Talos de Esparta
El Arco de Critolao
—Cuidado, muchacho —decía el viejo clavando la mirada penetrante en Talos—, sabes bien que si un pájaro se rompe un ala no puede volar más.
Talos lo escuchaba sentado en el suelo, al lado de Crío.
—Pero para un hombre es distinto, la verdad es que tú eres bastante ágil y rápido aunque cojees de un pie. Pero quiero que te hagas más fuerte y seguro, más que los otros muchachos. El cayado que ciñes en la mano deberá ser para ti como una tercera pierna, yo te enseñaré a utilizarlo. Te resultará extraño, pero para aprender lo que quiero enseñarte deberás emplear toda tu voluntad. No se trata únicamente de apoyarse en él para andar como has hecho hasta ahora. El bastón se convertirá en un perno alrededor del cual harás girar el cuerpo de muchas maneras, apoyándote con uno o ambos brazos, según sea preciso.
—¿Por qué me lo dices, Critolao? ¡Ya me muevo sin dificultades, mi paso es rápido, sé seguir a los corderos que se alejan del rebaño y en las marchas a los pastizales altos resisto más que Crío, que tiene cuatro patas!
—Es cierto, muchacho, pero noto que tu cuerpo se está doblando como un leño verde al sol. —El rostro de Talos se ensombreció—. Y no quiero que eso ocurra. Si no lo impedimos, tus movimientos se verán cada vez más impedidos y, cuando tus huesos se hayan vuelto duros y rígidos, ya no podrás confiar en tus fuerzas. —El viejo hizo una pausa y luego prosiguió
—: Talos, el pie se te torció cuando la comadrona te sacó del vientre de tu madre; a Hilas, tu padre, lo atacó un oso en la montaña y murió entre mis brazos. Antes de que cerrara los ojos le prometí que haría de ti un hombre...
En cierto modo puedo decir que lo he conseguido porque tienes el espíritu firme, la mente dispuesta y el corazón generoso, pero quiero que te hagas fuerte, muy fuerte, y tan ágil que nada te parezca imposible.
El viejo calló un instante, entrecerró los ojos como si buscara otras palabras en el fondo de su antiguo corazón; apoyó una mano en el hombro del muchacho y después, hablando despacio, prosiguió:
—Talos, contéstame con sinceridad... ¿Has vuelto al llano a ver a los guerreros a pesar de que yo te lo prohibiera? —El muchacho bajó la mirada
—. Comprendo —prosiguió el viejo—. Has vuelto; me lo imaginaba y también creo saber por qué.
—Si es así —lo interrumpió el muchacho, resentido—, dímelo, porque yo no lo sé.
—Has vuelto porque te fascinan su fuerza y su poder... tal vez tu corazón no sea el de un simple pastor...
—¿Te burlas de mí, Critolao? ¿Qué otra cosa podemos ser sino criados y pastores de rebaños ajenos?
—¡No es cierto! —exclamó de repente el viejo.
Por un momento, en sus ojos se reflejó una fuerza altiva y noble; su mano, como la garra de un viejo león, aferró la muñeca del muchacho, que lo miró asombrado. Critolao retiró despacio la mano, bajó la vista y la cabeza en la actitud de quien tuvo que aprender a obedecer a la fuerza.
—No es cierto —prosiguió con tono más calmado—, nuestro pueblo no siempre fue esclavo, hubo un tiempo en que dominó las montañas y los valles hasta el mar occidental y toda la llanura hasta el cabo de Ténaro, donde criaba manadas de fogosos caballos; Néstor y Antíloco, señores de Pilos y de Itome, combatieron con Agamenón bajo las murallas de Troya.
Cuando los dorios invadieron estas tierras, antes de rendirse, nuestro pueblo combatió con denodado valor... Por nuestras venas fluye sangre de guerreros: de los reyes Aristómenes y Aristodemo...
—¡Están muertos! —prorrumpió el muchacho—. ¡Muertos! Y con ellos murieron los guerreros de los que hablas. Y nosotros seguiremos siendo criados toda la vida, ¿lo has comprendido? ¡Criados!
Critolao lo miró con ojos llenos de sorpresa y dolor.
—¡Criados! —repitió Talos, confundido, y en voz más baja, añadió—: Criados.
Tomó entre las suyas las manos del viejo, que callaba, confundido, y le preguntó:
—¿ Cuántos años hace que ocurrieron las cosas de las que hablas? La gloria de tus reyes ha caído en el olvido. Sé lo que piensas, sé que mis palabras te sorprenden porque siempre he escuchado tus historias con la boca abierta. Son historias muy hermosas. Pero ya no soy un niño y tus sueños dañan el corazón.
Entre ambos se hizo un silencio interrumpido solo por el balido de las ovejas encerradas en el redil. Oscurecía, el viejo se puso en pie y aguzó el oído.
—¿Qué ocurre? —preguntó Talos.
—¿Los oyes? Son los lobos. Aullaban así la noche en que... viniste al mundo. Y todavía no ha llegado la estación de los amores.
—Casi ha oscurecido —observó Talos—. Entremos.
—No, a veces los dioses envían señales. Es hora de que sepas. Ve a casa, tráeme la capa y una antorcha, y sígueme.
Critolao tomó el camino que llevaba al bosque, que se alzaba oscuro al borde del claro. Una vez allí, el viejo enfiló por un sendero tortuoso que se internaba entre los árboles, seguido del muchacho, que iba mudo y pensativo. Después de casi una hora de marcha silenciosa, los dos llegaron al pie de un saliente de roca cubierto por el tupido manto del musgo. A los pies de la roca había un montón de piedras que parecían haber caído hacía mucho de la montaña.
—Mueve esas piedras —le ordenó Critolao—. No estoy en condiciones de hacerlo yo.
Talos obedeció, curioso e impaciente por saber qué misterio se disponía a revelarle el viejo. Se puso a trabajar con ímpetu, aunque no sin dificultades. Las piedras, cubiertas por una capa verdosa de algas y musgo, se le resbalaban de las manos, pero el muchacho siguió trabajando sin sosiego hasta que, a la luz de la antorcha que el viejo sostenía en la mano, empezó a entrever una cavidad que se abría a los pies de la roca. Cuando Talos terminó de quitar las piedras apareció una galería subterránea; en el fondo se distinguían algunos escalones apenas esbozados, cubiertos de moho grisáceo.
—Entremos —dijo Critolao inclinándose hacia la entrada de la galería
—. Ayúdame —añadió—, no quiero romperme las piernas en este agujero.
Talos bajó primero, tendió la mano a Critolao, que entró a su vez apoyándose en el muchacho para no resbalar. Después de bajar por los rústicos escalones cavados en la piedra, los dos se encontraron en una pequeña gruta de cuyo techo, algo más alto que un hombre, goteaba agua en varios puntos. El antro parecía vacío hasta que Critolao apartó la antorcha e iluminó un rincón donde había una enorme caja de madera, reforzada con placas de bronce, cubierta de incrustaciones. La tapa estaba sellada con pez a lo largo del plano de apertura. El viejo corrió el pestillo y con la punta del cuchillo arrancó la pez.
—Abre —le ordenó a Talos, que observaba atónito aquellas operaciones.
—¿Qué hay en la caja? —preguntó el muchacho—. ¿Acaso un tesoro que has mantenido oculto hasta ahora?
—No, Talos, ahí dentro no hay riquezas, sino cosas que para mí son más valiosas que el oro y la plata: ábrela y lo sabrás.
El joven tendió la mano y dijo:
—Dame el cuchillo.
El viejo se lo entregó; Talos se dispuso a forzar la tapa de la caja que, poco a poco, comenzó a despegarse del plano de apertura al que parecía sellada. Cuando el cuchillo consiguió pasar a lo largo de toda la hendidura, el muchacho se incorporó, miró un instante a su compañero, que le respondió con una inclinación de cabeza, levantó entonces con gran esfuerzo la tapa y la apoyó en la pared de la gruta; le quitó a Critolao la antorcha e iluminó el interior del arca.
Ante sus ojos apareció algo que lo dejó sin palabras: había un yelmo espléndido, de bronce, coronado por dientes de lobo encastrados en el metal; una pesada coraza, también de bronce, decorada con estaño y plata; había una espada encerrada en su vaina, con el arriaz de ámbar y quijotes y grebas repujados y un enorme escudo con cabeza de lobo, todo maravillosamente conservado.
—Es increíble —le dijo Talos al viejo sin atreverse a tender la mano hacia aquellos objetos—. ¿Cómo es posible? Esta caja ha estado cerrada desde tiempo inmemorial y la armadura está perfecta.
—Mírala mejor..., tócala —le dijo el viejo.
El muchacho tendió la mano para tocar las espléndidas armas.
—Sebo —murmuró—, cubiertas de sebo... ¿Has sido tú, viejo?
—Sí, yo, y otros antes que yo, durante mucho tiempo... Ese saco que ves ahí también fue untado antes de que lo cerraran por última vez... Ábrelo
—le ordenó el viejo indicándole un envoltorio oscuro que Talos, deslumbrado por la fantástica armadura, no había visto.
Tendió las manos febriles para abrir el saco rígido y mugriento, las metió en su interior y sacó un arco gigantesco completamente cubierto por una espesa capa de sebo de carnero.
—Bien —dijo Critolao mientras limpiaba despacio el objeto con el dorso del cuchillo—. Bien... Sigue en perfecto estado, en manos expertas puede incluso volver a matar... —sus ojos brillaron en la estrecha hendidura que formaron los párpados—, en manos expertas —repitió mirando al muchacho con imprevista determinación en los ojos—: ¡Tus manos, Talos!
El brazo enjuto y huesudo, recorrido por venas azuladas, tendió el inmenso arco al muchacho, que lo miraba sin atreverse a tocarlo.
—Tómalo, muchacho, es tuyo.
El joven salió de su ensimismamiento y tomó entre sus manos el arma fantástica. Era de asta reluciente y pulida, únicamente la empuñadura estaba recubierta por una fina lámina de plata en la que habían repujado una cabeza de lobo. La profunda muesca en el lado derecho indicaba que el arma había lanzado muchas flechas con fuerza increíble. Talos se sintió embargado por incontenible emoción, mil pensamientos se arremolinaron en su mente, una extraña vibración parecía emanar de aquel objeto antiguo y tremendo para atravesar su cuerpo, haciéndolo temblar como una caña.
—¿De quién es este arco, Critolao? ¿De quién son estas armas? Jamás había visto algo igual, ni siquiera los guerreros del llano llevaban nada parecido. Este arco no es de madera...
—No, es de asta.
—Pero no existen animales con astas tan largas...
—Es cierto, Talos, no existen, por lo menos en nuestro país. El animal al que le han arrancado las astas corría ya por las llanuras de la lejana Asia hace más de diez generaciones. Este arco es un regalo de un señor de esas tierras.
—¿A quién perteneció?
El viejo adoptó expresión solemne al responder:
—Es el arco del rey Aristodemo, señor de Pilos y de Itome, soberano de los mesemos, heredero de Néstor, pastor de pueblos...
Inclinó un instante la blanca cabeza y después de clavar otra vez la mirada en el rostro del muchacho, que seguía ante él con los ojos como platos y los labios entreabiertos, siguió diciendo:
—Talos, muchacho, no sabes cuánto he esperado este momento...
—¿Qué momento, Critolao? ¿Qué intentas decirme? No logro entender, estoy confundido.
—El momento de entregarte el arco del rey —repuso con firmeza el viejo—. Soy el último depositario de estas armas, conservadas con celo durante generaciones. Son el símbolo y el orgullo de nuestro pueblo, el último recuerdo de nuestra libertad. Ha llegado el momento de que te ponga al corriente de este secreto terrible y precioso. Soy viejo y tengo los días contados.
El muchacho estrechaba entre las manos el arco de asta y miraba con ojos brillantes la armadura dispuesta en el arca; de pronto levantó la vista, la clavó en la cara de Critolao y le preguntó:
—¿Qué debo hacer? No sé nada, ni siquiera conozco nuestro pueblo.
Las armas están hechas para combatir, ¿no es así? ¿No es así, Critolao?
Estoy tullido y no soy más que un muchacho. Cierra la caja... No puedo...
no sé... —Hizo una pausa tras la cual añadió con decisión—: No debiste enseñarme esas armas, es inútil... nadie podrá volver a utilizarlas.
El viejo le posó una mano en el hombro y le dijo:
—Cálmate, Talos, cálmate, hay muchas cosas que ignoras y que debes saber; hará falta tiempo, pero un día un hombre se colocará la armadura y junto a él, el rey Aristodemo regresará con su pueblo para devolverle la libertad perdida: los dioses ya saben su nombre. Toma ese arco, te enseñaré a usarlo para que puedas defenderte y vivir con el secreto incluso cuando yo haya desaparecido. Será tu compañero fiel y seguro, te protegerá de los lobos, de los osos... y de los hombres, Talos, también te protegerá de los hombres.
—¿Que peligro pueden representar los hombres, Critolao? No he hecho daño a nadie. ¿Quién puede querer la vida de un pastor tullido? —
inquirió con tristeza.
—Hay cosas que todavía no puedo contarte, muchacho. Ten paciencia, algún día las sabrás. Ahora cierra esa caja, ha llegado el momento de marcharnos.
Talos dejó el arco, se acercó a la caja para bajar la tapa, volvió a echar una mirada a las armas que despedían un destello siniestro bajo la luz trémula de la antorcha a punto ya de apagarse y, de repente, tendió la mano derecha hacia la empuñadura de la espada.
—¡No, Talos! ¡No! —gritó el viejo dándole un sobresalto—. ¡No la toques!
—Me has asustado —dijo Talos, resentido—. ¿Por qué no debo tocarla? En el fondo, aunque haya pertenecido a un rey, no es más que una espada.
—Perteneció a un gran rey, Talos, pero no es eso lo importante —
continuó Critolao con tono grave al tiempo que cerraba rápidamente la tapa de la caja—. ¡Se trata de un arma maldita!
—Déjate ya de estúpidas fantasías, viejo, eres peor que la lechuza, siempre dispuesta a asustar a la gente con su ulular estridente.
—No bromees, Talos —le advirtió Critolao, decidido—. No sabes nada. Con esa espada el rey Aristodemo sacrificó a su propia hija a los infiernos para conseguir la victoria sobre el enemigo y la libertad de los suyos. Aunque todo fue inútil... No hubo nadie que osara volver a empuñarla y tú tampoco debes hacerlo.
Talos se quedó helado y calló; cogió la antorcha de las manos del viejo y la pasó por el borde de la caja para volver a fundir la pez y sellarla.
Concluida la operación, los dos salieron de la galería y taparon la entrada con piedras. Talos camufló con musgo las piedras removidas y siguió a Critolao, que avanzaba por el sendero llevando la antorcha, que se había convertido en un resto humeante. Caminaron en silencio un buen trecho y llegaron al borde del claro; a lo lejos se divisaba la cabaña iluminada apenas por una luna pálida, a punto de ponerse. El ladrido de Crío anunció que su llegada no había pasado inadvertida. Critolao tiró el resto de la antorcha y se detuvo. Se dirigió a Talos y le dijo:
—Un día alguien volverá a empuñar esa espada, está escrito que deberá ser fuerte e inocente y que lo impulsará un amor tan grande por los suyos que acallará la llamada de su propia sangre...
—¿Dónde están escritas esas palabras y quién las pronunció? ¿Y tú cómo las sabes? ¿Quién eres en realidad? —le preguntó Talos buscando los ojos del viejo en la penumbra.
—Algún día sabrás también eso..., entonces habrá llegado el último día de Critolao... Anda, vámonos, casi es noche cerrada y mañana nos espera el trabajo.
Con paso decidido fue hacia la cabaña , seguido de Talos, que ceñía entre sus manos el enorme arco de asta: el arco de Aristodemo, el rey.
En la oscuridad, Talos yacía en su jergón de paja con los ojos muy abiertos: mil pensamientos se agolpaban en su mente, el corazón le latía como el día en que había estado en el llano y el guerrero misterioso le había dirigido la palabra. Se sentó en el jergón, tendió la mano hacia la pared y descolgó el arco que Critolao le había entregado. Lo apretó con fuerza entre ambas manos: lo notó reluciente y gélido como la idea de la muerte. Cerró los ojos, escuchó los furiosos latidos del corazón, el martilleo de las sienes en llamas, y volvió a acostarse despacio. Y sus ojos cerrados vieron:... una ciudad rodeada de baluartes, erizada de torres, una ciudad construida con gigantescos peñascos grises sobre la cima de una montaña desolada, envuelta en nubes de polvo... De pronto comenzaba a soplar un viento
impetuoso que disipaba la espesa bruma que cubría los campos áridos y aparecían los guerreros, los mismos que había visto en el llano. Eran miles, iban encerrados en las armaduras ardientes, con los rostros ocultos tras las celadas salían de todas partes y subían en círculo, en dirección a la ciudad, que parecía desierta. Surgían entre las piedras, de los arbustos, de las hondonadas, como fantasmas, atraídos por un redoble de tambor que venía de la nada. A medida que avanzaban, sus filas se hacían cada vez más nutridas y compactas, su paso se uniformaba, los escudos, borde contra borde, se convertían en una muralla de bronce, en una tenaza monstruosa que se cerraba alrededor de la ciudad solitaria y desierta. Mientras el tremendo círculo se iba estrechando, Talos notaba que a él se le cerraba la garganta y se le cortaba la respiración, pero por más esfuerzos que hiciera no conseguía abrir los ojos ni separar las manos del arco de asta. Un grito espantoso y desesperado estalló como un trueno en el interior de la ciudad e, imprevistamente, las escarpas se llenaron con multitud de guerreros, distintos de los primeros: llevaban extrañas armaduras e inmensos escudos de piel de buey. Sus yelmos, también de cuero, dejaban al descubierto los rostros. Rostros de hombres, de muchachos, de viejos con barbas canas.
Desde abajo, centenares de escaleras se apoyaban en las murallas; por todos los rincones, miles de enemigos comenzaban a escalar empuñando las armas, en silencio... Cuando estaban a punto de alcanzar las escarpas, en la torre más alta, la multitud se separó para dar paso a un guerrero gigantesco, con el cuerpo totalmente cubierto por una llameante armadura de bronce.
Del costado le colgaba una espada con el arriaz de ámbar. Talos notó que se le nublaba la vista y que el corazón le latía cada vez más despacio, como el redoble de los tambores. Volvió a contemplar la escena, que parecía escapársele por momentos. El guerrero llevaba en brazos el cuerpo exánime de una joven mujer cubierto por un lienzo negro... Un lienzo negro, una flor de sangre en el pecho, la cabellera como una nube. Cómo le habría gustado acariciar aquellos labios delicados y exangües... Talos, el tullido... El redoble del tambor y el latido del corazón cobraron cada vez más fuerza, los guerreros de bronce se volcaron sobre las escarpas cual río crecido que rebosa sus márgenes, sus espadas destrozaron los enormes escudos de piel bovina; inexorables, traspasaban las corazas de cuero. Avanzaban a centenares hacia el hombre cada vez más erguido en la torre más alta... El hombre depositaba el cuerpo frágil de la muchacha y se abalanzaba sobre el enemigo revoleando la espada del arriaz de ámbar. Atacado por los cuatro
flancos, desaparecía y reaparecía como un toro en medio de una manada de lobos... Silencio... Los pasos resonaban lentos entre las ruinas humeantes y las casas destruidas. Muertos, todos muertos. Sobre los cuerpos mutilados, las murallas desmanteladas, las torres que caían en pedazos, un viento sofocante y caliente fue depositando una capa de polvo lenta y pesada... Se apreciaba la silueta inmóvil de alguien que permanecía sentado sobre un bloque de piedra ennegrecido: un viejo encorvado, con el rostro oculto entre las manos, manos bañadas por las lágrimas... La cabeza blanca se levantaba, con el rostro carcomido por la pena... ¡El rostro de Critolao!
Critolao, con el rostro iluminado por un rayo del sol naciente, lo miraba desde su altura; el viejo le decía algo, pero Talos no lo oía, como si su mente y sus sentidos siguieran prisioneros en otro mundo. Después se encontró de golpe sentado en el jergón de paja y a su lado estaba Critolao, que le decía:
—Ya es hora, Talos, ha salido el sol, debemos llevar a pastar al rebaño... ¿Qué te ocurre? Estás raro... Tal vez hayas tenido un sueño agitado y no hayas podido descansar lo suficiente. Ven, el aire fresco te hará bien y el agua de la fuente te despertará. Tu madre ya te ha servido leche en el cuenco; vístete y después ven —le dijo, y salió.
Talos se estiró y, por un momento, se quedó como atontado, con la cabeza entre las manos; miró a su alrededor despacio en busca del arco que Critolao le había entregado: nada. El arco había desaparecido. Buscó debajo del jergón de paja, entre las pieles de cabra amontonadas en un rincón, en el suelo. «¿No lo habré soñado? —pensó—, pero no, es imposible...
Entonces...» Se quedó boquiabierto, luego apartó la estera que separaba su yacija del resto de la estancia y fue a sentarse delante del tazón de leche que su madre le había preparado.
—Madre, ¿dónde está mi abuelo? No lo veo.
—Ha salido —respondió la mujer—. Me ha dicho que te espera con las ovejas en la fuente de arriba.
Talos se tomó la leche deprisa, metió un pan en la alforja, cogió el cayado y salió con paso veloz hacia el lugar que le había indicado su madre.
La fuente de arriba era un pequeño manantial que brotaba del monte a poca distancia de la cabaña de Talos.
Los pastores del Taigeto la llamaban así para distinguirla de la otra, la más grande, que manaba en el claro, al borde del bosque, y en la que tenían por costumbre abrevar sus animales al caer la tarde, de regreso a los rediles.
Talos cruzó el claro en pocos instantes y, una vez que se hubo internado en el bosque, enfiló por el sendero que subía; recorrió unos centenares de pasos, y a lo lejos, ante él, vio a Critolao, que conducía el rebaño con la valiosa ayuda del buen Crío. Lo alcanzó jadeante.
—¡Abuelo! Escucha, yo...
No tuvo tiempo de concluir la frase.
—Ya lo sé, no encuentras el arco —dijo el viejo sonriendo; después, se abrió la capa y agregó—: Aquí lo tienes, muchacho; como ves, el arco está en manos dignas de confianza.
—Por Zeus, abuelo, esta mañana cuando no lo encontré, creí que me moría. ¿Por qué te lo has llevado y por qué no me has esperado como todas las mañanas?
—No quería que me hicieras preguntas delante de tu madre.
—No debe enterarse...
—No, anoche tu madre sabía muy bien adonde te llevaba y lo que viste, pero no sabe ni debe saber nada más. El corazón de una mujer es presa fácil del miedo. Sígueme—le ordenó, y volvió a ponerse en marcha y a ocultar el arco bajo la capa.
Anduvieron un trecho el uno al lado del otro hasta que Talos volvió a romper el silencio.
—¿Por qué has cogido el arco, abuelo, y por qué lo mantienes oculto?
—La primera pregunta es apropiada —repuso el viejo—, la segunda es una estupidez.
—Está bien, los ilotas no llevan armas porque no les está permitido, y esta es un arma...
—¡Muy insólita y especial!
—De acuerdo, pero ¿me podrás contestar la primera pregunta que te he formulado?
—Justo es que lo haga, Talos... Tienes derecho a una respuesta —dijo Critolao mientras se detenía en medio del sendero.
Crío se había dado cuenta de que se encontraban en mitad del camino y empujaba al rebaño con decisión hacia el punto en el que el sendero desembocaba en el pequeño claro cubierto de hierba que había delante de la fuente de arriba.
—Quiero que aprendas a utilizar esta arma con la misma destreza que el gran Odiseo.
—Pero ¿cómo lo vamos a conseguir, abuelo?, tú eres muy viejo y yo...
—Limítate a creer en ti mismo —lo interrumpió Critolao—. En cuanto a mí... ¡Créeme, no he llegado a tan viejo en vano!
Se encontraban ya en el pequeño claro cubierto de hierba donde el rebaño se había puesto a pastar tranquilamente mientras Crío lo vigilaba con atención, tumbado debajo de un arbusto. Critolao miró a su alrededor y levantó la vista hacia las cimas de los montes que los rodeaban para asegurarse de que el paraje estuviera completamente solitario. Tiró la capa sobre la hierba y le tendió el arco a Talos.
—De manera que soy demasiado viejo, ¿eh? —le preguntó con ironía
—. Escúchame bien, cachorro —continuó, guiñando un ojo rodeado de arrugas—. ¿Quién enseñó al gran Aquiles a usar las armas?
—El viejo Quirón, si no me equivoco.
—No, no te equivocas. ¿Y quién enseñó a usar el arco al gran Odiseo?
—El padre de su padre, en los bosques de Epiro.
—Muy bien —rió satisfecho el viejo—. Temía que al crecerte la barba te fuera a mermar la inteligencia. Como ves, es la experiencia de los ancianos lo que permite a los jóvenes ignorantes y presuntuosos como tú convertirse en hombres dignos de llamarse hombres.
Talos se restregó la barbilla con la impresión de que era exagerado llamar barba a la pelusa que le asomaba en el rostro; después aferró con firmeza el arco con ambas manos y se puso repentinamente serio.
—Así no, por Heracles, que no es el cayado con el que azuzas a las cabras en el redil... Pon atención... Así, ¿lo ves? Esta parte, cubierta de plata, es el cuerpo, es decir, la empuñadura que debes sostener firmemente con la mano izquierda. —El muchacho asintió mientras atendía a cuanto le enseñaban.
»Muy bien —prosiguió el viejo—. Con la derecha debes tensar la cuerda que es la que impulsa la flecha.
—Pero no lleva ninguna cuerda —dijo Talos, asombrado.
—Claro que no, porque si la llevara, habría que tirar el arco. La cuerda se coloca en el preciso instante de utilizarlo y luego hay que volver a quitarla. De lo contrario, tomaría mala forma, perdería la elasticidad y, con ella, la fuerza. Pero no te preocupes, aquí tienes la cuerda —dijo mientras hurgaba en la alforja—. Es de nervio de buey, yo mismo la he preparado hace varias semanas sin que tú te enteraras; ahora se trata de montarla en el arco. Presta atención, apoya una de las puntas del arma en el suelo y mantenía en posición vertical con la mano izquierda. Así... Encaja la cuerda
en la escotadura de abajo y luego pasa el otro extremo por la escotadura opuesta.
—¡Pero no llega!
—¡Solo faltaba que llegase! Si así fuera, el arco no tendría fuerza y no te alcanzaría el largo de los brazos para tensarlo. Para que la cuerda llegue al otro extremo debes doblar el arco apoyándote con toda la fuerza y el peso del cuerpo en la punta superior mientras la sujetas con la mano izquierda; al mismo tiempo, con la derecha, tira hacia arriba el extremo de la cuerda hasta encajar la lazada en la escotadura... Fácil, ¿no?
—Fácil es decirlo, viejo —dijo el muchacho con un bufido mientras intentaba seguir las instrucciones que acababa de darle su abuelo—. Es duro de doblar, no hay manera, además —añadió Talos al tiempo que desistía de su empeño con gran desconsuelo—, además, si es preciso tanto esfuerzo solo para colocar la cuerda... Caramba, abuelo, si tuviera que defenderme de un enemigo, como tú dices, le daría tiempo a destrozarme con toda tranquilidad mientras yo seguía colgado de este trasto que se niega a doblarse... Me temo que te has equivocado al depositar en mí tu confianza.
Es posible que seas como Quirón o como el padre de Laertes, pero yo no soy ni el gran Aquiles ni el valiente Odiseo..., soy Talos, el tullido.
—Cuando hayas terminado de compadecerte —le espetó Critolao, irritado—, y de lloriquear como una niña, te enseñaré algunas cosas más que debes aprender. En primer lugar, deja de creer que todo se aprende fácilmente, al primer intento. Las cosas difíciles, y utilizar este arco no es empresa fácil, exigen sobre todo fuerza de ánimo. Te repito que lo que te falta no son músculos sino fe en ti mismo. ¡Y ahora, por Heracles, basta de chachara, coge el arco y haz lo que te he dicho!
El tono de su voz fue tan perentorio que a Talos ni siquiera se le pasó por la cabeza formular ninguna objeción; tragó saliva para deshacer el nudo que notaba en la garganta, aferró con la izquierda la punta superior del arco y con la derecha la cuerda. Apretó los dientes mientras intentaba reunir todas sus fuerzas. Con la rodilla izquierda empujó el arco, tensó los músculos hasta notar un dolor agudo y empezó a tirar con fuerza constante.
—¡Así se hace, muchacho, tira con fuerza!
Fue un instante: Critolao oyó que sus propias palabras hacían eco en su mente, vio una manita que le apretaba el índice tendido hacia una cuna rústica... La luz lejana de un crepúsculo que entraba por las hendiduras de una puerta... Las sombras alargadas... La imagen se difuminó de pronto y
Critolao vio ante él el rostro empapado de sudor de Talos y la expresión de triunfo en los ojos enrojecidos; en la izquierda empuñaba el enorme arco domado y con la derecha probaba la cuerda que vibraba con un zumbido sombrío.
—¿Es esto lo que querías, viejo? —inquirió sonriendo.
Critolao le lanzó una mirada llena de emoción y estupor.
—Has tensado el arco de Aristodemo —dijo con voz trémula. El muchacho contempló el arma reluciente, levantó los ojos serenos para encontrar los del viejo, que se llenaban de lágrimas.
»El arco de Critolao... —murmuró.
Habían pasado varios meses desde que Critolao comenzara a enseñarle a Talos a utilizar el arco y el viejo no había dejado pasar un solo día sin someter al muchacho a un duro aprendizaje. En varias ocasiones Talos se había abandonado a la decepción, pero la increíble constancia de su maestro terminó por imponerse, de manera que hacia finales del otoño, cuando en la montaña comenzaba a apretar el frío, el muchacho había adquirido una gran soltura de movimientos. Los brazos, tensos por el ejercicio constante, se habían vuelto musculosos y robustos; todo el cuerpo de Talos se había desarrollado y tenía más aspecto de hombre que de muchacho, aunque acabara de cumplir los dieciséis años de vida.
Por el contrario, Critolao daba la impresión de deteriorarse cada vez más deprisa, como si la energía que florecía en los miembros de su alumno proviniera de la médula de sus huesos cansados. En realidad, el esfuerzo que exigía la aplicación continuada había debilitado rápidamente el espíritu del viejo. A medida que iban pasando los días se lo veía cada vez más inquieto, agobiado por la prisa de cumplir con un deber para el que tenía el tiempo contado , y, en medio de semejante desasosiego, parecía encontrar siempre energías nuevas cuando, a salvo de miradas indiscretas, en algún valle oculto o en un claro solitario dirigía y guiaba los ejercicios cada vez más difíciles de Talos. El muchacho había aprendido a hacerse las flechas, a balancearlas de forma perfecta y a dar en el blanco con precisión y potencia supremas. El arma, al principio rígida por la larga inactividad, estuvo a punto de partirse en varias ocasiones, pero después, poco a poco, recuperaba la elasticidad; Talos la había untado mil veces con sebo de carnero y calentado al calor de las llamas.
Se acercaba el día de la prueba definitiva, la prueba que para él casi asumía el significado de una iniciación, la conquista de la virilidad plena.
Comprobar su habilidad creciente lo excitaba y lo entusiasmaba pero con frecuencia, por las noches, tumbado en su yacija, se quedaba largo rato pensativo. No conseguía comprender qué perseguía el viejo con la ejercitación continuada y, a menudo, agobiante. No solo le había enseñado a usar el arco sino también el cayado. En sus manos, la vara de cornejo se había convertido en un instrumento dócil y a la vez tremendo. La defensa del rebaño de los ladrones y las fieras podía ser un motivo válido, pero no lo explicaba todo. Talos seguía cavilando pero no lograba solucionar el problema; al mismo tiempo le preocupaba la progresiva decadencia de Critolao. El viejo estaba cada vez más encorvado y las piernas apenas lo sostenían; en algunos momentos, su mirada cansada parecía a punto de apagarse.
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