Talos de Esparta
Segunda Parte
Si hemos provocado el resentimiento de algún dios, con bastante
dureza hemos sido castigados...
Tucídides
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Cleidemo pasó toda la noche sentado al lado del fuego que había devorado el cuerpo de Brito, su hermano, al que había perdido en cuanto lo hubo reencontrado. Miraba como petrificado las sombras ardientes que se deslizaban entre las ascuas y de vez en cuando se estremecía y emitía un sonido ronco, como el estertor de un animal herido. A sus espaldas se extendía el campo de Platea cubierto de muertos; desde la ribera del Asopos hasta las columnas solitarias del templo de Hera, impulsado por el viento, se propagaba el olor penetrante de la sangre que bañaba la tierra. Por decenas los perros vagabundos, flacos por la larga carestía, daban vueltas gañendo en medio de la gran carnicería e iban arrancando los miembros rígidos de los guerreros del Gran Rey.
Desde el campo griego la trompeta anunció el tercer turno de guardia y una luna inmensa, roja como un escudo ensangrentado, se elevó entre las zarzas agostadas por el calor. Cleidemo se volvió hacia el disco gigantesco y clavó en él los ojos entrecerrados. La luna... la luna era un escudo atroz, que chorreaba sangre, y detrás de ella una silueta terrorífica comenzaba a perfilarse... El dios Ares, brillante de escamas metálicas como una serpiente, blandía un hacha de doble filo que revoleaba en el aire con un zumbido siniestro. Súbitamente, los cadáveres se animaban con los pechos destrozados y los rostros desfigurados; surgían del campo de sangre y marchaban en silencio hacia el guerrero horrendo. Remolineaba el terrible destral renovando la matanza, diseminando otra vez los miembros destrozados por la llanura... y otra vez... y otra... hasta que la noche comenzó a disolverse.
Cleidemo dio un respingo, paseó la mirada enrojecida por su entorno mientras los pensamientos, animados por la luz del alba, comenzaban a revolverse en su interior. Se apagó el fragor de la matanza que en toda la noche no había cesado de sonar en su mente.
En el campo griego la trompeta tocó a reunión y Cleidemo se levantó.
Se colocó despacio la armadura, embrazó el escudo, empuñó la lanza y se puso en camino. A su alrededor comenzaba a vibrar el zumbido de las moscas... las moscas, compañeras de Tánato. Cruzó el campamento como en sueños, sin ver nada, hasta que la voz de un guardia lo sacó de su ensimismamiento.
—Sígueme, Cleidemo, el regente Pausanias te espera en su tienda.
Entró poco después, pasando entre los dos guardias que apartaron la estera que colgaba de la entrada. Le costó distinguir cuanto lo rodeaba, pero
cuando sus ojos cansados se acostumbraron a la penumbra del pabellón real vio ante él al regente.
No era muy alto, tenía el cabello gris y la corta barba puntiaguda; las manos bien cuidadas no parecían las de un guerrero, y sus ropas denotaban una afectación que Cleidemo no había visto jamás entre los espartanos. En una mesa brillaban dos copas de plata en las que habían servido vino tinto.
—Bebe —le dijo el regente ofreciéndole una de las copas—, hoy es un gran día para Grecia y este vino de Koos es exquisito. En la tienda de Mardonio lo había en cantidades y estas copas forman parte de su servicio de mesa. No hay duda de que estos bárbaros saben apreciar las delicias de la vida.
Cleidemo rechazó la copa con un ademán; tenía calambres en el estómago pues hacía tiempo que no probaba bocado. Pausanias dejó entonces la copa, le indicó un escabel y le dijo:
—Siéntate, estarás cansado.
El joven se dejó caer en el asiento; tenía los ojos enrojecidos, el rostro cansado, el cabello cubierto de cenizas. Pausanias se quedó mirándolo y al cabo de un rato le dijo:
—Los mismos ojos grandes y oscuros, los mismos labios finos... eres el retrato de tu madre.
Cleidemo se estremeció.
—Mi madre —murmuró—, mi madre tiene los ojos pequeños y grises...
Pausanias se sentó en una silla de brazos mientras no dejaba de dar vueltas la copa persa entre sus manos, como si buscara las palabras adecuadas.
—Comprendo lo que quieres decir —continuó—. Para ti somos todos extraños, es posible que incluso enemigos, pero de todas maneras debes escuchar lo que tengo que decirte porque aún te queda mucho por vivir entre los hijos de Esparta.
»Las armas que llevas pertenecieron a tu padre y a tu hermano, y tu madre nunca te ha olvidado. Sabes bien qué podíamos ignorar tu existencia y dejar que regresaras con los ilotas de la montaña a vivir el resto de tus días como pastor... pero creemos que serías incapaz de vivir de ese modo; te has convertido en guerrero y durante muchos meses has peleado al lado de tu hermano Brito. Estuviste con él en las Termópilas , con él regresaste a
Esparta, lo ayudaste a reconquistar su honor. Y ahora, eres el último superviviente de una gran familia que no debe extinguirse...
Cleidemo levantó los ojos que tenía clavados en el suelo y repuso:
—Hay muchas cosas que no logro comprender y muchas otras que ni siquiera consigo imaginar. Si es cierto lo que afirmas, dime cómo puedo volver con la mujer que me parió para abandonarme después, y abandonar a la que, sin mediar un lazo de sangre, me recogió, me alimentó y amó...
Dime cómo puedo dejar para siempre a la gente humilde e infortunada que me recogió aunque fuera hijo del enemigo, para volver a la ciudad cruel que los oprime, a la ciudad que me abandonó a los lobos del Taigeto porque soy tullido. ¿Acaso crees que un hombre puede nacer dos veces? Fui arrancado a los infiernos y Critolao, que me recogió, el más sabio de los hombres, me puso el nombre de Talos para que jamás olvidara mi desgracia... Dime cómo puedo llamarme Cleidemo a partir de ahora... Jamás he visto a mi madre y mi padre no es más que un rostro... una mirada... el dragón en el escudo de los Cleoménidas. Y mi hermano Brito... no es más que cenizas en el campo de Platea...
Pausanias se secó la frente cubierta de sudor y le dijo:
—Escúchame, para todo esto hay una respuesta, pero no creas que podrás comprender... ahora... En la vida de los hombres son muchos los misterios y su suerte está en manos de los dioses... Pero yo puedo revelarte muchas cosas que no sabes, puedo decirte que Esparta no es cruel con sus hijos. Todos debemos someternos a la ley, que está por encima de todos, incluso de los reyes. Lo saben bien las madres de Esparta que ven a sus hijos ir al encuentro de la muerte; lo sabía tu padre, el gran Aristarcos, cuando hace muchos años te llevó al Taigeto, una noche lluviosa y cargada de dolor, estrechándote contra su pecho. El peso de aquella acción terrible, pero necesaria, le destrozó el corazón en los años que siguieron. La hoja que atravesó su corazón en las Termópilas no fue más afilada ni cruel que la que le partió el alma aquella noche... Desde entonces un velo negro descendió sobre sus ojos y nadie volvió a ver la alegría brillar en su rostro.
Nada le fue escatimado... Desde el instante en que te supo con vida, mayor fue su tormento, y más cruel. Sintió que la sangre se le mudaba en hielo al ver que una noche Brito subía armado a la montaña, decidido quizá a matarte, pero su boca no profirió una sola palabra. Lágrimas ardientes que nadie vio jamás, ni siquiera tu madre, año tras año le cavaron lentamente las mejillas, en una agonía interminable... Te amó hasta el último instante, con
desesperación; cayó despreciando su vida, derramando su sangre en el polvo calcinado... afligido por ti. Este era tu padre, el gran Aristarcos... el dragón.
Cleidemo había apartado la mirada del suelo y permanecía inmóvil, con las manos apoyadas en los muslos. De vez en cuando su pecho se elevaba con un largo suspiro; solo dos gruesas lágrimas indicaban que su rostro de piedra gris tenía vida. Pausanias dejó la copa en la mesa que tenía al lado, se llevó las manos al rostro empapado de sudor y se quedó en silencio como si escuchara el canto de las cigarras, el zumbido confuso de voces fuera de la tienda. Volvió a hablar y su voz de extraño timbre metálico traicionó una cierta emoción.
—A tu madre, la suerte... o la malicia de los dioses no le ha reservado mejor vida. Su soberbia belleza se marchitó antes de tiempo, destruida por una pena mortal cuando te arrancaron de sus brazos; perdió al marido, al hombre que desde niña había amado con el alma; vio a su hijo Brito regresar con vida de las Termópilas cuando lo lloraba dándolo por muerto y volvió a perderlo cuando desapareció hace un año, después del suicidio de su amigo Aguías; mañana, cuando le lleven la urna con sus cenizas, sabrá que estaba vivo. Las mujeres de Esparta saben bien que han parido hijos mortales pero no por eso es menor su congoja. Ahora solo le quedas tú y ella espera contra toda esperanza que vuelvas.
Cleidemo se secó los ojos.
—En su cabaña del Taigeto hay otra mujer, a la que siempre he llamado madre, que me espera —dijo con voz apagada.
—Lo sé —prosiguió el regente—, sé que siempre le has tenido cariño.
Podrás verla cuando quieras. Pero recuerda que ella fue mucho más afortunada que la desdichada que te parió... y eso no es todo. Sé que nuestras leyes te parecen inhumanas, despiadadas, pero ¿acaso piensas que el mundo es distinto? Debemos sobrevivir en un mundo que no tiene piedad por los vencidos. Ayer viste la furia de los invasores. El cuerpo del rey Leónidas fue encontrado en las Termópilas , decapitado y crucificado, a mí me habría ocurrido otro tanto si hubiese perdido. El valor de Brito, su sacrificio, valieron para salvar a miles de compañeros, de jóvenes como tú a los que sus madres habrían tenido que llorar el resto de sus días.
Es verdad que hace un año esos mismos compañeros lo difamaron con acusaciones injustas hasta empujarlo al borde del suicidio, pero él supo rescatarse y su nombre será cantado a lo largo de los siglos, un nombre que
te ha dejado como herencia con su último hálito de vida. Brito vaga ahora en el reino de las sombras y su espíritu no encontrará paz hasta que sepa que has aceptado la herencia de sacrificio y honor esculpido en el escudo de los Cleoménidas. Ante ti tienes la gran encrucijada: uno de los caminos conduce a una vida tranquila y oscura, el otro a una existencia difícil y turbulenta, pero que te ofrece la herencia de una estirpe de héroes. Tú debes escoger y nadie puede ayudarte en este momento tan difícil. Los dioses te han traído hasta este lugar, recuérdalo; tu vida está marcada y yo creo que no te echarás atrás.
Pausanias calló, apartó la mirada y con la espada golpeó el escudo que colgaba del palo que sostenía la tienda: de inmediato entraron unas mujeres con agua. Desvistieron al joven y lo lavaron mientras otras le preparaban una yacija. Cleidemo se dejó masajear los miembros doloridos y aceptó la taza de caldo caliente que le ofrecieron; después se tumbó en la yacija y se sumió en un pesado sueño.
El regente lo miró largo rato con sonrisa extraña y después de llamar a uno de los guardias le ordenó:
—Nadie debe entrar en esta tienda. Que por ningún motivo se interrumpa el sueño de este hombre hasta que yo regrese. Si despertara, dejad que vaya a donde quiera, limitaos a seguirlo sin que os vea y mantenedme informado de sus movimientos.
El guardia salió y volvió a ocupar su puesto; poco después, armado a la perfección, el regente también salió, montó de un salto en su caballo y cruzó el campamento al galope, seguido de un grupo de guardias reales, con destino al campo persa, rodeado por sus tropas desde la noche anterior.
En la tienda que había pertenecido al comandante persa lo esperaban todos los estrategas aliados.
—¡Amigos! —exclamó el regente Pausanias sirviéndose una copa—.
Amigos, ofrezco esta libación a Zeus rey y a Heracles jefe de compañía, que nos han concedido la victoria sobre los bárbaros, y brindo por la concordia de todos los griegos que ha hecho de este un día grande y memorable.
Un coro de aclamaciones acompañó sus palabras mientras los sirvientes pasaban para llenar las copas que se vaciaban deprisa. Pero Pausanias no había terminado de hablar.
—Señores oficiales —prosiguió—, ¡permitid que os diga que estos bárbaros deben de estar verdaderamente locos! Poseían todas estas cosas
maravillosas y han pasado por tantas fatigas, han hecho un viaje tan largo para venir a disputarnos nuestro mísero caldo negro.
Todos los huéspedes rieron divertidos y dieron inicio al banquete, que continuó hasta la noche. Pero ese día la mente de Pausanias quedó prendada del esplendor de la riqueza y el lujo persas y comenzó a aburrirse de la severa frugalidad de Esparta.
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