Talos de Esparta

Valerio Massimo Manfredi · Capítulo 18 de 23

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Talos de Esparta

El Sacrilegio

Los Éforos y los Ancianos reunidos en consejo decidieron en un primer momento que el cadáver de Pausanias fuera lanzado al torrente Keadas, como se solía hacer con los traidores, pero el Éforo Epístenes, que en secreto había sido amigo del regente, hizo notar que aunque el hombre había desobedecido las órdenes de la ciudad y había tramado con el enemigo, fuera de Esparta continuaba siendo el que había liberado a Grecia de los bárbaros y su fama seguía siendo grande entre los helenos. Por consiguiente, convenía no ensañarse después de su muerte y concederle a sus restos el decoro de la sepultura. La propuesta les pareció sabia y así Pausanias fue enterrado con sus armas en el lugar mismo donde había exhalado su último aliento.

Sin embargo, el espíritu de Pausanias siguió turbando durante largo tiempo las noches de muchos espartanos. Hubo quien llegó a decir que oyó sus gritos espantosos en plena noche, cerca de la Casa de Bronce, y también quien aseveró que, poco después del crepúsculo del séptimo día de cada mes, en su tumba se oía un retumbo metálico, como si con las armas golpeara las paredes del sepulcro. Se decidió entonces consultar con el oráculo de Delfos, que dio la siguiente respuesta: A la diosa de la Casa de Bronce

habéis arrebatado un cuerpo.

Del numen aplacad la ira

ofreciendo a cambio dos cuerpos.

La interpretación de la respuesta dio lugar a una larga discusión en la Casa del Consejo: hubo quien sugirió sacrificar a dos ilotas; otros, en cambio, dijeron que no había que sumar más muertes a las ya habidas y que era preciso buscar otra reparación. Al final se decidió construir dos estatuas para dedicarlas al templo y así los Éforos y los Ancianos pensaron que aplacarían la ira de los dioses con dos formas inanimadas plasmadas por la mano humana.

Nadie volvió a hablar de aquellos hechos y su eco acabó por apagarse porque la mente de los hombres tiende fácilmente al olvido, pero estaba

escrito que la sangre del rey se transformaría en una maldición para la ciudad.

Laghal desapareció como había llegado y de él nada volvió a saberse.

Ignorante de todo, Cleidemo se preparó para lo peor cuando supo que Pausanias había sido encerrado en la Casa de Bronce, pero nadie fue a buscarlo ni le preguntaron nada. Su único encuentro con los Éforos fue el que tuvo poco después de su regreso. En aquella ocasión había hecho una extensa exposición sobre su conducta en Tracia, confirmada luego por los hombres del cuarto batallón que habían regresado hacía mucho tiempo. El gran prestigio de su nombre lo ponía a salvo de humillantes inquisiciones y su palabra de guerrero debía bastar a quienes lo interrogaban. Por eso los Éforos prefirieron vigilarlo para ver si surgía contra él algún elemento acusador. Sus estrechas relaciones con Pausanias y el hecho de haber pasado toda su juventud entre los ilotas constituían dos razones que perpetuaban la sospecha y la desconfianza, a pesar de la conducta intachable del hijo de Aristarcos.

La muerte del regente acabó con las pocas esperanzas de Cleidemo y el plan que Pausanias le había propuesto cuando estaba en Bizancio le parecía un sueño que un día le había devuelto un sentido a su vida, para desvanecerse después dejando su espíritu vacío. No obstante, sentía que ya no podía huir de la vida: si había sobrevivido una vez más al peligro mortal que lo había amenazado al descubrirse los planes de Pausanias, tal vez tuviera realmente un destino que cumplir. Debía, por tanto, vivir como le era posible en su condición y esperar a que los acontecimientos siguieran su curso.

No ocultó el deseo de tener a su lado a la mujer que lo había criado en el Taigeto y, cuando volvió a tomar posesión de la casa de los Cleoménidas, le fue permitido satisfacer su voluntad. Por su parte, los Éforos pensaban que de esa manera les resultaría más fácil observar los posibles contactos sospechosos.

Al comienzo del invierno Cleidemo recibió permiso para abandonar la sisitia en la que había vivido durante meses sometido a la disciplina y al más absoluto respeto por las rígidas normas militares, para ocuparse de su casa y su patrimonio.

Abandonó el cuartel una mañana, al salir el sol, seguido por un ilota de la casa de su padre que había cargado sus pertenencias y sus armas a lomos de un asno. Salió por la puerta oriental, a paso lento, mirando a su

alrededor: la casa de los Cleoménidas apenas se divisaba a unos diez estadios de distancia y permanecía envuelta en las sombras. Extraños y contrapuestos sentimientos atribulaban su corazón en ese momento: pensaba que dentro de poco volvería a ver la casa en la que había nacido, en la que por un instante había conocido a Ismene, la madre que le había dado la vida. Y allí le llevarían pronto a la que lo había criado dándole el amor que su madre verdadera le había negado. Su corazón vacilaba y se contradecía: ¿acaso la gente entre la que se había criado volvería a reconocerlo? ¿Regresaría algún día con ellos? Años atrás Critolao le había transmitido su herencia de jefe y, en un lugar oculto, el gran arco esperaba volver a ser empuñado por Talos, el lobo. En un oscuro subterráneo la armadura del rey Aristodemo y su espada maldita esperaban para volver a ver la luz, pero ¿cuándo llegaría el amanecer de ese día?

La casa de los Cleoménidas se encontraba a tiro de piedra, la casa del dragón... la casa de Aristarcos, su padre. Allá, en aquel lugar, lo había visto por primera vez y nunca jamás olvidaría la pena ardiente de aquellos ojos profundos, la desesperación de aquella mirada mientras él se apoyaba en su pie tullido. Recordó las palabras de Perialla, la pitonisa fugitiva: El dragón y el lobo con odio

implacable se atacan...

Aquella noche estrellada, en las colinas de Platea, aquellas palabras en labios de Brito... el lobo del Taigeto y el dragón Cleoménida... Pero Aristarcos estaba muerto, Brito estaba muerto, ¿dónde estaba el dragón sino dentro de él, en el corazón de Cleidemo el Cleoménida, junto al lobo de Mesenia? En su interior las dos fieras se atacaban con furia renovada, sin tregua, sin paz... ¿Por cuánto tiempo seguirían así? ¿Por qué le habían reservado los dioses un destino tan perverso a un niño tullido?

Cayó en la cuenta de que el ilota se había detenido delante de la cancela de la casa: el patio aparecía invadido por las hierbas, la tapia estaba desconchada y medio derruida, en el altar doméstico blanqueaban los ojos de Melas. Hacía años que nadie ponía pie en aquel lugar...

—¿Sabes dónde sepultaron a mi madre Ismene? —le preguntó al ilota.

—Sí, noble señor —repuso el sirviente—. Está enterrada allá, entre esos cipreses —y le señaló una rústica arca de piedra en medio del campo que rodeaba la casa.

—Espérame aquí —le ordenó al ilota, y se dirigió hacia el sepulcro de su madre.

En ese momento se levantaba el sol derramando la luz sobre el valle: la casa salía de la oscuridad y los cipreses ondulaban ligeros con la brisa matutina. Cleidemo permaneció largo rato delante de la tumba con la cabeza inclinada. De pronto, mientras la luz del sol irrumpía vivida en el aire terso, medio cubierta por el musgo que había crecido sobre la piedra sepulcral, le pareció ver una inscripción que decía: ISMENE HIJA DE EUTIDEMO

ESPOSA DE ARISTARCOS EL DRAGÓN

DE DOS HIJOS VALIENTES

MADRE INFELIZ.

A ELLA EL PRECIOSO REGALO

DEL LEÓN DE ESPARTA

LOS DIOSES ENVIDIARON.

Llamó al ilota a gritos y este, una vez que hubo atado el asno, acudió prestamente.

—¿Quién dictó esta inscripción? —le preguntó indicando la piedra esculpida.

El ilota se detuvo a mirar la inscripción y luego repuso:

—Señor, fui asignado a tu servicio porque durante mucho tiempo cultivé los campos de tu padre Aristarcos, honrado sea, y fui convocado junto con otros compañeros para construir esta tumba. No sé leer los signos escritos pero recuerdo bien que entonces solo esculpieron las primeras cuatro líneas, estoy seguro; por otra parte, si quieres asegurarte, puedes interrogar a mis compañeros y consultar los archivos del Consejo, donde seguramente existirá copia de esta inscripción, que se mandó hacer con cargo a las arcas públicas.

—¿Estás seguro de cuanto afirmas? —insistió Cleidemo.

—Es como te digo, señor. Pero puedes asegurarte de ello sin dificultades.

—Te doy las gracias —repuso—; ahora ve a ocuparte de la casa y de mi bagaje, me reuniré contigo en un instante.

Mientras el sirviente se marchaba, Cleidemo se quedó para observar la inscripción: no cabía duda de que las tres últimas líneas habían sido añadidas. Se notaba claramente la diferencia de la mano y además se veía que las cuatro primeras estaban bien centradas en la lápida mientras que las siguientes se extendían demasiado abajo, hasta tocar casi el borde inferior.

No hacía falta buscar más testimonios. ¿Quién habría podido añadir

aquellas palabras ? ¿ Cuál sería el regalo al que se refería la inscripción?

Era como si quisieran transmitir un mensaje, tal vez un mensaje importante: debía descubrir a quién iba dirigido y cuál era su contenido.

Fue hacia la casa; el ilota se encontraba en el establo donde había dejado al asno. Cleidemo abrió con dificultad la puerta de roble, que giró sobre los goznes herrumbrados emitiendo un chirrido. El interior se encontraba sumido en la más completa desolación: el techo del atrio estaba repleto de telarañas y una espesa capa de polvo cubría todos los objetos.

Cuando él apareció, dos ratas enormes se refugiaron precipitadamente en su madriguera. En el nicho, los héroes Cleoménidas también estaban cubiertos de polvo y telarañas y la lámpara votiva estaba vacía y seca. Pasó a las estancias contiguas y vio el que debía haber sido el tálamo de sus progenitores. De la amplia cama antigua solo quedaba el armazón de encino macizo, el colchón y las mantas se habían convertido en nido de ratones.

Oyó ruido de pasos en el atrio: el sirviente iba a preguntarle qué mandaba.

—Quiero que se limpie esta casa y que recupere su decoro porque pienso vivir en ella —le dijo Cleidemo dirigiéndose a la sala—, y cuando todo esté en orden mandaré llamar a la mujer que me crió en la montaña como hijo de tu pueblo. ¿Cómo te llamas ? —le preguntó luego al anciano sirviente.

—Alesos, señor.

—¿Sabes de quién hablo?

—Lo sé, señor; hablas de la hija de Critolao. Tu historia es muy conocida en esta ciudad.

—Mejor así —continuó Cleidemo—. Esta noche dormiré en el atrio.

El resto del día lo pasó trabajando junto a Alesos y a otros sirvientes que había mandado llamar de los campos. Al caer la noche, encendió el fuego en el centro del atrio y la lámpara votiva; y en ese momento le pareció que la vida Había vuelto a la antigua morada. Se sentó cerca del hogar junto al sirviente que lo acompañaba.

—¿Cuántos años tienes? —le preguntó Cleidemo.

—Más de setenta, señor.

—¿Desde cuándo sirves en esta casa?

—Desde que nací, igual que mi padre y el padre de mi padre.

—De manera que viviste mucho tiempo con Aristarcos, el señor de esta casa.

—Sí, señor, y hasta que conservé la fortaleza de mis miembros lo seguí a la guerra como ayudante personal.

—Hablame de él... ¿Qué clase de hombre fue?

—Fue un gran guerrero, pero no solo eso; la virtud militar es algo común en este país. Era también un hombre justo y generoso, y por eso podía confiar en nosotros. —Se levantó para echar más leña al fuego, luego volvió a sentarse y siguió diciendo en voz baja—: Nuestra gente no quiere a los espartanos, señor...

—Ya lo sé, Alesos, he vivido con tu gente.

—Son unos caparazones de hierro y bronce que carecen de alma.

—Eres muy valiente al hablar de este modo con el comandante del cuarto batallón de los Iguales.

—Pero tu padre era un verdadero hombre y de su mano nadie recibió jamás golpes ni sufrió humillaciones.

—¿Y qué piensas de mí?

—¿De verdad quieres saber lo que pienso?

—Sí, habla libremente.

—No puede apagarse la voz de la sangre y estaba escrito que volverías al lugar del que habías salido. Solo tú conoces los secretos de tu alma, pero también creo que la herencia de Critolao no se perdió. El rescoldo arde durante mucho tiempo bajo las cenizas y los necios creen que se ha apagado, pero cuando el viento vuelve a soplar, despierta otra vez la llama.

Cleidemo bajó la mirada.

—No sé de qué hablas, viejo.

—Señor, entre siervos hay algunos a los que la triste necesidad o el miedo han impulsado a convertirse en ojos y oídos de los poderosos que oprimen a nuestro pueblo; guárdate de ellos, que yo te revelaré sus nombres. En cuanto a mí, deseo que sepas que conocí y quise a Critolao como quise a tu padre Aristarcos. Tú eres una planta que tiene sus raíces en dos campos distintos, pero yo cultivé los dos con amor y si quieres puedes tener prueba de ello. Es justicia que te ocupes de la casa en la que naciste y honres la memoria de tu padre, ilustre y desventurado. El camino que deberás recorrer quizá esté oculto por ahora, incluso para ti, y solo los dioses podrán revelártelo.

Cleidemo se levantó para atizar el fuego.

—Los dioses conocen el camino que debemos recorrer —dijo mirando las llamas que ardían gallardas en el hogar—. Mañana subirás a la montaña

y me traerás a la mujer que durante veinte años me hizo de madre... Le dirás que nunca dejé de pensar en ella y que fue el destino el que me mantuvo lejos... que la espero con el amor de un hijo.

—Al amanecer me pondré en camino —le dijo el sirviente poniéndose en pie—; si me das permiso, iré a acostarme.

—Puedes irte —le dijo Cleidemo—, que los dioses te concedan un buen descanso.

—A ti también, señor —respondió el viejo al tiempo que abría la puerta para salir.

—¿Vendrá? —le preguntó Cleidemo sin volverse, como si pensara en voz alta.

—Vendrá —le contestó el sirviente, y cerró la puerta de roble.

Cleidemo se acostó junto al fuego y durante un buen rato pensó en la madre que esperaba en su cabaña de la montaña y en la madre que dormía para siempre en su gélido sepulcro, vigilado por los cipreses.

La vio desde lejos, a la grupa del asno que Alesos llevaba por el cabestro, y la reconoció enseguida: lanzó al suelo la hoz con la que segaba los hierbajos del corral y echó a correr lo más rápidamente que pudo a pesar de que el pie tullido dolía mucho debido al mal tiempo. Pero en ese momento ningún dolor habría sido capaz de detenerlo. La levantó en brazos arrancándola de la alabarda y la estrechó con fuerza, incapaz de pronunciar palabra. Entretanto, Alesos se alejaba con el asno hacia el establo.

—Madre... —logró decir por fin—. Madre, cuánto tiempo... tus cabellos... están blancos.

Le acariciaba la cabeza y el rostro y luego volvía a estrecharla entre sus brazos. Notó que sus lágrimas cálidas le mojaban el rostro y luego oyó su voz trémula:

—Hijo, los dioses son buenos si me han concedido este día. Desde que partiste, todas las noches, antes de cerrar la puerta, miraba hacia el sendero que viene del llano porque esperaba verte subir.

—Oh, madre —respondió Cleidemo—, y has tenido que ser tú, que estás vieja y cansada, quien ha venido a verme...

Le rodeó los hombros con el brazo y juntos se dirigieron hacia la casa.

Entraron, cerraron la puerta y en la soledad de la gran morada silenciosa dieron rienda suelta a los sentimientos que durante años habían guardado en el corazón. El llanto fue dulce para ellos y se miraron largo rato a los ojos sin decir palabra.

Cleidemo notó que los labios de su madre ya no pronunciaban el nombre de Talos que él esperaba oírle decir. Lo llamaba «hijo» y en aquella palabra ponía toda el alma, pues para ella era más preciosa que la vida misma, pero el nombre de «Talos» lo guardaba en su interior como un recuerdo que se conserva celosamente, esperando que los acontecimientos siguieran su curso. Cleidemo tenía muchas cosas que preguntarle pero no se atrevía: ¿qué había sido de Antinea, qué se sabía de Caras? Había permanecido fuera mucho tiempo y sin la posibilidad de transmitirle noticias propias. ¿Cómo pudo mantenerse vivo el recuerdo de Talos en las personas que amaba? Fue su madre la que habló sin que él preguntara nada.

—¿Tienes mujer? —le preguntó.

—Tuve muchas en el tiempo que estuve lejos, pero nunca amé a ninguna, por eso me encuentro solo.

—Tienes casi treinta años, hijo; conoces la costumbre: los Iguales que han alcanzado la edad deben escoger esposa.

—Madre, nunca dejé de amar a Antinea; ¿cómo puedo escoger a otra mujer?

—Escúchame: Antinea pertenece a nuestro pueblo y sabes bien que...

—¿Dónde está? Madre, solo dime dónde está, quiero saberlo.

—¿De qué te serviría? Solo podrías convertirla en tu concubina, nunca en tu esposa. La ciudad no querrá que los Cleoménidas se extingan, por eso te han devuelto la casa de tu padre, ¿no lo comprendes? Y si no escoges tú, ellos te elegirán una virgen de noble familia que será conducida a tu casa para convertirse en tu esposa. Pero si quieres, antes podrás verla en la palestra mientras se ejercita con los muslos desnudos...

—No es posible... —dijo Cleidemo frunciendo el ceño—, nadie puede obligarme...

—Es cierto, no pueden obligarte a casarte, pero de todos modos la meterán en tu cama para que deposites en su vientre la simiente de los Cleoménidas. Oh, hijo, has estado fuera tanto tiempo que ahora comprendo que las costumbres de esta ciudad te resultan desconocidas.

»Desde siempre la ciudad ha estado obsesionada por el temor a que el número de los Iguales disminuya. Existen espartanos que ignoran quién es su padre y se lo encuentran todos los días. Hombres incapaces de procrear hicieron fecundar a sus esposas por famosos guerreros para tener una prole fuerte y robusta, del mismo modo que nosotros sometemos a una yegua al más vigoroso garañón para mejorar la raza de nuestros animales. La ciudad

no puede permitir que disminuya el número de los Iguales, ni que se apague una de sus familias, sobre todo en momentos en que los nacimientos son escasos. Por eso no puedes pensar en reunirte con Antinea.

Cleidemo callaba con el corazón oprimido por la pena. Aquellas palabras le ponían ante los ojos la maldición de su vida, pero si un día en Tracia había tomado la decisión de matarse, en ese momento estaba dispuesto a batirse y a no inclinar más la cabeza ante las adversidades, aunque le parecieran insuperables.

—Madre —dijo entonces—, quiero que me digas lo que sabes de Antinea aunque se trate de cosas que puedan herirme. En cuanto a mí, sabré qué hacer cuando llegue el momento.

—Lo que sé de Antinea me lo refirió Caras. Vive con Pelias, su padre, en Mesenia, a tres días de camino de aquí. Pelias está viejo y débil y Antinea es su único sostén. Cratipo, su amo, murió hace tres años y su hijo también cayó en la batalla cuando los espartanos guerreaban en Asia. El producto de su granja pertenece ahora a la ciudad pero es posible que sean reclamados y asignados a otra tarea a las órdenes de otra familia. También puedo decirte, ya que lo quieres saber, que Antinea nunca te olvidó y que no se unió a ningún otro hombre. El amor que le inspira su padre también se lo ha impedido. De seguir a un marido habría tenido que abandonar a Pelias, que, como te he dicho, está demasiado débil y viejo para ocuparse solo de la granja. Lo habrían echado y habría muerto en la indigencia.

—¿Y Caras?, háblame de él; ¿dónde está, cuándo lo viste por última vez?

—Durante todos estos años Caras fue mi sostén aunque a veces desaparecía por largos períodos. Pero esto no me producía dificultad alguna: la gente de la montaña se acuerda siempre de Critolao y nunca me faltó lo necesario. Por desgracia, hace tres meses que no sé nada de Caras y nadie sabe dónde se encuentra. Le he preguntado a los pastores y a los campesinos que a veces suben del llano, pero nadie ha sabido darme noticias de él. Al principio no me preocupé porque sé que otras veces dejó su cabaña de la fuente de arriba, pero después comencé a temer porque acostumbraba a decírmelo cuando se marchaba por mucho tiempo.

—¿Sabía que yo había vuelto? —le preguntó Cleidemo poniéndose repentinamente sombrío.

—Lo sabía. Es más, fue él quien me dio la noticia. Decía que pronto volveríamos a abrazarte, decía que para encontrarte habría sido capaz de

remover cielo y tierra.

—Era capaz de hacerlo —dijo Cleidemo sonriendo—. En cualquier caso, si lo que dices es cierto, no se explica cómo ha podido desaparecer.

Pero en estos momentos son muchas las cosas que confunden mi mente y necesito reflexionar. Desde que era niño me siento rodeado de hechos y acontecimientos misteriosos... desde aquella noche en que Critolao me condujo hasta el bosque... tú sabes dónde, ¿no es así, madre?

La mujer asintió manteniendo la vista baja.

—Por extraño que parezca, Critolao nunca me habló claramente, nunca me dijo qué quería de verdad que hiciera y, cuando murió, apareció Caras.

Siempre consideré su presencia como algo precioso porque él, al igual que Critolao, me guió... en muchas ocasiones me indicó el camino, pero nunca me dijo adonde conduce el camino... ni cuál es la meta exacta. Puedo decirte, madre, que no sé quién es en realidad. Lo que sé con certeza es que Critolao lo mandó llamar antes de morir... Conoce el secreto de la espada maldita, sabe dónde se encuentran las armas del rey Aristodemo. Pero ya ha llegado el momento de que yo decida la suerte de mi vida: Caras deberá regresar y entonces lo comprenderé. Todos los años que llevo formulándome preguntas, buscando entre los recuerdos, resucitando de la memoria miradas, palabras, frases... todo tendrá por fin respuesta. Tal vez tú también, madre, tú también me ocultas cosas que quisiera saber...

—Oh, no, hijo, siempre te lo he contado todo y ahora también te he dicho todo lo que sé... Entre los nuestros, los hombres son quienes deciden, no las mujeres; ellos se ocupan de cuanto tiene que ver con el bien común.

Pero yo también creo que un día Caras volverá y entonces todos sabremos qué es preciso hacer.

—Madre —dijo Cleidemo—, hace diez años me alejé de la montaña para buscar mi camino y, por desgracia, la suerte no quiso que lo encontrara. Pero he encontrado otras cosas. Muchas cosas que entonces desconocía me son ahora familiares: quien me abandonó de pequeño me amaba a pesar de que la ley de la ciudad no le permitió nunca demostrarlo; en el fondo de su alma, mi hermano Brito era un hombre sincero y generoso, y también me amaba. Conocí a Pausanias, uno de los hombres más ilustres de la Hélade, y sé cuál era su gran sueño; con él creí que sería posible salvar mi sangre espartana y rescatar al pueblo de Critolao de una larga servidumbre. Pero ahora estoy perdido, porque estoy solo; no sé de quién fiarme entre los Iguales de Esparta y ni siquiera sé si puedo fiarme de

los ilotas que me rodean. Por lo que me consta, algunos de ellos, quizá por necesidad o quizá obligados, se convirtieron en espías de los Éforos y los Ancianos. Madre, ahora que estás conmigo, debes decirme quién, de entre la gente de la montaña, está a mi favor y quién está en mi contra...

—Es arduo responder a lo que me pides, hijo —contestó la mujer—, porque tal vez haya quienes aman a Talos, el lobo, pero odian a Cleidemo, el dragón...

Cleidemo se puso en pie mirándola con decisión.

—¡Soy lo que soy, madre! Los dioses quisieron que tuviera dos nacimientos, dos madres y dos nombres, y que fuera hijo de dos pueblos mortalmente enemigos, pero no pienso llorar más ni inclinar la cabeza. —

Los ojos le brillaban bajo las negras cejas fruncidas y su voz sonó firme y decidida—. ¡Y los dioses deberán señalarme el camino! En cuanto a los hombres, los que me conocen saben que soy incapaz de dobleces y traición, saben que sufrí como un perro y que no temo a la muerte. Solo quiero saber, si quieres decírmelo, de quién debo cuidarme y con quién puedo hablar sin temor a ser traicionado. Tengo un sirviente en esta casa... su nombre es Alesos...

—Lo conozco, de él puedes fiarte sin temor. Fue él quien nos advirtió que nos mantuviésemos en guardia cuando los hombres de la Cripteia fueron a nuestra casa aquella noche y sin su ayuda Caras no habría podido llevarle a Brito la armadura de su padre... Es hoy uno de los ancianos de nuestra gente y el pueblo tiene en cuenta su palabra.

—Me dijo que sirvió fielmente a mi padre Aristarcos y creo que le tenía cierto afecto.

—Puedes creerle; es un hombre sabio y ama el coraje y la valentía, estén donde estén. Quizá él pueda comprenderte mejor que nadie porque conoció a Critolao y también a Aristarcos.

—¿Y tú, madre, puedes comprenderme?

—Los dioses quisieron que mi vientre fuera estéril —respondió ella levantando la blanca cabeza—, pero tú eres mi hijo... eres mi hijo... —Y

levantó los grises ojos anegados en llanto.

Tocaba ya a su fin el breve día invernal y la sombra de la montaña, como la mano de un gigante, descendía sobre la casa de los Cleoménidas, se extendía sobre el llano, sobre los caseríos, hasta las gélidas aguas del Eurotas; serpeaba entre las blancas casas de Esparta, la invencible, hasta atrapar la acrópolis y los muros soberbios de la Casa de Bronce.

El oficial de la Cripteia pasó revista a sus hombres a la luz de la luna; cincuenta soldados a caballo con armas ligeras para una acción veloz y decidida. En un trapiche abandonado, cerca del promontorio de Ténaro, se habían reunido todos los jefes ilotas en representación de la gente de la montaña y el llano. Entre ellos debía de encontrarse también el hombre que él había torturado y dejado tuerto en los sótanos de la Sala del Consejo. La orden era exterminarlos porque preparaban una rebelión. No debía huir ninguno y los ilotas, privados de un plumazo de sus jefes, se darían cuenta de que no había esperanza de liberarse y de que su esclavitud estaba destinada a durar para siempre.

Después de dar la señal se lanzó al galope por las calles oscuras del barrio de Cola de Perro, seguido del pelotón de caballeros y salió al camino de Amicles. Hacia medianoche se detuvo con sus hombres al pie de la pequeña colina en la que se erguía el trapiche abandonado: todo iba de maravilla; incluso la luna se había puesto y los hombres podrían arrastrarse en la oscuridad y rodear por completo la construcción sin ser vistos. Cuando dio la orden de desmontar se oyó ladrar a un perro, después a otro y toda la zona no tardó en ser un clamor de ladridos. Los ilotas iban acompañados de los perros pastores que en ese momento daban la alarma. Los caballos se asustaron y comenzaron a piafar y a relinchar tratando de darse a la fuga; los hombres, tomados por sorpresa, no lograron contenerlos.

—¡Dejadlos ir! —gritó el oficial—. Los recuperaremos después.

¡Avanzad ahora, no deben huir!

Entretanto, al percatarse del peligro, los ilotas habían salido por el otro extremo intentando ponerse a salvo en la oscuridad, pero se trataba de un lugar desierto y desnudo, de una explanada rocosa a orillas del mar, azotada por el viento. A poca distancia, en el borde extremo del promontorio, se elevaba el templo de Poseidón Enosigeo, dios del mar invocado por los navegantes en el momento de doblar el cabo de Ténaro, coronado de escollos afilados. Los fugitivos buscaron refugio en el sagrado recinto, aunque fue inútil: los hombres de la Cripteia entraron corriendo por todas partes y rodearon la pequeña explanada que había delante de la columnata del santuario.

Los ilotas retrocedieron entonces hacia el altar y allí se sentaron, como suplicantes, poniéndose bajo la protección del dios. Los espartanos se detuvieron, inseguros, se volvieron hacia el oficial, pero este desenvainó la espada y dio orden de cargar. Los guerreros se abalanzaron sobre las

víctimas inermes y las destrozaron. Las espadas cayeron implacables, se hundieron sin piedad en la maraña de cuerpos, rompiendo huesos, partiendo los pechos desnudos, haciendo brotar a borbotones la sangre, que empapó la piedra sagrada del altar. En la columnata del templo resonaban los gritos desesperados y las imprecaciones, que se mezclaron con los ladridos enfurecidos de los perros y los relinchos de los caballos que corrían aterrados en plena noche.

Entretanto, el oficial había entrado en el templo para salir poco después con dos antorchas encendidas para iluminar la explanada. La escena que se presentó ante sus ojos era tan atroz que, a pesar de estar acostumbrado a ver sangre, un conato de vómito le revolvió el estómago: en la oscuridad, sus hombres no habían golpeado con la precisión del guerrero sino con la brutalidad del carnicero.

Apartó la mirada de la carnicería y ordenó a sus hombres que se retiraran. La explanada del templo volvió a sumirse en el silencio; las dos antorchas, abandonadas en el suelo, chisporrotearon difundiendo a su alrededor una reverberación palpitante.

En el halo sanguíneo se recortó entonces una silueta negra; las llamas moribundas iluminaron una cara barbuda, de mandíbula contraída y frente taurina horriblemente ceñuda bajo la cual un solo ojo entrecerrado lanzaba chispas siniestras, como una brasa ardiente.

Esa noche en la montaña los lobos aullaron mucho rato y la gente del Taigeto se sorprendió pues aún no había llegado la época de celo, pero aquel lúgubre coro despertó a los viejos en sus yacijas y les heló el corazón; algunos de ellos, presagiando que la desventura se había abatido sobre su pueblo, vertieron amargas lágrimas en la oscuridad.

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