Talos de Esparta

Valerio Massimo Manfredi · Capítulo 5 de 23

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Talos de Esparta

Cripteia

Ese día, la casa del noble Aristarcos estaba de fiesta; su hijo Brito, convertido en irane, pasaba la última semana en compañía de su familia antes de entrar en el cuartel como miembro de la duodécima sisitia , cuyos quince componentes habían sido inscritos en el tercero de los cuatro grandes batallones en que se dividía en aquel momento el ejército de Esparta. Durante diez largos años iba a ser su familia, allí iba a comer y dormir, y regresaría a su casa solo en ocasiones especiales. Hacía tiempo que Ismene, su madre, se preparaba para aquella separación y, como todas las madres espartanas, sabía bien que había parido a ese hijo para su ciudad más que para ella y su compañero. Por otra parte, Brito había pasado por las distintas etapas de su iniciación y había vivido fuera de casa durante largos períodos junto con sus compañeros, a las órdenes de los maestros de gimnasia, que los habían preparado con durísimos entrenamientos para resistir la fatiga, el frío, el hambre, para soportar el dolor sin lanzar un gemido. Brito había inspirado la admiración de la muchedumbre presente en la fiesta de Artemis Ortia al resistir en la prueba de la flagelación más allá de los límites esperados y todos estaban seguros de que el joven se convertiría en uno de los guerreros más fuertes y valerosos de Esparta. No obstante, Ismene no conseguía compartir el sereno orgullo de su marido; la pérdida del otro hijo había dejado en ella una marca indeleble.

Aunque desde pequeña la habían educado para aceptar con entereza la pérdida de un hijo por el honor y la salvación de su país, el saber que Brito era el único hijo que le quedaba le producía una especie de aprensión de la que no lograba liberarse, sobre todo porque el carácter fogoso del joven lo impulsaría a estar siempre entre los primeros en caso de riesgo y, por desgracia, para su ciudad, la guerra era mucho más probable que la paz. Lo contemplaba mientras preparaba su bagaje ayudado por la nodriza y un sirviente; en apenas seis días se había recuperado de la dura prueba por la que había pasado y aunque no estaba del todo restablecido se movía ágilmente. Ella misma le había preparado el ungüento y le había curado los cardenales y las heridas que la flagelación le dejara en la espalda.

Había llegado el momento: unos instantes más y Aristarcos iba a darle el regalo que, según la costumbre, correspondía hacer en esas ocasiones.

Oyó que llamaba al hijo desde el patio exterior.

—Brito, ¿no quieres ver el regalo de tu padre?

El joven dejó inmediatamente sus tareas y salió al patio.

—Aquí tienes mi regalo —le dijo Aristarcos.

Hizo entonces una señal y de un rincón de la casa salió un sirviente que a duras penas lograba dominar la traílla a la que iba atado un magnífico ejemplar de dogo de Laconia. Radiante, Brito estrechó con efusión la mano de su padre.

—Solo el noble Aristarcos podía hacer un regalo tan bello y precioso; gracias, padre, es realmente espléndido. Creo que nunca he visto un animal tan hermoso.

—Además está adiestrado; hace tres años que el mejor criador se ocupa de él en nuestra granja de Tegea.

—Una grave imprudencia, padre —sonrió Brito—. ¿Y si no hubiera superado la prueba?

—En ese caso, me lo habría quedado yo; como ves, no lo habríamos desperdiciado. Pero permite que te diga que estaba seguro de que el hijo de Aristarcos sería el mejor y no me equivoqué. El rey me felicitó personalmente por tu soberbia prueba, pero no deberías haberte exigido tanto. Tu madre sufrió mucho en esa plaza: es una mujer altiva pero no deja de ser mujer—dijo Aristarcos bajando la mirada.

—Oh, padre, sabes bien que un guerrero no puede tener en cuenta estas cosas.

—Lo sé, hijo, es lo que comúnmente se dice, pero recuerda que un verdadero guerrero es un verdadero hombre y un verdadero hombre tiene los miembros firmes, la mente alerta y un corazón: sin alguno de estos elementos, la armadura que te cubre no es más que un cascarón vacío.

Brito se quedó en silencio mirando a su padre con cara de asombro.

—Hijo mío —continuó diciendo Aristarcos—, ¿no coges tu regalo?

Mira, aquí tienes —le dijo al tiempo que le quitaba la traílla de las manos al criado—. Se llama Melas; le he puesto ese nombre por el color de la pelambre. Es raro ver un ejemplar de un negro tan intenso y brillante.

El gigantesco dogo, negro como la noche, se acercó a su nuevo amo y le olisqueó la mano.

—¿Lo ves? —dijo Aristarcos sonriendo—. Parece que ha comprendido que eres su dueño. Creo que os haréis buenos amigos; pero ahora ve con tu madre, dedícale un poco de tiempo también a ella. Mañana entrarás en la sisitia y en los próximos dos años no tendrás muchas ocasiones para hablarle.

Al día siguiente, con las primeras luces del alba, Brito despertó, tomó un desayuno frugal junto con sus padres, se puso la armadura y después de saludarlos se marchó. Cruzó el amplio atrio y saludó con una inclinación de la cabeza las imágenes de los héroes Cleoménidas, tiró del pestillo y abrió la puerta que daba al patio exterior donde lo esperaba el sirviente ilota con su bagaje. En ese momento oyó que lo llamaban.

—¡Brito!

Era su madre que estaba de pie junto al hogar. El joven volvió sobre sus pasos.

—¿Qué deseas, madre?

—Tengo que hacerte una pregunta, si me permites —repuso Ismene.

—Pregunta sin rodeos —repuso el muchacho.

—¿Te acuerdas del día de tu prueba?

—Sí, claro.

—Después que caíste al suelo, de rodillas.

—¿Y bien?

—Los sirvientes quisieron ayudarte pero tú los alejaste con un ademán; te quedaste en esa posición unos instantes y miraste fijamente a alguien que tenías delante...

Brito frunció el entrecejo.

—¿Quién era?

—Un ilota.

—¿Un ilota?

—Un ilota... tullido.

Se dio media vuelta, cruzó el atrio en el que se propagó el eco de sus sandalias claveteadas y salió dejando abierta la pesada puerta de roble.

Ismene se quedó con los grandes ojos oscuros nublados de lágrimas clavados en la ceniza del hogar.

Preocupado porque una ausencia demasiado prolongada pudiera inquietar a su familia, Talos intentó adelantar la partida y vencer la insistencia de su anfitrión, que quería retenerlo más tiempo.

—Debo marcharme, Pelias, mi madre empezará a sospechar y mi abuelo Critolao se pondrá insoportable. Ese viejo es un zorro, me hará mil preguntas y terminará por hacerme caer en la trampa. Créeme, hasta para ti es mejor que me vaya. Si no me ocurre nada me verás volver dentro de poco tiempo.

—Sí, tal vez sea mejor que te marches, hijo, pero no dejes de estar alerta y cuídate. ¿Estás seguro de que te encuentras bien? El camino es largo y el sendero que lleva a la montaña es muy escarpado. ¿Quieres que te acompañe?

—No, Pelias, si me acompañaras levantaríamos más sospechas y mi abuelo Critolao...

—Lo sé, tu abuelo Critolao es astuto como un zorro. Adiós pues, Talos. No olvidaré lo que has hecho por Antinea.

Si te hiciera falta, puedes contar conmigo, mi puerta estará abierta en todo momento y a tu disposición está lo poco que poseo...

—Oh, Pelias —lo interrumpió Talos con una sonrisa—, no digas eso, en el fondo lo único que hice fue recibir una paliza.

Después de saludar con una larga mirada a Antinea, se dirigió hacia el sendero que llevaba al Taigeto.

—Te acompaño hasta el bosque —le dijo la muchacha.

—No, es mejor que te quedes; es más, en los próximos días sería prudente que por ningún motivo te alejaras demasiado de casa.

Le pasó una mano por el cabello y le dijo:

—Quédate tranquila, Antinea, no temas por mí, en la montaña nada puede ocurrirme.

Emprendió la marcha y al cabo de unos instantes desapareció entre los olivos diseminados al pie del Taigeto.

Talos apuró el paso, embargado por una inquietud que no conseguía explicarse del todo. Hacía varios días que faltaba de su casa y a pesar de que Pelias le había asegurado que habían avisado a su familia, sentía gran desasosiego por el hecho de tener que ocultarle a Critolao un gran secreto.

Además, temía por lo que podía ocurrirle y se sentía solo al pensar que no podría sacar provecho del consejo y la experiencia del abuelo, que para él era el hombre más sabio de la tierra. ¿Qué ocurriría en los días, los meses o los años por venir? Había oído hablar de hombres a quienes los espartanos habían jurado matar, que habían vivido mucho tiempo y que luego, de repente, habían sido sorprendidos por su destino. Recordó al hombre

encapuchado que encontró en la fuente de arriba el día en que Critolao lo sometió a la prueba del arco. Con toda probabilidad, en Esparta se habrían enterado. Pero ¿entonces por qué no había ocurrido nada? ¿Qué era lo que esperaban? Había ido a la ciudad, se había dejado ver en la plaza, sin duda el espartano lo había reconocido y nada pasó. Recordó en ese momento lo que había oído decir sobre la terrible Cripteia, la organización secreta del ejército. Entre los ilotas de la montaña se decía que sus hombres vigilaban a cuantos consideraban peligrosos para eliminarlos sin piedad, con frecuencia de forma repentina, en plena noche o en los bosques. La de veces que había oído pronunciar aquel nombre cargado de espanto cada vez que aparecía el cuerpo sin vida de un ilota en pleno bosque o en su cabaña . En cierta ocasión Critolao le había contado la historia de un campesino del llano que, buscado por la Cripteia, había huido a Mesenia con el auxilio de los pastores de la montaña, y que, cuatro años más tarde, en Metona, en una taberna del puerto, fue alcanzado por la venganza implacable de Esparta.

De pronto, el bosque en el que siempre se había sentido protegido y seguro, en el que tantas veces se había encontrado frente a frente con el lobo o el oso sin que le temblasen las piernas, se tornó hostil y lleno de peligros. Se sintió perseguido. Para desechar estos pensamientos apuró el paso é intentó tranquilizarse; cómo le habría gustado no estar solo en esos momentos: la compañía del viejo Crío habría aliviado el peso que Antinea gravaba sobre su corazón. Era extraño, no conseguía entender qué le había ocurrido. Había sido como una magia y su rostro y sus ojos lo acompañaban siempre, soñaba con sus manos pequeñas y ásperas de campesina, con sus pies desnudos, con sus cabellos dorados. Pero con eso no bastaba. Pensaba en los campesinos desgraciados del llano, en los pastores de la montaña, encadenados al trabajo, siempre aplastados por la responsabilidad de una familia perennemente expuesta a la crueldad de los amos. Pensaba en Pelias, que habría tenido que soportar el ultraje de su hija sin reaccionar para que no cayeran sobre él desgracias peores. Pensó en su lucha contra los jóvenes espartanos y se enorgulleció. No, no se doblegaría: haría que sus amos mordieran el polvo, tal vez no hubiera nacido para esclavo. Pensó en el enorme arco de asta y en la espada maldita que yacía bajo tierra: ¿qué esperaba Critolao de él? ¿Qué quería? Había llegado el momento de saberlo: se lo preguntaría.

Después de tanto pensar, Talos llegó ya al final de su viaje, abandonó el bosque y salió al gran claro de la montaña.

Se detuvo a mirar su tierra, su casa, que se veía a lo lejos, con el techo de paja y el redil de las ovejas. Crío no tardaría en salir a su encuentro y lo recibiría con alegres gañidos. Se internó en el prado y no tardó en ver que en la era había un pequeño grupo de personas: le parecieron pastores de la montaña, pero a Crío no se lo veía. ¿Qué habría ocurrido? Apuró el paso y entró en la era; el perro se le acercó meneando la cola y lo buscó con los ojos velados por las cataratas. Uno de los hombres lo aferró por un brazo.

—Talos, tu abuelo Critolao...

El muchacho se quedó petrificado.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó, inquieto.

—Está enfermo.

—¿Quieres decir que se muere? —El hombre inclinó la cabeza.

Talos abrió la puerta y entró: cruzó la habitación del hogar y apartó la estera que la separaba del cuarto donde Critolao estaba tumbado en su yacija. Sentada en un escabel, su madre lo miraba en silencio con los ojos rebosantes de lágrimas. Un rayo de sol iluminó la humilde yacija, las manos enjutas del viejo, su rostro delgado, los ojos serenos que parecían buscar imágenes lejanas. Talos se arrodilló al lado de la cama y estrechó entre las suyas aquella mano fría. El viejo volvió la cabeza hacia él.

—Sabía que llegarías —dijo con un hilo de voz—. Te esperaba, me habría sido imposible cerrar los ojos sin volver a verte.

—Pero ¿qué dices? —lo interrumpió Talos con voz temblorosa—. No es la primera vez que enfermas, pronto volverás a estar en pie e iremos a la fuente.

—No, Talos. Esta noche noté que Tánato se posaba en el techo de esta casa, ha llegado mi hora.

Talos le pasó la mano por el cabello blanco.

—Tonterías, abuelo, me subiré al tejado y echaré a Tánato a golpes de cayado... No dejaré que te vayas. Todavía te queda mucho por enseñarme.

—Notó que se le hacía un nudo en la garganta—. Critolao, ¿acaso quieres dejar solo a este pichón de mirlo?

El viejo lo miró con los ojos velados y con una voz apenas audible le contestó:

—Critolao está cansado, irá a reunirse con sus antepasados... El pichón de mirlo... —hizo una pausa para esbozar una pálida sonrisa y añadió—: No, lo que yo veo ahora es un joven lobo.

Talos notó que la mano del viejo estrechaba débilmente la suya.

—Lo sé todo —dijo—. Sabía que algún día ocurriría.

—¿Qué es lo que sabes? —preguntó Talos y se acercó para no perderse ni un suspiro del viejo moribundo.

—Tu... pelea... en el llano. —El viejo miró fijamente las señales bien visibles de los golpes en el rostro y los brazos de Talos.

»Talos... escúchame; vendrán, ya sabes que vendrán, tienes que estar preparado... el arco... el arco del rey no debe caer en sus manos.

—Sí... el arco del rey está en lugar seguro, no hables más, no debes fatigarte.

—Es inútil, Talos, este es el último día de Critolao, ¿lo recuerdas?

Talos volvió a ver la oscura estancia subterránea, las armas brillantes a la luz de la antorcha...

—Talos, hijo mío, no veré la luz de mañana... Me iré con el último sol... Tú eres ahora el guardián de las armas del rey Aristodemo... De la espada sagrada... y maldita.

Talos notó que un escalofrío le recorría la espalda, y con los ojos anegados en lágrimas y el corazón acongojado, estrechó con más fuerza la mano huesuda de Critolao.

—Este viejo —prosiguió Critolao con voz cada vez más débil—, este viejo es el último jefe de este pueblo... Talos, Talos... un día, tu pueblo se librará del yugo y la ciudad... la ciudad muerta de Mesenia surgirá de sus ruinas. Ese será el día de la prueba... de la última prueba.

El viejo hablaba con gran esfuerzo, el pecho huesudo se elevaba con los estertores de la muerte.

—Escúchame, Talos... escucha, ese día llegará a verte un hombre ciego de un ojo; él será quien acabe con la maldición de la espada del rey...

El viejo buscaba con la mirada la luz del sol que entraba por los postigos entrecerrados; con la luz les llegaba también, como una música lejana, el canto de las cigarras. Talos notó que se le habían helado las manos; apoyó la cabeza contra su pecho y le suplicó con voz ronca:

—No te vayas, Critolao... No me dejes. ¿Cómo podrá Talos, el tullido...?

—No —lo interrumpió el anciano—, no... Talos, el lobo... la espada...

del rey…

Talos notó que el corazón de Critolao se detenía, lo vio abandonarse en el lecho, con la cabeza cana vuelta hacia un lado, los ojos claros fijos en el vacío. Le pasó la mano por la frente, le cerró los párpados y se quedó

mirándolo, allí de pie, en medio de la estancia silenciosa. En el aire inmóvil el canto de las cigarras se había apagado; solo se oía el zumbido monótono de las moscas; las moscas, compañeras de Tánato. Apartó despacio la estera y salió: vio a su madre que lloraba quedamente en un rincón. Se volvió a los pastores, a los hombres de la montaña y les dijo:

—Critolao ha muerto. Rendidle honores.

Las frentes sombrías de aquellos hombres se inclinaron en silencio; luego, un gigante barbudo se acercó a él, le puso una mano en el hombro y le dijo:

—Honrado sea Critolao. —Se dirigió a los demás y añadió—:

¡Honrado sea Talos, el lobo!

En ese momento la mirada de Talos se topó con la de su madre: los ojos grises y secos, llenos de doloroso estupor.

—¡Debe morir! —gritó Aguías fuera de sí—. Es intolerable lo que ha hecho ese bastardo. No entiendo por qué te obstinas en encubrirlo. Si no fuera por ti, ya lo habríamos hecho.

—Aguías tiene razón —intervino Filarcos—, es preciso que lo quitemos de en medio deprisa. Además, podría volverse peligroso.

Brito permanecía en silencio mientras sus compañeros lo asediaban.

De pronto se puso de pie y preguntó, irónico:

—¿Peligroso? ¿Un ilota tullido? Guerreros de Esparta, ¿estáis seguros de no haber perdido la razón? Agitáis las alas como una bandada de gansos asustados solo porque un pastor cojo os ha espantado a palos echando a perder la diversión con una campesina que apestaba a establo y a estiércol de vaca.

—No bromees —lo interrumpió Filarcos, pálido de rabia—, sabes muy bien lo que establecen nuestras leyes. Si permitiéramos que estos bastardos se rebelaran contra nosotros, en poco tiempo tendríamos que enfrentarnos a una revuelta. Los ilotas son un peligro constante para Esparta y lo sabes muy bien. ¿No viste cómo usaba el cayado? Alguien debe de haberle enseñado una técnica de tipo militar. En todo esto hay algo que no queda claro.

—Fantasías, Filarcos —se apresuró a comentar Brito—. Todos los pastores saben usar el bastón, tienen que defender los rebaños de los lobos o echar a los zorros del gallinero. Pero si lo que dices es cierto, que ese tullido ha sido adiestrado por alguien, razón de más para no matarlo; escúchame bien —añadió apoyando una mano en el hombro de su colérico compañero

—, y tú también, Aguías, y vosotros, amigos, usad la cabeza, si podéis. Si fuera cierto que hay algo sospechoso en la forma en que el pastor empleaba el cayado, una especie de adiestramiento militar, si he entendido bien lo que comentáis, está claro que matándolo no resolveremos el misterio. Como todos bien saben, los muertos no hablan, ¿no es así?

»El día de nuestra iniciación —prosiguió, volviendo a sentarse en el círculo formado por sus amigos—, demostramos ser los jóvenes más fuertes de Esparta. Ahora somos también miembros de la Cripteia, lo cual significa que nuestros superiores nos consideran en condiciones de utilizar la cabeza, además de los puños. Es una historia que pienso resolver a mi manera.

¿Acaso podéis decir que me habéis visto temblar o echarme atrás en alguna empresa? En el tiempo que ha durado nuestra preparación me habéis visto cumplir hazañas de mayor fuste que inmovilizar en el suelo a un ilota tullido y miserable, armado únicamente con un bastón. Por otra parte, si ponemos sobre aviso a nuestros superiores y les informamos de nuestra intención de eliminar a ese pastor, tendremos que dar alguna explicación, incluso porque quizá esté al servicio de alguna familia de la ciudad. ¿Creéis acaso, lobos de Esparta, que será para vosotros motivo de orgullo que se sepa que un ilota tullido os hizo morder el polvo a fuerza de palos?

Los muchachos bajaron la mirada al suelo.

—Sin contar —prosiguió Brito, implacable—, que si lo matamos ya no tendríais ocasión de saber si habríais sido capaces de vencer a un pastor, un pastor cojo, no lo olvidéis, luchando con las mismas armas.

—Brito tiene razón —dijo uno de los presentes, y luego dirigiéndose a él, añadió—: De acuerdo, Brito, pero ¿cuál es tu propuesta?

—Bravo, Eurito, ayúdame a convencer a estos obcecados. Se quedó un momento pensativo y luego, con tono menos duro, dijo:

—Escuchadme, amigos, esta historia la resolveré con la ayuda de dos o tres de vosotros, no más. Le haremos' entender que no deberá volver a pensar siquiera en rebelarse y le quitaremos de una vez para siempre el afán de heroísmo.

Aguías se puso en pie y dijo:

—Como quieras, Brito, los motivos por los que quieres salvarle la vida a ese bastardo son para mí suficientes, pero estoy seguro de que existe otro que solo tú conoces y que no quieres revelarnos.

Se echó la capa sobre los hombros, salió y cerró de un portazo.

«Sí, tal vez exista otro motivo —murmuró Brito para sus adentros—, pero te equivocas, Aguías, si crees que lo sé...»

Pasaron dos meses desde aquella noche, dos meses terribles en los que Talos, abatido por la muerte de Critolao, el dolor mudo de su madre, la grave idea de la herencia que le había tocado, vivía aquellos días y, a veces las noches, sumido en negros pensamientos. Estaba seguro de haber recibido una investidura con todas las de la ley; lo comprendía por la forma en que lo trataba la gente de la montaña. Día tras día se iba encontrando con personas nuevas, sentía crecer a su alrededor una extraña esperanza, una especie de fe. Los hombres del Taigeto le hablaban como a uno más, le dejaban comprender sus sufrimientos, su rabia impotente, su miedo. Pero

¿qué esperaban de él? ¿Qué sabían en realidad de lo que Critolao le había revelado? Además, lo perseguía la idea de lo ocurrido en el llano, de su enfrentamiento con los muchachos espartanos y no se hacía ilusiones de que el asunto estuviera zanjado. Temía por su madre, por Pelias, por Antinea, a la que había visto fugazmente en una visita nocturna que hiciera a la granja en el camino a Amicles. Muchas veces añoraba los días en los que su vida de pastor transcurría sin sobresaltos ni emociones, añoraba las largas noches de invierno en las que escuchaba los magníficos cuentos del abuelo, los tiempos en que el paso lento e igual de las estaciones marcaba su vida serena. Tiempos que le parecían increíblemente lejanos.

Un día, hacia el crepúsculo, un campesino del llano llegó a la cabaña ; lo enviaba Pelias. Le advirtió que estuviese en guardia porque había notado extraños movimientos en las lindes del bosque y que esa noche no habría luna. Talos agradeció a su informante, pero no dio mayor importancia a la advertencia; sabía que Pelias solía preocuparse a veces por nada. Los movimientos normales de alguna sección sometida a adiestramiento o los ejercicios de algún grupo de jóvenes podrían haberle causado alarma. Se engañaba.

Eran cuatro; llegaron al claro en plena noche, envueltos en sus capas oscuras, armados solo con jabalinas y puñales, el rostro cubierto por los yelmos corintios.

Los furiosos ladridos de Crío despertaron bruscamente a Talos; se apresuró a abrir la ventana de lienzo y apenas le dio tiempo para oír un aullido desesperado y un estertor de muerte. Un pálido rayo de luna se filtró un instante entre los densos nubarrones y le permitió distinguir unas sombras en los bordes de la era. Cerca del redil un dogo gigantesco

destrozaba el cuerpo sin vida del pequeño Crío. Salió precipitadamente de la habitación del hogar donde su madre, despeinada y temblando de miedo, intentaba encender una linterna. En ese preciso instante abrieron la puerta de una patada y cuatro siluetas con el rostro cubierto irrumpieron en la cabaña y le apuntaron al pecho con las jabalinas. Talos se sintió perdido.

—No le hagáis daño —dijo señalando a su madre—, dejaré que me prendáis.

Lo sacaron a rastras arrancándolo de los brazos de la mujer que se había aferrado a su cintura llorando. Mientras dos lo sujetaban por los brazos, un tercero lo golpeaba ferozmente con el asta de la jabalina en las rodillas, el pecho y el abdomen. El cuarto abrió el redil de las ovejas, que empezaron a correr a su alrededor balando asustadas.

—¡Mira! —gritó una voz que retumbó sombría en el interior del yelmo de bronce y luego se dirigió al perro que esperaba a poca distancia—: ¡A ellas, Melas!

El monstruo negro se abalanzó sobre el redil como una furia; destrozó a los animales aterrorizados y desgarró a los corderos con sus espantosas mandíbulas. Cuando el suelo quedó cubierto con los cadáveres de las pobres bestias, el misterioso personaje volvió a llamar a la fiera cubierta de sangre.

—¡Ven aquí, Melas! ¡Basta ya, vámonos!

Hizo una señal a uno de sus compañeros; el muchacho empuñó la jabalina y con el asta le encajó a Talos un golpe en el esternón con una violencia que dejó al pastor doblado en dos y gimiendo de dolor. Los gritos de su madre impidieron que perdiera el sentido durante unos instantes; notó que uno de los presentes lo aplastaba con el pie y decía:

—Esperemos que con esto sea suficiente, si sobrevive. Vámonos, Brito.

Vio sobre él al dogo, sintió su aliento humeante y después los ojos se le velaron de rojo y su mente se hundió despacio en un gélido silencio.

Una punzada lancinante en el vientre lo despertó obligándolo a abrir los ojos en la oscuridad de la noche. Sintió que unos brazos robustos lo levantaban y lo depositaban poco después en su yacija. Bajo la luz difusa de la linterna distinguió un rostro ancho y barbudo inclinado sobre él: era el hercúleo pastor que, dos meses antes, lo había saludado al salir de la habitación de Critolao. Intentó decir algo pero apenas consiguió articular un quejido.

—Me llamo Caras —le dijo el gigante barbudo—. Por desgracia llegué tarde, pero no volverá a ocurrir. A partir de ahora estaré siempre dispuesto a protegerte. No debe volver a ocurrir nada más.

Le destapó el vientre hinchado y dolorido.

—Faltó poco para que te perforaran como un odre de cabra... Malditos perros rabiosos, pero ya les llegará el día a ellos también...

Talos volvió la mirada a su madre, que estaba agazapada en un rincón con las manos en el regazo y los ojos enrojecidos.

—La encerraron —murmuró Caras—, para que no molestara. Cuando te traje hasta aquí te creía muerto.

El coloso cerraba los puños callosos como si buscara un objetivo sobre el cual utilizarlos, temblaba de rabia y apretaba los dientes blancos como colmillos de lobo. Se volvió a la mujer y le ordenó:

—Prepárale algo que lo haga dormir. Es lo único que le hace falta... Se recuperará, no temas.

Al día siguiente, la luz del sol que penetraba por el lienzo entreabierto de la ventana despertó a Talos. Entró su madre con una pócima humeante en un cuenco de madera.

—Bebe, hijo —le dijo—, antes de que se te vuelva a despertar el dolor del vientre —y mientras bebía lo miraba amorosamente.

—¿Dónde está Caras? —le preguntó secándose la boca.

—Llegará enseguida —repuso la mujer y entrecerró los párpados para ocultar las lágrimas que comenzaban a brotar—. Está en el redil recogiendo los cuerpos de los animales degollados.

En ese momento entró Caras con el delantal sucio de sangre ceñido a la cintura y en la mano un cuchillo de carnicero.

—He despellejado a los animales muertos... Serán por lo menos una docena, hay otros que no tardarán en morir por las heridas, pero no temas, correré la voz entre los pastores de la montaña y tu rebaño volverá a ser el de antes. No pasaréis hambre para resarcir al amo.

—Pero yo no quiero —protestó Talos—. Los demás también tienen que luchar contra la miseria y el hambre.

—Es cierto, Talos, pero esta vez la desgracia te ha golpeado con más dureza que al resto. Es justo que nos ayudemos en la desgracia, así lo mandan nuestras leyes. ¿No lo sabías acaso? Y ahora cuéntame, ¿cómo mataron a todos esos animales? Muchos están destrozados.

—Fue un perro enorme, con mandíbulas inmensas, negro como la muerte —respondió Talos.

—Se trata de un dogo de Laconia, una bestia terrible, dicen que tres de ellos pueden abatir a un león.

Talos se estremeció; en ese momento resonó en su mente el gañido desesperado de Crío.

—Mi perro —dijo y lanzó al hombre una mirada interrogante—, ha muerto, ¿verdad?

—Sí —repuso el pastor—. Le despedazó la garganta a mordiscos.

El pequeño Crío, el compañero de sus juegos infantiles, ya no volvería a acompañarlo a pastorear, y por las noches ya no saldría a recibirlo meneando el rabo. Se le hizo un nudo en la garganta.

—Entiérralo al lado de Critolao, te lo ruego —le pidió a Caras y ocultó la cara entre las manos.

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