Talos de Esparta
Nostos
Las nubes surcaban lentas el cielo empujadas por una ligera brisa y de tanto en tanto ocultaban el disco del sol, que descendía sobre el horizonte proyectando largas sombras sobre el llano. Cleidemo vio inflamarse las cimas del monte Taigeto: cuánto tiempo había pasado... Le parecía oír el ladrido de los perros, el balido de las ovejas que regresaban a los rediles desde los pastos altos; pensó en la tumba de Critolao, el más sabio de los hombres, cubierta de hojas de encina. Volvió a verse niño, sentado a orillas del Eurotas con su rebaño, mientras el pequeño Crío meneaba la cola con aire festivo. Pensó en la que durante tanto tiempo le había hecho de madre, la vio sola y triste, sentada en el umbral de su cabaña , allá en el monte, hilando la lana con sus dedos encallecidos y mirando fijamente el horizonte con sus ojitos grises llenos de esperanza.
El sendero de montaña se abría a pocos pasos, se detuvo y se apoyó en la lanza. Un caballero pasó al galope dejando atrás un reguero de polvo y desapareció enseguida.
El viento calló pero las grandes nubes ennegrecidas se habían reunido en mitad del cielo para formar una masa enorme que parecía palpitar despacio. Cleidemo levantó los ojos y la miró fijamente, atónito: un relámpago palpitó en el vientre del coloso informe que pareció dar un brinco, y luego, bajo los ojos del muchacho, comenzó a alargarse hacia el centro de la cúpula azul, se liberó, se retorció durante largo rato hasta adoptar una forma limpia, inconfundible... la forma de un dragón.
Por un instante creyó escuchar las palabras pronunciadas por Critolao una noche lejana: «... a veces los dioses envían señales...»; con el corazón cargado de tristeza, prosiguió su camino dejando atrás el sendero de la montaña. Avanzó por el camino polvoriento como empujado por una fuerza invisible hasta que en la oscuridad, vigilada por majestuosas encinas, topó con la casa de los Cleoménidas. La luz débil de alguna linterna se filtraba apenas por una ventana y era la única señal de vida en la construcción grande y severa.
Cleidemo se detuvo vacilante y esperó el ladrido de Melas, pero ningún sonido interrumpió el profundo silencio; miró hacia el centro del
patio y apartó la vista horrorizado: el dogo yacía en el altar doméstico con la garganta abierta, los colmillos blancos descubiertos en una mueca espantosa... El animal había sido sacrificado a la sombra de Brito y su alma feroz ladraba por los senderos del Hades en busca de su amo.
Se acercó a la puerta, de la que colgaba un velo negro, apoyó en ella la mano temblorosa y el macizo batiente se abrió con un chirrido. Vio el gran atrio apenas iluminado; en el centro, sentada en un escabel, una mujer vestida de luto, con las manos enlazadas en el regazo, lo miraba con los ojos brillantes y ardientes. Su cuerpo inmóvil parecía lucir la rigidez de la muerte. Cleidemo se quedó en el umbral, petrificado por la aparición, sin poder dar un paso; la mujer se levantó y con andar tambaleante fue hacia él.
Le tendió las manos blancas.
—Llevo mucho esperándote, hijo —dijo con un hilo de voz—, lo que has tardado en volver a mí...
Cleidemo la miró en silencio.
—Lo sé —continuó la mujer—, no sabes qué responder, pero me reconoces, ¿no es verdad? —Dejó caer los brazos a los costados del cuerpo
—. Soy tu madre... Ismene, esposa de Aristarcos, madre de Brito...
Con ojos extraviados contempló las imágenes sagradas de los héroes Cleoménidas recubiertas por vendas negras.
—Muertos... todos muertos... tú también estabas muerto... Cleidemo.
El muchacho se estremeció cuando Ismene levantó la mano para tocarle ligeramente el rostro.
—Pero ahora has vuelto a tu casa... —Indicó la puerta abierta—.
Veintidós años... han pasado veintidós años desde que te vi por última vez en esa puerta, en brazos de tu padre.
—Mi padre... —murmuró el muchacho como ausente—, mi padre me abandonó a los lobos...
Ismene se postró de rodillas.
—No, no... no, hijo, tu padre te confió... a la piedad de los dioses...
Sacrificó los corderos de su rebaño para que los dioses tuviesen piedad... se pasó muchas noches en vela torturado por su corazón, sofocando las lágrimas... y cuando lo desbordaba la pena huía de esta casa... envuelto en su capa... huía al bosque... a la montaña...
Cleidemo miró hacia la pared; colgada de un clavo, vio una capa de lana gris con capucha. Se estremeció. Por un instante vio la silueta del encapuchado con un manojo de leña, allá en la fuente de arriba, un día
ventoso: ¡su padre! La voz quebrada de Ismene lo sacó de su ensimismamiento.
—Ofreció su vida a las sombras de los antepasados para que te salvaras... oh, hijo, hijo... a nadie le fue concedida jamás la gracia de oponerse a las leyes de la ciudad y ninguno de nosotros conoce otro camino... solo el dolor infinito... la pena incesante a la espera de la muerte...
el infinito llanto.
Ismene lanzó un lamento y ocultó el rostro en las palmas de las manos.
Un estremecimiento continuo sacudía su espalda curvada y su llanto débil cortaba como hoja el profundo silencio de la casa, y por momentos, era dulce como una canción de cuna... y sombrío como la nenia de una plañidera. Cleidemo notó que una ola cálida partía de su corazón para disolver el hielo de los miembros rígidos y entorpecidos; se inclinó sobre ella, le quitó el velo, apoyó la mano sobre la cabeza gris y le acarició despacio el cabello. Ismene volvió hacia él los ojos enrojecidos.
—Madre —le dijo con una sonrisa cansada—, madre... he vuelto, Ismene se aferró a sus brazos, se incorporó con esfuerzo y lo miró largo rato con amor incrédulo.
—Sí, madre... he vuelto.
Ismene se abrazó a él murmurándole palabras incomprensibles al oído.
Cleidemo la abrazó con fuerza y sintió el corazón de su madre palpitar cada vez más fuerte contra su pecho, como el del gorrión que un niño apretara con excesiva fuerza en su puño. El latido se hizo más veloz aún y de pronto débil hasta cesar del todo, e Ismene se abandonó sin vida en los brazos de su hijo.
Cleidemo se quedó mucho tiempo mirándola con incredulidad, después la levantó estrechándola contra su pecho y fue hasta el umbral, donde se plantó con las piernas separadas, levantó el cuerpo inerte hacia el cielo y emitió un sordo lamento, un gemido confuso que se fue haciendo cada vez más estridente y sonoro hasta estallar en un grito que se elevó, cargado de horror y desesperación, hasta las estrellas frías y lejanas. Gritó como un animal destrozado por los mordiscos de una jauría feroz y el grito sobrevoló los campos, los tejados de la ciudad, las orillas del Eurotas, rebotó en las laderas áridas del Taigeto y, quebrado en mil ecos, se perdió hacia el mar.
OceanofPDF.com