Talos de Esparta
Lahgal
El rey Pausanias desplegó un mapa sobre la mesa, fijó los extremos y alzó la mirada hacia Cleidemo, que estaba sentado ante él.
—Acércate —le dijo—, tengo que enseñarte algo.
El joven se puso de pie y se aproximó a la mesa.
—Aquí está —dijo el rey señalando una línea quebrada a la derecha del mapa—. Esta es Asia, el país por donde sale el sol, o mejor dicho, esta es la costa de Asia que mira hacia nuestro país. Se extiende después hacia Oriente por decenas de miles de estadios hasta el río Océano, pero nadie ha estado nunca en esos lugares, salvo los hombres del Gran Rey, y nosotros sabemos bien poco de esas tierras lejanas. Estas que ves —continuó, indicando unos pequeños círculos rojos a lo largo de la línea costera— son las ciudades habitadas por los helenos: Eólida, Jonia, Dórida. Cada una de ellas es más grande, poblada y rica que Esparta. Nuestras victorias de Platea y Micala las han liberado por ahora del dominio de los bárbaros, pero no podemos excluir una nueva invasión. El Gran Rey no ha realizado ningún contacto con nosotros ni ha admitido en modo alguno su derrota: ¿te das cuenta de lo que significa?
—Que la guerra no ha terminado y que las hostilidades pueden reiniciarse en cualquier momento.
—Así es. Al mismo tiempo, debemos tener en cuenta que el Gran Rey considera que la Hélade entera debe reconocer su soberanía. Ha comprendido que no puede dominar a los helenos de Asia sin controlar a los del continente. Su próximo movimiento será para volver a traer sus ejércitos a estas tierras. Por tanto, es preciso que establezcamos nuestros puestos de vanguardia en Asia para mantener bajo vigilancia constante los movimientos de sus tropas. Para nosotros es mejor combatir a los bárbaros en Asia que vernos obligados a rechazarlos en las puertas de nuestras casas.
Por este motivo los Éforos y los Ancianos han decidido que parta con una escuadra peloponense para ocupar la isla de Chipre e instalar una plaza fuerte en Bizancio, la ciudad que controla el estrecho del Helesponto. Aquí lo tienes —dijo señalando con el dedo el mapa—, este delgado brazo de mar que separa Asia de Europa.
Cleidemo no lograba comprender cómo era posible dibujar el mar y la tierra en una piel de oveja y cómo podía servir para viajar hasta un lugar para después regresar al punto de partida.
—Dime, ¿en esta figura está también el monte Taigeto? —inquirió tímidamente.
—Sin duda —repuso el rey con una sonrisa—, mira, tu montaña se encuentra en este punto, y esta es Esparta, nuestra ciudad.
—Pero ¿hay otras tierras más allá del límite de esta figura?
—Sí, muchas otras, hacia septentrión y el mediodía, hacia oriente y hacia poniente, y todas están rodeadas por el río Océano cuyas aguas no puede navegar ningún barco construido por el hombre. Nadie sabe lo que hay más allá del río Océano...
—¿Los Éforos y los Ancianos fijaron ya el momento de la partida?
—Los barcos deberán zarpar con la luna nueva y yo deseo que partas conmigo. Asumiré el mando de la flota aliada que tomará posesión de Chipre. Es una tierra hermosísima con cuyo control debemos hacernos: la flota persa no debe contar con ninguna base más en nuestro mar. En cuanto a ti, creo que lo mejor será que me sigas en esta empresa. Verás tierras nuevas, ciudades hermosísimas, cosas que jamás habrías soñado; debes olvidar los acontecimientos que viviste e iniciar una nueva vida. En tu ausencia, los sirvientes se ocuparán de tu casa.
—Mi casa... —murmuró Cleidemo—. No sé cuál es mi casa, ya no sé nada. Por las noches sueño con mi vida de antes y cuando despierto no reconozco nada de lo que me rodea.
Pausanias enrolló el mapa, lo guardó y se acercó al muchacho.
—Comprendo lo que sientes; son pocos los hombres a quienes les ha tocado un destino como el tuyo, y son muy pocos los que debieron enfrentarse a pruebas más duras. Pero ahora se ha cerrado el primer capítulo de tu vida; puedes tomar en tus manos el tiempo que te queda por delante y construir el siguiente... con la ayuda de los dioses y los hombres que conocen tu fuerza y tu voluntad. La vida no solo nos reserva dolores y desgracias sino también alegrías y placeres; los dioses han puesto suficientemente a prueba tu corazón: sin duda te reservan un gran futuro y yo también creo en ti, Cleidemo, hijo de Aristarcos.
La fuerte escuadra aliada que contaba con casi doscientos barcos de guerra se presentó en las aguas de Chipre una mañana de principios del verano: Cleidemo jamás había visto semejante espectáculo. Se olvidó de las
convulsiones del estómago y de las náuseas que lo atormentaron durante el viaje por mar desde Githion hasta Citera. El viento henchía las velas de los grandes bajeles dispuestos en columna y el mar bullía de espuma alrededor de los variopintos mascarones de proa, cortado por los espolones de bronce.
A bordo de la almiranta de Pausanias se izó el estandarte azul: se iniciaba la maniobra de aproximación. De las bordas bajaron al mar los remos y la flota comenzó a arrimar por babor siguiendo la costa meridional de la isla. A primeras horas de la tarde, bajo un sol resplandeciente, la escuadra de cabeza atracó sin hallar resistencia: las fuerzas del Gran Rey ya se habían retirado y los barcos fenicios de Tiro y Sidón habían regresado a sus puertos, a la espera del desquite. Pausanias se acuarteló en una hermosa casa en la parte más alta de la ciudad de Salamina y los notables pusieron a su disposición una nutrida servidumbre.
Cleidemo pasaba su tiempo entre las palestras y los gimnasios de la ciudad, donde aprendía de sus instructores las técnicas de combate, el uso de la armadura de hoplita, cuyo gran peso parecía ahogarlo. Un día, mientras se secaba después del baño, se le acercó un muchachito de tupidos rizos negros.
—¿Eres espartano, señor? —le preguntó mirándolo con curiosidad.
—Sí, soy espartano. ¿Y tú quién eres?
—Me llamo Lahgal, soy sirio; mi amo es el dueño de estos baños y me compró en el mercado de Ugarit, una hermosísima ciudad... ¿La conoces?
—No —respondió Cleidemo con una sonrisa—, no la conozco. Es la primera vez que abandono mi tierra y este es mi primer viaje por mar.
—¿Quieres decir entonces que tampoco conoces esta isla?
—En realidad, todavía no me he movido de Salamina.
—Entonces no sabes nada, señor. Esta isla es una tierra maravillosa, llena de delicias. Aquí se producen el mejor aceite y el vino más perfumado y embriagador. Aquí maduran las granadas y las palmeras dan dátiles dulcísimos que se recogen al terminar el verano. En las aguas de este mar nació la diosa que vosotros, los griegos, llamáis Afrodita y a la que los sirios llamamos Astarté, la diosa del amor.
—Veo que te gusta mucho esta tierra. ¿No añoras tu patria?
—Oh, señor —dijo el muchachito encogiéndose de hombros—, cuando llegué era muy pequeño... el amo debió de comprarme por poco dinero, pero hizo buen negocio. Me ocupo de sus recados, hago la limpieza en estos baños y vigilo que las muchachas que van a comprar al mercado no
roben el dinero ni se prostituyan a escondidas para procurárselo. Y por eso gozo de mucha libertad. Cuando he cumplido con mi trabajo, voy y vengo a mi antojo.
—Dime —continuó Cleidemo—, ¿te gustaría enseñarme esta isla que, según tú, es tan hermosa? ¿Crees que tu amo te daría permiso para hacerme de guía?
—La verdad, señor —dijo el muchachito un tanto perplejo—, el amo me ha dicho que con los espartanos no se hacen buenos negocios y que nadie quiere vuestras feas monedas de hierro. Con los atenienses es mucho mejor, pagan con bonitas monedas de plata que llevan un búho, beben de buena gana y se divierten con las muchachas. Pero tú me caes bien, aunque seas espartano, y creo que te guiaré. Si el amo no me necesita, mañana cuando cante el gallo te esperaré aquí, delante de la puerta. ¿Tienes caballo?
—No, Lahgal, lo lamento. Pero quizá consiga un asno de los porteadores; ahora que estamos parados no creo que lo necesiten.
—De acuerdo —dijo el niño, decidido—. El asno nos servirá de todos modos, aunque habría preferido un caballo. ¡Adiós!
A la mañana siguiente, cuando salió el sol ya estaban recorriendo el camino costero que llevaba a la ciudad de Parhos, donde se levantaba el templo de Afrodita. El camino serpenteaba entre las colinas cubiertas de olivos y salpicadas de casitas blancas y, de vez en cuando, descendía hasta el mar. El aire olía a sal y a resina de pino, los campos todavía verdes estaban tachonados de flores blancas y amarillas sobre las que empezaban a volar las mariposas a medida que el sol secaba el rocío de la noche acumulado en sus alas.
Cleidemo se sentía ligero a la grupa del asno, en compañía de su joven amigo, que iba sentado delante de él.
—Todavía no me has dicho tu nombre —le comentó Lahgal en un momento dado.
—Te parecerá extraño —repuso Cleidemo con una sonrisa—, pero para mí es muy difícil contestar esa pregunta.
—Te burlas de mí —rebatió Lahgal—. Hasta los niños saben decir su nombre.
—De acuerdo, Lahgal —continuó el joven—, el hecho es que tengo dos nombres porque tengo dos familias, pero no tengo padre y la madre que me queda no es mi verdadera madre, esa se ha muerto... hará dos meses, en
mi casa, que nunca había visto y en la que en total viví pocos meses cuando todavía no podía entender ni recordar nada.
Lahgal torció hacia él la cabeza y lo miró con expresión de asombro.
—Me tomas por loco, ¿verdad? —le dijo Cleidemo al tiempo que sonreía—. Sin embargo, lo que te he dicho es la pura verdad.
La mirada de Lahgal pasó del asombro a la seriedad; el muchachito se volvió y clavó la vista en el camino polvoriento.
—Tal vez —dijo al cabo de un breve silencio—, tal vez tú eres distinto... distinto de los otros hombres que viven sobre la tierra...
—No, mi joven amigo, en absoluto. Soy una persona como tú, a la que los dioses le han reservado un extraño destino. Si quieres, puedo contarte mi historia. —Lahgal asintió—. Pues bien, hace muchos años, cuando tú no habías nacido, en cierta gran casa de Esparta nació de noble familia un niño al que sus padres pusieron el nombre de Cleidemo. Pero no tardaron en advertir que el pequeño estaba tullido y el padre se lo llevó una noche y lo abandonó en el monte. Así lo mandaban las leyes de Esparta: los niños que no tenían el cuerpo perfecto, a los que les habría sido imposible convertirse en guerreros, debían ser abandonados. Sin embargo, un viejo pastor, un ilota que llevaba a pastar los rebaños de su amo en los prados del monte Taigeto, encontró al pequeño. Lo recogió, se lo entregó a su hija para que lo criara y le puso el nombre de Talos, y así lo llamaron los ilotas.
»El niño creció, aprendió a luchar y a disparar con arco, y llamó madre a la mujer que lo había criado, y abuelo al viejo pastor. Aprendió también a moverse con habilidad, obligó a su pie deforme a soportar por lo menos parte del peso de su cuerpo, se sometió a extenuantes pruebas para compensar la desgracia con la que los dioses lo habían golpeado. Al mismo tiempo, su hermano, algo mayor que él, crecía entre los jóvenes de la ciudad, educado como un guerrero.
»Un día, los dos muchachos se encontraron en el llano y sin saberlo, Talos se batió con su hermano, que por poco no lo mata...
—¿Por qué te batiste con tu hermano? —lo interrumpió Lahgal—.
Porque tú eres Talos, ¿no es verdad?
—Porque mi hermano y sus compañeros habían atacado a una amiga mía, la hija de un campesino del llano. A partir de aquel día me odió. Una noche subió hasta mi cabaña , hizo que su perro dogo matara mis ovejas, me dio una tremenda paliza... Después llegaron los años de guerra entre las ciudades de Grecia y el Gran Rey.
»A los ilotas nos llevaron a la ciudad para ser elegidos como ayudantes de los guerreros y a mí me eligió mi propio hermano; lo vi luchar en las Termópilas y allí también vi a mi padre, que me había abandonado de pequeño, aunque no sabía quién era, pero creo que el sí lo sabía... recuerdo su mirada, las raras ocasiones que tuve de mirarlo a los ojos. Era como si en él ardiera una pena sin límites, mantenida a raya por una desmesurada fuerza de ánimo... Mi padre era un gran guerrero, primo del rey Cleomenes y del rey Leónidas. Murió con los demás guerreros de Esparta, exterminados hasta el último hombre en las rocas de aquel desfiladero.
Cleidemo calló y durante un trecho solo se oyeron las pisadas de los cascos del asno en el sendero que se había vuelto de piedra. Un campesino que guadañaba la hierba de un prado cercano levantó la cara para secarse el sudor y los saludó agitando el sombrero de ancha ala. Las cigüeñas que buscaban insectos en la hierba cortada levantaron vuelo y desaparecieron detrás de una colina.
—Yo también oí hablar de los trescientos héroes de las Termópilas —
dijo al cabo Lahgal—. Hace pocos meses oí cantar un lamento fúnebre escrito en su honor por un gran poeta de las islas.
—¿Decía el lamento que dos de esos guerreros se salvaron? —
preguntó Cleidemo.
—No, siempre creí que habían muerto todos.
—Es como te digo: dos de ellos se salvaron y yo los acompañé a Esparta por orden del rey. Uno de ellos era mi hermano Brito. Debían entregar un mensaje a los Ancianos, pero nadie supo nunca qué decía el mensaje. Se propagó el rumor de que los dos guerreros habían mentido o que habían conseguido que el rey les mandase regresar para salvar la vida.
Nadie quiso volver a saber de ellos, nadie les dirigió la palabra. Los llamaban cobardes y traidores. Uno de ellos se ahorcó en su casa; el otro, mi hermano, huyó una noche a la montaña con la intención de matarse, pero yo llevaba tiempo vigilándolo: se lo impedí a la fuerza, lo llevé a mi cabaña
, lo convencí para que limpiara su honor y me ofrecí a luchar a su lado contra los persas y a ayudarlo en su guerra solitaria.
»Un hombre fiel a mí robó de su casa la armadura de nuestro padre y con ella Brito combatió todo el otoño, el invierno y la primavera en Fócida, Lócrida y Beocia; y yo con él. Nos escondíamos en los bosques, dormíamos en las cuevas de los montes; de día atacábamos por sorpresa a los destacamentos persas, a grupos aislados que iban en busca de comida y
forraje para los animales. Mi hermano era una furia; en ese tiempo exterminó a más de doscientos soldados y oficiales persas mientras yo le cubría las espaldas disparando con mi arco.
El sol ya estaba muy alto y hacía calor; el camino bajaba hacia una pequeña bahía en la que verdeaba un plátano. El asno trotó en busca de sombra, atraído por el frescor y el verde de la hierba. Cleidemo no lo sofrenó y, cuando el animal se detuvo y se puso a comer, bajó de la albarda y se sentó con Lahgal a la sombra del frondoso árbol. A poca distancia, el mar bañaba con sus olas la playa y miles de piedrecitas multicolores brillaban como gemas preciosas bajo los rayos del sol.
—¿Y nunca os disteis cuenta de que erais hermanos? —preguntó de pronto Lahgal, siempre dándole la espalda a su compañero.
—No —respondió Cleidemo mirando la espuma del mar que bullía entre las piedras de la playa—, mi hermano Brito solo se me parecía en los ojos. Era el retrato de mi padre. Era más alto que yo, más corpulento; la costumbre de llevar la armadura pesada había desarrollado su cuerpo.
Cuando se desnudaba para bañarse en el río parecía la estatua de Heracles...
Yo, en cambio, me parezco a mi madre.
—¿Y eso no bastaba? —preguntó Lahgal, sorprendido.
—No, no bastaba, porque yo parecía un sirviente y él un señor. La servidumbre te acostumbra a llevar la mirada gacha, apaga el brillo de los ojos, te hace más parecido a los animales con los que te pasas la vida...
Se interrumpió; Lahgal se había vuelto de repente para mirarlo con los ojos empañados. Cleidemo torció a su vez la cabeza hacia él como si hubiera sentido el peso de su mirada.
—¿He dicho algo que te ha incomodado? Sí, es así... lo veo claro.
El muchachito inclinó la cabeza y se pasó la manga de la túnica por los ojos.
—Te equivocas, Lahgal —continuó Cleidemo—, cuando era sirviente fui feliz con mi abuelo en la montaña, con mi perro y mis ovejas y ahora...
ya ves, he perdido a mi familia, a mi gente. Llevo el escudo y la armadura de los Cleoménidas, una de las familias más nobles de Esparta, pero ya no sé quién soy. Añoro cuanto he dejado pero no puedo volver atrás y ante mí no veo nada. Brito murió en Platea, recuperó el honor pero perdió la vida.
El rey Pausanias, que ahora ocupa esta isla, me entregó las armas de mi hermano y me reveló mi verdadero nombre: Cleidemo. Volví a la casa en la que había nacido y me encontré con la mujer que me había parido, con mi
madre Ismene. Jamás olvidaré aquella noche, aunque viviera mil años; el corazón se me había endurecido como una piedra de solo pensar en la que había tenido el coraje de abandonar a su propio hijo a los lobos de la montaña. Saboreaba casi el placer de torturarla, de hacerle sufrir, a ella, la esposa altiva de Aristarcos. Pero me encontré ante una criatura quebrada, con el rostro cavado por las lágrimas y una mente que vacilaba al borde de la locura.
«Cuando la estreché contra mí y le prometí que jamás la abandonaría su corazón no soportó la emoción... y murió en mis brazos...
Lahgal se puso de pie, le tendió la mano a su compañero, lo hizo levantar a su vez y lo condujo hasta la orilla del mar. Caminaron en silencio con el agua a la altura de los tobillos escuchando el rumor de las olas. De pronto, el niño se inclinó, recogió una conchilla de hermosos colores y se la ofreció a Cleidemo.
—Tómala, trae suerte.
—Gracias, Lahgal, es muy hermosa —dijo el joven aceptando el regalo.
—Oh, no es nada; así, cuando estés lejos, te acordarás de mí, Dos Nombres.
Cleidemo apretó la conchilla en el puño.
—¿Dos Nombres? ¿Me has llamado Dos Nombres?
—¿No te parece bonito llamarte Dos Nombres?
—Sí, es muy bonito; además, me parece muy... muy adecuado.
Lahgal sonrió y le guiñó el ojo. —Tengo hambre, Dos Nombres, ¿tú no?
—Tengo un hambre que me comería un buey con cuernos y todo.
—¡Entonces, corre! ¡A ver quién llega primero al saco de las provisiones!
El pequeño echó a correr por el agua levantando mil salpicaduras iridiscentes.
El mar parecía de fuego cuando en el fondo de una bahía apareció el puerto de Paphos; el sol bajo sobre la extensión de agua despedía reflejos dorados por las casas de la ciudad.
Unas palmeras altísimas se destacaban entre los tejados bajos mostrando sus turgentes penachos amarillos entre las hojas recortadas. Aquí y allá, en los huertos y jardines, entre el verde intenso y brillante de las hojas, escudriñaban las flores escarlatas de los granados. Las colinas de
alrededor estaban cubiertas de olivos que brillaban como la plata punteados por los negros vértices de los cipreses. Cleidemo detuvo al asno para contemplar el espectáculo.
—En mi vida había visto nada tan hermoso, Lahgal. ¿Es esa la ciudad de Paphos?
—No —respondió el niño—, es el puerto. La ciudad está en el interior, detrás de esas colinas, a nuestra derecha; es muy antigua y está ceñida alrededor del templo, la construcción más importante. Pero en el templo no pude entrar nunca porque soy niño, tal vez, o porque soy un esclavo... no lo sé. Dicen que dentro hay cosas maravillosas. Anda, vámonos, que aún nos queda camino por recorrer.
—Pero llegaremos de noche —arguyó Cleidemo—, y no habrá nada más para ver.
—Te equivocas —dijo Lahgal con un guiño malicioso—, por la noche el templo está abierto mucho rato para los peregrinos que deseen ofrecer sacrificios a Afrodita. Dicen que la diosa los observa mientras lo hacen y si alguno le gusta, se le aparece durante la noche...
—Dime, Lahgal, ¿en qué consiste el sacrificio?
—Vaya —dijo el pequeño volviéndose hacia su compañero—, entonces es verdad lo que se dice de vosotros, los espartanos, ¡sois incautos y poco brillantes de mente!
Cleidemo lo miró, azorado.
—¿Qué insinúas?
Lahgal taloneó los flancos del asno y dijo:
—Está claro que tendré que explicártelo todo; verás, en este templo viven muchas jóvenes hermosísimas, son las siervas de la diosa. Una vez en el templo, los peregrinos le hacen una ofrenda y después eligen a una de las muchachas y con ella... sacrifican a la diosa un poco de su amor. ¿ Lo has comprendido ahora ?
—Lo he comprendido —dijo Cleidemo esbozando una sonrisa incómoda—, lo he comprendido. Pero ¿qué tiene que ver en todo esto la diosa? A mí me parece que no es más que una estratagema para engordar el templo con el dinero de los incautos, como me has llamado tú.
—No digas eso —lo interrumpió Lahgal—, ¡estás loco! La diosa podría escucharte y castigarte.
—Basta, Lahgal, no te burles de mí; los dioses no pueden castigarme más de lo que ya lo han hecho. Después de lo que padecí no hay nada en el
mundo capaz de espantarme.
Lahgal torció la cabeza hacia atrás y aferró con fuerza la mano de su compañero.
—Ten cuidado, Dos Nombres, la diosa existe de verdad y a veces se aparece en el templo. Al parecer, muchas personas la vieron bajo diversas formas y quienes la han visto han quedado tan impresionados que les ha trastocado el corazón y la mente. Dicen que un sátrapa persa a quien la diosa se apareció perdió el habla y no volvió a recuperarla.
Había oscurecido y no se veía a nadie. La callejuela subía serpenteando y se internaba en un bosque de acebos agitados por el ligero soplo de la brisa de mar. Los pájaros regresaban a sus nidos y su piar, sus silbos y sus chillidos poblaban el bosque. Cansado del largo viaje, Lahgal se estremeció y se echó la pequeña capa sobre los delgados hombros. El último resplandor se apagó sobre el mar lejano, que se tornó color de plomo.
—Tengo que orinar —dijo de repente interrumpiendo el pesado silencio.
—¿Precisamente aquí? ¿No puedes esperar a que divisemos la ciudad?
—¡Te digo que tengo que orinar!
—Está bien, está bien, no te inquietes.
Cleidemo tiró del cabestro del asno y se detuvo. Saltó al suelo mientras el pequeño, que se había deslizado por la albarda, se acercaba al borde del camino. Regresó enseguida.
—¿Eso es todo? —le preguntó Cleidemo.
—Eso es todo.
—Entonces vuelve a montar, que es tarde.
—Me duele el trasero y prefiero andar. Tú vas muy cómodo en la albarda pero yo tengo que ir sentado en los huesos. Me he hartado.
—De acuerdo, sigamos a pie.
Como una delgada hoz, asomó la luna en lo alto de las copas de los árboles y difundió una claridad tenue sobre el polvo blanco del camino. Los dos anduvieron un trecho en silencio.
—Dos Nombres, tal vez ya no quieras ir a ver el templo.
—Pues sí, quiero ir. Después de todo lo que me has contado, sería una tontería que no fuera a verlo. A lo mejor la diosa tiene algo que decirme a mí también.
—¿Y no tienes miedo, Dos Nombres?
—Sí —respondió Cleidemo—, tal vez tenga miedo. Los dioses pueden hacernos entender cosas que preferimos no saber.
La ciudad apareció detrás de una curva del camino: se alzaba sobre la loma, pálida bajo el claro de luna.
—Lahgal —continuó Cleidemo—, ¿sabes cómo es el simulacro de la diosa?
—Me lo han descrito, pero como ya te he dicho, no lo he visto nunca.
No tiene facciones, no tiene cuerpo ni rostro como las demás estatuas de los dioses.
—Entonces, ¿qué es?
—Verás, tiene forma de doble espiral que se alarga hacia arriba como en una punta.
—Qué extraño, nunca había oído nada parecido.
—Dicen que ese es el símbolo o la forma misma de la vida.
—Pero la vida asume distintas formas, en los hombres, en los animales, en las plantas... en los mismos dioses... ¿no te parece?
—Eso es lo que vemos pero yo creo que la vida es única: cuando está presente, los hombres se mueven, hablan, piensan, aman y odian, los animales pastan y se persiguen en los prados, los árboles y los arbustos están verdes y lozanos; cuando se marcha, los cuerpos se secan y se pudren, los árboles se marchitan.
—¿Y los dioses? —le preguntó Cleidemo, asombrado por los comentarios del niño, que caminaba a su lado tratando de acoplar su propio paso a su andar ondulante.
—Como se dice, los dioses no pueden tener vida si no pueden morir.
Tal vez ellos sean la vida. Y se equivocan los artistas que los representan como nosotros. Por eso la diosa que verás es una doble espiral... tiene la forma de la vida...
Cleidemo se detuvo un instante y volviéndose a Lahgal le preguntó:
—¿Quién te ha enseñado estas cosas? Jamás había oído a un niño hablar de este modo.
—No me las ha enseñado nadie, pero escuché las conversaciones de algunos peregrinos que se quedan mucho tiempo en las inmediaciones del templo, gente que habla un antiguo dialecto de esta isla que tú no entenderías... Además, nadie hace caso de un niño que, para colmo, es esclavo. Hablan como si estuvieran en presencia de su caballo o de su perro, pero yo escucho porque quiero aprender todo lo que pueda y un día... quizá
consiga ser libre e ir y venir como me plazca y conocer países y ciudades lejanas.
Las primeras casas de Paphos se encontraban a tiro de piedra; Lahgal enfiló decidido por el camino que pasaba por debajo de una de las puertas de la muralla, maltrecha y en desuso, y condujo a su compañero hasta la zona alta, desde donde se veían brillar las luces del templo. Se detuvieron cerca de una fuente.
—Lávate —le dijo Lahgal—, hueles a sudor.
—Escúchame, Lahgal, ¿no pensarás que tengo intención de...?
—No pienso nada, tonto, pero tienes que lavarte de todos modos si quieres entrar en el templo, ¿no?
Cleidemo se quitó la túnica, se lavó en la fuente y después, guiado por Lahgal, se acercó a la entrada del templo. Era una construcción no muy alta, hecha con bloques de piedra gris precedida por un pórtico. Columnas de madera sostenían en la parte anterior un arquitrabe decorado con baldosas pintadas en colores vivos. Cleidemo se detuvo para contemplarlas.
—¿Qué miras? —le preguntó Lahgal—. Las verás mejor mañana con la luz del sol. Ahora entra —y lo empujó hacia la entrada—, te espero fuera.
Cleidemo avanzó hacia el umbral: por los batientes entreabiertos se filtraba un fulgor rojizo. Entró en la gran sala interior dividida por dos filas de columnas de madera; de cada una de estas colgaba una linterna de aceite con tres llamas. Flotaba en el aire un olor fuerte y embriagador, que provenía de un brasero de bronce situado al fondo de la sala, delante del simulacro de la diosa, la gran escultura también de bronce que se alzaba sobre un pedestal. En las espirales del ídolo las luces palpitantes de las lámparas dibujaban reflejos ondulantes, fulgores repentinos que parecían animarlo con un movimiento ascendente y helicoidal. El silencio era profundo y se podía oír el leve crepitar del incienso en los carbones del brasero. En el suelo había una piel de buey en la que Cleidemo se sentó para continuar mirando el simulacro. Notó que un ligero entumecimiento se apoderaba de sus miembros, como una somnolencia, y la doble espiral del simulacro dio la impresión de animarse lentamente: giraba de abajo arriba, sus vueltas despedían reflejos sangrientos y el movimiento se fue haciendo imperceptiblemente más rápido. Cleidemo parpadeó para desechar la ilusión, porque de ilusión debía de tratarse... ¿o sería el efecto de aquel extraño perfume? O quizá el cansancio... o el hambre.
El simulacro se quedó inmóvil en el pedestal pero a su derecha... ¿o sería a la izquierda...?, había una mujer de pie. Se arrodilló mientras ella lo observaba y su túnica roja se deslizaba entre sus piernas doradas... caía al suelo y allí fue como una rosa escarlata que se marchitaba a sus pies. En las piernas como de cervata llevaba brazaletes de resplandeciente ámbar... los muslos de bronce reproducían los mismos reflejos que el simulacro de la diosa... y el perfume era más fuerte y distinto, como de almendras, casi amargo... ¿por qué no se le veía el rostro? Largos cabellos de fuego lo cubrían y bajaban hasta el pecho. Se acercaba... se acercaba... levantaba la cabeza (pero se oía una música... un sonido indefinible de flautas lejanas...), mostraba el rostro... ¡Dioses del Olimpo… dioses del Olimpo! Mostraba el rostro de Antinea.
Tendió los brazos.
—¡Oh, diosa, señora de este lugar, haz que no sea un sueño cruel! —
murmuró—. Oh, amor mío lejano... imagen de una época demasiado breve... Antinea... —Su rostro desapareció tras un velo de lágrimas, una noche mientras moría el sol, para no volver jamás...—. Antinea... Antinea
—murmuró.
Yació boca arriba entre la ola de cabellos perfumados, ardió en un abrazo caliente que parecía no tener fin. La luz de las lámparas se tornó insegura y temblorosa, los últimos fulgores huyeron en medio de las tinieblas que envolvían el santuario. El ídolo de bronce, inmóvil y frío en la oscuridad, reflejaba los rayos pálidos de la luna.
El alba empezaba a iluminar la gran sala hipóstila del templo; por la puerta que había detrás del simulacro entró un hombre envuelto en una capa negra, avanzó hasta el lugar donde yacía Cleidemo, sumido aún en el sueño, y, dirigiéndose a la mujer tendida a su lado, le preguntó:
—¿Ha dicho algo?
La muchacha se cubrió y se puso en pie.
—No, nada interesante —respondió en voz baja—, los humos del sagrado brasero lo embriagaron más allá del límite, pero me llamó varias veces con un nombre...
—¿Qué nombre? Puede tener algún significado.
—Antinea, creo... pronunciaba ese nombre con pasión, con los ojos llenos de lágrimas ardientes... me dio pena. —Lanzó una mirada al muchacho. Cleidemo se reanimó pero no abrió los ojos—. Una tarea que habría preferido evitar —añadió la muchacha en voz baja.
—No te quejes —le dijo el hombre—, recibirás una recompensa lo bastante cuantiosa como para pagarte las molestias. ¿Estás segura de que no dijo nada, ni siquiera en sueños?
—Nada. Estuve despierta toda la noche para que no se me escapara ni un solo suspiro, como tú me mandaste. Pero ¿qué tiene de especial este joven para merecer la misma atención que un sátrapa de Persia o un tirano de Sicilia?
—No me lo preguntes porque ni siquiera yo lo sé y tampoco sé quién está detrás de todo este asunto. De todos modos debe de tratarse de algo muy importante, es posible que este joven pertenezca a alguna poderosa familia del continente. Pero ¿estás segura de que en sueños no dijo nada?
—Nada que tuviera significado... si en su mente hay un secreto está tan escondido y profundo que ni siquiera el abandono más completo del sueño y del amor son capaces de liberarlo. Puedo decirte que ama con inmensa pasión a esa mujer llamada Antinea. Debe de haberla perdido en el momento en que la amaba con desmesura y por eso la herida no se ha cerrado. Nuestro poder y el del santo simulacro hicieron resurgir en él la imagen de la mujer que quiere. Vio en mí a Antinea, su amor perdido; es cuanto puedo decirte. Es un amor tan grande que me ha asustado... si se hubiese roto la ilusión, habría sido capaz de destruirme...
—No lo creo. Las ilusiones que podemos suscitar en este lugar sagrado de la diosa no germinan de la nada. En su espíritu tiene que haber otra voluntad, otra fuerza, casi otra persona.
—¿Por qué no hiciste entonces que interviniese la gran sacerdotisa?
Solo ella habría sido capaz de indagar a fondo en su espíritu y ver...
—La gran sacerdotisa lo vio entrar en el templo y tras él vio la sombra de un lobo que lanzaba siniestros relámpagos por los ojos enrojecidos y mostraba los colmillos cuando ella intentaba escrutar su mente.
La joven arrugó la frente, se ciñó la túnica al cuerpo desnudo y fue hasta el fondo de la sala seguida por el hombre; los dos desaparecieron por la puertecita que había quedado abierta. Cleidemo abrió los ojos y miró hacia arriba: por la abertura del techo se filtraba hacia el interior la luz de la mañana; en la cornisa del tejado unas palomas blancas se arrullaban dándose besos con el pico; los gorriones cruzaban el vano iluminado llenándolo con el rumor de sus alas y el gorjeo de los pinzones y jilgueros que anunciaba la salida del sol aumentaba por momentos. Se levantó y se llevó las manos a las sienes, cruzó la sala y salió al pórtico. A los pies de la
escalinata, al lado del asno, estaba Lahgal. Cleidemo se le acercó con mirada torva.
—¡Pequeña serpiente! —le gritó y le asestó una bofetada—. Lo sabías todo.
Montó de un salto en el asno, bajó al trote por las callejuelas de la ciudad y salió por la puerta occidental al camino del puerto. Retuvo al animal para que fuera al paso y reflexionó sobre lo que acababa de oír en el templo. Oyó un grito a sus espaldas.
—¡Dos Nombres! ¡Dos Nombres, detente! ¡Detente, por favor!
Lahgal lo seguía a la carrera y lloraba y gritaba todo a la vez.
Cleidemo no se volvió. El niño lo alcanzó jadeante.
—Dos Nombres, sé lo que piensas, pero no creía que te estuviera haciendo nada malo. El amo me pidió que te llevara al templo... ¿Qué otra cosa podía hacer? —Cleidemo no le contestó—. Escúchame, Dos Nombres,
¿qué ocurrió en el templo? ¿Te han hecho daño?
—Te he contado la verdadera historia de mi vida y tú me has engañado. ¡No quiero volver a verte, márchate!
Lahgal le tiró de la túnica.
—Tú eres libre, Dos Nombres, y puedes decir lo que te plazca. Pero yo soy un esclavo y si no hago lo que me mandan, me muelen a palos, me dejan sin comer y me obligan a pasar sed.
Corrió delante del asno, se detuvo en mitad del camino, se colocó de espaldas, se levantó la túnica y dejó al descubierto la espalda delgada, cuajada de cicatrices.
—¡Mírame la espalda, Dos Nombres! —gritó con lágrimas en los ojos
—. Tú también mientes si dices que fuiste esclavo y no puedes entender lo que hizo Lahgal.
Cleidemo se bajó del asno y se acercó al niño.
—Comprendo, Lahgal, sé lo que quieres decir, perdóname si te he pegado.
Le puso una mano en los hombros huesudos.
—¿Quieres decir que puedo ir contigo, Dos Nombres? ¿Ya no estás enojado?
—No, ya no.
El niño se secó los ojos y volvió a cubrirse. Caminaron en silencio, asidos de la mano. El sol asomaba detrás de las colinas que descendían
hacia el mar prolongando sus sombras en el polvo dorado del camino, y el cielo se llenó de golondrinas.
El caballero fue conducido de inmediato en presencia del rey Pausanias, que velaba en su alcoba a la luz de un gran candelabro de seis brazos.
—Que los dioses te mantengan en buena salud, señor —le auguró el hombre—. Vengo a contarte el resultado de la misión que me confiaste.
—Siéntate —le ordenó el rey—, y habla.
—Y bien, mi señor, todo salió de la mejor manera posible. El joven Cleidemo no sospechó nada, entró en el templo y pasó allí la noche. Por desgracia, no reveló nada de lo que te interesa saber. Sumido como estaba en el ensueño, su mente creyó ver en la muchacha que se le apareció en el templo a una mujer a quien debe de haber amado mucho y a la que debe de haber perdido.
—¿La llamaba por su nombre? —preguntó el rey.
—Antinea, la llamaba Antinea. No obstante, la muchacha no se atrevió a personificar a una mujer de la que no conocía más que el nombre. La verdad es que en cierto modo el joven parecía dueño de una parte de su conciencia y, de haber ido más allá, habríamos podido desencadenar en él una cólera peligrosa. La gran sacerdotisa, que lo escrutó a fondo al entrar, sintió miedo.
—Antinea... —murmuró el rey mientras se pasaba la mano por la frente—. Sin duda será una muchacha de la montaña... ¿no dijo nada más que revelara sus sentimientos?
—No, señor... solo palabras... palabras de amor —respondió el hombre sintiéndose incómodo.
—Lo comprendo, está bien, puedes marcharte. Mi tesorero te entregará la recompensa pactada.
El hombre salió después de hacer una reverencia y el rey se quedó solo para meditar.
«De manera que, al parecer, el joven Cleoménida solo tenía sentimientos privados y personales. Por otra parte, el amor es un sentimiento comprensible en un hombre de su edad. Mejor así... bien mirado era mejor así si se tiene en cuenta lo que tenía en mente para él. De todas maneras, quedaba tiempo, mucho tiempo, y sabría convencerlo, conseguir que se uniera a él. En el fondo no tenía experiencia del mundo en el que viviría y ni un solo amigo en la faz de la tierra.»
OceanofPDF.com