplomaba con una flecha en el cuello, el hoplita se echó la capa hacia atrás y lanzó la pica con gran fuerza. Un escita del grupo, ágil como un gato, se tiró al suelo y la lanza fue a hundir el escudo del compañero que estaba detrás de él, perforó el coselete de lino machacado que lo protegía y le desgarró el vientre. El desgraciado se retorció gritando en el polvo, que rápidamente se empapó con su sangre.

Los otros cinco que quedaban se abalanzaron sobre el hoplita como un solo hombre lanzando aullidos para darse valor. El arquero salió imprevistamente de su refugio, pateó a dos enemigos haciéndolos rodar por el polvo, se volvió entonces hacia el que tenía más cerca y, antes de que tuviera tiempo de incorporarse, le hundió el tórax con una de las puntas del arco. Entretanto, el hoplita había derribado a otro con un fuerte golpe del escudo y traspasado a un segundo con la espada. Aterrorizados, los tres supervivientes intentaron darse a la fuga pero se vieron rodeados. Después de recuperarse de la sorpresa y de salir de sus refugios, los campesinos de la

aldea comenzaron a perseguirlos con una lluvia de piedras. Al cabo de poco, los tres fueron abatidos y rematados a palos.

—¡El intérprete! —gritó el arquero—. No debe huir.

Todos miraron a su alrededor: detrás de un cesto de mimbre asomaba una orilla de tela que denunciaba la presencia del buscado. Arrastraron hasta el centro de la plazoleta polvorienta al mezquino y lo dejaron delante de los dos misteriosos personajes aparecidos repentinamente de la nada.

Liberándose de los dos que lo sujetaban con un tirón de insospechada fuerza, el intérprete se lanzó a los pies del hoplita y se abrazó a sus rodillas.

—Soy griego, yo también soy griego —gemía con su pronunciación ceceosa—. Señor, perdóname la vida, ¡arráncame de las manos de estas fieras!

La acritud del gran cuerpo sudado asqueó su olfato habituado a los delicados perfumes orientales, pero el terror a ser despedazado por campesinos enfurecidos lo mantuvo enlazado a aquellas piernas poderosas.

El hoplita lo apartó de sí de un empellón que lo hizo rodar por el polvo. Pálido, sucio y cubierto de tierra, el pobre hombre cerró los ojos y esperó el golpe de gracia.

—Levántate —le ordenó, tajante, la voz del guerrero, y le preguntó—:

¿En el campo hay otros grupos dedicados a requisar trigo?

—¿Salvaré la vida si te lo digo? —preguntó el intérprete al tiempo que volvía a abrir los ojos desvariados.

—En las condiciones en las que te encuentras, distas mucho de poder entablar negociaciones —intervino el arquero con tono de mofa.

—Sí, hay otros. Un grupo de diez soldados al mando de un oficial llegará mañana a la aldea de Leucopedion; yo debería reunirme con ellos allí, no sé de nadie más.

—Muy bien —dijo el arquero con una sonrisa—. ¡Irás! —El intérprete abrió desmesuradamente los ojos saltones—. ¡Con nosotros, como es natural! Y ahora —dijo dirigiéndose a los campesinos—, atadle bien las manos a la espalda y dejad que nos lo llevemos. Sabremos hacer buen uso de él.

—¿Quiénes sois? —preguntó mientras se acercaba el que parecía el jefe de la aldea—. Decidnos vuestros nombres para que podamos acordarnos de vosotros.

—Nos recordarás de todos modos, amigo —le contestó el hoplita mientras lavaba la punta de la pica en un abrevadero—. Por ahora es mejor

que no se sepan nuestros nombres. Encargaos de hacer desaparecer los cadáveres, limpiad con cuidado la sangre del suelo, quemad los carros y borrad toda huella. Podéis quedaros con los mulos si no llevan marca. Si llegaran los persas, les decís que no habéis visto a nadie. Esconded una parte de vuestro trigo y guardadla como reserva en caso de que lleguen otros a requisároslo.

El arquero se llevó al intérprete y el grupo se alejó en dirección al sur por una colina, mientras los campesinos se amontonaban para observarlos desde la plazoleta de la aldea.

Alcanzada la cima de la colina, los dos bajaron por una ladera al reparo de miradas indiscretas. Atado a un olivo había un mulo con la cabeza colgando, que de vez en cuando meneaba la cola para ahuyentar a las moscas. El hoplita se quitó las armas, las cargó sobre el mulo junto con el arco de su compañero y después lo cubrió todo con un paño.

—Te has batido magníficamente, Talos —dijo el hoplita—, no creí que fueras tan hábil.

—Esa arma es letal —repuso el arquero señalando el bulto que iba a lomos del mulo—; aunque es viejísima, conserva una potencia y una energía formidables.

—De todos modos, debemos tener en cuenta que esos hombres eran combatientes mediocres, con los Inmortales habría sido distinto. Mi armadura está hecha para combatir en formación compacta, con los flancos cubiertos por los escudos de los compañeros.

—Por eso quise seguirte —dijo Talos—. Necesitas un arquero que te cubra las espaldas y merme las fuerzas enemigas cuando ataquen en gran número.

Se retiraron detrás de un inmenso peñasco, se sentaron a la sombra y esperaron a que anocheciera. Al día siguiente, hacia el crepúsculo, el oficial lidio que al frente de sus hombres salía satisfecho de la aldea de Leucopedion con una carga considerable de trigo y cebada, creyó estar soñando cuando oyó los gritos de socorro en su lengua y con el inconfundible acento de Sardes. «Por la gran Madre de los dioses —pensó

—, ¿qué hace aquí uno de Sardes?» Sus hombres también se detuvieron, asombrados, pero no lograban precisar de dónde llegaban los gritos, porque un poco más adelante el sendero pasaba entre dos salientes de roca y luego hacía una brusca curva y bajaba hacia el vado del torrente de Ascreón. El oficial llamó a un par de soldados y mandó que se adelantasen para

comprobar de qué se trataba, pero cuando hubieron pasado por la estrechura, no regresaron y de nada sirvió llamarlos dando grandes voces.

Entretanto, el sol había descendido y comenzaba a oscurecer. Mientras el oficial se disponía a ordenar que se dispersaran y avanzaran hacia la estrechura, volvió a oírse la voz que pedía ayuda, pero en esa ocasión provenía de lo alto del peñasco que se proyectaba a la izquierda sobre el sendero: todos se volvieron en esa dirección con las armas empuñadas pero, en ese mismo instante, algo surcó el aire; se oyó un silbido agudo y uno de ellos cayó al suelo. Tenía una flecha clavada en la frente; antes de que sus compañeros se recobraran de la sorpresa, otro soldado del pequeño destacamento se precipitó al suelo alcanzado en mitad del pecho.

—¡Es una emboscada! —aulló el oficial—. ¡ Cubríos , deprisa! —y se lanzó a la base de la roca, imitado por sus hombres—. No pueden ser muchos —jadeó—, pero debemos obligarlos a salir de su escondite, de lo contrario no podremos pasar. Vosotros id por aquí —ordenó a tres de los suyos—, y nosotros iremos por allí. Sean quienes sean, los prenderemos a medio camino y se arrepentirán amargamente de esta broma.

Se disponían a moverse cuando a sus espaldas retumbó un grito tan escalofriante que se les erizaron los pelos de la cabeza.

El oficial se dio la vuelta de golpe y apenas tuvo tiempo de ver en lo alto del peñasco a un demonio negro abalanzarse sobre él con una lanza, y se encontró en el suelo blasfemando y vomitando sangre, atravesado de parte a parte. Aquel ser dio un salto y bajó volando del peñasco para precipitarse gritando sobre los aterrados supervivientes incapaces de defenderse de las flechas que seguían lloviendo de arriba, sembrando el terreno de cadáveres. Los pocos que salvaron la vida se dieron a la fuga y buscaron protección en los bosques.

Esa noche, el comandante del destacamento persa acampado cerca de Traquis cayó en la cuenta de que dos escuadras y un intérprete griego no habían regresado. Envió grupos de caballeros en busca de los extraviados, pero regresaron cuando ya era noche cerrada sin encontrar nada. Los hombres habían desaparecido sin dejar rastros.

En los últimos meses de ese verano tórrido y en el transcurso del otoño ocurrieron muchos otros sucesos extraños o inexplicables en las aldeas esparcidas alrededor de las faldas del Oeta y el Calídromo y en las orillas del lago Copáis.

El más increíble le ocurrió a un grupo de soldados paflagones del ejército del Gran Rey que, sorprendidos por el aguacero, se refugiaron en un templo abandonado, dedicado a Ares, a quien los griegos veneraban como dios de la guerra. El edificio había sido profanado y saqueado hacía meses pero, por extraño que pareciera, la estatua del dios seguía intacta sobre su pedestal, la armadura brillaba y llevaba en el brazo un enorme escudo con la imagen de un dragón que tenía las fauces abiertas. Uno de aquellos bárbaros creyó que era una pena dejar esos espléndidos objetos a merced del primero que apareciese por allí y se acercó con la buena intención de completar la obra de saqueo que sus conmilitones habían dejado a medias, pero cuál no sería su sorpresa cuando vio que la estatua volvía la cabeza hacia él y que los ojos del dios brillaban con luz torva en la negrura de la celada. No tuvo tiempo de recuperarse, ni de gritar: el dios Ares le dio un golpe de escudo en la cara con tal violencia que le partió el cuello, luego agitó la pica enorme y la lanzó hacia el grupo, degolló a uno de los paflagones y clavó a otro a la jamba de la puerta. Al mismo tiempo, del techo medio derruido del edificio les llegó el eco de tremendos gritos, inhumanos, y poco después, comenzaron a llover flechas letales que derribaron a muchos dejándolos sin vida.

Cuando los sobrevivientes, enloquecidos de miedo, refirieron lo ocurrido a su comandante, no les creyó y recibieron un duro castigo: es bien sabido que los paflagones beben sin ninguna moderación y que, cuando están ebrios, son capaces de todo tipo de excesos.

Sin duda, muchas de aquellas historias parecieron inverosímiles y exageradas, pero en lugar de cesar, las hazañas de ese tipo se multiplicaron, como suele ocurrir con hechos tenidos por prodigiosos; así, entre los focenses y locrenses, incluso entre los beocios traidores, en todas las aldeas de las cumbres del Calídromo, el macizo del Helicón y las orillas insalubres del lago Copáis, se difundió la noticia del hoplita solitario que aparecía imprevistamente, acompañado de un arquero de extraño andar ondulante, rápido como el rayo, implacable como el destino.

—Estoy seguro de que vendrá —decía Talos a su compañero arrebujado en la capa oscura.

El otoño estaba avanzado y el viento de la noche amenazaba lluvia.

Los dos se guarecían bajo un antiguo olivo completamente carcomido; a una decena de pasos estaba la encrucijada de los caminos de Platea y Tespias; no muy lejos, a los pies de una loma que ocultaba a la vista el

lecho del Asopo, había un tabernáculo con una imagen de Perséfone tallada en madera de olivo. Talos se la señaló a su compañero.

—Caras la conoce muy bien, él mismo me la describió. Esta es la primera noche de luna nueva de otoño; por tanto, no podemos habernos equivocado. Verás cómo vendrá.

Pasó más tiempo y después, cuando comenzaba a oscurecer, por el lado de Platea apareció una figura corpulenta a la grupa de un asno que daba la impresión de tambalearse bajo el peso.

—¡Es él! —exclamó Talos.

—Eso creo yo también —repuso Brito aguzando la vista para distinguir mejor.

El extraño caballero taloneó al asno para obligarlo a abandonar el camino y lo empujó hacia el tabernáculo, al costado de la encrucijada. Ató al animal y se sentó en el basamento de la capilla. Talos y Brito salieron de su escondite.

—Ah, aquí estáis —dijo Caras al tiempo que se ponía en pie—. Temía que iba a calarme hasta los huesos: está a punto de llover.

—Vámonos, deprisa —dijo Talos aferrándolo por un brazo—; marchémonos de aquí, que podría pasar alguien.

Se alejaron llevándose al asno por un sendero que iba a la parte posterior de la loma, en dirección al valle del Asopos. Entraron en un redil abandonado que los pastores debían de haber usado hasta hacía pocos meses, cuando la horda de los invasores aún no había pasado.

Probablemente por entonces no les quedaran ovejas que cuidar. Se despojaron de las capas, las tendieron en el suelo y se sentaron.

—Por lo que oí decir, habéis desbaratado toda la región —comentó Caras—. Dondequiera que me detuve oí hablar del hoplita del dragón y del arquero que lo acompaña. Algunos viejos dicen que el hoplita podría ser Áyax Oileo, que vuelve para ayudar a su gente y combatir a los pueblos de Asia como en los tiempos de la guerra de Troya.

—¿Y el arquero? —preguntó Talos con una sonrisa.

—Ah —continuó Caras—, con ese pie cojo te han tomado ya por Filoctetes, sin contar que nadie ha visto jamás un arco como el tuyo y eso también estimula la fantasía y la superstición de la gente. Debéis saber, sin embargo, que vuestras hazañas se conocen en Esparta y no solo allí. La ciudad cuenta con informantes en toda esta zona para controlar y estudiar los movimientos de las tropas persas y ellos se encargan de transmitir

cuanto oyen decir. Si bien dudo que hablen de Áyax y de Filoctetes; el escudo del dragón es bien conocido allí: el arquero es quien provoca las mayores perplejidades. Creo que los Éforos se sentirían felices —añadió dirigiéndose a Talos— de poder observarte de cerca.

—¿Y mi madre? —preguntó Talos.

—Sabe que estás vivo, pero la angustia del miedo no la abandona un solo día.

Brito inclinó la cabeza sin atreverse a preguntar nada.

—De tu familia es bien poco lo que puedo decirte —comentó Caras—; sé que tu madre te lloró como si hubieras muerto. Si abriga alguna esperanza o ha recibido noticias de cuanto ocurre aquí, no sé decirte. Tu madre no habla con nadie, lleva una vida muy retirada. Es como si no existiera.

Caras calló. A lo lejos se oyó el grito estridente de las grullas que empezaban a reunirse en las orillas del lago Copáis para iniciar la migración.

—La primavera que viene un gran ejército confederado subirá hasta aquí para enfrentarse a los persas —continuó—. Ya se han iniciado los preparativos.

—¿Qué puedes decirnos de la otra tarea que te habíamos confiado? —

preguntó Talos.

—Creo que me encuentro en la buena senda —respondió Caras—. El hombre que condujo a los persas hasta el paso de Anopea se llama Efialtes, y el gobierno de Esparta lo busca sin cejar. No será fácil llegar antes que ellos; la única ventaja que tenemos es que ignora que lo estamos buscando.

—¿Crees que quiere reunirse con el ejército persa? —le preguntó Brito saliendo de su mutismo.

—No; por lo que he oído decir, merodea por la costa del golfo. Se mantiene alejado del Peloponeso, pero es probable que intente embarcarse para marcharse a Asia o a Italia. Mañana me reuniré con un hombre de Traquis que tal vez pueda darme noticias más precisas.

—Sabes lo que debes hacer si lo encuentras —le dijo Brito.

—Lo sé —respondió Caras—. No se dará cuenta de que se está muriendo. Espero que sepas que le causarás un gran disgusto a tu gobierno.

—Lo sé y no me importa. Solo nosotros tenemos derecho a castigarlo y no la ciudad, que de todas maneras había decidido sacrificar a Leónidas y a mis compañeros.

—Entonces —respondió Caras poniéndose en pie—, no tenemos más que decirnos. Sed prudentes si queréis llegar a la primavera próxima, porque os están buscando por todas partes. Si me necesitáis, ya sabéis cómo encontrarme.

Desató al asno y se puso en marcha tirándolo del cabestro. Una bandada de patos cruzó el cielo, que parecía vacío.

—Esta noche volarán sobre las orillas del Eurotas —murmuró Brito.

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