Talos de Esparta
La Palabra del Rey
En breve la multitud de ilotas llegó al llano y, cuando estuvo a poca distancia de la ciudad, se detuvo como si entre los grupos que avanzaban desordenadamente hubiera corrido una orden. Los primeros se dispusieron en línea y los otros, detrás, hasta formar un frente bastante regular y mucho más largo que la delgada fila de guerreros que los espartanos habían logrado formar en el campo. Cleidemo salió del patio y fue hacia el llano hasta llegar a una casa derruida desde donde podía observar mejor cuanto estaba ocurriendo.
En ese momento se oyó un grito formidable y los ilotas se lanzaron al ataque. Los espartanos retrocedieron despacio en dirección a las ruinas de su ciudad para cubrir los flancos, se cerraron en frente compacto y bajaron las lanzas. Instantes después las dos formaciones chocaron: las líneas de los ilotas no tardaron en superponerse en el ardor del asalto, como si ninguno de ellos quisiera renunciar a la matanza del enemigo odiado durante siglos y siempre temido, pero los espartanos combatían a muerte porque sabían que si cedían serían testigos del fin de su ciudad, de la violación y muerte de sus esposas, verían a sus hijos pasados a cuchillo, presenciarían el exterminio de cuantos se habían salvado del terremoto.
Cleidemo estuvo a punto de correr a su casa para embrazar las armas y lanzarse al combate; era el día que Critolao había soñado siempre para él y los suyos, pero la sola idea de vestir la armadura que había pertenecido a Aristarcos y a Brito para, herir de muerte a la ciudad por la que ellos habían dado la vida lo dejó clavado, tembloroso y desesperado en su escondite, y no pudo hacer otra cosa que seguir el enfrentamiento con los ojos muy abiertos y el corazón arrebatado por las pasiones. Su corazón era el verdadero campo de batalla, en él chocaban con furor salvaje dos pueblos, en él la muerte, la sangre, los gritos sembraban el horror y la destrucción.
No consiguió seguir teniendo la vista clavada adelante y se dejó caer despacio de rodillas, apoyó la cabeza en el muro y, sacudido por sentidos sollozos, lloró desconsoladamente.
Ante las casas derruidas de Esparta la contienda se encarnizaba cada vez más porque los ilotas avanzaban sin cejar, sucediéndose unos a otros a
medida que los combatientes de la primera línea se retiraban exhaustos o heridos. Ante ellos la muralla de escudos chorreaba sangre aunque continuaba siendo inexpugnable; erizado de lanzas, el frente del odiado enemigo no cedía un solo paso. El rey Arquídamo en persona se encontraba en medio de la fila y se batía con inmenso valor. A su lado, los hoplitas obraban prodigios para no deshonrarse a los ojos de su rey. Llegaron luego otros guerreros de refuerzo, que se desplegaron en los flancos donde era mayor el peligro de que los rodeasen, y luego otros más. Y con ellos iban los flautistas que soplaban sus instrumentos y la música, que se elevaba entre las casas derribadas, se imponía a los gritos de los combatientes, pasaba a los campos como la voz de quien, herido de muerte, se niega a morir. Al final, los ilotas comenzaron a retirarse hacia el bosque llevando consigo a los heridos y los muertos.
Los espartanos no los persiguieron, satisfechos de haberlos rechazado y, después de deponer las armas, se dispusieron a socorrer a sus heridos y a recoger a sus muertos. El rey apostó grupos de centinelas alrededor de la ciudad y después de llevar consigo a los hombres más aptos se prestó a ayudar a la gente que seguía atrapada entre los escombros. Durante el resto de la jornada lo vieron vagar entre las ruinas, con la ropa hecha jirones, incansable por doquier necesitaban ayuda. Al caer la noche, muchos de los supervivientes contaban ya con un refugio bajo las tiendas de campaña que el rey había mandado levantar en varios puntos de la ciudad donde había una explanada libre. Las mujeres encendieron fogatas y prepararon comida para reparar las fuerzas de la gente exhausta y hambrienta. Los cirujanos militares trabajaron sin tregua a la luz de antorchas y linternas, cosían a los heridos, recomponían miembros fracturados, cauterizaban con hierros al rojo los sitios donde aparecían signos de infección o donde no era posible restañar las pérdidas de sangre.
Entretanto, el rey Pleistarcos, escoltado por un grupo de guardias, partió al galope hacia septentrión, con destino a Corinto. Allí organizaría la ayuda e intentaría establecer contacto con los atenienses. Cimón no le negaría su apoyo y tal vez enviara a la flota con provisiones de cereales para matar el hambre de su pueblo. El hijo de Leónidas podía muy bien solicitar al hijo de Milcíades, vencedor de Maratón, la ayuda que necesitaba desesperadamente.
Cuando los ilotas se retiraron, Cleidemo cayó al suelo sin sentido y así se quedó mucho tiempo en un estado de semiinconsciencia del que solo lo
sacó el frío de la noche. Los calambres del hambre le atenazaban el estómago y decidió entrar en su casa. Quería comer y descansar porque al día siguiente elegiría su camino para siempre. Consiguió encender el fuego y cocer una hogaza de pan entre las brasas; después, extenuado, se dejó caer en su yacija. En plena noche dormía profundamente cuando le pareció oír que alguien llamaba a la puerta; aguzó el oído; así era, alguien llamaba. Se levantó de un salto de la cama y empuñó la espada, cogió una antorcha y fue a abrir pero no vio a nadie.
—¿Quién anda ahí? —inquirió escrutando la oscuridad.
Bajó los escalones del umbral para miraren el patio y levantó bien alta la antorcha para difundir un poco de claridad. Lanzó una mirada a la derecha, en dirección a los establos, y después a la izquierda, iluminando la pared de la casa. En ese momento vio a un hombre inmóvil, envuelto en una capa que le cubría medio rostro y con una venda en el ojo izquierdo. Dio un brinco de sorpresa y, amenazante, apuntó con la espada.
—¿Quién eres?
El hombre llevó la mano derecha al borde de la capa y se descubrió el rostro marcado por las cicatrices: ¡Caras!
Cleidemo dejó caer la espada y se quedó mirándolo enmudecido.
—¿Así recibes a un amigo al que vuelves a ver después de tantos años? —le preguntó Caras avanzando hacia él.
—Yo... —balbuceó Cleidemo—, no podía creer... no esperaba... Oh, dioses del Olimpo... Caras... eres tú... Pero tu ojo... ( un día irá a verte un hombre ciego de un ojo...), ¿qué te ha pasado en el ojo?
Caras se echó la capa hacia atrás y extendió los brazos.
—Oh, viejo amigo, mi querido y viejo amigo... —dijo Cleidemo con voz temblorosa al tiempo que lo abrazaba con fuerza—. Pensaba que ya no volvería a verte (... él será quien acabe con la maldición de la espada del rey...).
Entraron en el atrio y se sentaron delante del hogar donde Cleidemo atizó el fuego casi apagado.
—Por Pólux... Tu cara —dijo al ver la venda negra de Caras y las cicatrices que marcaban su rostro—. ¿Quién te ha dejado en este estado?
—La Cripteia. Cuando Pausanias regresó de Asia me reuní con él y los Éforos querían saber qué nos habíamos dicho. Me torturaron hasta matarme casi, pero no hablé... se convencieron de que no sabía nada y me dejaron marchar, tal vez con la intención de sembrar la montaña de espías y vigilar
cada uno de mis pasos. Por eso tuve que ocultarme durante mucho tiempo, pero ya ha llegado la hora de que paguen todo de una vez para siempre.
—Acabo de regresar de Mesenia —-le dijo Cleidemo—, vi a Antinea y a Pelias.
—Lo sé... Fui yo quien llevó a tu madre de vuelta a la montaña.
—Hoy he sabido que los ilotas atacaron la ciudad.
—Es cierto, pero los rechazaron. No quisieron escucharme y se dieron a la fuga. Sufrieron pérdidas... murieron muchos, otros fueron heridos...
Necesitan a alguien que los guíe —Caras levantó la frente y su ojo brilló bajo el reflejo de las llamas—. Ha llegado el momento de que elijas tu camino. Los dioses te manifestaron su voluntad —le dijo, y, destacando las palabras, añadió—: Al pueblo de bronce él vuelve la espalda cuando Enosigeo de Pélope el suelo agita. Los dioses sacudieron esta tierra con un terremoto... Esa es la señal.
Cleidemo cerró los ojos: ya no había dudas y el hombre con un solo ojo del que Critolao le había hablado en su lecho de muerte era el mismo Caras; Caras, a quien tenía delante después de tantos años... Pero le parecía como si lo hubiera dejado apenas unos días antes. Volvió a verlo en el campo de Platea, envuelto por la reverberación del crepúsculo, lo miraba a los ojos y murmuraba las palabras de la pitonisa Perialla y añadía: Recuerda estas palabras, hijo de Esparta e hijo de tu gente, el día que vuelvas a verme...
—Tienes razón, Caras, los dioses me dieron la señal que llevaba años esperando; sin embargo, sigo vacilando, con el espíritu sumido en la contradicción. Antes te mentí: no he llegado hoy de Mesenia, en realidad llegué ayer. Hoy he visto a los ilotas bajar de la montaña —Caras lo miró con el gesto repentinamente sombrío—, pero no pude moverme. Habría querido correr y embrazar las armas, pero me quedé inmóvil, temblando y mordiéndome las manos... no hice nada. No podía empuñar la espada de mi padre y de mi hermano y utilizarla contra la ciudad por la que ellos dieron la vida. Hay otra cosa que quiero decirte: a poca distancia de esta casa está enterrada Ismene, mi madre, y sobre su tumba hay una inscripción que parece un mensaje y que dice: «Ismene, hija de Eutidemo, esposa de Aristarcos, el dragón, de dos hijos valientes madre infeliz. A ella el precioso regalo del león de Esparta los dioses envidiaron». Estoy seguro de que alguien añadió la última frase y hace tiempo que intento descubrir su significado. Caras, si debo tomar la última gran decisión de mi vida, si es
verdad que con este terremoto los dioses me envían una señal, si debo retomar las armas y enfrentarme a mi destino sin más vacilaciones, no quiero dejar atrás un misterio sin resolver. Todo debe estar claro para que no sienta ni remordimientos ni arrepentimientos. No hay hombre capaz de avanzar seguro por su camino si no tiene el espíritu sereno. Sé lo que quieres de mí y sé que si estuviera vivo Critolao querría lo mismo, y te parecerá extraño que busque el significado de una inscripción grabada en una tumba mientras un pueblo entero se subleva para recuperar su antigua libertad jugándose la propia existencia en la rueda del destino.
—Extraño, no —respondió Caras con expresión enigmática—. Sigue.
—Por voluntad de Leónidas, yo escolté a mi hermano Brito y a su amigo Aguías desde las Termópilas hasta Esparta. Ellos debían llevar un mensaje a los Éforos y los Ancianos pero nadie supo jamás qué había escrito en ese mensaje. Oí decir que el rollo estaba en blanco, que no había nada escrito en él. Sabes bien lo que fue de Aguías y lo que habría sido de Brito si yo no se lo hubiese impedido. De todos modos, Brito murió en Platea en una acción insensata cuando se lanzó solo contra los persas...
Se levantó y se paseó por el atrio, luego fue hasta la puerta, abrió el batiente y miró hacia Esparta. Alguna que otra lumbre difundía aquí y allá una débil claridad, pero alrededor de la ciudad se veían las fogatas de los vivaques: los guerreros estaban alerta. Cerró la puerta y volvió junto al hogar.
—Me he convencido de que quien escribió esas últimas palabras en la tumba de Ismene conoce el contenido del mensaje del rey. De lo contrario,
¿qué significado tendrían las palabras que aluden al regalo del rey?
Leónidas quiso salvar a Brito... y tal vez también a mí. Leónidas debía de saberlo... mi padre siempre estuvo muy unido a él y antes al rey Cleomenes.
Se oyó un retumbo lejano, como un trueno, que hizo vibrar la casa afectada por el terremoto. Caras miró hacia las vigas del techo sin moverse.
—Creo que puedo ayudarte —le dijo—, y si lo que pienso es verdad, guiarás a los ilotas contra Esparta sin remordimientos.
—¿Qué insinúas?
—Reflexiona —prosiguió Caras-—. Si es cierto que el rollo estaba en blanco, como yo también creo por lo que oí decir, está claro que el mensaje fue sustituido.
Cleidemo dio un brinco al pensar en aquella noche en el golfo, en la sombra que entraba furtiva en el campamento, se inclinaba sobre Brito y
desaparecía.
—Si es así, solo la Cripteia pudo haber realizado una acción semejante. Y no cabe duda de que la Cripteia informó a los Éforos. Ahora bien, uno de los Éforos, Epístenes, era amigo del rey Pausanias y partícipe de sus planes... Pudo haber sido él quien grabó la frase en la tumba de tu madre para que la vieras e intentaras dilucidar la verdad. El terremoto provocó muchas víctimas entre los espartanos y si Epístenes ha muerto se ha llevado el secreto a la tumba, pero si sigue vivo... sabes dónde está su casa y si quieres yo mismo te acompañaré.
—No, es demasiado peligroso, iré yo solo esta misma noche. —Se levantó, abrió la puerta y miró el cielo, que seguía oscuro—. Quedan dos horas de oscuridad antes del amanecer —dijo—, bastarán.
—Desearía que esto no fuera necesario, muchacho —dijo Caras poniéndose en pie, y fue hacia la puerta.
—Yo también, pero no puedo hacer otra cosa. Hace días que me persigue este pensamiento, desde que en el camino de regreso me detuve...
entre las ruinas de Itome.
—Has estado en la ciudad muerta, ¿por qué?
—No lo sé, pero cuando la vi ante mí de repente, al caer la noche, sentí el deseo de estar entre aquellos muros. Pero ahora vete ya, Caras, y mantente alerta...
—Tú también mantente alerta. Si encuentras la respuesta que buscas, sabes dónde estoy.
—En la cabaña , cerca de la fuente de arriba.
—No —respondió Caras—, me encontrarás a la entrada de la gruta, después del claro de acebos... Ha llegado el momento de que la espada de Aristodemos salga de debajo de la tierra para rescatar a su pueblo.
Se envolvió en la capa y salió mientras Cleidemo lo seguía con la mirada: después de unos cuantos pasos no fue más que una de las tantas sombras de la noche.
Descolgó de la pared la capa gris con capucha, se cubrió, salió al patio y se dirigió a la ciudad. Alcanzó las orillas del Eurotas y bajó al arenal del río para pasar inadvertido a las patrullas que vigilaban los campos que rodeaban Esparta. Al llegar cerca de la Casa de Bronce se coló entre los edificios derruidos del barrio de Mesoa, que estaban sumidos en la oscuridad. La ciudad parecía desierta; se habían producido otras sacudidas y la gente se había refugiado lejos de las construcciones que amenazaban con
desplomarse. Aquí y allá se veían fulgores que iluminaban apenas algunos barrios; en los espacios libres habían encendido fogatas y quizá en el agora para que sirvieran de punto de referencia a los sobrevivientes. Cleidemo avanzó pegado a las paredes tratando de orientarse lo mejor que podía. La oscuridad cerrada lo protegía, pero también le hacía más difícil reconocer los sitios. De tanto en tanto se veía obligado a retroceder y entonces se encontraba con la calle obstruida por cúmulos de ruinas y tenía que buscar otros caminos. Reconoció entonces un nicho con la imagen de Artemis: dos manzanas más y estaría en la entrada de la plaza que había delante de la Sala del Consejo. Tal como temía, la plaza estaba custodiada por un grupo de soldados sentados en el suelo, cerca del fuego. Cleidemo se mantuvo pegado a las paredes del pórtico que se extendía en el lado sur y, pasando agazapado de una columna a otra, consiguió evitar la zona iluminada sin que lo descubriesen. Poco después se encontró delante de la casa medio en ruinas del éforo Epístenes. Se acercó a la puerta desvencijada y aguzó el oído, pero no oyó ruido alguno; se armó de valor y entró. Casi todo el techo se había venido abajo y el suelo estaba cubierto de vigas y escombros aunque parte del edificio estaba apuntalada para hacerla habitable; una lámpara ardía ante la imagen de Hermes: de manera que Epístenes debía de haberse salvado y tal vez siguiera viviendo allí. Oyó ruido de pasos en la calle, sandalias claveteadas de hoplitas: dos, tal vez tres.
Se agazapó en un rincón y esperó a que pasaran, pero se dio cuenta de que se habían detenido justo delante de la puerta. Oyó que los hombres intercambiaban unas palabras y luego volvían a ponerse en marcha: tal vez se tratara de una patrulla. Se asomó para asegurarse de que todo estaba tranquilo y vio entrar en el atrio y cerrar la puerta a un hombre que llevaba un candil en la mano. Cuando se volvió y la luz le iluminó el rostro, lo reconoció: era Epístenes, vestido con una túnica rasgada y el rostro marcado por el cansancio. Cogió un escabel, se sentó y apoyó el candil en el suelo. Cleidemo se levantó, salió de su escondite y se dejó ver.
—Salve, oh, Epístenes, que los dioses te protejan.
Al ver al intruso, el hombre dio un brinco, cogió después el candil y se lo acercó a la cara.
—Por Heracles, el hijo de Aristarcos... te daban por muerto.
—Como ves, me he salvado, pero he sufrido muchos y serios peligros.
Perdóname si he entrado en tu casa a escondidas, pero motivos muy graves me impulsan a tan insólita y extraña visita.
Epístenes bajó los ojos enrojecidos y le dijo:
—Esperaba que un día te presentaras ante mí, pero ahora los acontecimientos nos trastornan y no gozamos de serenidad para hablar.
—En la tumba de mi madre —dijo Cleidemo— hay una frase grabada, una frase que contiene un mensaje que tú podrías explicarme, creo.
—Eres rápido de mente, como yo pensaba, pero me temo que lo que tenía que decirte carece ahora de significado. Yo mandé grabar esas palabras para rendir testimonio a la justicia, con la esperanza de que cuando regresaras a tu casa te preguntaras qué sentido tenían y buscaras la verdad.
Estaba demasiado viejo y cansado para hacer más de lo que hice. Pero ahora... ya nada tiene importancia. La ciudad ha sido azotada por la ira de los dioses... ¿Qué pueden hacer los hombres más terrible que eso ?
—No sé qué insinúas, Epístenes, conoces los secretos de esta ciudad pero no te imaginas lo importante que es para mí conocer la verdad sobre mí y mi familia, una verdad que debo saber ahora, antes del amanecer de este día.
El Éforo se levantó con dificultad apoyando las manos en las rodillas y se acercó a su interlocutor.
—Dime, tú conocías los planes de Pausanias, ¿no es verdad? —
Cleidemo se quedó mudo—. Habla libremente, nadie nos escucha y quien tienes delante de ti intentó salvar de la muerte al regente... aunque por desgracia no lo consiguió.
—Es cómo tú dices.
—¿Y lo habrías ayudado a llevarlos a cabo?
—Lo habría hecho, sí. ¿Por qué me lo preguntas? Pausanias está muerto y con él murieron mis esperanzas. Lo único que me mantiene unido a esta ciudad es el recuerdo de mis padres y de mi hermano Brito. Quiero saber si existe un motivo más... Serví a esta ciudad durante diez años, por ella maté a gente que no conocía siquiera. Mis padres se vieron obligados a abandonarme para ser fieles a sus leyes inhumanas, mi madre murió de dolor... Mi padre y mi hermano cayeron en combate, pero yo quiero saber cuál es el misterio que hay en el origen de esta horrible historia. Sé que la costumbre prohíbe enviar a la batalla a todos los hombres de una misma familia, ¿por qué no se respetó esta costumbre en el caso de mi padre, de mi hermano Brito... y en el mío? Porque creo que sabíais quién era en realidad Talos, el tullido.
—Así es, pero si te digo lo que sé, me temo que no desearás más que vengarte...
—Te equivocas, noble Epístenes. En el punto en el que me encuentro solo siento piedad por Esparta, a la que los dioses han maldecido. Quiero saber porque estoy cansado de vivir en la incertidumbre y la angustia. Es hora de que encuentre mi camino de una vez para siempre. —Se acercó a la puerta salida de sus goznes y miró por las hendiduras—. El alba no está lejos.
—Tienes razón —repuso el Éforo—, siéntate y escucha, pues.
Le ofreció a Cleidemo un escabel y se sentó a su vez.
—Hace muchos años que en esta ciudad el poder de los reyes y el de los Éforos y los Ancianos están en duro contraste y la lucha por su control en ocasiones ha llegado a ser despiadada. Por eso los Éforos provocaron la muerte del rey Cleomenes envenenando su comida con una droga que lo hizo enloquecer lentamente, día tras día. Aristarcos, tu padre, y Brito, tu hermano, estaban muy unidos al rey y hubo quienes sostuvieron que sospechaban algo. De tal modo que cuando Leónidas fue enviado a las Termópilas mis colegas hicieron lo posible para que se llevara consigo a los dos, y nombraron a Aristarcos ayudante de campo del rey e inscribieron a tu hermano entre los guardias reales... Pareció un honor extraordinario tributado a la familia: en realidad todos sabían que jamás regresarían. Sin embargo, el rey debió de darse cuenta de todo y antes de la última batalla envió a Esparta un mensaje, para lo cual se sirvió de los dos hijos de Aristarcos, a quienes añadió otro guerrero de escolta para asegurarse de que llegaran.
—¿ Insinúas que Leónidas sabía que yo era hermano de Brito?
—Así es. Cuando atravesasteis Tespias, un espía de la Cripteia os descubrió y vio que Brito llevaba colgada del cuello la plica con el sello real. Imaginó que debía contener algo importante... algo que quizá conviniera que no pasara al dominio público. Ese hombre os siguió todo el día y cuando acampasteis en el golfo esperó a que os durmierais y robó el mensaje del rey.
—Pero entonces, ¿qué fue lo que Brito entregó a los Éforos?
—Otra plica vacía. Ese espía, que hoy es oficial de la Cripteia, falsificó el sello real, pero no intentó escribir un mensaje distinto porque no podía falsificar la letra del rey; además, no habría sabido qué escribir.
Cleidemo se asestó un puñetazo en la rodilla.
—¡Por Heracles! Yo lo vi todo pero estaba medio dormido y tan agotado por el cansancio que creí que era un sueño... si me hubiese dado cuenta...
—Yo fui quien abrió la plica ante la Asamblea de los Ancianos y me quedé anonadado al comprobar que estaba vacía. Entonces ignoraba la verdad, igual que los que estaban sentados en la Asamblea. Por eso se difundió la voz de que Brito y Aguías habían ideado un truco para huir de la muerte en el paso de las Termópilas . Es posible que quien se encargó de difundir la voz fuera quien conocía la verdad, y quisiera eliminar a Brito por temor a que un día la descubriese. Por eso, Aguías se ahorcó y tu hermano desapareció. Todos lo creyeron muerto pero cuando se supo que en Fócida y Beocia había un guerrero con el escudo del dragón que se batía contra los persas la Cripteia envió espías a todas partes para tratar de descubrir quién era en realidad. Cuando Brito reapareció en Platea y murió poco después en combate mis colegas sintieron un inmenso alivio. Brito iba a ser celebrado como un héroe y nadie volvería a hurgar más en la historia del mensaje del rey...
—Pero todavía quedaba yo —lo interrumpió Cleidemo—. Yo estuve en las Termópilas , volví con Brito y lo acompañé en todas sus empresas de Fócida y Beocia.
—Pausanias te llevó consigo según mi consejo y durante unos años estuviste a salvo, aunque vigilado. Cuando dejaron morir a Pausanias —al Éforo le tembló la voz, se arrebujó en la capa como recorrido por los escalofríos y prosiguió— los Éforos intentaron saber por todos los medios si tú estabas implicado en sus proyectos, pero tu conducta fue muy prudente... Capturaron entonces a un pastor ilota, un gigante de desmesurada fuerza, porque sabían que era amigo tuyo y sabían también que se había reunido con Pausanias... Lo entregaron a la Cripteia, que lo torturó ferozmente. Pero es evidente que no dijo una palabra y por eso lo dejaron libre con la esperanza de poder seguirlo y descubrir más cosas si intentaba buscarte. Pero él también fue muy prudente: tal vez descubrió que vigilaban tu casa, el hecho es que no volvieron a verlo, ni siquiera ayer, cuando los ilotas atacaron la ciudad, nadie lo vio.
—Yo lo vi —dijo Cleidemo—, es él quien me dijo que viniera a verte, porque estaba convencido de que solo tú tendrías una respuesta a mis preguntas.
El Éforo calló unos instantes y en el silencio Cleidemo alcanzó a oír el canto de los gallos: estaba a punto de salir el sol.
—Intuyó la verdad —dijo Epístenes—. Vi el mensaje del rey Leónidas y lo transcribí antes de que lo destruyesen. Jamás tuve el valor de darte a conocer su contenido y mandé grabar esas palabras en la tumba de tu madre... Si la sangre del gran Aristarcos fluía realmente en tus venas, llegaría el día en que buscarías la verdad, dondequiera que esta se ocultara,..
Se puso en pie y le señaló a Cleidemo la estatuilla de Hermes que estaba a sus espaldas, en un nicho de la pared.
—Está allí —dijo—, dentro de la estatua.
Cleidemo levantó la imagen con manos temblorosas, le dio la vuelta y extrajo el rollo de cuero.
—Vete —le dijo el Éforo—, márchate, el sol está a punto de salir... y que los dioses te acompañen.
Cleidemo ocultó contra su pecho el rollo, fue hasta la puerta y echó un vistazo hacia la calle desierta.
—Que los dioses te protejan, noble Epístenes —dijo volviéndose—, porque han maldecido a esta ciudad.
Se arropó con la manta, se cubrió la cabeza con la capucha y enfiló por la calle a paso veloz. Evitó la plaza de la Casa del Consejo y se internó en la encrucijada de callejuelas angostas y oscuras del barrio de Mesoa hasta llegar al valle del Eurotas. Corrió hasta quedarse sin aliento por la orilla del río, al resguardo del terraplén, hasta que juzgó que estaba cerca de su casa.
Entretanto, se había levantado una espesa niebla, de manera que pudo salir a campo abierto sin temor a ser descubierto. A lo lejos vio despuntar el perfil de los cipreses que rodeaban la tumba de Ismene entre el manto blancuzco y, con paso seguro, consiguió ir hasta la morada de los Cleoménidas. Entró y, después de comprobar que estaba desierta, cerró la puerta.
El sol se elevaba apenas por encima del horizonte y difundía en la estancia una débil claridad lechosa; Cleidemo sacó el rollo de cuero, lo abrió dominando apenas el temblor de las manos y vio pasar ante sus ojos las palabras que el rey Leónidas, presa de la congoja de la última hora, había querido enviar a su ciudad, palabras que habían permanecido mudas durante trece largos años:
Leónidas, hijo de Anaxándrides, rey de los espartanos, conductor panhelénico, al rey Leotíquidas, a los honorables Éforos y a los venerables
Ancianos, salve.
Cuando leáis estas palabras habré abandonado el mundo de los vivos y conmigo estarán los valientes hijos de Esparta que opusieron su pecho a la fuerza inmensa de los bárbaros. Es justo, pues, que quien pagó con su propia sangre haga oír su voz. Con este, mi último acto, he querido salvar de la destrucción a una gran familia de valientes e impedir que fueran sacrificados injustamente. Son Brito y Cleidemo, hijos de Aristarcos; Cleoménidas, el primero, destinado a morir en contra de la ley de la ciudad, y el otro, que vive en condición de siervo, huido de la muerte que desde tiempo le había sido reservada según las leyes de l a ciudad. Ambos son la viva ima gen de la condición de Esparta, pues entre estos peñascos vierten su sangre tanto ilotas como guerreros. A estos dos hijos de Esparta debe revelarse la estirpe común y es mi deseo que sobre ellos se funde un nuevo orden para que dos estirpes que viven eh la misma tierra, y que por ella dan su sangre en igual grado, en el futuro vivan en paz bajo la misma ley. A vosotros os pido que se rescat e la memoria de mi hermano Cleo menes, vuestro rey, empujado a las tinieblas de la locura y la muerte no por mano divina, como yo creo, sino por mano humana. Si todo esto no ocurriera, sobre la ciudad por la que me dispongo a dar mi sangre caerá un día la maldición de los dio ses por la rabia de quien un día padeció la injusticia y el atropello, si es verdad que a quien se dispone a morir los númenes envían verídicas premoniciones.
Cleidemo dejó caer el rollo y sollozando corrió a la alcoba de sus padres, abrió el gran arcón de ciprés, extrajo la armadura y el escudo de los Cleoménidas y a rastras salió de allí y fue a la tumba de Ismene. Sobre la losa de piedra apoyó la coraza historiada, las grebas espléndidamente repujadas, el yelmo de las tres crestas negras y el escudo del dragón. Se arrodilló, apoyó la cabeza sobre la piedra helada y, después de tocar por última vez el escudo en el que había dormido cuando era niño y que había contenido los huesos de su hermano, echó a correr hacia el Taigeto y desapareció en la niebla.
El vientre de la montaña lanzó entonces un bramido y la tierra tembló sacudida desde los abismos del Tártaro. Los poderosos muros de la casa de los Cleoménidas vacilaron, las piedras angulares se partieron por sus uniones y con inmenso fragor la antigua morada se desplomó sobre sus cimientos.
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